logotipo

img_google
El Club de la Memoria
Escribe tu autobiografía
Acerca de
El fondo del corazón está más lejos que el fin del mundo.

Vótame

convocado por:
20minutos.es

Sindicación
 
Retazos de vida...
Después de llevar mucho tiempo sin navegar por la red, emprendí la acción. Llegué a tu página, aunque te seguía la pista desde hace tiempo. Me sorprendiste, como siempre. Con palabras, con ideas, y con el verbo. Siempre de manera agradable, porque es ya costumbre que tengas esos efectos secundarios. Ahora, delante de esa pantalla, quiero aportar mi minúsculo grano de arena, y compartir contigo, y con el resto de lectores, un trozo de mi vida, sin interés, porque soy vulgar, aunque este rellena de ínfulas por ser alguien de cierta relevancia dentro de esta vida.
La primera vez que tuve deseos de grandeza fue cuando visité sola a Barcelona. Me bajé del metro en la Avenida María Cristina. Salí a la calle y mis ojos se abrieron al mundo admirando a ese edificio tan alto, que escupía tantas plantas. Vi su cúspide:“Planeta”. Allí estaba y está la editorial. Fue entonces cuando soñé que quería ser escritora, y quise ganar un “Planeta”. A día de hoy, he dejado de creer en esa historia, porque no se coser con delicadeza las palabras, ni mucho menos cuando deben de respirar. Me resulta muy complicado poner puntos, comas, y demás artilugios que se requieren en este dominio. Opto por beber de ellas, así se que nunca fracasaré. ¿Éxito? Bueno, sí, no lo conseguiré, pero me podré consolar en la tristeza de los condicionales (“Si lo hubiera hecho…”). Dicho esto, como comprenderéis me reprocho cada día la anemia que tiene mi energía. Verdaderamente pienso que la vida es una lucha, y que te la tienes que ganar cada día, pero a veces, tienes el alma tan doblada que te resulta imposible despegarte del suelo para saltar y gritar celebraciones.
Nunca he sabido jugar, porque nadie me enseño. Cuando iba a los parques infantiles estaba tan obsesionada en jugar bien, que no disfrutaba. Primero las normas, después la posición correcta, y ante todo tener en cuenta las miradas ajenas. Así que mientras los demás explotaban a carcajadas, yo me limitaba a imitarlos, porque se supone que también me lo tenía que estar pasando bien, que también tenía que estar divirtiendo, pero mentía. Creo que siempre he estafado la vida, o quizás sea ella quien me esté estafando a mi, vete tu a saber. Pego un salto en mi vida. Olvido las horquillas de colores, y las piruletas de corazón. Hoy estoy en Asturias, trabajando. Dejé todo lo que tenía y conocía en el Mediterráneo. Cada día pienso si hice la elección correcta. Mi motivación está muerta. El trabajo se reduce a respirar dentro de un despacho gris. Allí estoy sola durante 8 horas. 8 horas de soledad, donde un millón de pensamientos empiezan a galopar en mi mente. Escucho música. Leo y pienso. Pienso que tendría que abandonar, que tendría que volver a casa, al calor de los míos, pero para mi coger el ticket de vuelta equivale a una derrota. Y por una vez en la vida, por una maldita vez, quiero ganarle la batalla.
Un abrazo,
Ciclotimia
 
Una mosca cojonera
Estoy sentada, relajada, concentrada; pienso en mi vida, reflexiono, soy filósofa de mis pensamientos. Profundizo, estoy absorta y soy consiente de ello. ¡Me encanta! y me dejo llevar, siento emociones placenteras, me embargan tristezas, alegrías, dudas; me añurgo y una lágrima rueda por mi pómulo; me asombro, me hace cosquillas y me río. Decenas de emociones fluyen por mi cuerpo como imágenes es capaz de emitir mi mente en un segundo. Silencio, Silencio, Silencio, paz, serenidad. ¡¡Qué maravilla!! Lo necesitaba desde hace tiempo: un encuentro conmigo misma. Yo-Me-Mi-Conmigo en espacio y tiempo. ¡¡¡Cómo había olvidado estas sensaciones!!!
No quiero perder la relajación, disfruto cada momento, cada imagen, cada sensación y de repente………...una mosca. Que ¿qué mosca?, la que pasa por mis ojos y se posa en mi larga nariz. Me levanto, voy a la cocina y preparo la cena para mis hijos. Ruido, Ruido, Ruido, mucho ruido, tele, radio, voces……….¡¡¡p… mosca cojonera!!!

Por beForte

[Hazte TÚ tu maldita cena]
 
El dolor no desaparece... se transforma
Hace exactamente seis años, siete meses y veintinueve días sufrí el mayor tormento de mi vida, al menos hasta ahora. Me costó mucho tiempo y ayuda salir de la profunda depresión que sufrí y el verbo “superar” no es precisamente el que me gusta utilizar para hablar sobre ello, porque más que superado, está archivado en mi mente, en el cajón de “me niego a aceptar esto, pero es lo que hay”.

Es la primera vez en todo este tiempo que escribo sobre el tema, y aún no las tengo todas conmigo. No sé cómo me sentiré cuando termine. Pero me he dado cuenta de que escribir es una buena terapia, y más aún si me sé leída (que espero siga siendo así).

Por fortuna, puedo afirmar orgullosa que tengo buenos amigos, unos más que otros, pero todos buenos. Pero hubo una persona que fue inmensamente especial en mi vida. Era más que un amigo, más que un hermano y, por supuesto, mucho más que un novio. Yo hablo de él como mi mejor amigo, pero a sabiendas de que me quedo corta. Y creo poder asegurar que el sentimiento era mutuo. Podíamos estar horas y horas hablando, el tiempo se paraba cuando estábamos juntos. Con una mirada nos decíamos millones de cosas, pero aún así, nunca nos faltaban palabras. Creo que era la única persona del mundo que lo sabía absolutamente todo sobre mí. Cada día necesitábamos hablar, aunque fuera por teléfono, y muchas noches, ya dormida, me despertaba sin motivo aparente, miraba por la ventana, y allí estaba él, a cualquier hora, sin llamar el timbre, ni al teléfono. No hacía falta. Yo siempre le oía.

Por temas de estudios e idiomas, tuvo que ir a estudiar al extranjero en tres ocasiones, una duró unos dos meses, la siguiente casi seis, y la última creo que fueron otros tres. A Bélgica, al Caribe y a Irlanda, respectivamente. Y, entre medio, muy poco tiempo para vernos. Qué duro era, cómo lo echaba de menos.

Pero, finalmente, volvió para quedarse. Parecía que nunca iba a llegar el momento. Qué feliz fui. Verano, vacaciones, y él en casa. Todo era perfecto. No obstante, lo más extraño de todo es que, en momentos de total y absoluto relax vacacional, me invadía de repente una sensación terrible, como un nudo en el estómago, una descomunal inquietud que se adueñaba de mí por completo. Duraba unos segundos y desaparecía. La primera vez no le di importancia, pero cuando se hubo repetido en varias ocasiones, me asusté. Si todo era perfecto, ¿qué podía ocultar mi subconsciente que me provocase aquella aterradora desazón? Bueno, ya se me pasará. Tal vez sea algo hormonal…

Una noche de tantas, sonó el móvil con un número nuevo, que no estaba en mi agenda de contactos. Era él. Al fin le habían regalado uno. A partir de ese día, estaríamos en contacto las veinticuatro horas. Genial.
Llamó, además de para facilitarme su número, para decirme que no vendría aquella noche, que trabajaba hasta tarde y que posiblemente saldría después con su novia. Llamó de nuevo, al cabo de unas horas, para decir que había cambiado de idea, y que sí venía. Que le esperásemos para ir a tomar algo.
Llovía.
Llamó una tercera vez, pero yo ya había desconectado el móvil. ¿Por qué?, me preguntó una amiga. Porque ya no va a llamarme nadie más.
Llamó una tercera vez, pero a otra persona. Tal vez porque yo tenía el móvil apagado. Tal vez no, con toda seguridad. ¿Por qué lo apagaría? ¿Hubiera servido de algo no apagarlo?

Salimos aquella noche a tomar unas copas y a bailar. El muy golfo no se presentó. Seguro que a última hora, había cambiado de idea.
Llovía.
A eso de las dos de la madrugada, de nuevo aquella inquietud me invadió, pero, como las otras veces, se disipó en unos minutos. Llegué a casa a las tantas y me fui a dormir.

Cuando sonó el teléfono a la mañana siguiente, y acto seguido, mi madre entró en mi habitación, aquella sensación terrible entró con ella. Cuando me dio la noticia, no podía creérmelo. ¿Un accidente? ¿Muerto? Tiene que ser mentira.
Llovía.
Aún ahora se me hace extraño escribir estas palabras, porque, para mí, sigue en el Caribe, perfeccionando su inglés y su bronceado.

Han pasado años, y el tiempo, aunque no lo cura todo (eso ya lo sabemos) ayuda a acostumbrarse a las situaciones que se presentan, bien escogidas, bien por imposición. En todo este tiempo, no ha pasado un solo día en que no me haya acordado de él, unas veces con cariño, otras con tristeza, otras con rabia, y todas con millones de preguntas.

Ricky, este es mi pequeño homenaje. El dolor no desaparece, se transforma. En ocasiones oigo a personas hablar de ti como de alguien del pasado, como de “aquel amigo que tuvimos”. En eso se ha transformado mi dolor. Me duele que hayas pasado a formar parte de la historia de muchos. Yo no tuve un amigo, lo tengo.
Para mí, sigues tan presente como hace seis, siete, ocho, nueve… y todos los años que compartí contigo. Te echo muchísimo de menos y, aunque mentiría si te dijera que no soy feliz (y por primera vez en años, estarías orgulloso), siempre me faltarás tú.
Gracias por haberme dejado vivir una amistad tan extraordinaria. Sé que la mayoría de personas morirán sin conocer un vínculo tan fuerte como el nuestro. Y yo tuve la gran suerte de poder disfrutarte y quererte como a pocos. Gracias de verdad.

Hoy no ha llovido.
Buenas noches.

Por Lluvia