Fragmento del capitulo dos.
Día veintidós de enero de mil novecientos noventa y nueve
Cerró la puerta con llave y bajó las escaleras deprisa, de una en una, como hacía siempre, abrochándose la cremallera del bolsillo de su forro polar. Abrió con fuerza la puerta del portal y justo al pisar la acera de la calle vio que algo oscuro se le venía encima por la derecha. No pudo evitar el bultazo y el bulto no hizo nada por evitarla a ella. Dio un paso atrás y se quitó de en medio para que un hombre con una gran bolsa de plástico sostenida en la mano izquierda pudiera pasar por la estrecha acera. Se quedó parada unos segundos viendo como el tipo seguía su camino. Iba con la mano alzada, a la altura de la frente, de tal manera que la bolsa (de bolsas) avanzaba delante de su cuerpo y no ocupaba espacio a derecha ni a izquierda. Sólo así podía caminar y evitar rozar las paredes de las fachadas impares de la calle Juanelo por un lado y los golpes de los coches que avanzaban por la derecha, a milímetros, por el otro. Y claro, no molestaba a los coches por la derecha ni daba con la bolsa contra la pared por la izquierda pero no veía lo que tenía delante. Lucía maldijo en voz baja porque no le pidió disculpas. Se pasó la tira de la mochila por el brazo derecho, dio un saltito y anduvo hasta la Plaza de Tirso de Molina. A esa hora de la mañana abrían los comercios y las calles ya estaban llenas de gente, algunos se habían acercado a las tiendas de ropa al por mayor que inundaban el barrio y buscaban prendas que comprar para luego vender. Otros, ancianos, bajaban a hacer la compra con las doscientas o doscientas cincuenta pesetas de pensión que podían gastar al día y la mayoría se desplazaba en dirección al metro o salía de él. Lucía también se dirigió al metro y antes de bajar compró El Mundo independientemente de lo de las pensiones de los ancianos e independientemente del mismo periódico. Los Miserables, volumen II, siempre había querido leerlo. Lo sopesó lo giró y bajó la escalera leyendo la reseña de Juana Salabert. Se pondría sin falta este verano. En invierno Lucía hacía lecturas más breves sólo por no llevar demasiado peso en sus desplazamientos diarios, le gustaba caminar sin nada, llevar cualquier peso la irritaba. Los fines de semana salía con un pequeño bolso cruzado con las llaves, el monedero y el abono transporte. Cuando iba a la Universidad, cargada de apuntes y de libros, el peso podía convertirse en una obsesión. Al caminar no podía pensar en otra cosa que no fuera la carga, a veces ni si quiera veía a su alrededor, examinaba
mentalmente cada milímetro de su espalda y señalaba el punto o los puntos de dolor. Calculaba: más de cuarto de kilo de Teoría de la Literatura, ciento cincuenta gramos de lentejas contando el tuper, veinte gramos de naranja y la carpeta. A la espalda durante todo el día, qué barbaridad. Cada cierto tiempo echaba para atrás los hombros que se le venían hacia delante y erguía la cabeza, por las cervicales. Cuando hablaba de esto con Bibiana, Bibiana se reía
y no decía ni que sí ni que no. Eso era lo que le hacía sospechar que debía ser más grave de lo que ella pensaba, tenía que hablarlo con Nuria ¿cómo podía ser que últimamente, mientras iba sola, casi todo su pensamiento estuviera dedicado al dolor de espalda?.
Víctor Hugo pesaba como una cosa mala en Sol así que no quería ni imaginarse cuando saliera del intercambiador de Moncloa o cuando estuviera esperando en la parada del ciento treinta y tres, tenía que haberlo recogido el sábado, llevar todas esas cosas en la espalda no podía ser bueno para nadie. Mejor sacarlo y llevarlo en la mano.
Bajó en la antigua carretera de La Coruña, en la parada más cercana al edificio B y el autobús siguió su camino hacia el barrio de Mirasierra. Se encaminó hacia la puerta principal y entró. Ya no le dolía la espalda porque llegaba y el volumen de los Miserables, al fin y al cabo, quedaba bien. Lucía y sus amigas preferían decir que habían quedado o que tenían clase en el B a decir que habían quedado o que tenían clase en la Facultad de Geografía e Historia o en la Facultad de Fillología B. Era más corto. Decir “mañana quedamos a las nueve en el B” era más corto que decir “mañana quedamos a las nueve en la Facultad de Filología, edificio B”. El B, o edificio de Filología B, era para los alumnos de Geografía e Historia su facultad y para los alumnos de Filología o de Lingüística parte de su desperdigada facultad. Así como el A era, además de edificio A de Filología, Facultad de Filosofía y el C albergaba, además de la Facultad de Filología C, la Escuela Universitaria de Estadística y hasta hace tres años también la de Biblioteconomía y Documentación.
La Facultad de Filología de la Universidad Complutense estaba formada, como digo, por numerosas aulas repartidas en tres edificios, el edificio A, el edificio B y el edificio C. Cada uno de ellos distaba respecto del otro unos diez minutos andando, escalera de ochenta y dos peldaños incluida en el caso de desplazamiento del A al B o viceversa, con lo que el primero estaba a veinte minutos del tercero. Eso a paso ligero. Y los futuros filólogos se pasaban el día corriendo de un lado para otro. Parecerá broma pero esto era un aspecto importante para cualquier alumno a la hora de hacer la matrícula para estudiar una Filología o Lingüística. Debía confeccionar el horario y elegir sus asignaturas teniendo en cuenta el tiempo necesario para desplazarse de una clase a otra lo que era necesario hacer mínimo cinco o seis veces al día para terminar la carrera en cinco años. La mayoría de las veces llegar de un aula a otra exigía ir de un edificio a otro. Si alguien quería asistir a Lengua Española II que se daba en el edificio B los martes a las diez de la mañana y de nueve a diez había tenido Semántica en el C, pues bueno, llegaba sudado y cinco minutos tarde pero llegaba. Pero si después de Semántica, asignatura obligatoria que sólo se impartía los martes y los jueves de nueve a diez en el C, le hubiera gustado estudiar Historia de la Lengua que se impartía los jueves de diez a once en el edificio A pues, la verdad, le dejaba de gustar y no se matriculaba. Lo mejor de la omnipresencia de los filólogos en esta parte del campus era que impepinablemente se relacionaban con
estudiantes de otras carreras en los pasillos y en las cafeterías. Cada edificio tenía una. Ellos por supuesto usaban las tres.
Por María Sarmiento

María Sarmiento ha sido la primera y la que inaugura El Club de la Memoria con este precioso texto. ¡Muchísimas gracias, María!
Cerró la puerta con llave y bajó las escaleras deprisa, de una en una, como hacía siempre, abrochándose la cremallera del bolsillo de su forro polar. Abrió con fuerza la puerta del portal y justo al pisar la acera de la calle vio que algo oscuro se le venía encima por la derecha. No pudo evitar el bultazo y el bulto no hizo nada por evitarla a ella. Dio un paso atrás y se quitó de en medio para que un hombre con una gran bolsa de plástico sostenida en la mano izquierda pudiera pasar por la estrecha acera. Se quedó parada unos segundos viendo como el tipo seguía su camino. Iba con la mano alzada, a la altura de la frente, de tal manera que la bolsa (de bolsas) avanzaba delante de su cuerpo y no ocupaba espacio a derecha ni a izquierda. Sólo así podía caminar y evitar rozar las paredes de las fachadas impares de la calle Juanelo por un lado y los golpes de los coches que avanzaban por la derecha, a milímetros, por el otro. Y claro, no molestaba a los coches por la derecha ni daba con la bolsa contra la pared por la izquierda pero no veía lo que tenía delante. Lucía maldijo en voz baja porque no le pidió disculpas. Se pasó la tira de la mochila por el brazo derecho, dio un saltito y anduvo hasta la Plaza de Tirso de Molina. A esa hora de la mañana abrían los comercios y las calles ya estaban llenas de gente, algunos se habían acercado a las tiendas de ropa al por mayor que inundaban el barrio y buscaban prendas que comprar para luego vender. Otros, ancianos, bajaban a hacer la compra con las doscientas o doscientas cincuenta pesetas de pensión que podían gastar al día y la mayoría se desplazaba en dirección al metro o salía de él. Lucía también se dirigió al metro y antes de bajar compró El Mundo independientemente de lo de las pensiones de los ancianos e independientemente del mismo periódico. Los Miserables, volumen II, siempre había querido leerlo. Lo sopesó lo giró y bajó la escalera leyendo la reseña de Juana Salabert. Se pondría sin falta este verano. En invierno Lucía hacía lecturas más breves sólo por no llevar demasiado peso en sus desplazamientos diarios, le gustaba caminar sin nada, llevar cualquier peso la irritaba. Los fines de semana salía con un pequeño bolso cruzado con las llaves, el monedero y el abono transporte. Cuando iba a la Universidad, cargada de apuntes y de libros, el peso podía convertirse en una obsesión. Al caminar no podía pensar en otra cosa que no fuera la carga, a veces ni si quiera veía a su alrededor, examinaba
mentalmente cada milímetro de su espalda y señalaba el punto o los puntos de dolor. Calculaba: más de cuarto de kilo de Teoría de la Literatura, ciento cincuenta gramos de lentejas contando el tuper, veinte gramos de naranja y la carpeta. A la espalda durante todo el día, qué barbaridad. Cada cierto tiempo echaba para atrás los hombros que se le venían hacia delante y erguía la cabeza, por las cervicales. Cuando hablaba de esto con Bibiana, Bibiana se reía
y no decía ni que sí ni que no. Eso era lo que le hacía sospechar que debía ser más grave de lo que ella pensaba, tenía que hablarlo con Nuria ¿cómo podía ser que últimamente, mientras iba sola, casi todo su pensamiento estuviera dedicado al dolor de espalda?.
Víctor Hugo pesaba como una cosa mala en Sol así que no quería ni imaginarse cuando saliera del intercambiador de Moncloa o cuando estuviera esperando en la parada del ciento treinta y tres, tenía que haberlo recogido el sábado, llevar todas esas cosas en la espalda no podía ser bueno para nadie. Mejor sacarlo y llevarlo en la mano.
Bajó en la antigua carretera de La Coruña, en la parada más cercana al edificio B y el autobús siguió su camino hacia el barrio de Mirasierra. Se encaminó hacia la puerta principal y entró. Ya no le dolía la espalda porque llegaba y el volumen de los Miserables, al fin y al cabo, quedaba bien. Lucía y sus amigas preferían decir que habían quedado o que tenían clase en el B a decir que habían quedado o que tenían clase en la Facultad de Geografía e Historia o en la Facultad de Fillología B. Era más corto. Decir “mañana quedamos a las nueve en el B” era más corto que decir “mañana quedamos a las nueve en la Facultad de Filología, edificio B”. El B, o edificio de Filología B, era para los alumnos de Geografía e Historia su facultad y para los alumnos de Filología o de Lingüística parte de su desperdigada facultad. Así como el A era, además de edificio A de Filología, Facultad de Filosofía y el C albergaba, además de la Facultad de Filología C, la Escuela Universitaria de Estadística y hasta hace tres años también la de Biblioteconomía y Documentación.
La Facultad de Filología de la Universidad Complutense estaba formada, como digo, por numerosas aulas repartidas en tres edificios, el edificio A, el edificio B y el edificio C. Cada uno de ellos distaba respecto del otro unos diez minutos andando, escalera de ochenta y dos peldaños incluida en el caso de desplazamiento del A al B o viceversa, con lo que el primero estaba a veinte minutos del tercero. Eso a paso ligero. Y los futuros filólogos se pasaban el día corriendo de un lado para otro. Parecerá broma pero esto era un aspecto importante para cualquier alumno a la hora de hacer la matrícula para estudiar una Filología o Lingüística. Debía confeccionar el horario y elegir sus asignaturas teniendo en cuenta el tiempo necesario para desplazarse de una clase a otra lo que era necesario hacer mínimo cinco o seis veces al día para terminar la carrera en cinco años. La mayoría de las veces llegar de un aula a otra exigía ir de un edificio a otro. Si alguien quería asistir a Lengua Española II que se daba en el edificio B los martes a las diez de la mañana y de nueve a diez había tenido Semántica en el C, pues bueno, llegaba sudado y cinco minutos tarde pero llegaba. Pero si después de Semántica, asignatura obligatoria que sólo se impartía los martes y los jueves de nueve a diez en el C, le hubiera gustado estudiar Historia de la Lengua que se impartía los jueves de diez a once en el edificio A pues, la verdad, le dejaba de gustar y no se matriculaba. Lo mejor de la omnipresencia de los filólogos en esta parte del campus era que impepinablemente se relacionaban con
estudiantes de otras carreras en los pasillos y en las cafeterías. Cada edificio tenía una. Ellos por supuesto usaban las tres.
Por María Sarmiento

María Sarmiento ha sido la primera y la que inaugura El Club de la Memoria con este precioso texto. ¡Muchísimas gracias, María!
Comentario:
Bueno yo lo vivo como un club literario no como un grupo de psicoterapia pero puedo entender lo que dices al ser los escritos autobiográficos. Decía que sí, en el mensaje anterior, a tu análisis de mi personalidad.
Tenía que hacer esta aclaración Conpaciencia.
Tenía que hacer esta aclaración Conpaciencia.
Comentario:
Pues sí.
Gracias por tu análisis Compaciencia
Gracias por tu análisis Compaciencia
Comentario:
El comentario de textos, en sus aspectos técnicos no es mi campo. Soy de ciencias.Aún así quisiera aportar mi opinión desde otro punto de vista, que será el análisis contextual, psicosocial...Para mí, el club de la memoria se asemejaría bastante a una psicoterapia de grupo...Diré sólo sugerencias y lo que el texto en cuestión me despierta...Me referiré a un resumen y a lo más llamativo en cada caso.
Contexto-resumen:un día en la vida de una estudiante de letras, en Madrid.
Perfil psicológico del personaje:mujer joven.Sale al mundo, con prisas, asegurando su intimidad previamente, resguardándola bajo llaves y cremalleras...
La "colisión "con la vida fuera de si misma la nota amenazante y trata de defenderse, pero no la afronta directamente...la ve pasar, le hace reflexionar...
Distingue un mundo,el del invierno, su presente y uno cálido, el del verano, el del futuro, en el que proyecta con firmezas sus anhelos .
Su hoy lo vive bajo el peso de la responsabilidad,pero es alguien fuerte que en momentos concretos sabe salir adelante, lo intenta y se siente con ganas...
Su trayectoria es solitaria y reflexiva pero una vez llega a las relaciones sociales no quiere mostrar su auténtico yo, al menos no a todos. Distingue los amigos "fáciles", de los verdaderamente íntimos...
Se aprecia una vivencia fuerte del presente como "obligación", y un importante valor al factor tiempo...no quiere desperdiciarlo...Ha comprendido que tuvo que elegir...a pesar de que muchas facetas intelectuales le resultan atrayentes...
Un texto interesante sin duda, rico en matices...muy descriptivo,
entre líneas...
Gracias por tu paciencia leyéndolo
Contexto-resumen:un día en la vida de una estudiante de letras, en Madrid.
Perfil psicológico del personaje:mujer joven.Sale al mundo, con prisas, asegurando su intimidad previamente, resguardándola bajo llaves y cremalleras...
La "colisión "con la vida fuera de si misma la nota amenazante y trata de defenderse, pero no la afronta directamente...la ve pasar, le hace reflexionar...
Distingue un mundo,el del invierno, su presente y uno cálido, el del verano, el del futuro, en el que proyecta con firmezas sus anhelos .
Su hoy lo vive bajo el peso de la responsabilidad,pero es alguien fuerte que en momentos concretos sabe salir adelante, lo intenta y se siente con ganas...
Su trayectoria es solitaria y reflexiva pero una vez llega a las relaciones sociales no quiere mostrar su auténtico yo, al menos no a todos. Distingue los amigos "fáciles", de los verdaderamente íntimos...
Se aprecia una vivencia fuerte del presente como "obligación", y un importante valor al factor tiempo...no quiere desperdiciarlo...Ha comprendido que tuvo que elegir...a pesar de que muchas facetas intelectuales le resultan atrayentes...
Un texto interesante sin duda, rico en matices...muy descriptivo,
entre líneas...
Gracias por tu paciencia leyéndolo
Comentario:
A mí también me ha recordado ires y venires, y sensaciones de extrañamiento. Después de haberme pasado casi seis años por esos edificios, A, B y C, entraba y me sentía tan nueva como el primer día.
También recuerdo tus dolores de espalda..., y tus deseos de hacerlos desaparecer. Me alegro de que la solución fuera tan sencilla y a la vez tan complicada (para muchos). Un abrazo
También recuerdo tus dolores de espalda..., y tus deseos de hacerlos desaparecer. Me alegro de que la solución fuera tan sencilla y a la vez tan complicada (para muchos). Un abrazo
Comentario:
A mí también me han hecho recordar mucho... De ese mismo edificio que describes, de esa cafetería con cafés tan oscuros que te dejaban los ojos como platos, de una chica cargada de libros y con el termo de la comida a cuestas. Qué tiempos aquellos.
Comentario:
En respuesta a tus preguntas, no he leído Los Miserables... no sé por qué, pero siempre me han dado un poco para atrás los libros "tochos" (¿será alguna obsesión inconsciente con el peso? jejeje). Tampoco conozco la Facultad de Filología de la que hablas, pero me la imagino perfectamente, porque a mí me tocó estudiar Periodismo en el Campus de Leioa (Bizkaia) y era tal que lo mismo... Nosotros estábamos en mitad de un monte, sin nada alrededor, y te podías olvidar de hacer asignaturas de libre elección de Historia o Filología, porque esas había que hacerlas en ¡Vitoria!. O sea, nuestra "libre" elección quedaba reducida a lo que teníamos cerca, esto es Sociología, Ciencias Políticas, Medicina y Bellas Artes, aunque esta facultad ya quedaba en la otra esquina del Campus...
Los que nos desperdigábamos por cualquier cafetería erámos los de Vitoria, que debido al horario de autobuses y de clases, pasábamos más tiempo en Leioa que en nuestra casa... (igual algún día me animo a escribir sobre esto en este mismo club...)
Tus memorias me han hecho recordar aquellos tiempos universitarios... ¡Gracias!
Los que nos desperdigábamos por cualquier cafetería erámos los de Vitoria, que debido al horario de autobuses y de clases, pasábamos más tiempo en Leioa que en nuestra casa... (igual algún día me animo a escribir sobre esto en este mismo club...)
Tus memorias me han hecho recordar aquellos tiempos universitarios... ¡Gracias!
Comentario:
Lo escribo en tercera persona porque me resulta más fácil. En cuanto a los Miserables, sólo lo cogí tres años después, en invierno, con lo que lo pasee por toda la red de transportes y sin lamentos. Había superado "la crisis del dolor de espalda" que tenía mucho que ver con la necesidad de encontrar trabajo. Es un libro estupendo. Lo que aún sigo preguntándome es como Victor Hugo hizo vagar al protagonista de su historia a oscuras completamente por el subsuelo de París. ¿Lo habéis leído? No se habla en ningún momento de la iluminación.
¿Conoces la Facultad de Filología que describo?
¿Conoces la Facultad de Filología que describo?
Comentario:
Interesante texto, sobre todo por lo de estar escrito en tercera persona a pesar de ser autobiográfico... ¿algún motivo en especial para escribirlo en tercera y no en primera persona?
¿Mereció la pena finalmente cargar el peso de "Los Miserables"?
¿Mereció la pena finalmente cargar el peso de "Los Miserables"?






