Jazz
También descubrí que me gustaba el jazz, pero eso fue ya en verano. Me levanté una mañana de golpe y pensé: “me gusta el jazz”. Creo que tuvo algo que ver con Beatriz, porque la noche anterior había estado leyendo una de sus cartas “apuntes del natural” —como las llama ella— en la que me hablaba de un trenecito que recorría las calles de Vitoria con una banda de músicos de Nueva Orleáns a bordo.
Así que de todos los cambios, a pesar de mi anterior y profundo odio al jazz —una música que no entendía y que me estresaba, sufrida año tras año en el festival que se organizaba en mi ciudad—, aquél parecía el más lógico.
Mucho más raro fue, por ejemplo, cuando me compré sin pensarlo una camiseta amarilla. ¡Pero si yo detestaba el amarillo!, de niña tiraba a la papelera todas las pinturas de ese color y escondía en el fondo del armario la ropa con tonos amarillos que mi madre tenía la brillante idea de comprarme. Así que allí estaba yo, en las rebajas (¡yo en las rebajas!) en un gran centro comercial probándome una camiseta sin mangas amarilla. Jamás había ido a las rebajas; los centros comerciales me marean y me hacen perder la noción incluso de quién soy. Cuando fui con Paolo a Ikea para comprar una cama, logré sacarle de los nervios, y eso que Paolo es el hombre más tranquilo del universo. No era capaz de entender que una persona normal, supuestamente inteligente, no fuera capaz de relacionar los números que aparecen en esos papeles que cuelgan de los objetos en las tiendas con su precio. Tampoco entendía que una cama de 1,40 me llevara al recuerdo de una cama de 1,20 (una medida igualmente poco habitual) que teníamos en la casa del pueblo y para la que mi madre nunca encontraba sábanas. Intenté explicárselo, pero creo que después de mi incompetencia a la hora de leer etiquetas, ese flash-back hacia los veranos de mi infancia era demasiado para su presente. El caso es que la camiseta amarilla me sentaba tremendamente bien, no había ninguna duda (¡yo pensado así delante de un espejo!).
Después de la camiseta amarilla, llegaron unos pantalones finos blancos, una falda roja, otra beige y mi primer par de sandalias. Había aparcado definitivamente mis tradicionales vaqueros y mis botas de monte. Me apunté a bailes de salón en un segundo intento bajo la sorpresa de todos los que me conocían. El primer intento había sido muy desafortunado. Llegué al centro cívico realmente emocionada con la idea. Era un momento en el que no había nadie, sólo los dos chicos que apuntaban a los participantes en los cursos. Dije: “Quiero apuntarme a bailes de salón”; me preguntaron: “¿Tienes pareja?”; y yo: “No…”; “entonces no puede ser, necesitas pareja para apuntarte”. De repente me di cuenta de que había una cola de gente detrás de mí y todos empezaron a ofrecer su amable opinión: “Pobre, ¿no tienes pareja?” me decía uno; “¿un novio?”, “¿ni un hermano, o un primo, o un tío… que te pueda acompañar a las clases…?”, inquiría otro. No, no tenía a nadie, ni hermano, ni abuelo, ni sobrino, ni nada… ¿es que no se daban cuenta de que yo era una recién llegada? Y además, ¿qué tenían ellos que opinar sobre mi vida? No, no tenía pareja, y además vivía feliz sin ella hasta ese mismo momento. “Apúntala sola, igual hay alguno que viene solo también y los podéis juntar”, oí que decían más allá. Eso hicieron, pero no me llamaron, no debía de haber ningún otro solo cerca. Salí cabizbaja, odiando un mundo hecho para ser vivido en pareja.
En mi segundo intento llegué bien orgullosa al centro. “!Ya tengo pareja!, y además, ¡un italiano!”, me faltó proclamar a la hora de apuntarme. Mi vecino Paolo, que observaba atento todos mis cambios, tratando de averiguar el porqué de ellos, había accedido divertido a ser mi pareja para las clases de bailes de salón. Cuando di la dirección, especifiqué que cada uno vivía en una puerta diferente, yo en el ático 2, y él en el ático 3, pero alguien de la oficina debió de pensar, al pasar los datos a limpio, que si éramos pareja de baile y teníamos la misma dirección, debía de haber algún error en ese 2 y ese 3, y que evidentemente éramos pareja fuera de las clases y además vivíamos juntos. Así, según la Sagrada Familia, Paolo y yo pasamos a ser oficialmente pareja de hecho: ahora recibo la correspondencia de este centro cívico en la casa de mi vecino.
Tras los bailes de salón, la revolución llegó a la cocina. Me enamoré de un juego de tazas de té (nunca me ha gustado el café) y esa misma tarde lo tenía en una esquina de la encimera. De la noche a la mañana me compré un delantal, cuatro sartenes, un cazo, una vajilla de 36 piezas y una cubertería de 24. Incluso comencé a coleccionar puntos de compra de un supermercado con los que conseguí el cazo y dos de las sartenes a mitad de precio. ¡Yo, que siempre me había reído de mi madre cuando guardaba estos puntos como tesoros! Una vez había una promoción en el Eroski que mi madre seguía con verdadera pasión. Cada día me contaba lo que había comprado y cómo había conseguido más puntos, por ejemplo, quedándose con los de la señora que estaba delante de ella en la caja, que no los había querido. Por eso fue tan sorprendente que cuando mi amigo Dani vino a casa, después de lo que para mí fue más de una hora de aburridísima conversación sobre las propiedades de las sartenes de San Ignacio (que por lo visto eran las que utilizaba Argiñano en aquella época) mi madre le regalara 4 estampillas, porque como me confesó más tarde, “este chico es muy majo, pero no sabe cómo conseguir los puntos”. Y cuatro años después estaba yo siguiendo una colección de puntos porque las sartenes, precisamente, eran de San Ignacio.
Paolo, que como ya he dicho, seguía muy de cerca mi repentina evolución, me miraba intrigado mientras le enseñaba la jabonera y el soporte para los cepillos de dientes que habían sido mi última adquisición para el baño. “¿Seguro que no tienes nada que contarme?”, me decía riéndose. Nada. Nada de nada. Los cambios tenían más que ver con la nueva estantería para mis libros, que con mi recién estrenada cama grande. Siempre pensé que el día que tuviera el María Moliner, sería rica, porque de no ser así, no me gastaría tanto dinero en un diccionario. Mi madre lo encontró en una librería con una pequeña tara en una portada, por lo que consiguió que se lo vendieran más barato, de tal forma que ella me regaló un tomo, y yo compré el otro. No era rica, pero tenía el María Moliner, que se convirtió en un símbolo del lugar donde establecerme. Son dos tomos pesados que no se pueden cargar en mudanzas temporales. Hasta que no encontrara un sitio en el que asentarme, el diccionario no se movería de la ciudad de siempre. Cuatro años y cinco ciudades después, compré una estantería en Barcelona y acomodé en mi casa a la señora María Moliner.
Siempre me negué a comprar libros en grandes superficies. Sin embargo, con el mismo estupor con el que descubrí que me gustaba el amarillo, y la misma naturalidad con la que asumí una mañana de verano el jazz, me vi a mí misma comprando una sartén y dos libros de poesía en un hipermercado. Me llamaban con igual fuerza el teflón antiadherente y las palabras de Anna Becciu.
Acabo de descubrir que me gusta el café. Solo y con mucho azúcar.
Por N.S.R.

Así que de todos los cambios, a pesar de mi anterior y profundo odio al jazz —una música que no entendía y que me estresaba, sufrida año tras año en el festival que se organizaba en mi ciudad—, aquél parecía el más lógico.
Mucho más raro fue, por ejemplo, cuando me compré sin pensarlo una camiseta amarilla. ¡Pero si yo detestaba el amarillo!, de niña tiraba a la papelera todas las pinturas de ese color y escondía en el fondo del armario la ropa con tonos amarillos que mi madre tenía la brillante idea de comprarme. Así que allí estaba yo, en las rebajas (¡yo en las rebajas!) en un gran centro comercial probándome una camiseta sin mangas amarilla. Jamás había ido a las rebajas; los centros comerciales me marean y me hacen perder la noción incluso de quién soy. Cuando fui con Paolo a Ikea para comprar una cama, logré sacarle de los nervios, y eso que Paolo es el hombre más tranquilo del universo. No era capaz de entender que una persona normal, supuestamente inteligente, no fuera capaz de relacionar los números que aparecen en esos papeles que cuelgan de los objetos en las tiendas con su precio. Tampoco entendía que una cama de 1,40 me llevara al recuerdo de una cama de 1,20 (una medida igualmente poco habitual) que teníamos en la casa del pueblo y para la que mi madre nunca encontraba sábanas. Intenté explicárselo, pero creo que después de mi incompetencia a la hora de leer etiquetas, ese flash-back hacia los veranos de mi infancia era demasiado para su presente. El caso es que la camiseta amarilla me sentaba tremendamente bien, no había ninguna duda (¡yo pensado así delante de un espejo!).
Después de la camiseta amarilla, llegaron unos pantalones finos blancos, una falda roja, otra beige y mi primer par de sandalias. Había aparcado definitivamente mis tradicionales vaqueros y mis botas de monte. Me apunté a bailes de salón en un segundo intento bajo la sorpresa de todos los que me conocían. El primer intento había sido muy desafortunado. Llegué al centro cívico realmente emocionada con la idea. Era un momento en el que no había nadie, sólo los dos chicos que apuntaban a los participantes en los cursos. Dije: “Quiero apuntarme a bailes de salón”; me preguntaron: “¿Tienes pareja?”; y yo: “No…”; “entonces no puede ser, necesitas pareja para apuntarte”. De repente me di cuenta de que había una cola de gente detrás de mí y todos empezaron a ofrecer su amable opinión: “Pobre, ¿no tienes pareja?” me decía uno; “¿un novio?”, “¿ni un hermano, o un primo, o un tío… que te pueda acompañar a las clases…?”, inquiría otro. No, no tenía a nadie, ni hermano, ni abuelo, ni sobrino, ni nada… ¿es que no se daban cuenta de que yo era una recién llegada? Y además, ¿qué tenían ellos que opinar sobre mi vida? No, no tenía pareja, y además vivía feliz sin ella hasta ese mismo momento. “Apúntala sola, igual hay alguno que viene solo también y los podéis juntar”, oí que decían más allá. Eso hicieron, pero no me llamaron, no debía de haber ningún otro solo cerca. Salí cabizbaja, odiando un mundo hecho para ser vivido en pareja.
En mi segundo intento llegué bien orgullosa al centro. “!Ya tengo pareja!, y además, ¡un italiano!”, me faltó proclamar a la hora de apuntarme. Mi vecino Paolo, que observaba atento todos mis cambios, tratando de averiguar el porqué de ellos, había accedido divertido a ser mi pareja para las clases de bailes de salón. Cuando di la dirección, especifiqué que cada uno vivía en una puerta diferente, yo en el ático 2, y él en el ático 3, pero alguien de la oficina debió de pensar, al pasar los datos a limpio, que si éramos pareja de baile y teníamos la misma dirección, debía de haber algún error en ese 2 y ese 3, y que evidentemente éramos pareja fuera de las clases y además vivíamos juntos. Así, según la Sagrada Familia, Paolo y yo pasamos a ser oficialmente pareja de hecho: ahora recibo la correspondencia de este centro cívico en la casa de mi vecino.
Tras los bailes de salón, la revolución llegó a la cocina. Me enamoré de un juego de tazas de té (nunca me ha gustado el café) y esa misma tarde lo tenía en una esquina de la encimera. De la noche a la mañana me compré un delantal, cuatro sartenes, un cazo, una vajilla de 36 piezas y una cubertería de 24. Incluso comencé a coleccionar puntos de compra de un supermercado con los que conseguí el cazo y dos de las sartenes a mitad de precio. ¡Yo, que siempre me había reído de mi madre cuando guardaba estos puntos como tesoros! Una vez había una promoción en el Eroski que mi madre seguía con verdadera pasión. Cada día me contaba lo que había comprado y cómo había conseguido más puntos, por ejemplo, quedándose con los de la señora que estaba delante de ella en la caja, que no los había querido. Por eso fue tan sorprendente que cuando mi amigo Dani vino a casa, después de lo que para mí fue más de una hora de aburridísima conversación sobre las propiedades de las sartenes de San Ignacio (que por lo visto eran las que utilizaba Argiñano en aquella época) mi madre le regalara 4 estampillas, porque como me confesó más tarde, “este chico es muy majo, pero no sabe cómo conseguir los puntos”. Y cuatro años después estaba yo siguiendo una colección de puntos porque las sartenes, precisamente, eran de San Ignacio.
Paolo, que como ya he dicho, seguía muy de cerca mi repentina evolución, me miraba intrigado mientras le enseñaba la jabonera y el soporte para los cepillos de dientes que habían sido mi última adquisición para el baño. “¿Seguro que no tienes nada que contarme?”, me decía riéndose. Nada. Nada de nada. Los cambios tenían más que ver con la nueva estantería para mis libros, que con mi recién estrenada cama grande. Siempre pensé que el día que tuviera el María Moliner, sería rica, porque de no ser así, no me gastaría tanto dinero en un diccionario. Mi madre lo encontró en una librería con una pequeña tara en una portada, por lo que consiguió que se lo vendieran más barato, de tal forma que ella me regaló un tomo, y yo compré el otro. No era rica, pero tenía el María Moliner, que se convirtió en un símbolo del lugar donde establecerme. Son dos tomos pesados que no se pueden cargar en mudanzas temporales. Hasta que no encontrara un sitio en el que asentarme, el diccionario no se movería de la ciudad de siempre. Cuatro años y cinco ciudades después, compré una estantería en Barcelona y acomodé en mi casa a la señora María Moliner.
Siempre me negué a comprar libros en grandes superficies. Sin embargo, con el mismo estupor con el que descubrí que me gustaba el amarillo, y la misma naturalidad con la que asumí una mañana de verano el jazz, me vi a mí misma comprando una sartén y dos libros de poesía en un hipermercado. Me llamaban con igual fuerza el teflón antiadherente y las palabras de Anna Becciu.
Acabo de descubrir que me gusta el café. Solo y con mucho azúcar.
Por N.S.R.

Comentario:
Comentario:
Hola "desentendida... o no", gracias por tu comentario. Como dices, con los años nos vamos dando cuenta de los cambios, pero los asumimos de forma natural, porque quizás después de todo, no hayamos cambiado tanto... En cualquier caso, me maravilla el paso del tiempo y ver en quién nos estamos convirtiendo (me maravilla verlo en mí, y verlo también en la gente que me rodea). Creo que definitivamente he superado mi etapa de Peter Pan. Antes tenía una auténtica aversión al cambio, pero ahora le doy la bienvenida, porque es también parte de mí, y este proceso, lo entendamos o no, es siempre bueno.
Comentario:
Me ha encantado tu ejercicio de "entendimiento-desentendimiento". Realmente a veces no merece la pena preguntarse el por qué de los cambios, ya vengan de fuera o sean cambios en nosotros mismos. Al fin y al cabo, lo que has descrito con tu relato no es más que el paso de la vida. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez si, con todo lo que cambiamos a lo largo de los años, no seguimos siendo los mismos? ¿Y quién no ha llegado a la conclusión, al final, de que sí lo somos? Sin embargo, es tan desconcertante sentirse "distinto" a lo que uno pensaba que era uno mismo, que sin duda lo mejor es "desentenderse", no preguntarse más. Gracias por demostrarme que con el paso de los años tal vez sea capaz de tomar distancia y ver todo como parte de un proceso que hoy no alcanzo a distinguir.
Comentario:
Gracias por leerme y por tu comentario... Ciertamente las transformaciones se van sucediendo en nosotros poco a poco, de forma más lenta o más rápida: en el relato lo planteo de forma rápida, pero en realidad esos cambios no eran sino la conclusión de un periodo anterior más lento, de asimilación de una nueva ciudad y unas nuevas circustancias.
Hace poco una amiga me escribía que mi presencia en su vida le había ayudado a entenderse y desentenderse mejor, y me emocionó ser parte de ese "desenterderse". Muchas veces para ser nosotros mismos, no se trata tanto de entendernos como de "desentendernos" y vivir los cambios según vienen, sin intentar analizarnos. Siempre he creído que llega un momento en el que lo más importante es desaprender lo aprendido, y seguir adelante a partir de ahí, y creo que en eso estoy ahora, construyendo este nuevo yo, que misteriosamente, sigo siendo yo misma.
Hace poco una amiga me escribía que mi presencia en su vida le había ayudado a entenderse y desentenderse mejor, y me emocionó ser parte de ese "desenterderse". Muchas veces para ser nosotros mismos, no se trata tanto de entendernos como de "desentendernos" y vivir los cambios según vienen, sin intentar analizarnos. Siempre he creído que llega un momento en el que lo más importante es desaprender lo aprendido, y seguir adelante a partir de ahí, y creo que en eso estoy ahora, construyendo este nuevo yo, que misteriosamente, sigo siendo yo misma.
Comentario:
He disfrutado mucho de tu relato. Me parece con mucho significado, con una gran dosis de cotidianeidad y de coherencia con la realidad en la que nos vamos desconcertando cada día internamente, rompiendo esquemas, sobreviviendo a ello sin pesadumbre y sin sentirlo como una derrota, porque ¿quien dijo que todo debía ser luchado? Quién dice que no podamos dejarnos sentir, transformar y desfigurar de una forma dulce y consentida hacia nosotros mismos, a cada experiencia, desde la reconciliación… ¿y porqué no?






