Fragmento del capítulo uno
Pegó el tejuelo, pegó el punto rojo, tiró del rollo de cinta adhesiva transparente y la puso sobre el lomo del libro cubriendo a su vez el tejuelo y el punto rojo. NO QUERÍA DISCUTIR. Llevaba llamando por teléfono a depósito veinte minutos. El tío este estaba durmiendo fijo y ahora tendría que ir ella y volver cargada con tres Gacetas de Madrid ¿seis kilos?. Puso el rollo de aronfix sobre la mesa, lo sujetó con la
mano izquierda y tiró un par de veces con la derecha para obtener el trozo que necesitaba. Puso el libro encima del plástico desenrollado, hacia el centro, confirmó que había calculado bien el tamaño y cortó la pieza de forro necesaria deslizando las tijeras entre el rollo y el libro, no hacía falta hacer con los dedos el movimiento de cortar. El aronfix tenía que ser un poco mayor que el libro que se quisiera proteger, le sobraban unos tres centímetros a cada lado, perfecto. No le diría nada o, bueno, le diría lo que tenía que hacer pero sin perder los nervios, sin gritar. Despegó el papel blanco del papel adhesivo
transparente y lo pegó al libro ayudándose de una regla, de esta manera evitaba que le salieran arrugas y pompas de aire. Lo de forrar ayudándose con una regla lo había aprendido ahí, se lo había enseñado la jefa de sala, y era un acierto, así no salían arrugas a la hora de preparar para sala los libros de texto. Al forrarlos, los que se preveía iban a ser objeto de un mayor número de consultas, se protegían y adquirían una mayor rigidez.
_Cristina, como éste no viene, voy a depósito.
_ Uhm...
Subió las escaleras para salir de la sala de lectura, atravesó el vestíbulo de la biblioteca y los arcos de seguridad.
Saludó a María, la conserje, que como siempre estaba inmersa en sus apuntes, cruzó los tres pasillos y dos vestíbulos hasta llegar al depósito. Bien estirada, hombros hacia atrás, sin peso. Ahí estaba.
_Rafael _ Rafael con un bote de Mahou en el bolsillo de la bata, en el del pecho _Rafael _ mirada al bote _ ¡Llevo más de media hora buscándote!, esto no puede ser. Ha llamado Hortensia, quiere las Gacetas del otro día.
_Joder pues que venga ella, que los pobres no tienen criados.
_¡Rafael, ella no es pobre y te pide eso porque llevárselo es tu puto curro! , yo me voy.
_No me lo puedo creer, sobando, ¡es increíble! y la gente buscando curro. Se lleva las ciento setenta mil muertas. El cara viene aquí a contar la película de su vida a todo el que se deja y se esconde en el depósito a beber y a dormir porque sabe que se lo voy a hacer yo ¡su puta madre!
Al final había gritado más que el día anterior, le sacaba de sus casillas. Mientras caminaba hasta la sala de lectura de la biblioteca le pareció ver más caras contenidas que nunca. Las de los futuros abogados del país. Pero ella de contenciones nada, claro, por eso no estudiaba derecho. La había cagado otra vez ¿por qué siempre acababa gritando? Llevaba media tarde diciendo que no le volvería a hablar, que se iba a callar, que sólo le iba a comunicar, pero no gritando, lo que tenía que decirle. Pues no.
Y el cerdo disfrutando. Había vuelto a perder la calma. Parecía que las muchas ganas que tenía de controlar su furia nunca fueran suficientes. Lo había intentado tantas veces y no daba resultado. Llegado el momento, un dolor agudo, a veces un leve pinchazo, siempre el mismo desenlace: la nube gris que ciega, el desconcierto y no ser capaz de respirar hondo o de contar hasta diez en silencio. Uno, dos... ¡Ya! Tormenta de insultos que se agolpan, boquerones y vaso de agua en el plato de judías del otro, su cara. No importa lo que me gustaría ser, ahora grito.
Rompo. Pasos nerviosos a uno y otro lado. Manotazos en las piernas. Cálmate. No puede ser una vez más, hoy.
Desde pequeña Lucía se decía que no volvería a gritar ni a perder los nervios después de cada discusión que mantenía con su hermano o con su madre, pero pronto se encontraba otra vez en actitudes demasiado elocuentes, excesivamente viscerales. Le desanimaba, no conseguir el dominio absoluto de su persona ante situaciones de conflicto o ante personajes como Rafael.
Cuando llegó a la sala eran las ocho y media y Cristina ya estaba vestida con el chandal para irse a natación, era miércoles. Los miércoles y los lunes se iba media hora antes para ir a nadar. Belén le fichaba al salir, a las nueve. Colocar los libros y llegar a casa se le hizo eterno. Tuvo que ayudar a ordenar la parte de Cristina, tuvo que cerrar la biblioteca y tuvo que esperar más de veinte minutos el autobús que le llevaba hasta el intercambiador de Moncloa. De Moncloa a su casa otros veinte minutos. Cuando llegó se descalzó, como siempre, antes de quitarse el forro y se puso las zapatillas de estar por casa. Después se quitó el forro y la bufanda. Pensaba en hablar con Pablo aunque tendría que esperar que él le llamara porque había salido. Tenía hambre, abrió la nevera y sacó un plato de ensalada. Retiró el papel de plástico transparente y pensó que no había mucho pero que para calmar un poco su estómago valía. Empezó a comer. Luego se prepararía algo más. Primero necesitaba echarse algo a la boca y descansar un rato, tirarse en el sillón y levantar las piernas, apoyarlas en la pared. Ensalada de arroz cocido con lechuga, queso cortado a tacos de un par de tipos si podía ser, sino un queso, unos pocos cacahuetes, aceite, vinagre y pimienta negra. Le había enseñado Pablo, estaba encantada con la ensalada. Nunca le había gustado el tomate y le encantaba el arroz. ¿Por qué no llamaba ya? o mejor, podía venir y hacían otra ensalada juntos y se la comían juntos y se acariciaban. Mientras masticaba, sentada en un taburete, junto a la lavadora, miraba los azulejos de la pared. Revisó uno por uno todos los que había entre el mueble blanco que hacía chaflán y la caldera del calentador: había manchas de grasa. Pequeños puntos naranjas sobre el blanco de los azulejos. A ver cuando se ponía a limpiar. Seguro que si preguntaba a Bibiana qué le parecía la casa, cómo le encontraba de limpia o de sucia, Bibiana le respondería que estaba loca, que la casa estaba niquelada. Diría: Lucía, tía, estás fatal. Para su madre, en cambio, la cocina estaría muy sucia y el resto de la casa bueno… pero Luci, hija, si es ponerte un ratito al día. Veinte minutos. Los veinte minutos de la parada del autobús! Estaba rendida. Dejó el plato en la pila, abrió el grifo y colgó el trapo . Apagó la luz, salió de la cocina. Pablo no llamaba.
Por María Sarmiento

mano izquierda y tiró un par de veces con la derecha para obtener el trozo que necesitaba. Puso el libro encima del plástico desenrollado, hacia el centro, confirmó que había calculado bien el tamaño y cortó la pieza de forro necesaria deslizando las tijeras entre el rollo y el libro, no hacía falta hacer con los dedos el movimiento de cortar. El aronfix tenía que ser un poco mayor que el libro que se quisiera proteger, le sobraban unos tres centímetros a cada lado, perfecto. No le diría nada o, bueno, le diría lo que tenía que hacer pero sin perder los nervios, sin gritar. Despegó el papel blanco del papel adhesivo
transparente y lo pegó al libro ayudándose de una regla, de esta manera evitaba que le salieran arrugas y pompas de aire. Lo de forrar ayudándose con una regla lo había aprendido ahí, se lo había enseñado la jefa de sala, y era un acierto, así no salían arrugas a la hora de preparar para sala los libros de texto. Al forrarlos, los que se preveía iban a ser objeto de un mayor número de consultas, se protegían y adquirían una mayor rigidez.
_Cristina, como éste no viene, voy a depósito.
_ Uhm...
Subió las escaleras para salir de la sala de lectura, atravesó el vestíbulo de la biblioteca y los arcos de seguridad.
Saludó a María, la conserje, que como siempre estaba inmersa en sus apuntes, cruzó los tres pasillos y dos vestíbulos hasta llegar al depósito. Bien estirada, hombros hacia atrás, sin peso. Ahí estaba.
_Rafael _ Rafael con un bote de Mahou en el bolsillo de la bata, en el del pecho _Rafael _ mirada al bote _ ¡Llevo más de media hora buscándote!, esto no puede ser. Ha llamado Hortensia, quiere las Gacetas del otro día.
_Joder pues que venga ella, que los pobres no tienen criados.
_¡Rafael, ella no es pobre y te pide eso porque llevárselo es tu puto curro! , yo me voy.
_No me lo puedo creer, sobando, ¡es increíble! y la gente buscando curro. Se lleva las ciento setenta mil muertas. El cara viene aquí a contar la película de su vida a todo el que se deja y se esconde en el depósito a beber y a dormir porque sabe que se lo voy a hacer yo ¡su puta madre!
Al final había gritado más que el día anterior, le sacaba de sus casillas. Mientras caminaba hasta la sala de lectura de la biblioteca le pareció ver más caras contenidas que nunca. Las de los futuros abogados del país. Pero ella de contenciones nada, claro, por eso no estudiaba derecho. La había cagado otra vez ¿por qué siempre acababa gritando? Llevaba media tarde diciendo que no le volvería a hablar, que se iba a callar, que sólo le iba a comunicar, pero no gritando, lo que tenía que decirle. Pues no.
Y el cerdo disfrutando. Había vuelto a perder la calma. Parecía que las muchas ganas que tenía de controlar su furia nunca fueran suficientes. Lo había intentado tantas veces y no daba resultado. Llegado el momento, un dolor agudo, a veces un leve pinchazo, siempre el mismo desenlace: la nube gris que ciega, el desconcierto y no ser capaz de respirar hondo o de contar hasta diez en silencio. Uno, dos... ¡Ya! Tormenta de insultos que se agolpan, boquerones y vaso de agua en el plato de judías del otro, su cara. No importa lo que me gustaría ser, ahora grito.
Rompo. Pasos nerviosos a uno y otro lado. Manotazos en las piernas. Cálmate. No puede ser una vez más, hoy.
Desde pequeña Lucía se decía que no volvería a gritar ni a perder los nervios después de cada discusión que mantenía con su hermano o con su madre, pero pronto se encontraba otra vez en actitudes demasiado elocuentes, excesivamente viscerales. Le desanimaba, no conseguir el dominio absoluto de su persona ante situaciones de conflicto o ante personajes como Rafael.
Cuando llegó a la sala eran las ocho y media y Cristina ya estaba vestida con el chandal para irse a natación, era miércoles. Los miércoles y los lunes se iba media hora antes para ir a nadar. Belén le fichaba al salir, a las nueve. Colocar los libros y llegar a casa se le hizo eterno. Tuvo que ayudar a ordenar la parte de Cristina, tuvo que cerrar la biblioteca y tuvo que esperar más de veinte minutos el autobús que le llevaba hasta el intercambiador de Moncloa. De Moncloa a su casa otros veinte minutos. Cuando llegó se descalzó, como siempre, antes de quitarse el forro y se puso las zapatillas de estar por casa. Después se quitó el forro y la bufanda. Pensaba en hablar con Pablo aunque tendría que esperar que él le llamara porque había salido. Tenía hambre, abrió la nevera y sacó un plato de ensalada. Retiró el papel de plástico transparente y pensó que no había mucho pero que para calmar un poco su estómago valía. Empezó a comer. Luego se prepararía algo más. Primero necesitaba echarse algo a la boca y descansar un rato, tirarse en el sillón y levantar las piernas, apoyarlas en la pared. Ensalada de arroz cocido con lechuga, queso cortado a tacos de un par de tipos si podía ser, sino un queso, unos pocos cacahuetes, aceite, vinagre y pimienta negra. Le había enseñado Pablo, estaba encantada con la ensalada. Nunca le había gustado el tomate y le encantaba el arroz. ¿Por qué no llamaba ya? o mejor, podía venir y hacían otra ensalada juntos y se la comían juntos y se acariciaban. Mientras masticaba, sentada en un taburete, junto a la lavadora, miraba los azulejos de la pared. Revisó uno por uno todos los que había entre el mueble blanco que hacía chaflán y la caldera del calentador: había manchas de grasa. Pequeños puntos naranjas sobre el blanco de los azulejos. A ver cuando se ponía a limpiar. Seguro que si preguntaba a Bibiana qué le parecía la casa, cómo le encontraba de limpia o de sucia, Bibiana le respondería que estaba loca, que la casa estaba niquelada. Diría: Lucía, tía, estás fatal. Para su madre, en cambio, la cocina estaría muy sucia y el resto de la casa bueno… pero Luci, hija, si es ponerte un ratito al día. Veinte minutos. Los veinte minutos de la parada del autobús! Estaba rendida. Dejó el plato en la pila, abrió el grifo y colgó el trapo . Apagó la luz, salió de la cocina. Pablo no llamaba.
Por María Sarmiento







