<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rss version="2.0" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"><channel><title><![CDATA[El Club de la Memoria]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[Escribe tu autobiografía]]></description><language><![CDATA[ES]]></language><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><item><title><![CDATA[Certeza]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/c_12.htm]]></link><description><![CDATA[Habéis empujado hacia mí estas piedras.<br/>Me habéis amurallado<br/>para que me acostumbre.<br/>Pero aunque ahora no pueda<br/>ni intente dar un paso,<br/>ni siquiera proyecte fuga alguna,<br/>ya sé que es por allí<br/>por donde quiero ir,<br/>sé por dónde se va.<br/>Mirad, os lo señalo:<br/>por aquella ranura de poniente.<br/><br/><b>Después de todo, poesía a rachas.<br/>(Carmen Martín Gaite)</b><br/><br/>Por María Sarmiento.<br/><img src="http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/files/path.jpg" alt="" border="0" width="624" height="640"/>]]></description><author><![CDATA[Sally_Seton]]></author></item><item><title><![CDATA[Retazos de vida...]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/c_10.htm]]></link><description><![CDATA[Después de llevar mucho tiempo sin navegar por la red, emprendí la acción. Llegué a tu página, aunque te seguía la pista desde hace tiempo. Me sorprendiste, como siempre. Con palabras, con ideas, y con el verbo. Siempre de manera agradable, porque es ya costumbre que tengas esos efectos secundarios. Ahora, delante de esa pantalla, quiero aportar mi minúsculo grano de arena, y compartir contigo, y con el resto de lectores, un trozo de mi vida, sin interés, porque soy vulgar, aunque este rellena de ínfulas por ser alguien de cierta relevancia dentro de esta vida. <br/>La primera vez que tuve deseos de grandeza fue cuando visité sola a Barcelona. Me bajé del metro en la Avenida María Cristina. Salí a la calle y mis ojos se abrieron al mundo admirando a ese edificio tan alto, que escupía tantas plantas. Vi su cúspide:“Planeta”. Allí estaba y está la editorial. Fue entonces cuando soñé que quería ser escritora, y quise ganar un “Planeta”. A día de hoy, he dejado de creer en esa historia, porque no se coser con delicadeza las palabras, ni mucho menos cuando deben de respirar. Me resulta muy complicado poner puntos, comas, y demás artilugios que se requieren en este dominio. Opto por beber de ellas, así se que nunca fracasaré. ¿Éxito? Bueno, sí, no lo conseguiré, pero me podré consolar en la tristeza de los condicionales (“Si lo hubiera hecho…”). Dicho esto, como comprenderéis me reprocho cada día la anemia que tiene mi energía. Verdaderamente pienso que la vida es una lucha, y que te la tienes que ganar cada día, pero a veces, tienes el alma tan doblada que te resulta imposible despegarte del suelo para saltar y gritar celebraciones. <br/>Nunca he sabido jugar, porque nadie me enseño. Cuando iba a los parques infantiles estaba tan obsesionada en jugar bien, que no disfrutaba. Primero las normas, después la posición correcta, y ante todo tener en cuenta las miradas ajenas. Así que mientras los demás explotaban a carcajadas, yo me limitaba a imitarlos, porque se supone que también me lo tenía que estar pasando bien, que también tenía que estar divirtiendo, pero mentía. Creo que siempre he estafado la vida, o quizás sea ella quien me esté estafando a mi, vete tu a saber. Pego un salto en mi vida. Olvido las horquillas de colores, y las piruletas de corazón. Hoy estoy en Asturias, trabajando. Dejé todo lo que tenía y conocía en el Mediterráneo. Cada día pienso si hice la elección correcta. Mi motivación está muerta. El trabajo se reduce a respirar dentro de un despacho gris. Allí estoy sola durante 8 horas. 8 horas de soledad, donde un millón de pensamientos empiezan a galopar en mi mente. Escucho música. Leo y pienso. Pienso que tendría que abandonar, que tendría que volver a casa, al calor de los míos, pero para mi coger el ticket de vuelta equivale a una derrota. Y por una vez en la vida, por una maldita vez, quiero ganarle la batalla. <br/>Un abrazo,<br/><b>Ciclotimia</b><br/><img src="http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/files/travel.jpg" alt="" border="0" width="252" height="271"/>]]></description><author><![CDATA[Sally_Seton]]></author></item><item><title><![CDATA[Una mosca cojonera]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/c_9.htm]]></link><description><![CDATA[Estoy sentada, relajada, concentrada; pienso en mi vida, reflexiono, soy filósofa de mis pensamientos. Profundizo, estoy absorta y soy consiente de ello. ¡Me encanta! y me dejo llevar, siento emociones placenteras, me embargan tristezas, alegrías, dudas; me añurgo y una lágrima rueda por mi pómulo; me asombro, me hace cosquillas y me río. Decenas de emociones fluyen por mi cuerpo como imágenes es capaz de emitir mi mente en un segundo. Silencio, Silencio, Silencio, paz, serenidad. ¡¡Qué maravilla!! Lo necesitaba desde hace tiempo: un encuentro conmigo misma. Yo-Me-Mi-Conmigo en espacio y tiempo. ¡¡¡Cómo había olvidado estas sensaciones!!! <br/>No quiero perder la relajación, disfruto cada momento, cada imagen, cada sensación y de repente………...una mosca. Que ¿qué mosca?, la que pasa por mis ojos y se posa en mi larga nariz. Me levanto, voy a la cocina y preparo la cena para mis hijos. Ruido, Ruido, Ruido, mucho ruido, tele, radio, voces……….¡¡¡p…  mosca cojonera!!!<br/><br/><b>Por beForte</b><br/><img src="http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/files/makeyourown.jpg" alt="" border="0" width="350" height="350"/><br/>[<i>Hazte TÚ tu maldita cena</i>]]]></description><author><![CDATA[Sally_Seton]]></author></item><item><title><![CDATA[El dolor no desaparece... se transforma]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/c_8.htm]]></link><description><![CDATA[Hace exactamente seis años, siete meses y veintinueve días sufrí el mayor tormento de mi vida, al menos hasta ahora. Me costó mucho tiempo y ayuda salir de la profunda depresión que sufrí y el verbo “superar” no es precisamente el que me gusta utilizar para hablar sobre ello, porque más que superado, está archivado en mi mente, en el cajón de “me niego a aceptar esto, pero es lo que hay”. <br/><br/>Es la primera vez en todo este tiempo que escribo sobre el tema, y aún no las tengo todas conmigo. No sé cómo me sentiré  cuando termine. Pero me he dado cuenta de que escribir es una buena terapia, y más aún si me sé leída (que espero siga siendo así).<br/><br/>Por fortuna, puedo afirmar orgullosa que tengo buenos amigos, unos más que otros, pero todos buenos. Pero hubo una persona que fue inmensamente especial en mi vida. Era más que un amigo, más que un hermano y, por supuesto, mucho más que un novio. Yo hablo de él como mi mejor amigo, pero a sabiendas de que me quedo corta. Y creo poder asegurar que el sentimiento era mutuo. Podíamos estar horas y horas hablando, el tiempo se paraba cuando estábamos juntos. Con una mirada nos decíamos millones de cosas, pero aún así, nunca nos faltaban palabras. Creo que era la única persona del mundo que lo sabía absolutamente todo sobre mí. Cada día necesitábamos hablar, aunque fuera por teléfono, y muchas noches, ya dormida, me despertaba sin motivo aparente, miraba por la ventana, y allí estaba él, a cualquier hora, sin llamar el timbre, ni al teléfono. No hacía falta. Yo siempre le oía. <br/><br/>Por temas de estudios e idiomas, tuvo que ir a estudiar al extranjero en tres ocasiones, una duró unos dos meses, la siguiente casi seis, y la última creo que fueron otros tres. A Bélgica, al Caribe y a Irlanda, respectivamente. Y, entre medio, muy poco tiempo para vernos. Qué duro era, cómo lo echaba de menos. <br/><br/>Pero, finalmente, volvió para quedarse. Parecía que nunca iba a llegar el momento. Qué feliz fui. Verano, vacaciones, y él en casa. Todo era perfecto. No obstante, lo más extraño de todo es que, en momentos de total y absoluto relax vacacional, me invadía de repente una sensación terrible, como un nudo en el estómago, una descomunal inquietud que se adueñaba de mí por completo. Duraba unos segundos y desaparecía. La primera vez no le di importancia, pero cuando se hubo repetido en varias ocasiones, me asusté. Si todo era perfecto, ¿qué podía ocultar mi subconsciente que me provocase aquella aterradora desazón? Bueno, ya se me pasará. Tal vez sea algo hormonal…<br/><br/>Una noche de tantas, sonó el móvil con un número nuevo, que no estaba en mi agenda de contactos. Era él. Al fin le habían regalado uno. A partir de ese día, estaríamos en contacto las veinticuatro horas. Genial. <br/>Llamó, además de para facilitarme su número, para decirme que no vendría aquella noche, que trabajaba hasta tarde y que posiblemente saldría después con su novia. Llamó de nuevo, al cabo de unas horas, para decir que había cambiado de idea, y que sí venía. Que le esperásemos para ir a tomar algo.<br/>Llovía. <br/>Llamó una tercera vez, pero yo ya había desconectado el móvil. ¿Por qué?, me preguntó una amiga. Porque ya no va a llamarme nadie más.<br/>Llamó una tercera vez, pero a otra persona. Tal vez porque yo tenía el móvil apagado. Tal vez no, con toda seguridad. ¿Por qué lo apagaría? ¿Hubiera servido de algo no apagarlo?<br/><br/>Salimos aquella noche a tomar unas copas y a bailar. El muy golfo no se presentó. Seguro que a última hora, había cambiado de idea. <br/>Llovía.<br/>A eso de las dos de la madrugada, de nuevo aquella inquietud me invadió, pero, como las otras veces, se disipó en unos minutos. Llegué a casa a las tantas y me fui a dormir.<br/><br/>Cuando sonó el teléfono a la mañana siguiente, y acto seguido, mi madre entró en mi habitación, aquella sensación terrible entró con ella. Cuando me dio la noticia, no podía creérmelo. ¿Un accidente? ¿Muerto? Tiene que ser mentira.<br/>Llovía.<br/>Aún ahora se me hace extraño escribir estas palabras, porque, para mí, sigue en el Caribe, perfeccionando su inglés y su bronceado. <br/><br/>Han pasado años, y el tiempo, aunque no lo cura todo (eso ya lo sabemos) ayuda a acostumbrarse a las situaciones que se presentan, bien escogidas, bien por imposición. En todo este tiempo, no ha pasado un solo día en que no me haya acordado de él, unas veces con cariño, otras con tristeza, otras con rabia, y todas con millones de preguntas. <br/><br/>Ricky, este es mi pequeño homenaje. El dolor no desaparece, se transforma. En ocasiones oigo a personas hablar de ti como de alguien del pasado, como de “aquel amigo que tuvimos”. En eso se ha transformado mi dolor. Me duele que hayas pasado a formar parte de la historia de muchos. Yo no tuve un amigo, lo tengo. <br/>Para mí, sigues tan presente como hace seis, siete, ocho, nueve… y todos los años que compartí contigo. Te echo muchísimo de menos y, aunque mentiría si te dijera que no soy feliz (y por primera vez en años, estarías orgulloso), siempre me faltarás tú. <br/>Gracias por haberme dejado vivir una amistad tan extraordinaria. Sé que la mayoría de personas morirán sin conocer un vínculo tan fuerte como el nuestro. Y yo tuve la gran suerte de poder disfrutarte y quererte como a pocos. Gracias de verdad.<br/><br/>Hoy no ha llovido.<br/>Buenas noches.<br/><br/><b>Por <a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/diasdelluvia">Lluvia</a></b><br/><img src="http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/files/ll.jpg" alt="" border="0" width="325" height="203"/>]]></description><author><![CDATA[Sally_Seton]]></author></item><item><title><![CDATA[¿Cómo se plancha la pana?]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/c_7.htm]]></link><description><![CDATA[El otro día me encontré a mi mismo mirando una pared fijamente. Sonreía pero no pensaba en nada, ni siquiera sabía el tiempo que llevaba así sentado sin más. Recordé en una décima de segundo todas las cosas que tenia que hacer. Tenía que estudiar, leer libros, lavar ropa… Como no me apetecía hacer nada de eso me dedique a divagar y pensé en todo aquello que de verdad me faltaba por hacer. Pensé en la gente que todavía no conocía, en las conversaciones que nunca había tenido, en los sitios en los que no había estado… Hmmm… cuantas cosas sin hacer. Me imaginé a mi mismo dentro de diez y veinte años. Me imaginé mi casa y mis hijos y mi perro y mi cuarto de baño también, por alguna extraña razón. De pronto me sobresalté. Llevaba ya varios minutos pensando en cosas sin sentido, dejando volar la imaginación, pero me di cuenta de que no había pensado ni un segundo en ti. Ya no pienso tanto en ti supongo. Antes podía pasarme horas recordándote, inventándote. Recordaba las cosas buenas que me decías, cómo me mirabas y cómo te movías y tus manos… Si tenía un buen día podía imaginar que todavía estabas aquí y que hacíamos cosas y me llevabas a sitios nuevos mientras yo flotaba. Decías que yo flotaba en vez de andar. Mezclaba cuando me derretía en tus brazos con momentos inventados que sacaba de no sé dónde. Cuando tenía días malos imaginaba que no existías, que solo te había imaginado. También pensaba en que tú no estarías pensando en mí, ya no. Tú me decías que pensabas en mí a veces, pero ya no me lo creo. ¿Sabes que te digo? Ya no me importa nada nada nada nada… Ahora, he aprendido a dejar de pensar en ti. Aunque sigas en un rincón de mi memoria cada vez te veo más en sombras. Ya no me atacas de noche en sueños ni me hundes cuando noto que me hundo. Ya no. Lo siento, pero ya te he olvidado. De todas maneras prefiero no olvidarte del todo. Te recordaré de vez en cuando para ver como estoy, una especie de auto terapia, ¿qué te parece?  Sí, voy a conseguir ponerte un interruptor para poder simplemente apagarte cuando quiera, sí. Aaaaaaaaahhh….. que alivio, verdad? En fin, te dejo que tengo otras cosas que hacer. No se puede divagar sin hacer nada muchas horas, no te parece? Un beso. Ya nos veremos<br/><br/><b>Por  Ariadna, que se ha cansado de esperar</b><br/><img src="http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/files/andrefusko.jpg" alt="" border="0" width="243" height="250"/>]]></description><author><![CDATA[Sally_Seton]]></author></item><item><title><![CDATA[Fragmento del capítulo uno]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/c_6.htm]]></link><description><![CDATA[Pegó el tejuelo, pegó el punto rojo, tiró del rollo de cinta adhesiva transparente y la puso sobre el lomo del libro cubriendo a su vez el tejuelo y el punto rojo. NO QUERÍA DISCUTIR. Llevaba llamando por teléfono a depósito veinte minutos. El tío este estaba durmiendo fijo y ahora tendría que ir ella y volver cargada con tres Gacetas de Madrid ¿seis kilos?. Puso el rollo de aronfix sobre la mesa, lo sujetó con la<br/>mano izquierda y tiró un par de veces con la derecha para obtener el trozo que necesitaba. Puso el libro encima del plástico desenrollado, hacia el centro, confirmó que había calculado bien el tamaño y cortó la pieza de forro necesaria deslizando las tijeras entre el rollo y el libro, no hacía falta hacer con los dedos el movimiento de cortar. El aronfix tenía que ser un poco mayor que el libro que se quisiera proteger, le sobraban unos tres centímetros a cada lado, perfecto. No le diría nada o, bueno, le diría lo que tenía que hacer pero sin perder los nervios, sin gritar. Despegó el papel blanco del papel adhesivo<br/>transparente y lo pegó al libro ayudándose de una regla, de esta manera evitaba que le salieran arrugas y pompas de aire. Lo de forrar ayudándose con una regla lo había aprendido ahí, se lo había enseñado la jefa de sala, y era un acierto, así no salían arrugas a la hora de preparar para sala los libros de texto. Al forrarlos, los que se preveía iban a ser objeto de un mayor número de consultas, se protegían y adquirían una mayor rigidez.<br/>_Cristina, como éste no viene, voy a depósito.<br/>_ Uhm...<br/>Subió las escaleras para salir de la sala de lectura, atravesó el vestíbulo de la biblioteca y los arcos de seguridad. <br/>Saludó a María, la conserje, que como siempre estaba inmersa en sus apuntes, cruzó los tres pasillos y dos vestíbulos hasta llegar al depósito. Bien estirada, hombros hacia atrás, sin peso. Ahí estaba.<br/>_Rafael _ Rafael con un bote de Mahou en el bolsillo de la bata, en el del pecho _Rafael _ mirada al bote _  ¡Llevo más de media hora buscándote!, esto no puede ser. Ha llamado Hortensia, quiere las Gacetas del otro día.<br/>_Joder pues que venga ella, que los pobres no tienen criados.<br/>_¡Rafael, ella no es pobre y te pide eso porque llevárselo es tu puto curro! , yo me voy.<br/>_No me lo puedo creer, sobando, ¡es increíble! y la gente buscando curro. Se lleva las ciento setenta mil muertas. El  cara  viene aquí a contar la película de su vida a todo el que se deja y se esconde en el depósito a beber y a dormir porque sabe que se lo voy a hacer yo ¡su puta madre! <br/>Al final había gritado más que el día anterior, le sacaba de sus casillas. Mientras caminaba hasta la sala de lectura de la biblioteca le pareció ver más caras contenidas que nunca. Las de los futuros abogados del país. Pero ella de contenciones nada, claro, por eso no estudiaba derecho. La había cagado otra vez ¿por qué siempre acababa gritando? Llevaba media tarde diciendo que no le volvería a hablar, que se iba a callar, que sólo le iba a comunicar, pero no gritando, lo que tenía que decirle. Pues no.<br/>Y el cerdo disfrutando. Había vuelto a perder la calma. Parecía que las muchas ganas que tenía de controlar su furia nunca fueran suficientes. Lo había intentado tantas veces y no daba resultado. Llegado el momento, un dolor agudo, a veces un leve pinchazo, siempre el mismo desenlace: la nube gris que ciega, el desconcierto y no ser capaz de respirar hondo o de contar hasta diez en silencio. Uno, dos... ¡Ya! Tormenta de insultos que se agolpan, boquerones y vaso de agua en el plato de judías del otro, su cara. No importa lo que me gustaría ser, ahora grito. <br/>Rompo. Pasos nerviosos a uno y otro lado. Manotazos en las piernas. Cálmate. No puede ser una vez más, hoy. <br/>Desde pequeña Lucía se decía que no volvería a gritar ni a perder los nervios después de cada discusión que mantenía con su hermano o con su madre, pero pronto se encontraba otra vez en actitudes demasiado elocuentes, excesivamente viscerales. Le desanimaba, no conseguir el dominio absoluto de su persona ante situaciones de conflicto o ante personajes como Rafael.<br/>Cuando llegó a la sala eran las ocho y media y Cristina ya estaba vestida con el chandal para irse a natación, era miércoles. Los miércoles y los lunes se iba media hora antes para ir a nadar. Belén le fichaba al salir, a las nueve. Colocar los libros y llegar a casa se le hizo eterno. Tuvo que ayudar a ordenar la parte de Cristina, tuvo que cerrar la biblioteca y tuvo que esperar más de veinte minutos el autobús que le llevaba hasta el intercambiador de Moncloa. De Moncloa a su casa otros veinte minutos. Cuando llegó se descalzó, como siempre, antes de quitarse el forro y se puso las zapatillas de estar por casa. Después se quitó el forro y la bufanda. Pensaba en hablar con Pablo aunque tendría que esperar que él le llamara porque había salido. Tenía hambre, abrió la nevera y sacó un plato de ensalada. Retiró el papel de plástico transparente y pensó que no había mucho pero que para calmar un poco su estómago valía. Empezó a comer. Luego se prepararía algo más. Primero necesitaba echarse algo a la boca y descansar un rato, tirarse en el sillón y levantar las piernas, apoyarlas en la pared. Ensalada de arroz cocido con lechuga, queso cortado a tacos de un par de tipos si podía ser, sino un queso, unos pocos cacahuetes, aceite, vinagre y pimienta negra. Le había enseñado Pablo, estaba encantada con la ensalada. Nunca le había gustado el tomate y le encantaba el arroz. ¿Por qué no llamaba ya? o mejor, podía venir y hacían otra ensalada juntos y se la comían juntos y se acariciaban. Mientras masticaba, sentada en un taburete, junto a la lavadora, miraba los azulejos de la pared. Revisó uno por uno todos los que había entre el mueble blanco que hacía chaflán y la caldera del calentador: había manchas de grasa. Pequeños puntos naranjas sobre el blanco de los azulejos. A ver cuando se ponía a limpiar. Seguro que si preguntaba a Bibiana qué le parecía la casa, cómo le encontraba de limpia o de sucia, Bibiana le respondería que estaba loca, que la casa estaba niquelada. Diría: Lucía, tía, estás fatal. Para su madre, en cambio, la cocina estaría muy sucia y el resto de la casa bueno… pero Luci, hija, si es ponerte un ratito al día. Veinte minutos. Los veinte minutos de la parada del autobús! Estaba rendida. Dejó el plato en la pila, abrió el grifo y colgó el trapo . Apagó la luz, salió de la cocina. Pablo no llamaba. <br/><br/><b>Por María Sarmiento</b><br/><img src="http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/files/lavadora.gif" alt="" border="0" width="150" height="150"/><br/>]]></description><author><![CDATA[Sally_Seton]]></author></item><item><title><![CDATA[Algunos días no me apetece nada recordar...]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/c_5.htm]]></link><description><![CDATA[... y otros días me muero por tener una hora sólo para tumbarme y jugar a recordar cosas, a ver cuántos detalles recupero de la imagen de tal día o de tal otro. Y el juego, que visto así parece muy simple y hasta aburrido, me hace falta. Porque si no, esa vocecita que se parece tanto a la mía me llama la atención, y me dice a modo de reprimenda que hay que ver, que si no recuerdo ya ni tu voz, ni tu pelo, ni la forma esa tan peculiar que tenías de...Mira, ahora no me sale nada. Seguro que es porque tenías una manera peculiar de hacerlo todo. Y la vocecita me dice que no, que eso es que no te prestaba suficiente atención. No sé si es verdad. Lo unico que sé es que ahora el jueguecito de recordar me hace mucha falta, porque si consigo recordar unos cuantos detalles de ti, la voz me deja tranquila un rato, y puedo dormir.<br/>Hoy he estado recordando y me he acordado de cuando estabas malita. Me da mucha rabia acordarme precisamente de eso. Con la de años que estuvimos juntas, y ahora cada vez que intento acordarme de ti te me apareces en el sofá, sentadita, tapada con la manta y con el perrete al lado, que cuando lo recogí dijiste que no lo querías en casa y el muy listo se pegó a ti enseguida y te ablandó en menos que canta un gallo. Y yo que puse el perro a mi nombre y resulta que era tuyo. Cuando te fuiste y se cansó de buscarte vino a mí, tomándome como dueña de repuesto un tiempo, pero ya nunca fue de nadie a partir de entonces. Era de todos, y el cariño que te daba lo repartía a partes iguales. Si acaso un poquito más a mí, que le sacaba más a menudo. Cuando él también se fue, empecé a imaginaros a los dos juntitos entre las nubes. Es curioso, no consigo deshacerme de la idea de que me miras desde alguna parte. Por más que intente convencerme a mí misma de que lo de ir al cielo no es más que una convención cristiana que tengo anclada en mi subconsciente, creo que no lo conseguiré nunca. Siempre te imaginaré entre nubes, mirándome. <br/>&#9;Pues quería decirte (si consigo salir de mis divagaciones) que hoy con el jueguecito he recordado muchos detalles, y me siento orgullosa de ello, a pesar de que casi ningún detalle sea referente a ti. Me he acordado, por ejemplo, de que el día que papá me dijo que estabas mala, yo estaba en mi habitación con David. Era el primer día de Selectividad, y yo estaba (como siempre) tan preocupada por las notas. Al día siguiente no me importaban nada (bueno, algo sí, porque quería que estuvieras orgullosa de mí). Y me he acordado de que papá hablaba bajo, para que no le oyeras. Y recuerdo que estaba planchando porque por aquel entonces ya empezaba a echarme a cuestas algunas tareas de la casa. Así que cuando pienso en la noticia me veo a mí misma sentada en la cama, mirando fijamente la tabla de planchar, la silla vieja con la ropa, la pared con las medallas y los sombreros de paja. Ese día ya tiene sus detalles en mi memoria: esa habitación, esa pared, el verde de mi cama.<br/>Te gustaría mi nueva habitación. Tengo el póster de los Beatles al lado de la cama, porque ya no tengo ese trozo de pared al lado de la puerta que hacía el armario empotrado, y esa bata tuya tan larga está colgada de un percherito de Ikea...<br/>Pero para qué te voy a contar, si lo ves.<br/> <br/><b>Por Perséfone</b><br/><img src="http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/files/nina4.jpg" alt="" border="0" width="336" height="365"/>]]></description><author><![CDATA[Sally_Seton]]></author></item><item><title><![CDATA[Hurgando]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/c_4.htm]]></link><description><![CDATA[Como una niña maravillada<br/>entierro mis dedos<br/>en el inestable suelo<br/>de mis recuerdos. Es tierra<br/>blanda, mezcla de resaca<br/>y restos de lo que pasa<br/>cada día. Atenta voy hurgando<br/>entre lombrices que audaces<br/>se retuercen entre mis dedos.<br/>Dejan su señal de renovación<br/>y decadencia. Allí están las ínfimas<br/>astillas que fueron marcando<br/>mi cuerpo: rodillas, piernas,<br/>manos. No hay casi lugar donde<br/>no haya anidado infección, germen<br/>de fiebre, pañuelitos frescos en la frente.<br/>Siestas sofocantes donde todo podía<br/>pasar, quebrar las líneas invisibles<br/>de lo permitido y de lo prohibido.<br/>En este suelo, fértil, alcanzo a ver<br/>lo que hasta ahora había quedado<br/>separado de mis palabras. No podía<br/>unir lo más remoto, esos gestos<br/>que me hicieron heroína<br/>de mi propia historia. Acaso ahora<br/>pueda decirme entera, sin extravíos.<br/>Hacer brillar las plantas de un patio<br/>trasero, y a la vez pensar que cerca<br/>de allí la muerte sucedía.<br/>Eran gritos de alarma; sirenas que<br/>despertaban a la niñita de noche o<br/>voces frente al hospital dejando<br/>sus pintadas montoneras.<br/>Cualquiera llevaba armas. Cualquiera<br/>amenazaba al padre que pedía silencio.<br/>Yo observé una noche cómo lo apuntaban.<br/>Sólo quería poder descansar<br/>y que su hijita no llorara de miedo.<br/><br/><b>Por Gabriela De Cicco</b><br/>Del libro inédito "Literatura argentina"<br/>Su <a target="_blank" href="http://pont_des_arts.blogspot.com/">blog</a> / Su <a target="_blank" href="http://www.gabrieladecicco.com.ar/">página web</a><br/><img src="http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/files/nina2.jpg" alt="" border="0" width="378" height="513"/><br/>]]></description><author><![CDATA[Sally_Seton]]></author></item><item><title><![CDATA[Jazz]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/c_3.htm]]></link><description><![CDATA[También descubrí que me gustaba el jazz, pero eso fue ya en verano. Me levanté una mañana de golpe y pensé: “me gusta el jazz”. Creo que tuvo algo que ver con Beatriz, porque la noche anterior había estado leyendo una de sus cartas “apuntes del natural” —como las llama ella— en la que me hablaba de un trenecito que recorría las calles de Vitoria con una banda de músicos de Nueva Orleáns a bordo.<br/>Así que de todos los cambios, a pesar de mi anterior y profundo odio al jazz —una música que no entendía y que me estresaba, sufrida año tras año en el festival que se organizaba en mi ciudad—, aquél parecía el más lógico. <br/>Mucho más raro fue, por ejemplo, cuando me compré sin pensarlo una camiseta amarilla. ¡Pero si yo detestaba el amarillo!, de niña tiraba a la papelera todas las pinturas de ese color y escondía en el fondo del armario la ropa con tonos amarillos que mi madre tenía la brillante idea de comprarme. Así que allí estaba yo, en las rebajas (¡yo en las rebajas!) en un gran centro comercial probándome una camiseta sin mangas amarilla. Jamás había ido a las rebajas; los centros comerciales me marean y me hacen perder la noción incluso de quién soy. Cuando fui con Paolo a Ikea para comprar una cama, logré sacarle de los nervios, y eso que Paolo es el hombre más tranquilo del universo. No era capaz de entender que una persona normal, supuestamente inteligente, no fuera capaz de relacionar los números que aparecen en esos papeles que cuelgan de los objetos en las tiendas con su precio. Tampoco entendía que una cama de 1,40 me llevara al recuerdo de una cama de 1,20 (una medida igualmente poco habitual) que teníamos en la casa del pueblo y para la que mi madre nunca encontraba sábanas. Intenté explicárselo, pero creo que después de mi incompetencia a la hora de leer etiquetas, ese flash-back hacia los veranos de mi infancia era demasiado para su presente. El caso es que la camiseta amarilla me sentaba tremendamente bien, no había ninguna duda (¡yo pensado así delante de un espejo!).<br/>Después de la camiseta amarilla, llegaron unos pantalones finos blancos, una falda roja, otra beige y mi primer par de sandalias. Había aparcado definitivamente mis tradicionales vaqueros y mis botas de monte. Me apunté a bailes de salón en un segundo intento bajo la sorpresa de todos los que me conocían. El primer intento había sido muy desafortunado. Llegué al centro cívico realmente emocionada con la idea. Era un momento en el que no había nadie, sólo los dos chicos que apuntaban a los participantes en los cursos. Dije: “Quiero apuntarme a bailes de salón”; me preguntaron: “¿Tienes pareja?”; y yo: “No…”; “entonces no puede ser, necesitas pareja para apuntarte”. De repente me di cuenta de que había una cola de gente detrás de mí y todos empezaron a ofrecer su amable opinión: “Pobre, ¿no tienes pareja?” me decía uno; “¿un novio?”, “¿ni un hermano, o un primo, o un tío… que te pueda acompañar a las clases…?”, inquiría otro. No, no tenía a nadie, ni hermano, ni abuelo, ni sobrino, ni nada… ¿es que no se daban cuenta de que yo era una recién llegada? Y además, ¿qué tenían ellos que opinar sobre mi vida? No, no tenía pareja, y además vivía feliz sin ella hasta ese mismo momento. “Apúntala sola, igual hay alguno que viene solo también y los podéis juntar”, oí que decían más allá. Eso hicieron, pero no me llamaron, no debía de haber ningún otro solo cerca. Salí cabizbaja, odiando un mundo hecho para ser vivido en pareja.<br/>En mi segundo intento llegué bien orgullosa al centro. “!Ya tengo pareja!, y además, ¡un italiano!”, me faltó proclamar a la hora de apuntarme. Mi vecino Paolo, que observaba atento todos mis cambios, tratando de averiguar el porqué de ellos, había accedido divertido a ser mi pareja para las clases de bailes de salón. Cuando di la dirección, especifiqué que cada uno vivía en una puerta diferente, yo en el ático 2, y él en el ático 3, pero alguien de la oficina debió de pensar, al pasar los datos a limpio, que si éramos pareja de baile y teníamos la misma dirección, debía de haber algún error en ese 2 y ese 3, y que evidentemente éramos pareja fuera de las clases y además vivíamos juntos. Así, según la Sagrada Familia, Paolo y yo pasamos a ser oficialmente pareja de hecho: ahora  recibo la correspondencia de este centro cívico en la casa de mi vecino.<br/>Tras los bailes de salón, la revolución llegó a la cocina. Me enamoré de un juego de tazas de té (nunca me ha gustado el café) y esa misma tarde lo tenía en una esquina de la encimera. De la noche a la mañana me compré un delantal, cuatro sartenes, un cazo, una vajilla de 36 piezas y una cubertería de 24. Incluso comencé a coleccionar puntos de compra de un supermercado con los que conseguí el cazo y dos de las sartenes a mitad de precio. ¡Yo, que siempre me había reído de mi madre cuando guardaba estos puntos como tesoros! Una vez había una promoción en el Eroski que mi madre seguía con verdadera pasión. Cada día me contaba lo que había comprado y cómo había conseguido más puntos, por ejemplo, quedándose con los de la señora que estaba delante de ella en la caja, que no los había querido. Por eso fue tan sorprendente que cuando mi amigo Dani vino a casa, después de lo que para mí fue más de una hora de aburridísima conversación sobre las propiedades de las sartenes de San Ignacio (que por lo visto eran las que utilizaba Argiñano en aquella época) mi madre le regalara 4 estampillas, porque como me confesó más tarde, “este chico es muy majo, pero no sabe cómo conseguir los puntos”. Y cuatro años después estaba yo siguiendo una colección de puntos porque las sartenes, precisamente, eran de San Ignacio. <br/>Paolo, que como ya he dicho, seguía muy de cerca mi repentina evolución, me miraba intrigado mientras le enseñaba la jabonera y el soporte para los cepillos de dientes que habían sido mi última adquisición para el baño. “¿Seguro que no tienes nada que contarme?”, me decía riéndose. Nada. Nada de nada. Los cambios tenían más que ver con la nueva estantería para mis libros, que con mi recién estrenada cama grande. Siempre pensé que el día que tuviera el María Moliner, sería rica, porque de no ser así, no me gastaría tanto dinero en un diccionario. Mi madre lo encontró en una librería con una pequeña tara en una portada, por lo que consiguió que se lo vendieran más barato, de tal forma que ella me regaló un tomo, y yo compré el otro. No era rica, pero tenía el María Moliner, que se convirtió en un símbolo del lugar donde establecerme. Son dos tomos pesados que no se pueden cargar en mudanzas temporales. Hasta que no encontrara un sitio en el que asentarme, el diccionario no se movería de la ciudad de siempre. Cuatro años y cinco ciudades después, compré una estantería en Barcelona y acomodé en mi casa a la señora María Moliner.<br/>Siempre me negué a comprar libros en grandes superficies. Sin embargo, con el mismo estupor con el que descubrí que me gustaba el amarillo, y la misma naturalidad con la que asumí una mañana de verano el jazz, me vi a mí misma comprando una sartén y dos libros de poesía en un hipermercado. Me llamaban con igual fuerza el teflón antiadherente y las palabras de Anna Becciu.<br/>Acabo de descubrir que me gusta el café. Solo y con mucho azúcar. <br/><b>Por <a target="_blank" href="http://revistaiguazu.blogspot.com/">N.S.R.</a></b><br/><img src="http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/files/coffee6.gif" alt="" border="0" width="103" height="137"/>]]></description><author><![CDATA[Sally_Seton]]></author></item><item><title><![CDATA[Fragmento del capitulo dos.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/c_2.htm]]></link><description><![CDATA[<b>Día veintidós de enero de mil novecientos noventa y nueve</b><br/><br/>Cerró la puerta con llave y bajó las escaleras deprisa, de una en una, como hacía siempre, abrochándose la cremallera del bolsillo de su forro polar. Abrió con fuerza la puerta del portal y justo al pisar la acera de la calle vio que algo oscuro se le venía encima por la derecha. No pudo evitar el bultazo y el bulto no hizo nada por evitarla a ella. Dio un paso atrás y se quitó de en medio para que un hombre con una gran bolsa de plástico sostenida en la mano izquierda pudiera pasar por la estrecha acera. Se quedó parada unos segundos viendo como el tipo seguía su camino. Iba con la mano alzada, a la altura de la frente, de tal manera que la bolsa (de bolsas) avanzaba delante de su cuerpo y no ocupaba espacio a derecha ni a izquierda. Sólo así podía caminar y evitar rozar las paredes de las fachadas impares de la calle Juanelo por un lado y los golpes de los coches que avanzaban por la derecha, a milímetros, por el otro. Y claro, no molestaba a los coches por la derecha ni daba con la bolsa contra la pared por la izquierda pero no veía lo que tenía delante. Lucía maldijo en voz baja porque no le pidió disculpas. Se pasó la tira de la mochila por el brazo derecho, dio un saltito y anduvo hasta la Plaza de Tirso de Molina. A esa hora de la mañana abrían los comercios y las calles ya estaban llenas de gente, algunos se habían acercado a las tiendas de ropa al por mayor que inundaban el barrio y buscaban prendas que comprar para luego vender. Otros, ancianos,  bajaban a hacer la compra con las doscientas o doscientas cincuenta pesetas de pensión que podían gastar al día y la mayoría se desplazaba en dirección al metro o salía de él. Lucía también se dirigió al metro y antes de bajar compró El Mundo independientemente de lo de las pensiones de los ancianos e independientemente del mismo periódico. <i>Los Miserables</i>, volumen II, siempre había querido leerlo. Lo sopesó lo giró y bajó la escalera leyendo la reseña de Juana Salabert. Se pondría sin falta este verano. En invierno Lucía hacía lecturas más breves sólo por no llevar demasiado peso en sus desplazamientos diarios, le gustaba caminar sin nada, llevar cualquier peso la irritaba. Los fines de semana salía con un pequeño bolso cruzado con las llaves, el monedero y el abono transporte. Cuando iba a la Universidad, cargada de apuntes y de libros, el peso podía convertirse en una obsesión. Al caminar no podía pensar en otra cosa que no fuera la carga, a veces ni si quiera veía a su alrededor, examinaba <br/>mentalmente cada milímetro de su espalda y señalaba el punto o los puntos de dolor. Calculaba: más de cuarto de kilo de Teoría de la Literatura, ciento cincuenta gramos de lentejas contando el tuper, veinte gramos de naranja y la carpeta. A la espalda durante todo el día, qué barbaridad. Cada cierto tiempo echaba para atrás los hombros que se le venían hacia delante y erguía la cabeza, por las cervicales. Cuando hablaba de esto con Bibiana, Bibiana se reía <br/>y no decía ni que sí ni que no. Eso era lo que le hacía sospechar que debía ser más grave de lo que ella pensaba, tenía que hablarlo con Nuria ¿cómo podía ser que últimamente, mientras iba sola, casi todo su pensamiento estuviera dedicado al dolor de espalda?.<br/>Víctor Hugo pesaba como una cosa mala en Sol así que no quería ni imaginarse cuando saliera del intercambiador de Moncloa o cuando estuviera  esperando en la parada del ciento treinta y tres, tenía que haberlo recogido el sábado, llevar todas esas cosas en la espalda no podía ser bueno para nadie. Mejor sacarlo y llevarlo en la mano. <br/>Bajó en la antigua carretera de La Coruña, en la parada más cercana al edificio B y el autobús siguió su camino hacia el barrio de Mirasierra. Se encaminó hacia la puerta principal y entró. Ya no le dolía la espalda porque llegaba y el volumen de <i>los Miserables</i>, al fin y al cabo, quedaba bien. Lucía y sus amigas preferían decir que habían quedado o que tenían clase en el B a decir que habían quedado o que tenían clase en la Facultad de Geografía e Historia o en la Facultad de Fillología B. Era más corto. Decir “mañana quedamos a las nueve en el B” era más corto que decir “mañana quedamos a las nueve en la Facultad de Filología, edificio B”. El B, o edificio de Filología B, era para los alumnos de Geografía e Historia su facultad y para los alumnos de Filología o de Lingüística parte de su desperdigada facultad. Así como el A era, además de edificio A de Filología, Facultad de Filosofía y el C albergaba, además de la Facultad de Filología C, la Escuela Universitaria de Estadística y hasta hace tres años también la de Biblioteconomía y Documentación.<br/>La Facultad de Filología de la Universidad Complutense estaba formada, como digo, por numerosas aulas repartidas en tres edificios, el edificio A, el edificio B y el edificio C. Cada uno de ellos distaba respecto del otro unos diez minutos andando, escalera de ochenta y dos peldaños incluida en el caso de desplazamiento del A al B o viceversa, con lo que el primero estaba a veinte minutos del tercero. Eso a paso ligero. Y los futuros filólogos se pasaban el día corriendo de un lado para otro. Parecerá broma pero esto era un aspecto importante para cualquier alumno a la hora de hacer la matrícula para estudiar una Filología o Lingüística. Debía confeccionar el horario y elegir sus asignaturas teniendo en cuenta el tiempo necesario para desplazarse de una clase a otra lo que era necesario hacer mínimo cinco o seis veces al día para terminar la carrera en cinco años. La mayoría de las veces llegar de un aula a otra exigía ir de un edificio a otro. Si alguien quería asistir a Lengua Española II que se daba en el edificio B los martes a las diez de la mañana y de nueve a diez había tenido Semántica en el C, pues bueno, llegaba sudado y cinco minutos tarde pero llegaba. Pero si después de Semántica, asignatura obligatoria que sólo se impartía los martes y los jueves de nueve a diez en el C, le hubiera gustado estudiar Historia de la Lengua que se impartía los jueves de diez a once en el edificio A  pues, la verdad, le dejaba de gustar y no se matriculaba. Lo mejor de la omnipresencia de los filólogos en esta parte del campus era que impepinablemente se relacionaban con <br/>estudiantes de otras carreras en los pasillos y en las cafeterías. Cada edificio tenía una. Ellos por supuesto usaban las tres.<br/><b>Por María Sarmiento</b><br/><img src="http://blogs.ya.com/clubdelamemoria/files/facultadghi.jpg" alt="" border="0" width="267" height="176"/><br/><i>María Sarmiento ha sido la primera y la que inaugura El Club de la Memoria con este precioso texto. ¡Muchísimas gracias, María!</i>]]></description><author><![CDATA[Sally_Seton]]></author></item></channel></rss>

