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COCOLADAS
Mundos que imagené con tu película
Acerca de
Cineasta de mi vida.
 
Me traslado
He decidido cambiar de lugar por una cosa, por otra, si queréis seguirme, continúo en: http://www.cocoladas.blog.com

 
Cartas a Marión
Tengo el plan perfecto. Hoy mismo dará comienzo.
Te buscaré por toda la ciudad, urbanización por urbanización, barriada por barriada, sé que aún sigues aquí, cerca de mí.
Podría introducir explosivos en tus pelotas de tenis. Sería una imagen deliciosa, la tarde de el miércoles, en el club, con tus amigas Clarita y la esposa de Quintanilla, oír sus gritos de espanto al ver como el rojo mancha tus zapatillas y tú saltas en mil pedazos.
¿Qué harías al ver tus preciados vestiditos bañados en pintura verde? ¿Qué dirían las chicas de “El Pineda”?
Te recomendaría usar un traje de baño lo suficientemente elegante, pues también pasa por mi mente el cambiar el agua de tu piscina por metacrilato, y sé bien lo que significaría para ti que tu cuerpo comenzase a endurecerse mientras luces una prenda indigna de un cuerpo como el tuyo, una prenda que no refleje tu situación social y económica.
Son tantas las travesuras que se me ocurren… iré sin embargo a la menos violenta y más dolorosa.
Sabes que nadie mejor que yo conoce tu secreto.
Serás tú misma la que termine huyendo, no habrá club, no habrá fundación (sí, esas en las que te gusta pasearte como si realmente pintases algo en el panorama cultural), no habrá residencia en que no conozcan la verdad. Y serás tú la que se marcha, serás tú la que huye, la que se esconde entre los suburbios de la más triste de las ciudades.

Y esta frase no forma parte de ninguno de nuestros anteriores juegos eróticos. “Corre, querida zorra, mi zorra…”
 
Cartas a Marión
Tengo el plan perfecto. Hoy mismo dará comienzo.
Te buscaré por toda la ciudad, urbanización por urbanización, barriada por barriada, sé que aún sigues aquí, cerca de mí.
Podría introducir explosivos en tus pelotas de tenis. Sería una imagen deliciosa, la tarde de el miércoles, en el club, con tus amigas Clarita y la esposa de Quintanilla, oír sus gritos de espanto al ver como el rojo mancha tus zapatillas y tú saltas en mil pedazos.
¿Qué harías al ver tus preciados vestiditos bañados en pintura verde? ¿Qué dirían las chicas de “El Pineda”?
Te recomendaría usar un traje de baño lo suficientemente elegante, pues también pasa por mi mente el cambiar el agua de tu piscina por metacrilato, y sé bien lo que significaría para ti que tu cuerpo comenzase a endurecerse mientras luces una prenda indigna de un cuerpo como el tuyo, una prenda que no refleje tu situación social y económica.
Son tantas las travesuras que se me ocurren… iré sin embargo a la menos violenta y más dolorosa.
Sabes que nadie mejor que yo conoce tu secreto.
Serás tú misma la que termine huyendo, no habrá club, no habrá fundación (sí, esas en las que te gusta pasearte como si realmente pintases algo en el panorama cultural), no habrá residencia en que no conozcan la verdad. Y serás tú la que se marcha, serás tú la que huye, la que se esconde entre los suburbios de la más triste de las ciudades.

Y esta frase no forma parte de ninguno de nuestros anteriores juegos eróticos. “Corre, querida zorra, mi zorra…”
 
La danza de la estación
Baja del tren y se une a la danza del resto de pasajeros. El conjunto de sonidos que producen el arrastre de maletas, los anuncios de llegadas por el altavoz, las charlas en los asientos de espera, los ferrocarriles… crean una música agradable, y en opinión de Lluvia, esencial; en la que cada músico o bailarín a de despeñar su función con destreza. Así pues, ella como bailarina, -y no música a causa de la goma silenciosa que recubre las ruedas de su maleta-, camina demostrando seguridad intencionada, con un paso ligero, casi restallante que no se diría de alguien que no tiene claro su destino.
 
Reflexiones básicas
No sé que hora es exactamente, deberán de ser más de las diez, pues estamos en verano y acaba de oscurecer.
No tengo por costumbre escribir este tipo de cosas, o sea, la costumbre de contar al papel sin utilizar como medio algún personaje producto de mis reflexiones.
Por lo general no soy sencilla –o no pretendo serlo- a la hora de escribir, contradiciéndome como tantas veces, ya que me gusta la sencillez.

He sufrido una tarde de verano horrible.
El calor era terrorífico, y más aún en mi habitación, totalmente cerrada, con ese inmenso ventanal que deja pasar sin ningún tipo de impedimentos la luz solar.
El ordenador también colabora de forma notable con el recalentamiento, con su continuo ronroneo, la luminosidad de la pantalla y el calor que produce su motor.
Me he desesperado, el aparato ha llegado a aturdirme, la red tiene ya pocos secretos a mi alcance, las charlas con desconocidos apenas esconden misterios, y bueno, escribirme con mis amigos tampoco tiene ya mucho de interesante, además de arruinar nuestras encuentros, puede que sea una exageración, pero algo de encanto si que pierden nuestras reuniones.
Internet está acabando con las llamadas telefónicas, en mi caso al menos, alguna que otra empresa quebraría si dependiese exclusivamente de mí.
Yo sé que por lo general, a la mayoría de usuarios Internet afecta en otros aspectos; a mí, sin embargo, no. Yo sigo escribiendo cartas, sigo teniendo vida social, no me he aficionado a la cibercompra, sigo practicando el consumismo tradicional, no he sufrido ningún fraude. Lo único, las llamadas telefónicas, si alguien necesita comunicarse contigo, acostumbra a esperar tu conexión, y suele preocuparse cuando pasan más de doce horas sin que inicies sesión, es entonces el momento de consultar tu número en la agenda, pero claro, como casi siempre a la décima no puedo resistirme… enciendo de nuevo el PC, siento otra vez como pasan las horas sin haber hecho nada productivo, vuelvo a perderme en chats entablando ya conversaciones sin ningún sentido, la misma historia de todas los días.

Así pues, hoy, a la sexta hora ante la máquina, habiendo intentado todo tipo de cosas para entretenerme, he desistido, un síndrome desconocido se ha apoderado de mí, he apagado el ordenador bruscamente y lo he guardado en la cartera por al menos veinticuatro horas, o hasta recibir alguna llamada.

Hacía tiempo que no me sentía tan incómoda, hice intentos en vano por escribir, continuar algunas de las historias ya comenzadas o crear nuevas, y todo intento fue inútil, todo lo que conseguí fue corregir un párrafo y aumentar mi estado de desesperación.
He llamado a Rafa con la idea de pedirle que viniese a visitarme e invitarle a pasar un par de días en casa, pero nadie ha contestado al teléfono.

Lo que me quedaba por intentar era salir a la calle, un gran atrevimiento por mi parte, pues la impresión a vivir dentro de un invernadero, allá fuera debía ser mucho más realista.
Finalmente crucé la puerta de casa, con la idea de pasar el rato en un establecimiento con aire acondicionado.
Hice parada en mi librería favorita queriendo comprar una agenda de teléfonos, basándome en la decisión que acababa de tomar de telefonear más a menudo.
No la encontré y me entretuve buscando un manual o cuaderno de ejercicios para mejorar mis escritos, desistí pronto, no deseba entretenerme demasiado.
De camino a la biblioteca, me paré ante un escaparate y contemplé mi reflejo. Observé la camiseta que llevaba, customizada por mí meses atrás.
En ella aparecía un chico con expresión confundida y un pequeño texto: “El pequeño Mark intenta comprender a la sociedad”.
Me encontré pedante, como una de estas niñas que creen saberlo todo sobre todos los aspectos y que se consideran lo suficiente formadas como para criticar al resto.
Referirse a la sociedad de un modo tan genérico ya está más que visto y comprobado que no lleva a nada.
No me gusta la rebeldía desenfrenada y quizá mi camiseta era producto de ella.

Pensando en esto y en alguna que otra cosa, llegué a mi destino.
El edificio estaba casi vacío y se respiraba paz, el agradable ambiente característico del lugar.
Fui directa a la filmoteca, no tardé mucho en seleccionar tres films, dos de mi cineasta favorito.
El favoritismo es algo que desentiendo, soy incapaz de seleccionar tan sólo uno de un grupo. Aunque, a decir verdad, no estaría de más mencionar a Woody Allen en esta ocasión.
Sé que no eres especial por querer a Allen, ¿quién no ha visto, al fin y al cabo, alguna peli suya? ¿Quién no se ha reído con él alguna vez?
No soy sofisticada por preferirle a él, muchos cineastas suenan mejor, tienen nombres más exóticos, y nos deleitan con un cine intenso, unas historias incuestionables. Pero él tiene ese algo, esa chispa que no encuentro en ningún otro.
Los temas que trata apenas varían: matrimonio, adulterio, ex mujeres, familia, sexo y cultura; elementos en los que se basan la mayoría de las vidas.
Los personajes de sus películas los encuentro cercanos a mí, no en películas como “Coge el dinero y corre”, claro, pero sí en las basadas en la realidad.
Le tengo un aprecio especial, y me entristece pensar en el día que termine con su filmografía. Entonces, las repasaré todas de nuevo y escribiré sobre ellas.
Además de los films de Allen, elegí todo un clásico “Desayuno con diamantes” de Blake Edwards y con Audrey Hepburn, recomendación de mi amiga Dara, una cinéfila en serie.

No tardé demasiado, tampoco, en escoger los libros.
Lo cierto es que en casa tengo varios a medio leer y otros tanto de apariencia atractiva que no me he dignado a ojear siquiera.
Recordé el libro que Julia me prestó, el sexto libro de Harry Potter, la idea de comenzar con él hace que me sienta muy perezosa.
Quizás J.K Rowling forma parte de otra etapa de mi vida, e intuyo –pudiendo caer, por supuesto, en la equivocación- que su literatura fantástica tiene ya poco que enseñarme.
A pesar de todo, miles de personas han leído y siguen leyendo las aventuras del joven aprendiz de mago; ya que es así, me planteo la existencia de motivos para hacerlo.
Claro que, también hay miles de personas que botan a George Bush, y aunque carezco de argumentos en los que apoyarme para estar al lado de un lado de su política o del otro, el presidente de los Estados Unidos no me transmite buenas vibraciones. No sé si por lo mal que hablan de él las personas que creo racionales o si porque realmente es estúpido. Me parece insuficiente la información que los periodistas consiguen hacernos llegar como para formar una opinión sobre una persona, aunque alguien que se niega a firmar documentos como el protocolo de Kioto o los Derechos del Niño no lo creo adecuado para alardear de inteligencia y cordura.

Es increíble la de saltos que da mi mente, y como sin darme cuenta, voy tocando un tema y otro.

Escogí cuatro libros de Mario Vargas Llosa, una novela, un cuento y dos ensayos.
Escribe realmente bien, independientemente sea una persona interesante o no.

La bibliotecaria se sorprendió al ver lo que había escogido y me confesó su pasión por el autor.
Ella era una mujer encantadora y parecía saber muy bien de lo que hablaba.
Me recomendó una obra, cosa que agradecí en cantidad.
Yo le hablé de “El paraíso en la otra esquina”.
Parecía maravillada, lo que me congratuló.

Una vez en casa, coloqué en el espacio que tengo reservado para los préstamos temporales a los de Vargas Llosa.
Hice palomitas y llené un vaso de tubo largo con zumo de naranja, me tumbé de cara a la televisión viendo “Hanna y sus hermanas”.
Me gustó, aunque sigo prefiriendo “Asesinato en Manhattan”.

De nuevo tuve planteamientos pesimistas sobre Allen. Pensé en el día de su muerte, y en la decadencia de su arte, aún no he visto “Mach Point”, su último estreno, pero no he encontrado muy buenas críticas, razón de más para preocuparme, ya que posee tan espléndidos seguidores.

Con la idea de escribir sobre mi futuro viaje a Londres, en el que apenas he pensado a causa de mi despiste, puse un disco de Marlene Dietrich.
Al escucharla tuve el pálpito de haber encontrado mi verdadero estilo musical, me sentí un poco más madura, con un estilo definido. Ipso facto me reí de mi misma, y no pude tomarme en serio, ya que no es la primera vez que creo haberme definido y ninguna de las veces anteriores la impresión se ha acercado a la realidad. He cambiado una y otra vez mi forma de pensar, la de actuar ante determinadas situaciones, la de vestir y todo lo que acompaña a una personalidad.

Ha sido así, con Marlene Dietrich y mis trastornos de personalidad cuando he cogido mi libro de escritura y he comenzado con estas reflexiones básicas, que todos los días, unos más, otros menos, hacemos.
 
Tardes de Mario

Las peleas entre perros, o quizás el resultado de éstas, son deprimentes.
Sobre todo cuando toca curar al que ha salido peor parado, teniendo en cuenta que este es un caniche rabioso y su contrincante un dogo, de casi un metro de longitud provisto de una fuerte mandíbula, que a pesar de su benevolencia y tranquilidad ha sido incapaz de contenerse ante las impertinencias del caniche.

Mario piensa que los caniches mimamos y maleducados son unos de los pocos seres dignos de odiar, ellos y sus dueños.
Cuando uno de estos entra por el quirófano la dosis de anestesia se duplica, son bichos difíciles de calmar.

Ahora, se quita los guantes de látex ensangrentados, la mascarilla y la bata verde.
Recoge su mochila y la chaqueta del armarito.
Cruza la sala de espera y se alegra de salir hoy antes, allí están como cada jueves Doña Rosario y su hija con la familia de hámsteres, todas las semanas se pasan por allí preocupadas por el estado de salud de sus mascotas. Mario ya les ha explicado varias veces que con una visita cada tres meses es más que suficiente, pero ellas insisten. Los jueves no dan la novela en la tele, y los vecinos salen de casa pronto, por lo que la tarde se haría difícil de superar sino fuese por los hámsteres, al fin y al cabo no todo el mundo dispone de una rutina distraída, ocupada y estresante que no permite este tipo de cosas.
Mario sonríe a Ana y le hace una mueca para compadecerle al comprobar que a ella tampoco le agrada la visita de las dos pacientes.
Sale de la clínica, hace un calor bochornoso y a pesar de ello se pone la chaqueta, cuyo color verde oliva hace un buen contraste con la camiseta roja.
Camina en dirección a la parada de bus pensando en su trabajo, en Rosario y su hija, en los caniches rabiosos y en el sentimiento de monotonía que produce todo esto. Se consuela pensando en que cada oficio tiene sus desventajas, si trabajase en el zoo tendría que solucionar los conflictos entre los leones, tarea que no sería nada divertida, o quizás preocuparse por el alimento de los peces globos, limpiar su pecera amenazado por la tetrodo toxina que las espinas de sus vestiditos de púas están capacitadas para inyectar.

El autobús no tarda demasiado en llegar.
 
Hay canciones que siento más mías que otras
Caer está permitido, levantarse es una obligación. Detrás del número cero la luz ya se nos apagó. Más allá del uno de enero y con la vista puesta atrás te verás en un espejo con tu futuro detrás.

Y ahora mismo están durmiendo en su cajón cada beso, cada flor cada canción.

Dicen que dicen que anuncian que existe un peculiar vegetal que hace que te rías de la bruja avería como la cebolla hace llorar.

Bajo la luz adecuada todo es mejor.
Lo que hace bello al desierto es que guarda agua en su interior. Piensa en lo lejos que estaba la luna y lo imposible de llegar allí. Y ahora con una simple escalera cualquiera puede ir a dormir.

Y ahora mismo están durmiendo en su cajón cada beso, cada flor, cada canción. No hagas ruido si despiertan es peor desordenan la razón.

Dicen que dicen que anuncian que existe un peculiar vegetal que hace que te rías con de bruja avería como la cebolla hace llorar.

Dicen que dicen que anuncian que existe un peculiar vegetal que hace que te rías de la bruja avería
como la cebolla hace llorar.

and now for something completely different


La oreja de Van Gogh
 
El camino a casa
Puedo correr muy lejos, viajar a lugares desconocidos, permanecer mucho tiempo fuera, perderme en los abismos; pero nunca olvidaré el camino de vuelta a casa.
 
El reencuentro con el escritor
Sonaba Blossom Dearie.
Benjamín, el escritor, y Merceditas, su joven amiga, mantenían una agradable conversación.
El encuentro había tenido lugar varias horas antes, aunque el tiempo había fluido muy rápido y apenas se habían percatado del paso de éste.
Benjamín había vuelto de Birmighan, la ciudad de los paisajes industriales, donde había pasado alrededor de un año con la compañía de la Jackson, de las visitas de algún que otro amigo y de los tantos anónimos que uno puede disponer en cualquier lugar. Su objetivo en la ciudad, entre otros, había sido el de continuar sus estudios filólogos hipánicos en la mágnica facultad.

Éste, era el reencuentro de una amistad comenzada en la distancia.

-Ahaaa, aquí está- decía el escritor mientras alzaba la mano próxima alcanzar su novela.- Vaya, veo que la has trabajado mucho- Podía observarse el desgaste de las páginas del libro, lo que demostraba que había sido llevado a más de un lugar y que se había manoseado. -¿Sabes? Me encanta ver mi libro así, es muchísima mayor la satisfacción que cuando lo encuentro tal cual lo compraron-.
-¿Sí?- rió Merceditas.
- Gunnar- refiriéndose a uno de los personajes principales de la novela- es "él", ¿no?
-No, ya no.
-¿Ya no? ¿Y por qué antes sí?
-No sé... Sus gestos, su forma de actuar, su excesiva independencia... y que él estaba en todas partes, tal vez.
-Pero yo siempre preferí a Bibi, ella es mi personaje favorito.
-¿Por qué?
-Porque es la más feliz, quizás no es tan sofisticada, puede que no sea tan interesante como Isabella, sin embargo, ella con su sencillez tiene un mejor final.
-Sí, eso sin lugar a dudas. Pero, ¿has observado que siempre que hablan de ella lo hacen dubitativos? Siempre entre interrogaciones- y mientras decía esto hojeaba el libro buscando algo concretamente.
Se incorporó en la silla del escritorio, y comenzó a leer:

"-¿ Como puede divertirte tanto?
-¿Bibi? Es sólo una niña...
-Lo sé. Ni siquiera tiene edad para tomar Campari.
-Me rescata de tanto arte...-Isabella se interrumpe- Sí, necesito su mirada superficial de vez en cuando.
-Superficial, claro. Ella no es intelectual.
-No, no lo es. Por eso te quiero a ti, Gunnar.
-Sí. Bibi es un pasatiempo.
Se abrazan y se besan, y vuelven a abrazarse y se acuestan juntos.

-Bibi... oh, Bibi...

Bibi detiene el coche en un terraplén. Por primera vez se asusta de sus pensamientos, de lo que puede llegar a pensar. ¿Empieza a a paracerse a Isabella? De ser cierto, no sería ni más ni menos que la consecuencia lógica y esperable de pasar tanto tiempo juntas. Sacude el volante con fiereza. Sí, recela de Isa y de su primo, porque no son claros y juegan con las palabras y con las personas. Y naturalmente, ella se incluye en este último grupo. Se inclina sobre el volante, y llora."


De haber sido un buen momento Merceditas se habría sumido en sueños escuchando de fondo los cuentos inventados por su amigo y que él mismo leía con su relajante voz, que tanta seguridad le transmitía.

Merceditas, al lado de Benjamín se siente muy segura a la vez que pequeña, y escuchandole es consciente de todo lo que le queda por aprender y de cuan poco sabe.

Benjamín, al igual que Jaime, el pintor; es como el hermano mayor que siempre quiso tener. Porque, aunque todos estén convencidos de que es una chica totalmente adulta, madura y responsable, en el fondo, no es más que una niña pequeña que necesita de mimos y la protección de sus mayores.

A ti, escritor.
 
La cadena global de singulares incidentes
En una tarde de primavera, exactamente en la tarde del día 14 del cuarto mes del año, abril.
Los ojos de Joan se llenan de lágrimas tras ver el cinco que ha obtenido en su examen de matemáticas, el líquido difumina su alrededor, lo que le imposibilita la visión y a causa de esto pierde los interesantes incidentes que se acechan hoy en el patio de recreo.
Hay partido de fútbol, los de quinto contra los de sexto curso. Un niño corre, chuta el balón y este se eleva restallante hasta llegar a la portería, allí espera el portero, Julio, un espléndido jugador, el mejor de todos los que han competido en ese campo; se tira a por la pelota, cae al suelo y la esfera atraviesa la línea blanca del suelo. El niño que había chutado salta, alza los brazos y grita gol. Julio se levanta, le sangran las rodillas, llora, pero no por sus rodillas, si no por el balón que no frenó. No dice nada y se marcha lentamente del terreno de juego, entra en el edificio y camina hasta la enfermería, allí, el enfermero coge la mercromina y un pedacito de algodón. Lo que no saben es que ese trocito de algodón antes de ser sometido a los adecuados tratados de desinfección y de higiene absorbió una lágrima de una chica camerunés de un pequeño pueblo, de Kozalocated, lloraba porque un mosquito, y no uno cualquiera, un mosquito anopheles infectado con plasmodium picó hace unos meses a su hermano y este contrajo la malaria, Salem, que así se llama, ha dedicado su vida a detectar minas antipersonas, minas antipersonas que matan a cualquier despistado que se entretenga en dar un paseo por los campos. Ésta es la preocupación de Benoît, un buen señor francés que ha decidido marcharse de su país y prestar ayuda humanitaria en uno de estos lugares, donde las minas no favorece precisamente al desarrollo de la población. La marcha de Benoît ha sido la causa de que el pequeño Guillaume, su hijo, se haya convertido en un niño enmadrado y con excesivos mimos, desde que se fue, su mujer se dedica única y exclusivamente al niño. Es un asunto que preocupa a la psicóloga del chico, tal es su preocupación que no le concedió una cita al hombre incapaz de aceptarse así mismo, al que le disgusta su cuerpo, está tan disgustado que desde hace mucho que no tiene sexo con su compañero sentimental, Imanol, un chico sensato, un centrado ingeniero que a causa de la falta de cama está inquieto y es incapaz de terminar los planos de la nueva carretera. El retraso de esta construcción se comenta hoy en el informativo de las dos lo que inspira a un escritor fracasado a crear una aburrida de historia con la que intenta aclarar las causas del incidente.
Y así, cada detalle, se une a una interminable cadena que comunica todos los hechos, todas las catástrofes.
Mañana quizás sea un diez, o un gol de Julio, puede que no estallen más minas antipersonas porque ya lo hayan hecho antes, también podría ser que Imanol cambiase de pareja. Todo ello acarrearía una seríe de consecuencias que afectaría al resto, al desarrollo de Kozalcated o a la madurez de Guillaume, o el escritor fracasado triunfe relatando la historia de este hombre y su amante, quién sabe.
 
El día que descubrí a Helio
Si de niña me hubiesen pedido que mencionase a un mejor amigo, posiblemente habría dicho Helio o Gala.
Helio y Gala eran mis amigos mayores.

Gala venía todas las tardes a recogerme del cole, me ayuda a hacer los deberes, me llevaba al parque a jugar, me curaba cuando me hacía pupas, en verano me llevaba a su casa, íbamos a la playa y me extendía la protección solar por la espalda para que no quemase, me daba permiso para que me quedase más tiempo en la bañera, me llevaba a jugar a casa de Javier...
Me contaba cuentos, me contaba lo que imaginaba, no necesitaba leer. Yo, a veces, leía en voz alta para que ella pudiese saber como eran las historias que pasaban por mi cabeza.
Desde leer, hasta los nombres de los planetas, pasando por las tablas de multiplicar. Todas las tardes aprendía algo nuevo. Recuerdo perféctamente la de veces que me hizo repetir los nombres del sistema oseo, y lo que me costó distinguir el cúbito del radio, ya no los confundiré nunca gracias a esas tardes en las que yo la veía como un ser maligno porque no me dejaba levantarme de la silla hasta que no me sabía bien la lección.

Siempre, siempre estaba conmigo. Cuando crecí ella me explicaba las cosas y me secaba las lágrimas cuando lloraba.
Era una madre a la vez que una amiga y una hermana. Podía contarle las travesuras que no confesaba a mis padres y así desaparecía mi cargo de consciencia, además me gustaba porque no esperaba nada de mí.


Helio.
Helio era de complexión fuerte, muy alto, tan alto que podía tocar el techo de mi habitación dando un saltito. Me subía en sus hombros de paseo y podía ver el suelo muy lejos.

Era nadador, nadábamos juntos y hacíamos carreras. Me dejaba ganar y yo me enfadaba.

Bueno, para hablar de Helio he de decir de dónde vino. Helio era el mejor amigo de mi tío Borja. Borjita era mi tío favorito y murió a mis cinco años. Cuando vivía Borja, Helio era su mejor amigo. Les encantaba llevarme de paseo, llevarme a cualquier sitio.
Mi tío Borja me quería muchísimo y yo a él también. El día que me dejó, hizo de tío, Helio.

Helio era muy valiente. Nadie, excepto él, hablaba de Borja, todos tenían miedo y él no.

Me sentía especialmente protegida con él.

Todo empezó un verano. Yo tenía diez años.
Nos habíamos reunidos en la casa de campo todos.
Lo pasábamos muy bien.
En la piscina, de excursiones, viendo las estrellas todas las noches...
Éramos veintidos, todos mayores, yo era la única niña. Ellos estaban de fiesta todo el día. Yo, si no leía, estaba con Gala o con Helio.

Creo que Gala y Helio se conocieron por mí, creo que se gustaron. Creía que se gustaron; ahora puedo asegurlo, se gustaron y se gustan.

Lo supe porque Gala, si Helio estaba cerca, ella se distraía de lo que yo le estaba leyendo. Siempre ponía en mí todos sus sentidos, no se despistaba a no sé que hubiese algo extraordinario.

Helio no pasaba tanto tiempo en la piscina nadando conmigo, hablaba con Gala.

Pasaron aquellos días.
Helio y Gala se habían hecho muy amigos y decidieron llevarme una semana a Barcelona. Mis padres, con ellos me dejaban ir a cualquier sitio.
En Barcelona lo pasamos muy bien, pero había algo que me intrigaba. Helio, a veces, desaparecía cuando sonaba su teléfono móvil, y no era un ratito, podía llevarse desaparecido dos horas.
Un día, mientras él se duchaba sonó su teléfono móvil y le pedí permiso para responder, me lo dio. Descolgué, escuché al otro lado la voz de Virginia, recordé quién era Virginia, ¡Cielos! Virginia era la novia de Helio, sí, no cabía la menor duda, alguna vez habíam venido juntos a mi casa. Hablé y fue muy simpática conmigo.

Olvidé la charla, no vino a mi cabeza en todas las vacaciones.
Éstas (las vacaciones) terminaron, volví de nuevo al cole.
Gala volvió a torturarme cada tarde en mi mesa de trabajo y Helio a recogerme los viernes de la piscina. Algunos días quedábamos los tres juntos.

Uno de estos días, fuimos Gala y yo a casa de Helio a darle una sorpresa. Helio se quedó realmente sorprendido, pero no parecía contento.
No tardé en descubrir el por qué, Virginia estaba en casa. Nos invitó a pasar, ellos tomaron un café, yo tomé zumo de naranja, fue el zumo de naranja más amargo de toda mi vida.

Salimos de allí Gala y yo, dimos un paseo por el río, Gala lloró.
-¿Por qué lloras?
-No estoy llorando.
-Y entonces, ¿que es eso que sale de tus ojos?
-Es por el Sol.
-¿Y el Sol te cambia las lágrimas por tu sonrisa?

Me dio un beso en la cabeza e insistí de nuevo:
-Cuéntame. Es por Helio, ¿verdad?
-¿Cómo lo sabes?
-No te había dicho que tenía novia, ¿no?
-Sí, me lo había contado, Helio nunca dice mentiras.
-¿Entonces?
-No puedo explicártelo, no lo entenderías.
-Le diste un beso, ¿a que sí?

Asintió. Yo le di un abrazo. Ella me dijo que cuando llegase el momento me lo contaría.
No podía entender como Helio no quería ser amigo de Gala. Gala era la chica más guapa que conocía, la más tierna y la que mejor sabía cuidar.

Hace cinco años de aquel día. El tiempo pasó sin que Gala y Helio se viesen, al menos eso creía yo. La recordé como una de tantas historias, pero no le di una importancia especial.

El otro día, Gala me acercaba a casa de una amiga en su coche -aunque ya no se encargue de mí, sigue haciéndome este tipo de favores-.

Yo le hablaba de mis problemas, de mis desamores; de mis historias, en general.

Ella me escuchó, y luego habló.
-¿Recuerdas que un día te dije que te contaría una cosa cuando llegase el momento?
-Pues no, Gala, la verdad es que no. Lo siento.
-No te preocupes, eras una niña.
-¿Qué pasa?
-Verás. Un día estábamos en el río, cuando eras pequeña, y...
-Sí, el día que lloraste.
-¿Te acuerdas?
-No olvidaré nunca ese día.
-Pues, te cuento... ¿Sabes? Helio y yo estuvimos saliendo, sí, estuvimos saliendo, hasta después de ese día. Fuimos novios. Pero le dejé.
-Le dejaste, ¿por qué?
-Él estaba y está con Virginia, no la quiere, pero es incapaz de hacerle daño.

Gala seguía hablando, yo ya no la escuchaba.
Helio el valiente, había pasado a ser Helio el cobarde.
Helio, el chico con el que más segura me sentía me había defraudado y disimuló muy bien su cobardía durante muchos años, durante toda mi vida, que se dice rápido.
Helio vive atrapado con Virginia, sacrifica su felicidad por la de ella, no se atreve a enfrentarse a la realidad, porque no quiere a Virginia, de eso no me cabe la menor duda.

Desde entonces, Gala es mi amiga grande, Helio es el nadador cobarde. Ya no es mi tío, estoy segura de que Borja jamás haría eso.
¡Helio, cobarde! Volveré a creer en ti cuando afrontes la realidad y luches por tu bien estar. Seré injusta, pero no tengo amigos cobardes.
Huye, corre, lucha por lo que quieres.

Helio, eres un cobarde.
 
Me gustas tú
Me gustan los aviones, me gustas tü.
Me gusta viajar, me gustas tú.
Me gusta la mañana, me gustas tú.
Me gusta el viento, me gustas tú.
Me gusta soñar, me gustas tú.
Me gusta la mar, me gustas tú.

¿Qué voy a hacer? Je ne sais pas.
Qué voy a hacer? Je ne sais plus.
¿Qué voy a hacer? Je suis perdu.
Que horas son, mi corazón.

Manu Chao



(Así de simple, así de claro)
 
El señor que no tuvo historia
Oscuro traje de chaqueta, zapatos brillantes, corbata correctamente anudada, camisa blanca sin la presencia de la menor de las arrugas.
Lleva un paso rápido por los pasillos marcando cada uno de ellos y haciendo ruido con los zapatos.
Es una de estas personas capaces de mantener la mente en blanco, capaz de no pensar nada, capaz de mirar letras y no leerlas.
Desde su punto de vista todo es digno de mención, aunque no de repetición. Las cosas se piensan una sola vez.
Cree en la célebre frase de "lo bueno, si es breve, dos veces bueno".
Cuando era niño se había limitado a saber que existía, sin haber mostrado interés por la historia de la cigüeña que trae a bebés de París, sin haber pensado que vino del amor de sus padres, sin que éstos hubiesen hecho nada por despertar su curiosidad
Nunca destacó en nada.
Los resultados escolares se mantuvieron en el notable, los universitarios también; ningún sobresaliente, ningún suspenso.
Los martes y los jueves, clase de natación. Los sábados jugaba al tenis, costumbre que aún conserva.
Todos los veranos viajaba con sus primos a una casita al sur de España cerca del mar. En navidades practicaba esquí en Los Alpes. Formaba parte de la rutina anual.
El día de su decimoctavo cumpleaños bebió su primera cerveza, se sorprendió con una película de terror y perdió su virginidad. Terminó con su infancia después de haber soplado las velas del pastel de la fiesta de cumpleaños, fiesta a la que asistieron chicos correctos, buenos, finos, guapos y educados.

Su vida se mantiene, no sabe donde se sitúa el centro de gravedad pero es consciente de que existe.

Tiene carisma. Atrae a mujeres con su elegancia, pero el amor hacia ellas nace cada noche para morir con el sonido del despertador que anuncia que el día ha comenzado. Jamás ha permitido que la velocidad de las palpitaciones de su corazón aumenten por nadie. Siempre ama con lógica.
No compra rosas,no confunde con margaritas, si ha de regalar flores, serán tulipanes.

Una educación esquisita.
Días con
Su vida se mantiene, no sabe donde se sitúa el centro de gravedad pero es consciente de que existe.

Envejecerá, y un día, no ha temprana edad ni demasiado tarde, morirá. A sus familiares le será indiferente incinerarlo o enterrarlo aunque acabará en una tumba elegante, que no llamará la atención y que nadie que pasée ante se detendrá a observar por algún motivo concreto.
 
Lo que vino después del senza fine...
Hace días que Mario no llora, que no echa de menos a Alicia. Está orgulloso de ello; pero a la vez, un miedo extraño se ha apoderado de él. ¿Llegará el momento en que le resulte imposible crear en mente su imagen? ¿La está dejando olvidada como dejó a sus juguetes de niño, como los libros de cuentos que cojen polvo en su estantería porque conforme va creciendo carecen de interés, de calidad literaria, de realismo...?
Sería eso lo que faltó en su historia, el realismo. La había idolatrado, la había elevado hasta las estrellas, la había creído lo más parecido al perfeccionismo sin darse cuenta de que aquel, era el primer defecto y sin poder esperar, por consecuente, que todo llegaría a su fin y que le dañaría queriendo o sin querer, como acostumbran a terminar haciendo todas.

Pero la preocupación, hoy no es esa.
La preocupación es Lluvia.
Conoció a lluvia por casualidad, -estúpida expresión "por casualidad" ¿Acaso hay algo en esta vida que no nos llegue por casualidad? Bueno, la disculparemos bajo la excusa de que no es más que una forma de hablar.

El timón que mueve el destino, quiso que una tarde en las que Mario se pierde por las calles en un paseo sin destino, una chica quinceañera y aparente dulce tropezase con él.

-Disculpe, lo siento. Siempre voy igual, debería mirar al suelo cuando camino- decía ella mientras se ponía en cuclillas para recoger las partituras de piano que había tirado sin querer.
A la misma vez, Mario se inclinada y le ayuda a recogerlas.
-No te preocupes, ¡Si ha sido mi culpa!- respondió éste sorprendido por la buena educación y simpatía de la niña tan dificil de encontrar en los tiempos que corren ahora.
Entregó los papeles y cuando ella tendía la mano para guardarlos los observó momentáneamente, no tardó en deducir que era una estudiante de piano, pero aquello no lo espera, una nota al pie de la página escrita en una letra que no podía dejar de resultarle familiar. Un shock repentino hizo que viese unas manos ágiles escribir en sus partituras. Era increible, el profesor de aquella chica debía ser Iñaki Perales, pianista, compositor y profesor de piano en el conservatorio de grado medio de la capital.
Sin haberse percatado de que estaba ante una completa desconocida, menciona: -¡Eh! Estudias piano en el conservatorio,
¿Verdad? Y te da clases Iñaki Perales ¿A que sí?
-¿Cómo? Sí, jejejeje, ¿ pero cómo lo sabes?- con una sorisa en los labios.
-Yo también he estudiado piano, e Iñaki fue mi profesor.
-¿Eres pianista?
-En mis ratos libres. Bueno, toma, llevabas mucha prisa.
-Sí, es que está comenzando a llover.
-Pues a mí me encanta la lluvia.
-Entonces te caeré bien -entre risas- Me llamo Lluvia.
-Yo me llamo Mario.
-Encantada, Mario.
-Igualmente, Lluvia.
-Me marcho, he dejado a mi gato en la azotea y se está mojando.
-Adiós.
-Adiós.

Un encuentro con alguien tan agradable le alegró la tarde a Mario, pero no le dio más importancia.

La sorpresa fue cuando tres días más tarde, un día de trabajo aburrido, (no lo hemos mencionado antes, pero hace un año que Mario trabaja) Lluvia apareció por la consulta.
Lluvia entra en la sala con Otto, el gato.
El veterinario, con su bata blanca se vuelve y la descubre.
Se saludan.
-No sabía que trabajases- dice ella.
-Hay que susistir.
-Sí, bueno, ya. pero creía que estudiabas...

La visita del veterinario terminó con una cita en el cine, en plan amigos, claro está.
Él se acercó a la taquilla a comprar las dos entradas, mientras ella le miraba. Como había sido tan rápido apenas había tenido tiempo de analizarlo detenídamente, como le gusta a hacer con cada persona.
Levis estrechos, abrochados por debajo de la ingle y caídos hasta la altura de las zapatillas, una vans a cuadros blancos y celestes. Manos guardadas en los bolsillos de tal forma que le dan un aspecto de chico relajado y seguro de sí mismo.
Una camiseta azul marina sencilla.
Si le hubiesen pedido describirlo en una sola palabra el primer adjetivo que le habría atribuído sería atractivo.
Claro que era bastante mayor que ella.

Pasó el tiempo, y descubrieron que tenían muchas cosas en común: cinéfilos, buenos lectores, amantes de las artes plásticas, viajeros, despistados, inquietos, pianistas, descubridores, nadadores... en fin, una serie de elementos que junto a otros cuantos les hacen ser especiales.

Ayer, Lluvia dejó de mirar sus vans, le miró a los ojos y se perdió en su mirada mientras él surcaba el los mares de los suyos.

"Delicados labios, mirada que anda perdida tras el cristal de sus gafas, serenidad, cabellos despeinados, pero su tez revela el secreto de que comenzó a vivir nueve años antes que yo."

"Una sonrisa dulce, belleza infantil, bueno, más que infantil adolescente. Me gustan mucho sus ojos.
Me llena tanto que ni quiera deja sitio a Alicia.
Aunque su piel... su piel me dice a gritos que hace poco que comenzó a vivir ¿A vivir? A vivir de verdad, quiero decir, hace poco que empezó a hacer su vida. "

Y ese es todo el dilema, Lluvia ama a Mario y Mario ama a Lluvia.
LLuvia tiene crecer y Mario que envejecer.

Lo más bonito es que no sufren. Lluvia porque es joven para hacerlo y Mario porque gastó tantas lágrimas por el amor pasado que algo interno no le deja hacerlo, algo le obliga a sentirse dichoso y feliz cuando piensa en ella. Pensar en ella le relaja, pensar en ella es soñar, viajar a lugares jamás descubiertos y que sólo puede ver él.


Hoy la besa, hoy se abrazan, hoy se quieren; aunque mañana Mario se preocupará por poder curar el gato de Lluvia, pero no su alma enferma.



 
El camino que no se ve
Quieren pero no pueden.
No se dan cuenta de que avanzan en una carretera que no termina, que atraviesa las ciudades y que sin que te percates ya ha dado toda la vuelta y empieza de nuevo.
Un objetivo inalcanzable, invisible, que no existe, porque no hay comienzo y tampoco final.

Lo que no saben es que la carretera tiene desvios que llevan a lugares inolvadables a través de paisajes desconocidos, los paisajes que nunca han visto y que ni si quiera están esperando conocer.