Sábados de normal
El reloj marcaba las nueve y trece minutos, era una noche de sábado normal, como cualquier otra.
Terminé de ver un film; Elephant de Gus Van Sant, concrétamente.
Apagué la televisión, y bajé de casa.
Marqué el número de teléfono de un viejo amigo, avanzaba calle abajo mientras mantenía una agradabilísima conversación, una de éstas en lo que cuentas lo primero que se te pasa por la cabeza y casi sin darte cuenta haces un breve resumen de no más de cuatro o cinco minutos de la actualidad de tu vida.
Cuelgo y me río, la amplia plaza de San Antonio, se haya iluminada por varias farolas, nunca me había fijado en ellas, son sencillas eso es lo que las hace bonitas, me gustan. Algún que otro niño corretea con una pelota entre los pies.
Y allí, en el lateral de la plaza, tras una puerta formadas por cuarterones de cristal se guarda un restaurante de esos de los de toda la vida, pero lo piensas dos veces y dudas lo de "de toda la vida", eres consciente de los pocos que quedan, quizás sea porque tampoco hubo muchos en su tiempo.
Entro, y me siento sumergida en una película de Jean Pierre Jeunet.
Las paredes son de color beige (el color me trajo a la cabeza la conversación telefónica anterior, aquel chico resaltó el color uno de nuestros primeros días de charla).
No hay mucha gente.
El camarero, vestido con pantolones de pinza y pajarita negros haciendo contraste con su camisa blanca, aparta la silla de la mesa que me corresponde para que tome asiento. Con una voz delicada y un tono educado (tono que cualquier persona mayor, lo habría descrito como propio de un hombre "como Dios manda") , me pregunta si deseo tomar alguna bebida mientras me entrega la carta, - Quiero agua, por favor- contesto.
La cubierta de la carta, huele a goma, a plástico, también me gusta ese olor.
Y para mi sorpresa, veo que la carta se dividide en dos, sí, una es para los platos típicos gaditanos y la otra media para los platos chinos, bebo un trago de agua asustada temiendo tener una alucinanción.
Pero, no, las letras siguen tal cuál.
Decido no tomar primer plato, pido tallarines con gambas, y para beber un Nestea.
Observo con detenimiento el lugar, y descubro en las paredes dos cuadros de la plaza que diviso a través de la puerta, uno es una pintura tan realista que me hace dudar incluso de si es una fotografía, se ve en él la plaza soleada, el otro está pintado sobre azulejos.
Hay también una estantería; en lo alto de ella, una coleción de sifones, son antiguos embases de gaseosa.
Llegan mis tallarines. "Ummhm, están deliciosos, es un plato chino, pero tienen un toque muy castellano"
En ese instante, la puerta se abre y entra un chico de cabellos rizados y dorados con aires de despreocupación, lleva un jersey a rombos sobre una camiseta pegada y unos pantolenes con los que se podría usar la incierta expresión de va la moda. Gafas sin monturas y bajo el brazo un monográfico de Mafalda.
Camina hasta la mesa de mi derecha, otro camarero galán retira su silla y él se sienta.
-¿Desea tomar alguna bebida?
-Quiero agua, por favor- contesta, y la frase no puede dejar de resultarme familiar.
Le entregan la carta y noto en él, la misma impresión que tuve hace unos minutos.
Mira a su alredor intentando encontrar una respuesta, y solo me encuentra a mí.
-Eh, ¿Has visto ésto?
-Sí. A mí también me también me ha sorprendido- río.
Un cocinero que ha salido de la cocina momentaneamente nos escucha y nos cuenta que éste fue en Cádiz el primer restaurante chino, que en la antigüedad tuvieron un cocinero de verdadero origen oriental, pero que con el tiempo, habían vuelto a sus platos de siempre, sin olvidar, por supuesto, la influencia de aquel chef.
-¿Lees viñetas de Quino?- pregunto.
-Sí, adoro Mafalda.
-A mí, también me gusta.
Y gira su cabeza hacia la estantería de las botellas de gaseosa.
-No puedo creerlo, mira esto: -
Y vi como en aquella página del cómic, Mafalda utilizaba las botellas como autopropursores de aire comprimido.
Llegó el postre, pastel de chocolate con menta por mi parte, tarta de manzana por la suya.
La cuenta por favor, puede quedarse con la vuelta, intercambio de números de teléfono y hasta luego, espero verte otro día.
Sábado noche, sábado de casualidades, sábado normal.

Terminé de ver un film; Elephant de Gus Van Sant, concrétamente.
Apagué la televisión, y bajé de casa.
Marqué el número de teléfono de un viejo amigo, avanzaba calle abajo mientras mantenía una agradabilísima conversación, una de éstas en lo que cuentas lo primero que se te pasa por la cabeza y casi sin darte cuenta haces un breve resumen de no más de cuatro o cinco minutos de la actualidad de tu vida.
Cuelgo y me río, la amplia plaza de San Antonio, se haya iluminada por varias farolas, nunca me había fijado en ellas, son sencillas eso es lo que las hace bonitas, me gustan. Algún que otro niño corretea con una pelota entre los pies.
Y allí, en el lateral de la plaza, tras una puerta formadas por cuarterones de cristal se guarda un restaurante de esos de los de toda la vida, pero lo piensas dos veces y dudas lo de "de toda la vida", eres consciente de los pocos que quedan, quizás sea porque tampoco hubo muchos en su tiempo.
Entro, y me siento sumergida en una película de Jean Pierre Jeunet.
Las paredes son de color beige (el color me trajo a la cabeza la conversación telefónica anterior, aquel chico resaltó el color uno de nuestros primeros días de charla).
No hay mucha gente.
El camarero, vestido con pantolones de pinza y pajarita negros haciendo contraste con su camisa blanca, aparta la silla de la mesa que me corresponde para que tome asiento. Con una voz delicada y un tono educado (tono que cualquier persona mayor, lo habría descrito como propio de un hombre "como Dios manda") , me pregunta si deseo tomar alguna bebida mientras me entrega la carta, - Quiero agua, por favor- contesto.
La cubierta de la carta, huele a goma, a plástico, también me gusta ese olor.
Y para mi sorpresa, veo que la carta se dividide en dos, sí, una es para los platos típicos gaditanos y la otra media para los platos chinos, bebo un trago de agua asustada temiendo tener una alucinanción.
Pero, no, las letras siguen tal cuál.
Decido no tomar primer plato, pido tallarines con gambas, y para beber un Nestea.
Observo con detenimiento el lugar, y descubro en las paredes dos cuadros de la plaza que diviso a través de la puerta, uno es una pintura tan realista que me hace dudar incluso de si es una fotografía, se ve en él la plaza soleada, el otro está pintado sobre azulejos.
Hay también una estantería; en lo alto de ella, una coleción de sifones, son antiguos embases de gaseosa.
Llegan mis tallarines. "Ummhm, están deliciosos, es un plato chino, pero tienen un toque muy castellano"
En ese instante, la puerta se abre y entra un chico de cabellos rizados y dorados con aires de despreocupación, lleva un jersey a rombos sobre una camiseta pegada y unos pantolenes con los que se podría usar la incierta expresión de va la moda. Gafas sin monturas y bajo el brazo un monográfico de Mafalda.
Camina hasta la mesa de mi derecha, otro camarero galán retira su silla y él se sienta.
-¿Desea tomar alguna bebida?
-Quiero agua, por favor- contesta, y la frase no puede dejar de resultarme familiar.
Le entregan la carta y noto en él, la misma impresión que tuve hace unos minutos.
Mira a su alredor intentando encontrar una respuesta, y solo me encuentra a mí.
-Eh, ¿Has visto ésto?
-Sí. A mí también me también me ha sorprendido- río.
Un cocinero que ha salido de la cocina momentaneamente nos escucha y nos cuenta que éste fue en Cádiz el primer restaurante chino, que en la antigüedad tuvieron un cocinero de verdadero origen oriental, pero que con el tiempo, habían vuelto a sus platos de siempre, sin olvidar, por supuesto, la influencia de aquel chef.
-¿Lees viñetas de Quino?- pregunto.
-Sí, adoro Mafalda.
-A mí, también me gusta.
Y gira su cabeza hacia la estantería de las botellas de gaseosa.
-No puedo creerlo, mira esto: -
Y vi como en aquella página del cómic, Mafalda utilizaba las botellas como autopropursores de aire comprimido.
Llegó el postre, pastel de chocolate con menta por mi parte, tarta de manzana por la suya.
La cuenta por favor, puede quedarse con la vuelta, intercambio de números de teléfono y hasta luego, espero verte otro día.
Sábado noche, sábado de casualidades, sábado normal.






