Tardes de Mario
Las peleas entre perros, o quizás el resultado de éstas, son deprimentes.
Sobre todo cuando toca curar al que ha salido peor parado, teniendo en cuenta que este es un caniche rabioso y su contrincante un dogo, de casi un metro de longitud provisto de una fuerte mandíbula, que a pesar de su benevolencia y tranquilidad ha sido incapaz de contenerse ante las impertinencias del caniche.
Mario piensa que los caniches mimamos y maleducados son unos de los pocos seres dignos de odiar, ellos y sus dueños.
Cuando uno de estos entra por el quirófano la dosis de anestesia se duplica, son bichos difíciles de calmar.
Ahora, se quita los guantes de látex ensangrentados, la mascarilla y la bata verde.
Recoge su mochila y la chaqueta del armarito.
Cruza la sala de espera y se alegra de salir hoy antes, allí están como cada jueves Doña Rosario y su hija con la familia de hámsteres, todas las semanas se pasan por allí preocupadas por el estado de salud de sus mascotas. Mario ya les ha explicado varias veces que con una visita cada tres meses es más que suficiente, pero ellas insisten. Los jueves no dan la novela en la tele, y los vecinos salen de casa pronto, por lo que la tarde se haría difícil de superar sino fuese por los hámsteres, al fin y al cabo no todo el mundo dispone de una rutina distraída, ocupada y estresante que no permite este tipo de cosas.
Mario sonríe a Ana y le hace una mueca para compadecerle al comprobar que a ella tampoco le agrada la visita de las dos pacientes.
Sale de la clínica, hace un calor bochornoso y a pesar de ello se pone la chaqueta, cuyo color verde oliva hace un buen contraste con la camiseta roja.
Camina en dirección a la parada de bus pensando en su trabajo, en Rosario y su hija, en los caniches rabiosos y en el sentimiento de monotonía que produce todo esto. Se consuela pensando en que cada oficio tiene sus desventajas, si trabajase en el zoo tendría que solucionar los conflictos entre los leones, tarea que no sería nada divertida, o quizás preocuparse por el alimento de los peces globos, limpiar su pecera amenazado por la tetrodo toxina que las espinas de sus vestiditos de púas están capacitadas para inyectar.
El autobús no tarda demasiado en llegar.





