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COCOLADAS
Mundos que imagené con tu película
Acerca de
Cineasta de mi vida.
 
Reflexiones básicas
No sé que hora es exactamente, deberán de ser más de las diez, pues estamos en verano y acaba de oscurecer.
No tengo por costumbre escribir este tipo de cosas, o sea, la costumbre de contar al papel sin utilizar como medio algún personaje producto de mis reflexiones.
Por lo general no soy sencilla –o no pretendo serlo- a la hora de escribir, contradiciéndome como tantas veces, ya que me gusta la sencillez.

He sufrido una tarde de verano horrible.
El calor era terrorífico, y más aún en mi habitación, totalmente cerrada, con ese inmenso ventanal que deja pasar sin ningún tipo de impedimentos la luz solar.
El ordenador también colabora de forma notable con el recalentamiento, con su continuo ronroneo, la luminosidad de la pantalla y el calor que produce su motor.
Me he desesperado, el aparato ha llegado a aturdirme, la red tiene ya pocos secretos a mi alcance, las charlas con desconocidos apenas esconden misterios, y bueno, escribirme con mis amigos tampoco tiene ya mucho de interesante, además de arruinar nuestras encuentros, puede que sea una exageración, pero algo de encanto si que pierden nuestras reuniones.
Internet está acabando con las llamadas telefónicas, en mi caso al menos, alguna que otra empresa quebraría si dependiese exclusivamente de mí.
Yo sé que por lo general, a la mayoría de usuarios Internet afecta en otros aspectos; a mí, sin embargo, no. Yo sigo escribiendo cartas, sigo teniendo vida social, no me he aficionado a la cibercompra, sigo practicando el consumismo tradicional, no he sufrido ningún fraude. Lo único, las llamadas telefónicas, si alguien necesita comunicarse contigo, acostumbra a esperar tu conexión, y suele preocuparse cuando pasan más de doce horas sin que inicies sesión, es entonces el momento de consultar tu número en la agenda, pero claro, como casi siempre a la décima no puedo resistirme… enciendo de nuevo el PC, siento otra vez como pasan las horas sin haber hecho nada productivo, vuelvo a perderme en chats entablando ya conversaciones sin ningún sentido, la misma historia de todas los días.

Así pues, hoy, a la sexta hora ante la máquina, habiendo intentado todo tipo de cosas para entretenerme, he desistido, un síndrome desconocido se ha apoderado de mí, he apagado el ordenador bruscamente y lo he guardado en la cartera por al menos veinticuatro horas, o hasta recibir alguna llamada.

Hacía tiempo que no me sentía tan incómoda, hice intentos en vano por escribir, continuar algunas de las historias ya comenzadas o crear nuevas, y todo intento fue inútil, todo lo que conseguí fue corregir un párrafo y aumentar mi estado de desesperación.
He llamado a Rafa con la idea de pedirle que viniese a visitarme e invitarle a pasar un par de días en casa, pero nadie ha contestado al teléfono.

Lo que me quedaba por intentar era salir a la calle, un gran atrevimiento por mi parte, pues la impresión a vivir dentro de un invernadero, allá fuera debía ser mucho más realista.
Finalmente crucé la puerta de casa, con la idea de pasar el rato en un establecimiento con aire acondicionado.
Hice parada en mi librería favorita queriendo comprar una agenda de teléfonos, basándome en la decisión que acababa de tomar de telefonear más a menudo.
No la encontré y me entretuve buscando un manual o cuaderno de ejercicios para mejorar mis escritos, desistí pronto, no deseba entretenerme demasiado.
De camino a la biblioteca, me paré ante un escaparate y contemplé mi reflejo. Observé la camiseta que llevaba, customizada por mí meses atrás.
En ella aparecía un chico con expresión confundida y un pequeño texto: “El pequeño Mark intenta comprender a la sociedad”.
Me encontré pedante, como una de estas niñas que creen saberlo todo sobre todos los aspectos y que se consideran lo suficiente formadas como para criticar al resto.
Referirse a la sociedad de un modo tan genérico ya está más que visto y comprobado que no lleva a nada.
No me gusta la rebeldía desenfrenada y quizá mi camiseta era producto de ella.

Pensando en esto y en alguna que otra cosa, llegué a mi destino.
El edificio estaba casi vacío y se respiraba paz, el agradable ambiente característico del lugar.
Fui directa a la filmoteca, no tardé mucho en seleccionar tres films, dos de mi cineasta favorito.
El favoritismo es algo que desentiendo, soy incapaz de seleccionar tan sólo uno de un grupo. Aunque, a decir verdad, no estaría de más mencionar a Woody Allen en esta ocasión.
Sé que no eres especial por querer a Allen, ¿quién no ha visto, al fin y al cabo, alguna peli suya? ¿Quién no se ha reído con él alguna vez?
No soy sofisticada por preferirle a él, muchos cineastas suenan mejor, tienen nombres más exóticos, y nos deleitan con un cine intenso, unas historias incuestionables. Pero él tiene ese algo, esa chispa que no encuentro en ningún otro.
Los temas que trata apenas varían: matrimonio, adulterio, ex mujeres, familia, sexo y cultura; elementos en los que se basan la mayoría de las vidas.
Los personajes de sus películas los encuentro cercanos a mí, no en películas como “Coge el dinero y corre”, claro, pero sí en las basadas en la realidad.
Le tengo un aprecio especial, y me entristece pensar en el día que termine con su filmografía. Entonces, las repasaré todas de nuevo y escribiré sobre ellas.
Además de los films de Allen, elegí todo un clásico “Desayuno con diamantes” de Blake Edwards y con Audrey Hepburn, recomendación de mi amiga Dara, una cinéfila en serie.

No tardé demasiado, tampoco, en escoger los libros.
Lo cierto es que en casa tengo varios a medio leer y otros tanto de apariencia atractiva que no me he dignado a ojear siquiera.
Recordé el libro que Julia me prestó, el sexto libro de Harry Potter, la idea de comenzar con él hace que me sienta muy perezosa.
Quizás J.K Rowling forma parte de otra etapa de mi vida, e intuyo –pudiendo caer, por supuesto, en la equivocación- que su literatura fantástica tiene ya poco que enseñarme.
A pesar de todo, miles de personas han leído y siguen leyendo las aventuras del joven aprendiz de mago; ya que es así, me planteo la existencia de motivos para hacerlo.
Claro que, también hay miles de personas que botan a George Bush, y aunque carezco de argumentos en los que apoyarme para estar al lado de un lado de su política o del otro, el presidente de los Estados Unidos no me transmite buenas vibraciones. No sé si por lo mal que hablan de él las personas que creo racionales o si porque realmente es estúpido. Me parece insuficiente la información que los periodistas consiguen hacernos llegar como para formar una opinión sobre una persona, aunque alguien que se niega a firmar documentos como el protocolo de Kioto o los Derechos del Niño no lo creo adecuado para alardear de inteligencia y cordura.

Es increíble la de saltos que da mi mente, y como sin darme cuenta, voy tocando un tema y otro.

Escogí cuatro libros de Mario Vargas Llosa, una novela, un cuento y dos ensayos.
Escribe realmente bien, independientemente sea una persona interesante o no.

La bibliotecaria se sorprendió al ver lo que había escogido y me confesó su pasión por el autor.
Ella era una mujer encantadora y parecía saber muy bien de lo que hablaba.
Me recomendó una obra, cosa que agradecí en cantidad.
Yo le hablé de “El paraíso en la otra esquina”.
Parecía maravillada, lo que me congratuló.

Una vez en casa, coloqué en el espacio que tengo reservado para los préstamos temporales a los de Vargas Llosa.
Hice palomitas y llené un vaso de tubo largo con zumo de naranja, me tumbé de cara a la televisión viendo “Hanna y sus hermanas”.
Me gustó, aunque sigo prefiriendo “Asesinato en Manhattan”.

De nuevo tuve planteamientos pesimistas sobre Allen. Pensé en el día de su muerte, y en la decadencia de su arte, aún no he visto “Mach Point”, su último estreno, pero no he encontrado muy buenas críticas, razón de más para preocuparme, ya que posee tan espléndidos seguidores.

Con la idea de escribir sobre mi futuro viaje a Londres, en el que apenas he pensado a causa de mi despiste, puse un disco de Marlene Dietrich.
Al escucharla tuve el pálpito de haber encontrado mi verdadero estilo musical, me sentí un poco más madura, con un estilo definido. Ipso facto me reí de mi misma, y no pude tomarme en serio, ya que no es la primera vez que creo haberme definido y ninguna de las veces anteriores la impresión se ha acercado a la realidad. He cambiado una y otra vez mi forma de pensar, la de actuar ante determinadas situaciones, la de vestir y todo lo que acompaña a una personalidad.

Ha sido así, con Marlene Dietrich y mis trastornos de personalidad cuando he cogido mi libro de escritura y he comenzado con estas reflexiones básicas, que todos los días, unos más, otros menos, hacemos.
No