Consumismo ¿Necesidad o capricho?
Una moda, una costumbre, ¿una necesidad? Es un fenómeno cada vez más extendido y del que muy poca gente puede renegar, y no porque no quiera sino porque no puede.

¿Quién no compra cosas sin necesidad? Todos. Pero no es un fenómeno singular. Nos referimos a la ropa, a las joyas, a los restaurantes… por ejemplo, la electrónica es un campo que cada vez atrae más adeptos. Los ordenadores, ¿quién no tiene un ordenador de sobremesa en casa, y un portátil, y una cámara de fotos digital, y un teléfono móvil (que, por cierto, se cambia cada seis meses, como mínimo), y un mp3, o mp4…?e infinidad de aparatos que no necesitamos pero que queremos creer que si.
¿Y los coches? Pocas familias tienen un solo coche en casa. ¿Y los viajes? No dejan de hacerse dos o tres viajes al año. En los años 70 y 80 si te ibas de vacaciones una vez cada tres o cuatro años se consideraba un lujo. Hoy, quien no se vaya una o dos veces en verano y otra, como mínimo, en un puente, considera ser esclavo del trabajo, sin tiempo para desconectar. Los tiempos y los pensamientos han cambiado, y mucho.

Y el problema no está en que se compre mucho o no, porque todos lo hacemos, todos compramos cosas que no necesitamos. Al comprar nos “auto convencemos” de que son cosas necesarias, y ahí está el quid de la cuestión, si creemos que lo necesitamos es porque nos hacen felices. Inconformistas es la palabra, y ¿nos lleva el inconformismo a ese nivel?

¿Quién no compra cosas sin necesidad? Todos. Pero no es un fenómeno singular. Nos referimos a la ropa, a las joyas, a los restaurantes… por ejemplo, la electrónica es un campo que cada vez atrae más adeptos. Los ordenadores, ¿quién no tiene un ordenador de sobremesa en casa, y un portátil, y una cámara de fotos digital, y un teléfono móvil (que, por cierto, se cambia cada seis meses, como mínimo), y un mp3, o mp4…?e infinidad de aparatos que no necesitamos pero que queremos creer que si.
¿Y los coches? Pocas familias tienen un solo coche en casa. ¿Y los viajes? No dejan de hacerse dos o tres viajes al año. En los años 70 y 80 si te ibas de vacaciones una vez cada tres o cuatro años se consideraba un lujo. Hoy, quien no se vaya una o dos veces en verano y otra, como mínimo, en un puente, considera ser esclavo del trabajo, sin tiempo para desconectar. Los tiempos y los pensamientos han cambiado, y mucho.

Y el problema no está en que se compre mucho o no, porque todos lo hacemos, todos compramos cosas que no necesitamos. Al comprar nos “auto convencemos” de que son cosas necesarias, y ahí está el quid de la cuestión, si creemos que lo necesitamos es porque nos hacen felices. Inconformistas es la palabra, y ¿nos lleva el inconformismo a ese nivel?
"El que pretende verlo todo con claridad antes de decidir nunca decide"
Existen muchos factores que están destinados a provocar el tambaleo de una estabilidad que, queda claro, es siempre momentánea. Uno de ellos es la toma de decisiones a contracorriente, a contrarreloj y encima a contrapelo. Lo bueno de tomar decisiones que afectan irreversiblemente a la naturaleza de las circunstancias, es que se sabe que la última palabra recae en exclusiva sobre uno mismo, y sobre la experiencia que uno ha inhalado en cada soplo de vida. Lo malo de tomar decisiones, es que nunca queda del todo claro si se ha tomado la buena, y sólo con el paso tajante de los días (para algunos basta el paso imperceptible de un par de horas, bendito pulso), se conoce la respuesta, pero sólo en lo más profundo se revela.
Pero de todo ello, lo más importante es saber cómo afrontar lo más intrínseco de cada decisión, que es su consecuencia. Por supuesto, no hablo de decidir entre vainilla o fresa, hablo de una decisión que cambia la trayectoria (ya antes curvilínea) que sigue tu vida hasta un momento determinado. Si tan fácil resultara, ay! porqué tantos vaivenes, porqué la búsqueda infructuosa del consejo espléndido, porqué los psicoanalistas.
Mi decisión más inmediata ha obligado a plantarme y mirar sobre mis pasos (esos que nunca se pierden de vista) y, por ahora, a lo más que llego es a limar la carga de las consecuencias, dejarla impoluta de arrepentimientos y continuar mirando más allá de mis pasos (los que vociferan que la vida sigue).
Pero de todo ello, lo más importante es saber cómo afrontar lo más intrínseco de cada decisión, que es su consecuencia. Por supuesto, no hablo de decidir entre vainilla o fresa, hablo de una decisión que cambia la trayectoria (ya antes curvilínea) que sigue tu vida hasta un momento determinado. Si tan fácil resultara, ay! porqué tantos vaivenes, porqué la búsqueda infructuosa del consejo espléndido, porqué los psicoanalistas.
Mi decisión más inmediata ha obligado a plantarme y mirar sobre mis pasos (esos que nunca se pierden de vista) y, por ahora, a lo más que llego es a limar la carga de las consecuencias, dejarla impoluta de arrepentimientos y continuar mirando más allá de mis pasos (los que vociferan que la vida sigue).
Katharine Hepburn y su lado oscuro
Cien años después de su nacimiento (12/05/1907), la memoria de Katharine Hepburn sigue estando a la altura de lo poco que se puede considerar hoy como leyenda. El porqué cada uno lo encuentra donde más le gusta, pero ahora lo tiene más a mano en la biografía que lleva su nombre y que firma el estadounidense William J. Mann. Y no pongo en duda la agudeza narrativa de Mann, pero asevero que es mejor cuando ella misma lo cuenta. (Yo: Historias de mi vida)Bajo el sugerente título de "Kate. El lado oscuro de Katharine Hepburn", el autor nos revela sin orden cronológico alguno, las andanzas de esta actriz que engalanó con su espíritu irreverente las tribunas de la meca del cine.
A pesar de que algunos productores llegaron a decir de ella que era ‘veneno para la taquilla’ tras ciertos batacazos al estilo "La fiera de mi niña", estuvo nominada 12 veces a los Óscar, siendo ganadora de cuatro estatuillas donadas al Empire State Building, pues Hepburn consideraba que ‘si no iba a recogerlas, no debía tenerlas’.
No quisiera entrar en el comentario cómodo sobre toda su filmografía, pero sí quiero permitirme destacar la más memorable de sus actuaciones en ‘El Estanque Dorado’ junto a Henry Fonda, en la que según dijo andaba ‘más pendiente de donde tenía el cuello que de la actuación misma’ y en la que, a pesar de concederse tal despiste, estaba radiante.
Su espíritu fresco y reñido con los estereotipos sociales de la época hacían de ella un ser atrayente en extremo y, a pesar de que aseguraba que Montgomery Clift ‘estaba como una regadera’ por su extravagancia superlativa, ella en tal pericia no andaba nada escasa. Precisamente por eso se hablaba tanto de ella, unas veces bien, otras no tanto. Aunque, en realidad, la mayor parte de los comentarios se dirigían siempre a lo mismo: sus devaneos con ambos sexos. Su talento, ambigüedad, esnobismo y carácter la convirtieron en estrella y tanto sus adeptos como sus detractores la bautizamos como leyenda. Como dijera Capra: "Hay mujeres y luego está Kate".





