Relato sobre las ilusiones I
Hay ocasiones en la vida en la que puedes encontrarte totalmente perdido y solo, momentos en que sin querer piensas todo demasiado o quizás simplemente pienses un poco. Te sientes como si fueras hueco, de ti solo ha quedado el contorno, la materialidad de tu cuerpo se ha quedado reducida en esa línea mínima que te convierte en el continente de un gran vacío. Es en esos momentos en los que sientes un frío chirriante que te atraviesa, sopla el viento fuerte, el vértigo se siente en el estómago y sube al órgano que ningún científico ha estudiado por qué se percibe tan claramente en él el dolor. Un pinchazo; como si de ese pinchazo se desinflaran todas tus ilusiones y salieran a borbotones sin ninguna contención, se mira con pasividad ir aquello que en algún momento nos pareció tan importante y vital, se deja marchar porque realmente ya nada importa,
Te ha pasado antes y sabes que borrarás todos estas ideas lúgubres y empalagosas, no de miel sino de queroseno, Pero al igual que sabes que volverás a hincharte de ilusiones sabes que volverán a escaparse con cada suspiro, el suspiro. ¿ Tiene algún sentido todo esto? Cuando lo sumas a palabras de realidad: guerra, muerte, drogas, asesinato, injusticia, enfermedad...

Anna estaba cansada de sumar, sumar penas y recuerdos que se volvían nostalgias y nostalgias que se volvían llantos de los que nadie era testigo pero que fueron amainando sus ganas de vivir, por las drogas había perdido todas sus amistades, sus amigos se evadían de la realidad a través de las drogas mientras ella se enfrentaba día tras día, a ella, al volver a su pequeño apartamento de veinte metros cuadrados en el centro de la urbe, en pleno centro de la ciudad, tenía humedades y el alquiler era desmesurado pero no tenía ninguna alternativa y el no tenerla la hacía sentirse aún más frustrada y no dormía por las noches, el ruido de la ciudad tampoco propiciaba el sueño, las luces del movimiento vital de pasos que no llevan a ninguna parte, coches con prisa pero sin dirección. Se había dado cuenta que sus años de formación, su paso por la universidad tampoco la había servido de gran utilidad, trabajaba muchas horas en un trabajo poco recompensado en satisfacciones y muy generoso en dolores y cansancios en más suspiros que intentan reunir las fuerzas necesarias por un último esfuerzo a la espera, la eterna espera...
El cáncer mató a su madre y su padre fue asesinado dos años después. A Anna no le servía ningún falso consuelo, ni siquiera el de pensar que si te encuentras en el fondo del tazón donde sorbes tu matutino café ya nada más malo te puede ocurrir, porque no es así, las probabilidades no juegan con las injusticias, ¿ Ante que juez se puede reclamar tal torrente de infortunios? ¿ Por cual ley se puede alegar que se ha sufrido bastante, qué se ha alcanzado el cupo para cien vidas y que sin embargo tu solo estás intentando vivir una? Anna no encontró ningún juez que atendiera su caso, y lloraba aunque no pensara en nada, y lloraba sin darse cuenta, sin intención, muchas veces el llanto la sorprendía hasta a ella haciendo la compra, lavándose los dientes, muchas veces la sorprendía en el metro solo a tiempo de girarse contra el cristal de la puerta y ver en sus ojos solo dos cuencos oscuros y profundos. Su profundidad era marina, la luz solo alcanzaba a iluminar la superficie, el resto solo se intuía, se intuían metros y metros de oscuridad, incertidumbre.
Anna no se encontraba bien, sabía que algo la pasaba más allá de su estado de ánimo y de lo que podía llamarse normalidad, por la mañana fue al hospital ha hacerse unos análisis, “ Los resultados te los enviamos a casa” Le dice la voz de una enfermera, desconocida, antipática y despreocupada, A Anna no le importa sus modales, se siente siempre como si estuviera rodeada de desconocidos con los que tiene que compartir un plato de comida. Muchas bocas para un solo plato. Se marcha, vuela hacia el trabajo, esa mañana perdida no se la pagarán y solo espera que si algo no funciona en su interior por lo menos sea contundente pues no puede permitirse no ganar dinero, solo sería alargar la agonía.
Cansada y alerta con su propio cuerpo llega Anna del trabajo, cena sentada en un pequeño taburete, las patas son finas y de metal, el asiento de madera barnizada con un desconchón en una esquina, en una mesa despegable pero que nunca ha sido abierta, siempre la ha bastado con esa amplia tabla de contra chapado de un metro por cuarenta centímetros. Enciende la radio, Anna oye Guerra....
Se levanta y friega el plato,
Se dirige al baño
Llena la bañera de agua tibia
Del cajón coge una fina cuchilla
No es dueña de sus labios que tiemblan
No es dueña de sus ojos que se nublan
No es dueña de sus actos, pero no duda...
Anna oye el teléfono, le asusta, hace meses que no suena y cree recordar que en aquella ocasión se equivocaron de número, no lo piensa y quizás por ello sale de la bañera desnuda coge el teléfono. “ Estás embarazada” le dice la misma voz de quizás la misma u otra enfermera desconocida, antipática y despreocupada.
Su cuerpo vuelve a hacer rebosar agua al entrar en la bañera, no piensa, no habla, siente un propio vacío con su propia corriente de frío que la atraviesa, aquella sensación en el estómago de caída libre y dolor en el corazón. Apoya la fría cuchilla que en contacto con su sangre caliente hace que la retire por un momento... ese momento se expande en el tiempo, se ensancha hasta cubrir unas cuantas horas, hasta que el agua está helada y las yemas de los dedos de Anna arrugadas.

De repente todo había cambiado, y aunque no tuvo tiempo de asimilar en aquel baño cuanto había cambiado su realidad, Anna se daría cuenta a lo largo de los ocho meses y tres semanas que duró su embarazo. El cambio no se lo proporcionó un hermoso, apuesto, musculoso príncipe montado en un corcel blanco, ni un billete de lotería ganador, es más, por un momento el estar embarazada le pareció una condena más, se dio cuenta que no cuando se cercioró de que un ángel crecía dentro de ella. No era fácil y afrontó su nueva situación con resignación, no entendía bien el motivo pero se vio sin darse cuenta viviendo porque no podía hacer otra cosa, viviendo porque no podía hacer ahora lo que pensó hacer en ese baño. Cambió de trabajo, no a uno mucho mejor pero con el que creyó podía mantener a su hijo y llegó la primera patada de su hijo, ese golpe para ella fue revelador, se dio cuenta en aquel momento de los cambios ocurridos en esos meses en los que había actuado por inercia, había buscado otro empleo, había vivido sin pensar o no pensando demasiado las cosas, fue entonces cuando empezó a llorar y se dio cuenta de que no había vuelto a llorar desde el día en que recibió la llamada telefónica de la enfermera pero este era un llanto distinto, porque a la vez desfilaron un línea de pequeñas perlas en su cara que dibujaban una sonrisa, estaba en el mercado, cogía una botella de leche cuando todo esto ocurría en el mismo momento,
Comprendió que su vida tenía sentido, que tenía un objetivo noble y sincero, viviría por su hijo y para su hijo, se dio cuenta que de ella brotaba un amor inigualable e incalculable, el amor más generoso y desinteresado que puede existir en el mundo, El amor de una madre por su hijo, Un hijo que antes de nacer ya le había dado un regalo tan grande e importante para ella como es una segunda oportunidad, Lloraba, pero de felicidad... tendría a alguien a quien abrazar, a quien proteger por encima de todas las cosas, el trabajo sería menos duro, la jornada, la llegada a casa sería especial pues habría alguien que la necesitara y la reclamase, de entre todas las voces de desconocidos que la rodeaban, ahora oiría una voz familiar, sentiría una pequeña mano que se agarraría a la suya con una delicada fuerza, vería esa mano crecer, pero esas manos jamás se separarían, compartiría su rutina con él y él con ella y de esa rutina afianzaría una profunda relación, ¿ Cómo afrontar tal responsabilidad? ¿ Cómo tener la certeza de desempeñar ese cargo tan importante de forma adecuada? ¿ Qué reconocimiento laboral o cargo por sus estudios podían compararse con tal empeño? La sensación de tener que convertirse en un escudo protector la dominaba por las noches, incluso soñaba que ella era una fortaleza y su hijo dormía con los ojos entreabiertos y la boca como un pétalo de rosa, se unía a los cojines que acomodaban su tierno, frágil cuerpo, ella lo guardaba en su interior y cerraba todas las puertas.
Entendió que había conseguido lo que había perseguido toda su vida, había alcanzado la Inocencia, hermosa inocencia.
El tiempo pasó y los preparativos estaban listos, eran humildes, pero también sabía que le haría entender ¿qué es verdaderamente importante en la vida? Le daría los mejores consejos que la vida le había hecho entender muchas veces a las malas y una vez a las buenas. Le leería los libros que a ella le gustaba, le enseñaría sus aficiones y gustos que ya casi había olvidado que tenía.
Ahora, cuando era de noche y no podía dormir se vestía y salía a pasear, antes el invierno le hacía sentirse profundamente infeliz, pero hasta eso había cambiado, el frescor de la noche le parecía estimulante y sentía sus pulmones abiertos, no suspiraba sino que cogía bocanadas de aire que no la hacían sentir vacía sino plena, como si en sus brazos pudiera contener todo lo que ahora la hacía feliz y no pensar tanto en todo aquello que la había hecho sentirse desgraciada.

Fue durante uno de estos paseos que su hijo quiso conocer el mundo, dio a luz en el mismo hospital donde se hizo aquellas pruebas, Anna ya no recuerda el dolor del parto, ni siquiera recuerda cuanto duró, solo recuerda el momento que le entregaron a su hijo, le colocaron en su regazo y sus ojos se encontraron, le entregaron unos kilos y unas medidas de inocencia que tampoco recuerda, solo recuerda un instante que quiso hacer eterno y que el recuerdo le regalaría cada vez que necesitara, cuando algo fuera mal, cuando estuviera cansada... solo se acordaría de aquel momento, ni siquiera de lo que hubo antes de que supiera que estaba embarazada, recordaría ese cuerpo todavía enrojecido, regordete, estaba sonriendo desde hacía un buen rato y ella no había reparado en ello y aunque es imposible a ella le pareció reconocer en él una pequeña mueca. Algún día aprendería todos sus gestos y manías, los sabría interpretar porque no tendría ninguna otra labor más importante en su vida. Que seguir viva. Ahora todo tiene sentido.
Agustín Bravo
Te ha pasado antes y sabes que borrarás todos estas ideas lúgubres y empalagosas, no de miel sino de queroseno, Pero al igual que sabes que volverás a hincharte de ilusiones sabes que volverán a escaparse con cada suspiro, el suspiro. ¿ Tiene algún sentido todo esto? Cuando lo sumas a palabras de realidad: guerra, muerte, drogas, asesinato, injusticia, enfermedad...

Anna estaba cansada de sumar, sumar penas y recuerdos que se volvían nostalgias y nostalgias que se volvían llantos de los que nadie era testigo pero que fueron amainando sus ganas de vivir, por las drogas había perdido todas sus amistades, sus amigos se evadían de la realidad a través de las drogas mientras ella se enfrentaba día tras día, a ella, al volver a su pequeño apartamento de veinte metros cuadrados en el centro de la urbe, en pleno centro de la ciudad, tenía humedades y el alquiler era desmesurado pero no tenía ninguna alternativa y el no tenerla la hacía sentirse aún más frustrada y no dormía por las noches, el ruido de la ciudad tampoco propiciaba el sueño, las luces del movimiento vital de pasos que no llevan a ninguna parte, coches con prisa pero sin dirección. Se había dado cuenta que sus años de formación, su paso por la universidad tampoco la había servido de gran utilidad, trabajaba muchas horas en un trabajo poco recompensado en satisfacciones y muy generoso en dolores y cansancios en más suspiros que intentan reunir las fuerzas necesarias por un último esfuerzo a la espera, la eterna espera...
El cáncer mató a su madre y su padre fue asesinado dos años después. A Anna no le servía ningún falso consuelo, ni siquiera el de pensar que si te encuentras en el fondo del tazón donde sorbes tu matutino café ya nada más malo te puede ocurrir, porque no es así, las probabilidades no juegan con las injusticias, ¿ Ante que juez se puede reclamar tal torrente de infortunios? ¿ Por cual ley se puede alegar que se ha sufrido bastante, qué se ha alcanzado el cupo para cien vidas y que sin embargo tu solo estás intentando vivir una? Anna no encontró ningún juez que atendiera su caso, y lloraba aunque no pensara en nada, y lloraba sin darse cuenta, sin intención, muchas veces el llanto la sorprendía hasta a ella haciendo la compra, lavándose los dientes, muchas veces la sorprendía en el metro solo a tiempo de girarse contra el cristal de la puerta y ver en sus ojos solo dos cuencos oscuros y profundos. Su profundidad era marina, la luz solo alcanzaba a iluminar la superficie, el resto solo se intuía, se intuían metros y metros de oscuridad, incertidumbre.
Anna no se encontraba bien, sabía que algo la pasaba más allá de su estado de ánimo y de lo que podía llamarse normalidad, por la mañana fue al hospital ha hacerse unos análisis, “ Los resultados te los enviamos a casa” Le dice la voz de una enfermera, desconocida, antipática y despreocupada, A Anna no le importa sus modales, se siente siempre como si estuviera rodeada de desconocidos con los que tiene que compartir un plato de comida. Muchas bocas para un solo plato. Se marcha, vuela hacia el trabajo, esa mañana perdida no se la pagarán y solo espera que si algo no funciona en su interior por lo menos sea contundente pues no puede permitirse no ganar dinero, solo sería alargar la agonía.
Cansada y alerta con su propio cuerpo llega Anna del trabajo, cena sentada en un pequeño taburete, las patas son finas y de metal, el asiento de madera barnizada con un desconchón en una esquina, en una mesa despegable pero que nunca ha sido abierta, siempre la ha bastado con esa amplia tabla de contra chapado de un metro por cuarenta centímetros. Enciende la radio, Anna oye Guerra....
Se levanta y friega el plato,
Se dirige al baño
Llena la bañera de agua tibia
Del cajón coge una fina cuchilla
No es dueña de sus labios que tiemblan
No es dueña de sus ojos que se nublan
No es dueña de sus actos, pero no duda...
Anna oye el teléfono, le asusta, hace meses que no suena y cree recordar que en aquella ocasión se equivocaron de número, no lo piensa y quizás por ello sale de la bañera desnuda coge el teléfono. “ Estás embarazada” le dice la misma voz de quizás la misma u otra enfermera desconocida, antipática y despreocupada.
Su cuerpo vuelve a hacer rebosar agua al entrar en la bañera, no piensa, no habla, siente un propio vacío con su propia corriente de frío que la atraviesa, aquella sensación en el estómago de caída libre y dolor en el corazón. Apoya la fría cuchilla que en contacto con su sangre caliente hace que la retire por un momento... ese momento se expande en el tiempo, se ensancha hasta cubrir unas cuantas horas, hasta que el agua está helada y las yemas de los dedos de Anna arrugadas.

De repente todo había cambiado, y aunque no tuvo tiempo de asimilar en aquel baño cuanto había cambiado su realidad, Anna se daría cuenta a lo largo de los ocho meses y tres semanas que duró su embarazo. El cambio no se lo proporcionó un hermoso, apuesto, musculoso príncipe montado en un corcel blanco, ni un billete de lotería ganador, es más, por un momento el estar embarazada le pareció una condena más, se dio cuenta que no cuando se cercioró de que un ángel crecía dentro de ella. No era fácil y afrontó su nueva situación con resignación, no entendía bien el motivo pero se vio sin darse cuenta viviendo porque no podía hacer otra cosa, viviendo porque no podía hacer ahora lo que pensó hacer en ese baño. Cambió de trabajo, no a uno mucho mejor pero con el que creyó podía mantener a su hijo y llegó la primera patada de su hijo, ese golpe para ella fue revelador, se dio cuenta en aquel momento de los cambios ocurridos en esos meses en los que había actuado por inercia, había buscado otro empleo, había vivido sin pensar o no pensando demasiado las cosas, fue entonces cuando empezó a llorar y se dio cuenta de que no había vuelto a llorar desde el día en que recibió la llamada telefónica de la enfermera pero este era un llanto distinto, porque a la vez desfilaron un línea de pequeñas perlas en su cara que dibujaban una sonrisa, estaba en el mercado, cogía una botella de leche cuando todo esto ocurría en el mismo momento,
Comprendió que su vida tenía sentido, que tenía un objetivo noble y sincero, viviría por su hijo y para su hijo, se dio cuenta que de ella brotaba un amor inigualable e incalculable, el amor más generoso y desinteresado que puede existir en el mundo, El amor de una madre por su hijo, Un hijo que antes de nacer ya le había dado un regalo tan grande e importante para ella como es una segunda oportunidad, Lloraba, pero de felicidad... tendría a alguien a quien abrazar, a quien proteger por encima de todas las cosas, el trabajo sería menos duro, la jornada, la llegada a casa sería especial pues habría alguien que la necesitara y la reclamase, de entre todas las voces de desconocidos que la rodeaban, ahora oiría una voz familiar, sentiría una pequeña mano que se agarraría a la suya con una delicada fuerza, vería esa mano crecer, pero esas manos jamás se separarían, compartiría su rutina con él y él con ella y de esa rutina afianzaría una profunda relación, ¿ Cómo afrontar tal responsabilidad? ¿ Cómo tener la certeza de desempeñar ese cargo tan importante de forma adecuada? ¿ Qué reconocimiento laboral o cargo por sus estudios podían compararse con tal empeño? La sensación de tener que convertirse en un escudo protector la dominaba por las noches, incluso soñaba que ella era una fortaleza y su hijo dormía con los ojos entreabiertos y la boca como un pétalo de rosa, se unía a los cojines que acomodaban su tierno, frágil cuerpo, ella lo guardaba en su interior y cerraba todas las puertas.
Entendió que había conseguido lo que había perseguido toda su vida, había alcanzado la Inocencia, hermosa inocencia.
El tiempo pasó y los preparativos estaban listos, eran humildes, pero también sabía que le haría entender ¿qué es verdaderamente importante en la vida? Le daría los mejores consejos que la vida le había hecho entender muchas veces a las malas y una vez a las buenas. Le leería los libros que a ella le gustaba, le enseñaría sus aficiones y gustos que ya casi había olvidado que tenía.
Ahora, cuando era de noche y no podía dormir se vestía y salía a pasear, antes el invierno le hacía sentirse profundamente infeliz, pero hasta eso había cambiado, el frescor de la noche le parecía estimulante y sentía sus pulmones abiertos, no suspiraba sino que cogía bocanadas de aire que no la hacían sentir vacía sino plena, como si en sus brazos pudiera contener todo lo que ahora la hacía feliz y no pensar tanto en todo aquello que la había hecho sentirse desgraciada.

Fue durante uno de estos paseos que su hijo quiso conocer el mundo, dio a luz en el mismo hospital donde se hizo aquellas pruebas, Anna ya no recuerda el dolor del parto, ni siquiera recuerda cuanto duró, solo recuerda el momento que le entregaron a su hijo, le colocaron en su regazo y sus ojos se encontraron, le entregaron unos kilos y unas medidas de inocencia que tampoco recuerda, solo recuerda un instante que quiso hacer eterno y que el recuerdo le regalaría cada vez que necesitara, cuando algo fuera mal, cuando estuviera cansada... solo se acordaría de aquel momento, ni siquiera de lo que hubo antes de que supiera que estaba embarazada, recordaría ese cuerpo todavía enrojecido, regordete, estaba sonriendo desde hacía un buen rato y ella no había reparado en ello y aunque es imposible a ella le pareció reconocer en él una pequeña mueca. Algún día aprendería todos sus gestos y manías, los sabría interpretar porque no tendría ninguna otra labor más importante en su vida. Que seguir viva. Ahora todo tiene sentido.
Agustín Bravo
Comentario:
Muy bien !!! para cuando sacas el libro ???
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Muy bien !!! para cuando sacas el libro ???





