Ejercicios para practicar en solitario
El otro día me dio por recordar esas lecciones de colegio en las que el profesor nos decía: “el hombre es un ser sociable y necesita comunicarse por naturaleza”. Esta obviedad, por muy científica que parezca, yo no la comparto.
Y es que si realmente fuera así el hombre no habría inventado el juego del solitario, la siesta, la evasión, la lectura... es decir, todos esos ejercicios individuales que nos aislan de los demás.
Yo descubrí el otro día un ejercicio que no debe practicarse en compañía: ir a ver una película de las “de llorar” con personas con las que no tienes confianza.
La cosa es que fui al cine con algunas personas a ver una película muy triste, tristísima, (o al menos a mí, que lloré con Bambi, así me lo pareció).
Imaginaros la situación de estar en el cine con cuatro o cinco individuos absolutamente insensibles mientras la nariz te empieza a gotear y los ojos te flojean.
- ¿Estás llorando?- pregunta divertido el de al lado.
- No, es que estoy algo resfriada.
PEQUEÑAS GRANDES PELÍCULAS
Tuve la suerte de acudir hace unos días a una exhibición de cortos. Antes del visionado, una peculiar maestra de ceremonias de esas de pelo muy rubio, escote muy amplio y tontería muy profunda, llamó al escenario a los cuatro directores de las muestra que íbamos a ver.
En la presentación de estos, que se sucedió en la más depurada improvisación, uno de ellos tuvo el simpático detalle de hacer una foto al público para poder mostrarle a sus amigos que era posible llenar una sala de cine para un espectáculo como ese. Pero olvidó decir que todos estábamos allí con invitación, que ya conocéis todos mis teorías causa y efecto sobre gratuidad y aglomeraciones.
Las películas, todo hay que decirlo, estaban muy bien y eran muy originales, a pesar de que a mi acompañante no le gustaron... -simplemente porque no las entendió... -¿pero qué quería? Arnold Schwarzenegger no hace cortos y ya se sabe cuando se va a ver uno que no va a entenderse, ¡porque así lo ha organzado la industria del cine y punto!
Saqué un pañuelo de papel y disimuladamente me limpié las lágrimas... teniendo la seguridad de que ni mi abuela montaba la que yo estaba liando con el serial de las cuatro.
- ¿Te encuentras bien?
- Nada que se me habrá metido algo en el ojo, ¡me pica un montón!
MÁS VALE CAER EN GRACIA QUE SER GRACIOSO
Estuve también en la sala Galileo viendo el espectáculo de Faemino y Cansado. Y esto es todo lo que tengo que decir sobre esto.
¿Desilusionados?
Llamadme rara, aburrida, sin sentido del humor, o lo que queráis, porque no me importa, lo único que puedo decir es que jamás he asistido a un espectáculo tan absurdo y falto de gracia. Cierto es que en la oficina, tras un debate previo en el que se rememoraron algunos de sus sketchs, saqué en claro que era un humor más propio para hombres que para mujeres. Fíjate tú que yo creía que el humor era de las pocas cosas que se podían disfrutar en formato unisex...
A GRANDES PROBLEMAS, GRANDES SOLUCIONES
La película llegaba a su fin y, evidentemente, la cosa se ponía más triste, los diálogos se tornaban más sentidos y mi llorera aún más incontrolable. Pero ‘YO’ no podía permitir, de ninguna de las maneras, que se manifestara tan claramente esta debilidad mía que, por otra parte, era desconocida para los allí presentes.
Pensando en lo anterior tomé la determinación de ir preparándome para el final de la película aunque a la estúpida que aparecía en la pantalla no pararan de ocurrirle calamidades. Así, cuando la no menos estúpida que estaba sentada a mi lado, que además no dejaba de mirarme y de medir el grado y la frecuencia de mis hipos, me preguntó “¿pero te pasa algo?”, yo le contesté:
- Nada... ¡que me sudan los ojos!

Y es que si realmente fuera así el hombre no habría inventado el juego del solitario, la siesta, la evasión, la lectura... es decir, todos esos ejercicios individuales que nos aislan de los demás.
Yo descubrí el otro día un ejercicio que no debe practicarse en compañía: ir a ver una película de las “de llorar” con personas con las que no tienes confianza.
La cosa es que fui al cine con algunas personas a ver una película muy triste, tristísima, (o al menos a mí, que lloré con Bambi, así me lo pareció).
Imaginaros la situación de estar en el cine con cuatro o cinco individuos absolutamente insensibles mientras la nariz te empieza a gotear y los ojos te flojean.
- ¿Estás llorando?- pregunta divertido el de al lado.
- No, es que estoy algo resfriada.

PEQUEÑAS GRANDES PELÍCULAS
Tuve la suerte de acudir hace unos días a una exhibición de cortos. Antes del visionado, una peculiar maestra de ceremonias de esas de pelo muy rubio, escote muy amplio y tontería muy profunda, llamó al escenario a los cuatro directores de las muestra que íbamos a ver.
En la presentación de estos, que se sucedió en la más depurada improvisación, uno de ellos tuvo el simpático detalle de hacer una foto al público para poder mostrarle a sus amigos que era posible llenar una sala de cine para un espectáculo como ese. Pero olvidó decir que todos estábamos allí con invitación, que ya conocéis todos mis teorías causa y efecto sobre gratuidad y aglomeraciones.
Las películas, todo hay que decirlo, estaban muy bien y eran muy originales, a pesar de que a mi acompañante no le gustaron... -simplemente porque no las entendió... -¿pero qué quería? Arnold Schwarzenegger no hace cortos y ya se sabe cuando se va a ver uno que no va a entenderse, ¡porque así lo ha organzado la industria del cine y punto!

Saqué un pañuelo de papel y disimuladamente me limpié las lágrimas... teniendo la seguridad de que ni mi abuela montaba la que yo estaba liando con el serial de las cuatro.
- ¿Te encuentras bien?
- Nada que se me habrá metido algo en el ojo, ¡me pica un montón!
MÁS VALE CAER EN GRACIA QUE SER GRACIOSO
Estuve también en la sala Galileo viendo el espectáculo de Faemino y Cansado. Y esto es todo lo que tengo que decir sobre esto.
¿Desilusionados?
Llamadme rara, aburrida, sin sentido del humor, o lo que queráis, porque no me importa, lo único que puedo decir es que jamás he asistido a un espectáculo tan absurdo y falto de gracia. Cierto es que en la oficina, tras un debate previo en el que se rememoraron algunos de sus sketchs, saqué en claro que era un humor más propio para hombres que para mujeres. Fíjate tú que yo creía que el humor era de las pocas cosas que se podían disfrutar en formato unisex...
A GRANDES PROBLEMAS, GRANDES SOLUCIONES
La película llegaba a su fin y, evidentemente, la cosa se ponía más triste, los diálogos se tornaban más sentidos y mi llorera aún más incontrolable. Pero ‘YO’ no podía permitir, de ninguna de las maneras, que se manifestara tan claramente esta debilidad mía que, por otra parte, era desconocida para los allí presentes.
Pensando en lo anterior tomé la determinación de ir preparándome para el final de la película aunque a la estúpida que aparecía en la pantalla no pararan de ocurrirle calamidades. Así, cuando la no menos estúpida que estaba sentada a mi lado, que además no dejaba de mirarme y de medir el grado y la frecuencia de mis hipos, me preguntó “¿pero te pasa algo?”, yo le contesté:
- Nada... ¡que me sudan los ojos!





