BIKINIS BRASILEÑOS
Cuando con solidaridad y muy buena disposición acepté la encomienda de Patricia, no pensé que traer un arsenal de bikinis brasileños para venderlos en la oficina, me ocasionaría tantos problemas. El transporte desde casa no representó molestia alguna, excepto por las miradas sospechosas que, con razón y después del 11-M, ocasiona cualquier mochila que se precie, y las maromas que tuve que hacer con el paraguas, el bolso, el taper y la mercancía a mi espalda para pasar por la puertecilla tocaovarios de entrar y salir del transporte suburbano. Superada esta fase, el camino desde la boca del metro hasta la ídem del edificio sede y catedral capitalina de la multinacional para la que trabajo, requirió de mi habitual pericia excursionera que consiste en pisar charcos con salpicón incluido, tropezar, resbalar en cuestas y/o pendientes, y sortear sin éxito cualquier obstáculo que se atraviese en mi camino. Después de mi pedestre Paris-Dakar con tacones y toda la quincalla a cuestas, llegué al fin a recepción y a escasos metros del ascensor una figura masculina, enfundada en marrón -nunca más acertado color ha sido elegido por diseñador de ropa de vigilante alguno-, me pide la ficha. Pensé: Me cago en tu puta madre, pero dije:–si, un momento, déjeme buscarla-, porque como bien sabe el selecto y reducido grupo que lee mis post (desde aquí mis respetos para todos), soy recatada en mis expresiones verbales. Resignada y no menos cabreada, y con tiempo suficiente pues eran todavía menos diez, sujeté con una sola manopla el paraguas, la comida, y el asa del puñetero bolso, mientras con la otra hice el registro correspondiente y, como suele suceder en estos casos, el resultado de mi pesquisa fue nulo. Y digo:–Uis, pues no encuentro la ficha, seguro que se me olvidó en casa. Y dice: -Pos sin ficha no pasa naiden. Y digo: -Mire, entiendo perfectamente que es su primer día de trabajo en este edificio, que no me conoc.. Me interrumpe y gruñe: -Y además tía que llevas ahí en la espalda, a vé.. Y pienso: Pues un siseñor con las patas de alambre, el famoso abdominaser de la tele, y varios tomos empastados de todas las ediciones especiales del Hola, pero digo: -Nada, unos bañadores que me han prestado. Y dice: -Pos abre la mochila bonita, y vas sacando lo que llevas, que aquí no hay ejcanner. Y heme aquí, enmudecida por el asombro, en cuclillas porque no hay mostrador donde apoyarse, y sola ante el peligro, saca que te saca bolsitas con bikinis. El vigilia con un brillo cómplice en la mirada, se agacha para ayudarme –bonito gesto de su parte-, y tras nuestras espaldas –o por Detroit-, justo cuando estamos los dos agachados mirando a la Meca, y en pleno despliegue de tenderete, nos sorprende el Director General con un enérgico buenos días!.
Afortunadamente el suceso no ha trascendido pues seguimos conservando nuestros empleos. Manolo y yo cada día somos más colegas, de vez en cuando nos vamos de cañas y hasta he pensado en regalarle dos tangas que sobraron de la venta para que los luzca el día del Orgullo en Chueca.
Afortunadamente el suceso no ha trascendido pues seguimos conservando nuestros empleos. Manolo y yo cada día somos más colegas, de vez en cuando nos vamos de cañas y hasta he pensado en regalarle dos tangas que sobraron de la venta para que los luzca el día del Orgullo en Chueca.
COLORIN COLORADO
Pocas cosas hay tan agradables, aparte de las que nos hacemos mi novio y yo –que más que agradables son XXX, XXY, XXL, BD, S&M, M&M, JK, LMÑA, etc.-, que sentir como se rompe una media desde la cintura hasta el tobillo, particularmente cuando están bien prietas, en ese momento estás cruzando las piernas y la carrera pasa por el culete. Es como si un latiguillo minúsculo azotara casi imperceptiblemente la nalga entera, se deslizara por la cara posterior del muslo hacia la parte trasera de la rodilla para rendirse al final de la pantorrilla.
En este punto del post no se seguir escribiendo sobre las cosas que me dan placer, o serenarme, guardar mis instintos más básicos para desatarlos en privado y hablar de medias o de tiendas de medias o de la mercería de barrio que está a diez pasos de mi casa. Otra opción sería terminar este post ya para comprobar si la longitud de mis escritos es inversamente proporcional al número de comentarios. Supongo que la extensión del primer post de ayer habrá impresionado a cualquiera que se haya asomado al blog, y nadie habrá pasado del primer párrafo sin bostezar o dar un clic y cerrarlo.
Pienso en una tercera opción que sería hablar sobre una borrachera que pillé (con mucho gusto pues para eso precisamente suelo beber) recién llegada a Madrid en la que mi taxi pasó por el Triángulo de las Bermudas y tardé cinco horas desde que salí de un after en Atocha hasta que llegué o me despertó el taxista . O en otra en la que podría exponer mi particular teoría sobre la relación espacio-tiempo entre la depilación de ingles, una vez al año y en pleno verano, de la mayoría de mis compañeras de trabajo y sus fechas de parto –siempre alumbrando en abril o mayo-, o de lo popular que se han vuelto las tangas en este país en estos últimos tiempos y de lo difícil que era conseguirlas hace unos años -no tantos- cuando salté al revés el charco, o de lo que detesto las bodas, comuniones y bautizos, pero resulta que con esta última frase no necesito hacer elección alguna porque este post ya se ha acabado.
En este punto del post no se seguir escribiendo sobre las cosas que me dan placer, o serenarme, guardar mis instintos más básicos para desatarlos en privado y hablar de medias o de tiendas de medias o de la mercería de barrio que está a diez pasos de mi casa. Otra opción sería terminar este post ya para comprobar si la longitud de mis escritos es inversamente proporcional al número de comentarios. Supongo que la extensión del primer post de ayer habrá impresionado a cualquiera que se haya asomado al blog, y nadie habrá pasado del primer párrafo sin bostezar o dar un clic y cerrarlo.
Pienso en una tercera opción que sería hablar sobre una borrachera que pillé (con mucho gusto pues para eso precisamente suelo beber) recién llegada a Madrid en la que mi taxi pasó por el Triángulo de las Bermudas y tardé cinco horas desde que salí de un after en Atocha hasta que llegué o me despertó el taxista . O en otra en la que podría exponer mi particular teoría sobre la relación espacio-tiempo entre la depilación de ingles, una vez al año y en pleno verano, de la mayoría de mis compañeras de trabajo y sus fechas de parto –siempre alumbrando en abril o mayo-, o de lo popular que se han vuelto las tangas en este país en estos últimos tiempos y de lo difícil que era conseguirlas hace unos años -no tantos- cuando salté al revés el charco, o de lo que detesto las bodas, comuniones y bautizos, pero resulta que con esta última frase no necesito hacer elección alguna porque este post ya se ha acabado.
MALAS PULGAS
He tenido que ir al Banco, que como casi todo está a escasos cinco minutos a pie de mi casa (eso me pasa por vivir de alquiler, en una zona céntrico-nórtica de Madrid, y haber renunciado al típico pisito con visillos, lava-vajillas, minipimer, mueble incrustado para portar teles y mostrar vajillas y recuerdos en el salón o salita, en Sanchiguarro o afines). He madrugado algo menos pero me he quedado treinta minutos en la puerta ya que por las fiestas de San Isidro Ladrador han abierto a las nueve. Ha sido una media hora estupenda, en la que he podido comprobar que como siempre en las colas hay alguna Maruja, término que no tiene porque indicar ni sexo, ni edad, ni ocupación (líbrame amigo Satanás se me vaya a ofender alguien). La Maruja de la cola del banco de esta mañana, como todas las Marujas de cualquier cola, daba por suyo el escalón que estaba pisando más un área de aproximadamente metro y medio alrededor de su mismísimo epicentro -de ella-, por lo que era prácticamente imposible: a) Acceder al cajero interior y b) Asomarse y comprobar que efectivamente el banco estaba cerrado, sin tener que darle explicaciones o excusas, pues saltaba como una cobra en celo y cargada de veneno cada vez que algún incauto se acercaba a su terreno. También daba la hora cada cinco minutos, entre gruñidos y resoplidos, por lo que llegué a la conclusión que Maruja hoy se ha metido de desayuno, entre pecho y nalga, ese reloj de pared Taiwanés al más puro estilo cuco de la Selva Negra que se ganó con la última promoción del libretón morado.
Superada la bonita espera, gracias a mis gafas de sol Moschino -que por su tamaño disimulan entre otros ese gesto temprano de ganas de matar a alguien- y a la buena educación y maneras que me adornan, pude colarme sigilosamente pero sin disimulo y llegar de las primeras al mostrador para ipsofácticamente ser remitida a una de las mesitas de la derecha donde sería atendida personalmente por un gestor. Y así fue. La gestora en cuestión lucía una inusualmente amable y entreverada sonrisa (resto de entresijo-diente-resto de zarajo-diente-resto de gallineja-diente-...) y antes de darme tiempo a contestar su buenos días me plantó un clavel rojo en las narices supongo que por aquello de las fiestas. DNI en mano, articulé un mecánico buenos días y expliqué que después de haber confirmado por teléfono que había llegado el reemplazo de una de mis tarjetas anuladas hacía un par de semanas por hurto, solo quería recogerla. La gestora de la delatora sonrisa a paso l e n t o, m u y l e n t o, se dirigió al otro extremo de la oficina o sucursal y volvío con una caja que contenía sobres y separadores marcando las letras de la A a la Z (de Zarajo). Miró el DNI, murmuró entre diente y entresijo “a ver, por la eme de malaspulgas”, y empezó a revisar las cartas muy seria, muy profesional, una a una muy detenidamente y fijando la mirada, como si analizara la composición de las fibras del papel con la vista, empezando por las del separador marcado con la “A” y terminando por la “Z” sin que sus pesquisas tuvieran resultado alguno. Conteniendo el cabreo insistí en que siguiera buscando ya que ayer me habían confirmado por teléfono que la tarjeta había llegado. Me vuelve a preguntar el nombre, vuelve a murmurar “a ver, por la eme de malaspulgas” y otra vez a revisar desde la “A”. Perdí la paciencia y de un manotazo aparté el granado clavel y deslicé la alfabética caja hacía mi lado de la mesa. Busqué directamente por la eme de mecagoentupadre, y heme aquí el sobre con mi tarjeta, el primero de todos. Triunfante entregué el preciado tesoro a la gestora para que lo activara en el sistema y cuando observé su manera de abrir el sobre supe que además de que ella había suspendido las prácticas de Plastilina 1 en la escuela de gestores, yo iba a estar por lo menos otros cinco minutos más en el Banco. No podía ser. Por un momento recé con intensísimo fervor pagano para que se tratara de alguna broma tipo cámara oculta. Me imaginé saliendo en MTV, en Telemadrid o en el Canal 7, rodeada de paparazzis, camarógrafos y periodistas, en la entrega de los Oscars, en una peli de Almodóvar, que las cajeras del Dia me pedían autógrafos, que los taxistas me reconocían, que los amigos de los amigos de mis amigos eran contertulios en programas rosas, que mis exes (sobre los que prometo extenderme en otro post) hablaban de moi en las revistas, que me compraba un Mazdita MX5 de color verde oscuro y con asientos de cuero beige, que me ponía una 100 de pecho y me quitaba dos lorcitas, seguí imaginando e imaginando y la gestora sin poder abrir el puñetero sobre y enseñándome otra vez desde su inútil sonrisa los zarajos, las gallinejas y los entresijos. Correspondí su amable gesto quitándole el sobre de un manotazo y abriéndolo con arrebato. Firmé el acuse de recibo, me guardé la tarjeta y me levanté.
El nivel de bilis en sangre alcanzado por tan increíble hazaña sin duda me dará fuerzas para afrontar el resto del día con el brío y la mala ostia que me caracterizan, eso sí, sin perder la compostura.
Superada la bonita espera, gracias a mis gafas de sol Moschino -que por su tamaño disimulan entre otros ese gesto temprano de ganas de matar a alguien- y a la buena educación y maneras que me adornan, pude colarme sigilosamente pero sin disimulo y llegar de las primeras al mostrador para ipsofácticamente ser remitida a una de las mesitas de la derecha donde sería atendida personalmente por un gestor. Y así fue. La gestora en cuestión lucía una inusualmente amable y entreverada sonrisa (resto de entresijo-diente-resto de zarajo-diente-resto de gallineja-diente-...) y antes de darme tiempo a contestar su buenos días me plantó un clavel rojo en las narices supongo que por aquello de las fiestas. DNI en mano, articulé un mecánico buenos días y expliqué que después de haber confirmado por teléfono que había llegado el reemplazo de una de mis tarjetas anuladas hacía un par de semanas por hurto, solo quería recogerla. La gestora de la delatora sonrisa a paso l e n t o, m u y l e n t o, se dirigió al otro extremo de la oficina o sucursal y volvío con una caja que contenía sobres y separadores marcando las letras de la A a la Z (de Zarajo). Miró el DNI, murmuró entre diente y entresijo “a ver, por la eme de malaspulgas”, y empezó a revisar las cartas muy seria, muy profesional, una a una muy detenidamente y fijando la mirada, como si analizara la composición de las fibras del papel con la vista, empezando por las del separador marcado con la “A” y terminando por la “Z” sin que sus pesquisas tuvieran resultado alguno. Conteniendo el cabreo insistí en que siguiera buscando ya que ayer me habían confirmado por teléfono que la tarjeta había llegado. Me vuelve a preguntar el nombre, vuelve a murmurar “a ver, por la eme de malaspulgas” y otra vez a revisar desde la “A”. Perdí la paciencia y de un manotazo aparté el granado clavel y deslicé la alfabética caja hacía mi lado de la mesa. Busqué directamente por la eme de mecagoentupadre, y heme aquí el sobre con mi tarjeta, el primero de todos. Triunfante entregué el preciado tesoro a la gestora para que lo activara en el sistema y cuando observé su manera de abrir el sobre supe que además de que ella había suspendido las prácticas de Plastilina 1 en la escuela de gestores, yo iba a estar por lo menos otros cinco minutos más en el Banco. No podía ser. Por un momento recé con intensísimo fervor pagano para que se tratara de alguna broma tipo cámara oculta. Me imaginé saliendo en MTV, en Telemadrid o en el Canal 7, rodeada de paparazzis, camarógrafos y periodistas, en la entrega de los Oscars, en una peli de Almodóvar, que las cajeras del Dia me pedían autógrafos, que los taxistas me reconocían, que los amigos de los amigos de mis amigos eran contertulios en programas rosas, que mis exes (sobre los que prometo extenderme en otro post) hablaban de moi en las revistas, que me compraba un Mazdita MX5 de color verde oscuro y con asientos de cuero beige, que me ponía una 100 de pecho y me quitaba dos lorcitas, seguí imaginando e imaginando y la gestora sin poder abrir el puñetero sobre y enseñándome otra vez desde su inútil sonrisa los zarajos, las gallinejas y los entresijos. Correspondí su amable gesto quitándole el sobre de un manotazo y abriéndolo con arrebato. Firmé el acuse de recibo, me guardé la tarjeta y me levanté.
El nivel de bilis en sangre alcanzado por tan increíble hazaña sin duda me dará fuerzas para afrontar el resto del día con el brío y la mala ostia que me caracterizan, eso sí, sin perder la compostura.





