MALAS PULGAS
He tenido que ir al Banco, que como casi todo está a escasos cinco minutos a pie de mi casa (eso me pasa por vivir de alquiler, en una zona céntrico-nórtica de Madrid, y haber renunciado al típico pisito con visillos, lava-vajillas, minipimer, mueble incrustado para portar teles y mostrar vajillas y recuerdos en el salón o salita, en Sanchiguarro o afines). He madrugado algo menos pero me he quedado treinta minutos en la puerta ya que por las fiestas de San Isidro Ladrador han abierto a las nueve. Ha sido una media hora estupenda, en la que he podido comprobar que como siempre en las colas hay alguna Maruja, término que no tiene porque indicar ni sexo, ni edad, ni ocupación (líbrame amigo Satanás se me vaya a ofender alguien). La Maruja de la cola del banco de esta mañana, como todas las Marujas de cualquier cola, daba por suyo el escalón que estaba pisando más un área de aproximadamente metro y medio alrededor de su mismísimo epicentro -de ella-, por lo que era prácticamente imposible: a) Acceder al cajero interior y b) Asomarse y comprobar que efectivamente el banco estaba cerrado, sin tener que darle explicaciones o excusas, pues saltaba como una cobra en celo y cargada de veneno cada vez que algún incauto se acercaba a su terreno. También daba la hora cada cinco minutos, entre gruñidos y resoplidos, por lo que llegué a la conclusión que Maruja hoy se ha metido de desayuno, entre pecho y nalga, ese reloj de pared Taiwanés al más puro estilo cuco de la Selva Negra que se ganó con la última promoción del libretón morado.
Superada la bonita espera, gracias a mis gafas de sol Moschino -que por su tamaño disimulan entre otros ese gesto temprano de ganas de matar a alguien- y a la buena educación y maneras que me adornan, pude colarme sigilosamente pero sin disimulo y llegar de las primeras al mostrador para ipsofácticamente ser remitida a una de las mesitas de la derecha donde sería atendida personalmente por un gestor. Y así fue. La gestora en cuestión lucía una inusualmente amable y entreverada sonrisa (resto de entresijo-diente-resto de zarajo-diente-resto de gallineja-diente-...) y antes de darme tiempo a contestar su buenos días me plantó un clavel rojo en las narices supongo que por aquello de las fiestas. DNI en mano, articulé un mecánico buenos días y expliqué que después de haber confirmado por teléfono que había llegado el reemplazo de una de mis tarjetas anuladas hacía un par de semanas por hurto, solo quería recogerla. La gestora de la delatora sonrisa a paso l e n t o, m u y l e n t o, se dirigió al otro extremo de la oficina o sucursal y volvío con una caja que contenía sobres y separadores marcando las letras de la A a la Z (de Zarajo). Miró el DNI, murmuró entre diente y entresijo “a ver, por la eme de malaspulgas”, y empezó a revisar las cartas muy seria, muy profesional, una a una muy detenidamente y fijando la mirada, como si analizara la composición de las fibras del papel con la vista, empezando por las del separador marcado con la “A” y terminando por la “Z” sin que sus pesquisas tuvieran resultado alguno. Conteniendo el cabreo insistí en que siguiera buscando ya que ayer me habían confirmado por teléfono que la tarjeta había llegado. Me vuelve a preguntar el nombre, vuelve a murmurar “a ver, por la eme de malaspulgas” y otra vez a revisar desde la “A”. Perdí la paciencia y de un manotazo aparté el granado clavel y deslicé la alfabética caja hacía mi lado de la mesa. Busqué directamente por la eme de mecagoentupadre, y heme aquí el sobre con mi tarjeta, el primero de todos. Triunfante entregué el preciado tesoro a la gestora para que lo activara en el sistema y cuando observé su manera de abrir el sobre supe que además de que ella había suspendido las prácticas de Plastilina 1 en la escuela de gestores, yo iba a estar por lo menos otros cinco minutos más en el Banco. No podía ser. Por un momento recé con intensísimo fervor pagano para que se tratara de alguna broma tipo cámara oculta. Me imaginé saliendo en MTV, en Telemadrid o en el Canal 7, rodeada de paparazzis, camarógrafos y periodistas, en la entrega de los Oscars, en una peli de Almodóvar, que las cajeras del Dia me pedían autógrafos, que los taxistas me reconocían, que los amigos de los amigos de mis amigos eran contertulios en programas rosas, que mis exes (sobre los que prometo extenderme en otro post) hablaban de moi en las revistas, que me compraba un Mazdita MX5 de color verde oscuro y con asientos de cuero beige, que me ponía una 100 de pecho y me quitaba dos lorcitas, seguí imaginando e imaginando y la gestora sin poder abrir el puñetero sobre y enseñándome otra vez desde su inútil sonrisa los zarajos, las gallinejas y los entresijos. Correspondí su amable gesto quitándole el sobre de un manotazo y abriéndolo con arrebato. Firmé el acuse de recibo, me guardé la tarjeta y me levanté.
El nivel de bilis en sangre alcanzado por tan increíble hazaña sin duda me dará fuerzas para afrontar el resto del día con el brío y la mala ostia que me caracterizan, eso sí, sin perder la compostura.
Superada la bonita espera, gracias a mis gafas de sol Moschino -que por su tamaño disimulan entre otros ese gesto temprano de ganas de matar a alguien- y a la buena educación y maneras que me adornan, pude colarme sigilosamente pero sin disimulo y llegar de las primeras al mostrador para ipsofácticamente ser remitida a una de las mesitas de la derecha donde sería atendida personalmente por un gestor. Y así fue. La gestora en cuestión lucía una inusualmente amable y entreverada sonrisa (resto de entresijo-diente-resto de zarajo-diente-resto de gallineja-diente-...) y antes de darme tiempo a contestar su buenos días me plantó un clavel rojo en las narices supongo que por aquello de las fiestas. DNI en mano, articulé un mecánico buenos días y expliqué que después de haber confirmado por teléfono que había llegado el reemplazo de una de mis tarjetas anuladas hacía un par de semanas por hurto, solo quería recogerla. La gestora de la delatora sonrisa a paso l e n t o, m u y l e n t o, se dirigió al otro extremo de la oficina o sucursal y volvío con una caja que contenía sobres y separadores marcando las letras de la A a la Z (de Zarajo). Miró el DNI, murmuró entre diente y entresijo “a ver, por la eme de malaspulgas”, y empezó a revisar las cartas muy seria, muy profesional, una a una muy detenidamente y fijando la mirada, como si analizara la composición de las fibras del papel con la vista, empezando por las del separador marcado con la “A” y terminando por la “Z” sin que sus pesquisas tuvieran resultado alguno. Conteniendo el cabreo insistí en que siguiera buscando ya que ayer me habían confirmado por teléfono que la tarjeta había llegado. Me vuelve a preguntar el nombre, vuelve a murmurar “a ver, por la eme de malaspulgas” y otra vez a revisar desde la “A”. Perdí la paciencia y de un manotazo aparté el granado clavel y deslicé la alfabética caja hacía mi lado de la mesa. Busqué directamente por la eme de mecagoentupadre, y heme aquí el sobre con mi tarjeta, el primero de todos. Triunfante entregué el preciado tesoro a la gestora para que lo activara en el sistema y cuando observé su manera de abrir el sobre supe que además de que ella había suspendido las prácticas de Plastilina 1 en la escuela de gestores, yo iba a estar por lo menos otros cinco minutos más en el Banco. No podía ser. Por un momento recé con intensísimo fervor pagano para que se tratara de alguna broma tipo cámara oculta. Me imaginé saliendo en MTV, en Telemadrid o en el Canal 7, rodeada de paparazzis, camarógrafos y periodistas, en la entrega de los Oscars, en una peli de Almodóvar, que las cajeras del Dia me pedían autógrafos, que los taxistas me reconocían, que los amigos de los amigos de mis amigos eran contertulios en programas rosas, que mis exes (sobre los que prometo extenderme en otro post) hablaban de moi en las revistas, que me compraba un Mazdita MX5 de color verde oscuro y con asientos de cuero beige, que me ponía una 100 de pecho y me quitaba dos lorcitas, seguí imaginando e imaginando y la gestora sin poder abrir el puñetero sobre y enseñándome otra vez desde su inútil sonrisa los zarajos, las gallinejas y los entresijos. Correspondí su amable gesto quitándole el sobre de un manotazo y abriéndolo con arrebato. Firmé el acuse de recibo, me guardé la tarjeta y me levanté.
El nivel de bilis en sangre alcanzado por tan increíble hazaña sin duda me dará fuerzas para afrontar el resto del día con el brío y la mala ostia que me caracterizan, eso sí, sin perder la compostura.
Comentario:
Me encantan anécdotas como esa, de la vida cotidiana pero que a veces son las más absurdas y divertidas.
Gracias por el enlace, te enlazo también. Te doy un consejo, con permiso, podías cambiar el fondo negro porque me he quedado ciego al leer el post con letras blancas. Beijo.
Gracias por el enlace, te enlazo también. Te doy un consejo, con permiso, podías cambiar el fondo negro porque me he quedado ciego al leer el post con letras blancas. Beijo.
Comentario:
Me parece que usted y yo compartimos sucursal porque con semejantse especimenes he tenido que lidiar varias veces. El caso es que no me suena su cara. Ha dicho que se apellidaba?
Muy divertido el post
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