logotipo

img_google
Conociendo a caperucita
Acerca de
oven, noctámbula y liberal nos relata sin tabúes sus salidas y encuentros, que no son otros que los de su generación. Historias en primera persona del singular con las que identificarse de forma plural.
Archivos
Sindicación
 
Conociendo a Caperucita
afortunadamente, las navidades que cumplí 21 años tomé la decisión más importante de lo que se puede definir como mi transición particular a la vida adulta: dejé al novio que arrastraba desde mi más tierna infancia, y que había convertido mi existencia en una espiral de cenas en el McDonald’s y aburridas tardes de cine.

En ese momento descubrí que la vorágine que siempre me había parecido Madrid, a la hora en la que los niños se van a la cama, se trasforma en un curioso parque de atracciones para mayores, un universo paralelo con una idiosincrasia propia –gana quien más aguanta como regla número uno-, un lenguaje distinto –básicamente el del sexo, las palabras simples, y la agilidad mental para recordar todos los grupos musicales de la Historia- y unos protagonistas mucho más divertidos que los de por la mañana –con mucho más glamour, claro está-.

Pero lo mejor de todo, lo que he ido averiguando en estos cuatro años que me separan de la chica rellenita vestida de marrón de entonces, es que los nocturnos, como nos llama Chuck Palahniuk en su gran metáfora social ‘Rant’, somos menos y, por lo tanto, es más fácil alcanzar la cumbre: no hacer colas y entrar derechito a las zonas VIP.

A mis 25 aún no he conseguido ningún tipo de estabilidad. La laboral me inquieta sobremanera, en los últimos dos años he trabajado en todas las cosas que uno se puede imaginar: he corregido textos para editoriales, hecho de secretaria en bufetes de abogados, recepcionista y, una vez, fui temporalmente estilista. La licenciatura en Hispánicas es lo que tiene, que da mucho de sí.

En cuanto a la sentimental, digamos que se me dan mejor los asuntos que no impliquen ningún derivado de la palabra ‘sentimiento’. Las circunstancias me han arrastrado a convertirme en un putón verbenero, bocazas y exhibicionista. Vivo en un continuo semáforo en ámbar parpadeante, que viene a decirme “corre todo lo que puedas, pero, ¡cuidado!, a veces hay pasos de cebra, y puedes colisionar contra alguien”.

Todo esto se traduce en: dos amores de mi vida que se turnan para hacerme daño sin saberlo; una lista –espero que interminable- de amantes cretinos pero monísimos; un conocimiento exhaustivo de los antros más visitados de la ciudad; un ganadísimo sitio en las colas de los que no hacen cola –valga la redundancia-; una pequeña adicción al alcohol –controlada y reducida a los fines de semana-, y un puñado de anécdotas, cuando menos simpáticas, que hacen las delicias de las reuniones de amigos. ¿Orgullosa? No, pero divertida cantidad.
Etiquetas:   
No