Liberación
Hoy me he despertado muy temprano.
Hace poco el dr. C. me confesó que durante los primeros meses de mi enfermedad, valoró muchas veces el internarme, porque había peligro de que acabara con mi vida, conscientemente, o involuntariamente. Pero posiblemente arriesgó su carrera confiando en mí, aún sabiendo el delgado hilo que separaba el éxito del fracaso. Es curioso cómo alguien puede esperar algo de ti, cuando uno ha perdido toda la confianza en uno mismo.
Era muy temprano y todavía no había amanecido. Estaba bastante despabilado, cosa que no suele ser habitual en mi.
Subí a la azotea. Había un olor extraño, agradable. Fresco. No recordaba ese olor que a veces aparece justo al despuntar el día, en la ciudad.
Aunque las vistas desde mi azotea no son especialmente hermosas, mientras miraba el sol nacer pensé que hoy iba a ser un día bonito.
No pensé en nada más, tan sólo sentía la luz crecer poco a poco mientras escuchaba el canto de los primeros pájaros (ni idea de qué especie, la verdad)
Estuve un buen rato hasta que la altura del sol y el tráfico que ya veía por las calles me hizo pensar que era hora de ir a casa y prepararme para otro día.
Hoy era el día de la última pastilla. La última media pastilla, para ser exactos. La busqué, fui al baño a tomármela.
Estuve un rato mirándola, casi sorprendido de que por fín era la última, pese a que obviamente ya lo sabía de sobra.
Me sentí agradecido de que existiera, de que alguien hubiera inventado algo que ayudara a curar mi mal, en no sé qué parte del mundo.
Pensé que hace sólo 10 ó 15 años mi curación hubiera sido mucho más difícil.
Me sentía perplejo porque por un lado sentía el vértigo de encontrarme de golpe, sin ese apoyo, a la vez que por fin vivía la libertad de no necesitar esa pequeña pastillita para tirar de mí. Aunque hace tiempo que estoy bien, fui consciente por fin de estar curado.
Me despedí de mi vieja amiga, y me la tragué, con un sorbo de agua. Mientras pasaba por mi boca, mi esófago, hasta mi estómago, me sentí inmensamente agradecido.
A los amigos que me sacaban de la cama para ir a trabajar, que encubrían mis errores, que me llevaban a rastras a la calle un dia tras otro para que algo me hiciera distraerme y olvidar mi dolor. Que me cuidaban y me vigilaban. Mi familia que siguió confiando en mi a pesar de todo, aunque les fallara porque me necesitaban fuerte.
Las personas que se han esforzado en hurgar, rebuscar ,en encontrar lo bueno de mi y ayudarme a sacarlo fuera, en las que incluyo a quienes me habéis leído, escrito, o aún me leéis. El dr. C y el dr. L, que tanto se han implicado en buscar una respuesta a mis rompecabezas. Pronto contaré esas respuestas, y cómo me han ayudado. Quizá le sean útiles a alguien.
Creo que sólo no hubiera podido, o hubiera necesitado mucho tiempo para que llegara este día.
El encontrarme mejor físicamente, también tiene mucho que ver.
Mi pequeñín, que me llena de preguntas y que no me deja parar un minuto cuando estoy con él y que me ha infundido tanto amor. Esa es la diferencia que hace que el pasar por este mundo sea un cúmulo de experiencias, buenas y malas, o realmente vida de verdad. El amor que damos, y el que recibimos, sea de la forma que sea, es lo que al final nos salva.
No deja de parecerme extraño terminar mi tratamiento en este final de verano, que tan cerca está de ese otoño que suele disgustarme. Parece que mi curación ha sido oportuna, para que esté preparado, porque hay viento de tormenta. Se auguran tiempos difíciles en los que todos, directa o indirectamente, seremos tocados. Ojalá me equivoque.
Los problemas están resueltos, y las deudas que se podían pagar, pagadas.
Esta noche me voy a cenar a la Málaga de mi infancia, en buena compañía. Es hora de romper el cascarón y regresar también al mundo exterior.
Hace poco el dr. C. me confesó que durante los primeros meses de mi enfermedad, valoró muchas veces el internarme, porque había peligro de que acabara con mi vida, conscientemente, o involuntariamente. Pero posiblemente arriesgó su carrera confiando en mí, aún sabiendo el delgado hilo que separaba el éxito del fracaso. Es curioso cómo alguien puede esperar algo de ti, cuando uno ha perdido toda la confianza en uno mismo.
Era muy temprano y todavía no había amanecido. Estaba bastante despabilado, cosa que no suele ser habitual en mi.
Subí a la azotea. Había un olor extraño, agradable. Fresco. No recordaba ese olor que a veces aparece justo al despuntar el día, en la ciudad.
Aunque las vistas desde mi azotea no son especialmente hermosas, mientras miraba el sol nacer pensé que hoy iba a ser un día bonito.
No pensé en nada más, tan sólo sentía la luz crecer poco a poco mientras escuchaba el canto de los primeros pájaros (ni idea de qué especie, la verdad)
Estuve un buen rato hasta que la altura del sol y el tráfico que ya veía por las calles me hizo pensar que era hora de ir a casa y prepararme para otro día.
Hoy era el día de la última pastilla. La última media pastilla, para ser exactos. La busqué, fui al baño a tomármela.
Estuve un rato mirándola, casi sorprendido de que por fín era la última, pese a que obviamente ya lo sabía de sobra.
Me sentí agradecido de que existiera, de que alguien hubiera inventado algo que ayudara a curar mi mal, en no sé qué parte del mundo.
Pensé que hace sólo 10 ó 15 años mi curación hubiera sido mucho más difícil.
Me sentía perplejo porque por un lado sentía el vértigo de encontrarme de golpe, sin ese apoyo, a la vez que por fin vivía la libertad de no necesitar esa pequeña pastillita para tirar de mí. Aunque hace tiempo que estoy bien, fui consciente por fin de estar curado.
Me despedí de mi vieja amiga, y me la tragué, con un sorbo de agua. Mientras pasaba por mi boca, mi esófago, hasta mi estómago, me sentí inmensamente agradecido.
A los amigos que me sacaban de la cama para ir a trabajar, que encubrían mis errores, que me llevaban a rastras a la calle un dia tras otro para que algo me hiciera distraerme y olvidar mi dolor. Que me cuidaban y me vigilaban. Mi familia que siguió confiando en mi a pesar de todo, aunque les fallara porque me necesitaban fuerte.
Las personas que se han esforzado en hurgar, rebuscar ,en encontrar lo bueno de mi y ayudarme a sacarlo fuera, en las que incluyo a quienes me habéis leído, escrito, o aún me leéis. El dr. C y el dr. L, que tanto se han implicado en buscar una respuesta a mis rompecabezas. Pronto contaré esas respuestas, y cómo me han ayudado. Quizá le sean útiles a alguien.
Creo que sólo no hubiera podido, o hubiera necesitado mucho tiempo para que llegara este día.
El encontrarme mejor físicamente, también tiene mucho que ver.
Mi pequeñín, que me llena de preguntas y que no me deja parar un minuto cuando estoy con él y que me ha infundido tanto amor. Esa es la diferencia que hace que el pasar por este mundo sea un cúmulo de experiencias, buenas y malas, o realmente vida de verdad. El amor que damos, y el que recibimos, sea de la forma que sea, es lo que al final nos salva.
No deja de parecerme extraño terminar mi tratamiento en este final de verano, que tan cerca está de ese otoño que suele disgustarme. Parece que mi curación ha sido oportuna, para que esté preparado, porque hay viento de tormenta. Se auguran tiempos difíciles en los que todos, directa o indirectamente, seremos tocados. Ojalá me equivoque.
Los problemas están resueltos, y las deudas que se podían pagar, pagadas.
Esta noche me voy a cenar a la Málaga de mi infancia, en buena compañía. Es hora de romper el cascarón y regresar también al mundo exterior.