En la Calle
Solo le pido a Dios,
que la guerra no me sea indiferente
Mercedes Sosa
Aquella noche era fría y callada, y hacia un par de horas el ocaso había matado el día, para darle paso a una luna enorme, cuyo resplandor consumía la oscuridad. En mi aposento comí unos alimentos, luego de que mi amiga en el cielo hubiese iluminado el camino que me traía a casa. Aquella comida estaba un poco tibia, y se negaba a bajar por mi garganta. Luego de haber dejado aquel lánguido plato, que debió ser tomado cuando el ocaso apenas se preparaba a cometer su homicidio, decidí ir a visitar alguien que hace mucho no veía.
Entonces me vestí, y tome rumbo hacia mi nuevo destino. En el camino mis pasos eran lentos, y la jungla de cemento pasaba despacio por mis costados. Por un instante todo el camino se sentía en silencio, era esa clase de silencio que de escucharlo bien, esta gritando que un cuervo anda cerca.
Un estruendo enorme se escucho, y luego dos sujetos por poco abrieron el pavimento, cuando pasaron en un caballo de dos ruedas. Poco a poco los curiosos comenzaron a salir de sus casas, algunos corrían hacia el lugar de donde se escucho aquel trueno. Más que ir a prestar su mano, corrían para ver quien se desangraba en tirado en el pavimento.
Solo me quede allí estático, y poco a poco recupere el aliento para seguir mis pasos, pues poco me valía en ese instante aquel que había caído, solo vi a los que corrían. Aun no se a quien le importo menos aquel hombre, si a ellos que iban a ver como terminaban sus suspiros, o a mi que solo decidí seguir mi camino, como si el silencio nunca me hubiese gritado.
Ahora después de un tiempo, cuando esta historia al fin sale de mis recuerdos, y se plasma en este trozo de papel, me doy cuenta que aquellos que liberaron el cuervo, cuyo grito silenció el destino de aquel hombre, quedaron pequeños ante aquellos que guardamos silencio aquella noche.
que la guerra no me sea indiferente
Mercedes Sosa
Aquella noche era fría y callada, y hacia un par de horas el ocaso había matado el día, para darle paso a una luna enorme, cuyo resplandor consumía la oscuridad. En mi aposento comí unos alimentos, luego de que mi amiga en el cielo hubiese iluminado el camino que me traía a casa. Aquella comida estaba un poco tibia, y se negaba a bajar por mi garganta. Luego de haber dejado aquel lánguido plato, que debió ser tomado cuando el ocaso apenas se preparaba a cometer su homicidio, decidí ir a visitar alguien que hace mucho no veía.
Entonces me vestí, y tome rumbo hacia mi nuevo destino. En el camino mis pasos eran lentos, y la jungla de cemento pasaba despacio por mis costados. Por un instante todo el camino se sentía en silencio, era esa clase de silencio que de escucharlo bien, esta gritando que un cuervo anda cerca.
Un estruendo enorme se escucho, y luego dos sujetos por poco abrieron el pavimento, cuando pasaron en un caballo de dos ruedas. Poco a poco los curiosos comenzaron a salir de sus casas, algunos corrían hacia el lugar de donde se escucho aquel trueno. Más que ir a prestar su mano, corrían para ver quien se desangraba en tirado en el pavimento.
Solo me quede allí estático, y poco a poco recupere el aliento para seguir mis pasos, pues poco me valía en ese instante aquel que había caído, solo vi a los que corrían. Aun no se a quien le importo menos aquel hombre, si a ellos que iban a ver como terminaban sus suspiros, o a mi que solo decidí seguir mi camino, como si el silencio nunca me hubiese gritado.
Ahora después de un tiempo, cuando esta historia al fin sale de mis recuerdos, y se plasma en este trozo de papel, me doy cuenta que aquellos que liberaron el cuervo, cuyo grito silenció el destino de aquel hombre, quedaron pequeños ante aquellos que guardamos silencio aquella noche.
La Infancia en el Semaforo. (Reportaje)

Un tanque con agua, un trapo, bolsas de basura o unos cuantos dulces o chocolates para vender, hacen parte de los día a día de muchos jóvenes y niños del país. Ellos hacen parte de una de las problemáticas sociales más difíciles que afronta la nación, “El trabajo infantil”.
“Sin mas chiste y sin mas cuento, uno le vale cien dos le valen doscientos”, esa es la frase que repite Ramón Espinosa cada vez vende sus dulces en las rutas de Caldas Recreo que transitan por la avenida murillo de Barranquilla. Esta frase y algunos otros discursos para convencer a las personas de comprar su producto, le fueron enseñados a Ramón por su hermano mayor.
A sus diez años Ramón es el responsable de llevar dinero a su casa, y así poder ayudar a su madre y sus cuatro hermanos. Ramón cuenta que su madre acaba de conseguir empleo y que pronto no tendrá que trabajar. Así solo se dedicara a estudiar y a jugar fútbol, su deporte favorito. Ramón quiere ser algún día jugador del Júnior de Barranquilla.
“Si no hay mas trabajo pa trabajar, hay que limpiar vidrios” Afirma Jaime Antonio, un joven de 15 años que cada día trabaja en el semáforo de la calle Murillo con cra 41, justo enfrente del parque de los enamorados, no muy lejos de los lugares en los que se mueve Ramon. Jaime es el líder de su casa y vela por su madre y hermana. Una mirada aun inocente lo caracteriza, y en la calle junto al semáforo solo lo acompañan un balde de agua con un limpia brisas de mano.
Solo estudio hasta quinto de primaria y la dura situación económica por la que atravesaba su familia lo llevo a trabajar al semáforo desde hace año y medio. Cuenta que muchas personas le dan monedas cuando limpia el vidrio de su vehiculo, sin embargo hay algunas que han llegado hasta abrir la puerta del carro cuando el esta descuidado, para patear el balde del agua que deja en medio del bulevar.
Gana entre ocho a quince mil pesos en un día malo, y de veinticinco a treinta mil pesos si todo sale bien. Su madre solo se dedica a cuidar la casa y ella es la que recibe al final de cada día el fruto de su esfuerzo. Cuando Jaime habla de lo que le gustaría hacer si no trabajara en el semáforo toma un gran suspiro y habla de terminar los estudios como un gran sueño.
Jaime y Ramón hacen parte del más de un millón de menores que trabajan en el país, y son solo dos de los 246 millones de niños que trabajan alrededor del mundo. Estudios acerca el tema muestran que el trabajo infantil es a su vez una de las causas y consecuencia de la pobreza. Sin embargo aunque las deficiencias económicas sean una de las grandes causas por las cuales trabajan menores, la causa fundamental en los países donde existe más trabajo en menores, es que este sea aceptado culturalmente por sus habitantes.
Al momento de prestar ayuda a los niños que trabajan, existen posiciones encontradas entre los ciudadanos del comun. Por ejemplo Adolfo Cabrera, afirma “Depende de cómo se vea, si se ve como un drogadicto no le doy nada, pero si lo veo como una persona que necesita realmente, entonces le doy” .
Por su parte Jessica Jessurum, dice que no le da a ninguno pues generalmente son negocios de personas inescrupulosas que obligan a trabajar a los niños para su propio beneficio. Por ello solo ofrece comida.
“Los niños y trabajadores de los semáforos, no se sienten mendigos”, afirma Rafael Nito Montaño, artista plástico encargado del desarrollo cultural en los niños que se encuentran en la Fundación Niños del Semáforo de la ciudad de Barranquilla.
Rafael o Nito como es conocido artísticamente trabaja al lado de un grupo profesionales que buscan reinsertar a los niños trabajadores de los semáforos en unos esquemas de vida socialmente dignos. Nito cuenta que el niño de la calle tiene la tendencia a mentir, y que con sus argumentos pretenden explotar su desgracia.
Expertos en el tema afirman que a los niños trabajadores y diferentes personas de la calle no se les debe dar dinero, pues esto más que ayudar lo que hace es incrementar el problema.
En el ámbito local actualmente se encuentra en estudio por parte del distrito una propuesta echa por la fundación Niños del Semáforo, la cual consiste en la creación de bonos de ayudas sociales que puedan ser comprados por personas particulares. Y con ello los ciudadanos comunes puedan entregar una ayuda idónea a los niños y a las diferentes personas que trabajan en las calles.
“Si hay trabajo, entonces hay que trabajar”, es una de las frases que repite Jaime con aceptación a sus 15 años acerca la situación que vive, y como el lo acepta Ramón y todos los que de una u otra forma toleran esta realidad, sin mas chiste y sin mas cuento.
Periodico el Punto, Marzo 2006.
Esta fue mi primera publicacion para un medio escrito, y acaba de salir en el periodico universitario del lugar donde estudio. La foto que esta en este momento es provisional, pero en estos dias publicare una que corresponde realmente a los niños con los que se hizo la investigacion.





