DE VUELTA AL HOGAR...
Santander. Mediodía soleado y relativamente cálido. Después de la rasca que ya hace en Madrid, se agradece este repunte de buen tiempo, como una coda primaveral. El viaje hasta aquí fue agradable, aunque dice E que soy un pésimo copiloto: mucha mímica pero poco llamar a las cosas por su nombre (a saber, derecha, centro, izquierda. Ay, ese programa nunca visto de Barrio Sésamo). La salida de Madrid fue un despropósito. Más que Red de carreteras del Estado, parece una malla finísima en que todos los pezqueñines despistados terminamos atrapados. Una hora de reloj -se dice pronto- nos llevó enfilar por la Autovía del Norte, dirección Burgos. Lo demás, chupado, pocos coches en carretera, sol de a ratos (lluvia torrencial a la altura de Somosierra), un sueñecito del menda de media hora (malo, malísimo copiloto), música agradable, de vez en cuando conversación con E (que parecía Fernando Alonso en pleno rally, concentradísima con la mirada clavada al frente y, a medida que le cogía el tranquillo, gesto de "me gusta, me gusta mucho la velocidad"). Su historia con R ya es ídem. Se ha agobiado porque la otra iba muy rápido, un poco elefante en cacharrería. Y todos los que la conocemos, sabemos cuántos cacharritos guarda E en su tratienda. En fins, como diría ella.
Al llegar a Burgos, problemas técnicos con el coche, que al borde estuvo de ponerse en punto de ebullición. Para solucionarlo, hubo que desviarse de ruta y meterse por el entramado de calles que es el centro. Luego no sabíamos volver, E empeñada en que preguntase a alguien, yo empeñado en salir de allí sin preguntar -es algo atávico, pero me pone nerviosísimo acercarme a un desconocido, deben ser restos de cuando era pequeño y me avisaban de que todo extraño podía llevar un cargamento de caramelos con droga dentro... Salimos del atolladero sin ayuda de nadie, pero casi una hora después de la llegada a Burgos. Vale. Las Merindades, pasado el páramo de Masa, una gozada para los sentidos; lástima que ya anochecía y no pudiera verlo como otras veces. Quintanilla de Escalada, el pueblo en que me gustaría vivir cuando cumpla sesenta o así. Después, el Escudo y la entrada en Cantabria, verde que te quiero verde, Vega de Pas, Ontaneda, yo qué sé, pueblos y puebliños que me iban nublando los ojos de nostalgia. Si seré parvo. Entramos en Santander a las ocho y media, cuando ya era noche cerrada. Paramos un minuto en Los Riojanos, saludé a abuelito y a sus amigos, le presenté a E. Ella dice que le vio muy bien, pero yo no tanto. Claro que no le conoció hace un tiempo, cuando estaba realmente estupendo. Sigue demasiado gordo, y mientras charlábamos noté cómo se apoyaba, discretamente, sobre una silla. No pude evitar compararle con el abuelo de E, a quien conocí este verano en Asturias. Un hombre anciano pero aún ágil, con una mente despierta y joven. Qué tontería entrar en estas competiciones de abuelos.
Más tarde, con Andrés y A, hermano y cuñadísima de E. Y con sus amigos. Por primera vez en mucho tiempo, escuché el término fascista referido a gente viva. Me provocó mucha ternura ver a estos treintañeros que aún creen que pueden cambiar el mundo y, en la medida de sus posibilidades, lo hacen. Cenamos en el Río de la Pila, nos tajamos en el Bolero y por los garitos de la calle del Carmen. Vi a mis primas Paula y Anita. Al filo de las tres y media, puse el piloto automático y me fui a casa. Muy cansado. A puntito estuve de desviarme hasta el Dragón, pero me lo pensé dos veces y no lo hice. Cuánto me alegro esta mañana.
Me he levantado al mediodía, sin resaca. Cambios en la casa. La mesita de noche que había al lado de mi cama ha desaparecido; dentro de la bañera han puesto la silla baja que siempre estuvo en la cocina (donde se sentaba mi bisabuela cuando pelaba patatas), supongo que para que abuelito se bañe sin riesgo de caerse; el mueble donde se guardaban todos mis teleprogramas (los coleccioné durante doce años) ahora contiene discos de mi tío Charly, los tepés han ido a la basura. Cada vez me siento más un invitado incómodo, menos en mi casa.
Fiel a mi sentido absoluto de la oportunidad, me entero de que hoy por la tarde (qué ojo tienes, guapo) es el bautizo de la hija menor de mi hermana Eva. Hace una hora, cuando me despedía de mi abuelo para ir a dar una vuelta y tomarme este café, me preguntó si iría. Alma de cántaro.
-Vendrás esta tarde al bautizo de la niña, ¿no?
-Pero abuelito, si no estoy invitado...
Me miró como si no comprendiera (más bien, como si no quisiera comprender, a él le gustaría que todos nos lleváramos de puta madre y fuéramos la Familia Feliz y Unida que no somos).
-Eva no me invitó a la boda (por ser gay, iba a añadir, pero me contuve), no me invitó al bautizo de Isabel y no me ha invitado a éste. ¿Cómo quieres que vaya?
El día, muy santanderinamente, ha dado un giro de ciento ochenta grados, hacia nubosidad variable con riesgo de precipitaciones. Un nordeste frío sopla con ganas y la impresión de bonanza desaparece. El invierno, también aquí, asoma las orejas puntiagudas de lobo.
Leo "Los años", de Virginia Woolf. Y de nuevo me quito el sombrero ante la manera genial que tiene de mostrar el suave pasar del tiempo por sobre el ser humano... Unos pensamientos no del todo formulados, unas actitudes mínimas, un pálpito de amor o un arrebato de inquina. Todo suave, mínimo, dulce. Pero son estos segundos de emoción, de fastidio, de aburrimiento o de tristeza los que conforman los grandes hechos. Un día, una mujer mata a su madre inválida. Cuántas pequeñas cosas no condujeron, calladamente y durante años, al titular final a cuatro columnas, al punto de inflexión drástico e inesperado.
Al llegar a Burgos, problemas técnicos con el coche, que al borde estuvo de ponerse en punto de ebullición. Para solucionarlo, hubo que desviarse de ruta y meterse por el entramado de calles que es el centro. Luego no sabíamos volver, E empeñada en que preguntase a alguien, yo empeñado en salir de allí sin preguntar -es algo atávico, pero me pone nerviosísimo acercarme a un desconocido, deben ser restos de cuando era pequeño y me avisaban de que todo extraño podía llevar un cargamento de caramelos con droga dentro... Salimos del atolladero sin ayuda de nadie, pero casi una hora después de la llegada a Burgos. Vale. Las Merindades, pasado el páramo de Masa, una gozada para los sentidos; lástima que ya anochecía y no pudiera verlo como otras veces. Quintanilla de Escalada, el pueblo en que me gustaría vivir cuando cumpla sesenta o así. Después, el Escudo y la entrada en Cantabria, verde que te quiero verde, Vega de Pas, Ontaneda, yo qué sé, pueblos y puebliños que me iban nublando los ojos de nostalgia. Si seré parvo. Entramos en Santander a las ocho y media, cuando ya era noche cerrada. Paramos un minuto en Los Riojanos, saludé a abuelito y a sus amigos, le presenté a E. Ella dice que le vio muy bien, pero yo no tanto. Claro que no le conoció hace un tiempo, cuando estaba realmente estupendo. Sigue demasiado gordo, y mientras charlábamos noté cómo se apoyaba, discretamente, sobre una silla. No pude evitar compararle con el abuelo de E, a quien conocí este verano en Asturias. Un hombre anciano pero aún ágil, con una mente despierta y joven. Qué tontería entrar en estas competiciones de abuelos.
Más tarde, con Andrés y A, hermano y cuñadísima de E. Y con sus amigos. Por primera vez en mucho tiempo, escuché el término fascista referido a gente viva. Me provocó mucha ternura ver a estos treintañeros que aún creen que pueden cambiar el mundo y, en la medida de sus posibilidades, lo hacen. Cenamos en el Río de la Pila, nos tajamos en el Bolero y por los garitos de la calle del Carmen. Vi a mis primas Paula y Anita. Al filo de las tres y media, puse el piloto automático y me fui a casa. Muy cansado. A puntito estuve de desviarme hasta el Dragón, pero me lo pensé dos veces y no lo hice. Cuánto me alegro esta mañana.
Me he levantado al mediodía, sin resaca. Cambios en la casa. La mesita de noche que había al lado de mi cama ha desaparecido; dentro de la bañera han puesto la silla baja que siempre estuvo en la cocina (donde se sentaba mi bisabuela cuando pelaba patatas), supongo que para que abuelito se bañe sin riesgo de caerse; el mueble donde se guardaban todos mis teleprogramas (los coleccioné durante doce años) ahora contiene discos de mi tío Charly, los tepés han ido a la basura. Cada vez me siento más un invitado incómodo, menos en mi casa.
Fiel a mi sentido absoluto de la oportunidad, me entero de que hoy por la tarde (qué ojo tienes, guapo) es el bautizo de la hija menor de mi hermana Eva. Hace una hora, cuando me despedía de mi abuelo para ir a dar una vuelta y tomarme este café, me preguntó si iría. Alma de cántaro.
-Vendrás esta tarde al bautizo de la niña, ¿no?
-Pero abuelito, si no estoy invitado...
Me miró como si no comprendiera (más bien, como si no quisiera comprender, a él le gustaría que todos nos lleváramos de puta madre y fuéramos la Familia Feliz y Unida que no somos).
-Eva no me invitó a la boda (por ser gay, iba a añadir, pero me contuve), no me invitó al bautizo de Isabel y no me ha invitado a éste. ¿Cómo quieres que vaya?
El día, muy santanderinamente, ha dado un giro de ciento ochenta grados, hacia nubosidad variable con riesgo de precipitaciones. Un nordeste frío sopla con ganas y la impresión de bonanza desaparece. El invierno, también aquí, asoma las orejas puntiagudas de lobo.
Leo "Los años", de Virginia Woolf. Y de nuevo me quito el sombrero ante la manera genial que tiene de mostrar el suave pasar del tiempo por sobre el ser humano... Unos pensamientos no del todo formulados, unas actitudes mínimas, un pálpito de amor o un arrebato de inquina. Todo suave, mínimo, dulce. Pero son estos segundos de emoción, de fastidio, de aburrimiento o de tristeza los que conforman los grandes hechos. Un día, una mujer mata a su madre inválida. Cuántas pequeñas cosas no condujeron, calladamente y durante años, al titular final a cuatro columnas, al punto de inflexión drástico e inesperado.
RECORDANDO
Estampa plenamente otoñal. Hace frío y la gente se abriga por la calle. Cazadoras y jerséis, gorros de todos los tipos, alguna bufanda madrugadora. Al menos no llueve.
Hoy me levanté pasadas las diez, a tiempo para abrirle la puerta a M, que anoche se quedó a dormir en casa. Me había llamado por la tarde para que hiciéramos sesión de arqueología diarística. Bueno. Como estos días hace diez años que somos amigos -la primera vez que escribí sobre él, sin nombrarlo, fue el 15 de noviembre del 94, durante la acampada en la plaza de las Farolas de Santander, por lo del 0,7-, la idea era que yo le leyera el Diario de esa época, sin omitir detalle. Pura espeleología memorialista, ya digo.
Lo primero: supuso una vergüenza terrible por lo mal que yo escribía entonces, con un aire ampuloso y recargado que ahora me sube los colores. Lo segundo: qué de cosas completamente olvidadas, borradas, como si nunca hubieran sucedido. Una cena con mis padres en el Yerbabuena, por ejemplo. No la recuerdo, pero ni siquiera algún detalle, por pequeño que sea; y era la primera vez que nos veíamos los tres a solas, que nos encontrábamos para charlar desde que me fui de casa tres años y medio antes.
Leí y leí hasta llegar a junio de 1995. Ahí lo dejamos. A M se le cerraban los ojos; yo tenía la boca seca. Eran casi las seis de la madrugada. Estuvo bien la cosa. Rememoramos nuestra historia juntos, que es la mejor manera de recordar.
Hoy finaliza la semana de trabajo, pero también terminan hoy los meses currando en Pinar de Chamartín. Esta tarde cogeré el 150 por última vez, por última vez caminaré Caleruega abajo, por última vez entraré en el feo edificio de oficinas y pulsaré el botón del quinto piso en el ascensor. A partir de la semana que viene (para cuando regresemos del puente), trabajaremos en pleno centro, a unos minutos en metro de mi casa. Cómo lo voy a notar. Y qué ganas.
Hoy me levanté pasadas las diez, a tiempo para abrirle la puerta a M, que anoche se quedó a dormir en casa. Me había llamado por la tarde para que hiciéramos sesión de arqueología diarística. Bueno. Como estos días hace diez años que somos amigos -la primera vez que escribí sobre él, sin nombrarlo, fue el 15 de noviembre del 94, durante la acampada en la plaza de las Farolas de Santander, por lo del 0,7-, la idea era que yo le leyera el Diario de esa época, sin omitir detalle. Pura espeleología memorialista, ya digo.
Lo primero: supuso una vergüenza terrible por lo mal que yo escribía entonces, con un aire ampuloso y recargado que ahora me sube los colores. Lo segundo: qué de cosas completamente olvidadas, borradas, como si nunca hubieran sucedido. Una cena con mis padres en el Yerbabuena, por ejemplo. No la recuerdo, pero ni siquiera algún detalle, por pequeño que sea; y era la primera vez que nos veíamos los tres a solas, que nos encontrábamos para charlar desde que me fui de casa tres años y medio antes.
Leí y leí hasta llegar a junio de 1995. Ahí lo dejamos. A M se le cerraban los ojos; yo tenía la boca seca. Eran casi las seis de la madrugada. Estuvo bien la cosa. Rememoramos nuestra historia juntos, que es la mejor manera de recordar.
Hoy finaliza la semana de trabajo, pero también terminan hoy los meses currando en Pinar de Chamartín. Esta tarde cogeré el 150 por última vez, por última vez caminaré Caleruega abajo, por última vez entraré en el feo edificio de oficinas y pulsaré el botón del quinto piso en el ascensor. A partir de la semana que viene (para cuando regresemos del puente), trabajaremos en pleno centro, a unos minutos en metro de mi casa. Cómo lo voy a notar. Y qué ganas.
MAL TIEMPO
Llueve con ganas sobre la ciudad. Esta noche sacaré el edredón, que ya va siendo hora. En el Colby, hago tiempo hasta la hora de comer, me pido un café y leo. Poca gente y música suave. Veo a S&M, cuando entran empapados como pollos. Me dicen que dentro de dos sábados es la boda y que esperan verme allí.
–¿Irás a vernos, no? Aunque sea para reírte.
–No, mujer, para reírme no.
–El novio va a estar guapo, pero yo pienso ir espectacular.
Se les ve ilusionados y felices.
Dentro de dos días, a Santander. En coche con E, que va a visitar a su hermano (y a su cuñada...), aprovechando que sus padres estarán allí el sábado. Puede que M nos acompañe, aún no es seguro. Tengo ganas de ver a abuelito para comprobar que de verdad está bien. Acabo de llamar a su casa y, sorpresivamente, se ha puesto él al teléfono. Voz fuerte y segura. Buena señal.
Ana Botella, legionaria de Cristo, habla de manzanas y de peras a la hora de explicar lo que piensa del matrimonio gay... Uno a veces está tentado de pellizcarse, por si acaso todo es irreal, la vida un sueño y los sueños, ya se sabe. Entre otras lindezas, asegura que todos los derechos, que ya se nos reconocen (sic), le parecen muy bien, pero que lo que no puede ser, no puede ser. Me pregunto si esta señora es consciente de que yo, por ser gay, no disfruto de ninguno de esos derechos que ella dice que ya se nos reconocen... Desde luego, durante los ocho años de aznarismo no se hizo nada al respecto. A ver si se documenta un poco antes de soltar absurdidades.
–¿Irás a vernos, no? Aunque sea para reírte.
–No, mujer, para reírme no.
–El novio va a estar guapo, pero yo pienso ir espectacular.
Se les ve ilusionados y felices.
Dentro de dos días, a Santander. En coche con E, que va a visitar a su hermano (y a su cuñada...), aprovechando que sus padres estarán allí el sábado. Puede que M nos acompañe, aún no es seguro. Tengo ganas de ver a abuelito para comprobar que de verdad está bien. Acabo de llamar a su casa y, sorpresivamente, se ha puesto él al teléfono. Voz fuerte y segura. Buena señal.
Ana Botella, legionaria de Cristo, habla de manzanas y de peras a la hora de explicar lo que piensa del matrimonio gay... Uno a veces está tentado de pellizcarse, por si acaso todo es irreal, la vida un sueño y los sueños, ya se sabe. Entre otras lindezas, asegura que todos los derechos, que ya se nos reconocen (sic), le parecen muy bien, pero que lo que no puede ser, no puede ser. Me pregunto si esta señora es consciente de que yo, por ser gay, no disfruto de ninguno de esos derechos que ella dice que ya se nos reconocen... Desde luego, durante los ocho años de aznarismo no se hizo nada al respecto. A ver si se documenta un poco antes de soltar absurdidades.
VENZO A MI COBARDÍA
Después de una serie de desencuentros, cada vez más desagradables, hoy al mediodía hable con mi compañera de piso para aclarar términos y evitarme un ataque de ansiedad de los que hacen época. La gota que colmó el vaso –y de qué manera– fueron unos portazos a las tres de la mañana y cómo se comportó con E –que ante todo, por encima de novia, rollo o lo que sea de R, es mi amiga y mi invitada en casa, por lo tanto, intocable. Mucho me temo que en todo esto haya un componente claro de homofobia, que es el oleaje que mueve su barco, más las ideas que le susurra al oído el infame de Pedro. O más bien una lesbofobia aguda, porque conmigo nunca hubo ningún problema. Veremos. Si al final descubro que esto es así, yo no puedo vivir con alguien tan alejado de mis planteamientos y de mo forma de vida.
El caso es que puse las cartas sobre la mesa y le dije que no quiero tener a Pedro hasta en la sopa, que me pongo de mala hostia sólo con verle desparramado sobre el sofá. Primero se mosqueó, torció el gesto y dijo que bueno, que vale, que esta misma tarde cogería la tele y el vídeo (que son suyos) y se los llevaría a casa del pelanas, "porque yo no puedo estar sin televisión", para pasar más tiempo allí. Amenazas a mí. Contesté que me parecía estupendo, y que si el que se llevara las cosas significaba que se iba a ir del piso (no fuera malo...). Pero no, esta garrapata no se desprenderá tan fácilmente de mi lomo. Se queda en casa. Entonces cambió de actitud, dulcificó la mirada y suavizó el tono. Que están esperando a tener dinero y pintar y acondicionar la casa, sería cuestión de dos semanas como mucho y ya podrían hacer vida allí. Se las he concedido. Total, este finde me voy a Santander a ver a mi abuelo, que ya son dos meses y medio desde la última vez, y el siguiente está aquí Raymond (el mulato neoyorquino), que me va a ocupar todo el tiempo (je, je). Si todo se cumple según lo previsto, Pedro será historia a mediados de noviembre. Cruzo los dedos.
Por lo menos me atreví a encarar la situación y ya no me siento un duplicado de Gonzalo, de "7 vidas".
El caso es que puse las cartas sobre la mesa y le dije que no quiero tener a Pedro hasta en la sopa, que me pongo de mala hostia sólo con verle desparramado sobre el sofá. Primero se mosqueó, torció el gesto y dijo que bueno, que vale, que esta misma tarde cogería la tele y el vídeo (que son suyos) y se los llevaría a casa del pelanas, "porque yo no puedo estar sin televisión", para pasar más tiempo allí. Amenazas a mí. Contesté que me parecía estupendo, y que si el que se llevara las cosas significaba que se iba a ir del piso (no fuera malo...). Pero no, esta garrapata no se desprenderá tan fácilmente de mi lomo. Se queda en casa. Entonces cambió de actitud, dulcificó la mirada y suavizó el tono. Que están esperando a tener dinero y pintar y acondicionar la casa, sería cuestión de dos semanas como mucho y ya podrían hacer vida allí. Se las he concedido. Total, este finde me voy a Santander a ver a mi abuelo, que ya son dos meses y medio desde la última vez, y el siguiente está aquí Raymond (el mulato neoyorquino), que me va a ocupar todo el tiempo (je, je). Si todo se cumple según lo previsto, Pedro será historia a mediados de noviembre. Cruzo los dedos.
Por lo menos me atreví a encarar la situación y ya no me siento un duplicado de Gonzalo, de "7 vidas".
FAMILIADA
El viernes fui al pueblo de mis primos a pasar la noche y estar un poco en familia, que ya tocaba. Excepto una hora solitaria frente a un café en el bar de la plaza, la mañana del sábado, tuve familia a montones, para aburrir, dosis y dosis (mortales) de familia. Como para no volver en una buena temporada. El pueblo es un conjunto feo y desorganizado de casas, el paisaje de alrededor no es nada atractivo, toda la población está ubicada sobre una loma y las cuestas son la tónica dominante, así que caminar por sus calles en plan poeta romántico a la caza de un verso no es ningún placer. Me aburrí como una ostra.
B sigue como siempre, hundida en la mierda, aunque ahora está acompañada por T, que parece un buen hombre. Yo creo que la quiere, y a los 51 años, con la autoestima por los suelos y una separación traumática a sus espaldas, esto de encontrar alguien que quiera pasar tiempo con ella no es moco de pavo. Mi prima B vive en su mundo terrible, hecho de fracasos y de indecisiones, con todas las horas del día supeditadas a su hijo bandarra y drogadicto. Le quiere, es evidente, pero va siendo hora de que anteponga su felicidad al egoísmo profundo de un post adolescente que sólo piensa en comer, follar y meterse de todo por la nariz. Ya ni se sienta a la mesa con ellos, se pasa el día de juerga o trapicheando (si no robando), luego vuelve a casa, saluda con un gruñido y se mete en su cuarto. No hay solución a la vista. Y así lo toma ella, como un mal que llegó a su vida y que, muy posiblemente, le joderá los años que le quedan. Qué triste. Crónica de un desastre anunciado.
Y yo, qué desalmado. Escucho a B, le doy mi opinión, algún consejo y mi apoyo. Pero a las doce de la noche, subo a la habitación de R y me lo tiro.
Anoche estuve en una fiesta de la prima de Antón. El piso estaba en una última planta de un edificio que daba a la plaza General Vara del Rey. Rodeado en sus tres cuartas partes por una terraza inmensa, las vistas de la ciudad eran increíbles. Ya hace algo más de frío, claro, pero con la cazadora puesta y un porrito en la mano, se estaba de fábula. Vamos a ponernos en plan literato essstupendo (si Lucía Etxebarria puede...): la línea del horizonte era un sinuoso juego de luces, Madrid parecía un animal mitológico a nuestros pies, como dormido pero no tanto, entre amenazador y ronroneante.
Según llegué, me di de bruces con Santi P-N, ex novio de hace siete años, cuando ambos vivimos por unos meses en Bilbao. Hacía tiempo que no le veía –desde una de las manis del año pasado en contra de la guerra– y estuvimos charlando bastante rato. De repente cayó en la cuenta de que mucha de la gente que pululaba por la terraza eran amigos suyos a quienes me había presentado cuando me quedé unos días en su casa de Conde Duque, allá por diciembre del 97. Me los fue (re) presentando uno a uno, y todos decían acordarse de mí (yo, ni zorra, pero disimulé divinamente). Luego le llegó el turno a su novio, que mira tú por dónde también se acordaba del menda, y tal y como se comportó no dejó dudas al respecto. "Ese chico con el que hablas es mío", decía su mirada asesina. Y su sonrisa de conveniencia me avisó: "No te acerques más de la cuenta a él, que te araño". Le hice caso y Santi se perdió entre el gentío (la fiesta era multitudinaria).
Sobreviví a una pálida (esos porros...) que me tumbó durante media hora en una colchoneta que había a uno de los extremos de la terraza. Más tarde fue E la que sucumbió a la bebida y los canutos. Entre Espe y yo la llevamos hasta la colchoneta salvadora. Cuando estuvo mejor, salimos de allí, al filo de las seis y con hambre perruna –encontramos un obrador abierto y devoramos una ristra de churros– y todo el sueño del mundo. Hasta las dos y media de este domingo caluroso y primaveral, no he vuelto a ser persona. Sueño agitado y lleno de imágenes.
En el pueblo, cenamos B&T, su hija Azu y Emilio, el novio de ésta. Mi prima está que no caga con su "yerno" (como le llama desde que llevaban unos días juntos). Dice que es guapísimo. A mí, aparte de una altura considerable y unos ojos verdes impactantes, no me lo parece tanto. Cuando ya se fueron para su casa, B me miró y me dijo:
–Tienes que venir más por aquí, para que te cocine yo y engordes un poco, que estás muy delgado.
–Quita, quita. Estoy bien así.
–Necesitarías cinco o seis kilos más. Mira Emilio qué hermoso se está poniendo, con la cara redondita y esa doble papada que le está saliendo.
Y es cierto, vive dios, el chico está engordando a ojos vista. Cómo explicarle a B que, entre heteros, eso puede no importar una vez que el tío está ennoviado y su amorcito le guisa y le ceba a conciencia. Pero en el duro y competitivo mundo gay (musculocas, fashion victim y demás), una doble papadita es el fin de tus días como moneda en curso.
B sigue como siempre, hundida en la mierda, aunque ahora está acompañada por T, que parece un buen hombre. Yo creo que la quiere, y a los 51 años, con la autoestima por los suelos y una separación traumática a sus espaldas, esto de encontrar alguien que quiera pasar tiempo con ella no es moco de pavo. Mi prima B vive en su mundo terrible, hecho de fracasos y de indecisiones, con todas las horas del día supeditadas a su hijo bandarra y drogadicto. Le quiere, es evidente, pero va siendo hora de que anteponga su felicidad al egoísmo profundo de un post adolescente que sólo piensa en comer, follar y meterse de todo por la nariz. Ya ni se sienta a la mesa con ellos, se pasa el día de juerga o trapicheando (si no robando), luego vuelve a casa, saluda con un gruñido y se mete en su cuarto. No hay solución a la vista. Y así lo toma ella, como un mal que llegó a su vida y que, muy posiblemente, le joderá los años que le quedan. Qué triste. Crónica de un desastre anunciado.
Y yo, qué desalmado. Escucho a B, le doy mi opinión, algún consejo y mi apoyo. Pero a las doce de la noche, subo a la habitación de R y me lo tiro.
Anoche estuve en una fiesta de la prima de Antón. El piso estaba en una última planta de un edificio que daba a la plaza General Vara del Rey. Rodeado en sus tres cuartas partes por una terraza inmensa, las vistas de la ciudad eran increíbles. Ya hace algo más de frío, claro, pero con la cazadora puesta y un porrito en la mano, se estaba de fábula. Vamos a ponernos en plan literato essstupendo (si Lucía Etxebarria puede...): la línea del horizonte era un sinuoso juego de luces, Madrid parecía un animal mitológico a nuestros pies, como dormido pero no tanto, entre amenazador y ronroneante.
Según llegué, me di de bruces con Santi P-N, ex novio de hace siete años, cuando ambos vivimos por unos meses en Bilbao. Hacía tiempo que no le veía –desde una de las manis del año pasado en contra de la guerra– y estuvimos charlando bastante rato. De repente cayó en la cuenta de que mucha de la gente que pululaba por la terraza eran amigos suyos a quienes me había presentado cuando me quedé unos días en su casa de Conde Duque, allá por diciembre del 97. Me los fue (re) presentando uno a uno, y todos decían acordarse de mí (yo, ni zorra, pero disimulé divinamente). Luego le llegó el turno a su novio, que mira tú por dónde también se acordaba del menda, y tal y como se comportó no dejó dudas al respecto. "Ese chico con el que hablas es mío", decía su mirada asesina. Y su sonrisa de conveniencia me avisó: "No te acerques más de la cuenta a él, que te araño". Le hice caso y Santi se perdió entre el gentío (la fiesta era multitudinaria).
Sobreviví a una pálida (esos porros...) que me tumbó durante media hora en una colchoneta que había a uno de los extremos de la terraza. Más tarde fue E la que sucumbió a la bebida y los canutos. Entre Espe y yo la llevamos hasta la colchoneta salvadora. Cuando estuvo mejor, salimos de allí, al filo de las seis y con hambre perruna –encontramos un obrador abierto y devoramos una ristra de churros– y todo el sueño del mundo. Hasta las dos y media de este domingo caluroso y primaveral, no he vuelto a ser persona. Sueño agitado y lleno de imágenes.
En el pueblo, cenamos B&T, su hija Azu y Emilio, el novio de ésta. Mi prima está que no caga con su "yerno" (como le llama desde que llevaban unos días juntos). Dice que es guapísimo. A mí, aparte de una altura considerable y unos ojos verdes impactantes, no me lo parece tanto. Cuando ya se fueron para su casa, B me miró y me dijo:
–Tienes que venir más por aquí, para que te cocine yo y engordes un poco, que estás muy delgado.
–Quita, quita. Estoy bien así.
–Necesitarías cinco o seis kilos más. Mira Emilio qué hermoso se está poniendo, con la cara redondita y esa doble papada que le está saliendo.
Y es cierto, vive dios, el chico está engordando a ojos vista. Cómo explicarle a B que, entre heteros, eso puede no importar una vez que el tío está ennoviado y su amorcito le guisa y le ceba a conciencia. Pero en el duro y competitivo mundo gay (musculocas, fashion victim y demás), una doble papadita es el fin de tus días como moneda en curso.
OSSEA...
Ayer al mediodía, comida para la presentación de un catering. Quedé en Cuzco con Eva, de A&C, pero al final me tocó viajar en el coche con su jefa, A E, y dos periodistas, ambas ya maduritas, la una rubia, la otra morena. A E, que es hija de título, pijísima (con esa entonación ligeramente engolada, y exasperante, en el final de las frases), muy bien vestida, hablaba todo el rato, fiel a un papel autoimpuesto de relaciones públicas y mascarón de proa de su firma. La periodista rubia, una cuarentona impecablemente maquillada, perfectamente conjuntada, un poco rellenita, miraba con ojos sabios, como desde muy lejos, desde muy atrás. También ella engolaba la voz, pero su tono era más grave, menos cabriloca y saltarín que el de A E; si cerraba los ojos, era como estar escuchando a la tía Lourdes. A la morena la conocí en una comida hace meses. Otro pope del periodismo gastronómico, una señora bien entrada en los cincuenta, morenota y de grandes ojos azules, vestida de negro de los pies a la cabeza (pantalones y jersey, colgante azteca en el cuello) y con un cigarrillo permanentemente prendido de la boca. Su belleza asimétrica, el modo cinematográfico de llevarse el cigarro a los labios y luego, distraídamente, aplastarlo contra el cenicero, me recuerdan un tanto a la Bette Davis de "Eva al desnudo".
No bien entré en el coche, me puse en guardia. No estaba cómodo ni lo iba a estar en toda la comida, eso seguro. Viajamos hasta La Moraleja y allí entramos en los dominios de un chalé impresionante, espectacular, muy de las páginas de decoración de El País Semanal.
Éramos los primeros, y a las puertas nos esperaba un sonriente camarero para hacer los honores (un chico alto, delgadísimo, cabello castaño ondulado y ojos zarcos: deseé pasar el resto del día con él en la cocina). Enseguida se nos apareció –como una visión de las alturas– la dueña de la casa y propietaria de la empresa de catering en cuestión. N S, un maniquí menudo y delgado, toda vestida en tonos grises, un trasunto de Isabel Preysler. Cuando se movía lo hacía con la ligereza de una mariposa, pero con el reposo y el saber estar de un animal peligroso. El acento con que hablaba el castellano era señal de su educación cosmopolita –lleva trece años viviendo aquí, pero nació en los Estados Unidos, vivió allí (San Francisco), y en Argentina, y en España tres años siendo niña; su árbol genealógico es un compendio de razas y culturas, ella es la esencia mínima y exquisita de tanto cruce. Como entretanto, pasadas las presentaciones (mua, mua), había salido el sol (grandes exclamaciones de contento por parte de las cuatro), se decidió tomar el aperitivo con el cóctel en la terraza. Si la casa -con su decoración minimal, su chimenea, la librería bien surtida, los espacios enormes y desnudos, los grandes ventanales- impresionaba, la terraza y el jardín eran de ensueño. Con una piscina en forma de u –que rodeaba un tramo de la casa– y un jacuzzi más allá, el jardín era casi un bosque de dimensiones más que interesantes. contaba hasta con una caseta de jardinero/guardabosque en uno de los extremos de la finca.
Nos sentamos y principió la danza absurda de lo social. A E y N S hablaban del próximo viaje de la primera a Nueva York. N S sacó una agenda electrónica y le dio direcciones y teléfonos de los lugares más "in" a los que no podía dejar de acudir. Mientras tanto, Bette Davis fumaba y charlaba con la rubia. Yo quería que la tierra me tragara, volverme invisible. Aparentemente atento a ambas conversaciones, en realidad era demasiado consciente de mi vestir desaliñado (vaqueros, deportivas, camiseta raída y barba de dos días) frente a tanto boato, tanta cursilería, tanto encanto. Y no sabía cómo sentarme, si de este lado, si del otro, si doblando las piernas o manteniendo las rodillas algo separadas. Un suplicio. En ocasiones, N S, con su aire principesco de las Mil y una noches (no en vano, su abuelo fue libanés), posaba su mirada en mí y sonreía mecánicamente, graciosamente, profesionalmente. Yo trataba de luchar (pero era imposible) contra la repentina mudez que, entre tan poquita gente, se iba a notar demasiado. La periodista rubia se volteó hacia mí.
–¿Estuviste el año pasado en Madrid Fusión?
(Dios, ¿Madrid Fusión? Qué coño era eso, no recordaba, piensa, piensa, idiota).
–No... ¿qué tal estuvo?
–Bien–. Pero frunció las cejas en un gesto de desagrado, como si ésa no fuera la respuesta adecuada. ¿Qué debía haber dicho? Sensación de vergüenza infinita.
Luego llegaron el resto de comensales. En el bullicio alegre que se formó con las presentaciones, me relajé un poco. Estaban una chica americana, rubita y pavisosa, ojillos simpáticos tras unas gafas de pasta, acento yanqui muy fuerte, de no sé qué revista en inglés. También la mano derecha -y servil- de N S, que me dijo que se apellidaba igual que yo.
-Me apellido igual que tú.
-¿Ah, sí?
-Fíjate, sois tocayos de apellido-, terció la periodista rubia con su voz de generala.
Y risas. Risas falsísimas. Las suyas porque tocaban y punto. Las mías porque me regalaban unos segundos de tranquilidad hasta la siguiente prueba.
También estaba Eva, eclipsada ante la presencia arrolladora de su señorita, A E. Y poco más tarde aparecieron los presentadores de un programa de televisión, dos hombres y dos mujeres.
-Es que venimos directamente del plató, de rodar el programa de esta noche. Mirad, ellos no, pero nosotras aún llevamos el maquillaje puesto-, explicó T C, rostro inconfundible de los telediarios durante años. Grande y caballuna, con un aire resuelto de periodista todoterreno que hace entrevistas muy humanas, había entrado en escena presentándose en voz alta y besando a todo quisqui. Siguiendo su estela, los otros tres. Una rubia de pelo rizado y gesto travieso, rollo "me he colado en la fiesta y lo voy a pasar en grande"; más los dos chicos (por fin, no era el único), uno muy callado que apenas dijo nada, y otro que parecía ser el graciosillo del grupo, haciendo estúpidos juegos de palabras que fueron recibidos, sistemáticamente, con una sonrisa helada y mucho silencio por todos los presentes.
Segundo round. Pasamos a la mesa. A E se sienta a mi derecha, la periodista rubia, a mi izquierda. Frente a mí, Bette Davis (fastidiada con la cultura de lo políticamente correcto porque no va a poder fumar hasta que nos levantemos) y T C, que es una belleza a lo Letizia hasta que se pone de perfil y muestra una nariz de grulla que la afea muchísimo.
A E capitalizó buena parte de la conversación. Se habló de todo. Cáncer de mama (es bueno dar de mamar para no desarrollarlo/no es bueno; es bueno comer brócoli para no tenerlo/da lo mismo; si tienes muchas posibilidades de sufrirlo, mejor que te vacíen y te implanten unas siliconas), tipos diferentes de sales, con predominio de las francesas, las colas interminables que se forman en los aeropuertos a la hora de alquilar un coche, la vivienda en Madrid.
A E: -Estoy buscando casa. Es que me he separado y mi marido se quiere quedar con la que tenemos, como la construyó él...
T C: -Qué casualidad, en mi urbanización hay un chalé en venta.
A E: -¿Pero tiene terreno y piscina? Porque con los niños (tiene dos, de cuatro y dos años) necesito espacio para que se explayen.
T C: -Sí, sí. Y está muy bien. En el centro de Madrid. Es como un oasis de tranquilidad, lo dice todo el mundo que me visita. La colonia de la Fuente del Berro.
A E: -¿Y tiene barrio?
T C: -Todo. Lo tiene todo a mano. Supermercado, tiendas, estanco.
Bette Davis: -Eso es muy importante, guapa. Quedarse sin tabaco y tener que coger el coche para ir a buscar un paquete es terrible... (Lanza una mirada desesperada a su bolso, donde los cigarrillos susurran cantos de sirena).
Todos de acuerdísimo. Vivir a las afueras sin duda tiene sus ventajas. Pero la esclavitud del coche.
-¿Y el precio?-, preguntó A E.
-Son 175 millones, creo-, contestó la antigua estrella de los informativos con la misma entonación con que diera, durante años, los resultados de la Primitiva.
-Pues no es nada caro. Y ni se inmutó la buena de A E, dueña de agencia de comunicación, mujer de su tiempo recién liberada del yugo del marido. Hubo un silencio en la mesa, no sé si por el órdago financiero que había soltado A E o por simple cambio de tercio.
-¿Tú dónde vives?-, inquiere la periodista rubia desde mi izquierda.
-En Tribunal. Me gustan el centro y el movimiento de gente.
(Cómo explicarle que vivo de alquiler y comparto piso...)
-Yo siempre viví en Moncloa, pero hace 16 años me trasladé a una urbanización y desde entonces me siento aislada del mundo. Creo que me mudaré otra vez a Moncloa, que es mi barrio de toda la vida.
-Claro, dónde va a parar.
Primer plato. Segundo plato. Postre. Todo riquísimo, hay que decirlo. El chistoso hacía menos chistes, T C aún competía con A E en ver quién ocupaba el centro de atención. N S era una cosita pequeña vestida de Chanel que lo vigilaba todo, que a un mínimo gesto hacía que los camareros se acercaran solícitos, añadieran platos, retiraran cubiertos, llenaran copas. Se pasó al tema de los hijos, y la segunda de a borde de T C le preguntó a N S:
-¿Cuántos hijos tienes, N?
-Tengo tres. De siete, cinco y tres años.
-Uy, muy seguidos los tres, ¿no?
-Bueno, es que o los tienes así de seguidos o te da pereza tenerlos.
Para cuando llegué de nuevo al coche, que me devolvería en unos minutos al Madrid real, de a pie, estaba cansadísimo. Volvimos los mismos. A la salida de La Moraleja, surgió un último debate: si la necesidad, el no tenerlo todo en la vida, hace que la gente se espabile y curre más y mejor. A E afirmaba que sí. La periodista rubia decía que no. Bette Davis y yo no nos pronunciamos. La última perla, de la periodista rubia:
-Yo estudié en la Complutense porque no quise estudiar en el CEU... Cuando estaba en 3º, hice unas prácticas en Diario 16 y me pagaron 40.000 pesetas por ellas. Un compañero de clase (que vivía en un barrio de esos de la periferia, Vallecas o por ahí, hijo de un camionero, vamos, de clase baja baja) me soltó que por ese dinero él no se hubiera movido de casa. Fijaos cómo son las clases trabajadoras.
No bien entré en el coche, me puse en guardia. No estaba cómodo ni lo iba a estar en toda la comida, eso seguro. Viajamos hasta La Moraleja y allí entramos en los dominios de un chalé impresionante, espectacular, muy de las páginas de decoración de El País Semanal.
Éramos los primeros, y a las puertas nos esperaba un sonriente camarero para hacer los honores (un chico alto, delgadísimo, cabello castaño ondulado y ojos zarcos: deseé pasar el resto del día con él en la cocina). Enseguida se nos apareció –como una visión de las alturas– la dueña de la casa y propietaria de la empresa de catering en cuestión. N S, un maniquí menudo y delgado, toda vestida en tonos grises, un trasunto de Isabel Preysler. Cuando se movía lo hacía con la ligereza de una mariposa, pero con el reposo y el saber estar de un animal peligroso. El acento con que hablaba el castellano era señal de su educación cosmopolita –lleva trece años viviendo aquí, pero nació en los Estados Unidos, vivió allí (San Francisco), y en Argentina, y en España tres años siendo niña; su árbol genealógico es un compendio de razas y culturas, ella es la esencia mínima y exquisita de tanto cruce. Como entretanto, pasadas las presentaciones (mua, mua), había salido el sol (grandes exclamaciones de contento por parte de las cuatro), se decidió tomar el aperitivo con el cóctel en la terraza. Si la casa -con su decoración minimal, su chimenea, la librería bien surtida, los espacios enormes y desnudos, los grandes ventanales- impresionaba, la terraza y el jardín eran de ensueño. Con una piscina en forma de u –que rodeaba un tramo de la casa– y un jacuzzi más allá, el jardín era casi un bosque de dimensiones más que interesantes. contaba hasta con una caseta de jardinero/guardabosque en uno de los extremos de la finca.
Nos sentamos y principió la danza absurda de lo social. A E y N S hablaban del próximo viaje de la primera a Nueva York. N S sacó una agenda electrónica y le dio direcciones y teléfonos de los lugares más "in" a los que no podía dejar de acudir. Mientras tanto, Bette Davis fumaba y charlaba con la rubia. Yo quería que la tierra me tragara, volverme invisible. Aparentemente atento a ambas conversaciones, en realidad era demasiado consciente de mi vestir desaliñado (vaqueros, deportivas, camiseta raída y barba de dos días) frente a tanto boato, tanta cursilería, tanto encanto. Y no sabía cómo sentarme, si de este lado, si del otro, si doblando las piernas o manteniendo las rodillas algo separadas. Un suplicio. En ocasiones, N S, con su aire principesco de las Mil y una noches (no en vano, su abuelo fue libanés), posaba su mirada en mí y sonreía mecánicamente, graciosamente, profesionalmente. Yo trataba de luchar (pero era imposible) contra la repentina mudez que, entre tan poquita gente, se iba a notar demasiado. La periodista rubia se volteó hacia mí.
–¿Estuviste el año pasado en Madrid Fusión?
(Dios, ¿Madrid Fusión? Qué coño era eso, no recordaba, piensa, piensa, idiota).
–No... ¿qué tal estuvo?
–Bien–. Pero frunció las cejas en un gesto de desagrado, como si ésa no fuera la respuesta adecuada. ¿Qué debía haber dicho? Sensación de vergüenza infinita.
Luego llegaron el resto de comensales. En el bullicio alegre que se formó con las presentaciones, me relajé un poco. Estaban una chica americana, rubita y pavisosa, ojillos simpáticos tras unas gafas de pasta, acento yanqui muy fuerte, de no sé qué revista en inglés. También la mano derecha -y servil- de N S, que me dijo que se apellidaba igual que yo.
-Me apellido igual que tú.
-¿Ah, sí?
-Fíjate, sois tocayos de apellido-, terció la periodista rubia con su voz de generala.
Y risas. Risas falsísimas. Las suyas porque tocaban y punto. Las mías porque me regalaban unos segundos de tranquilidad hasta la siguiente prueba.
También estaba Eva, eclipsada ante la presencia arrolladora de su señorita, A E. Y poco más tarde aparecieron los presentadores de un programa de televisión, dos hombres y dos mujeres.
-Es que venimos directamente del plató, de rodar el programa de esta noche. Mirad, ellos no, pero nosotras aún llevamos el maquillaje puesto-, explicó T C, rostro inconfundible de los telediarios durante años. Grande y caballuna, con un aire resuelto de periodista todoterreno que hace entrevistas muy humanas, había entrado en escena presentándose en voz alta y besando a todo quisqui. Siguiendo su estela, los otros tres. Una rubia de pelo rizado y gesto travieso, rollo "me he colado en la fiesta y lo voy a pasar en grande"; más los dos chicos (por fin, no era el único), uno muy callado que apenas dijo nada, y otro que parecía ser el graciosillo del grupo, haciendo estúpidos juegos de palabras que fueron recibidos, sistemáticamente, con una sonrisa helada y mucho silencio por todos los presentes.
Segundo round. Pasamos a la mesa. A E se sienta a mi derecha, la periodista rubia, a mi izquierda. Frente a mí, Bette Davis (fastidiada con la cultura de lo políticamente correcto porque no va a poder fumar hasta que nos levantemos) y T C, que es una belleza a lo Letizia hasta que se pone de perfil y muestra una nariz de grulla que la afea muchísimo.
A E capitalizó buena parte de la conversación. Se habló de todo. Cáncer de mama (es bueno dar de mamar para no desarrollarlo/no es bueno; es bueno comer brócoli para no tenerlo/da lo mismo; si tienes muchas posibilidades de sufrirlo, mejor que te vacíen y te implanten unas siliconas), tipos diferentes de sales, con predominio de las francesas, las colas interminables que se forman en los aeropuertos a la hora de alquilar un coche, la vivienda en Madrid.
A E: -Estoy buscando casa. Es que me he separado y mi marido se quiere quedar con la que tenemos, como la construyó él...
T C: -Qué casualidad, en mi urbanización hay un chalé en venta.
A E: -¿Pero tiene terreno y piscina? Porque con los niños (tiene dos, de cuatro y dos años) necesito espacio para que se explayen.
T C: -Sí, sí. Y está muy bien. En el centro de Madrid. Es como un oasis de tranquilidad, lo dice todo el mundo que me visita. La colonia de la Fuente del Berro.
A E: -¿Y tiene barrio?
T C: -Todo. Lo tiene todo a mano. Supermercado, tiendas, estanco.
Bette Davis: -Eso es muy importante, guapa. Quedarse sin tabaco y tener que coger el coche para ir a buscar un paquete es terrible... (Lanza una mirada desesperada a su bolso, donde los cigarrillos susurran cantos de sirena).
Todos de acuerdísimo. Vivir a las afueras sin duda tiene sus ventajas. Pero la esclavitud del coche.
-¿Y el precio?-, preguntó A E.
-Son 175 millones, creo-, contestó la antigua estrella de los informativos con la misma entonación con que diera, durante años, los resultados de la Primitiva.
-Pues no es nada caro. Y ni se inmutó la buena de A E, dueña de agencia de comunicación, mujer de su tiempo recién liberada del yugo del marido. Hubo un silencio en la mesa, no sé si por el órdago financiero que había soltado A E o por simple cambio de tercio.
-¿Tú dónde vives?-, inquiere la periodista rubia desde mi izquierda.
-En Tribunal. Me gustan el centro y el movimiento de gente.
(Cómo explicarle que vivo de alquiler y comparto piso...)
-Yo siempre viví en Moncloa, pero hace 16 años me trasladé a una urbanización y desde entonces me siento aislada del mundo. Creo que me mudaré otra vez a Moncloa, que es mi barrio de toda la vida.
-Claro, dónde va a parar.
Primer plato. Segundo plato. Postre. Todo riquísimo, hay que decirlo. El chistoso hacía menos chistes, T C aún competía con A E en ver quién ocupaba el centro de atención. N S era una cosita pequeña vestida de Chanel que lo vigilaba todo, que a un mínimo gesto hacía que los camareros se acercaran solícitos, añadieran platos, retiraran cubiertos, llenaran copas. Se pasó al tema de los hijos, y la segunda de a borde de T C le preguntó a N S:
-¿Cuántos hijos tienes, N?
-Tengo tres. De siete, cinco y tres años.
-Uy, muy seguidos los tres, ¿no?
-Bueno, es que o los tienes así de seguidos o te da pereza tenerlos.
Para cuando llegué de nuevo al coche, que me devolvería en unos minutos al Madrid real, de a pie, estaba cansadísimo. Volvimos los mismos. A la salida de La Moraleja, surgió un último debate: si la necesidad, el no tenerlo todo en la vida, hace que la gente se espabile y curre más y mejor. A E afirmaba que sí. La periodista rubia decía que no. Bette Davis y yo no nos pronunciamos. La última perla, de la periodista rubia:
-Yo estudié en la Complutense porque no quise estudiar en el CEU... Cuando estaba en 3º, hice unas prácticas en Diario 16 y me pagaron 40.000 pesetas por ellas. Un compañero de clase (que vivía en un barrio de esos de la periferia, Vallecas o por ahí, hijo de un camionero, vamos, de clase baja baja) me soltó que por ese dinero él no se hubiera movido de casa. Fijaos cómo son las clases trabajadoras.
ALCOHOLISMO
Con los hilos de la noche (y del mundo) enmarañando mi cabeza, pongo a las pocas neuronas que me quedan en funcionamiento. Atención, firmes, arrr... y paso lista, para ver cuántas murieron en la farra de anoche. Vaya, vaya, no son pocas. Pero no importa, está bien. Todavía quedan para dar y tomar. Rompan filas.
En el Colby, leo a (y me identifico con) John Cheever. Voy por los apuntes de los años sesenta, y el hombre ya es un alcohólico en toda regla, se bebe todo lo que pilla, sufre síndrome de abstinencia si no lo hace, grita a su mujer y a sus hijos, es tremendamente infeliz con su homosexualidad no resuelta. Etcétera. Ayer, en el Angie (cómo no), frente a M, E&R, me preguntaba en voz alta si yo podría terminar alcoholizado. Creo que no. Es cierto que bebo de una forma habitual y más que compulsiva -en realidad, ahora que lo pienso, soy compulsivo en todo-, pero jamás lo hago estando solo, ni fuera de las salidas nocturnas que alegran mi existencia. Beber, pues, no es un problema ni una necesidad, no me tiemblan las manos cuando me llevo el vaso a los labios, no tartamudeo desesperado por una copa. Pero habrá que estar ojo a vizor, no se me vaya la pinza. A veces repaso este diario y me pregunto qué pensará quien me lea y no me conozca. Un tipo que bebe más de la cuenta, folla lo justo y necesario (lo que le dejan), ambivalente en sus emociones, con frecuentes periodos de tristeza intercalados de euforias absurdas. ¿Soy yo ése? Soy ese personaje y muchos más. El niño que enterré hace tiempo también vive en mí y, de cuando en cuando, hace de las suyas. Y el buen/mal hijo tampoco desaparece. Y el payasete divertido que no puede evitar encadenar una broma con otra. Y el tío maduro que dice cosas muy inteligentes y sensatas. Y el alevín de escritor que ya no se quiere comer el mundo, por si acaso. Y el eterno desparejado a la busca de su amorcito. Y el hijoputa canalla que siempre está esperando al próximo amante mientras aún abraza y susurra palabras de amor al oído del que tiene entre las manos. Un conjunto curioso de contradicciones.
Anoche, cuando E&R se marcharon, aún permanecimos un buen rato en el Angie. El penúltimo porro me tumbó y hube de salir precipitadamente del bar, no fuera a dar el espectáculo. No vomité, pero la pálida fue de antología. El camino a casa (apenas tres minutos en condiciones normales) se alargó y se alargó. Cada pocos metros había de parar y sentarme, la cabeza entre las piernas, M/buen samaritano a mi vera, cuidándome y hablándome no sé muy bien de qué. Ya en mi cuarto se hizo el último porro y aunque sólo le di un par de caladas, no fuera a terminar de matarme, me revolucionó por dentro y me puso muy caliente. Hubo un conato de sexo entre los dos, aunque él estaba muy cansado. Se quedó, como siempre, en una ternura extrema, que de todos modos a mí me calmó los ánimos. Pero me sigue gustando dormir a su lado, bucear con las manos en su cuerpo delgado y suave, sin estridencias, que tan bien conozco. Y que a la mañana siguiente nada de eso se interponga en una amistad que cumple por estas fechas diez años. Que sea el amigo que me perdona los deslices y hace que éstos no lo sean.
En el Colby, leo a (y me identifico con) John Cheever. Voy por los apuntes de los años sesenta, y el hombre ya es un alcohólico en toda regla, se bebe todo lo que pilla, sufre síndrome de abstinencia si no lo hace, grita a su mujer y a sus hijos, es tremendamente infeliz con su homosexualidad no resuelta. Etcétera. Ayer, en el Angie (cómo no), frente a M, E&R, me preguntaba en voz alta si yo podría terminar alcoholizado. Creo que no. Es cierto que bebo de una forma habitual y más que compulsiva -en realidad, ahora que lo pienso, soy compulsivo en todo-, pero jamás lo hago estando solo, ni fuera de las salidas nocturnas que alegran mi existencia. Beber, pues, no es un problema ni una necesidad, no me tiemblan las manos cuando me llevo el vaso a los labios, no tartamudeo desesperado por una copa. Pero habrá que estar ojo a vizor, no se me vaya la pinza. A veces repaso este diario y me pregunto qué pensará quien me lea y no me conozca. Un tipo que bebe más de la cuenta, folla lo justo y necesario (lo que le dejan), ambivalente en sus emociones, con frecuentes periodos de tristeza intercalados de euforias absurdas. ¿Soy yo ése? Soy ese personaje y muchos más. El niño que enterré hace tiempo también vive en mí y, de cuando en cuando, hace de las suyas. Y el buen/mal hijo tampoco desaparece. Y el payasete divertido que no puede evitar encadenar una broma con otra. Y el tío maduro que dice cosas muy inteligentes y sensatas. Y el alevín de escritor que ya no se quiere comer el mundo, por si acaso. Y el eterno desparejado a la busca de su amorcito. Y el hijoputa canalla que siempre está esperando al próximo amante mientras aún abraza y susurra palabras de amor al oído del que tiene entre las manos. Un conjunto curioso de contradicciones.
Anoche, cuando E&R se marcharon, aún permanecimos un buen rato en el Angie. El penúltimo porro me tumbó y hube de salir precipitadamente del bar, no fuera a dar el espectáculo. No vomité, pero la pálida fue de antología. El camino a casa (apenas tres minutos en condiciones normales) se alargó y se alargó. Cada pocos metros había de parar y sentarme, la cabeza entre las piernas, M/buen samaritano a mi vera, cuidándome y hablándome no sé muy bien de qué. Ya en mi cuarto se hizo el último porro y aunque sólo le di un par de caladas, no fuera a terminar de matarme, me revolucionó por dentro y me puso muy caliente. Hubo un conato de sexo entre los dos, aunque él estaba muy cansado. Se quedó, como siempre, en una ternura extrema, que de todos modos a mí me calmó los ánimos. Pero me sigue gustando dormir a su lado, bucear con las manos en su cuerpo delgado y suave, sin estridencias, que tan bien conozco. Y que a la mañana siguiente nada de eso se interponga en una amistad que cumple por estas fechas diez años. Que sea el amigo que me perdona los deslices y hace que éstos no lo sean.
ENCAMADOS
Lluvia, lluvia, lluvia. Nada hay más deprimente para mí que una mañana pasada por agua, cielos grises, poquísima luz, prisas en la calle y sueño en la mirada. Vuelvo, en un segundo (como si nunca me hubiera marchado del todo), a los días de niñez y adolescencia en Santander, a la cárcel para jóvenes raritos y con ínfulas literarias que fue para mí Santander...
Aún hoy arrastro la resaca (¿emocional?) que J me dejó ayer. Amigo de R (uno de esos amigos gays que me quiere presentar, para ver si alguno casa conmigo), le conocí la noche del lunes, cuando se unieron en el Angie a todos nosotros. Según le vi, no me gustó. Un chico de lo más normalito, delgado, 25 años, con entradas. Poco más. Para nada mi tipo, en ningún caso uno de esos efebos de pelo largo, lánguidos (y normalmente, ay, aburridos), que me suelen espolear el deseo cuando camino por ahí, o estoy sentado en un parque, o en el autobús camino del trabajo –los niñatos de instituto de la calle Padre Damián... Así se lo solté a E (que me miraba curiosa y con un algo de sorna en la punta de la nariz).
–¿Y éste es el tío que R me iba a presentar? No me gusta nada.
–Parece majo.
–Es feo.
Y bien que me tragué mis propias palabras, apenas unas horas más tarde. Cuando se fueron J&A, quedamos solamente E&R, J y yo. Ellas no estaban muy por la labor de trasnochar, E especialmente se caía por las esquinas (menos mal que, sentada, apenas se le notaba), pero yo me resistía a irme, no bien la noche iba discurriendo por su cauce habitual de mahous y polémicas encendidas (cine, literatura, política), consciente de que J me iba gustando, como un cosquilleo suave en la boca del estómago, y que sin ellas delante la reunión no prosperaba. Resultó ser un tío divertido y ácido, inteligente. Despierto. A las tantas, dejamos el Angie y nos vinimos los cuatro a casa. Ya en el salón (las niñas emigraron al cuarto de R, a las labores propias de su sexualidad), no pude sino prenderme con ansia de su boca, como antes me había colgado de sus palabras. Terminamos en la cama, claro, aunque a mí me sobraban el alcohol y el sueño.
Hasta aquí, lo tantas y tantas veces contado. Una crónica más de seducción y sexo. Vale. Pero luego llegaron las doce del mediodía y me desperté y seguía a mi lado. Y me gustó que estuviera allí –no como otras veces, en que lo único que deseo es que se vistan, rapidito, y desaparezcan–, que me besara fuerte (su barba de días raspándome la nariz, luego en la redacción me comentaron lo roja que estaba) y me abrazara más fuerte todavía. Sentir su piel y el calor que desprendía su cuerpo. Fue un momento de rara intimidad, en que hicimos nuestros los versos de Gil de Biedma, y dejamos que se nos poblara el cuarto de sol y vecindad tranquila, de mañana y de cotidianidad. Hubo muchas risas (bendito sea el sentido del humor), mucho juego de palabras, muchas caricias repetidas. Ya casi al final –eran las cuatro y media, yo trabajaba y debíamos, sí o sí, levantarnos–, a una frase mía, me dijo:
–Estás tratando de parecer interesante–, mientras se echaba a reír.
Yo me quedé sorprendido y un poco cortado (no era consciente de intentar parecer nada, o quizás sí, sin quererlo estaba desplegando la cola de pavo real).
–Joder, eso me pasa por irme a la cama con mentes que luego piensan.
–Ya ves, es lo que tenemos las mentes.
–Bueno... habrá que intentar estar a la altura de las circunstancias.
Luego ya hubo que levantarse. Y como siempre ocurre, en el momento en que recuperamos la verticalidad hubo como una desconexión, ya no éramos un revoltijo de brazos y piernas que se unían y separaban, ni dos alientos que se buscaban, se saboreaban, se mordían. Éramos J y F, dos adultos que se desconocían y se observaban, sorprendidos, en guardia. Con la excusa de la foto en el periódico –que le había robado en un descuido suyo, en el Angie–, le pedí el teléfono. Me lo dio pero no me pidió el mío. Nos despedimos en la Gran Vía, con un beso torpe de principiantes.
Lo demás ya es producto de mi imaginación, las vueltas y desvueltas que le estoy dando a una historia que no es más que lo que es. En el bus hasta el curro, le envié un mensaje en plan "éste es mi número, me gustó conocerte, espero repetir". No contestó. Y cuando le llamé a eso de las nueve, por motivos estrictamente periodísticos (ejem, ejem), estuvo simpático pero no dijo nada de vernos otro día, no sé, el fin de semana, a la mañana siguiente, esa misma noche en su casa o en la mía... Así que uno, que es muy disciplinado, se como las ganas con patatas y no le llamará más mientras no dé señales de vida.
Por una parte, me gustaría saber de él. Que esto no se quede en una noche loca y punto. Por otra... por otra parte, me complicaría la vida. Y no quiero. Raymond, el mulato neoyorquino, llega a Madrid este 2 de noviembre. Y no he olvidado todavía (cómo podría) lo bien que siempre lo hemos pasado juntos. Y están los otros, los chicos desconocidos que aún no están a mi lado, que son otras tantas excitantes posibilidades de aventuras por vivir. No sé. De momento, J ha sido una mañana muy bonita.
Como con Marisa para lo de la crítica gastronómica. Está triste (sus ojos, muy parecidos a los de Bette Davis, son dos focos apagados que barren la sala y se quedan fijos en un punto lejano), cabreada con su jefa, aburrida de lo que hace. Es un cúmulo de frases tópicas que, a la postre, me aburren. Cada vez que quiere decir que algo está "que te cagas" dice "que te Cangas de Onís". Mi jefa, en la misma línea, dice "que te defecas". Hablamos del Ejército (su marido es militar), y me dice que el que decidió acabar con la mili "se cubrió de gloria". Ahora no tienen gente, y aquello es un sumidero de lo peor de cada casa, "putas, chorizos, camellos, asesinos, gente límite". Su marido está desesperado, porque ni siquiera les dejan "dar un coscorrón de cuando en cuando a los reclutas", no sabe adónde vamos a llegar. ¿A la desaparición del Ejército, tal vez? Se acaba la comida como empezó, otro poquito de tópicos, saludo del chef (todo sonrisas: es el poderrrr del cuarto ídem), paseo con Marisa hasta su oficina, autobús 150 al curro y otra tarde más en el tajo. Tacatá.
Aún hoy arrastro la resaca (¿emocional?) que J me dejó ayer. Amigo de R (uno de esos amigos gays que me quiere presentar, para ver si alguno casa conmigo), le conocí la noche del lunes, cuando se unieron en el Angie a todos nosotros. Según le vi, no me gustó. Un chico de lo más normalito, delgado, 25 años, con entradas. Poco más. Para nada mi tipo, en ningún caso uno de esos efebos de pelo largo, lánguidos (y normalmente, ay, aburridos), que me suelen espolear el deseo cuando camino por ahí, o estoy sentado en un parque, o en el autobús camino del trabajo –los niñatos de instituto de la calle Padre Damián... Así se lo solté a E (que me miraba curiosa y con un algo de sorna en la punta de la nariz).
–¿Y éste es el tío que R me iba a presentar? No me gusta nada.
–Parece majo.
–Es feo.
Y bien que me tragué mis propias palabras, apenas unas horas más tarde. Cuando se fueron J&A, quedamos solamente E&R, J y yo. Ellas no estaban muy por la labor de trasnochar, E especialmente se caía por las esquinas (menos mal que, sentada, apenas se le notaba), pero yo me resistía a irme, no bien la noche iba discurriendo por su cauce habitual de mahous y polémicas encendidas (cine, literatura, política), consciente de que J me iba gustando, como un cosquilleo suave en la boca del estómago, y que sin ellas delante la reunión no prosperaba. Resultó ser un tío divertido y ácido, inteligente. Despierto. A las tantas, dejamos el Angie y nos vinimos los cuatro a casa. Ya en el salón (las niñas emigraron al cuarto de R, a las labores propias de su sexualidad), no pude sino prenderme con ansia de su boca, como antes me había colgado de sus palabras. Terminamos en la cama, claro, aunque a mí me sobraban el alcohol y el sueño.
Hasta aquí, lo tantas y tantas veces contado. Una crónica más de seducción y sexo. Vale. Pero luego llegaron las doce del mediodía y me desperté y seguía a mi lado. Y me gustó que estuviera allí –no como otras veces, en que lo único que deseo es que se vistan, rapidito, y desaparezcan–, que me besara fuerte (su barba de días raspándome la nariz, luego en la redacción me comentaron lo roja que estaba) y me abrazara más fuerte todavía. Sentir su piel y el calor que desprendía su cuerpo. Fue un momento de rara intimidad, en que hicimos nuestros los versos de Gil de Biedma, y dejamos que se nos poblara el cuarto de sol y vecindad tranquila, de mañana y de cotidianidad. Hubo muchas risas (bendito sea el sentido del humor), mucho juego de palabras, muchas caricias repetidas. Ya casi al final –eran las cuatro y media, yo trabajaba y debíamos, sí o sí, levantarnos–, a una frase mía, me dijo:
–Estás tratando de parecer interesante–, mientras se echaba a reír.
Yo me quedé sorprendido y un poco cortado (no era consciente de intentar parecer nada, o quizás sí, sin quererlo estaba desplegando la cola de pavo real).
–Joder, eso me pasa por irme a la cama con mentes que luego piensan.
–Ya ves, es lo que tenemos las mentes.
–Bueno... habrá que intentar estar a la altura de las circunstancias.
Luego ya hubo que levantarse. Y como siempre ocurre, en el momento en que recuperamos la verticalidad hubo como una desconexión, ya no éramos un revoltijo de brazos y piernas que se unían y separaban, ni dos alientos que se buscaban, se saboreaban, se mordían. Éramos J y F, dos adultos que se desconocían y se observaban, sorprendidos, en guardia. Con la excusa de la foto en el periódico –que le había robado en un descuido suyo, en el Angie–, le pedí el teléfono. Me lo dio pero no me pidió el mío. Nos despedimos en la Gran Vía, con un beso torpe de principiantes.
Lo demás ya es producto de mi imaginación, las vueltas y desvueltas que le estoy dando a una historia que no es más que lo que es. En el bus hasta el curro, le envié un mensaje en plan "éste es mi número, me gustó conocerte, espero repetir". No contestó. Y cuando le llamé a eso de las nueve, por motivos estrictamente periodísticos (ejem, ejem), estuvo simpático pero no dijo nada de vernos otro día, no sé, el fin de semana, a la mañana siguiente, esa misma noche en su casa o en la mía... Así que uno, que es muy disciplinado, se como las ganas con patatas y no le llamará más mientras no dé señales de vida.
Por una parte, me gustaría saber de él. Que esto no se quede en una noche loca y punto. Por otra... por otra parte, me complicaría la vida. Y no quiero. Raymond, el mulato neoyorquino, llega a Madrid este 2 de noviembre. Y no he olvidado todavía (cómo podría) lo bien que siempre lo hemos pasado juntos. Y están los otros, los chicos desconocidos que aún no están a mi lado, que son otras tantas excitantes posibilidades de aventuras por vivir. No sé. De momento, J ha sido una mañana muy bonita.
Como con Marisa para lo de la crítica gastronómica. Está triste (sus ojos, muy parecidos a los de Bette Davis, son dos focos apagados que barren la sala y se quedan fijos en un punto lejano), cabreada con su jefa, aburrida de lo que hace. Es un cúmulo de frases tópicas que, a la postre, me aburren. Cada vez que quiere decir que algo está "que te cagas" dice "que te Cangas de Onís". Mi jefa, en la misma línea, dice "que te defecas". Hablamos del Ejército (su marido es militar), y me dice que el que decidió acabar con la mili "se cubrió de gloria". Ahora no tienen gente, y aquello es un sumidero de lo peor de cada casa, "putas, chorizos, camellos, asesinos, gente límite". Su marido está desesperado, porque ni siquiera les dejan "dar un coscorrón de cuando en cuando a los reclutas", no sabe adónde vamos a llegar. ¿A la desaparición del Ejército, tal vez? Se acaba la comida como empezó, otro poquito de tópicos, saludo del chef (todo sonrisas: es el poderrrr del cuarto ídem), paseo con Marisa hasta su oficina, autobús 150 al curro y otra tarde más en el tajo. Tacatá.
MÓVIL
En Sol, a la espera de M, con quien comeré en alguna tasca de por aquí. Desde que le robaron la mochila el otro día (y el móvil iba incluido en el lote) no nos hemos visto. La tecnología y la dependencia que ésta crea. Nos está comiendo terreno. Un buen día uno se compra un móvil porque es muy cómodo y práctico, y mira cuántas funciones tiene (hasta cámara, horreur). Estar localizado a todas horas, dormir sin desconectarlo –por lo que pudiera suceder–, tomarse un café con alguien y sacarlo a pasear por la mesa, para compararlo con los otros, escuchar una melodía de móvil y, por muy diferente que sea a la del nuestro, no poder evitar el movimiento reflejo de echar un vistazo por si... Son cosas ya habituales, sin las cuales uno no imagina la civilización. Entonces, ese móvil desaparece y nos sentimos desnudos frente a las inclemencias del tiempo, perdidos, sin punto de apoyo en nuestra relación con los otros. Así he notado yo a M estos días últimos, un amigo perdido en el limbo, sin posibilidad de contactar con él (a veces, me apetecía llamarle, pero ¿adónde? Si no estaba en casa, no había nada que hacer). Y unos años atrás –tengo edad para recordarlo, pero la memoria histórica me abandona poco a poco–, ¿cómo hacíamos? Pero, ¿realmente hubo un tiempo en que no existían los móviles ni los DVD, en que pagábamos con pesetas y las Torres Gemelas seguían en pie? La edad de la inocencia... Yo era enemigo acérrimo de todo lo que oliera a modernidad; ahora me miro y no me reconozco, el móvil me lo llevo al baño, en casa, no vaya a ser que en esos dos minutos me llame alguien y pierda quién sabe qué oportunidad de oro, tengo un blog expuesto en Internet (con todo lo tímido y cerrado que soy, ahí ando, mostrando mis vísceras al mundo), etcétera. Resulta, cuando menos, irónico.
PROBLEMAS EN EL PISO
El fin de semana ha sido una sucesión de cafés y salidas con los amigos, mucha calle y poco hogar dulce hogar. Apenas he estado en casa lo justo para dormir. P, mi compañera de piso, empieza de nuevo a tocarme las narices con su puto novio.
Veamos, se conocieron hace año y medio, allá por febrero de 2003. Desde el principio han sido la típica pareja (insoportable) que no se separa ni para ir al baño, de los que se hacen muchos arrumacos y todo lo resuelven por la vía del diminutivo. Por no hablar de sus polvos hiper ruidosos y mega estupendos (que me he chupado, una y otra vez, porque en casa las paredes son de papel y entre su habitación y la mía hay una puerta de separación). Por entonces yo estaba en plena crisis con A y no sabía cómo hacer para quitármelo de encima, así que cuando vi que Pedro se iba quedando un poco más cada día, iba metiendo su pezuñita en casa –una mañana no se levantó al sonar el despertador y, cuando P se fue a trabajar, él se quedó solo en la habitación; otro día se hizo con un juego de llaves y ya comenzó a llegar cuando le daba la gana–, miré para otro lado y me desentendí de la historia. De ese modo conseguí tener a P de mi parte en la guerra con A, pero no sabía todavía a costa de qué.
Una vez que A se fue del piso (menuda fiesta ese día), empecé a sufrir la presencia agobiante, continua, de Pedro. Que a todos los efectos vivía con nosotros, dormía cada noche en casa, tomó como su cuartel de invierno el salón (a cualquier hora, allí estaba él, comiendo algo o viendo una peli de las que le gustan, Stallone y esas cosas). Yo no me podía oponer a algo que había permitido, con lo que me sentía atrapado en mi propia trampa. Eso me pasa por dármelas de Maquiavelo...
Bueno, resumiendo. Fue un largo, largo año aguantando al maromo, con alguna pelea entre P y yo (Pedro siempre escondía la mano, aunque detrás de las piedras con que me tiraba P, podía verle perfectamente a él) y mucha mala hostia acumulada. Este verano entraron en crisis y decidieron vivir cada uno por su lado. Pedro alquiló un piso en alguna parte del extrarradio y yo recuperé la tranquilidad en el mío. De cuando en cuando se ven en casa, claro, todavía son novios, pero ya no es la invasión continua que fue. ¿Problema? Este finde, por ejemplo, ha estado en casa a todas horas. Entrando y saliendo a su antojo. Se lo había dejado muy claro a P, "no quiero más novios en este plan, mientras tú estés en casa no tengo nada que decir, pero en cuanto salgas por la puerta él no se queda, se va contigo". Como durante tanto tiempo hice el idiota, la tía debe pensar que soy gilipollas. Y no. Tontín, de vez en cuando, pero cuando me canso me canso. Estoy hasta los mismísimos del zángano de Pedro.
Anoche, por no estar en casa, fui a los Luna. En principio quería ver "El bosque", pero ya la habían quitado, así que como mal menor decidí meterme a ver "Olvídate de mí", de Michel Gondry. Me esperaba cualquier cosa tirando a mala, porque a Jim Carrey no le soporto. Y salí de allí enamorado de la película, que me pareció buenísima.
Luego, como aún no me apetecía ir a dormir, me acerqué hasta Lavapiés, donde estaban E, Espe, L y A (los tres hermanos, a quienes pedí perdón por el desaguisado que monté el día de la fiesta en su casa), junto con más gente. Conocí a Noelia, de la que había oído hablar mucho. Empaque de señora mayor, delgada, ojeras profundas, una mirada de miope velada de tristeza. Apenas si hablamos (lo hice más con Leo, una amiga suya que E dice que se parece a Leonor Watling... E cuando bebe dos o tres cervezas cree ver a la Watling asomarse en todos los rostros) y para las tres de la madrugada el grupo se deshizo. Nos quedamos solos E y yo contra los elementos, así que enfilamos para Chueca, sección Escape. Allí, alcohol y Emilio, un semi cachas embutido en una camiseta azul con el que ligué y a quien terminé por subir a casa. Trabaja en algo de la construcción, tenía un aire franco, de buena persona, sin dobleces. Como debía levantarse a las 9.30 para ir hasta Móstoles y que su abuela no se encontrara sola en casa cuando se despertara, tampoco estuvimos tanto tiempo juntos y yo pude dormir a pierna suelta hasta bien tarde. Al despedirnos, no hubo intercambio de teléfonos. Mejor.
Leo los "Diarios", de John Cheever. Un alma atormentada. ¿Un alma atormentada? Y qué cojones significa esto. Somos esclavos de los lugares comunes, soltamos una frase hecha y nos quedamos tan tranquilos, amparados en su significado de cartón piedra, bien calentitos en su interior. Alma atormentada. Cuando era pequeño, jugaba a repetir una y otra vez alguna palabra. Llegaba un momento (mágico) en que esa palabra perdía corporeidad, se convertía en otra cosa completamente distinta. Era como atisbar otro universo paralelo al nuestro, al que quizás se podría acceder de algún modo, como Alicia con el espejo. Las frases tópicas nos alejan de aquel mundo; la literatura, la buena literatura, supone dinamitar ese camino trillado de palabras llenas de significación, tirar por la calle de en medio, machete en mano, y abrir una vía nueva. La literatura es desmontar pieza por pieza la maquinaria de lo previsible, despanzurrarla y mostrar sus vísceras de tuercas y alambres.
Veamos, se conocieron hace año y medio, allá por febrero de 2003. Desde el principio han sido la típica pareja (insoportable) que no se separa ni para ir al baño, de los que se hacen muchos arrumacos y todo lo resuelven por la vía del diminutivo. Por no hablar de sus polvos hiper ruidosos y mega estupendos (que me he chupado, una y otra vez, porque en casa las paredes son de papel y entre su habitación y la mía hay una puerta de separación). Por entonces yo estaba en plena crisis con A y no sabía cómo hacer para quitármelo de encima, así que cuando vi que Pedro se iba quedando un poco más cada día, iba metiendo su pezuñita en casa –una mañana no se levantó al sonar el despertador y, cuando P se fue a trabajar, él se quedó solo en la habitación; otro día se hizo con un juego de llaves y ya comenzó a llegar cuando le daba la gana–, miré para otro lado y me desentendí de la historia. De ese modo conseguí tener a P de mi parte en la guerra con A, pero no sabía todavía a costa de qué.
Una vez que A se fue del piso (menuda fiesta ese día), empecé a sufrir la presencia agobiante, continua, de Pedro. Que a todos los efectos vivía con nosotros, dormía cada noche en casa, tomó como su cuartel de invierno el salón (a cualquier hora, allí estaba él, comiendo algo o viendo una peli de las que le gustan, Stallone y esas cosas). Yo no me podía oponer a algo que había permitido, con lo que me sentía atrapado en mi propia trampa. Eso me pasa por dármelas de Maquiavelo...
Bueno, resumiendo. Fue un largo, largo año aguantando al maromo, con alguna pelea entre P y yo (Pedro siempre escondía la mano, aunque detrás de las piedras con que me tiraba P, podía verle perfectamente a él) y mucha mala hostia acumulada. Este verano entraron en crisis y decidieron vivir cada uno por su lado. Pedro alquiló un piso en alguna parte del extrarradio y yo recuperé la tranquilidad en el mío. De cuando en cuando se ven en casa, claro, todavía son novios, pero ya no es la invasión continua que fue. ¿Problema? Este finde, por ejemplo, ha estado en casa a todas horas. Entrando y saliendo a su antojo. Se lo había dejado muy claro a P, "no quiero más novios en este plan, mientras tú estés en casa no tengo nada que decir, pero en cuanto salgas por la puerta él no se queda, se va contigo". Como durante tanto tiempo hice el idiota, la tía debe pensar que soy gilipollas. Y no. Tontín, de vez en cuando, pero cuando me canso me canso. Estoy hasta los mismísimos del zángano de Pedro.
Anoche, por no estar en casa, fui a los Luna. En principio quería ver "El bosque", pero ya la habían quitado, así que como mal menor decidí meterme a ver "Olvídate de mí", de Michel Gondry. Me esperaba cualquier cosa tirando a mala, porque a Jim Carrey no le soporto. Y salí de allí enamorado de la película, que me pareció buenísima.
Luego, como aún no me apetecía ir a dormir, me acerqué hasta Lavapiés, donde estaban E, Espe, L y A (los tres hermanos, a quienes pedí perdón por el desaguisado que monté el día de la fiesta en su casa), junto con más gente. Conocí a Noelia, de la que había oído hablar mucho. Empaque de señora mayor, delgada, ojeras profundas, una mirada de miope velada de tristeza. Apenas si hablamos (lo hice más con Leo, una amiga suya que E dice que se parece a Leonor Watling... E cuando bebe dos o tres cervezas cree ver a la Watling asomarse en todos los rostros) y para las tres de la madrugada el grupo se deshizo. Nos quedamos solos E y yo contra los elementos, así que enfilamos para Chueca, sección Escape. Allí, alcohol y Emilio, un semi cachas embutido en una camiseta azul con el que ligué y a quien terminé por subir a casa. Trabaja en algo de la construcción, tenía un aire franco, de buena persona, sin dobleces. Como debía levantarse a las 9.30 para ir hasta Móstoles y que su abuela no se encontrara sola en casa cuando se despertara, tampoco estuvimos tanto tiempo juntos y yo pude dormir a pierna suelta hasta bien tarde. Al despedirnos, no hubo intercambio de teléfonos. Mejor.
Leo los "Diarios", de John Cheever. Un alma atormentada. ¿Un alma atormentada? Y qué cojones significa esto. Somos esclavos de los lugares comunes, soltamos una frase hecha y nos quedamos tan tranquilos, amparados en su significado de cartón piedra, bien calentitos en su interior. Alma atormentada. Cuando era pequeño, jugaba a repetir una y otra vez alguna palabra. Llegaba un momento (mágico) en que esa palabra perdía corporeidad, se convertía en otra cosa completamente distinta. Era como atisbar otro universo paralelo al nuestro, al que quizás se podría acceder de algún modo, como Alicia con el espejo. Las frases tópicas nos alejan de aquel mundo; la literatura, la buena literatura, supone dinamitar ese camino trillado de palabras llenas de significación, tirar por la calle de en medio, machete en mano, y abrir una vía nueva. La literatura es desmontar pieza por pieza la maquinaria de lo previsible, despanzurrarla y mostrar sus vísceras de tuercas y alambres.
LEYENDO
A través del ventanal del café, veo a un hombre de mediana edad apoyado en la esquina del edificio de enfrente. Una pierna flexionada contra la pared de piedra, la mano izquierda sobre la rodilla doblada. Luce una barbita puntiaguda y entrecana, lleva gafas de montura dorada. Ahora mismo sale el sol por entre las nubes que amenazan lluvia, sólo durante un minuto; y el hombre eleva el rostro hacia la luz y cierra los ojos, disfruta del calor corriéndole por la frente, por los pómulos y la nariz curva, judía. Al sol parece mayor, el juego de luces y sombras en su cara le añade años y resalta sus arrugas. Estoy aquí leyendo ("El curioso incidente del perro a medianoche", de Mark Haddon) y la historia de un niño autista y cómo ve e interpreta el mundo que le rodea me atrapa desde las primeras páginas y hace que olvide al hombre de enfrente. Cuando levanto los ojos del libro y vuelvo a mirar, ya no está. En su lugar, un vacío, aire, nada.
Sigo leyendo (veinte, cincuenta, cien páginas, la novela es muy buena y me tiene absorto: Christopher y su madre muerta, el padre que esconde cartas, el mundo de los adultos como un rompecabezas que no siempre puede terminar de armarse), el tiempo pasa lentamente, me tomo otro café. Hasta este mismo instante (son las cuatro de la tarde) no había nadie en el Laan, solos el camarero, la música y yo. Ahora tres amigos se sientan a la mesa de mi izquierda, y frente a ellos dos mujeres (una casi anciana, de unos sesenta, la otra treintañera) hablan animadamente en inglés. Hago un alto en la lectura y vuelvo la vista hacia donde dos horas antes estuvo el hombre de la barba que disfrutaba de un minuto de sol. Ahora un saco blanco, con cemento dentro, ocupa su lugar. Un obrero, también enteramente de blanco, lo ha dejado contra la esquina y desaparece de mi ángulo de visión frotándose trabajosamente las manos. Desde pequeño me resultó curiosa la relación espacio/tiempo. Primero un hombre que esperaba algo, no sé qué, luego aire, después este saco de cemento. Y mucho antes, por esta misma calle Pelayo, han paseado gentes que ya ni siquiera son, que han muerto hace años. Sus huellas son imperceptibles, pero de algún modo permanecen, están ahí, no las vemos pero están.
Desde hace varios días, cada mañana en la ducha, pienso en abuelita. Claro que eso, pensar en mi abuela, lo hago todos los días a todas horas. Pero es en la ducha, mientras me enjabono y me arranco jirones de sueño, cuando pienso en ella con una intensidad especial. Entonces la echo de menos con mayor fuerza. De un modo brutal (no se me ocurre otra palabra). Enseguida me repongo, respiro hondo y me deshago de esa tristeza manchada de autocompasión -la idea de que, de todos nosotros, yo soy quien más solo se ha quedado tras su muerte; una idea falsa que no me hace ningún bien-, salgo del cuarto de baño y me zambullo en la vida, el día a día, hablo con la gente del curro, me enfado, río algún chiste, me tomo cervezas con los amigos, si se tercia ligo y follo con alguien.
Pero a la mañana siguiente están otra vez los jirones de sueño y la ducha, la tristeza y el sentimiento de abandono. Como ese vacío de aire entre la secuencia hombre con barba al sol y saco blanco de cemento.
Sigo leyendo (veinte, cincuenta, cien páginas, la novela es muy buena y me tiene absorto: Christopher y su madre muerta, el padre que esconde cartas, el mundo de los adultos como un rompecabezas que no siempre puede terminar de armarse), el tiempo pasa lentamente, me tomo otro café. Hasta este mismo instante (son las cuatro de la tarde) no había nadie en el Laan, solos el camarero, la música y yo. Ahora tres amigos se sientan a la mesa de mi izquierda, y frente a ellos dos mujeres (una casi anciana, de unos sesenta, la otra treintañera) hablan animadamente en inglés. Hago un alto en la lectura y vuelvo la vista hacia donde dos horas antes estuvo el hombre de la barba que disfrutaba de un minuto de sol. Ahora un saco blanco, con cemento dentro, ocupa su lugar. Un obrero, también enteramente de blanco, lo ha dejado contra la esquina y desaparece de mi ángulo de visión frotándose trabajosamente las manos. Desde pequeño me resultó curiosa la relación espacio/tiempo. Primero un hombre que esperaba algo, no sé qué, luego aire, después este saco de cemento. Y mucho antes, por esta misma calle Pelayo, han paseado gentes que ya ni siquiera son, que han muerto hace años. Sus huellas son imperceptibles, pero de algún modo permanecen, están ahí, no las vemos pero están.
Desde hace varios días, cada mañana en la ducha, pienso en abuelita. Claro que eso, pensar en mi abuela, lo hago todos los días a todas horas. Pero es en la ducha, mientras me enjabono y me arranco jirones de sueño, cuando pienso en ella con una intensidad especial. Entonces la echo de menos con mayor fuerza. De un modo brutal (no se me ocurre otra palabra). Enseguida me repongo, respiro hondo y me deshago de esa tristeza manchada de autocompasión -la idea de que, de todos nosotros, yo soy quien más solo se ha quedado tras su muerte; una idea falsa que no me hace ningún bien-, salgo del cuarto de baño y me zambullo en la vida, el día a día, hablo con la gente del curro, me enfado, río algún chiste, me tomo cervezas con los amigos, si se tercia ligo y follo con alguien.
Pero a la mañana siguiente están otra vez los jirones de sueño y la ducha, la tristeza y el sentimiento de abandono. Como ese vacío de aire entre la secuencia hombre con barba al sol y saco blanco de cemento.
TIPOS HUMANOS 2
En el Colby, con S&M, que están en plena cuenta atrás, en capilla para su boda, el próximo 6 de noviembre. Andan con la elección de lecturas y de salmos, la lista de los invitados, los últimos retoques a las obras en su futura casa. S re ríe de todo, con ese lenguaje tan castizo que gasta, nos mira desde su silla de ruedas sin inmutarse, como si la cosa no fuera con él. M anda ilusionada con el bodorrio, se ve que pretende demostrarle a alguien (su madre, una hermana, la monja que le dio clase en 2º de EGB, quien sea) que es capaz de casarse, de organizarlo sola y hacerlo bien. Todo atado y bien atado, como diría el Caudillo. Tiene un rostro curioso, M, como si fuera un camafeo antiguo, ojos saltones color miel, boca pequeña y de labios finos, algo apretados, óvalo mofletudo y una barbilla terminada en punta a lo brujita buena del cuento. Melena larga, de un rubio bastardo, ceniciento. Está hecha de esa pasta dura que sólo se reconoce cuando surgen las adversidades. S es el simpático, el risueño. M generalmente calla y otorga, o hace una puntualización breve, con su vocecilla de gata tímida. Si hubiera una guerra (es un suponer) y llegaran las penurias, S naufragaría en un mar de pesimismo y sería M, la dulce, la pazguata, la silenciosa y trabajadora M, quien sacaría pecho y saldría adelante.
A media tertulia con los novios, se nos ha unido Ch, un cliente del bar a quien conozco de vista pero con el que no había cruzado palabra hasta hoy. Inteligente, de carácter bronco y apasionado, con muchas ganas de escandalizar, lanzaba opiniones a diestro y siniestro sin encomendarse ni a dios ni al diablo, como si estuviéramos en un programa de radio y él fuera el encargado de epatar a la audiencia. Era evidente que la actuación me la dedicaba entera a mí –por cuanto S&M son viejos conocidos suyos y yo era la novedad entre el auditorio–, así que me dediqué a escuchar parapetado en el silencio, que se adensaba poco a poco, a medida que él desbarraba más y más. Habló de un novio polaco de Cracovia, con el que charla por teléfono cada noche. La criatura tiene 25 años y vive en el seno de una familia ultraconservadora y católica a machamartillo. Ch no sabe lo que sucederá entre ellos, si el chico vendrá a España (pero no a su casa, no le apetece que le cambie la vida hasta ese punto) o él viajará a Polonia.
–Claro, si voy a visitarle, ¿qué hago? ¿Me quedo en el hotel todo el día haciendo "petit point" hasta poder ver a mi novio durante una hora? Y dentro de la habitación, claro, porque si salimos a dar una vuelta a lo mejor se encuentra a su prima y a ver cómo explica de qué conoce a ese español de cincuenta años. Aunque no los aparento...
Luego ha pasado a meterse con los "sudacas", "toda esa bazofia que nos está llegando de allá". En ese punto he estado en un tris de entrar en su juego, discutirle, contradecir una visión en exceso simplista. Pero no he querido, para qué si éste es un exhibicionista que lo que pretende, precisamente, es enfadarme. Su teoría: los ingleses llegaron a Norteamérica y ahora quedan unos cuantos miles de indios confinados en las reservas; los españoles se mezclaron en Latinoamérica con los indígenas, la primera Universidad se fundó en 1538, en Santo Domingo. Les hemos dado muchas más cosas de las que les quitamos. No somos tan malos como dice la leyenda negra. Cierto. Pero también la esclavitud, y el salvajismo de los españoles, y tanto maltrato hacia el indígena. Nada es blanco o negro, en la infinidad de grises, en sus matices mínimos está, acaso, la verdad. Y una cosa que nunca, pero nunca, entenderé es la facilidad que tenemos de hacer de una parte el todo. Un venezolano me putea y ya todos los venezolanos son unos comemierdas. Un francés me miró mal en aquel viaje a París y me moriré asegurando que todos los parisinos son unos hijos de puta que no merecen ni el aire que respiran. Cómo somos. Qué predecibles y qué poco originales en nuestras filias y fobias.
Leo a Fernando Vallejo y se me llena la cabeza de una ventolera cálida, viento del desierto que trae su balacera de violencias y de rabia, de insultos altisonantes y de gangrena por la que se pudre de a poquito el pueblo, de repentinas ternuras que brillan un momento apenas entre tanta suciedad. Vallejo quiere/aborrece a su tierra, un país que se hunde y se hunde en su propia miseria, una patria que estalla por los cuatro costados, como la pústula virulenta de donde sale un líquido amarillo y maloliente. Vallejo provoca, con sus frases incisivas (para hacer daño y escocer conciencias), grandes amores y odios profundos. Rara vez nos deja indiferentes. Para indiferencia, la de los muertos.
A media tertulia con los novios, se nos ha unido Ch, un cliente del bar a quien conozco de vista pero con el que no había cruzado palabra hasta hoy. Inteligente, de carácter bronco y apasionado, con muchas ganas de escandalizar, lanzaba opiniones a diestro y siniestro sin encomendarse ni a dios ni al diablo, como si estuviéramos en un programa de radio y él fuera el encargado de epatar a la audiencia. Era evidente que la actuación me la dedicaba entera a mí –por cuanto S&M son viejos conocidos suyos y yo era la novedad entre el auditorio–, así que me dediqué a escuchar parapetado en el silencio, que se adensaba poco a poco, a medida que él desbarraba más y más. Habló de un novio polaco de Cracovia, con el que charla por teléfono cada noche. La criatura tiene 25 años y vive en el seno de una familia ultraconservadora y católica a machamartillo. Ch no sabe lo que sucederá entre ellos, si el chico vendrá a España (pero no a su casa, no le apetece que le cambie la vida hasta ese punto) o él viajará a Polonia.
–Claro, si voy a visitarle, ¿qué hago? ¿Me quedo en el hotel todo el día haciendo "petit point" hasta poder ver a mi novio durante una hora? Y dentro de la habitación, claro, porque si salimos a dar una vuelta a lo mejor se encuentra a su prima y a ver cómo explica de qué conoce a ese español de cincuenta años. Aunque no los aparento...
Luego ha pasado a meterse con los "sudacas", "toda esa bazofia que nos está llegando de allá". En ese punto he estado en un tris de entrar en su juego, discutirle, contradecir una visión en exceso simplista. Pero no he querido, para qué si éste es un exhibicionista que lo que pretende, precisamente, es enfadarme. Su teoría: los ingleses llegaron a Norteamérica y ahora quedan unos cuantos miles de indios confinados en las reservas; los españoles se mezclaron en Latinoamérica con los indígenas, la primera Universidad se fundó en 1538, en Santo Domingo. Les hemos dado muchas más cosas de las que les quitamos. No somos tan malos como dice la leyenda negra. Cierto. Pero también la esclavitud, y el salvajismo de los españoles, y tanto maltrato hacia el indígena. Nada es blanco o negro, en la infinidad de grises, en sus matices mínimos está, acaso, la verdad. Y una cosa que nunca, pero nunca, entenderé es la facilidad que tenemos de hacer de una parte el todo. Un venezolano me putea y ya todos los venezolanos son unos comemierdas. Un francés me miró mal en aquel viaje a París y me moriré asegurando que todos los parisinos son unos hijos de puta que no merecen ni el aire que respiran. Cómo somos. Qué predecibles y qué poco originales en nuestras filias y fobias.
Leo a Fernando Vallejo y se me llena la cabeza de una ventolera cálida, viento del desierto que trae su balacera de violencias y de rabia, de insultos altisonantes y de gangrena por la que se pudre de a poquito el pueblo, de repentinas ternuras que brillan un momento apenas entre tanta suciedad. Vallejo quiere/aborrece a su tierra, un país que se hunde y se hunde en su propia miseria, una patria que estalla por los cuatro costados, como la pústula virulenta de donde sale un líquido amarillo y maloliente. Vallejo provoca, con sus frases incisivas (para hacer daño y escocer conciencias), grandes amores y odios profundos. Rara vez nos deja indiferentes. Para indiferencia, la de los muertos.
PASEO
Día espléndido de otoño, con el frío que nos acaricia los tobillos y sube por las pantorrillas, pero que todavía no muerde, no como lo hará dentro de un mes.
Salí a la calle pronto, y era un placer pasearse por las callejuelas de mi barrio, en la trasera de Gran Vía, donde ésta pierde su honesto y viril nombre. Alguna puta apostada en su esquina, con cara de sueño y de pocos amigos, la policía que patrulla a cada momento el lugar (no me gusta esta sociedad militarizada que nos está saliendo), una viejita arrastra un carrito de la compra enorme, reza una letanía para sí y se santigua frente a las chicas semidesnudas que esperan al cliente. El bullicio de los cláxones, el trepidar del monstruo humano camino del trabajo, todo en sordina, allá a lo lejos, en la frontera que es la Gran Vía. De este lado, silencio y calma, la calma que surge después de la tormenta que cada noche se representa aquí, con rayos y centellas, y mucho vinazo del malo. Por la mañana no, por la mañana es el tiempo de las tienditas de los chinos, de las pequeñas mercerías que sobreviven a duras penas los embates de la economía de mercado, de los restaurantes con menú al mediodía por siete euros. Los bares, a estas horas, callan. Una gozada el disfrutar de estas calles olvidadas del progreso, como recién fregadas, puestas a secar al sol de octubre, ése que ya no quema, que se eleva sobre la silueta neoyorquina de los edificios de la Gran Vía.
La calle Fuencarral es una sucesión (casi perfecta) de bellezas en movimiento. Chicos y chicas como gacelas enfundadas en unos levis, con camisetas varias tallas más amplias (o varias más pequeñas) de lo necesario, piercings y gafas de sol y tatuajes, crestas en la cabeza, o rastas, o medias melenas que recuerdan al Orzowei de la selva africana que una vez, hace muchísimos años, fue uno de mis primeros referentes eróticos. Me siento a una de las mesas en Colby y observo el lento discurrir de los guapos y guapas de Madrid, de los modernos, de los grunges que pueblan esta ciudad extraña, cateta, cerril pero tan abierta y fascinante. Leo a Cortázar (sus cuentos completos, que he terminado esta misma mañana) y a Fernando Vallejo (una nueva novela, "Mi hermano el alcalde"), me tomo un café corto con dos de azúcar y mi vaso de agua, saludo a alguno que pasa, me siento contento y feliz. A pesar de los pesares, feliz.
Salí a la calle pronto, y era un placer pasearse por las callejuelas de mi barrio, en la trasera de Gran Vía, donde ésta pierde su honesto y viril nombre. Alguna puta apostada en su esquina, con cara de sueño y de pocos amigos, la policía que patrulla a cada momento el lugar (no me gusta esta sociedad militarizada que nos está saliendo), una viejita arrastra un carrito de la compra enorme, reza una letanía para sí y se santigua frente a las chicas semidesnudas que esperan al cliente. El bullicio de los cláxones, el trepidar del monstruo humano camino del trabajo, todo en sordina, allá a lo lejos, en la frontera que es la Gran Vía. De este lado, silencio y calma, la calma que surge después de la tormenta que cada noche se representa aquí, con rayos y centellas, y mucho vinazo del malo. Por la mañana no, por la mañana es el tiempo de las tienditas de los chinos, de las pequeñas mercerías que sobreviven a duras penas los embates de la economía de mercado, de los restaurantes con menú al mediodía por siete euros. Los bares, a estas horas, callan. Una gozada el disfrutar de estas calles olvidadas del progreso, como recién fregadas, puestas a secar al sol de octubre, ése que ya no quema, que se eleva sobre la silueta neoyorquina de los edificios de la Gran Vía.
La calle Fuencarral es una sucesión (casi perfecta) de bellezas en movimiento. Chicos y chicas como gacelas enfundadas en unos levis, con camisetas varias tallas más amplias (o varias más pequeñas) de lo necesario, piercings y gafas de sol y tatuajes, crestas en la cabeza, o rastas, o medias melenas que recuerdan al Orzowei de la selva africana que una vez, hace muchísimos años, fue uno de mis primeros referentes eróticos. Me siento a una de las mesas en Colby y observo el lento discurrir de los guapos y guapas de Madrid, de los modernos, de los grunges que pueblan esta ciudad extraña, cateta, cerril pero tan abierta y fascinante. Leo a Cortázar (sus cuentos completos, que he terminado esta misma mañana) y a Fernando Vallejo (una nueva novela, "Mi hermano el alcalde"), me tomo un café corto con dos de azúcar y mi vaso de agua, saludo a alguno que pasa, me siento contento y feliz. A pesar de los pesares, feliz.
FIESTA EN CASA
Día de la Hispanidad (y olé). Desde primera hora de la mañana, velando mi sueño, el sordo murmullo de los escuadrones que surcaban el cielo de Madrid, en alguna acrobacia imposible para que los Reyes, autoridades y demás parafernalia en Colón se sintieran potencia mundial, país avanzado, miembro de facto de algún G-algo. También el ronco tremolar de los helicópteros que peinaban la zona (como cuando las manifestaciones del año pasado en contra de la guerra) para evitar sorpresas integristas de última hora, una y otra vez por sobre mi cabeza de esparto, mi cabeza de acero, mi cabeza finalmente de algodón. Hasta que, claro, he tenido que desistir de seguir durmiendo y me he levantado de la cama. Para tomarme este café de mediodía en el Colby.
Anoche, R reunió a unos cuantos amigos en casa y se empeñó en que asistiéramos J, E y yo. Se me hizo un poco raro tener el salón lleno de gente desconocida (cuando no tengo costumbre de subir a casi a nadie, salvo los muy íntimos), y al principio me sentí un poco fuera de lugar, observado por varios pares de ojos a la vez. Luego vino en mi ayuda el Santo Mahou, patrono de desvalidos, gente de mal vivir y desasistidos varios, y ya montado en su brioso corcel recorrí la noche y las conversaciones y la gente sin problemas. Creo que estuve demasiado estupendo y quizás hablé más de la cuenta, no sé. A veces me lanzo de cabeza a las conversaciones, pontifico, siento cátedra y termino diciendo tonterías, justo lo contrario de lo que quería decir. En un momento dado, una de las amigas de R me dijo:
–Hablas igual que Eusebio Poncela en "Martín (Hache)".
Todo el mundo estuvo super de acuerdo. Ya me voy acostumbrando a que me lo digan, al final hasta me va a gustar. Tampoco está tan mal que tu voz recuerde a Eusebio Poncela, ¿no? Podría ser peor, podría recordar a Torrente, o a Octavio Aceves leyéndole la palma de la mano a algún inocente. En fin, que sí, que hay que follarse a las mentes.
Éramos, aparte de nosotros tres y R, A (antigua compañera de piso de R, ex rollo suyo y ahora embarazadísima –como de ocho meses, nos enseñó la barriga y daba no sé qué ver ese ombligo completamente estirado), D&C (pareja gay guapísima y con una pinta estupenda los dos, por lo visto llevan cuatro años siendo novios), C P (una ridícula que trabaja en El País, hizo el máster con M y ya me conocía de alguna fiesta en casa de Oriol; para mi desgracia, se acordaba de mí) y su amiga L (que apenas abrió la boca pero, a cambio, se hizo unos porros muy ricos que, salvo a la preñada, nos entonaron a todos). C P buscaba ser el centro de atención, tenía la palabra precisa para cada uno, tratando en todo momento de ser graciosa, un poco a lo chica Almodóvar. Siempre moderna y chispeante. Madre mía. J y yo nos mirábamos a través de la bruma de nuestra borrachera y con esas miradas nos lo decíamos todo. Ya antes de llegar a casa, cuando nos encontramos en la plaza del Dos de Mayo, a mi pregunta de cómo era la famosa C P, me lo había dejado claro.
–¿Cómo es C P?
–Bueno... muy peculiar.
–Dice R que cuando la conoció le cayó mal, pero que ahora son muy buenas amigas.
–A R le cae bien cualquiera.
Okis. Y tanto que cualquiera. Cada vez que C P amenazaba con una anécdota larga, larguísima, yo me concentraba en la embarazadísima A. Buen rollito con ella. Por lo visto, hace sólo año y medio era una porrera de campeonato, no perdonaba una fiesta, se metía de todo y tenía una vida sexual de lo más variada. Ahora es vegetariana, ni fuma ni bebe, apenas sale y está enamorada hasta las trancas de su novio. Son cambios lógicos que solamente sorprenden a quien no sabe ver por debajo del juego de apariencias que solemos mostrar a los otros.
Me parecieron simpáticos D y su novio C. Con éste hubo un ligerísimo coqueteo, apenas alguna mirada soterrada, poco más. Como de pasada, como quien no quiere la cosa. También él dijo que le sonaba mi cara de algo, quizás de Santander, donde no sé si tiene familia o algo por el estilo. Tengo muy claro que, de haberle conocido antes, me acordaría perfectamente, ay.
Cuando se marcharon, cada uno a su nido, nos quedamos los de la familia. Las dos niñas, que juegan a que sí, que no, que cae un chaparrón. Y J, con un monumental moco que no fue a más porque ya no había nada que beber fuera de vino tinto. Saqué la estrella de luz que cambia de color y, con su única iluminación, aún nos fumamos algún porro más a la salud de los presentes. Luego puse el piloto automático, me despedí y caí a plomo en la cama.
Ayer por la tarde vi "Roma", de Aristarain. Película fallida, con escenas maravillosas pero otras que sobraban clarísimamente, que hacían agua y se hundían, dinamitando el resto del filme. El director debió meter tijera a saco, tiene razón M. Al menos le sobra (es mi opinión) una hora de metraje. Toda la infancia, a excepción de una o dos escenas, se me hizo mortalmente aburrida, y no digamos la sucesión de amoríos del protagonista. Te miro, me miras, no hacemos nada, volvemos a mirarnos, suspiramos. Dios. Sacristán está inmenso, aunque lo mismo hubiera podido darle las réplicas a un maniquí, así de plano, mal actor y sin sustancia me pareció Juan Diego Botto. La actriz que encarna a Roma también me gustó bastante. El resto es fácilmente olvidable. Entiendo a Aristarain, de todos modos. Cuanto más cercano es el tema que se trata, menos capacidad de autocrítica y de autoanálisis hay. La distancia entre los personajes y uno mismo, necesaria, no existe, todo parece importante porque todo nos marcó por igual en su momento. El resultado final se convierte en un cajón de sastre informe y de dimensiones monstruosas.
Anoche, R reunió a unos cuantos amigos en casa y se empeñó en que asistiéramos J, E y yo. Se me hizo un poco raro tener el salón lleno de gente desconocida (cuando no tengo costumbre de subir a casi a nadie, salvo los muy íntimos), y al principio me sentí un poco fuera de lugar, observado por varios pares de ojos a la vez. Luego vino en mi ayuda el Santo Mahou, patrono de desvalidos, gente de mal vivir y desasistidos varios, y ya montado en su brioso corcel recorrí la noche y las conversaciones y la gente sin problemas. Creo que estuve demasiado estupendo y quizás hablé más de la cuenta, no sé. A veces me lanzo de cabeza a las conversaciones, pontifico, siento cátedra y termino diciendo tonterías, justo lo contrario de lo que quería decir. En un momento dado, una de las amigas de R me dijo:
–Hablas igual que Eusebio Poncela en "Martín (Hache)".
Todo el mundo estuvo super de acuerdo. Ya me voy acostumbrando a que me lo digan, al final hasta me va a gustar. Tampoco está tan mal que tu voz recuerde a Eusebio Poncela, ¿no? Podría ser peor, podría recordar a Torrente, o a Octavio Aceves leyéndole la palma de la mano a algún inocente. En fin, que sí, que hay que follarse a las mentes.
Éramos, aparte de nosotros tres y R, A (antigua compañera de piso de R, ex rollo suyo y ahora embarazadísima –como de ocho meses, nos enseñó la barriga y daba no sé qué ver ese ombligo completamente estirado), D&C (pareja gay guapísima y con una pinta estupenda los dos, por lo visto llevan cuatro años siendo novios), C P (una ridícula que trabaja en El País, hizo el máster con M y ya me conocía de alguna fiesta en casa de Oriol; para mi desgracia, se acordaba de mí) y su amiga L (que apenas abrió la boca pero, a cambio, se hizo unos porros muy ricos que, salvo a la preñada, nos entonaron a todos). C P buscaba ser el centro de atención, tenía la palabra precisa para cada uno, tratando en todo momento de ser graciosa, un poco a lo chica Almodóvar. Siempre moderna y chispeante. Madre mía. J y yo nos mirábamos a través de la bruma de nuestra borrachera y con esas miradas nos lo decíamos todo. Ya antes de llegar a casa, cuando nos encontramos en la plaza del Dos de Mayo, a mi pregunta de cómo era la famosa C P, me lo había dejado claro.
–¿Cómo es C P?
–Bueno... muy peculiar.
–Dice R que cuando la conoció le cayó mal, pero que ahora son muy buenas amigas.
–A R le cae bien cualquiera.
Okis. Y tanto que cualquiera. Cada vez que C P amenazaba con una anécdota larga, larguísima, yo me concentraba en la embarazadísima A. Buen rollito con ella. Por lo visto, hace sólo año y medio era una porrera de campeonato, no perdonaba una fiesta, se metía de todo y tenía una vida sexual de lo más variada. Ahora es vegetariana, ni fuma ni bebe, apenas sale y está enamorada hasta las trancas de su novio. Son cambios lógicos que solamente sorprenden a quien no sabe ver por debajo del juego de apariencias que solemos mostrar a los otros.
Me parecieron simpáticos D y su novio C. Con éste hubo un ligerísimo coqueteo, apenas alguna mirada soterrada, poco más. Como de pasada, como quien no quiere la cosa. También él dijo que le sonaba mi cara de algo, quizás de Santander, donde no sé si tiene familia o algo por el estilo. Tengo muy claro que, de haberle conocido antes, me acordaría perfectamente, ay.
Cuando se marcharon, cada uno a su nido, nos quedamos los de la familia. Las dos niñas, que juegan a que sí, que no, que cae un chaparrón. Y J, con un monumental moco que no fue a más porque ya no había nada que beber fuera de vino tinto. Saqué la estrella de luz que cambia de color y, con su única iluminación, aún nos fumamos algún porro más a la salud de los presentes. Luego puse el piloto automático, me despedí y caí a plomo en la cama.
Ayer por la tarde vi "Roma", de Aristarain. Película fallida, con escenas maravillosas pero otras que sobraban clarísimamente, que hacían agua y se hundían, dinamitando el resto del filme. El director debió meter tijera a saco, tiene razón M. Al menos le sobra (es mi opinión) una hora de metraje. Toda la infancia, a excepción de una o dos escenas, se me hizo mortalmente aburrida, y no digamos la sucesión de amoríos del protagonista. Te miro, me miras, no hacemos nada, volvemos a mirarnos, suspiramos. Dios. Sacristán está inmenso, aunque lo mismo hubiera podido darle las réplicas a un maniquí, así de plano, mal actor y sin sustancia me pareció Juan Diego Botto. La actriz que encarna a Roma también me gustó bastante. El resto es fácilmente olvidable. Entiendo a Aristarain, de todos modos. Cuanto más cercano es el tema que se trata, menos capacidad de autocrítica y de autoanálisis hay. La distancia entre los personajes y uno mismo, necesaria, no existe, todo parece importante porque todo nos marcó por igual en su momento. El resultado final se convierte en un cajón de sastre informe y de dimensiones monstruosas.
CITA DESASTRE
Desde las diez de la mañana en pie, sin apenas haber descansado en condiciones, después de la noche toledana que me ha hecho pasar A. Quedamos ayer en Sol (19.30), en lo que fue una experiencia fallida de las que hacen época. No bien nos vimos, supe que era un error, que nunca iba a conseguir interesarme (mucho menos enamorarme) de él. Fue un pálpito, un esperar su aparición y desilusionarme cuando le vi. Difícil de explicar, pero muy real. Nos dimos un beso rápido y anduvimos por Chueca y aledaños, sorteando a los viandantes que huían apresurados de la lluvia que, justo entonces, decidió caernos encima, nada más que para joder. Ya con una cerveza entre las manos (y esa sensación incómoda de humedad que tiene uno cuando se guarece en un bar lleno hasta la bandera, mientras afuera llueve), comenzamos una conversación que terminó convirtiéndose en monólogo (suyo). ¿El tema? Las relaciones afectivas, dios. Empecé a verle las orejas de profesor al lobo Pocahontas. Se regodeaba en sus propias frases, me lo explicaba todo con un tonillo didáctico que empezaba a sobrarme por todas partes, apenas escuchaba lo que yo le decía. Que sí, que vivimos una época de cambios, en que todo va a variar muchísimo, en que la manera de sentir y de relacionarse de los unos con los otros dará un giro espectacular. Eso decía (pero con muchas volutas en el aire y giros churriguerescos, platerescos, neogóticos y orientalizantes). Vale, pero yo creo que el ser humano, en esencia, no cambia, y que siempre nos parece que el presente, en comparación con el pasado, es más brillante, más interesante, más todo. También hace 20 años la gente creía vivir una época de cambios (y la vivieron), y hace 40 (y también la vivieron), etcétera. Vamos, que uno piensa que el sol nunca es tan brillante como en este último amanecer. Y no siempre es así. No necesariamente.
Subimos a mi casa y allí vimos "Un lugar en el mundo", de Aristarain, que él no conocía. R estaba con nosotros y me preguntó, en un aparte, si queríamos estar solos. Ya entonces empezaba a no verlo claro, así que le dije que ni se moviera del salón.
–No se te ocurra dejarme a solas con él. Creo que no me gusta...
–Venga, hombre, dale una oportunidad.
Una pereza terrible ante la idea de que A y yo probablemente nos acostaríamos un poco más tarde. De cuando en cuando, me cogía la mano, o me acariciaba la rodilla. La peli me encantó, como siempre. Casi al final, cuando Hans le regala a Ernesto el aparato para "ver" el alma de las piedras, A estalló y casi gritó:
–Cómo me jode que en estas películas siempre haya un español que regala alguna maricada al pobre indígena.
Y comenzó (tachán) el duelo a espada. Empezó a florín y luego ya pasamos directamente al machete. Yo al principio intenté mantenerme tranquilo y dialogante, era mi invitado y no podía ponerme en plan borde. Así que escuché durante un buen rato cómo se escuchaba a sí mismo, a la espera de mi turno de réplica, que no llegaba. Luego ya se me inflaron las narices y le solté lo más grande. Total, que las pocas ganas de follar con él se quedaron en nada. Y se lo dije. Tío, se me ha cortado el vacilón, a este menda no se la chupas hoy, mira tú por dónde. Lo demás es historia. Una cerveza en el Only You, más distancia y malentendidos. Una vuelta a casa en silencio. Su intento de besarme en el portal, cuando la sola cercanía de su aliento me desagradaba tanto, irremisiblemente. Como no podía echarle de casa, porque eran las tres de la mañana y no tenía medio de llegar a Talavera de la Reina, le dije que se quedara, claro. Fue un dormir juntos (pero sin tocarnos, aunque él lo intentó en algún momento: me hice el sueco) tristísimo y patético. Historia fallida, muerta y enterrada.
Subimos a mi casa y allí vimos "Un lugar en el mundo", de Aristarain, que él no conocía. R estaba con nosotros y me preguntó, en un aparte, si queríamos estar solos. Ya entonces empezaba a no verlo claro, así que le dije que ni se moviera del salón.
–No se te ocurra dejarme a solas con él. Creo que no me gusta...
–Venga, hombre, dale una oportunidad.
Una pereza terrible ante la idea de que A y yo probablemente nos acostaríamos un poco más tarde. De cuando en cuando, me cogía la mano, o me acariciaba la rodilla. La peli me encantó, como siempre. Casi al final, cuando Hans le regala a Ernesto el aparato para "ver" el alma de las piedras, A estalló y casi gritó:
–Cómo me jode que en estas películas siempre haya un español que regala alguna maricada al pobre indígena.
Y comenzó (tachán) el duelo a espada. Empezó a florín y luego ya pasamos directamente al machete. Yo al principio intenté mantenerme tranquilo y dialogante, era mi invitado y no podía ponerme en plan borde. Así que escuché durante un buen rato cómo se escuchaba a sí mismo, a la espera de mi turno de réplica, que no llegaba. Luego ya se me inflaron las narices y le solté lo más grande. Total, que las pocas ganas de follar con él se quedaron en nada. Y se lo dije. Tío, se me ha cortado el vacilón, a este menda no se la chupas hoy, mira tú por dónde. Lo demás es historia. Una cerveza en el Only You, más distancia y malentendidos. Una vuelta a casa en silencio. Su intento de besarme en el portal, cuando la sola cercanía de su aliento me desagradaba tanto, irremisiblemente. Como no podía echarle de casa, porque eran las tres de la mañana y no tenía medio de llegar a Talavera de la Reina, le dije que se quedara, claro. Fue un dormir juntos (pero sin tocarnos, aunque él lo intentó en algún momento: me hice el sueco) tristísimo y patético. Historia fallida, muerta y enterrada.
PEDERASTIA
En el Laan, tratando de contrarrestar la monumental resaca con que he amanecido (más bien atardecido, era casi la una cuando conseguí levantarme). Anoche ejercí de amigo aguantavelas con E y R. Una vez que esta última volvió de Granada, lo suyo era que se vieran y tal. E me pidió (yo creo que está aprendiendo a pedirme sin miedo, como en su momento yo aprendí a decirle que no: esto es un mensaje cifrado, je je) que saliera con ellas, imagino que para amortiguar las asperezas del encuentro hasta que las primeras mahous hicieran efecto, esas que poco a poco, y bien medidas, fueron borrando timideces, limaron aristas, alargaron manos y multiplicaron dedos que tocaban, risas que afloraban, bocas sedientas que se pasaban la lengua por los labios... Vaya, que al final han vuelto a enrollarse, como era de rigor (y yo no soy Aramís Fuster, pero se veía venir de leeejos). Lo cual es muy sano para E y su circo de neuras, que últimamente se le estaban revolucionando mucho muchísimo.
En el Angie me presentaron a Maite, una chica a quien E había dado cancha la noche anterior, y que se nos acopló un poquillo. Al principio no me hizo mucha gracia, pero como apenas hablaba y yo fui bebiéndomelo todo a mi habitual destroyer ritmo, pues no me importó. Andaba sembrado, está mal que lo diga yo, pero ayer estuve sembrado. Traté de no ser muy sarcástico con E –aunque alguna se me escapó; sobre todo un comentario sobre las medias rojas de red de R, un poco demasiado obvio, que me valió una mirada cuasi asesina de E y la reconvención (fina pero segura) de R. Oído cocina, decidí no seguir atacando por ahí. Pero es que el alcohol me vuelve imprudente y muy, muy irónico. Y pelín malévolo. Me lo pasé en grande, anoche sí.
Tuvimos una charla complicada sobre pederastia; se hablaron cosas políticamente incorrectas. Me reafirmo en lo que dije. Por supuesto que NUNCA defendería a los pederastas (hablo de aquellos que no refrenan sus impulsos y abusan de una criatura), pero mantengo que debe ser una putada sentir deseo hacia los niños. Una gran putada. E se cerró en banda –pensaba en su sobrina de dos años, claro– y utilizó términos como terapia, suicidio ("que se peguen un tiro de mierda"), cosas así. Lo único que yo argumentaba era que sí, por supuesto, que es un crimen el abusar de un niño, pero que debe ser durísimo saberse pederasta. Me explico. Del mismo modo que yo me di cuenta de que era gay y que no había otra que aceptarlo, que nada iba a hacer que esto cambiara (ninguna terapia), porque los impulsos nunca se eligen ni se alteran ni cesan de latirnos en la imaginación, y a E le sucedió, digo yo, tres cuartos de lo mismo con el lesbianismo (mira tú qué pareado), un pederasta descubrirá con horror que lo es. ¿La diferencia? Aunque parte de la sociedad nos humilla y desprecia por ser homosexuales, podemos vivir y respirar –y tratar de ser felices sexual y afectivamente– sin que se nos condene por ello. Algo que no sucedía, por ejemplo, hace treinta años. Un pederasta no, un pederasta será siempre un hijoputa vicioso que merece la cárcel o algo peor. ¿Solución? O se la corta (se frustra y es un desgraciado toda su vida) o cede a sus deseos (y se vuelve un desgraciado que va jodiéndoles la vida a otros). Hostias, qué situación. Me alegro de no estar en su pellejo.
Bueno, el caso es que pasamos la noche con ésta y otras bonitas disquisiciones. Maite se despidió de nosotros cuando ya estábamos en la calle y los tres enfilamos para casa, E&R a la habitación de ésta, yo a mi cuarto, a dormirla.
A, el colombiano Pocahontas, ha reiterado su invitación a Cuenca (¿para ponerme mirando a ídem?) y he de llamar y explicarle (a ver cómo lo hago sin cagarla) que no, que este finde tengo cosas que hacer en Madrid y que mi idea de ir despacio no es pasar todo el sábado pegado a un tipo que acabo de conocer.
Mamá llamó ayer por la tarde, pero no cogí el teléfono. Este mediodía me envía un mensaje al móvil: "Hola. Te llamé ayer y no contestaste. Eva ha tenido a la niña el martes y están muy bien. Besos". He estado a puntito de no responder, pero luego lo he pensado mejor y envié un mensaje de congratulations. Lo que hay es lo que hay, a qué darle vueltas estúpidas.
En el Angie me presentaron a Maite, una chica a quien E había dado cancha la noche anterior, y que se nos acopló un poquillo. Al principio no me hizo mucha gracia, pero como apenas hablaba y yo fui bebiéndomelo todo a mi habitual destroyer ritmo, pues no me importó. Andaba sembrado, está mal que lo diga yo, pero ayer estuve sembrado. Traté de no ser muy sarcástico con E –aunque alguna se me escapó; sobre todo un comentario sobre las medias rojas de red de R, un poco demasiado obvio, que me valió una mirada cuasi asesina de E y la reconvención (fina pero segura) de R. Oído cocina, decidí no seguir atacando por ahí. Pero es que el alcohol me vuelve imprudente y muy, muy irónico. Y pelín malévolo. Me lo pasé en grande, anoche sí.
Tuvimos una charla complicada sobre pederastia; se hablaron cosas políticamente incorrectas. Me reafirmo en lo que dije. Por supuesto que NUNCA defendería a los pederastas (hablo de aquellos que no refrenan sus impulsos y abusan de una criatura), pero mantengo que debe ser una putada sentir deseo hacia los niños. Una gran putada. E se cerró en banda –pensaba en su sobrina de dos años, claro– y utilizó términos como terapia, suicidio ("que se peguen un tiro de mierda"), cosas así. Lo único que yo argumentaba era que sí, por supuesto, que es un crimen el abusar de un niño, pero que debe ser durísimo saberse pederasta. Me explico. Del mismo modo que yo me di cuenta de que era gay y que no había otra que aceptarlo, que nada iba a hacer que esto cambiara (ninguna terapia), porque los impulsos nunca se eligen ni se alteran ni cesan de latirnos en la imaginación, y a E le sucedió, digo yo, tres cuartos de lo mismo con el lesbianismo (mira tú qué pareado), un pederasta descubrirá con horror que lo es. ¿La diferencia? Aunque parte de la sociedad nos humilla y desprecia por ser homosexuales, podemos vivir y respirar –y tratar de ser felices sexual y afectivamente– sin que se nos condene por ello. Algo que no sucedía, por ejemplo, hace treinta años. Un pederasta no, un pederasta será siempre un hijoputa vicioso que merece la cárcel o algo peor. ¿Solución? O se la corta (se frustra y es un desgraciado toda su vida) o cede a sus deseos (y se vuelve un desgraciado que va jodiéndoles la vida a otros). Hostias, qué situación. Me alegro de no estar en su pellejo.
Bueno, el caso es que pasamos la noche con ésta y otras bonitas disquisiciones. Maite se despidió de nosotros cuando ya estábamos en la calle y los tres enfilamos para casa, E&R a la habitación de ésta, yo a mi cuarto, a dormirla.
A, el colombiano Pocahontas, ha reiterado su invitación a Cuenca (¿para ponerme mirando a ídem?) y he de llamar y explicarle (a ver cómo lo hago sin cagarla) que no, que este finde tengo cosas que hacer en Madrid y que mi idea de ir despacio no es pasar todo el sábado pegado a un tipo que acabo de conocer.
Mamá llamó ayer por la tarde, pero no cogí el teléfono. Este mediodía me envía un mensaje al móvil: "Hola. Te llamé ayer y no contestaste. Eva ha tenido a la niña el martes y están muy bien. Besos". He estado a puntito de no responder, pero luego lo he pensado mejor y envié un mensaje de congratulations. Lo que hay es lo que hay, a qué darle vueltas estúpidas.
BEBE
Desde que oí hablar por primera vez de ella, me cayó mal. Quizás porque E había sucumbido demasiado rápido a sus encantos (estas bollos vamperras y suprahormonadas) y estaba como loca con todas sus canciones, escucha ésta, mira qué buena, ¿y qué dices de esta otra?, una pasada, ¿eh? Mi eterno espíritu de la contradicción, que se puso en marcha a pasos agigantados. Por entonces, la Bebe empezaba a sonar por ahí, era una chica tímida y morena, pequeñilla pero matona. Comenzaron a llegarme las primeras noticias de su fobia a la prensa, a través de una chica que trabaja no sé dónde. Habían querido entrevistarla y la tía dijo que no, que pasaba de perder su tiempo hablando con los periodistas, que estaba saturada de tanta fama. Recuerdo que pensé que la pobre no era muy espabilada si, al comienzo de una carrera prometedora, no aprovechaba el tirón que suponía salir en determinados medios de comunicación. Pero, bueno, cada cual es muy libre de elegir su camino, de equivocarse o no.
Llegó el verano y entonces sí que me saturé del "Malo", que sonaba en todas partes y parecía un himno de lo políticamente correcto. Entiéndase, estoy en contra de los malos tratos, faltaría plus, pero que alguien saque una canción sobre el tema justo en estos momentos me huele a interés comercial. Y no me gusta. A lo mejor estoy equivocado, no digo que no. Pero la duda está ahí.
Y estos días he leído varias entrevistas a la nueva diva. En los 40, en El Mundo,... Va de sobrada por la vida, se permite el lujo de insultar a los periodistas, de un modo completamente gratuito, y desprecia a sus fans (dice que no entiende cómo pueden alucinar cuando la ven por la calle, que ya no firma casi autógrafos y que quiere que pasen de ella). Joder con la joyita de niña. Se merece el olvido más absoluto. Pero antes (seamos malos...), una temporada de persecución de la prensa más canalla. Digamos, seis meses de total falta de privacidad. Para que sepa lo que vale un peine.
¿Cómo puedes renegar de la fama y prestarte a ser portada de una revista como 40?
En otro orden de cosas. Ayer me llamó mi tío Charly (no mi madre) y me dio la noticia de que soy tío de una niña. Vale. A ésta tampoco la voy a conocer, así que...
Llegó el verano y entonces sí que me saturé del "Malo", que sonaba en todas partes y parecía un himno de lo políticamente correcto. Entiéndase, estoy en contra de los malos tratos, faltaría plus, pero que alguien saque una canción sobre el tema justo en estos momentos me huele a interés comercial. Y no me gusta. A lo mejor estoy equivocado, no digo que no. Pero la duda está ahí.
Y estos días he leído varias entrevistas a la nueva diva. En los 40, en El Mundo,... Va de sobrada por la vida, se permite el lujo de insultar a los periodistas, de un modo completamente gratuito, y desprecia a sus fans (dice que no entiende cómo pueden alucinar cuando la ven por la calle, que ya no firma casi autógrafos y que quiere que pasen de ella). Joder con la joyita de niña. Se merece el olvido más absoluto. Pero antes (seamos malos...), una temporada de persecución de la prensa más canalla. Digamos, seis meses de total falta de privacidad. Para que sepa lo que vale un peine.
¿Cómo puedes renegar de la fama y prestarte a ser portada de una revista como 40?
En otro orden de cosas. Ayer me llamó mi tío Charly (no mi madre) y me dio la noticia de que soy tío de una niña. Vale. A ésta tampoco la voy a conocer, así que...
EL PORQUÉ DE MI MALA LECHE
Parece que el tiempo ya ha dado su giro definitivo. Esta mañana, cielos despejados que poco a poco se iban ensuciando de nubes, temperaturas más frescas que los últimos días, sensación de otoño en el ambiente. Algún turista despistadillo con chanclas y bermudas de colores ponía cara de no entender y se agarraba con uñas y dientes a la idea perdida de verano. Pero los demás estamos ya en otra cosa, con octubre llegaron la vuelta al tajo y las obligaciones y las miradas grises tras las gafas de cotidianidad. Escribo esto (aunque lo pasaré más tarde al ordenador, de noche en la redacción) en la cafetería Nebraska, principio de la calle Alcalá. En una hora y media tengo la presentación de no sé qué en el Teatro Alcázar, y hago tiempo con un papel y un boli, como tantas veces.
Me he levantado con un humor cambiante, como de galerna, complicado. Ayer en el curro fue un día duro, se cayó el sistema (o algo así: yo, de estas cosas, ni zorra) y estuvimos sin Internet durante toda la jornada. Un desastre que casi se convierte en hecatombe nuclear. Al final, y como siempre, de una manera u otra el periódico se hizo y pudimos respirar aliviados. Hubo, pues, tensión a lo Lou Grant pero no para tanto. Nada que no solucionaran unas mahous en el Angie (fueron cuatro, una detrás de la otra...). Estuvimos el núcleo duro, E, J&A y yo. Discusión apasionada sobre Almodóvar. E y yo casi llegamos (metafóricamente hablando) a las manos. Me dijo que me gusta Woody Allen porque es extranjero, y que soy tan crítico con Almodóvar porque "nadie es profeta en su tierra". Ni de coña. Reconozco que el cine de Allen no es el mismo que el de hace 15/20 años, pero sus pelis siguen siendo más que dignas, el nivel medio es muy aceptable. Almodóvar, en cambio... He visto todas sus películas, y desde hace 15 años (que se dice pronto) nada de lo que ha hecho me ha convencido. Sí, sí, un manejo de la cámara estupendo, momentos determinados muy bellos, casi sublimes. Pero historias acartonadas, nada creíbles, sin lógica interna, con diálogos absurdos, un montaje más bien desastroso y (en ocasiones) unos actores pésimos. A pesar de lo cual, todo el mundo de un tiempo a esta parte, incluidos muchos críticos, le adora. No lo entiendo.
Pero lo del humor éste de entretiempo no va por ahí tampoco. Discutir con E es siempre un placer, nunca me enfado de veras, no por más de unos cuantos minutos. Así que, ¿por qué esta mala leche intermitente que me nubla la vista?
Muy sencillo. Ayer se cumplieron 35 años de la boda de mis padres y, como ya nos hablamos, llamé por teléfono para felicitarles. Conversación "social" con mamá. Sensación de que no tenía mucho que contarme y que tampoco le importaba una mierda lo que yo pudiera decir. Ni un "tú cómo estás, hijo mío", nada. La conozco muy bien y su tono de voz era el que emplearía para charlar (distraídamente) con alguien por compromiso. Seguro que colgó y puso cara de "qué pesado, no había manera de quitárselo de encima".
A mi pregunta de cómo iban las cosas por ahí, fue muy poco explícita. Abuelito ya bien, la úlcera curada y él viviendo su día a día con normalidad. Me consta que mi hermana Eva, a estas alturas, ya debe haber dado a luz o estar a puntísimo. Ni una puta palabra al respecto. Cómo echo de menos a mi abuela. Y qué solo me he quedado ahora que ella no está para mimarme, para hacerme sentir querido. Esas parrafadas telefónicas que nos tirábamos los dos... Cómo he podido ser tan ingenuo pensando que las cosas con mis padres podrían cambiar a mejor. O que mamá podría, de algún modo, sustituir a abuelita. Yo soy el hijo mayor que (gracias a dios, porque si no sería un problema cara a sus amistades) vive lejos y no da mucho la coña con eso de ser gay, rarito, maricón, sarasa, invertido. Soy aquél a quien mostrar de cuando en cuando, para enumerar sus éxitos, si los hubiera, pasearlo un poco por ahí (pero no mucho) y ya está. El cariño incondicional de abuelita no me lo tiene nadie, pero nadie, en el mundo. Saberse desvalido, a ese nivel, es una grandísima putada.
Me he levantado con un humor cambiante, como de galerna, complicado. Ayer en el curro fue un día duro, se cayó el sistema (o algo así: yo, de estas cosas, ni zorra) y estuvimos sin Internet durante toda la jornada. Un desastre que casi se convierte en hecatombe nuclear. Al final, y como siempre, de una manera u otra el periódico se hizo y pudimos respirar aliviados. Hubo, pues, tensión a lo Lou Grant pero no para tanto. Nada que no solucionaran unas mahous en el Angie (fueron cuatro, una detrás de la otra...). Estuvimos el núcleo duro, E, J&A y yo. Discusión apasionada sobre Almodóvar. E y yo casi llegamos (metafóricamente hablando) a las manos. Me dijo que me gusta Woody Allen porque es extranjero, y que soy tan crítico con Almodóvar porque "nadie es profeta en su tierra". Ni de coña. Reconozco que el cine de Allen no es el mismo que el de hace 15/20 años, pero sus pelis siguen siendo más que dignas, el nivel medio es muy aceptable. Almodóvar, en cambio... He visto todas sus películas, y desde hace 15 años (que se dice pronto) nada de lo que ha hecho me ha convencido. Sí, sí, un manejo de la cámara estupendo, momentos determinados muy bellos, casi sublimes. Pero historias acartonadas, nada creíbles, sin lógica interna, con diálogos absurdos, un montaje más bien desastroso y (en ocasiones) unos actores pésimos. A pesar de lo cual, todo el mundo de un tiempo a esta parte, incluidos muchos críticos, le adora. No lo entiendo.
Pero lo del humor éste de entretiempo no va por ahí tampoco. Discutir con E es siempre un placer, nunca me enfado de veras, no por más de unos cuantos minutos. Así que, ¿por qué esta mala leche intermitente que me nubla la vista?
Muy sencillo. Ayer se cumplieron 35 años de la boda de mis padres y, como ya nos hablamos, llamé por teléfono para felicitarles. Conversación "social" con mamá. Sensación de que no tenía mucho que contarme y que tampoco le importaba una mierda lo que yo pudiera decir. Ni un "tú cómo estás, hijo mío", nada. La conozco muy bien y su tono de voz era el que emplearía para charlar (distraídamente) con alguien por compromiso. Seguro que colgó y puso cara de "qué pesado, no había manera de quitárselo de encima".
A mi pregunta de cómo iban las cosas por ahí, fue muy poco explícita. Abuelito ya bien, la úlcera curada y él viviendo su día a día con normalidad. Me consta que mi hermana Eva, a estas alturas, ya debe haber dado a luz o estar a puntísimo. Ni una puta palabra al respecto. Cómo echo de menos a mi abuela. Y qué solo me he quedado ahora que ella no está para mimarme, para hacerme sentir querido. Esas parrafadas telefónicas que nos tirábamos los dos... Cómo he podido ser tan ingenuo pensando que las cosas con mis padres podrían cambiar a mejor. O que mamá podría, de algún modo, sustituir a abuelita. Yo soy el hijo mayor que (gracias a dios, porque si no sería un problema cara a sus amistades) vive lejos y no da mucho la coña con eso de ser gay, rarito, maricón, sarasa, invertido. Soy aquél a quien mostrar de cuando en cuando, para enumerar sus éxitos, si los hubiera, pasearlo un poco por ahí (pero no mucho) y ya está. El cariño incondicional de abuelita no me lo tiene nadie, pero nadie, en el mundo. Saberse desvalido, a ese nivel, es una grandísima putada.
FIN DE SEMANA II
La tarde del sábado, una vez que dejé a E camino de casa –dormida, como alucinada, supongo que pensando aún en R y lo que había sucedido–, enfilé para la mía. Sentía un peso extraño en el estómago que era, bien lo sabía, pereza ante la cita a ciegas con A.
A es un chico que contactó conmigo a través de Internet y con quien había quedado, a las 18.45, en el café Comercial. Eran las cinco de la tarde –las cinco en punto de la tarde– y yo me sentía como el torero inseguro que no quiere salir a la plaza, que se arrodilla frente a toda la parafernalia de vírgenes y santos que conforman su altarcito portátil y cierra los ojos muy fuerte, se aprieta la frente con las manos, deseando no estar allí, poder volar muy lejos hacia otra vida donde no exista el peligro cierto de una tarde de toros, pertenecer a otro mundo menos cruel, menos sangriento: ¿por qué no me habré hecho veterinario en lugar de torero?, piensa el matador cobarde. Allí estaba, a las cinco y media de la tarde (los clarines sonaban, el público iba tomando asiento, dentro de muy poco comenzaría a impacientarse), sin ninguna gana de conocer a A, sin saber lo que pasaría, a lo mejor una conexión de la hostia, a lo peor un desconocimiento mutuo que se traduciría en fracaso. Miedo escénico, vamos. Por qué elegí ser un espada y lanzarme al ruedo si a mí lo que me gusta es observar los toros desde la barrera, curar animales enfermos y nunca arriesgarme. Al final, decidí acercarme antes por el Comercial y esperar allí, parapetado tras un café y la horizontalidad salvadora de una mesa.
Y el encuentro no fue mal. A es un chico majo, colombiano de veintitantos, media melena indígena que le da un aire a Pocahontas (en tío), inteligentísimo y totalmente comprometido con el tema de la inmigración. Hablamos de Fernando Vallejo y de Saramago. Fiel a mi ser apasionado cuando se trata de Literatura, puse al portugués a caer de un burro (considero, leídas dos o tres novelas suyas, no más, que no escribe lo bien que se espera de su fama; sus ideas me gustan, pero no así el modo que tiene de desarrollarlas, con una prosa vetusta, aburrida, monocorde y decimonónica, con muchas volutas en el aire, mucho usteo y poca vida a pie de calle) y elevé a las alturas al colombiano (que escribe con dolor desde el dolor y la náusea, maravillosamente, con un ritmo y una cadencia que ya quisieran para sí diez saramagos). No estuvo de acuerdo conmigo. Y eso me gustó, que me diera caña, que me discutiera las cosas y me obligara a afinar en lo que digo, a veces a reconocer errores, otras no. Según. Luego pasamos a su trabajo con inmigrantes –él mismo es uno de ellos, aún no tiene los papeles en regla– y ahí A se lució, en un discurso muy bien construido que me llamó la atención, por lo inusual. Más tarde, después de TAAAN sesudas consideraciones por parte de los dos (¿quién estuvo más Sánchez Dragó?), nos encaminamos hasta la placita de las Salesas, uno de los rincones que siempre me seducen de esta ciudad. Una plaza pequeñita, replegada en sí misma, a la sombra de unos cuantos árboles, con perros juguetones entre los bancos de madera, grupos de adolescentes diseminados aquí y allá, haciendo botellón (como nosotros mismos). Sobre un banco llegó el momento de algo más íntimo, por debajo o por encima de las palabras –pero también en ellas, en la intención con que se decían–; una corriente de simpatía, la atracción manifiesta que, a medida que trasegábamos cerveza, era mayor. Nos besamos suavemente, delicadamente, amorosamente. Y yo notaba cómo mis prevenciones se hacían aire en el aire, desaparecían a medida que sus manos acariciaban mi mejilla, cuando nuestras respiraciones se encontraban en un juego de lenguas y mordiscos, de dientes que chocaban entre sí, de encías que se olisqueaban y se reconocían. Yo se lo había dicho antes.
–Quiero ir despacio. Me gustas, pero quiero ir poco a poco, ¿vale?
Y entre la cerveza y los besos ya comenzaba a flaquear en mi determinación… Me ofreció un viaje, este próximo finde, a Cuenca (y casi acepto); yo insinué la posibilidad de pasar una mañana en Talavera, donde A vive. Joder, y eso sólo después de unos besos.
Pero ni habrá Talavera ni habrá Cuenca. Ahora, de nuevo con la cabeza sobre los hombros, repito lo de que quiero que todo vaya despacio, suavecito, take it easy, babe.
Me costó arrancarme de aquello, los grupos de chicos y chicas del botellón, la atardecida sobre todos nosotros, desdibujando perfiles, alguna paloma arrullando, los perros que corrían alegremente por el césped, olvidados de sus dueños y del piso con moqueta, de la correa y del pienso para cenar, la torre de la iglesia que se recortaba sobre el cielo primero azul, más tarde de un añil sucio, luego negro. Me costó pero lo hice. Un porro de última hora estuvo a punto de tumbarme –casi, casi vomito– pero me recuperé y fuimos juntos, despacito y con buena letra, hasta Tribunal. Allí nos dijimos adiós, un beso rápido y una mirada intensa, de hasta luego. Y principió para mí la segunda parte de la noche.
Fiestuqui en casa de los tres hermanos, A, L y Espe, allá por los arabescos de Lavapiés. Llegué a eso de las once y para la una de la madrugada tenía un ciego de cuidado. Fue una locura por mi parte, vasos y vasos de cerveza uno detrás de otro, como si tuviera miedo de que alguien me los arrebatase. Estaban por ahí E y M, Laura sin A (que andaba de excursión, creo) y mucha más gente. Yo iba de grupo en grupo, como una peonza borracha que no pudiera evitar el girar y girar, cada vez más rápido, más desatada la pobre peoncita alcoholizada y absurda. L me presentó a Rubén, con un guiño de complicidad en la mirada.
–Es guapo, va a vivir aquí tres años, no conoce a nadie–, me susurró al oído.
Mmmm... el tal Rubén no estaba nada mal, y yo comencé en torno suyo –muy torpemente, esa es la verdad– la danza del apareamiento gay. Sea lo que sea esto, pero yo me entiendo. Nada más que para comprobar que el niño no me hacía ni puto caso, colgado de una conversación divertidísima (al menos eso parecía, por las risas) con M. Cómo explicarle que se equivocaba, que M es hetero (a pesar de los pesares) y que no tenía nada que hacer con él. Que el otro gay de la fiesta era yo, y que estaba libre como un pájaro.
Como un pájaro que se cayó del nido y se desgració el piquito de oro contra el suelo. No recuerdo cómo, aparecí en la cama de Espe, completamente rendido a la evidencia de un pedal del uno. Dormí un sueño pegajoso hasta que en un momento dado me quité como pude las lentillas, volví a la cama y fundido en negro.
A la mañana siguiente comprobé con alivio que no era Jane Fonda y no había ningún cadáver ensangrentado a mi lado. Nunca se sabe. Desperté sintiéndome como nuevo. Me puse las lentillas, me enjuagué la boca y, tras despertar a Espe (que dormía con E en el salón, sobre un colchón que acondicionaron allí), le pedí perdón por haber usurpado su cama y salí a la calle.
Pero E me contó lo que yo no recuerdo. Por lo visto, en plena fiesta me volví un autista que no hablaba con nadie (cuando lo hacía, según ella, no vocalizaba, con lo que ninguno me hubiera entendido), luego desaparecí para reaparecer al cabo de media hora abrazado al señor Roca, en el baño, vomitando y con una cola de gente esperando a que terminara. Entre varios me condujeron al cuarto de Espe, donde aún vomité otra vez. Qué vergüenza. Y a esta gente, ¿con qué cara les miro yo la próxima vez que nos veamos?
G se fue ya de casa. al final se quedó un día más de lo pactado. Esta mañana se lo dije, que cuándo se iba. Me prometió que ya esta noche no dormirá conmigo. Es un buen chaval, el sexo con él mejora día a día, apenas siento que le tengo de okupa. Pero tengo muchas ganas de volver a disponer a mi antojo de mi vida, de mi espacio, de mis cosas. Que le vaya bonito, pues.
A es un chico que contactó conmigo a través de Internet y con quien había quedado, a las 18.45, en el café Comercial. Eran las cinco de la tarde –las cinco en punto de la tarde– y yo me sentía como el torero inseguro que no quiere salir a la plaza, que se arrodilla frente a toda la parafernalia de vírgenes y santos que conforman su altarcito portátil y cierra los ojos muy fuerte, se aprieta la frente con las manos, deseando no estar allí, poder volar muy lejos hacia otra vida donde no exista el peligro cierto de una tarde de toros, pertenecer a otro mundo menos cruel, menos sangriento: ¿por qué no me habré hecho veterinario en lugar de torero?, piensa el matador cobarde. Allí estaba, a las cinco y media de la tarde (los clarines sonaban, el público iba tomando asiento, dentro de muy poco comenzaría a impacientarse), sin ninguna gana de conocer a A, sin saber lo que pasaría, a lo mejor una conexión de la hostia, a lo peor un desconocimiento mutuo que se traduciría en fracaso. Miedo escénico, vamos. Por qué elegí ser un espada y lanzarme al ruedo si a mí lo que me gusta es observar los toros desde la barrera, curar animales enfermos y nunca arriesgarme. Al final, decidí acercarme antes por el Comercial y esperar allí, parapetado tras un café y la horizontalidad salvadora de una mesa.
Y el encuentro no fue mal. A es un chico majo, colombiano de veintitantos, media melena indígena que le da un aire a Pocahontas (en tío), inteligentísimo y totalmente comprometido con el tema de la inmigración. Hablamos de Fernando Vallejo y de Saramago. Fiel a mi ser apasionado cuando se trata de Literatura, puse al portugués a caer de un burro (considero, leídas dos o tres novelas suyas, no más, que no escribe lo bien que se espera de su fama; sus ideas me gustan, pero no así el modo que tiene de desarrollarlas, con una prosa vetusta, aburrida, monocorde y decimonónica, con muchas volutas en el aire, mucho usteo y poca vida a pie de calle) y elevé a las alturas al colombiano (que escribe con dolor desde el dolor y la náusea, maravillosamente, con un ritmo y una cadencia que ya quisieran para sí diez saramagos). No estuvo de acuerdo conmigo. Y eso me gustó, que me diera caña, que me discutiera las cosas y me obligara a afinar en lo que digo, a veces a reconocer errores, otras no. Según. Luego pasamos a su trabajo con inmigrantes –él mismo es uno de ellos, aún no tiene los papeles en regla– y ahí A se lució, en un discurso muy bien construido que me llamó la atención, por lo inusual. Más tarde, después de TAAAN sesudas consideraciones por parte de los dos (¿quién estuvo más Sánchez Dragó?), nos encaminamos hasta la placita de las Salesas, uno de los rincones que siempre me seducen de esta ciudad. Una plaza pequeñita, replegada en sí misma, a la sombra de unos cuantos árboles, con perros juguetones entre los bancos de madera, grupos de adolescentes diseminados aquí y allá, haciendo botellón (como nosotros mismos). Sobre un banco llegó el momento de algo más íntimo, por debajo o por encima de las palabras –pero también en ellas, en la intención con que se decían–; una corriente de simpatía, la atracción manifiesta que, a medida que trasegábamos cerveza, era mayor. Nos besamos suavemente, delicadamente, amorosamente. Y yo notaba cómo mis prevenciones se hacían aire en el aire, desaparecían a medida que sus manos acariciaban mi mejilla, cuando nuestras respiraciones se encontraban en un juego de lenguas y mordiscos, de dientes que chocaban entre sí, de encías que se olisqueaban y se reconocían. Yo se lo había dicho antes.
–Quiero ir despacio. Me gustas, pero quiero ir poco a poco, ¿vale?
Y entre la cerveza y los besos ya comenzaba a flaquear en mi determinación… Me ofreció un viaje, este próximo finde, a Cuenca (y casi acepto); yo insinué la posibilidad de pasar una mañana en Talavera, donde A vive. Joder, y eso sólo después de unos besos.
Pero ni habrá Talavera ni habrá Cuenca. Ahora, de nuevo con la cabeza sobre los hombros, repito lo de que quiero que todo vaya despacio, suavecito, take it easy, babe.
Me costó arrancarme de aquello, los grupos de chicos y chicas del botellón, la atardecida sobre todos nosotros, desdibujando perfiles, alguna paloma arrullando, los perros que corrían alegremente por el césped, olvidados de sus dueños y del piso con moqueta, de la correa y del pienso para cenar, la torre de la iglesia que se recortaba sobre el cielo primero azul, más tarde de un añil sucio, luego negro. Me costó pero lo hice. Un porro de última hora estuvo a punto de tumbarme –casi, casi vomito– pero me recuperé y fuimos juntos, despacito y con buena letra, hasta Tribunal. Allí nos dijimos adiós, un beso rápido y una mirada intensa, de hasta luego. Y principió para mí la segunda parte de la noche.
Fiestuqui en casa de los tres hermanos, A, L y Espe, allá por los arabescos de Lavapiés. Llegué a eso de las once y para la una de la madrugada tenía un ciego de cuidado. Fue una locura por mi parte, vasos y vasos de cerveza uno detrás de otro, como si tuviera miedo de que alguien me los arrebatase. Estaban por ahí E y M, Laura sin A (que andaba de excursión, creo) y mucha más gente. Yo iba de grupo en grupo, como una peonza borracha que no pudiera evitar el girar y girar, cada vez más rápido, más desatada la pobre peoncita alcoholizada y absurda. L me presentó a Rubén, con un guiño de complicidad en la mirada.
–Es guapo, va a vivir aquí tres años, no conoce a nadie–, me susurró al oído.
Mmmm... el tal Rubén no estaba nada mal, y yo comencé en torno suyo –muy torpemente, esa es la verdad– la danza del apareamiento gay. Sea lo que sea esto, pero yo me entiendo. Nada más que para comprobar que el niño no me hacía ni puto caso, colgado de una conversación divertidísima (al menos eso parecía, por las risas) con M. Cómo explicarle que se equivocaba, que M es hetero (a pesar de los pesares) y que no tenía nada que hacer con él. Que el otro gay de la fiesta era yo, y que estaba libre como un pájaro.
Como un pájaro que se cayó del nido y se desgració el piquito de oro contra el suelo. No recuerdo cómo, aparecí en la cama de Espe, completamente rendido a la evidencia de un pedal del uno. Dormí un sueño pegajoso hasta que en un momento dado me quité como pude las lentillas, volví a la cama y fundido en negro.
A la mañana siguiente comprobé con alivio que no era Jane Fonda y no había ningún cadáver ensangrentado a mi lado. Nunca se sabe. Desperté sintiéndome como nuevo. Me puse las lentillas, me enjuagué la boca y, tras despertar a Espe (que dormía con E en el salón, sobre un colchón que acondicionaron allí), le pedí perdón por haber usurpado su cama y salí a la calle.
Pero E me contó lo que yo no recuerdo. Por lo visto, en plena fiesta me volví un autista que no hablaba con nadie (cuando lo hacía, según ella, no vocalizaba, con lo que ninguno me hubiera entendido), luego desaparecí para reaparecer al cabo de media hora abrazado al señor Roca, en el baño, vomitando y con una cola de gente esperando a que terminara. Entre varios me condujeron al cuarto de Espe, donde aún vomité otra vez. Qué vergüenza. Y a esta gente, ¿con qué cara les miro yo la próxima vez que nos veamos?
G se fue ya de casa. al final se quedó un día más de lo pactado. Esta mañana se lo dije, que cuándo se iba. Me prometió que ya esta noche no dormirá conmigo. Es un buen chaval, el sexo con él mejora día a día, apenas siento que le tengo de okupa. Pero tengo muchas ganas de volver a disponer a mi antojo de mi vida, de mi espacio, de mis cosas. Que le vaya bonito, pues.
FIN DE SEMANA I
El viernes me dejé los dineros en la Feria del Libro Antiguo de Recoletos. Quedé a las cinco con O y J, pensando que E también se apuntaría. Como le debía pasta, saqué del cajero lo suficiente para pagarle y poder comprar uno o dos libros. Finalmente, E no se animó a salir de casa tan pronto (las vamperras es lo que tienen, odian la luz del sol), así que me vi frente a las casetas y toda esa cantidad de letra impresa que decía cómprame, cómprame. Encontré "Los años", de V Woolf (después de meses de búsqueda infructuosa), dos cosas de Martín Gaite, otra de Nathalie Sarraute, y así. Fueron siete u ocho libros, tampoco una cantidad desorbitada, pero unas horas antes, en FNAC, había comprado los diarios de John Cheever, más de 20 euros del ala. Así que, desde ya mismo, he de controlar gastos, que no llego a fin de mes.
Después de las compras compulsivas vino un café al que se unió M, amiga (creo que también compañera de piso) de O. Y, como ella, de Santander. Resulta quue estudió en el San José, y conoce a mi madre -que no llegó, menos mal, a darle clase. Por ahí estuvimos hablando de las monjas, sor Rosario sobre todo. Conté alguna que otra anécdota, cuando los chicos de los Salesianos bajábamos la cuesta y nos apostábamos (como aves carroñeras) a la puerta del San José, a ver qué se cocía y si alguno ligaba o no. En aquellos años, ya era conscoiente de mi homosexualidad, pero la ocultaba con cuidado (y mucho temor, claro). Entonces pensaba de verdad que mi vida sería una sucesión continua y asfixiante de imposturas y mentiras, más o menos bien urdidas, que quizá con un poco de esfuerzo consiguiera arrancarme esa lacra de encima, conocer a una chica y enamorarme. Qué ingenuo. Y qué de años perdidos. Bueno, el caso es que me reí un poco de todo esto e ironicé sobre ese chiquillo asustado que fui...
Luego M (que es una batería de palabras) dijo que tiene que presentarme a sus amigos gays, que son guapísimos, jovencísimos y divertidísimos. ¿Me ha visto cara de necesitado? Que si Manu es un cielo, que si Sergio es un amor de niño... Aunque se ve que yo no necesito que me ayuden para ligar.
-Tú debes ligar mucho.
-¿Te parece?
-Se te ve cara de cabroncete.
Mira tú qué bien. Chueca es un mundo nuevo que recién descubrió el fin de semana pasado, un lugar que le encanta, es todo superdivertido y megabonito. A medida que iba hablando, se me quitaban las ganas de coleguear con ella y sus amigos, me los imagino muy bien, mucha charleta sobre el último disco de Chenoa, lo que se llevará (o no) el verano que viene y qué guapo es ese de allí, ¿se fijará en mí? M parece una chica simpática, pero está en la edad de los excesos y de las locuras, y va camino de convertirse en una mariliendre de tomo y lomo. Algo que no soporto, ni a ellas ni a ellos que lo permiten (como reinas con su corte de enamoradas). Me explicó que sus amigos se cortan a la hora de ligar, y que ella se encargó de ayudarles, la noche del sábado anterior, a conocer gente. Había un chico, "precioso", vestido con una camiseta azul y ella se le acercó para presentarle a uno.
-Oye, qué camiseta más chula.
-¿Te gusta? Es de H&M.
-Además, te sienta muy bien.
-Bueno, es de la temporada pasada...
-No importa, te está genial.
Llegados a este punto, miré el reloj, vi que se me hacía tarde y con una excusa tonta salí del bar por patas.
A la noche, E y yo quedamos en la plaza de Chueca. Que estaba de fiesta, por lo del matrimonio y adopción. Televisiones, fotógrafos, un remolino de gente que se movía al ritmo (flujo y reflujo) que marcaban las cámaras. Y es que, cuando se enciende el pilotito rojo, imponen mucho. Había un grupo a mi lado que estaba deseando salir en la tele pero, al mismo tiempo, era consciente de que eso supondría una salida del armario en toda regla, una declaración de principios sin marcha atrás. Hacían bromas nerviosas, pegaban grititos cuando las cámaras se acercaban demasiado, salían corriendo para esconderse, no fueran a grabarlos y salieran en algún telediario. "Mi madre piensa que estoy en Huertas", decía uno. "Ostias, que es la Primera", se espantaba el otro. "¿Pero no lo saben en tu casa?", bromeaba un tercero. Y venga a esconderse de las cámaras, todo risas y estrépito.
Cené con E y J, pasamos por el Angie y luego apareció R, mi nueva compi de piso. A E le cambió la cara, tuvimos una noche rara. La tuve yo, imagino. En la Vaca Austera encontramos a A, la novia de J, que cada día me cae mejor. A esas alturas de la noche, y una vez que J dejó caer la noticia de que R es bisexual, a E se le olvidaron todas sus opiniones en contra de ella y comenzaron las dos un coqueteo que no hizo sino aumentar en el Siroco, adonde fuimos para coronar la noche. J&A dijeron que estaban cansados, que se iban para casa, y yo aproveché para dejarlas solas...
El sábado, al levantarme, recibí un mensaje de E. Que estaba en mi casa y que si comíamos juntos. Vaya, vaya. Luego se lo dije (de coña, of course), que a este paso se va a hacer una tour completa por toda la casa. Menos mal que P parece, de momento, fiel a su ser hetero (y al pánfilo de su novio). Comimos los tres por Malasaña. No pensé que R se apuntara a la comida, así que apenas hablamos E y yo, a la espera de que la otra se despidiera y nos dejara comentar las mejores jugadas, si es que las hubo. E dice que no está enamorada. No sé, con ella siempre es distinto, nunca acierto del todo. ¿Se quedará todo en un alegre revolcón de fin de semana o habrá encontrado mi amiga (y a eso aspiraba hace bien poco) una almita gemela, aunque sólo sea para pasar las inclemencias del invierno? Veremos.
Después de las compras compulsivas vino un café al que se unió M, amiga (creo que también compañera de piso) de O. Y, como ella, de Santander. Resulta quue estudió en el San José, y conoce a mi madre -que no llegó, menos mal, a darle clase. Por ahí estuvimos hablando de las monjas, sor Rosario sobre todo. Conté alguna que otra anécdota, cuando los chicos de los Salesianos bajábamos la cuesta y nos apostábamos (como aves carroñeras) a la puerta del San José, a ver qué se cocía y si alguno ligaba o no. En aquellos años, ya era conscoiente de mi homosexualidad, pero la ocultaba con cuidado (y mucho temor, claro). Entonces pensaba de verdad que mi vida sería una sucesión continua y asfixiante de imposturas y mentiras, más o menos bien urdidas, que quizá con un poco de esfuerzo consiguiera arrancarme esa lacra de encima, conocer a una chica y enamorarme. Qué ingenuo. Y qué de años perdidos. Bueno, el caso es que me reí un poco de todo esto e ironicé sobre ese chiquillo asustado que fui...
Luego M (que es una batería de palabras) dijo que tiene que presentarme a sus amigos gays, que son guapísimos, jovencísimos y divertidísimos. ¿Me ha visto cara de necesitado? Que si Manu es un cielo, que si Sergio es un amor de niño... Aunque se ve que yo no necesito que me ayuden para ligar.
-Tú debes ligar mucho.
-¿Te parece?
-Se te ve cara de cabroncete.
Mira tú qué bien. Chueca es un mundo nuevo que recién descubrió el fin de semana pasado, un lugar que le encanta, es todo superdivertido y megabonito. A medida que iba hablando, se me quitaban las ganas de coleguear con ella y sus amigos, me los imagino muy bien, mucha charleta sobre el último disco de Chenoa, lo que se llevará (o no) el verano que viene y qué guapo es ese de allí, ¿se fijará en mí? M parece una chica simpática, pero está en la edad de los excesos y de las locuras, y va camino de convertirse en una mariliendre de tomo y lomo. Algo que no soporto, ni a ellas ni a ellos que lo permiten (como reinas con su corte de enamoradas). Me explicó que sus amigos se cortan a la hora de ligar, y que ella se encargó de ayudarles, la noche del sábado anterior, a conocer gente. Había un chico, "precioso", vestido con una camiseta azul y ella se le acercó para presentarle a uno.
-Oye, qué camiseta más chula.
-¿Te gusta? Es de H&M.
-Además, te sienta muy bien.
-Bueno, es de la temporada pasada...
-No importa, te está genial.
Llegados a este punto, miré el reloj, vi que se me hacía tarde y con una excusa tonta salí del bar por patas.
A la noche, E y yo quedamos en la plaza de Chueca. Que estaba de fiesta, por lo del matrimonio y adopción. Televisiones, fotógrafos, un remolino de gente que se movía al ritmo (flujo y reflujo) que marcaban las cámaras. Y es que, cuando se enciende el pilotito rojo, imponen mucho. Había un grupo a mi lado que estaba deseando salir en la tele pero, al mismo tiempo, era consciente de que eso supondría una salida del armario en toda regla, una declaración de principios sin marcha atrás. Hacían bromas nerviosas, pegaban grititos cuando las cámaras se acercaban demasiado, salían corriendo para esconderse, no fueran a grabarlos y salieran en algún telediario. "Mi madre piensa que estoy en Huertas", decía uno. "Ostias, que es la Primera", se espantaba el otro. "¿Pero no lo saben en tu casa?", bromeaba un tercero. Y venga a esconderse de las cámaras, todo risas y estrépito.
Cené con E y J, pasamos por el Angie y luego apareció R, mi nueva compi de piso. A E le cambió la cara, tuvimos una noche rara. La tuve yo, imagino. En la Vaca Austera encontramos a A, la novia de J, que cada día me cae mejor. A esas alturas de la noche, y una vez que J dejó caer la noticia de que R es bisexual, a E se le olvidaron todas sus opiniones en contra de ella y comenzaron las dos un coqueteo que no hizo sino aumentar en el Siroco, adonde fuimos para coronar la noche. J&A dijeron que estaban cansados, que se iban para casa, y yo aproveché para dejarlas solas...
El sábado, al levantarme, recibí un mensaje de E. Que estaba en mi casa y que si comíamos juntos. Vaya, vaya. Luego se lo dije (de coña, of course), que a este paso se va a hacer una tour completa por toda la casa. Menos mal que P parece, de momento, fiel a su ser hetero (y al pánfilo de su novio). Comimos los tres por Malasaña. No pensé que R se apuntara a la comida, así que apenas hablamos E y yo, a la espera de que la otra se despidiera y nos dejara comentar las mejores jugadas, si es que las hubo. E dice que no está enamorada. No sé, con ella siempre es distinto, nunca acierto del todo. ¿Se quedará todo en un alegre revolcón de fin de semana o habrá encontrado mi amiga (y a eso aspiraba hace bien poco) una almita gemela, aunque sólo sea para pasar las inclemencias del invierno? Veremos.
¿ADOPCIÓN?
Esta mañana, mientras colgaba la ropa en el tendal, encendí la tele y se me llenó el salón de María Teresa Campos. Perdidito se puso, y luego hay que barrer, que este polvo catódico es muy malo para la salud y cría ranas. A ver si el salón se me va a convertir en una charca. Escuché alucinado la sarta de tonterías que se decían sobre el tema del matrimonio homosexual y (oh, dios) la adopción de niños por una pareja del mismo sexo. La Campos asistía al enfrentamiento de Cuca García Vinuesa (en contra de la adopción) y de Enrique del Pozo (a favor). Casi se me caen las pinzas de la mano. Daban ganas de colarse por un agujerito, llegar hasta donde estaban ellos y darles un buen tirón de orejas. A la una por cateta y al otro por poco espabilado.
Estos botones de ejemplo:
Cuca G V: "Me parece muy bien que consigan (los homosexuales) todas las prebendas (sic) y los privilegios (¡sic!) y que se les ayude a salir del armario (¡¡¡¡sic!!!!), pero cuando se trata de una persona inocente...". Y todo esto sin que una sola arruga ni un solo pelo lacado se le movieran de su sitio.
Enrique del P: "Cuántos padres heterosexuales han sido malos padres, cuántos maltratos hay en las familias "normales", cuántos malos ejemplos", etcétera, etcétera, etcétera. Justo el argumento que yo nunca utilizaría. También hay maricas maltratadores y drogotas incapaces de cuidar una planta, mucho menos de educar a nadie, y bolleras que se dan a la bebida y ejercen el terrorismo psicológico sobre cuantos las rodean. Si en todas partes hay gente buena y gente mala.
Aquí hay una cosa clara: lo ideal (vale, se admite la nomenclatura, aunque el terreno es resbaladizo) es que la criatura tenga los referentes paterno y materno. Y si además viene con un pan bajo el brazo, es una monada y me saca dieces en todas las asignaturas, miel sobre hojuelas. Lo ideal, sí, pero no podemos regirnos por ideales. ¿Qué pasa con los hijos de viudos/viudas, de solteros/solteras? ¿Los arrancamos de su núcleo familiar (imperfecto) para trasplantarlos a una familia con papá y mamá? De esto a cierta forma de fascismo hay muy poco. Desde siempre ha habido niños y niñas sin los dichosos referentes, y han salido adelante, se han buscado las figuras paterna o materna donde buenamente han podido. Dicen, "¿Qué pasará con esos niños cuando vayan al colegio y se encuentren con que son diferentes? Los niños son muy crueles". No tanto como los adultos. También los primeros hijos de divorciados eran diferentes, y no por ello se traumatizaron y van ahora disparándole a la peña por las azoteas de los edificios. No podemos olvidar, además, que ya hay niños que son criados por parejas homosexuales... niños que, a nivel legal, están desasistidos. ¿No sería más fácil que tratáramos todos de ser felices, sin rasgarnos las vestiduras ni joder con falsos paternalismos al vecino?
Antes de apagar la tele, alcancé a escuchar cómo Cuca G V decía "Yo tengo muchos amigos homosexuales...". Tocate los cojones, che.
Estos botones de ejemplo:
Cuca G V: "Me parece muy bien que consigan (los homosexuales) todas las prebendas (sic) y los privilegios (¡sic!) y que se les ayude a salir del armario (¡¡¡¡sic!!!!), pero cuando se trata de una persona inocente...". Y todo esto sin que una sola arruga ni un solo pelo lacado se le movieran de su sitio.
Enrique del P: "Cuántos padres heterosexuales han sido malos padres, cuántos maltratos hay en las familias "normales", cuántos malos ejemplos", etcétera, etcétera, etcétera. Justo el argumento que yo nunca utilizaría. También hay maricas maltratadores y drogotas incapaces de cuidar una planta, mucho menos de educar a nadie, y bolleras que se dan a la bebida y ejercen el terrorismo psicológico sobre cuantos las rodean. Si en todas partes hay gente buena y gente mala.
Aquí hay una cosa clara: lo ideal (vale, se admite la nomenclatura, aunque el terreno es resbaladizo) es que la criatura tenga los referentes paterno y materno. Y si además viene con un pan bajo el brazo, es una monada y me saca dieces en todas las asignaturas, miel sobre hojuelas. Lo ideal, sí, pero no podemos regirnos por ideales. ¿Qué pasa con los hijos de viudos/viudas, de solteros/solteras? ¿Los arrancamos de su núcleo familiar (imperfecto) para trasplantarlos a una familia con papá y mamá? De esto a cierta forma de fascismo hay muy poco. Desde siempre ha habido niños y niñas sin los dichosos referentes, y han salido adelante, se han buscado las figuras paterna o materna donde buenamente han podido. Dicen, "¿Qué pasará con esos niños cuando vayan al colegio y se encuentren con que son diferentes? Los niños son muy crueles". No tanto como los adultos. También los primeros hijos de divorciados eran diferentes, y no por ello se traumatizaron y van ahora disparándole a la peña por las azoteas de los edificios. No podemos olvidar, además, que ya hay niños que son criados por parejas homosexuales... niños que, a nivel legal, están desasistidos. ¿No sería más fácil que tratáramos todos de ser felices, sin rasgarnos las vestiduras ni joder con falsos paternalismos al vecino?
Antes de apagar la tele, alcancé a escuchar cómo Cuca G V decía "Yo tengo muchos amigos homosexuales...". Tocate los cojones, che.