MIEDOS
En el Colby, con Grace Jones de fondo musical. Otro día en que me levanto, me pongo las lentillas, entro en la ducha (no me afeito), me visto deprisa mientras procuro ignorar el desorden de mi cuarto, salgo a la calle –me estremezco de frío cuando el aire helado me da en el rostro–, elijo uno de los cafés a que siempre voy para ponerme a leer ("El mensajero", de Fernando Vallejo) y escribir hasta que toque ir al trabajo. Asusta ver en qué se ha convertido mi vida. Una serie de actos reflejos, aprendidos; unas cuantas costumbres cronometradas al milímetro. Claro que luego cada día es diferente, que siempre tengo algo nuevo que contar a M S –cuando quedamos para comer una vez a la semana–, a C&H, a tantos y tantas. Pero yo me ahogo en esta rutina asimétrica que me domina. Y todo para no tener miedo, para que el miedo no me domine y se me coma crudo. Miedo a vivir la vida sin reglas ni patrones de conducta. Miedo al fracaso. Miedo al vacío sentimental. Miedo a perder una juventud que se me escapa, que juega al escondite conmigo y se ríe, la muy cabrona. Miedo a no ser quien creo que soy, sino un extraño frente al espejo, un desdoblamiento absurdo de este Cornelio que me acompaña, con sus cuitas y alegrías, desde siempre.
Ha sido la muerte de abuelita, con su aldabonazo brutal en la consciencia, lo que ha desatado –más si cabe– toda esta ristra de miedos encadenados. Que se pueden resumir en uno solo: miedo a morirme. A que un buen día todo lo que me rodea desaparezca, cierre los ojos y todo, absolutamente todo, se termine para mí. Es cuestión de tiempo. Ya sé que, si las cosas van bien (y con mis genes heredados), el final llegará tarde, me pillará bien, bien viejito. Pero eso es lo de menos. El hecho es que somos finitos. Algo evidente, vaya. Pero, hasta que abuelita se murió hace casi siete meses, la muerte era un tema filosófico, algo que les ocurría a los otros pero que pasaba de largo frente a mi núcleo de querencias y familia. Aún no he asumido esta pérdida. Todos los días, sin faltar uno, me acuerdo de ella. Ahora mismo, mientras escribo, siento una punzada de extrañamiento en el pecho, se me humedecen los ojos. Con la desaparición de esta mujer, mi mundo se ha hecho pedazos sin remedio. Y debo continuar, y hay que seguir adelante, ya. Para qué carajos, no lo sé. Si este vacío no me lo llenará nadie. Pobre huérfano de abuela.
Llegué a Santander sabiendo que el final era inminente. A través del teléfono, mi tío y mi madre me mantenían informado del proceso. Tu abuela se muere. Entré en su casa de noche, molido después de casi seis horas de autobús. Allí estaban tío Charly y su novia, Caque, no sé si alguna de mis primas (me parece que no). Abuelito y abuelita ya acostados. Llamé suave a la puerta y traspasé el umbral. Dentro de su habitación, que olía a muerte, estaban los dos viejos, ella respirando fuerte, el rostro adelgazado y más afilado que la última vez que nos habíamos visto, tres semanas antes. Abuelito le cogía la mano y se la acariciaba obsesivamente, una vez, dos veces, cien veces.
–Dale un beso a tu abuela.
Un largo matrimonio de 61 años resumido en ese cuarto en penumbra, en el olor fuerte a medicamentos, en la respiración afiebrada de ella, en la mano de él, grande y nudosa y arrugada, que se aferraba a su brazo para contener el avance imparable de la muerte.
–Abuelita, ¿sabes quién soy?
Me dijo que sí. No sé por qué, había temido que no pudiera hacerlo, que a lo peor se moriría sin saberme a su lado. Irrealidad. Por encima de mis gestos, de mis palabras, de mis actitudes en esos días finales de abril, siempre la sensación de irrealidad. Esto no puede, no puede, no puede ser. Como el niñito mimado que grita en medio de su sueño para que papá y mamá lo despierten, le acunen en sus brazos, le susurren palabras mágicas y tranquilizadoras al oído.
Aquella noche dormí pésimo. Había estado charlando con mi tío y Caque, nos fumamos algún porro que, en lugar de adormecerme, me despertó los sentidos. Y todo se volvía repasar, una y otra vez, el proceso de la enfermedad, y rememorar tantísimos momentos felices, los paseos hasta el taller de abuelito, las historias que abuelita me contaba, de cuando era niña y joven, antes de la guerra, las veces que posamos juntos en las fotografías de cumpleaños, las comidas, meriendas, cenas. El mediodía en que me fueron a recoger a la salida de clase de recuperación. Era julio y nos fuimos los tres a Mataleñas, a bañarnos en la cala pequeña que entonces casi nadie frecuentaba, a comer opíparamente una paella y un buen helado, y luego jugar al chinchón –ella era imbatible, cómo se picaba las pocas veces que alguno la ganábamos– y dormir una siesta larga, perezosa, con el murmullo de las olas un poco más allá, y el sol en la punta de la nariz, y el mes de julio. Un nieto feliz y sus dos abuelos con él. También recordé la primera vez que fui consciente de que algún día ya no estarían con nosotros. Fue otro verano, uno o dos años antes de la excursión a Mataleñas. Íbamos camino de la playa, abuelito había aparcado el coche y nos había distribuido la carga. Nos acompañaban mis tres hermanos. Yo caminaba un poco rezagado y desde atrás los observaba, una pareja de sesentones con bolsas de la playa y una sombrilla. Abuelita se movía con su peculiar bamboleo, como si alternativamente cargara todo el peso de su cuerpo sobre una pierna y luego sobre la otra. Y entonces lo pensé, "habrá un día en que esto no se repita más, en que eches en falta hasta una mañana en la playa con ellos". Ese día estaba ahora cerca, qué putada más grande es el paso de los años y su carga de decepciones. Mientras, el efecto del cannabis más que adormilarme estimulaba mis recuerdos y agudizaba mis temores. Tardé muchísimo en dormirme, pero antes de las nueve ya estaba en pie.
Volví a entrar en su cuarto. La mañana, soleada, se colaba por las ventanas y le daba a cada cosa un aspecto menos tétrico que la noche anterior. Más cotidiano. Andaba por allí, trasteando, Luisa, la interina. Mi abuela yacía en la cama con los ojos cerrados y la boca entreabierta, alguien le había pasado un peine humedecido en colonia por los cabellos, escasos y frágiles. Luisa suspiraba llorosa mientras arreglaba la cama de al lado. Me acerqué a abuelita y le di un beso.
–¿Has visto quién ha venido de Madrid para verte?–, dijo Luisa con ese tonillo de voz que se emplea con los muy niños, los muy viejos y los muy enfermos.
–Buenos días, ¿qué tal has dormido?
La sonrisa que transfiguró su cara es un regalo que me acompañará siempre. Fue una calidez que distendió sus músculos y la rejuveneció, por un breve instante. Una sonrisa de alegría total porque su nieto, yo, estaba allí con ella. Se me puso un nudo en la garganta.
Hablé de mi viaje, atolondrado, sin saber qué decir. Luego, cuando el cuarto de baño quedó libre, dije que volvía enseguida, que me quería afeitar.
–Para estar guapo, que si no –dije, mirando a Luisa y haciendo una broma– mi abuela me va a ver muy feo y se va a avergonzar de mí.
–Yo nunca me he avergonzado de ti.
Contestó en un hilo de voz. Y éste fue el segundo regalo de la mañana. Cuando entré en el baño, me senté al borde de la bañera y, sin darme cuenta, empecé a llorar.
Eso precisamente es lo que he perdido. La única persona que siempre supe a mi lado, sin fisuras. Que nunca se avergonzó de mí. Que siempre estuvo orgullosa de cómo soy.
Ha sido la muerte de abuelita, con su aldabonazo brutal en la consciencia, lo que ha desatado –más si cabe– toda esta ristra de miedos encadenados. Que se pueden resumir en uno solo: miedo a morirme. A que un buen día todo lo que me rodea desaparezca, cierre los ojos y todo, absolutamente todo, se termine para mí. Es cuestión de tiempo. Ya sé que, si las cosas van bien (y con mis genes heredados), el final llegará tarde, me pillará bien, bien viejito. Pero eso es lo de menos. El hecho es que somos finitos. Algo evidente, vaya. Pero, hasta que abuelita se murió hace casi siete meses, la muerte era un tema filosófico, algo que les ocurría a los otros pero que pasaba de largo frente a mi núcleo de querencias y familia. Aún no he asumido esta pérdida. Todos los días, sin faltar uno, me acuerdo de ella. Ahora mismo, mientras escribo, siento una punzada de extrañamiento en el pecho, se me humedecen los ojos. Con la desaparición de esta mujer, mi mundo se ha hecho pedazos sin remedio. Y debo continuar, y hay que seguir adelante, ya. Para qué carajos, no lo sé. Si este vacío no me lo llenará nadie. Pobre huérfano de abuela.
Llegué a Santander sabiendo que el final era inminente. A través del teléfono, mi tío y mi madre me mantenían informado del proceso. Tu abuela se muere. Entré en su casa de noche, molido después de casi seis horas de autobús. Allí estaban tío Charly y su novia, Caque, no sé si alguna de mis primas (me parece que no). Abuelito y abuelita ya acostados. Llamé suave a la puerta y traspasé el umbral. Dentro de su habitación, que olía a muerte, estaban los dos viejos, ella respirando fuerte, el rostro adelgazado y más afilado que la última vez que nos habíamos visto, tres semanas antes. Abuelito le cogía la mano y se la acariciaba obsesivamente, una vez, dos veces, cien veces.
–Dale un beso a tu abuela.
Un largo matrimonio de 61 años resumido en ese cuarto en penumbra, en el olor fuerte a medicamentos, en la respiración afiebrada de ella, en la mano de él, grande y nudosa y arrugada, que se aferraba a su brazo para contener el avance imparable de la muerte.
–Abuelita, ¿sabes quién soy?
Me dijo que sí. No sé por qué, había temido que no pudiera hacerlo, que a lo peor se moriría sin saberme a su lado. Irrealidad. Por encima de mis gestos, de mis palabras, de mis actitudes en esos días finales de abril, siempre la sensación de irrealidad. Esto no puede, no puede, no puede ser. Como el niñito mimado que grita en medio de su sueño para que papá y mamá lo despierten, le acunen en sus brazos, le susurren palabras mágicas y tranquilizadoras al oído.
Aquella noche dormí pésimo. Había estado charlando con mi tío y Caque, nos fumamos algún porro que, en lugar de adormecerme, me despertó los sentidos. Y todo se volvía repasar, una y otra vez, el proceso de la enfermedad, y rememorar tantísimos momentos felices, los paseos hasta el taller de abuelito, las historias que abuelita me contaba, de cuando era niña y joven, antes de la guerra, las veces que posamos juntos en las fotografías de cumpleaños, las comidas, meriendas, cenas. El mediodía en que me fueron a recoger a la salida de clase de recuperación. Era julio y nos fuimos los tres a Mataleñas, a bañarnos en la cala pequeña que entonces casi nadie frecuentaba, a comer opíparamente una paella y un buen helado, y luego jugar al chinchón –ella era imbatible, cómo se picaba las pocas veces que alguno la ganábamos– y dormir una siesta larga, perezosa, con el murmullo de las olas un poco más allá, y el sol en la punta de la nariz, y el mes de julio. Un nieto feliz y sus dos abuelos con él. También recordé la primera vez que fui consciente de que algún día ya no estarían con nosotros. Fue otro verano, uno o dos años antes de la excursión a Mataleñas. Íbamos camino de la playa, abuelito había aparcado el coche y nos había distribuido la carga. Nos acompañaban mis tres hermanos. Yo caminaba un poco rezagado y desde atrás los observaba, una pareja de sesentones con bolsas de la playa y una sombrilla. Abuelita se movía con su peculiar bamboleo, como si alternativamente cargara todo el peso de su cuerpo sobre una pierna y luego sobre la otra. Y entonces lo pensé, "habrá un día en que esto no se repita más, en que eches en falta hasta una mañana en la playa con ellos". Ese día estaba ahora cerca, qué putada más grande es el paso de los años y su carga de decepciones. Mientras, el efecto del cannabis más que adormilarme estimulaba mis recuerdos y agudizaba mis temores. Tardé muchísimo en dormirme, pero antes de las nueve ya estaba en pie.
Volví a entrar en su cuarto. La mañana, soleada, se colaba por las ventanas y le daba a cada cosa un aspecto menos tétrico que la noche anterior. Más cotidiano. Andaba por allí, trasteando, Luisa, la interina. Mi abuela yacía en la cama con los ojos cerrados y la boca entreabierta, alguien le había pasado un peine humedecido en colonia por los cabellos, escasos y frágiles. Luisa suspiraba llorosa mientras arreglaba la cama de al lado. Me acerqué a abuelita y le di un beso.
–¿Has visto quién ha venido de Madrid para verte?–, dijo Luisa con ese tonillo de voz que se emplea con los muy niños, los muy viejos y los muy enfermos.
–Buenos días, ¿qué tal has dormido?
La sonrisa que transfiguró su cara es un regalo que me acompañará siempre. Fue una calidez que distendió sus músculos y la rejuveneció, por un breve instante. Una sonrisa de alegría total porque su nieto, yo, estaba allí con ella. Se me puso un nudo en la garganta.
Hablé de mi viaje, atolondrado, sin saber qué decir. Luego, cuando el cuarto de baño quedó libre, dije que volvía enseguida, que me quería afeitar.
–Para estar guapo, que si no –dije, mirando a Luisa y haciendo una broma– mi abuela me va a ver muy feo y se va a avergonzar de mí.
–Yo nunca me he avergonzado de ti.
Contestó en un hilo de voz. Y éste fue el segundo regalo de la mañana. Cuando entré en el baño, me senté al borde de la bañera y, sin darme cuenta, empecé a llorar.
Eso precisamente es lo que he perdido. La única persona que siempre supe a mi lado, sin fisuras. Que nunca se avergonzó de mí. Que siempre estuvo orgullosa de cómo soy.
SÍ PERO NO
De nuevo, fin de semana enclaustrado. En parte por la lumbalgia, en parte porque no podía separarme de "Las hermanas Zinn" y lo único que me apetecía eran largas sesiones de lectura interrumpidas por un poco de tele –anoche vi un reportaje sobre Gala Dalí, dirigido por Silvia Munt: buenísimo– y comida. Terminé el libro esta madrugada, a eso de las cinco, con la cabeza embarullada de datos y situaciones, frases, poemas y juegos de palabras. Una buena novela; nunca había leído nada de Joyce Carol Oates, así que me pongo sobre la pista a ver qué más encuentro. Divertida, irónica, demoledora.
Pero antes del sábado de reclusión voluntaria, y a pesar de mi espalda jodida (mañana, a lo mejor, cedo en mi cabezonería y voy al médico), hubo mucha tela que cortar. Lo primero, mi cita con Gabriel.
Quedamos en el Star's Café la noche del jueves. Según caminaba hacia allá, me iba poniendo más y más nervioso. ¿Qué pasaría? ¿Seríamos capaces de mostrarnos desinhibidos como por el messenger o no tendríamos nada que decirnos, dos niños tímidos y huraños y recelosos mirándose cada uno desde su rincón, sin dar el paso definitivo? Llegué antes y me senté a una mesa con la Mahou de turno en la mano y mi camiseta de Naranjito bien visible, para que me reconociera nada más entrar. Casi me había bebido el tercio cuando apareció Gabriel. Alto, de hombros anchos y constitución fuerte, con un pañuelo en la cabeza, camiseta de tirantes debajo de la cazadora y pantalones vaqueros desgastados y caídos. Mucho más guapo que en fotografía. Y mucho más intimidante... Tiene ojos claros, rasgados y gatunos, y un óvalo perfecto, de pómulos altos y frente redondeada, nariz recta, labios llenos y sonrosados. Una hermosura casi femenina (demasiado perfecta) que me fascinó y cohibió a partes iguales. Siempre me pasa esto con los muy guapos: tiendo a otorgarles virtudes y cualidades (inteligencia, seguridad en sí mismos, calma y tranquilidad exasperantes, buen fondo) que no necesariamente poseen. Y todo por la belleza, a la que –sí, es cierto– soy sumamente sensible. Porque una cosa es lo que pasaba por encima o por debajo de lo que decíamos, y otra muy diferente lo que decíamos. Chocamos bastante al principio, yo hablaba demasiado rápido (nerviosillo) y él no parecía preocupado en buscar temas de conversación. Opinó demasiado a la ligera sobre mi trabajo, y luego pontificó muy alegremente sobre el suyo, de manera un tanto ingenua (tiene 23 años, claro), como hace tiempo que yo mismo hacía. Iba viendo que no había muchos puntos de unión entre nosotros –él aceite sinuoso, yo agüita de la fuente que, si no has de beber, etcétera–, pero al mismo tiempo me deslumbraba su manera de sonreír, o cómo entornaba los ojos y remarcaba así más sus ojeras, o la manera directa, franca, pero velada de misterio, que tenía de mirarme. Desde el principio di por sentado que la cita estaba perdida, que a él yo no le gustaba. Y tampoco era cuestión de lanzarse a una piscina aparentemente vacía, ni de coña. Aún así no me despedí, sino que me mantuve atornillado en mi silla, incapaz de dar por terminada la noche. Una especie de patético Woody Allen que babea ante la guapísima Diane Keaton, sin esperanzas. Entonces, ante mi insistencia, Gabriel se tomó una segunda copa y la conversación, de repente, se distendió, devino menos incisiva, más fluida y relajada. Me contó sobre sus estudios y acerca de lo que le gustaría hacer en la vida (comprarse una casa rural en Ibiza, vivir de alquilarla y trabajar en lo suyo sin la presión de los medios), y la noche se nos fue adelgazando por los intersticios de las palabras y de la risa, a cada sorbo que le dábamos a la bebida. Cuando cerraron el Star's se ofreció a llevarme en coche, aunque vivo a menos de cinco minutos andando. Ya a su lado, mientras conducía, yo observaba de reojo su perfil de medalla y me preguntaba si no estaría equivocado. Si habría o no agua en la piscinita de marras. Y había. Aparcó el coche cerca de casa y se volvió hacia mí. Nos besamos. Le invité a subir y accedió.
El sexo fue bien, aunque algo de la incomodidad previa de nuestro encuentro (envarado, ficticio) también se fue con nosotros a la cama. Su cuerpo, no tan atlético como prometía, era una playa de arena caliente sobre la que retozar, sus muslos una tabla de náufrago a la que agarrarse.
Cuando terminamos, hizo un gesto mínimo de marcharse.
–Me voy y así te dejo descansar.
–Por mí quédate. Si te vas, hazlo porque quieres. No me molestas.
Se quedó. Dormí mal –ay, esta espalda traidora que no reconozco como mía– y él tampoco descansó mucho. Al levantarnos, casi eran las tres de la tarde, volvimos a follar y ya nos despedimos ahí. Sin dejar muy claro qué pasará. Como estoy sin móvil, hasta hoy en el curro no podré hablar con él (a través del messenger). A no ser que me haya borrado... Yo creo que lo que sucedió es que, cuando nos vimos en el garito y no hubo feeling entre nosotros, se arrepintió de haber venido, pero luego pensó "bueno, este tío no me mata pero, ya que estoy aquí y me pica, me lo tiro". Así que es bastante posible que no volvamos a vernos. Por un lado, mi ego se resiente si no quedamos de nuevo; por elotro, en cambio, casi prefiero que no quedemos más. Y como no depende de mí, a qué preocuparse.
El Viernes por la noche, a las once, me encontré en el Angie con E y sus amigos canarios, que pasaban aquí el finde. Son Alicia (a la que ya conocí a finales de junio) y B. Por allí pasaron, de varios en varios o de uno en uno, sucesivamente, M y su prima Lucía, Vera B junto con el núcleo duro que conforman su hermana, su prima y Ana P, una compañera de piso de Lucía clavadita a mi prima Paula (no hacía más que mirarla y sus gestos eran los de Paula, incluso el tono de su voz en algunos graves era idéntico al de mi prima), el novio de ésta, un amigo de ambos –que me enamoró con su estatura inmensa, su delgadez extrema, su perfil borroka y chulesco–, incluso Laura se vino a saludar. Parecía como si estuviéramos en el salón de casa, recibiendo amigos.
Alicia estaba un poco demasiado encima de E, en plan perro del hortelano. Y E, lógico, estaba tensa y malhumorada. B (un encanto de tío) se encaprichó conmigo, pero no me gustaba, qué le vamos a hacer. Es un chico guapo, pero muy peludo y con las cejas depiladas. Dos cosas que, sintiéndolo en el alma, me dejan la libido a la altura del tobillo. E insistió algo con el tema, en plan casamentera (se le da fatal...).
–Pero si es un chico muy majo.
Nada que hacer. Si no me gusta, no me gusta. Terminamos los cuatro en el Escape, y luego yo me escabullí de B y sus insinuaciones, cada vez más claras y más difíciles de rechazar sin que se viera que aquello era una negativa. Vaya, que está muy bien lo de que a uno le tiren los tejos, pero por un ratillo nada más.
La nota de color de la noche (menos mal que yo estaba ya borrachillo) la tuve al salir del Angie camino del Escape... Me crucé con P, después de dos meses sin vernos. Él ni se enteró, pero a mí me dejó tocado para el resto de la noche. Iba con su amiga Maca, charlando muy animado. Eché de menos los días en que fuimos novios.
Pero antes del sábado de reclusión voluntaria, y a pesar de mi espalda jodida (mañana, a lo mejor, cedo en mi cabezonería y voy al médico), hubo mucha tela que cortar. Lo primero, mi cita con Gabriel.
Quedamos en el Star's Café la noche del jueves. Según caminaba hacia allá, me iba poniendo más y más nervioso. ¿Qué pasaría? ¿Seríamos capaces de mostrarnos desinhibidos como por el messenger o no tendríamos nada que decirnos, dos niños tímidos y huraños y recelosos mirándose cada uno desde su rincón, sin dar el paso definitivo? Llegué antes y me senté a una mesa con la Mahou de turno en la mano y mi camiseta de Naranjito bien visible, para que me reconociera nada más entrar. Casi me había bebido el tercio cuando apareció Gabriel. Alto, de hombros anchos y constitución fuerte, con un pañuelo en la cabeza, camiseta de tirantes debajo de la cazadora y pantalones vaqueros desgastados y caídos. Mucho más guapo que en fotografía. Y mucho más intimidante... Tiene ojos claros, rasgados y gatunos, y un óvalo perfecto, de pómulos altos y frente redondeada, nariz recta, labios llenos y sonrosados. Una hermosura casi femenina (demasiado perfecta) que me fascinó y cohibió a partes iguales. Siempre me pasa esto con los muy guapos: tiendo a otorgarles virtudes y cualidades (inteligencia, seguridad en sí mismos, calma y tranquilidad exasperantes, buen fondo) que no necesariamente poseen. Y todo por la belleza, a la que –sí, es cierto– soy sumamente sensible. Porque una cosa es lo que pasaba por encima o por debajo de lo que decíamos, y otra muy diferente lo que decíamos. Chocamos bastante al principio, yo hablaba demasiado rápido (nerviosillo) y él no parecía preocupado en buscar temas de conversación. Opinó demasiado a la ligera sobre mi trabajo, y luego pontificó muy alegremente sobre el suyo, de manera un tanto ingenua (tiene 23 años, claro), como hace tiempo que yo mismo hacía. Iba viendo que no había muchos puntos de unión entre nosotros –él aceite sinuoso, yo agüita de la fuente que, si no has de beber, etcétera–, pero al mismo tiempo me deslumbraba su manera de sonreír, o cómo entornaba los ojos y remarcaba así más sus ojeras, o la manera directa, franca, pero velada de misterio, que tenía de mirarme. Desde el principio di por sentado que la cita estaba perdida, que a él yo no le gustaba. Y tampoco era cuestión de lanzarse a una piscina aparentemente vacía, ni de coña. Aún así no me despedí, sino que me mantuve atornillado en mi silla, incapaz de dar por terminada la noche. Una especie de patético Woody Allen que babea ante la guapísima Diane Keaton, sin esperanzas. Entonces, ante mi insistencia, Gabriel se tomó una segunda copa y la conversación, de repente, se distendió, devino menos incisiva, más fluida y relajada. Me contó sobre sus estudios y acerca de lo que le gustaría hacer en la vida (comprarse una casa rural en Ibiza, vivir de alquilarla y trabajar en lo suyo sin la presión de los medios), y la noche se nos fue adelgazando por los intersticios de las palabras y de la risa, a cada sorbo que le dábamos a la bebida. Cuando cerraron el Star's se ofreció a llevarme en coche, aunque vivo a menos de cinco minutos andando. Ya a su lado, mientras conducía, yo observaba de reojo su perfil de medalla y me preguntaba si no estaría equivocado. Si habría o no agua en la piscinita de marras. Y había. Aparcó el coche cerca de casa y se volvió hacia mí. Nos besamos. Le invité a subir y accedió.
El sexo fue bien, aunque algo de la incomodidad previa de nuestro encuentro (envarado, ficticio) también se fue con nosotros a la cama. Su cuerpo, no tan atlético como prometía, era una playa de arena caliente sobre la que retozar, sus muslos una tabla de náufrago a la que agarrarse.
Cuando terminamos, hizo un gesto mínimo de marcharse.
–Me voy y así te dejo descansar.
–Por mí quédate. Si te vas, hazlo porque quieres. No me molestas.
Se quedó. Dormí mal –ay, esta espalda traidora que no reconozco como mía– y él tampoco descansó mucho. Al levantarnos, casi eran las tres de la tarde, volvimos a follar y ya nos despedimos ahí. Sin dejar muy claro qué pasará. Como estoy sin móvil, hasta hoy en el curro no podré hablar con él (a través del messenger). A no ser que me haya borrado... Yo creo que lo que sucedió es que, cuando nos vimos en el garito y no hubo feeling entre nosotros, se arrepintió de haber venido, pero luego pensó "bueno, este tío no me mata pero, ya que estoy aquí y me pica, me lo tiro". Así que es bastante posible que no volvamos a vernos. Por un lado, mi ego se resiente si no quedamos de nuevo; por elotro, en cambio, casi prefiero que no quedemos más. Y como no depende de mí, a qué preocuparse.
El Viernes por la noche, a las once, me encontré en el Angie con E y sus amigos canarios, que pasaban aquí el finde. Son Alicia (a la que ya conocí a finales de junio) y B. Por allí pasaron, de varios en varios o de uno en uno, sucesivamente, M y su prima Lucía, Vera B junto con el núcleo duro que conforman su hermana, su prima y Ana P, una compañera de piso de Lucía clavadita a mi prima Paula (no hacía más que mirarla y sus gestos eran los de Paula, incluso el tono de su voz en algunos graves era idéntico al de mi prima), el novio de ésta, un amigo de ambos –que me enamoró con su estatura inmensa, su delgadez extrema, su perfil borroka y chulesco–, incluso Laura se vino a saludar. Parecía como si estuviéramos en el salón de casa, recibiendo amigos.
Alicia estaba un poco demasiado encima de E, en plan perro del hortelano. Y E, lógico, estaba tensa y malhumorada. B (un encanto de tío) se encaprichó conmigo, pero no me gustaba, qué le vamos a hacer. Es un chico guapo, pero muy peludo y con las cejas depiladas. Dos cosas que, sintiéndolo en el alma, me dejan la libido a la altura del tobillo. E insistió algo con el tema, en plan casamentera (se le da fatal...).
–Pero si es un chico muy majo.
Nada que hacer. Si no me gusta, no me gusta. Terminamos los cuatro en el Escape, y luego yo me escabullí de B y sus insinuaciones, cada vez más claras y más difíciles de rechazar sin que se viera que aquello era una negativa. Vaya, que está muy bien lo de que a uno le tiren los tejos, pero por un ratillo nada más.
La nota de color de la noche (menos mal que yo estaba ya borrachillo) la tuve al salir del Angie camino del Escape... Me crucé con P, después de dos meses sin vernos. Él ni se enteró, pero a mí me dejó tocado para el resto de la noche. Iba con su amiga Maca, charlando muy animado. Eché de menos los días en que fuimos novios.
LA SUERTE ESTÁ ECHADA
Pues ya está, acabo de hablar por teléfono con Gabriel y nos veremos dentro de una hora en el Star. Ando nerviosillo, lo reconozco. Es una tontería, porque lo peor que puede suceder es que no nos gustemos y ya está, no se acaba el mundo por algo así, ¿no? Aunque, en realidad, lo peor que puede suceder es que él sí me guste a mí pero yo no le guste a él. Complicado juego de palabras que me iba a joder la noche. Proclamo. Yo he hecho todo lo que he podido: recién afeitado, el pelo corto, con mi camiseta de Naranjito, en la redacción me han dicho que me ven muy guapo (esta noche follamos, ¿eh?, me ha dicho Miguel), ahora sólo falta cruzar los dedos y esperar.
Últimamente parece que me hubiera picado la mosca Tsé-Tsé. No me acuesto muy tarde –ayer no eran ni las dos y media cuando me despedí de todo el mundo y enfilé para la cama– y me levanto a las tantas. Hoy casi a las tres de la tarde. Así tengo el cutis tan fino y esplendoroso...
Últimamente parece que me hubiera picado la mosca Tsé-Tsé. No me acuesto muy tarde –ayer no eran ni las dos y media cuando me despedí de todo el mundo y enfilé para la cama– y me levanto a las tantas. Hoy casi a las tres de la tarde. Así tengo el cutis tan fino y esplendoroso...
SE ME MURIÓ EL MÓVIL
Nueva jornada gastronómica, esta vez cerca del Palacio Real. Me levanté tarde y un poco fastidiado –la espalda, que vuelve a incordiarme, menos mal que tenía a mano una de las pastillas que me había pasado Olivia y pude dormir algo–, con muy pocas ganas de comer con nadie y sí muchas de meterme en uno de mis cafés favoritos para leer y leer y leer (vicio conocido; de los desconocidos, quieras que no, algo se entrevé con el tiempo si uno lee este diario). Antes de salir de casa, la primera en la frente: enciendo el móvil, la pantalla se ilumina y, tras un chisporroteo que me dio muy mala espina, se muere. Tal cual. Se me quedó una cara de gilipollas que aún me dura. Compré este móvil en Santander por mi cumpleaños, en Navidad, así que me ha durado menos de un año. Flipante, ¿no? Y como estamos a fin de mes, habré de esperar a cobrar para comprarme otro. ¿Mientras tanto? A recordar esos viejos tiempos en que vivía sin teléfono móvil ni perrito que me ladrara...
De momento, llevo bien el mono. También es cierto que, nada más llegar a la oficina, Marian me ha pasado uno suyo para que le pusiera mi tarjeta y ver así quién me ha llamado, quién me ha dejado mensajes, etc. Acabo de apuntarme el número de Gabriel, por si acaso.
Comí en un restaurante cuando menos curioso de la plaza Aviación Española (y olé). El dueño es una especie de electroduende apasionado de la gastronomía y de los platos raros y extravagantes. Probé, por primera vez en mi vida, cresta de gallo (hube de aguantarme las ganas de escupir la comida, el tipo me observaba para ver si me gustaba o no... puse cara de actor merecedor de un Oscar y le dije que estaba delicioso), también tiburón, que aunque parecía una carne dura a la hora de partirla, luego resultaba muy jugosa y no estaba nada mal. ¿Lo mejor? Un pastel de zanahorias con no sé qué más que estaba de vicio. Fue un tanto violento, primero porque el tío pensaba que yo vendría acompañado –pero, en cuestiones de trabajo, me da un poco de vergüenza lo de abusar del personal– y como me vio solo se sintió obligado a extremar las explicaciones de esto y lo otro; segundo, porque fui el único cliente en las dos horas que pasé allí, no entró nadie más. Comer solo en un restaurante, con los camareros y el dueño observándote todo el tiempo, es una experiencia que no deseo a nadie.
Esta noche, después del curro, tenemos partida de billar en el irlandés del otro día, por Alonso Martínez. Guau... qué planazo. Pero no es cuestión de desmarcarse de mis compis, que luego dicen que soy raro y algunos hasta lo escriben en su blog... jeje. Por cierto, cruzo los dedos por que el affaire Eva continúe en el tiempo: realmente E, estos días de amour fou, está desconocida. Sonriente, suave como una seda, comprensiva... Lo que hace el amor.
De momento, llevo bien el mono. También es cierto que, nada más llegar a la oficina, Marian me ha pasado uno suyo para que le pusiera mi tarjeta y ver así quién me ha llamado, quién me ha dejado mensajes, etc. Acabo de apuntarme el número de Gabriel, por si acaso.
Comí en un restaurante cuando menos curioso de la plaza Aviación Española (y olé). El dueño es una especie de electroduende apasionado de la gastronomía y de los platos raros y extravagantes. Probé, por primera vez en mi vida, cresta de gallo (hube de aguantarme las ganas de escupir la comida, el tipo me observaba para ver si me gustaba o no... puse cara de actor merecedor de un Oscar y le dije que estaba delicioso), también tiburón, que aunque parecía una carne dura a la hora de partirla, luego resultaba muy jugosa y no estaba nada mal. ¿Lo mejor? Un pastel de zanahorias con no sé qué más que estaba de vicio. Fue un tanto violento, primero porque el tío pensaba que yo vendría acompañado –pero, en cuestiones de trabajo, me da un poco de vergüenza lo de abusar del personal– y como me vio solo se sintió obligado a extremar las explicaciones de esto y lo otro; segundo, porque fui el único cliente en las dos horas que pasé allí, no entró nadie más. Comer solo en un restaurante, con los camareros y el dueño observándote todo el tiempo, es una experiencia que no deseo a nadie.
Esta noche, después del curro, tenemos partida de billar en el irlandés del otro día, por Alonso Martínez. Guau... qué planazo. Pero no es cuestión de desmarcarse de mis compis, que luego dicen que soy raro y algunos hasta lo escriben en su blog... jeje. Por cierto, cruzo los dedos por que el affaire Eva continúe en el tiempo: realmente E, estos días de amour fou, está desconocida. Sonriente, suave como una seda, comprensiva... Lo que hace el amor.
VUELVO A ESTAR (CASI) BIEN
Los dolores remiten, el sol luce bien alto –aunque frío– en el cielo, los pajaritos cantan (o deben de estar piando en algún punto menos ruidoso y contaminado de la ciudad) y yo me lleno de un cariño hacia todo y todos que no es sino alegría de estar vivo y sano. Siempre me sucede lo mismo: enfermo y el mundo se me cae encima (no quiero ni pensar en lo insoportable que seré de viejo), luego me recupero y todo tiene más intensidad, un colorido mayor, paso por las cosas saboreando cada momento como si fuera el único...
En el Colby, donde por primera vez desde que soy habitué escucho música de Radiohead en lugar del chill out moderno y ultra mega hiper fashion que normalmente ponen. Una mujer solitaria entra a pasitos cortos y se sienta a la mesa que hay frente a mí. Pide el menú con una vocecilla débil y aflautada, como suplicando perdón por resultar una molestia. Observa a su alrededor abriendo mucho unos ojos tímidos y acuosos, aunque apenas fija la mirada en nada ni nadie, por si acaso. Viste falda oscura por debajo de la rodilla y una blusa antediluviana, estampada con multitud de florecitas minúsculas en tono azul oscuro. Me recuerda a las que usaba mi bisabuela cuando yo era niño, las llamadas "de alivio", no del todo negras (de luto) pero tampoco de colores chillones. Es regordeta y pequeñita, de perfil endurecido y virginal –una virgen desesperada por dejar de serlo–, de mujer probablemente sola y (probablemente) amargada. El pelo lo lleva peinado de cualquier manera, recogido en una simple coleta que muy bien podría ser un moño, tanta seriedad le otorga al óvalo del rostro. Parece mayor, de una edad indeterminada en torno a la cuarentena, y sin embargo debe ser incluso más joven que yo; lo adivino por la textura de la piel y cierta limpia inocencia en su mirada. Me lleno de ternura hacia ella y quisiera hablarle, protegerla. De repente me acuerdo de María Luz, una niña que iba conmigo a los Agustinos, de tez permanentemente enrojecida y voz inmaudible, quebradiza, triste. Hice lo imposible por convertirme en su amigo, a pesar de que los demás, en el recreo, se reían de ella (y de mis intenciones quijotescas, claro). La cosa trascendió, y hasta en casa se reían de mí y hablaban de mi novia la friqui –aunque el término, entonces, no se utilizaba–; tanta chirigota me quitó las ínfulas catoliconas de ir por el mundo repartiendo amor... Seguro que si me acerco a ésta de ahora se piensa que me la intento ligar o algo así. Mejor te quedas en tu mesa, con tu libro y tus historias. Estás más guapo calladito. Además, tanta fantasía y a lo mejor es madre de cuatro churumbeles, está felizmente casada con un maromo de los que quitan el hipo y de virginal, apocada y timidilla tiene lo que yo de pívot de los Lakers.
He comido con Marisa, de A&C. Cuando estábamos con el aperitivo se nos ha sentado un tipo (cuyo nombre, ay, no recuerdo) que es el que lleva toda la cadena de restaurantes a la que pertenece el local en que estábamos. Pensé que venía solamente a saludar, pero cuando ha ordenado un primero y un segundo he comprendido que se quedaría hasta el final. Horror y vituperio... Odio comer con gente a la que no conozco de nada. Buscar temas de conversación, ser ingenioso, bla, bla, un puntito de coqueteo y seducción, la palabra justa en el momento preciso, más bla, bla, bla... grrrr. Menos mal que el paisano en cuestión resultó ser de Santander, y la conversación ya fluyó por sí misma. La pobre Marisa nos miraba con sus ojos grandes y aburridos sin despegar la boca, mientras que nosotros nos lanzamos a una disección de Santander y sus defectos congénitos más conocidos. Bueno, sirvió para pasar el mal trago.
Quedan dos días para que Gabriel y yo nos conozcamos. Ya empiezo a sentir los primeros escalofríos de miedo escénico. ¿Qué hago?
En el Colby, donde por primera vez desde que soy habitué escucho música de Radiohead en lugar del chill out moderno y ultra mega hiper fashion que normalmente ponen. Una mujer solitaria entra a pasitos cortos y se sienta a la mesa que hay frente a mí. Pide el menú con una vocecilla débil y aflautada, como suplicando perdón por resultar una molestia. Observa a su alrededor abriendo mucho unos ojos tímidos y acuosos, aunque apenas fija la mirada en nada ni nadie, por si acaso. Viste falda oscura por debajo de la rodilla y una blusa antediluviana, estampada con multitud de florecitas minúsculas en tono azul oscuro. Me recuerda a las que usaba mi bisabuela cuando yo era niño, las llamadas "de alivio", no del todo negras (de luto) pero tampoco de colores chillones. Es regordeta y pequeñita, de perfil endurecido y virginal –una virgen desesperada por dejar de serlo–, de mujer probablemente sola y (probablemente) amargada. El pelo lo lleva peinado de cualquier manera, recogido en una simple coleta que muy bien podría ser un moño, tanta seriedad le otorga al óvalo del rostro. Parece mayor, de una edad indeterminada en torno a la cuarentena, y sin embargo debe ser incluso más joven que yo; lo adivino por la textura de la piel y cierta limpia inocencia en su mirada. Me lleno de ternura hacia ella y quisiera hablarle, protegerla. De repente me acuerdo de María Luz, una niña que iba conmigo a los Agustinos, de tez permanentemente enrojecida y voz inmaudible, quebradiza, triste. Hice lo imposible por convertirme en su amigo, a pesar de que los demás, en el recreo, se reían de ella (y de mis intenciones quijotescas, claro). La cosa trascendió, y hasta en casa se reían de mí y hablaban de mi novia la friqui –aunque el término, entonces, no se utilizaba–; tanta chirigota me quitó las ínfulas catoliconas de ir por el mundo repartiendo amor... Seguro que si me acerco a ésta de ahora se piensa que me la intento ligar o algo así. Mejor te quedas en tu mesa, con tu libro y tus historias. Estás más guapo calladito. Además, tanta fantasía y a lo mejor es madre de cuatro churumbeles, está felizmente casada con un maromo de los que quitan el hipo y de virginal, apocada y timidilla tiene lo que yo de pívot de los Lakers.
He comido con Marisa, de A&C. Cuando estábamos con el aperitivo se nos ha sentado un tipo (cuyo nombre, ay, no recuerdo) que es el que lleva toda la cadena de restaurantes a la que pertenece el local en que estábamos. Pensé que venía solamente a saludar, pero cuando ha ordenado un primero y un segundo he comprendido que se quedaría hasta el final. Horror y vituperio... Odio comer con gente a la que no conozco de nada. Buscar temas de conversación, ser ingenioso, bla, bla, un puntito de coqueteo y seducción, la palabra justa en el momento preciso, más bla, bla, bla... grrrr. Menos mal que el paisano en cuestión resultó ser de Santander, y la conversación ya fluyó por sí misma. La pobre Marisa nos miraba con sus ojos grandes y aburridos sin despegar la boca, mientras que nosotros nos lanzamos a una disección de Santander y sus defectos congénitos más conocidos. Bueno, sirvió para pasar el mal trago.
Quedan dos días para que Gabriel y yo nos conozcamos. Ya empiezo a sentir los primeros escalofríos de miedo escénico. ¿Qué hago?
LUMBALGIA 2
Mi espalda y yo. No existe nada más desde hace dos días. Ayer todo fue una mierda, con unos dolores tremendos que no me ponían del mejor humor y bastante trabajo en la redacción. En cuanto terminé, me largué sin despedirme de nadie y puse rumbo a casa, a lamerme las heridas en el sofá del salón, mientras veía el especial de "Homo Zapping" y "Aquí no hay quien viva", que había dejado grabando. Al poco llegó R y pasamos un rato de charleta, hasta casi las tres de la mañana.
Es la primera vez que un dolor de espalda me deja tan inválido, al final voy a tener que ceder e ir a que me lo miren –como buen hijo de médico, soy muy reacio a visitar hospitales y consultas. También esta noche ha sido toledana, me he despertado multitud de veces y siempre con el maldito dolor presente. Al levantarme, entumecido y muy cansado, todos los huesos se han quejado a la vez. Caminar por el pasillo hacia el baño, ducharme y después vestirme ha sido toda una aventura. Ponerse los calcetines... qué odisea. Camino por la calle y voy como torcido, sin poder erguirme del todo. Tengo la impresión de que la gente me lo nota.
Ahora estoy en el Laan y trato de leer, para olvidarme en la medida de lo posible de los trallazos en la espalda. No tengo ganas de nada. Creo que voy a aceptarle el relajante muscular a E. Menuda mierda.
Han pasado las horas y, gracias a los medicamentos que me llevó E al trabajo, estoy mucho mejor. Al menos no siento dolor. Espero que la cosa remita pronto. Este mediodía, por Chueca, me entró un niñato con ganas de fiesta. Como suena: iba por la calle, le pasé de largo, me miró, comenzó a caminar a mi altura y me dijo que si quería sexo con él. Un poco fuerte, ¿verdad? Si no fuera por lo fastidiado que estaba, me hubiera dado media vuelta y lo hubiera subido a casa, para un polvete rápido e inesperado, de esos que animan la jornada. Llevo casi veinte días de abstinencia y eso tampoco es bueno.
A través del messenger, estoy en conversaciones con Gabriel, un chaval de 23, guapísimo y bastante majo. En principio, nos veremos este jueves por la noche para tomar unas cervezas juntos y quién sabe. Me acaba de enviar un sms deseándome las buenas noches. No sé, tengo ganas de conocerle, pero al mismo tiempo me da mucha pereza esto de las citas a ciegas, que nunca han sido mi fuerte.
Es la primera vez que un dolor de espalda me deja tan inválido, al final voy a tener que ceder e ir a que me lo miren –como buen hijo de médico, soy muy reacio a visitar hospitales y consultas. También esta noche ha sido toledana, me he despertado multitud de veces y siempre con el maldito dolor presente. Al levantarme, entumecido y muy cansado, todos los huesos se han quejado a la vez. Caminar por el pasillo hacia el baño, ducharme y después vestirme ha sido toda una aventura. Ponerse los calcetines... qué odisea. Camino por la calle y voy como torcido, sin poder erguirme del todo. Tengo la impresión de que la gente me lo nota.
Ahora estoy en el Laan y trato de leer, para olvidarme en la medida de lo posible de los trallazos en la espalda. No tengo ganas de nada. Creo que voy a aceptarle el relajante muscular a E. Menuda mierda.
Han pasado las horas y, gracias a los medicamentos que me llevó E al trabajo, estoy mucho mejor. Al menos no siento dolor. Espero que la cosa remita pronto. Este mediodía, por Chueca, me entró un niñato con ganas de fiesta. Como suena: iba por la calle, le pasé de largo, me miró, comenzó a caminar a mi altura y me dijo que si quería sexo con él. Un poco fuerte, ¿verdad? Si no fuera por lo fastidiado que estaba, me hubiera dado media vuelta y lo hubiera subido a casa, para un polvete rápido e inesperado, de esos que animan la jornada. Llevo casi veinte días de abstinencia y eso tampoco es bueno.
A través del messenger, estoy en conversaciones con Gabriel, un chaval de 23, guapísimo y bastante majo. En principio, nos veremos este jueves por la noche para tomar unas cervezas juntos y quién sabe. Me acaba de enviar un sms deseándome las buenas noches. No sé, tengo ganas de conocerle, pero al mismo tiempo me da mucha pereza esto de las citas a ciegas, que nunca han sido mi fuerte.
LUMBALGIA
Más que una contractura en la espalda, parece que me hubieran apaleado hasta la saciedad. Llevo casi una semana con dolores de diversa intensidad, pero al principio pensé que sería como otras veces, una mala postura al dormir que me tendría unos pocos días baldado. Sin embargo, desde ayer, estoy pelín preocupado. Esta noche dormí muy mal, respiraba hondo y era como si se estirasen las costuras del tórax y no pudiera dar todo de sí, probaba una postura en la cama –me había fumado medio porro y, mientras escuchaba "Seventeen seconds", de The Cure, trataba de alcanzar un estado zen que me aliviara– y todos los músculos chirriaban y decían basta; intentaba otra y, por unos segundos, parecía que lograría descansar, pero enseguida volvían los alfilerazos en el pecho, el costado y la zona lumbar. Me he levantado tardísimo, de un humor de perros, sin haber descansado en absoluto y con la triste consciencia de que hoy curro de nuevo (cómo se ha escapado el fin de semana...). Se me ocurre que esto podría ser cosa del frío. En casa no hay calefacción central, y como vivimos en un cuarto y último piso nos congelamos en cuanto llegan las primeras heladas del invierno. No sé. Pero estoy muy jodido.
La noche del Viernes salí con M. Ya en Cool me encontré con Ma y J –no me habían llamado, como supuse–, así que continuamos los cuatro por ahí. Un after y pico después, yo me retiré a mis aposentos, cansadísimo y con un colocón de cuidado, a eso de las once de la mañana. No pasó nada de particular en todas las horas que estuvimos de bailoteo. A J le pareció que M era un adonis (sin exagerar, lo es), y estuvo todo el rato un poco pesado, hablándome de él. Yo no tuve mucho éxito (snif, snif), algún juego de miradas, un beso robado al aire, poco más. Mi príncipe azul (qué risa) debe andar por los antípodas y yo ni me he enterado.
Antes de discotequear, hubo cita a ciegas con Tomás, el sueco amigo de Daniel. Por un momento, fantaseé con un rubiazo a lo Jesucristo, alto y lampiño, el típico sueco que, en cuanto me viera, caería rendido a mis pies, subyugado por el atractivo latino que me caracteriza (ejem, ejem). Más que suecazo, lo que me encontré en Sol fue un suequín. No muy alto, achaparrado, ojos enormes y redondos, mirada sorprendida, gran y poblada barba rubia que le llegaba hasta la mitad del pecho... Camisa leñador de cuadros y gorra-visera roja. Era un cruce entre uno de los enanitos de Blancanieves y Papá Noel. Me sentí con la suerte en el culo, como siempre. Una pobrecilla Bridget Jones sin final feliz.
La noche del Viernes salí con M. Ya en Cool me encontré con Ma y J –no me habían llamado, como supuse–, así que continuamos los cuatro por ahí. Un after y pico después, yo me retiré a mis aposentos, cansadísimo y con un colocón de cuidado, a eso de las once de la mañana. No pasó nada de particular en todas las horas que estuvimos de bailoteo. A J le pareció que M era un adonis (sin exagerar, lo es), y estuvo todo el rato un poco pesado, hablándome de él. Yo no tuve mucho éxito (snif, snif), algún juego de miradas, un beso robado al aire, poco más. Mi príncipe azul (qué risa) debe andar por los antípodas y yo ni me he enterado.
Antes de discotequear, hubo cita a ciegas con Tomás, el sueco amigo de Daniel. Por un momento, fantaseé con un rubiazo a lo Jesucristo, alto y lampiño, el típico sueco que, en cuanto me viera, caería rendido a mis pies, subyugado por el atractivo latino que me caracteriza (ejem, ejem). Más que suecazo, lo que me encontré en Sol fue un suequín. No muy alto, achaparrado, ojos enormes y redondos, mirada sorprendida, gran y poblada barba rubia que le llegaba hasta la mitad del pecho... Camisa leñador de cuadros y gorra-visera roja. Era un cruce entre uno de los enanitos de Blancanieves y Papá Noel. Me sentí con la suerte en el culo, como siempre. Una pobrecilla Bridget Jones sin final feliz.
SER GAY EN ZAMORA
Anoche, antes de acabar en el trabajo, llamé a Ma para confirmar si nos veíamos hoy en el Cool. Le noté esquivo y me dio la impresión de que me castigaba con su indiferencia por no llamarle más a menudo. En realidad tiene razón, pueden pasar semanas sin que dé señales de vida, y no todo el mundo comprende eso. Quedó en enviarme un mensaje por si al final decidían salir.
Luego, por aquello de oxigenarse, me acoplé con Jon C, Laura y E (que tenían negocios turbios que dirimir, y una piedra que cortar) hasta un pub irlandés cerca de Alonso Martínez, como todos (para mí), horrible y con una clientela de lo más desasosegante. Di rienda suelta a mi rabia contenida contra ML R -Jon asentía con la cabeza, "qué bien te entiendo", decía- y luego ya opté por callarme, que no era cuestión de ponerse pesadito.
E me convenció (pero no hacía falta, me apetecía seguir por ahí) para que la acompañara en su cita del Escape. No recuerdo el nombre de la chica. Según la vi no me gustó nada; más adelante, en cambio, me cayó muy bien. Antes, hubo una cerveza a dos en el BAires, con disección incluida de mi (rara, rarísima, rarisísima) personalidad. Básicamente, que soy un cabezón y a veces me dan unos puntos que desorientan mogollón a la peña. El otro día, por ejemplo, bajaron E y J de redacción a comprar al súper. Yo les había encargado algo para comisquear. Como el Día estaba cerrado, decidieron ir hasta el Corte Inglés y E me llamó para decírmelo. Entonces me encabroné y le contesté que ya no quería nada. ¿Por qué? Lo ignoro, un tornillo suelto que de cuando en cuando golpea mis neuronas. Hay ocasiones en que, si no se cumplen las cosas como estaba previsto, me enfado conmigo mismo y con el mundo, hago un gesto teatral de lo más histriónico y rompo la baraja. Menudo capricornio complicado y absurdo que soy. Otro ejemplo: dice E que a veces se me proponen planes y, antes incluso de escuchar hasta el final, me desmarco y digo que no. Luego cambio de opinión pero no lo reconozco, sigo diciendo que no, quién sabe por qué estúpido mecanismo de defensa. Juré y perjuré que no era así, pero en el fondo sé que lleva razón. No me extraña la fama de perro verde que estoy criando. A pulso.
En el Escape dejé que las chicas hablaran de sus historias y me puse a charlar con un chico de Zamora que me presentó otro al que había conocido poco antes en el baño. Tiene 19 años, estaba allí por primera vez (pasa unos días en Madrid junto a la que es su novia desde hace dos años) y tiene la picha hecha un lío...
-A mí me gusta mi novia, pero no me importaría tener una experiencia con un tío.
Empezó así, y terminó por confesar que a ella la quiere mucho, que es su mejor amiga y tal, pero que en el sexo les va fatal porque ella no le pone. Que cuando follan, muchas veces su chica le pregunta si es que no la ve atractiva, mientras él se deshace en excusas tontas, porque no sabe qué decirle. En cambio, los hombres le gustan, y mucho (aunque le da un poco de palo pensar en la penetración..., me pareció tan tierno). No soporta la idea de hacerle daño, aunque, claro, mantenerla engañada es otra manera de putearla. Y luego está el tema de ser (y reconocerse) gay.
-Aquí en Madrid es sencillo. Pero en Zamora... en Zamora hasta pueden llegar a pegarte por maricón. Es una ciudad pequeña, todo el mundo se conoce. No sé. Un lío tremendo.
Vaya. Yo aquí, metido en mi burbuja, daba por sentado que las cosas son diferentes ahora, que hay más aceptación, libertad y respeto. Y me doy de bruces con la triste realidad. Un tío de 19 años, completamente armarizado y lleno de los típicos miedos que hace mucho que debían estar olvidados.
Su novia, visiblemente amoscada porque no le hacía caso, se acercó a nosotros y se me presentó. Cuánta pena me dieron los dos, atrapados en la representación de una farsa que les ahoga. Él me dijo que le gustaría continuar hablando conmigo pero que. Y yo le contesté que no siguiera, que lo entendía. Preferí alejarme y no meterme en camisa de once varas. Al despedirnos, me dio las gracias y yo le deseé mucha suerte.
En el Colby (son las tres de la tarde) dejo macerar la resaca mientras observo, con curiosidad, a mi alrededor. Ahora que Raymond se fue, puedo volver a pasarme por aquí. Acabo de recibir una llamada de un tal Tomás, amigo sueco de Daniel P. Ya ni me acordaba de que, hará una semana, Daniel me envió un mail desde Estocolmo preguntándome si podía darle mi número a este Tomás. Va a pasar unos días en Madrid y le apetecía que le mostrara el ambiente de por aquí. Pues bueno. Hemos quedado a las ocho en Sol, rollo cita a ciegas. Puedo encontrarme con el suecazo del siglo o con un bluf total. Veremos.
Luego, por aquello de oxigenarse, me acoplé con Jon C, Laura y E (que tenían negocios turbios que dirimir, y una piedra que cortar) hasta un pub irlandés cerca de Alonso Martínez, como todos (para mí), horrible y con una clientela de lo más desasosegante. Di rienda suelta a mi rabia contenida contra ML R -Jon asentía con la cabeza, "qué bien te entiendo", decía- y luego ya opté por callarme, que no era cuestión de ponerse pesadito.
E me convenció (pero no hacía falta, me apetecía seguir por ahí) para que la acompañara en su cita del Escape. No recuerdo el nombre de la chica. Según la vi no me gustó nada; más adelante, en cambio, me cayó muy bien. Antes, hubo una cerveza a dos en el BAires, con disección incluida de mi (rara, rarísima, rarisísima) personalidad. Básicamente, que soy un cabezón y a veces me dan unos puntos que desorientan mogollón a la peña. El otro día, por ejemplo, bajaron E y J de redacción a comprar al súper. Yo les había encargado algo para comisquear. Como el Día estaba cerrado, decidieron ir hasta el Corte Inglés y E me llamó para decírmelo. Entonces me encabroné y le contesté que ya no quería nada. ¿Por qué? Lo ignoro, un tornillo suelto que de cuando en cuando golpea mis neuronas. Hay ocasiones en que, si no se cumplen las cosas como estaba previsto, me enfado conmigo mismo y con el mundo, hago un gesto teatral de lo más histriónico y rompo la baraja. Menudo capricornio complicado y absurdo que soy. Otro ejemplo: dice E que a veces se me proponen planes y, antes incluso de escuchar hasta el final, me desmarco y digo que no. Luego cambio de opinión pero no lo reconozco, sigo diciendo que no, quién sabe por qué estúpido mecanismo de defensa. Juré y perjuré que no era así, pero en el fondo sé que lleva razón. No me extraña la fama de perro verde que estoy criando. A pulso.
En el Escape dejé que las chicas hablaran de sus historias y me puse a charlar con un chico de Zamora que me presentó otro al que había conocido poco antes en el baño. Tiene 19 años, estaba allí por primera vez (pasa unos días en Madrid junto a la que es su novia desde hace dos años) y tiene la picha hecha un lío...
-A mí me gusta mi novia, pero no me importaría tener una experiencia con un tío.
Empezó así, y terminó por confesar que a ella la quiere mucho, que es su mejor amiga y tal, pero que en el sexo les va fatal porque ella no le pone. Que cuando follan, muchas veces su chica le pregunta si es que no la ve atractiva, mientras él se deshace en excusas tontas, porque no sabe qué decirle. En cambio, los hombres le gustan, y mucho (aunque le da un poco de palo pensar en la penetración..., me pareció tan tierno). No soporta la idea de hacerle daño, aunque, claro, mantenerla engañada es otra manera de putearla. Y luego está el tema de ser (y reconocerse) gay.
-Aquí en Madrid es sencillo. Pero en Zamora... en Zamora hasta pueden llegar a pegarte por maricón. Es una ciudad pequeña, todo el mundo se conoce. No sé. Un lío tremendo.
Vaya. Yo aquí, metido en mi burbuja, daba por sentado que las cosas son diferentes ahora, que hay más aceptación, libertad y respeto. Y me doy de bruces con la triste realidad. Un tío de 19 años, completamente armarizado y lleno de los típicos miedos que hace mucho que debían estar olvidados.
Su novia, visiblemente amoscada porque no le hacía caso, se acercó a nosotros y se me presentó. Cuánta pena me dieron los dos, atrapados en la representación de una farsa que les ahoga. Él me dijo que le gustaría continuar hablando conmigo pero que. Y yo le contesté que no siguiera, que lo entendía. Preferí alejarme y no meterme en camisa de once varas. Al despedirnos, me dio las gracias y yo le deseé mucha suerte.
En el Colby (son las tres de la tarde) dejo macerar la resaca mientras observo, con curiosidad, a mi alrededor. Ahora que Raymond se fue, puedo volver a pasarme por aquí. Acabo de recibir una llamada de un tal Tomás, amigo sueco de Daniel P. Ya ni me acordaba de que, hará una semana, Daniel me envió un mail desde Estocolmo preguntándome si podía darle mi número a este Tomás. Va a pasar unos días en Madrid y le apetecía que le mostrara el ambiente de por aquí. Pues bueno. Hemos quedado a las ocho en Sol, rollo cita a ciegas. Puedo encontrarme con el suecazo del siglo o con un bluf total. Veremos.
OTRA VEZ ML R
Ya, ya sé que estoy monotemático, que el trabajo no lo es todo y que demostraría ser mucho más inteligente si los comentarios, trapacerías varias, falsedades y apuñalamientos por la espalda de mi jefa directa no me influyeran como lo hacen. Ahora mismo, sin embargo, me daría la vuelta y le escupiría a la cara todo lo que pienso de su ser mezquino y cobarde.
Una de mis secciones (y no hay que olvidar que, además del sueldo base, me pagan por secciones publicadas) no la tendré que realizar la semana que viene porque a ML R se le ha ocurrido escribir en ella el próximo jueves. Me parece muy bien que le apetezca meter algo de un amiguete, pero lo más lógico es que me pida hacerlo a mí, por algo es mi puta sección. A mi comentario de que yo voy a perder dinero, ha enrojecido y se ha encogido (esto es un símil) de hombros. Se la suda ampliamente, y yo me siento pisoteado, ninguneado y puteado a más no poder. Luego, como no he vuelto a despegar los labios en todo el día, se permite el recochineo de comentarme que si me pasa algo, que no parezco de buen humor... mientras que ella no deja de hacer chistes y reírse a voz en grito. Es como si disfrutara viendo que le fastidia el día a otro, como si nuestra mala hostia realimentara su alegría. Cómo entiendo los asesinatos pasionales.
Pero bueno, intentemos ponernos un poquillo zen que si no me va a dar un ictus cerebral en una de éstas. Raymond se iba ayer por la mañana y pretendía que nos viéramos la noche anterior. Con una finta de última hora, me escaqueé. Y ahora resulta que perdió su avión y me envía un mensaje diciéndome que se queda por uno o dos días más. Como ya me da igual quedar mejor o peor con este sujeto, ni siquiera he contestado a su mensaje.
Leo a Joyce Carol Oates, "Las hermanas Zinn", que es una novela muy entretenida y que, de momento, me gusta. Este mediodía hubo, otra vez, sesión maratoniana en Laan. Es cierto eso que dice E de que me estoy volviendo un ermitaño, cada día me apetece ver a menos gente y, si por mí fuera, acotaría mi grupo de amigos/conocidos mucho más. Pero como sé lo peligroso que es entrar en un periodo de autismo feroz, mañana mismo llamo a Ma y J para salir por el Cool la noche del viernes. Me vendrá bien pegarme unos cuantos bailes, drogarme lo suficiente como para perder (no del todo) la conciencia y enrollarme quién sabe con quién.
Una de mis secciones (y no hay que olvidar que, además del sueldo base, me pagan por secciones publicadas) no la tendré que realizar la semana que viene porque a ML R se le ha ocurrido escribir en ella el próximo jueves. Me parece muy bien que le apetezca meter algo de un amiguete, pero lo más lógico es que me pida hacerlo a mí, por algo es mi puta sección. A mi comentario de que yo voy a perder dinero, ha enrojecido y se ha encogido (esto es un símil) de hombros. Se la suda ampliamente, y yo me siento pisoteado, ninguneado y puteado a más no poder. Luego, como no he vuelto a despegar los labios en todo el día, se permite el recochineo de comentarme que si me pasa algo, que no parezco de buen humor... mientras que ella no deja de hacer chistes y reírse a voz en grito. Es como si disfrutara viendo que le fastidia el día a otro, como si nuestra mala hostia realimentara su alegría. Cómo entiendo los asesinatos pasionales.
Pero bueno, intentemos ponernos un poquillo zen que si no me va a dar un ictus cerebral en una de éstas. Raymond se iba ayer por la mañana y pretendía que nos viéramos la noche anterior. Con una finta de última hora, me escaqueé. Y ahora resulta que perdió su avión y me envía un mensaje diciéndome que se queda por uno o dos días más. Como ya me da igual quedar mejor o peor con este sujeto, ni siquiera he contestado a su mensaje.
Leo a Joyce Carol Oates, "Las hermanas Zinn", que es una novela muy entretenida y que, de momento, me gusta. Este mediodía hubo, otra vez, sesión maratoniana en Laan. Es cierto eso que dice E de que me estoy volviendo un ermitaño, cada día me apetece ver a menos gente y, si por mí fuera, acotaría mi grupo de amigos/conocidos mucho más. Pero como sé lo peligroso que es entrar en un periodo de autismo feroz, mañana mismo llamo a Ma y J para salir por el Cool la noche del viernes. Me vendrá bien pegarme unos cuantos bailes, drogarme lo suficiente como para perder (no del todo) la conciencia y enrollarme quién sabe con quién.
MIS COMPAÑERAS DE CURRO
Están E y Laura, ML R (mi estupenda y nunca poco aborrecida jefa, homófoba y racista), A G-A (un camafeo de mediados del siglo XIX en movimiento, con su manera tan peculiar de hablar, una gran chica, con la que me llevo muy bien) y alguna más. Pero hoy quiero hablar de Tristón y Leoncio, que ya aparecieron por aquí alguna que otra vez... Leoncio es la que lleva la voz cantante, se siente una especie de reencarnación de Oriana Fallaci –aunque ésta no haya muerto todavía– y es la princesita de la redacción, con todo lo que de cursi y relamido tiene el cargo. Tristón es la tontina de turno, que entró en el curro gracias a oscuras relaciones familiares (sospechamos), siempre con un tono de voz entre plañidero y asustado, medio sorda y muy, pero que muy miope.
A Tristón todavía la trago. Si uno no nace con demasiadas luces, qué le vamos a hacer. Pero a Leoncio... A ella la mandaba al foso de los leones, a que se la comieran de a poquito. Con los cambios en la empresa de los últimos tiempos, la tía se siente más segura (en su calidad de novia apócrifa de X, el redactor jefe de BCN), y comienza a asomar su cabecita de hidra por debajo de la puerta. Veremos cosas en los próximos meses, no me cabe la menor duda.
Bueno, el caso es que el otro día J escuchó una conversación entre ellas que me ha transcrito y es de lo más jugosa. No me resisto a ponerla aquí.
Tristón: ¿Pues sabéis qué peli fui a ver el sábado? "Shall we dance?", la última de Richard Gere y JLo.
(Silencio, todo el mundo mirando a su ordenador y nadie escuchando, aparentemente)
Tristón: ¿La habéis visto?
(Más silencio, cargado de presagios)
Leoncio: (Visiblemente INDIGNADA y con un tonillo profesoral de los que merecen una patada directa a la boca) No, porque yo no pago 6 o 7 euros para ir a ver mierdas como ésa al cine.
Tristón: Pues está muy bien, no sé por qué dices eso...
Leoncio: Es que, a ver, A, yo no voy al cine a ver ese tipo de películas. Para mí, ir a ver una peli al cine no es ocio, es más como ir a ver una exposición. Necesito que las películas me aporten algo, más allá de que me entretengan.
Tristón: Pues no es una mierda M, (cada vez más bajito), no es una mierda...
(Todo esto dicho por una tipa que se sintió super identificada –ossea– con "El diario de Bridget Jones". Manda co-Jones)
¿No es como para cortarse las venas? Pues así, uno y otro día. Menos mal que las tengo sentadas bien lejos y apenas hablamos en el trabajo.
A Tristón todavía la trago. Si uno no nace con demasiadas luces, qué le vamos a hacer. Pero a Leoncio... A ella la mandaba al foso de los leones, a que se la comieran de a poquito. Con los cambios en la empresa de los últimos tiempos, la tía se siente más segura (en su calidad de novia apócrifa de X, el redactor jefe de BCN), y comienza a asomar su cabecita de hidra por debajo de la puerta. Veremos cosas en los próximos meses, no me cabe la menor duda.
Bueno, el caso es que el otro día J escuchó una conversación entre ellas que me ha transcrito y es de lo más jugosa. No me resisto a ponerla aquí.
Tristón: ¿Pues sabéis qué peli fui a ver el sábado? "Shall we dance?", la última de Richard Gere y JLo.
(Silencio, todo el mundo mirando a su ordenador y nadie escuchando, aparentemente)
Tristón: ¿La habéis visto?
(Más silencio, cargado de presagios)
Leoncio: (Visiblemente INDIGNADA y con un tonillo profesoral de los que merecen una patada directa a la boca) No, porque yo no pago 6 o 7 euros para ir a ver mierdas como ésa al cine.
Tristón: Pues está muy bien, no sé por qué dices eso...
Leoncio: Es que, a ver, A, yo no voy al cine a ver ese tipo de películas. Para mí, ir a ver una peli al cine no es ocio, es más como ir a ver una exposición. Necesito que las películas me aporten algo, más allá de que me entretengan.
Tristón: Pues no es una mierda M, (cada vez más bajito), no es una mierda...
(Todo esto dicho por una tipa que se sintió super identificada –ossea– con "El diario de Bridget Jones". Manda co-Jones)
¿No es como para cortarse las venas? Pues así, uno y otro día. Menos mal que las tengo sentadas bien lejos y apenas hablamos en el trabajo.
FILOSOFÍAS, MAHOU Y CINTAS DE VÍDEO
Tanto anoche como el domingo, al Angie de cabeza con E. El domingo no pudo ser lo de estar a solas los dos para que ella me pusiera al día de sus últimas vicisitudes sentisexuales –se acostó con su amiga la guardia civil (menos mal que no quedamos ese día, el rollo aguantavelas me aburre terriblemente), tuvo una bronca con R, ojo: no por los cuernos, que le puso de vuelta y media ("eres una egoísta", "inmadura emocional", "no me das lo que yo necesito", etcétera, etcétera, etcétera...) y para el jueves verá a una tía con la que estuvo de charleta la última vez que nos dejamos caer por el Escape–. No fue posible porque nos encontramos con M y su prima Lucía. Ella es una chica dulce (aunque con carácter, eso se adivina nada más conocerla), muy inteligente pero al mismo tiempo de lo más modesto que he visto, con una falsa inseguridad que es su fortaleza. Hacía como dos años y pico que no nos veíamos –desde un concierto infumable en el Hard Rock Café– y la charla fluyó alegre, despreocupada, entre bromas y veras.
M me comentó que venían del teatro, de ver "La Celestina", con Nuria Espert. Le respondí que, desde lo de P, la idea de ir al teatro me tienta pero también me produce rechazo. ¿Echo de menos a P? ¿Pienso en él? Qué responder... Apenas pienso en P, aunque a veces lo hago con una intensidad enfermiza, cuando estoy en mi cama, ya tarde en la noche, leyendo. De repente soy consciente de que hubo un tiempo, para nada lejano, en que él era un elemento más del decorado de mi cuarto, tumbado a mi lado, hablando o follando sobre esas mismas sábanas, desnudo y contento, recitándome largos pasajes del "Calígula" de Camus, o de "La vida es sueño", o algo más actual, de Sanchís Sinisterra, por ejemplo. Y ahora todos esos recuerdos son aire en el aire, un soplo de nostalgia idiota, la delgada línea de mis pensamientos en pugna por arrancar del olvido una serie de hechos felices. ¿Quiero un novio en mi vida? Rotundamente, no. O rotundamente, sí. Quiero un cuerpo que se abrace al mío por las noches, quiero una boca que me bese suave suave en el cuello y en el hueco de la clavícula, quiero unas manos que me agarren fuerte y no me dejen escapar nunca. Pero también soy consciente de mi ser arisco, de lo poco que me gusta que me controlen, de cuánto me agobia que alguien se inmiscuya en mis cosas... A lo mejor, estoy enamorado de la idea de amar, quiero un novio como quien envidia a los otros lo que no tiene. Y en el fondo, si alguno me hiciera caso, no lo querría. Vaya, vaya.
M se retiró pronto y nos quedamos los tres hasta las tantas, Lucía y E hablando de Harry Potter, yo haciendo el payaso, como tengo por norma. Noté algo parecido a la química entre ellas dos, aunque en ningún momento me sentí excluido.
M me comentó que venían del teatro, de ver "La Celestina", con Nuria Espert. Le respondí que, desde lo de P, la idea de ir al teatro me tienta pero también me produce rechazo. ¿Echo de menos a P? ¿Pienso en él? Qué responder... Apenas pienso en P, aunque a veces lo hago con una intensidad enfermiza, cuando estoy en mi cama, ya tarde en la noche, leyendo. De repente soy consciente de que hubo un tiempo, para nada lejano, en que él era un elemento más del decorado de mi cuarto, tumbado a mi lado, hablando o follando sobre esas mismas sábanas, desnudo y contento, recitándome largos pasajes del "Calígula" de Camus, o de "La vida es sueño", o algo más actual, de Sanchís Sinisterra, por ejemplo. Y ahora todos esos recuerdos son aire en el aire, un soplo de nostalgia idiota, la delgada línea de mis pensamientos en pugna por arrancar del olvido una serie de hechos felices. ¿Quiero un novio en mi vida? Rotundamente, no. O rotundamente, sí. Quiero un cuerpo que se abrace al mío por las noches, quiero una boca que me bese suave suave en el cuello y en el hueco de la clavícula, quiero unas manos que me agarren fuerte y no me dejen escapar nunca. Pero también soy consciente de mi ser arisco, de lo poco que me gusta que me controlen, de cuánto me agobia que alguien se inmiscuya en mis cosas... A lo mejor, estoy enamorado de la idea de amar, quiero un novio como quien envidia a los otros lo que no tiene. Y en el fondo, si alguno me hiciera caso, no lo querría. Vaya, vaya.
M se retiró pronto y nos quedamos los tres hasta las tantas, Lucía y E hablando de Harry Potter, yo haciendo el payaso, como tengo por norma. Noté algo parecido a la química entre ellas dos, aunque en ningún momento me sentí excluido.
DOMINGUEANDO
La existencia es una sucesión ininterrumpida de ciclos. Como pescadillas que se muerden la cola y se enroscan a nuestro alrededor, anillando los recuerdos. Invierno, primavera, verano, otoño. El comienzo del cole, las Navidades, Semana Santa, la declaración de la renta, los exámenes de fin de curso, las vacaciones de verano. Y vuelta a empezar. Las estaciones (los ciclos) se suceden y nosotros permanecemos, pero menos.
El trabajo hoy ha ido como la seda. ML R no me ha dicho nada de nuestro encontronazo del jueves, y conociéndola no lo hará. Así pues, sonrisas profident y mucha falsedad ambiente.
Ayer estuve en plan ermitaño total. Salí a la calle, me tomé tres cafés en el Laan, allí leí hasta hartarme (casi 150 páginas) y luego me volví para casita, con tan buena fortuna que no había nadie y pude seguir leyendo tranquilo. Me quedan 50 páginas de la novela y estoy deseando salir de aquí para terminarla. 2666 ha sido el descubrimiento (por el momento) del año.
El trabajo hoy ha ido como la seda. ML R no me ha dicho nada de nuestro encontronazo del jueves, y conociéndola no lo hará. Así pues, sonrisas profident y mucha falsedad ambiente.
Ayer estuve en plan ermitaño total. Salí a la calle, me tomé tres cafés en el Laan, allí leí hasta hartarme (casi 150 páginas) y luego me volví para casita, con tan buena fortuna que no había nadie y pude seguir leyendo tranquilo. Me quedan 50 páginas de la novela y estoy deseando salir de aquí para terminarla. 2666 ha sido el descubrimiento (por el momento) del año.
VIERNES CARGADITO
He dormido doce horas y me encuentro en ese estadio en el que uno no sabe si le hizo bien dormir tanto o si, por el contrario, se jodió el día definitivamente. Como en sordina, los estímulos exteriores me llegan desde muy lejos. El barullo del tráfico, ese tipo grande y mal afeitado de la calle Fuencarral que grita su mercancía –"rosas, rosas a dos euros"– entre desganado y aburrido, el grupo de francesas que, en la mesa de mi derecha (aquí en el Laan, donde escribo), acompasan su plática suave, hecha de sonidos mínimos, de gestos minúsculos, de modulaciones imperceptibles, con el entrechocar imperceptible, mínimo y minúsculo de las cucharillas contra la taza de café. Así que aquí estoy, medio dormido medio despierto, leyendo a Bolaño y rememorando el día de ayer, que dio para bastante.
Primero, un café con Raymond a la una de la tarde en el Colby, después de una semana sin vernos. Nada más llegar, diez minutos tarde, la cagó.
–He llegado tarde adrede porque así ya estabas tú y no consumo. ¿Llevas mucho esperando?
–No te preocupes.
Raymond cofrade mayor de la Virgen del Puño. No soporto a ese tipo de gente, y lo que despiertan en mí comportamientos de ese pelo son muy poca simpatía y ninguna gana (pero ninguna) de echarles una mano. Decidido, este tío no se queda en mi casa ni una sola noche, que se gaste la pasta en una pensión.
Cuando le pedí que me contara qué había sucedido el sábado pasado para que me diera plantón, explicó que la noche anterior se fue por ahí de farra, conoció a un grupo de chicos y juerguearon hasta bien entrada la mañana. Que a las 11.30 decidió volverse a la pensión para dormir (porque no era plan de que yo le viera en esas condiciones), pero que previamente había dejado dicho que si llamaba me dijeran que se pondría en contacto conmigo más tarde. No sólo no fue capaz de coger un teléfono y avisarme (por no gastar dinero, como si lo viera) sino que dio por sentado que yo lo haría. No sé si es muy tonto o muy listo, claro que ha ido a dar a buena parte, este no sabe con quién se la juega. En fin. Ayer me lo quité de encima con una excusa de trabajo y le dije que ya le llamaría hoy para vernos (y echar un polvo, le noté con ganas... no debe de haber ligado mucho esta semana). Glups, no sé por qué pero me da en la nariz que se me va a olvidar. Si me gasto 60 céntimos en una llamada, a lo mejor no llego a fin de mes.
Segundo, cuando me estaba afeitando antes de salir camino de Atocha, me llamó M pidiéndome el costo de mi tío que compré para él hace dos semanas. Le noté ansiedad yonkarra en la voz, jeje. Quedamos en vernos en la misma estación de tren, antes de que yo cogiera el que va para Alcalá de Henares. Llegué con algo de antelación y, durante la espera, me crucé con Roberto O, fantasma del pasado más remoto. Me miró con guasa, como sonriéndose de la situación. No nos saludamos, por supuesto. Nada más aparecer M, le di el costo y bajé al andén, sin volver la vista atrás pero con un regusto agrio en la boca del estómago, que se me pasó en unos minutos, eso sí. Fue algo curioso. Después de siete años desde que él rompió unilateralmente nuestra amistad, quien fuera mi mejor amigo y confidente desde el colegio me encuentra a la espera del que ahora es mi mejor amigo. De vodebil barato.
Tercero, viaje hasta Alcalá para asistir a la apertura de Alcine34, el festival de cortos. Con C&H. Nos entonamos con unas cervecitas en El Bierzo de Alcalá, taberna semivacía a esas horas. Luego nos tocó la ceremonia propiamente dicha, en el Teatro Cervantes, con varios cortos que a mí me dejaron más bien indiferente –incluido el de Coffee and Cigarettes, de Jim Jarmusch, con Iggy Pop y Tom Waits. Más tarde, al cóctel que se sirvió en una antigua pollería, todo muy neoyorquino, con gente guapa y mucho intelectual cinéfilo. Fumamos varios porros (H también ha dejado el tabaco, lleva tres semanas y los canutos son su único enlace con la nicotina) y estuvimos un ratillo viendo pasar al fotógrafo del "evento", que no nos pedía una foto ni a tiros... Finalmente nos vio, se acercó a pedir permiso y nos inmortalizó. Menos mal, C y yo empezábamos a preguntarnos si no le parecíamos suficientemente atractivos y glamourosos. C yo creo que se aburrió un poco, aunque la música era muy buena y fue mejorando con el paso del tiempo. Barra semilibre. En un momento dado, se lo comenté a H.
–¿Te das cuenta de que, en cierto tipo de intelectual moderno de izquierdas, abundan mucho las gafas rectangulares de pasta?
–Pues es verdad.
–Parecen la marca de fábrica...
Primero, un café con Raymond a la una de la tarde en el Colby, después de una semana sin vernos. Nada más llegar, diez minutos tarde, la cagó.
–He llegado tarde adrede porque así ya estabas tú y no consumo. ¿Llevas mucho esperando?
–No te preocupes.
Raymond cofrade mayor de la Virgen del Puño. No soporto a ese tipo de gente, y lo que despiertan en mí comportamientos de ese pelo son muy poca simpatía y ninguna gana (pero ninguna) de echarles una mano. Decidido, este tío no se queda en mi casa ni una sola noche, que se gaste la pasta en una pensión.
Cuando le pedí que me contara qué había sucedido el sábado pasado para que me diera plantón, explicó que la noche anterior se fue por ahí de farra, conoció a un grupo de chicos y juerguearon hasta bien entrada la mañana. Que a las 11.30 decidió volverse a la pensión para dormir (porque no era plan de que yo le viera en esas condiciones), pero que previamente había dejado dicho que si llamaba me dijeran que se pondría en contacto conmigo más tarde. No sólo no fue capaz de coger un teléfono y avisarme (por no gastar dinero, como si lo viera) sino que dio por sentado que yo lo haría. No sé si es muy tonto o muy listo, claro que ha ido a dar a buena parte, este no sabe con quién se la juega. En fin. Ayer me lo quité de encima con una excusa de trabajo y le dije que ya le llamaría hoy para vernos (y echar un polvo, le noté con ganas... no debe de haber ligado mucho esta semana). Glups, no sé por qué pero me da en la nariz que se me va a olvidar. Si me gasto 60 céntimos en una llamada, a lo mejor no llego a fin de mes.
Segundo, cuando me estaba afeitando antes de salir camino de Atocha, me llamó M pidiéndome el costo de mi tío que compré para él hace dos semanas. Le noté ansiedad yonkarra en la voz, jeje. Quedamos en vernos en la misma estación de tren, antes de que yo cogiera el que va para Alcalá de Henares. Llegué con algo de antelación y, durante la espera, me crucé con Roberto O, fantasma del pasado más remoto. Me miró con guasa, como sonriéndose de la situación. No nos saludamos, por supuesto. Nada más aparecer M, le di el costo y bajé al andén, sin volver la vista atrás pero con un regusto agrio en la boca del estómago, que se me pasó en unos minutos, eso sí. Fue algo curioso. Después de siete años desde que él rompió unilateralmente nuestra amistad, quien fuera mi mejor amigo y confidente desde el colegio me encuentra a la espera del que ahora es mi mejor amigo. De vodebil barato.
Tercero, viaje hasta Alcalá para asistir a la apertura de Alcine34, el festival de cortos. Con C&H. Nos entonamos con unas cervecitas en El Bierzo de Alcalá, taberna semivacía a esas horas. Luego nos tocó la ceremonia propiamente dicha, en el Teatro Cervantes, con varios cortos que a mí me dejaron más bien indiferente –incluido el de Coffee and Cigarettes, de Jim Jarmusch, con Iggy Pop y Tom Waits. Más tarde, al cóctel que se sirvió en una antigua pollería, todo muy neoyorquino, con gente guapa y mucho intelectual cinéfilo. Fumamos varios porros (H también ha dejado el tabaco, lleva tres semanas y los canutos son su único enlace con la nicotina) y estuvimos un ratillo viendo pasar al fotógrafo del "evento", que no nos pedía una foto ni a tiros... Finalmente nos vio, se acercó a pedir permiso y nos inmortalizó. Menos mal, C y yo empezábamos a preguntarnos si no le parecíamos suficientemente atractivos y glamourosos. C yo creo que se aburrió un poco, aunque la música era muy buena y fue mejorando con el paso del tiempo. Barra semilibre. En un momento dado, se lo comenté a H.
–¿Te das cuenta de que, en cierto tipo de intelectual moderno de izquierdas, abundan mucho las gafas rectangulares de pasta?
–Pues es verdad.
–Parecen la marca de fábrica...
RIFIRRAFE CON ML R
A cuenta de un titular, a las diez y pico de la noche, cuando más liado estaba y menos ganas de estrujarme el cerebro tenía. Me llama a su mesa –le encanta eso de que nos acerquemos hasta allá, como buenos y sumisos vasallos– y me dice que el titular no le convence, que hay que cambiarlo. Bien. Se lo cambio. Y entonces, con su mirada de conejo, su sonrisa envenenada de conejo y su entonación conejil y cabrona, me dice que no le convence, que no es un titular muy bueno, que hay que currarse un poco más las cosas. Tócate los huevos. No pude evitarlo, noté cómo me subía la rabia por la garganta. Le dije que el titular no estaba mal, que si no le convencía que lo cambiara, era muy libre de hacerlo, pero que eran más de las diez y yo tenía aún mucho trabajo por delante. Se puso roja como la grana y balbució que ya hablaríamos del tema en otro momento. Como quiera. Trabajo en un periódico de mierda que se pasa las reglas más elementales del periodismo por el arco (publicitario) del triunfo, he leído auténticas barbaridades que se han dado por válidas en una mezcla perfecta de dejadez y mediocridad, así que no creo que ponerse estupendos a estas alturas sea de recibo.
Reconozco que la discusión con ML me ha alterado bastante. A mi alrededor todos me dicen que no me agobie, que ella es así y, en su afán por tocarle los cojoncillos a cuatro manos a la peña, me ha tocado a mí. Lo sé. Pero también conozco mis límites, y ha estado muy cerca de rebasarlos.
No hay cosa peor que no respetar profesionalmente a un jefe. Ésa es mi cruz en este trabajo.
Reconozco que la discusión con ML me ha alterado bastante. A mi alrededor todos me dicen que no me agobie, que ella es así y, en su afán por tocarle los cojoncillos a cuatro manos a la peña, me ha tocado a mí. Lo sé. Pero también conozco mis límites, y ha estado muy cerca de rebasarlos.
No hay cosa peor que no respetar profesionalmente a un jefe. Ésa es mi cruz en este trabajo.
MIERDA DE FÚTBOL...
Aquí estoy, todavía en la redacción, habiendo terminado todo el trabajo a excepción de la página de Deportes. Hay partido de Copa entre no sé quiénes y no puedo irme hasta que se termine el encuentro. M M, el redactor de deportes, me asegura que para las 12.30 estará acabada la cosa. Dios, una hora más frente al ordenador, los ojos como dos faros de emergencia, aburridísimo y con unas ganas tremendas de salir a la calle y que me dé la brisa nocturna, antes de meterme en el Angie (es un suponer) y tajarme, que hoy me apetece, mira tú por dónde.
M me ha llamado y puede que nos veamos. Intentaré que se apunte E, aunque no sé yo, ayer no quise tomarme algo con ella y puede que me la guarde. Hoy tampoco he estado muy simpático que digamos: a este paso me convierto en el monstruo de las galletas...
Comí al mediodía en Barquillo con C&H, a los que hacía tiempo que no veía. Sobremesa agradable y distendida, hablamos de M y sus aventuras sexuales, que últimamente no hacen más que aumentar. También de lo bien que nos va en la vida y lo encantados (con algún pero que otro) que estamos con nosotros mismos. Me han ofrecido pasar las Navidades en Estepona, en la casa que los padres de C tienen a pie de playa (como es casi seguro que no voy a estar en Santander, me lo pensaré, aunque la idea de una casa rural en algún pueblecito de, por ejemplo, Extremadura también me tienta, rollito ermitaño alejado del mundanal ruido). Quedamos además en que este viernes nos vemos en Alcalá de Henares, para la inauguración del festival de cine, en cuya historia está metido Tomás.
En el BAires después de comer. Veo a JM, que me agarra por banda y no me suelta en más de una hora. El tema, como siempre, su lucha desvalida (pobre David incomprendido) contra el Goliat de la homofobia... P me cuenta que su abuela murió este sábado, a los 95 años. La vi afectada, pero apenas pudimos cruzar unas palabras: JM estaba desbocado y no se detenía ante nada ni nadie. A ver si mañana me paso por allí al mediodía y charlamos un ratín.
Escucho a los Manic Street Preachers ("If you tolerate this your children will be next") y hago tiempo, tiempo, tiempo... ML R acaba de coger dos revistas gratuitas gays que me traje de Berkana para echarles un vistazo. Su homofobia levemente maquillada de buenas maneras e ironía fina (eso cree ella) no me salpica en absoluto. Hace bromas y yo le contesto, es como una ligera sesión de esgrima para principiantes. Mi jefa es una pobre mujer anclada en otro siglo (aún tengo que descubrir en cuál), con bastante mala baba en ocasiones pero algo parecido a un buen corazón muy adentro de sus entretelas. Pasa las páginas criticándolo todo, como si nosotros fuéramos muy buenos titulando y mostrando noticias, manda cojones. Ve un artículo sobre osos y el color le sube al rostro conejil. A lo mejor le va el rollito peludo y grandote...
M me ha llamado y puede que nos veamos. Intentaré que se apunte E, aunque no sé yo, ayer no quise tomarme algo con ella y puede que me la guarde. Hoy tampoco he estado muy simpático que digamos: a este paso me convierto en el monstruo de las galletas...
Comí al mediodía en Barquillo con C&H, a los que hacía tiempo que no veía. Sobremesa agradable y distendida, hablamos de M y sus aventuras sexuales, que últimamente no hacen más que aumentar. También de lo bien que nos va en la vida y lo encantados (con algún pero que otro) que estamos con nosotros mismos. Me han ofrecido pasar las Navidades en Estepona, en la casa que los padres de C tienen a pie de playa (como es casi seguro que no voy a estar en Santander, me lo pensaré, aunque la idea de una casa rural en algún pueblecito de, por ejemplo, Extremadura también me tienta, rollito ermitaño alejado del mundanal ruido). Quedamos además en que este viernes nos vemos en Alcalá de Henares, para la inauguración del festival de cine, en cuya historia está metido Tomás.
En el BAires después de comer. Veo a JM, que me agarra por banda y no me suelta en más de una hora. El tema, como siempre, su lucha desvalida (pobre David incomprendido) contra el Goliat de la homofobia... P me cuenta que su abuela murió este sábado, a los 95 años. La vi afectada, pero apenas pudimos cruzar unas palabras: JM estaba desbocado y no se detenía ante nada ni nadie. A ver si mañana me paso por allí al mediodía y charlamos un ratín.
Escucho a los Manic Street Preachers ("If you tolerate this your children will be next") y hago tiempo, tiempo, tiempo... ML R acaba de coger dos revistas gratuitas gays que me traje de Berkana para echarles un vistazo. Su homofobia levemente maquillada de buenas maneras e ironía fina (eso cree ella) no me salpica en absoluto. Hace bromas y yo le contesto, es como una ligera sesión de esgrima para principiantes. Mi jefa es una pobre mujer anclada en otro siglo (aún tengo que descubrir en cuál), con bastante mala baba en ocasiones pero algo parecido a un buen corazón muy adentro de sus entretelas. Pasa las páginas criticándolo todo, como si nosotros fuéramos muy buenos titulando y mostrando noticias, manda cojones. Ve un artículo sobre osos y el color le sube al rostro conejil. A lo mejor le va el rollito peludo y grandote...
VIDA SOCIAL COMPULSIVA
Ayer, durante mi día libre (que vivan, que vivan los puentes), sucesión ininterrumpida de cafés y cañas y copas –según la hora y lugar– con diversas gentes. Primero fue Nazario, cuando iba caminando Augusto Figueroa abajo en dirección al Laan. Mexicano amigo de JM, mi ex vecino (que cada día se hunde un poco más en su pozo de mentiras y de cocaína), hacía mucho que no nos veíamos. Un beso, un abrazo muy sentido por su parte (a mí el contacto físico no me gusta mucho, la verdad, pero bueno...), la consabida pregunta de adónde voy, mi respuesta de que me iba a tomar un café y el te acompaño final. Vale, sustituyo la lectura por una conversación que en ningún momento decae del todo pero que se me hace larga y un pelín aburrida. Una vez que Nazario se marcha a trabajar, yo me quedo en el Laan y puedo (¡por fin!) navegar por las aguas calmas, procelosas, picadas, de marejadilla, quietas y como muertas, de olas gigantes que espantan y mareas traicioneras de 2666, la obra genial de Bolaño. Paso estos días como alucinado por la realidad, metido tanto en la trama de esta novela que cuanto sucede a mi alrededor se me antoja la verdadera ficción.
Después de una compra en Día, me di de bruces a la altura de Vázquez de Mella con Ma y J (a quienes no había llamado en más de dos semanas, glups). Más besos y abrazos, un poco de frivolidad ("qué guapa estás, perra", me suelta Ma... lo de hablar en femenino me pone del nervio óptico), y mi promesa de que voy a casa, suelto las bolsas de la compra y me tiro de nuevo a la calle, esta vez al Colby, para otro café con ellos. Vale, dejo a un lado las aventuras amalfitanas en Santa Teresa y buceo un poco en el entramado de amantes, cuartos oscuros, saunas y tríos que son la vida de Ma y, en menor medida, también la de J. Cuando toca reírse, discretamente, apoyo la mano en la boca y aborto un bostezo de aburrimiento.
Ya en casa –a las ocho y pico de la tarde–, llamada de teléfono de E, que está por el barrio de compras y quiere saber si nos podemos ver. Y entonces exploto con quien menos culpa tiene y, de malos modos, le digo que estoy cansado y que no me apetece ir de compras por ahí, que prefiero quedarme en casa leyendo. Decidimos vernos más tarde, cuando ella haya terminado sus compras. Cuelgo el teléfono y me siento un ser infame, un "pitufo gruñón" (así me dice E) que se mosquea con suma facilidad y siempre carga contra el más débil, contra quien no tiene la culpa de nada. Mis malos modos por teléfono habían sido la muestra de un enfado conmigo mismo, por no ser capaz de decir que no a la propuesta de un café. Animal social compulsivo que es uno, con arrepentimiento de tantas horas perdidas en compañía de los otros, pero siempre a toro pasado.
A las diez, pues, me tomé una caña con E en la taberna del 2 de Mayo. Apareció R al poco rato, se creó un ambiente extraño, como de cosas no dichas y formación de nubarrones precursoras de tormenta. Como vi que tenían cosas que aclarar, me despedí y regresé a casa.
Lectura hasta la una de la madrugada. Luego, ponerse guapo y salir pitando para el Gris, donde había quedado con A. No le gustó mucho la cantidad de gente que poblaba el garito (estaba hasta los topes) y de ahí nos fuimos haciendo la ronda habitual de bares, cada uno un poco más cutre y oscuro que el anterior. Terminamos por Callao, donde volví a encontrar a Nazario, por un lado, y a Ma y J, por el otro. Hicimos pandi. Una especie de resumen del día, sólo faltaba E, claro que en este tipo de garitos no dejan entrar a las tías.
Curioso cómo en ocasiones la soledad es una piedra enorme sobre el pecho, una falta de interlocutor que puede conducir a la locura y a la desesperación. Y otras veces, como ayer, se vuelve una hermosa entelequia, imposible de lograr.
Después de una compra en Día, me di de bruces a la altura de Vázquez de Mella con Ma y J (a quienes no había llamado en más de dos semanas, glups). Más besos y abrazos, un poco de frivolidad ("qué guapa estás, perra", me suelta Ma... lo de hablar en femenino me pone del nervio óptico), y mi promesa de que voy a casa, suelto las bolsas de la compra y me tiro de nuevo a la calle, esta vez al Colby, para otro café con ellos. Vale, dejo a un lado las aventuras amalfitanas en Santa Teresa y buceo un poco en el entramado de amantes, cuartos oscuros, saunas y tríos que son la vida de Ma y, en menor medida, también la de J. Cuando toca reírse, discretamente, apoyo la mano en la boca y aborto un bostezo de aburrimiento.
Ya en casa –a las ocho y pico de la tarde–, llamada de teléfono de E, que está por el barrio de compras y quiere saber si nos podemos ver. Y entonces exploto con quien menos culpa tiene y, de malos modos, le digo que estoy cansado y que no me apetece ir de compras por ahí, que prefiero quedarme en casa leyendo. Decidimos vernos más tarde, cuando ella haya terminado sus compras. Cuelgo el teléfono y me siento un ser infame, un "pitufo gruñón" (así me dice E) que se mosquea con suma facilidad y siempre carga contra el más débil, contra quien no tiene la culpa de nada. Mis malos modos por teléfono habían sido la muestra de un enfado conmigo mismo, por no ser capaz de decir que no a la propuesta de un café. Animal social compulsivo que es uno, con arrepentimiento de tantas horas perdidas en compañía de los otros, pero siempre a toro pasado.
A las diez, pues, me tomé una caña con E en la taberna del 2 de Mayo. Apareció R al poco rato, se creó un ambiente extraño, como de cosas no dichas y formación de nubarrones precursoras de tormenta. Como vi que tenían cosas que aclarar, me despedí y regresé a casa.
Lectura hasta la una de la madrugada. Luego, ponerse guapo y salir pitando para el Gris, donde había quedado con A. No le gustó mucho la cantidad de gente que poblaba el garito (estaba hasta los topes) y de ahí nos fuimos haciendo la ronda habitual de bares, cada uno un poco más cutre y oscuro que el anterior. Terminamos por Callao, donde volví a encontrar a Nazario, por un lado, y a Ma y J, por el otro. Hicimos pandi. Una especie de resumen del día, sólo faltaba E, claro que en este tipo de garitos no dejan entrar a las tías.
Curioso cómo en ocasiones la soledad es una piedra enorme sobre el pecho, una falta de interlocutor que puede conducir a la locura y a la desesperación. Y otras veces, como ayer, se vuelve una hermosa entelequia, imposible de lograr.
LOS DOMINGOS AL SOL
Mediodía de cielos azules y frío. Después de la lluvia de los últimos días, este sol que ya no quema pero entra ahora a través de la ventana y me da en la cara –haciéndome guiñar los ojos– es una bendición, una caricia calórica, un beso suave. Estoy en un café de la calle Barquillo. Desde mi mesa, al lado de un ventanal del primer piso, observo un trocito de calle, edificios nobles, aceras limpias y bien cuidadas, semáforos en las esquinas y papeleras de metal. Pasan pocos coches (es domingo) y muy pocas (y desocupadas: es domingo) personas.
Ayer quedé con M S, con la que me cité en Sol poco después de las seis de la tarde. De camino, bajando Valverde, me encontré con S en su silla de ruedas, todo trajeado (floripondio en la solapa incluido), recién afeitadito y hecho un manojo de nervios... ¡Había olvidado por completo que M y él se casaban esa misma tarde muy cerca de mi casa! Estuve un rato con él, quedé de puta madre (como si hubiese bajado adrede para desearles mucha felicidad, que coman perdices y esas cosas) y luego ya enfilé para el Oso y el Madroño, donde M S me esperaba para ponerme al día en su relación con Raúl, su novio desde finales de agosto. Durante hora y media sólo habló ella, mientras nos comíamos un bocadillo en el Pan's de Callao. Las cosas no les van bien, y yo intuyo una ruptura. Claro que no se lo dije, no de una manera tan brutal. Ella se agobia porque él parece no estar tan cariñoso como antes, tan atento como antes, tan locamente enamorado como antes. Y él se agobia porque está de trabajo hasta el cuello y, aunque desea estar con M S, cree que su forma de ser y de currar no son compatibles con una pareja. Y encima ella le ha llamado alguna vez en pleno ataquito de "no me quieres", lo que a él le dispara sus miedos. Se lo he dicho, está en un momento muy delicado, su amor es como una planta muy tierna y muy joven que, al menos granizo, puede agostarse. No sé, no sé. Había momentos en que lo que M S me contaba se me antojaba extrañamente familiar... Recuerdo que con P yo tuve la misma sensación de desidia por su parte, de olvido, de alejamiento. Y que, aunque la razón me decía que él estaba liado con sus cosas y que no tenía que ver con un desenamoramiento paulatino ni nada por el estilo, lo cierto es que al final me dejó. Espero que a M S no le suceda otro tanto. Aunque las dos historias tienen paralelismos evidentes, ni Raúl es P –se supone que es un tío más maduro y entero–, ni ella soy yo –con toda la carga de negatividad que eso conlleva. Ay, las relaciones amorosas y sus complicaciones...
Una vez que dejé a M S, ya en casa, hablé por teléfono con E, que me propuso salir por Lavapiés. Pero a mí lo que me apetecía era quedarme en el salón, con algo de cena a mano y el libro de Bolaño, "2666". Maravilloso. Lo comencé ayer al mediodía y no he podido dejarlo un solo momento desde entonces. Ya llevo 300 páginas y, a este paso, me lo termino para el martes. Este tío era un genio, y ésta fue su obra máxima. El pulso narrativo no cede en ningún momento. Hay lirismo, y cultismos, y escatología, y múltiples cuentos y novelas cortas que se engarzan en una historia basta, interesantísima. Yo, de momento, completamente entregado. Y deslumbrado. Con otros no me pasa, o me sucede al contrario, pero Roberto Bolaño me da muy buen rollito y unas ganas de escribir de lo más saludables.
De Raymond, ayer, ninguna noticia. Hoy me ha llamado por la mañana para vernos (y, supongo, meterse en mi casa), pero le he dicho que estaba fuera de Madrid, en la sierra. Si quiere quedarse a dormir en mi cuarto, que me llame al curro a eso de las once y ya veremos. Lo hará por esta noche –yo me comprometí a asilarle sábado y domingo–, pero el lunes se vuelve a la pensión. Me ha puesto en bandeja la excusa perfecta para darle boleto
Ayer quedé con M S, con la que me cité en Sol poco después de las seis de la tarde. De camino, bajando Valverde, me encontré con S en su silla de ruedas, todo trajeado (floripondio en la solapa incluido), recién afeitadito y hecho un manojo de nervios... ¡Había olvidado por completo que M y él se casaban esa misma tarde muy cerca de mi casa! Estuve un rato con él, quedé de puta madre (como si hubiese bajado adrede para desearles mucha felicidad, que coman perdices y esas cosas) y luego ya enfilé para el Oso y el Madroño, donde M S me esperaba para ponerme al día en su relación con Raúl, su novio desde finales de agosto. Durante hora y media sólo habló ella, mientras nos comíamos un bocadillo en el Pan's de Callao. Las cosas no les van bien, y yo intuyo una ruptura. Claro que no se lo dije, no de una manera tan brutal. Ella se agobia porque él parece no estar tan cariñoso como antes, tan atento como antes, tan locamente enamorado como antes. Y él se agobia porque está de trabajo hasta el cuello y, aunque desea estar con M S, cree que su forma de ser y de currar no son compatibles con una pareja. Y encima ella le ha llamado alguna vez en pleno ataquito de "no me quieres", lo que a él le dispara sus miedos. Se lo he dicho, está en un momento muy delicado, su amor es como una planta muy tierna y muy joven que, al menos granizo, puede agostarse. No sé, no sé. Había momentos en que lo que M S me contaba se me antojaba extrañamente familiar... Recuerdo que con P yo tuve la misma sensación de desidia por su parte, de olvido, de alejamiento. Y que, aunque la razón me decía que él estaba liado con sus cosas y que no tenía que ver con un desenamoramiento paulatino ni nada por el estilo, lo cierto es que al final me dejó. Espero que a M S no le suceda otro tanto. Aunque las dos historias tienen paralelismos evidentes, ni Raúl es P –se supone que es un tío más maduro y entero–, ni ella soy yo –con toda la carga de negatividad que eso conlleva. Ay, las relaciones amorosas y sus complicaciones...
Una vez que dejé a M S, ya en casa, hablé por teléfono con E, que me propuso salir por Lavapiés. Pero a mí lo que me apetecía era quedarme en el salón, con algo de cena a mano y el libro de Bolaño, "2666". Maravilloso. Lo comencé ayer al mediodía y no he podido dejarlo un solo momento desde entonces. Ya llevo 300 páginas y, a este paso, me lo termino para el martes. Este tío era un genio, y ésta fue su obra máxima. El pulso narrativo no cede en ningún momento. Hay lirismo, y cultismos, y escatología, y múltiples cuentos y novelas cortas que se engarzan en una historia basta, interesantísima. Yo, de momento, completamente entregado. Y deslumbrado. Con otros no me pasa, o me sucede al contrario, pero Roberto Bolaño me da muy buen rollito y unas ganas de escribir de lo más saludables.
De Raymond, ayer, ninguna noticia. Hoy me ha llamado por la mañana para vernos (y, supongo, meterse en mi casa), pero le he dicho que estaba fuera de Madrid, en la sierra. Si quiere quedarse a dormir en mi cuarto, que me llame al curro a eso de las once y ya veremos. Lo hará por esta noche –yo me comprometí a asilarle sábado y domingo–, pero el lunes se vuelve a la pensión. Me ha puesto en bandeja la excusa perfecta para darle boleto
INCOMUNICACIÓN
Televisor nuevo desde esta mañana. Ayer agarré todos los papeles y me fui hasta Menaje del Hogar, en Santa Isabel. Elegí un aparato grande, con pantalla plana y tal, lo más de lo más. Y carísimo. Como me aseguraron que se pasarían por casa a partir de las diez, he madrugado lo mío. Al final (estas cosas son siempre así), aparecieron cerca de la una de la tarde. Aproveché para limpiar el salón y parte de la cocina. Ahora ya podemos ver las pelis en condiciones.
Raymond me pesa como una piedra inmensa que yo mismo me hubiera colgado al cuello... No es culpa suya (pobre), como a veces estoy tentado de pensar -por aquello de descargar sobre un hombro ajeno sentimientos de culpa varios. Es que no tenemos nada (pero nada) en común. Y la cama, por primera vez, se resiente de esto. Hemos follado en dos ocasiones y sí, cuando entramos en materia lo paso muy bien, pero hasta llegar a eso, todo el proceso de besos, de abrazos y de cariñitos me da muchísima pereza. Él me busca y yo me muestro esquivo. Cuando paseamos por ahí o comemos en algún lugar -el chino de Hortaleza, porque es barato y Raymond mira cada céntimo que gasta, es como una versión neoyorquina y mulata de Ebenezer Scrooge-, nunca sé bien de qué hablarle. ¿De literatura? No lee. ¿De pintura, de arquitectura, de cine, de la bonita mañana que ha quedado? Un cuadro es un paisaje colorido que cuelga de la pared; un edificio es el cubículo donde la gente duerme, trabaja o reza; le gustan las comedias románticas hollywoodienses (Meg Ryan, Jennifer Lopez y así); la mañana de cielos espejeantes pasa por su mirada sin que se mueva un solo músculo de su rostro, no siente ni frío ni calor, es un tío sin emociones. Pero algo habrá que le guste, ¿no? Pues sí. Algo hay. El dinero en toooodas sus variantes. Es capaz de pasarse horas explicándome lo que haría si ganase la lotería, los diferentes tipos de interés que te renta el dinero según el banco en que guardes la pasta, cómo lleva ahorrada equis cantidad y lo que va a hacer (comprar una casa, poner un negocio) con el dinero. Yo le escucho, cuento hasta 1.587 por dentro, para no descomponerme por fuera, y pienso qué pérdida de tiempo esta comida, este paseo, el café que nos tomamos en este garito.
El otro día estuvimos (estuve, él apenas despegó los labios) charlando sobre las elecciones USA y la victoria de Bush. En un momento dado -yo encendido de justa ira, yo tipo moderno de izquierdas que no entiende la idiocia del pueblo estadounidense, yo abanderado de la causa antiyanqui-, me di cuenta de que me escuchaba pero no me comprendía. No es que no estuviera de acuerdo conmigo, no. Es que ni siquiera entendía bien de qué coño hablábamos, el porqué de mi pasión. Le daba igual. Da miedo cómo dos personas, frente a frente en una mesa, pueden estar tan alejadas, a años luz de distancia la una de la otra. Y sin embargo la danza de lo social gira y gira en su visagra de sonrisas, de asentimiento, de fórmulas milenarias de cortesía desgastada por el eje.
En principio se iba a quedar hoy y mañana en casa -para ahorrarse el dinero de la pensión durante el finde- pero a la una de la tarde no había dado señales de vida y decidí no esperarle más (debía aparecer a las doce). Ahora me tomo un café en Laan. Tengo el móvil encendido; si quiere localizarme, sabe cómo hacerlo. Yo disfruto así de una soledad necesaria y muy querida.
El otro día, apareció R a dormir. Le dije que es la última vez que no me llama antes para ver si puede venir. No me apetece nada que coja la costumbre de presentarse sin más, con su psique zozobrando y esa bomba de relojería que es su afición desmedida por las drogas. Naturalmente, después del rapapolvo, follamos.
Hoy hace 21 años que murió la Bisa. Ahora no tengo a quién llamar para recordar juntos la efeméride. Antes siempre estaba abuelita. Madre e hija se encuentran ya más allá de estas cosas. Cuando el último de nosotros desaparezca, se morirán de nuevo, esta vez para siempre.
Raymond me pesa como una piedra inmensa que yo mismo me hubiera colgado al cuello... No es culpa suya (pobre), como a veces estoy tentado de pensar -por aquello de descargar sobre un hombro ajeno sentimientos de culpa varios. Es que no tenemos nada (pero nada) en común. Y la cama, por primera vez, se resiente de esto. Hemos follado en dos ocasiones y sí, cuando entramos en materia lo paso muy bien, pero hasta llegar a eso, todo el proceso de besos, de abrazos y de cariñitos me da muchísima pereza. Él me busca y yo me muestro esquivo. Cuando paseamos por ahí o comemos en algún lugar -el chino de Hortaleza, porque es barato y Raymond mira cada céntimo que gasta, es como una versión neoyorquina y mulata de Ebenezer Scrooge-, nunca sé bien de qué hablarle. ¿De literatura? No lee. ¿De pintura, de arquitectura, de cine, de la bonita mañana que ha quedado? Un cuadro es un paisaje colorido que cuelga de la pared; un edificio es el cubículo donde la gente duerme, trabaja o reza; le gustan las comedias románticas hollywoodienses (Meg Ryan, Jennifer Lopez y así); la mañana de cielos espejeantes pasa por su mirada sin que se mueva un solo músculo de su rostro, no siente ni frío ni calor, es un tío sin emociones. Pero algo habrá que le guste, ¿no? Pues sí. Algo hay. El dinero en toooodas sus variantes. Es capaz de pasarse horas explicándome lo que haría si ganase la lotería, los diferentes tipos de interés que te renta el dinero según el banco en que guardes la pasta, cómo lleva ahorrada equis cantidad y lo que va a hacer (comprar una casa, poner un negocio) con el dinero. Yo le escucho, cuento hasta 1.587 por dentro, para no descomponerme por fuera, y pienso qué pérdida de tiempo esta comida, este paseo, el café que nos tomamos en este garito.
El otro día estuvimos (estuve, él apenas despegó los labios) charlando sobre las elecciones USA y la victoria de Bush. En un momento dado -yo encendido de justa ira, yo tipo moderno de izquierdas que no entiende la idiocia del pueblo estadounidense, yo abanderado de la causa antiyanqui-, me di cuenta de que me escuchaba pero no me comprendía. No es que no estuviera de acuerdo conmigo, no. Es que ni siquiera entendía bien de qué coño hablábamos, el porqué de mi pasión. Le daba igual. Da miedo cómo dos personas, frente a frente en una mesa, pueden estar tan alejadas, a años luz de distancia la una de la otra. Y sin embargo la danza de lo social gira y gira en su visagra de sonrisas, de asentimiento, de fórmulas milenarias de cortesía desgastada por el eje.
En principio se iba a quedar hoy y mañana en casa -para ahorrarse el dinero de la pensión durante el finde- pero a la una de la tarde no había dado señales de vida y decidí no esperarle más (debía aparecer a las doce). Ahora me tomo un café en Laan. Tengo el móvil encendido; si quiere localizarme, sabe cómo hacerlo. Yo disfruto así de una soledad necesaria y muy querida.
El otro día, apareció R a dormir. Le dije que es la última vez que no me llama antes para ver si puede venir. No me apetece nada que coja la costumbre de presentarse sin más, con su psique zozobrando y esa bomba de relojería que es su afición desmedida por las drogas. Naturalmente, después del rapapolvo, follamos.
Hoy hace 21 años que murió la Bisa. Ahora no tengo a quién llamar para recordar juntos la efeméride. Antes siempre estaba abuelita. Madre e hija se encuentran ya más allá de estas cosas. Cuando el último de nosotros desaparezca, se morirán de nuevo, esta vez para siempre.
CUATRO AÑOS MÁS
Que habrá que aguantar al bueno de Georgie, el hijo tonto de papá Bush que, merced a los millones de los evangélicos, se ha montado una macro campaña publicitaria (perdón, electoral) que le ha salido redonda –Kerry, las cosas como son, tenía pocos alicientes, quizá el más curioso residía en esas iniciales, JFK, que le catapultaban al Olimpo de los iconos–. Otros cuatro años de mentiras y guerras preventivas. Nos vamos a enterar de lo que vale un peine. Con la reelección de George W, el pueblo estadounidense (angelitos) le ha dado un cheque en blanco al ex gobernador de Texas, ese rufián con cara de idiota, ese maniquí de las cavernas. ¿Qué país estarán (preventivamente) bombardeando el año que viene por estas fechas? ¿Qué libertades estarán violando para instaurar la libertad verdadera?
Bueno... Podía ser peor. Los presidentes en Estados Unidos no pueden repetir un tercer mandato, así que solamente hay que esperar a noviembre de 2008 para que este patán de siete leguas salga del despacho oval, rumbo al zoo de ex mandatarios, que es donde debería estar ya mismo. Pero dios no existe, claro, y por eso ha ganado Bush con más apoyos que los conseguidos hace cuatro años.
Si una galletita talibana y kamikaze nos hiciera el favor de asfixiarle, sería mi galletita heroína para toda la vida. Nota: leer a Gore Vidal, que siempre es instructivo.
Aznar debe de estar contentísimo. Y es que en el Imperio saben distinguir a sus grandes hombres, no como aquí, que damos la patada por un quítame allá esos 192 muertos. Los españoles, que somos unos desagradecidos sin visión de futuro.
Bueno... Podía ser peor. Los presidentes en Estados Unidos no pueden repetir un tercer mandato, así que solamente hay que esperar a noviembre de 2008 para que este patán de siete leguas salga del despacho oval, rumbo al zoo de ex mandatarios, que es donde debería estar ya mismo. Pero dios no existe, claro, y por eso ha ganado Bush con más apoyos que los conseguidos hace cuatro años.
Si una galletita talibana y kamikaze nos hiciera el favor de asfixiarle, sería mi galletita heroína para toda la vida. Nota: leer a Gore Vidal, que siempre es instructivo.
Aznar debe de estar contentísimo. Y es que en el Imperio saben distinguir a sus grandes hombres, no como aquí, que damos la patada por un quítame allá esos 192 muertos. Los españoles, que somos unos desagradecidos sin visión de futuro.
DE VUELTA AL TAJO
En el Colby, espero a Raymond, que llegará en media hora.
Ayer me despedí de Santander (sin pena alguna, y más bien con poca gloria), a eso de las diez de la mañana, cuando E me recogió con el coche frente al Lupa de Numancia. El viaje, nuevamente, resultó accidentado. Lluvia torrencial –a ratos más suave– desde el comienzo hasta el puerto de Somosierra, con el consiguiente peligro en carretera. El Escudo era un lodazal de niebla, apenas se veía a dos metros de distancia. Cuando nos acercábamos a Burgos, a la altura de Sotopalacios (donde pensábamos parar a tomar un café), a E se le fue el coche y a punto estuvimos de no contarlo. Se salió al otro lado del carril (un camión venía de frente) y cuando consiguió volver al suyo, casi choca con el coche que teníamos delante. Un número. Por lo visto fue cosa del "aquaplanning" (quiera decir lo que quiera decir esto). El susto fue terrible. Y lo milagroso es que no ocurrió nada. En el coche que casi nos comemos, viajaban varios niños, y E se quedó blanca cuando pensó en que podía haberles sucedido algo. Durante la secuencia de hechos, no sentí miedo –fue una cadena rápida de segundos, no hubo tiempo para razonar–, pero sí cuando E me confesó que había estado tentada, mecánicamente, de soltar las manos del volante y cerrar los ojos...
Después de esto (y de una tila para ella), continuamos viaje despacito y con buena letra. Hubo una conversación de las nuestras –que no conducen a nada, en cuanto que E se mantiene en sus posiciones y yo no me muevo de las mías–, que no me puso de buen humor precisamente. Viene a reducirse a que ella piensa que hago mal en no ahorrar, en ser un manirroto que nunca llega a fin de mes y tiene que andar pidiendo prestado a los amigos. Que, porque me quiere, no entiende cómo no me angustio cuando (como ha sucedido en octubre) llego a mitad de mes sin un euro en el bolsillo. Y que ella sufre pensándolo. ¿Qué pasaría si todos fueran como yo?... Vamos a ver, a mí me la suda cómo sean los demás, lo que tengo muy claro es que no voy a cambiar, porque me gusta ser como soy y no hago mal a nadie con ello (E dice que, indirectamente, sí: no lo veo, no lo veo), no tengo hijos ni nada por el estilo a mi cargo. Si a fin de mes tengo que comer pasta y arroz porque me lo fundí todo en libros, en cenas por ahí o en copas, es problema mío, me jodo y me aguanto. "Así que no eres capaz de cambiar por nadie", me espetó. ¿Es que hay que cambiar por alguien? Si uno no tiene una pareja, o no quiere ceder en una serie de supuestos vitales para conseguir una pareja, ¿es un fracasado?, ¿un egoísta? De ahí pasó a hablar (claro) de mi egotismo, feroz y mayúsculo. No es tanto que yo sea el gigante egoísta del cuento, dentro de su jardín al que nunca deja entrar a nadie, como que no tengo por qué variar mi manera de ser (que me gusta, insisto) por resultar más simpático, o más atractivo, o más "casadero". Conclusión: no volverá a prestarme dinero porque se siente fatal "financiando" mi mala cabeza. Le dije que no hay problema. Y que no quiero una amiga/madre, que una cosa son las tonterías y gracietas que digo, y otra es que no sea un tipo ya formado, adulto, que no necesita que nadie le controle. No lo soportaría.
Reconozco que me enfadó no ser comprendido. Pero estas conversaciones con E son parte de nuestra amistad, y como tal las acepto. Eso sí, le comenté que su planteamiento me parecía rancio y muy conservador.
El sábado noche, salí con M S, su ex, Miguel, y más gente. Anduvimos por todas partes, me tajé a base de bien, terminé en el Dragón y ligué con un asturianín de 18 años. Alto y delgado, demasiado fashion victim para mi gusto, pero bueno. Me lo llevé a casa. Abuelito estaba en la cama, pero nunca se levanta antes de las nueve, y yo me había comprometido con mi tío Charly (que dormía en casa de su novia) en sacar a la perra a las ocho. Total, que follamos y nos quedamos dormidos. A las diez me desperté y encontré a mi tío ya en casa, no muy contento conmigo. Fue mi abuelo quien sacó a la perra, y encima entró en mi cuarto para despertarme y nos vio en la cama... Glups. Marronazo. Al final, cuando me preguntó a la tarde (yo más sereno, después de un resacón que me duró horas y horas) que quién era ese chico, puse cara de total inocencia y le expliqué que era un amigo a quien le dije que se viniera conmigo hasta las ocho, para hacerme compañía y evitar que me durmiera. Pero que nos quedamos fritos y que cuánto sentía haberle obligado a sacar a Chiqui. No hay mayor ciego que el que no quiere ver. Y mi abuelo prefiere no pensar en si soy o no maricón.
De todos modos, mea culpa. Ya me vale el subir a nadie a su casa. Es la primera vez que lo hago, y muy borracho debía andar para pasarme esta norma por el forro.
Ayer me despedí de Santander (sin pena alguna, y más bien con poca gloria), a eso de las diez de la mañana, cuando E me recogió con el coche frente al Lupa de Numancia. El viaje, nuevamente, resultó accidentado. Lluvia torrencial –a ratos más suave– desde el comienzo hasta el puerto de Somosierra, con el consiguiente peligro en carretera. El Escudo era un lodazal de niebla, apenas se veía a dos metros de distancia. Cuando nos acercábamos a Burgos, a la altura de Sotopalacios (donde pensábamos parar a tomar un café), a E se le fue el coche y a punto estuvimos de no contarlo. Se salió al otro lado del carril (un camión venía de frente) y cuando consiguió volver al suyo, casi choca con el coche que teníamos delante. Un número. Por lo visto fue cosa del "aquaplanning" (quiera decir lo que quiera decir esto). El susto fue terrible. Y lo milagroso es que no ocurrió nada. En el coche que casi nos comemos, viajaban varios niños, y E se quedó blanca cuando pensó en que podía haberles sucedido algo. Durante la secuencia de hechos, no sentí miedo –fue una cadena rápida de segundos, no hubo tiempo para razonar–, pero sí cuando E me confesó que había estado tentada, mecánicamente, de soltar las manos del volante y cerrar los ojos...
Después de esto (y de una tila para ella), continuamos viaje despacito y con buena letra. Hubo una conversación de las nuestras –que no conducen a nada, en cuanto que E se mantiene en sus posiciones y yo no me muevo de las mías–, que no me puso de buen humor precisamente. Viene a reducirse a que ella piensa que hago mal en no ahorrar, en ser un manirroto que nunca llega a fin de mes y tiene que andar pidiendo prestado a los amigos. Que, porque me quiere, no entiende cómo no me angustio cuando (como ha sucedido en octubre) llego a mitad de mes sin un euro en el bolsillo. Y que ella sufre pensándolo. ¿Qué pasaría si todos fueran como yo?... Vamos a ver, a mí me la suda cómo sean los demás, lo que tengo muy claro es que no voy a cambiar, porque me gusta ser como soy y no hago mal a nadie con ello (E dice que, indirectamente, sí: no lo veo, no lo veo), no tengo hijos ni nada por el estilo a mi cargo. Si a fin de mes tengo que comer pasta y arroz porque me lo fundí todo en libros, en cenas por ahí o en copas, es problema mío, me jodo y me aguanto. "Así que no eres capaz de cambiar por nadie", me espetó. ¿Es que hay que cambiar por alguien? Si uno no tiene una pareja, o no quiere ceder en una serie de supuestos vitales para conseguir una pareja, ¿es un fracasado?, ¿un egoísta? De ahí pasó a hablar (claro) de mi egotismo, feroz y mayúsculo. No es tanto que yo sea el gigante egoísta del cuento, dentro de su jardín al que nunca deja entrar a nadie, como que no tengo por qué variar mi manera de ser (que me gusta, insisto) por resultar más simpático, o más atractivo, o más "casadero". Conclusión: no volverá a prestarme dinero porque se siente fatal "financiando" mi mala cabeza. Le dije que no hay problema. Y que no quiero una amiga/madre, que una cosa son las tonterías y gracietas que digo, y otra es que no sea un tipo ya formado, adulto, que no necesita que nadie le controle. No lo soportaría.
Reconozco que me enfadó no ser comprendido. Pero estas conversaciones con E son parte de nuestra amistad, y como tal las acepto. Eso sí, le comenté que su planteamiento me parecía rancio y muy conservador.
El sábado noche, salí con M S, su ex, Miguel, y más gente. Anduvimos por todas partes, me tajé a base de bien, terminé en el Dragón y ligué con un asturianín de 18 años. Alto y delgado, demasiado fashion victim para mi gusto, pero bueno. Me lo llevé a casa. Abuelito estaba en la cama, pero nunca se levanta antes de las nueve, y yo me había comprometido con mi tío Charly (que dormía en casa de su novia) en sacar a la perra a las ocho. Total, que follamos y nos quedamos dormidos. A las diez me desperté y encontré a mi tío ya en casa, no muy contento conmigo. Fue mi abuelo quien sacó a la perra, y encima entró en mi cuarto para despertarme y nos vio en la cama... Glups. Marronazo. Al final, cuando me preguntó a la tarde (yo más sereno, después de un resacón que me duró horas y horas) que quién era ese chico, puse cara de total inocencia y le expliqué que era un amigo a quien le dije que se viniera conmigo hasta las ocho, para hacerme compañía y evitar que me durmiera. Pero que nos quedamos fritos y que cuánto sentía haberle obligado a sacar a Chiqui. No hay mayor ciego que el que no quiere ver. Y mi abuelo prefiere no pensar en si soy o no maricón.
De todos modos, mea culpa. Ya me vale el subir a nadie a su casa. Es la primera vez que lo hago, y muy borracho debía andar para pasarme esta norma por el forro.