Diario de Madrid
Sindicación
 
DE VIAJE A LA TIERRUCA
En el autobús. Campos nevados de Castilla, en dirección a Lerma. He dormido más de dos horas desde que salimos de Madrid, en incómoda postura. Anoche finalmente quedé con Tony, que ha resultado cuando menos diferente a lo que yo esperaba. Por de pronto, es cubano –por teléfono nunca lo hubiera supuesto–, medio amulatado y francamente cachas (él me dijo por el messenger que no tanto, pero lo es, vaya que sí). Con una camiseta negra que le marcaba los pectorales, brazos poderosos y estómago liso, duro como una tabla. Unas manos grandes, de las que me gustan, absolutamente nada de vello en el cuerpo y el desparpajo propio de aquellas latitudes... Yo iba con intención de tomarme una rápida con él y, con la excusa del viaje, despedirme y volver con los del curro, a quienes había dejado de lo más animados en La Vaca Austera. Claro que en cuanto le vi y me gustó, las hormonas, feromonas, neuronas (o como sea que se llamen esos bichitos que nos desequilibran por dentro y nos vuelven tontilocos) empezaron a dar saltos de alegría. Envié un mensaje a E para que supiera que iba a desaparecer por toda la noche. Terminamos en el Sunrise, besándonos como locos: yo resistiendo sus embates de seductor, él persistente en su idea de dormir conmigo ("No hace falta que follemos") y llevarme luego en coche hasta Avenida de América. Yo estaba atado de pies y manos, no podía explicarle que en realidad no me iba a las ocho de la mañana –como dije en un principio, para excusarme por tomar sólo una cerveza con él– pero tampoco me apetecía hacer el paripé de levantarme a las siete para que él me depositara con el equipaje a las ocho en la estación... Me hubiera sentido un gilipollas con patas, allá tres horas antes de salir mi autobús y muerto de sueño. Le pedí que no insistiera, que deseaba estar con él pero que, cuando estoy de viaje, soy muy maniático y prefería dormir en mi casa, solo. Se puso un tanto pesadito, algo que no me gustó nada, pero al final cedió y me acompañó, en plan caballero colonial, hasta el portal. Entiendo que mis razones eran de lo más peregrinas, pero si yo conozco a un tipo, me enrollo con él y le propongo cama, en el momento en que éste me diga, con la excusa más tonta y vanal (es lo mismo) que no, dejo de insistir. No sé, es cuestión de respetar a cada uno como es. Y no me sentí muy respetado, la verdad. Bueno... regreso el día 2, es posible que vaya a buscarme a la estación y veremos qué sale de todo esto. El tío está muy bueno, aunque no me hizo gracia lo moro que llegó a ponerse. Cuando E (si llega el caso) vea sus aires macarrillas con esa gran cadena de oro que lleva al cuello me va a caer un vacile del quince.

(Hemos parado en una estación de servicio cerrada. No lo entiendo. Menudo trato al cliente de mierda. Cuarenta y tantas personas en medio de la nada, un mediodía frío friísimo, fumando y bebiendo refresco, dando pasos cautos sobre la nieve –que es traicionera, ya se sabe. Ahora, a la una y pico de la tarde, de nuevo en marcha hacia Santander. Tardaremos todavía en llegar.)
 
¿QUÉ HARÉ ESTA NOCHE?
Las dudas se despejan. Ayer por la tarde, en el messenger, Gabriel me saludó (yo llevaba días viéndole por ahí, pero no quise entrarle para no resultar pesado) y comenzó a charlar. Me contó que acababa de pasar por una especie de gripe con fiebre alta y vómitos que le ha dejado para el arrastre. Estaba majete y hablador. En un momento dado se tocó el tema de volver a vernos y me dijo que últimamente está asexuado y que le gustaría verme, pero no para echar un polvo... Contesté que yo no voy buscando sexo a lo desesperado (?) y que si nos veíamos sería para charlar, sin más. Cosa que pienso pero no al cien por cien, claro. Quiero decir que a mí el tío me gusta y si se diera una repetición de las mejores jugadas me encantaría, aunque si no la hay, no pasa nada. Vaya, que Gabriel me dio a entender, de un modo muy sutil, que no le molo como para enrollarse conmigo. E, que es amiga, mantiene que lo que quiere es ir despacio. Intenta animarme (y no estoy desanimado ni de bajón, lo juro), pero no creo que habiendo tenido sexo ya, vayan por ahí los tiros.
Hice los deberes. Por fin están todos avisados de que voy, el billete comprado (autobús a las 10.30 de la mañana, qué pereza madrugar) y cuatro cosas (mal) metidas en una bolsa. Esta noche tengo una disyuntiva: o quedo con Tony (cachitas y simpático, polvo seguro) o salgo al Low –en Valverde, mi calle, al ladito de casa por si me "indispongo" con el alcohol–, donde pinchan no sé quiénes, con los del curro. No tengo el cuerpo jotero (sí suprahormonado: me tiraría casi a cualquiera, pero el proceso de cortejo hasta llegar a la cama no me apetece nada de nada, qué aburrido se me hace), y con Tony habría que esforzarse en la seducción: ponerme guapo, mirarle mucho (con intensidad cinematográfica) a los ojos, buscar aficiones y temas en común, etcétera. En cambio, con E, J&A, Anuska y demás, todo se da rodado, son unas risas, unas copas, unos bailoteos y ya está. A lo largo de la tarde –que me conozco y estas movidas las decido a última hora– ya veremos en qué queda la cosa. De momento disfruto de este mediodía soleado e inusualmente cálido que nos ha nacido de las entretelas del cambio climático. Un año más que se termina. Han sido doce meses preñados de acontecimientos, el más definitivo y brutal, claro, fue la agonía y muerte de mi abuela. Pero no entraré de nuevo en ello. Luego, las dos historias largas (G el venezolano y P el jiennense) en que me enredé sin remedio por unos meses. Y la consolidación en el periódico, que me ha aportado un mucho de tranquilidad con su poco de adocenamiento. Quiero decir que no escribo (no en la novela, que es lo único que me importa), sólo las cosas del día a día junto a este Diario, poco más. Otro año tirado a la basura (y van...). ¿Cuándo creceré y dejaré de llenarme de experiencias para volcarlas, de una puta vez, sobre el papel? Ay, pobre Max Estrella incauto e infatuado. Paso por la vida como quien es millonario en tiempo, pero a medida que discurre este paseo largo y maravilloso, las velas apagadas a mi espalda aumentan su número mientras que se adelgaza su estela al frente (algo de esto se barruntaba Kavafis, con toda la razón, sí).
Con lo que, pías intenciones al comenzar el año: escribir. No hay otra cosa, lo demás me es indiferente, pero este deseo que me quema por dentro se convierte en hielo al contacto frío con mi voluntad (inexistente) y se traduce en poco más que balbuceo de niño meón y desdentado. ¿Será 2005 igual, en todo, a los anteriores? No, no y no. Hay que luchar contra el enemigo principal, el más temible, que es uno mismo. De igual manera que ahora suelto este chorrito de palabras cosidas entre sí, puedo (y debo) continuar la historia de Julio, darle forma y finalizarla. Sé que es posible. Y que soy capaz de hacerlo bien.
 
CUENTA ATRÁS PARA EL FIN DE AÑO
Aún no he comprado el billete, tampoco he llamado a la tía Ana para confirmar que sí ceno con ellos. Dejo que el tiempo se me eche encima y decidan las circunstancias por mí. Otra cosa por hacer: la copia de las fotos que tiré el invierno pasado a abuelito y sus amigos en el bar de Maite. Y ahora me tomo un café en lugar de correr a solucionar alguna de las tareas pendientes... Esta desidia, no sé, lo que voy a decir es una tontería, una pavada, pero a veces, los últimos días, tengo la impresión de estar poseído por el espíritu chaceliano. ¿Es posible que el tono de lo que leo (repetición hasta la náusea de dos o tres ideas fijas, imposibilidad física y espiritual de continuar con su trabajo, decadencia del cuerpo pero lucidez hasta el final, su frase favorita de los últimos diarios: "No puedo seguir. Lo dejo. Basta") incida en mi estado de ánimo de un modo tan claro? Parece que sí. Bueno, ahora mismito me quedan diez páginas para terminar este mamotreto. Luego intentaré algo más ligero, para desintoxicarme.

¿Cómo encontraré a mi abuelo? La última visita, aunque torpón, le vi bien. Parece que este 2004 lo culminará, pero no las tengo todas conmigo con respecto a 2005: son muchos años y muy pocos deseos de seguir, a pesar de todos nosotros. Ya me lo dijo en el hospital cuando le ingresaron por la úlcera, en agosto: "Estoy viviendo de prestado". A ver si pagamos alguna letra y conseguimos que llegue a los noventa. La vejez como un cansancio enorme, renunciar a mirar alrededor no tanto porque sea imposible girar el cuello cuanto porque no apetece, no vale la pena, ya no hay ni pizca de curiosidad por el mundo exterior. Cuando vivía en Londres tuve un sueño extraño: yo era muy anciano, de esos viejitos como tortugas centenarias que se mueven lentamente y pueblan los bancos de las ciudades, y notaba cómo me moría de a poquito. No había angustia, eran más bien unas ganas desmesuradas de cerrar los ojos y dejarme llevar por la corriente, ahogarme en los remolinos de espuma que forma el agua en los meandros de un río. Ese estadio último en que uno está pero no está ya en el mundo.
 
FILOSOFÍAS DE TOCADOR
Día de los Inocentes... Un grupo de antiabortistas se ha manifestado aquí en Madrid al grito de "Herodes mató a menos niños". Ya estamos con lo de siempre. No estoy ni a favor ni en contra del aborto (quiero decir que jamás se me ocurriría convencer a nadie de que no abortara, pero tampoco animaría a ninguna a hacerlo, debe ser una experiencia traumática y nada fácil), me parece que cada cual es dueño de sus actos y que no se pueden imponer actitudes cuando lo ético mal entendido –esto es, la religión de nuestros mayores, que tanto daño ha hecho por los siglos de los siglos, amén– se mete por medio. Entiendo que para la Iglesia sea un horror absoluto el matar a un ser humano, que es lo que ellos ven en un embrión de varias semanas, pero harían bien en limpiar primero sus sepulcros. Porque, aunque muy bien blanqueados de puertas del Vaticano para fuera, los tienen hechos unos zorros (misioneros que se follan y embarazan a las pobres monjitas, curas castísimos a quienes les tiemblan las manos y se les cae la baba cuando pasa cerca un monaguillo preadolescente y jugoso, turbios negocios con gente más turbia aún, que jamás saldrán a la luz, pero la pela es la pela...). No soporto que unos seres infestados de defectos y manchas morales se atrevan a decirme cómo he de vivir, con quién debo acostarme y cuántas han de ser las genuflexiones que le dedique a su dios a lo largo del día. Los fundamentalismos, ay, con su rebrote del nuevo siglo. Puestos a ser fundamentalista, elijo serlo anticatólico. Ninguna religión (si no es como opio de primera calidad) es buena para ningún pueblo. Pero bueno, a lo que iba.
Quise levantarme a las once pero no hubo manera. Dormí dos horas más. Otro día perdido en no hacer nada, en cafetear por ahí yo solo –bendita soledad– sin ganas de hablar con nadie. Porque para hablar y discutir y ponerse en plan tertuliano ilustre se queda la noche con sus misterios.
E anda "evizada", cosa que no es mala –al contrario, está muy requetebién. Pero ayer reconozco que hubiera disfrutado de una charla con ella que no pudo ser: Eva tenía pensado pasar por la redacción a buscarla y ambas deseaban intimidad de la buena, de arrechuchos y mordidas, después de varios días sin verse, es lógico. Decidí aprovechar la oportunidad y ser bueno yéndome directo a casa. Estos días, R anda no sé dónde, Granada o Asturias, no me quedó claro, y Patricia se refugia del frío ártico en casa del sinsustancia de su novio (que dispone de calefacción central, qué estupendo oye), así que disfruto del piso para mí solo y, aunque no paso muchas horas en él, la sensación de independencia es magnífica. Qué gusto llegar y no encontrar a nadie. Así que la idea era subir los cuatro pisos, soltar mis bártulos, poner la tele e idiotizarme con alguna cosa de las que programan a medianoche. De lo que me sacó una llamada de Arturo, que estaba con V y la prima de ésta (no recuerdo su nombre, maldito Alzheimer) en la Fábrica del Pan. Allá que me fui sin necesidad de que me lo dijeran dos veces. Hablamos sin parar, yo casi me quedé ronco de tanto darle a la lengua... Ahí estábamos los cuatro, suspirando por el paso del tiempo como estúpidos. El tema a mí me preocupó hace años, cuando todos estos pipiolos se pensaban que nada cambiaría nunca y que ellos serían los amos del mundo por siempre jamás. Ahora ya me aburre, pero mis amigos más jóvenes comienzan a verle las orejas al lobo y no hay reunión de más de dos en que no se toque la cuestión. Arturo se siente más atractivo y observado, analizado con deseo, por los otros (hombres y mujeres), pero se ha quitado del tabaco y de todo vicio conocido –los desconocidos, jeje, él sabrá–, y aunque trata de evitarlo, anoche le noté un tufillo a reconvención cuando comenté que yo, de cuando en cuando, aún me pillo mis juergas. V ponía cara de no entender nada ("Pero esto que le pasa a mi cuerpo, ¿es el envejecimiento?, ¿ya?, ¿tan pronto?"), lo cierto es que mantiene un aire púber, de niña pequeña, que da muy bien el pego. Su prima (cómo coño se llamará esta chica) tiene 32 y hablaba de estar en el momento más floreciente de su juventud... Bueno, bueno, ni tanto ni tan calvo. Yo lo que trato es de no dejarme llevar por la inmediatez del momento, por la visión parcial del aquí y ahora. Un poquito de lucidez, por favor. A nuestro lado, un grupo de cuarentones trajeados y caducos (para mi gusto) seguro que nos veían como a unos jovenzuelos arrogantes que se creen que ya saben de qué va la función y aún no han leído ni el programa de mano. Y a estos, otros de sesenta los juzgarían como inmaduros todavía por crecer y realizarse. Pero los jovencitos reales están haciendo botellón ahora mismo y se nos ríen en la cara a todos nosotros con tantas disquisiciones sobre el ser y el tiempo, que no conducen a nada. No hay que perder de vista esto, que es muy importante. Arrastramos una juventud provecta que cualquier día se nos desprenderá a jirones, como una piel vieja que ya no se sostiene por más tiempo. Mientras tanto: a seguir.
(Todo lo anterior es una paja mental por el efecto chaceliano, lo sé. Llevo días abducido por la prosa de la vallisoletana y se me pegan sus manías, sin remedio. Pero no soy yo, es un híbrido de chico en los treinta con nonagenaria en las últimas. Yo me entiendo)

Esta tarde sin falta he de comprar el billete para Santander. El plan es salir el Viernes por la mañana (no muy temprano) y pasar allí un día y medio. Karen me llamó, así que haré lo imposible por verla. También Alejandra corretea por esos pagos... ¿la llamaré para un café?
 
DE DIGESTIONES Y MONSTRUOS
Frío intenso (polar, lo llaman), que se multiplica por tres en mi casa y me deja entumecido por las mañanas, sin ganas de salir de la cama, que es como un oasis de calor, el capullo en que la crisálida Cornelio fermenta y va creciendo. Hoy he dormido muy mal. Cometí el error de ponerme hasta arriba del jamón regalo de la empresa, inmediatamente antes de irme a dormir. La digestión ha sido lenta, lenta, me he despertado multitud de veces a lo largo de la noche, con sensación de hartazgo y una bola dura, enorme, en el estómago. A eso de las nueve la cosa amainó y pude dormitar hasta el mediodía. Ahora, en Colby, me tomo un café que me despeje –estoy volado– y trato de leer pero sin ganas. Para colmo, el bolígrafo con que escribo está en las últimas y apenas suelta tinta. Esta es otra de mis manías: escribo siempre con bolis negros y con tinta abundante y gruesa. Cada día más, soy un compendio de filias y fobias que me organizan la vida, sin remedio.
El trabajo, estos días, promete ser tranquilo. Apenas hay páginas y, por tanto, casi no tengo nada que hacer. Anoche salí a las once, no llegué a pisar la redacción ni seis horas seguidas. Con la movida del temporal, ni Leoncio, ni Anuska, ni J C pudieron regresar a Madrid, así que todos estaban un poco saturados de trabajo. Pero a mí eso no me afecta, así que...
Avanzo con los Diarios de la Chacel, que ya anda por el 84. Una ancianita obsesionada con traer a su hijo y a su nuera del Brasil. Cuando yo la conocí, diez años más tarde, ya vivían con ella en un pisito por el norte de Madrid. Yo era un admirador incondicional de todo lo suyo y llevaba un tiempo tratando de conocerla. En la primavera de 1992 me habían presentado, en Bocaccio, a Luis Antonio de Villena y no me cansaba nunca de oírle hablar de ella, acariciando en secreto la idea de que un día, no sé cómo, me introdujera en su círculo. Con Luis Antonio nunca hubo una amistad profunda y duradera, así que no me atreví a pedirle tal cosa. Con Pepe I fue diferente: gracias a él (y a Fanny Rubio) estuve el verano del 92 en un encuentro sobre poesía árabe en El Escorial, al que también asistieron Chacel y su hijo Carlos. Durante el cóctel, o lo que fuera, a punto estuve de recordarle a Fanny que nos presentara, pero me entraron las timideces habituales y lo dejé pasar –Antoñito, mi novio del momento, se empeñó en hacerlo él... le dije que ni de coña hiciera nada parecido. Total, que en junio del 94, poco después de su noventa y seis cumpleaños, yo andaba de nuevo por Madrid y se me ocurrió llamar, en plan desesperado, al País (sección Cultura) para que me pasaran con la chica que la había entrevistado, a toda página, unos días antes. Le eché morro al asunto y dije que era periodista y quería entrevistar a Rosa Chacel. No esperaba que me diera su número, pero lo hizo enseguida, sin oponer resistencia. El siguiente paso fue llamar a su casa (yo estaba nerviosísimo) y hablar con Carlos. Mentí asegurando que nos habían presentado dos años antes en la movida del Escorial. Como todos los datos coincidían, el tipo se lo creyó –aunque dijo no recordarme– y conseguí una cita para dos días más tarde... La entrevista fue un sueño hecho realidad, ella pequeñita, muy torpe ya, gordísima y con una cabeza enorme, monstruosa. Acababa de perder la visión del único ojo que aún le funcionaba y estaba muy intranquila por cómo lograría seguir trabajando. Pero seguía lúcida (la cinta grabada con la conversación anda por ahí, en alguno de mis cajones, no sé dónde). Creo que se dio cuenta de que estaba con alguien que realmente se había leído todo lo que ella tenía publicado, porque nos caímos muy bien. Al final de dos horas de charla intensa, me dedicó una "Sinrazón" ("Para *****, a quien no puedo ver pero entiendo muy bien") y me recordó que cuando volviera a Madrid no dejara de pasarme por allí para seguir charlando. No pudo ser. En unas semanas llegaron su hospitalización, un repunte de salud que se quedó en nada y su muerte.

Vi a J M después de mucho tiempo rehuyendo su presencia. Me mostró un articulito que ha publicado, en su línea obsesiva, pero bien. Anduvo a vueltas con ciertas últimas decepciones de sus amigos los "poderes fácticos" del mundo rosa, gentes que piensan con la polla y así actúan. Claro que, de lo que me dice, siempre temo que un tanto por ciento elevado sea pura invención. No hay duda que se trata de una inteligencia activa, poderosísima, y cuando no se quijotiza da gusto conversar con él. Ahora bien, en cuanto cree vislumbrar unos molinos en el horizonte ya no hay nada que hacer, se revuelve en su cuna de tranquilidad, comienza a farfullar incongruencias y se lía a lanzazos con todo dios. Una lástima. Quedamos en que un día de estos nos aventuraremos al B&N, para recordar viejos tiempos –de hace sólo siete meses, pero ya viejos porque no volverán– y echarnos unas risas. Veremos.
 
CUMPLEAÑOS
Infinidad de cositas en estos días de Amor, Felicidad y Familia. Fum, fum, fum. Cumplí los treinta y cuatro. Una barbaridad de años que, dentro de diez, me parecerán el colmo de la juventud. Como no hay píldoras rejuvenecedoras ni máquinas del tiempo, la solución –pero no hay solución posible, todos los relojes continúan su callado tic tac, también el biológico–, lo que he de hacer, pasa por conformarme con lo que me toca y sacarle el mayor partido posible. Y en esas estamos.
La noche del jueves, según salí del curro, estuve primero con E y Eva (Evísima) junto a toda una recua de amigas. No bien llegué, hubo una ronda de presentaciones. Como siempre, según me decían el nombre de una lo iba olvidando, pero bueno, repartí besos a diestro y siniestro. Llenamos La Vaquita y luego nos sumergimos en el torrente de humanidad que rebosaba en la Bohemia. Apareció M**, compañera de piso de E recién llegada de San Francisco, con el cansancio de tan largo viaje brillándole en los ojos pero una evidente emoción –cómo la entiendo– por estar de vuelta. Muy cariñosa y guapa. Me hizo un regalo ("Es una tontería, pero lo vi y me acordé de ti") que ahora mismo llevo puesto. Hablamos de este Diario, que M** ha seguido desde tierras americanas, y me sorprendió el poco reparo, o pudor, que me produjo el saber que ha leído cosas tan íntimas. De algún modo, lo escrito escrito queda, pero luego yo me olvido, como quien escribe una parrafada, la mete en una botella y la tira al mar. Ahí queda; por ahí se va. En fin. Que en la Bohemia, bien. Me pasó a recoger Ma y nos despedimos de las chicas –que iban al Escape. Nosotros recalamos en Sunrise, porque había ganas de ligoteo y de un poquillo de farra. A mí las ganas se me esfumaron en cuanto entré, porque me di de bruces con P. Más bien me vio él y se abalanzó sobre mí. Cariñoso y aparentemente muy contento de verme, dijo que me ha echado mucho de menos estos tres meses (?). Recuerdo toda la secuencia como un sueño muy triste. Algo más grueso, con una melenita lacia que no le favorecía en absoluto... pero era él, mi novio de un tiempo, el nene que ocupó mi pensamiento durante este último verano. Aunque diferente, con la mirada enturbiada por la cocaína y un légamo de desesperanza, de angustia controlada, que me horrorizó. Nos abrazamos, hablamos muy juntos, llegamos a besarnos con una especie de pasión tranquila, o de dulzura apasionada, quién sabe. Y comprendí que, por mucho cariño que le tenga, yo no podría estar con alguien que tiene la picha hecha un lío, que se quiere muy poco y se castiga tantísimo, que va dando palos de ciego por la vida. No tengo nada en contra de las drogas (al día siguiente me tocó a mí), pero sí en contra de su uso estúpido, indiscriminado, como sustitutivo de algo, o como medio de evadirse hacia esos paraísos artificiales que son pompas (hermosísimas) de jabón y a la mínima pinchan, sólo para dejar un vacío y una desolación enormes. Así le vi, desnortado, abatido. Cometí el error de decírselo.
–¿Cómo estás P?
–Bah... He pasado tres meses muy chungo, metiéndome de todo y bastante fastidiado. Pero empiezo a estar bien.
–¿Seguro que estás bien? No me gusta verte así.
–Calla, no me digas eso ahora, que estoy enfarlopado y me rallo. Además, pasado mañana hace dos años que murió mi padre.
–Bueno, vale. No digo nada.
Se me ocurre pensar, ahora que lo escribo... Quizá uno de los motivos ocultos por los que me dejó ("Lo que menos necesito ahora es un novio") sea que no quiere a su lado un Pepitogrillo que le juzgue y "riña" si hace algo malo. Es probable que se sintiera constreñido en una relación para la que no estaba preparado. Quizás lo que busca es hundirse en su propia miseria y no levantar cabeza. No sé. Le deseo lo mejor, y por eso mismo no soporto ver lo que está haciendo con su vida. Me fui a casa bastante afectado y abatido.

(Otro encontronazo, también en el Sunrise: con Jose, noviete de hace tres años. Fue la noche de los ex... Mientras él parloteaba –y me tiraba un dardito envenenado muy a lo marica mala–, yo le miraba y, por muchos esfuerzos que hacía, no lograba comprender qué cojones vi en su momento en un ser tan fatuo, superficial y diferente a mí. Hablamos cuatro cosas y con las mismas lo borré de mi mente.)

La mañana del 24, nada más despertarme, un mensaje en el móvil, de mamá: "Felicidades. Besos". Increíble. Cómo no se da cuenta esta mujer de lo mucho que se le ve el plumero en este tipo de detalles. A lo largo del día recibí llamadas y mensajes de muchísima gente, algunos con quienes no contaba para nada, de lo más cariñosos y efusivos. Así que la mierdecita del mensaje de mi madre... Bueno, contesté en los mismos términos y con una carga de ironía y de mala leche que (espero) habrá captado: "Gracias. Abrazos".
Pasé el día con Arturo y, a media tarde, también con Vera. fue agradable. Me regalé los dos volúmenes de las "Memorias de ultratumba", de Chateubriand (80 euros del ala), y Arturo me trajo "La vida perra de Juanita Narboni", de Ángel Vázquez, un autor al que no conocía. Ya tengo lectura para cuando se me termine Rosa Chacel. Entre risas y charleta distendida se me pasó el día y no me dio tiempo a sentirme solo ni a pensar demasiado en el significado –fin de etapa– de este cumpleaños que, por primera vez, ya no tengo con quién compartir. Abuelita hubiera hecho los ochenta y cuatro.
Camino de casa de Ma, llamé a Santander y hablé con mi abuelo. Por lo que me contó Charly, estuvieron por la mañana en el cementerio y se emocionó. Lógico. Le comuniqué mis planes de ir en Nochevieja y cenar así con ellos y con Ana (que me telefoneó para invitarme al condumio, cómo se lo he agradecido...). Fue inevitable que me pasara con mis padres y mi hermana Cristina. Con papá, bromas (es alucinante comprobar que el pobre no sabe cómo acercarse a su hijo y entonces recurre siempre a los sarcasmos y los chistecillos tontos); con mamá, danza de lo social: acepté la invitación para comer en su casa del pueblo el primer día del año; con Cristina... bueno, con ella también danza.
Después de la cena, nos entretuvimos chateando en el ordenador. Ma se bebió íntegra la botella de Rioja que traje y yo me ventilé la de cava. En un momento dado, a través del messenger, ligoteó con uno y le dejé en su cuarto haciéndose una paja por la cam... este chico no tiene medida. La noche fue bien, gracias a la química. Bailé tanto, con tal furia (podría decirse), que aún hoy me duele todo el cuerpo. Estuvimos en Cool, Ma husmeó por ahí a la búsqueda de un camello de confianza y, con las compras ya hechas, yo me descamisé en cuanto sentí los primeros efectos de la droga. Mi amigo me miraba y me jaleaba: "Estás estupendo". Y es verdad, lo estoy, pero cómo explicar cuánto mar de fondo hay en ese "estar estupendo". Más tarde nos metimos en Heaven, adonde no iba desde hace la friolera de diez años. Mucha gente, muchos guapos. Hasta el final no hice caso a nadie, estaba demasiado arrebatado por la música y lo único que me apetecía era bailar como un descosido. Calor tremendo. Un cachas enorme y feo, a quien ya tengo controlado de otras veces (siempre colocado y pegajoso), me persiguió toda la noche, soplándome el aliento sobre la nuca cada vez que me despistaba. Un pesado. Y otro, pequeño y fondoncillo, venga a rozarse conmigo cada dos por tres. Estuve a punto de pegarle un buen corte, no me dejaba ni a sol ni a sombra, pero lo dejé correr: el tipo no debía darse ni cuenta de lo que hacía. A última hora, apareció un chaval guapísimo –demasiado musculado para mi gusto... ¿qué les pasa a las maricas de esta ciudad?– con dos chicas. Primero pensé que era hetero, pero luego comenzó a mirarme, cada vez más insistente. No se atrevía a decirme nada, sus amigos le animaban a ello, era evidente, pero el chico no terminaba de decidirse. Y yo no iba a hacer nada, rodeado como estaba de todo su grupo, una manada de moles de carne anabolizada. Así que todo se quedó en un flirteo de adolescentes.
Ayer pasé el día como dormido, a medias y sin aterrizar del todo. Hubo la cita a ciegas con J, el enfermero. Un tío majo pero en absoluto mi tipo, de ahí puede salir una amistad, nada más. Nos encontramos en Tribunal a las siete y aguantamos hasta las 11.30, así que la cosa no fue mal, nos reímos y eso. Luego me encerré en casa hasta hoy.
Y en algo más de una hora (son las cuatro de la tarde cuando escribo esto), al periódico. Sin ganas. Pero la vida sigue. Como E se queda un día más por las Asturias, no hay con quién cervezear más tarde, así que seré bueno y me iré para la piltra.
 
BRRRRR
Menudo día do merda... He madrugado (once de la mañana, pero me acosté a las cinco y sin mis ocho horas de sueño no soy persona) y me he tirado toda la primera hora de la tarde escribiendo y escribiendo para tener preparados todos los artículos y especiales del mundo mundial. A fin de mes, mi bolsillo lo agradecerá, pero ahora mismo... Ahora mismo me cargaba al bueno de Guttemberg, por inventar la imprenta... con lo bonitos que eran los códices miniados.
Gabriel-perdido-en-el-espacio-interestelar ha dado señales de vida y parece de nuevo interesado en mí. Esto es un poco locura, ¿no? Me dice E que lo que pasa es que él se toma las cosas con más calma. ¿Con más calma? Pero si follamos –primera y, de momento, última vez– hace un mes... yo no entiendo nada. En fins, que lo dejo para unas cervezas de rigor en donde yo me sé.
 
HERMANOS 2
Un lunes, ayer, extraño. A mediodía, oferta de trabajo de M A de la C, muy jugosa pero tardía, dado que lo de gastronomía se acaba con el año (trataré de hablar con E B y, si me lo permite, meter cosillas de vez en cuando, entonces sí podría sacarme un lindo sobresueldo); después, café sorpresa con Ma, que andaba por la zona –ahora curra en un bar por Pez– y me llamó. Como él no vuelve a casa por Navidad, hemos proyectado el hacer algo juntos este viernes, me invitaría a cenar en su casa y luego juerguearíamos en Cool y demás antros de la madrugada hasta que el cuerpo aguante: una manera de celebrar mi cumple que me apetece. En el curro, la jornada se me hizo larga. Chateé a través del messenger con J, olvidados ya Gabriel (desaparecido en combate) y Diego (a quien no me apetece ver de nuevo). A última hora le hablé por teléfono y la cosa fue bien, muy bien, claro que aún no nos hemos visto las caras, y no es lo mismo una conversación telefónica que un vis a vis, donde entran en juego otras cosas, sutiles pero decisivas, miradas, atracción de pieles, buena (o mala) sintonía entre los dos, etc. Queda en el aire un encuentro para este fin de semana. Salimos del periódico a eso de la medianoche y enfilamos como corderitos para el Angie –cómo no, si parecemos puestos allí por el Ayuntamiento–, pero a la segunda cerveza me fui. Ni E estuvo especialmente animada ni nada de lo que se dijo allí me importó un carajo. Tenía más bien aires de algo antiguo, ya dicho, archisabido y archihablado. Fue una conversación manida, que no decayó en ningún momento pero tampoco remontó el vuelo. Esta noche me iré directo a casa, de cuando en cuando es bueno (y sano y necesario) hacer vidita de hogar.
El otro día toqué el tema de los hermanos, que en el fondo es el tema de la familia, tan espinoso para un desarraigado como yo. R alucinó cuando le expliqué por qué no voy a Santander más a menudo. Mi vida familiar (la paz de mi poquito de vida familiar) ha dependido durante más de una década del frágil equilibrio de un tablero en que las fichas se posicionaban claramente cada una en su lugar, como soberbias piezas de ajedrez que se miran de casilla en casilla, con desconfianza, te como si te mueves, cuidado conmigo. Y el tablero se ha tambaleado –quiero creer que no haya volcado del todo– a raíz de la muerte de mi abuela. Todo ha variado de manera irrevocable. Esa frase tremenda que me soltó mi hermana Cristina hace siglos cobra cada día más entidad, como la profecía o la maldición de una gorgona cualquiera: "El día que abuelito y abuelita se mueran te vas a quedar muy solo". Trataba de convencerme de que cediera en mi orgullo e intentara un acercamiente a mis padres –algo que no hice. La frasecita de marras se me clavó mucho más adentro de lo que dejé entrever. Mi hermana venía a decir algo así como que, si me emperraba en no hablar con mis padres por cuestiones (para mí) mayores, en el momento en que mis abuelos maternos desaparecieran ya no tendría apoyos y valedores en el seno de mi sacrosanta y puta familia. Que repartiera mis huevos en varias cestas, por si acaso. Me pareció repugnante y mezquino el que los afectos se vieran desde una óptica tan pragmática. Y si algo no soy, en ciertos temas que me tocan tan de cerca, es práctico. Más bien lo contrario, un tipo visceral que piensa con las entrañas y actúa guiado por una intuición que no siempre le lleva a buen puerto.
Recapitulemos. A los 20 años me voy de casa después de una bronca monumental con mi hermano David que abre la caja de Pandora y suelta montones de huracanes, tifones y tornados. A los dos días (uno de ellos dormí en la playa, menos mal que era junio y no hacía frío) me encuentro con que mis padres dan la situación por buena y han metido todas mis cosas en bolsas y las han enviado a casa de mis abuelos, que me dan asilo. Comprendí enseguida que no había marcha atrás, que los dados habían caído sobre el tapete y aquellos eran los números con que habría de jugar, no otros. Siguió un periodo oscuro de ostracismo, en Madrid (mi primera aventura madrileña, tan diferente de ésta de ahora), que terminó dos años más tarde con mi regreso a Santander –algunos pensaron que con el rabo entre las piernas, pero no– y a la Universidad. Mis padres y yo tratamos de restañar viejas heridas y construir, sobre bases más sólidas, una relación que estaba tocada de muerte. Ahí es cuando empecé a vislumbrar que nada volvería a ser como antes, que el niñín preferido de su mamá había desaparecido para dar paso a este Cornelio a quien sí querían, pero nunca por encima de sus otros tres hermanos, que las protestas de amor de mamá ("Siempre serás mi Tije") rompían contra el acantilado de Eva, David y Cristina y se deshacían en espuma de mar, menos que nada. Multitud de desplantes, infinidad de detalles que no voy a contar porque me aburren de tan rumiados –y porque me da pudor explicarlos... para qué, además. El colofón final (con redoble de tambores incluido) vino a través de mi hermana Eva y su boda, a la que no me invitó porque no quería que su novio y la familia de éste conocieran al maricón de su hermano mayor. ¿Qué se temía? ¿Que bailaría un zapateado encima de la mesa? ¿Que me tiraría al más guapo de los camareros? (Bueno, de acuerdo, de poder hacerlo, eso sí lo haría) ¿Que soltaría un discursito amanerado, plumero y rosísima? En fin. Homofobias a mí. Lo que me jodió no fue esto porque ya entonces buscaba una excusa para no participar en el bodorrio, sino la reacción de mamá. Unas lagrimitas de cocodrilo, mi hermana que cede de mala gana ("Está bien, si te pones así le invitaré"), ella que contesta muy digna con voz herida y victimista ("No, no. Es tu boda. No lo hagas porque me has visto llorar, también lloro otras veces en que no me veis..."). Estupendo, ¿verdad? Yo hubiera preferido que mi madre se volviera leona en defensa de su cachorro, mamma italiana con uñas y dientes y furia y un vozarrón que les hiciera temblar a todos de miedo, en plan ordeno y mando ("Si él no va, yo tampoco"). Y no esa ratita llorona que no acierta a levantar la voz a favor de su hijo. Cosa que sin duda hubiera hecho de no ser invitado por ser ciego, o esquizofrénico o síndrome de Down. La lectura de todo este teatrillo fue muy clara para mí: no se indignó porque en el fondo de sus entretelas burguesas y marujiles creía que el motivo (mi homosexualidad) para excluirme era válido. Muchas sesiones de piano, mucho concurso Paloma O'Sea, mucha clase media con ínfulas de grandes pisos y vestidos caros, mucha finura y corrección para que luego la realidad (con sus aristas agudísimas) sople como ventarrón seco y arramble con todo lo que encuentre a su paso. Esto sucedió hace tres años y medio. Con la enfermedad y muerte de abuelita (una que, a pesar de los pesares, siempre me apoyó y me quiso incondicionalmente) pareció que se daría un acercamiento, pero no es posible, no es posible. Desde primeros de octubre, cuando llamé para felicitarles por su aniversario, ni una llamada, ni un triste mensaje de móvil para saber cómo me encuentro. Podía haberme muerto de asco en una esquina que ni se hubieran enterado. He de aprender que mi familia y mi fuerza son los amigos. Aparcar las lamentaciones, crecer como persona y ya está.
 
HERMANOS
Llegué a casa después de cenar con M S en Gurú (y tomarnos unas cuantas cañas con parte de sus amigos, J P-I y su novio Fernando, Fefa, Lenti, Quique y demás) y, en lugar de irme a la cama, que era lo que me pedía el cuerpo, estuve un ratillo viendo la tele. Un reportaje sobre hermanos que se aman/se odian y así. Bueno. Me despertó fantasmas, claro. El repor me pareció muy light, se suponía que iba a hablar de esas pasiones escondidas que se dan entre hermanos, sentimientos fortísimos que pueden llevar, en extremo, a la muerte. Se quedó en un mero paseo por los típicos celillos de adolescencia que luego provocan una sonrisa nostálgica en quien los recuerda. Si me hubieran entrevistado a mí... qué de cosas podría haber dicho. Aunque esas cosas, precisamente, son las que pertenecen al mundo de las sombras, a lo que no se puede expresar con palabras. Mi hermano David –tan ajeno a la órbita en que se mueve mi mundo– fue el caballo de batalla de años y años. Primero una especie de esclavito que yo mareaba a placer, el hermano pequeño que admira/aborrece a su hermano mayor; más tarde el adolescente jugador de balonmano que pretendía medir sus fuerzas (ya más equilibradas) conmigo. Como yo le dije en cierta ocasión, "ya no estoy en edad de pelearme... si quieres nos pegamos pero con palabras, claro que ahí seguro que todavía te gano". Fui incubando a mi vera, sin saberlo, un pequeño monstruo que el día menos pensado estalló y se me llevó por delante. Pero, definitivamente, esto quedará en el silencio más absoluto. Mañana lo desarrollaré.
Ahora tocan unas mahous con E y Javi.
 
FIESTA DE NOE
Recién levantado y sin resaca. Me tomo un café en Colby y miro hacia las otras mesas jugando a meterme en sus vidas y adivinar filiaciones, qué será éste de aquel, si la pareja de allá está reñida o simplemente no hablan entre sí porque tienen poco que decirse, la señora sentada al lado del ventanal parece triste, ¿por qué? Hay dos o tres camareros nuevos, con lo que también me entretengo en descubrir si son o no gays, si me miran mucho o no me hacen maldito el caso... Ayer, el día se dividió en dos partes claramente diferenciadas. Primero la lectura y trabajo en Laan, con la tarde suave que declinaba hacia la noche. Escribí bastante y leí más. Hasta que llegó E (completamente enamorada y enajenada e idiotizada, un poco Doris Day con gafas y aires grunchies) y nos acercamos hasta Popland, en la calle Malasaña, donde compré varias cosillas para Noeli. Luego, café rápido en El pobre Gaspar, un poco de relax en casa y a pillar el metro para llegar a tiempo hasta Antón Martín, al hogar de C&H. Fuimos Gonzalo y Andrea, F y yo. C está muy guapa, como madurada, y se muestra extremadamente paciente con amigos como M y yo mismo, que desaparecemos durante semanas sin dar señales y no somos capaces de marcar su número para preguntar cómo le van las cosas. ¿Y cómo le van? No lo sé, no hubo posibilidad de que habláramos a solas, a ver si esta semana que viene comemos juntos y me cuenta. Tomamos algo en una tasca cerca de Santa Isabel -ya con M, que se nos unió de camino. La conversación se animó poco a poco y casi al final se hizo galopante, sobre prostitución (y posibilidad de que el chapero/la puta se enamoren de verdad de un cliente entrado en años pero con pastizara) y sobre tríos sexuales. Conté mis experiencias al respecto, tanto en Dominicana como aquí, con una falta de pudor que me sorprendió mucho... ¿sería la cerveza?
Para cuando quise llegar a la fiesta de cumpleaños eran más de las doce y media. Como me temía, todo eran mujeres a excepción de Armando, la pareja de la antigua novia de Noe y orgulloso padre de su bebé. No estaban muy animadas, la verdad, pero poco a poco fueron llegando más invitados y aquello mejoró ostensiblemente. Música ochentera, con alguna bisbalada fuera de tono, porros, bebida a granel y comida. Lo pasé bien, a la cumpleañera parece que le gustaron los regalos (hace media hora me ha enviado un mensaje al móvil muy sentido) y yo me llevé la sorpresa de que ella había comprado algo para mí; con lo justa que anda de dinero fue todo un detalle que no me esperaba. Charlamos muchísimo, y una vez más comprobamos la buena sintonía que reina entre los dos. Pululaba por allí una chica que era clavada a Rosana Arquette, e hice muy buenas migas con ella. Me pareció que Carol no me miraba con simpatía (algo así como "qué hace este tío aquí en nuestra pandi"), quizás porque me relaciona con E. Allá ella, las divinidades a estas alturas me la traen floja, aunque poco a poco se fue relajando y al final de la fiesta estuvo comunicativa. Como pulpos en un garaje, los compañeros de curro de Noe (tres chicos y una chica, heteros) se atrincheraron en la zona de la cocina. Ella estaba más suelta, pero ellos miraban a su alrededor con una mezcla curiosa de deseo (ostias, mira cuántas tías buenas restregándose entre sí, qué morbo) y de susto (dónde hemos caído... esto parece Sodoma y Gomorra). Uno de los muchachotes resultó ser de Torrelavega y a cuenta del paisanaje comenzó a darme una chapa intermitente pero considerable. Yo le escuchaba unos minutos y luego huía con cualquier excusa, aunque enseguida volvía a pillarme por banda para continuar la charla-río. Y como la casa de Noe no es precisamente una mansión llena de vericuetos por la que perderse... El chico era monillo, una de las amigas de Noeli me dijo que le parecía que se estaba interesando en mí, pero paso muchísimo de ser la experiencia gay de nadie en una noche de marihuana y alcohol. Según hablábamos, se me quedó mirando con el ceño fruncido y luego se le iluminó la cara.
-¿Sabes a quién me recuerda tu voz?
-¿A Eusebio Poncela en "Martín (Hache)"?
-Sí, tío. Eres clavadito hablando a él...
Acabáramos. Continuó la bromita del parecido toda la noche, me llamaba Eusebio y se me abrazaba en plan oso cada vez que coincidíamos en una opinión. Una de las perlas que soltó:
-Tú eres gay y yo soy hetero, menudo desperdicio de chicas esta noche.
-No creo que ellas lo vean así.
Total, que hacia las cuatro de la mañana decidí que no me provocaba ir al Medea (barajé la posibilidad durante un rato, pero pudieron la borrachera y el cansancio). Con el piloto automático encendido y la cabeza yéndose para los lados, tiré para casa. Y fin de la fiesta.
 
DIEGO
Mientras estaba con Diego en el Gris, encuentro con Javicretino. Nos habíamos visto en Santander a primeros de agosto, en la estación de autobuses, cuando yo llegaba y él esperaba a su novio, que venía de no sé dónde. Entonces me lo quité de encima con facilidad, hubo promesas vagas de salir por ahí a que les enseñara la ciudad; promesas que nunca tuve verdadera intención de cumplir. Anoche en el Gris fue lo mismo, la repetición de la jugada punto por punto, con nuevo intercambio de teléfonos y danza de lo social. Como siempre, en medio de frases aparentemente neutras y sin doble intención, sus pataditas que tanto me revientan. Eso es lo que en su momento me alejó de él, comprobar una especie de envidia malsana por su parte que se convertía en competencia desleal y que a mí me frenaba como si fuera un lastre. Y lo peor es que, antes estos tipos que lo único que desean (en el fondo) es ver cómo te das el batacazo, en lugar de mostrar indiferencia y reírme de ellos por lo bajo, lo que hago es regodearme -e hincharlos, incluso con pequeñas mentiras a mi favor- en mis éxitos, en lo bien que me va en la vida (sea un nuevo amor, lo redondo de un artículo, el comienzo de una novela, un viaje). Con lo que entro en su juego y les concedo una importancia que no tienen. Vale. Apunté su número y prometí llamarle. Que espere sentado. Con un poco de suerte no nos veremos las caras hasta dentro de seis meses o más.
En cuanto a Diego... Durante la tarde, a medida que se desarrollaba el trabajo en el periódico, me iba invadiendo una pereza monumental ante la idea de quedar con él. Lo que me apetecía eran unas cervezas en el Angie con E y los demás. Estuve tentado de llamarle con una excusa, y cuando me decidí y lo hice, al escuchar su voz confiada y alegre no pude hacerlo, así que concertamos la cita. Fui sin ganas. Eso sí, me afeité cuando pasé por casa, para estar un poco más presentable... Según le vi, no me gustó. Era el mismo tío de la foto, sí, pero degradado, mucho más normalillo de lo que parecía: 22 años hechos en agosto, mofletudo, no gordo pero tampoco delgado (y, como dicen E y M, a mí me van los anoréxicos), principio de alopecia y bolsas bajo unos ojos que, cuando reía, eran apenas dos rendijas oradadas en el rostro. Nariz entre judía y de boxeador. Nada que me atrajera especialmente. Costó lo suyo arrancarle alguna frase, estaba calladito y como intimidado, así que yo evitaba los silencios incómodos con una batería de palabras que no decían nada, estúpidas y huecas. Primero fuimos al Rey Lagarto, pero no encontramos dónde sentarnos y charlar con calma, así que recalamos en el Gris. Para mí es terreno conocido y me hace sentir cómodo. Allí, con unas cervezas encima, se volvió más hablador, y después de dos cosas que me dijo ("contigo no me aburro nada", ante mi pregunta de si estaba bien, si no se aburría, y "qué va, si eres guapísimo", porque le había entendido no sé qué de un trofeo e hice como que pensaba que me estaba llamando feo...) ya me relajé porque comprobé que le gustaba: mi puñetero ego podía estar tranquilo y expandirse sin miedo, otro para la colección.
En mi casa, sexo sin mayores, y luego enseguida se fue, porque yo exageré mi cansancio y le había dejado claro, antes de invitarle a subir, que lo hacía por un rato nada más. Una vez que tuve la cama para mí solo, dormí como un plomo durante más de nueve horas seguidas y ahora me encuentro estupendo, despejado y bastante animado. Escribo en Laan -intercalo esto con largas catas a los Diarios de la Chacel, voy por el año 65-, adonde pasará a recogerme E para ir juntos a comprar los regalos, el mío para Noeli y el suyo para Anna.
 
POCO TIEMPO PARA LO MÍO
Los días desde mi vuelta han sido una locura de tiempo perdido, en que lo social ha tenido mucho que ver. La pérdida de tiempo es algo que me subleva, pero no puedo –y no quiero, visto lo visto– evitarlo. Como le decía el bueno de Valmont a la pánfila de madame de Tourvel cuando estaba rompiendo con ella. Duermo cada día hasta tarde, hasta muy tarde, y luego sólo me da para un café desmadejado por ahí. Después del trabajo (que estos días se me ha hecho muy cuesta arriba, debo de haber perdido mano con las vacaciones) siempre caen unas cañas por ahí, y cuando llego a casa lo hago seriamente perjudicado –no a cuatro patas, pero casi–, veo un poco la tele entre vapores etílicos, me fumo medio canuto y caigo redondo, como una piedra enorme en un pozo de oscuridad, sin sueños.
Leo los "Diarios" de Rosa Chacel, en la edición de su Obra Completa, y es como tomar un elixir de juventud que me arranca del aquí y ahora y me lleva en volandas al año 92, también en Madrid, cuando vivía en Bretón de los Herreros, inmerso en la sordidez de mi trabajo de vendedor de seguros y esa casa imposible, con aquel chico (no recuerdo ahora su nombre... ¿Óscar? Sí, era Óscar) que nos alquilaba baratísimas las habitaciones porque ejercía la prostitución y recibía a los clientes allí mismo... Tardes enteras pasadas entre las cuatro paredes de mi cuartito, leyendo a Rosa Chacel y soñando, soñando con escribir. Mientras afuera se percibía, como en sordina, el trasiego lento de hombres entrando y saliendo del piso. Entonces creía que eso no me salpicaría, pero vaya si me manchó. Yo tenía 21 años y una inocencia a prueba de bombas, ahora lo veo.
Así que la Chacel cumple hoy una función de retrospectiva, es la pequeña magdalena proustiana que saboreo con ansia. Su prosa (se queja continuamente, en exceso, de todo y de todos) se me hace menos dura, eso es buena señal, estos años he crecido y ya no paso las páginas sin enterarme de la misa la media; ahora no, ahora entiendo sin problema lo que leo y le saco su jugo, que lo tiene. Sin embargo... su concepto de la literatura, de la excelencia en lo literario, no es el mío. A mí me gusta el brochazo nervioso, un poco al tuntún. Ella es la pincelada justa, fina, miniada, que se pierde en el fárrago de un discurso orteguiano y bastante pesado al estómago.

Estoy en el Laan (son casi las tres de la tarde) a vueltas con las críticas. Me queda un poco de la segunda y en cuanto termine enfilo para el periódico, a editarlas y olvidarme de ellas cuanto antes. Hoy jueves, por la noche, conoceré a Diego, el chiquito argentino con el que últimamente he estado chateando a través del messenger. A lo mejor nos vamos a la cama, puede ser (a mí me apetece un poquillo de acción), aunque ni siquiera me he afeitado y voy más grunge –y descuidado– que nunca. Como si me diera igual gustarle o no. Y es que me da lo mismo. De Gabriel no tengo noticias, su presencia se va borrando poco a poco y ya me cuesta pensar en él. Bueno. Mañana tengo un día complicado, quedaré con E a primera hora de la tarde para que me ayude a buscarle un regalo a Noeli, después a las ocho he dicho que sí a una reunión en donde C&H (estarán todos los de ese grupo, espero que sin novios guapetones que me pongan los dientes largos; también M, de finde fuera de Santander: la operación a su madre salió bien, ahora queda lo más difícil, la convalecencia), y más tarde, sobre las once y media, fiesta de cumpleaños de Noeli en su casa, imagino que fiesta bollo (aquí sí me gustaría que hubiera algún tío que llevarse a los ojos, pero lo dudo). El sábado tengo previsto un poco menos de movimiento: cena gratis a cuenta de mi "prestigio" como crítico (ay, ay, ay qué impostura), en un indio con M S, más posterior salida por ¿Chueca? con toda su gente. Para cuando quiera darme cuenta, el fin de semana habrá pasado y volveré a estar pegado frente a la pantalla del ordenador, en la maravillosa y encantadora redacción donde curro de domingos a jueves.
Ya es seguro que no hay vacaciones. Y mi cumpleaños es en ocho días... Debo llamar a Santander para avisarles que no voy. Claro que a mí, de Santander, no me llama ni el Tato. ¿Habrá caído una bomba nuclear y se han quedado todos carbonizados en el sitio? Ay, cuánto echo de menos a mi abuela.

El martes por la noche quedé con Ma (y su corte imperial). Se rieron mucho con mis desventuras lisboetas. A este chico, el sexo le parece lo más importante del mundo, así que el que yo no follara con nadie en Portugal le parece increíble. En fins. Me llevaron a La Rosa, un garito indescriptible, a medio camino entre boite setentera y bar de carretera extremeño. Actuaban, cómo no, unos amigos suyos. J llevaba cámara nueva y se hinchó a sacarnos fotos. Posturita va, posturita viene. Me las envió ayer y lo cierto es que me veo muy guapo. Con ojazos y tal. Habrá que hacer copias para enviar por ahí, jeje. Cayeron tejillos, pero me los quité de encima como pude. Una vez más, comprobé que me muevo por estos ambientes de un modo torpe y desmayado. Las cosas que se dicen (con mucha floritura de manos y tanto hablar en femenino) no me interesan nada, me siento completamente ajeno a su mundo. Como si fuera un buzo que se pusiera la escafandra y realizara una inmersión rápida al fondo marino. Todo muy bonito, pececillos de diversos tamaños y colores, algún tiburón a lo lejos, corales de una rara belleza. Pero siempre deseando salir al exterior, a respirar un poco de aire puro. Ellos no parecen darse cuenta de lo ajeno que me siento –si se la dan, no lo demuestran–, quizás me ven como una rareza curiosa a la que sacar a pasear de cuando en cuando.
 
HOGAR DULCE HOGAR
Resaca. La mañana tan fría en casa se ha traducido, al salir a la calle, en un típico día todavía otoñal, de temperaturas suaves, cielos manchados de nubes, sucios de grisura. La vuelta a Madrid ha sido apoteósica. Pasé casi toda la tarde de ayer en casa, a ratos charlando con R, a ratos hundiéndome en las simas (profundísimas) de la programación televisiva del sábado por la tarde. Hubo un paréntesis con E y Eva más Susana, una de las redactoras de Coruña, que estaba aquí por lo de la comida de empresa a la que no fui (y por lo que me han contado, ni ganas, mucho discursito de los jefes con el peloteo sonriente de turno, comida discreta –fue en Bauzá, donde a mí me trataron tan bien– y copas a media tarde que cada cual tuvo de pagarse de su bolsillo, porque la largueza del periódico se agotó en los postres). Quedamos en el café del Real y después de una hora con tarta de chocolate y cerveza junto a mis anécdotas del viaje, que hicieron reír lo suyo, luchamos contra los elementos –léase oleadas de paisanos comprando compulsivamente de cara a la Navidad– hasta Sol, donde me despedí de ellas. Por la noche, R y yo alquilamos una película ("Far from heaven", con Julianne Moore y Dennis Quaid: me gustó) y para cuando terminamos de verla, a la una y pico de la madrugada, tuve que arrancarme del sofá, tan a gustico estaba, para salir a la calle en busca de un poco de diversión. En la Bohemia, sesión con E&Eva (acarameladísimas, dándonos a todos en los morros con su amour fou; yo a estas dos las veo juntas por muchos años, viejecitas y felices), las hermanas L y Espe, José Luis y Rubén. Era la primera vez que veía a Rubén desde que monté el número en casa de las hermanísimas. Coqueteamos, pero se marcharon enseguida... Trataré de que no pasen otros dos meses hasta que nos encontremos de nuevo.
En el Escape, me tropezé al ir al baño con Emilio, el cachitas que me ligué allí mismo hace tiempo, y ya no hubo manera de quitármelo de encima. Él hablaba, cada vez más cerca su rostro del mío, mientras que yo echaba miradas gavilanas a cuanto cachorro de león se me ponía por delante. Finalmente, me metió la lengua hasta el esófago y ya me dejé llevar por las circunstancias. Total, el tío no está mal y yo andaba con hambruna atrasada. De todos modos, sólo se quedó en casa el tiempo necesario para un polvete sin más historia, cosa que le agradecí porque no me apetecía nada dormir acompañado. Anoche me sentí a gusto, ligoncete y divertido. Con Eva muy bien, es una tía que me cae de puta madre, creo que E será consciente de que ese diamante no debe dejarlo escapar. Veremos. A mí me hinchó como un pavo con un piropazo que me soltó en plena orgía alcohólica –con E enarcando sus asturianas cejas a cien por hora:
–¡Guapísimo! A mí tú me pareces un tío super morboso.
Qué bien estar de vuelta en casa.
 
FINAL DE VIAJE
Ahora me tomo un café en el aeropuerto de Lisboa, porque me queda más de una hora para embarcar y así trato de despejarme un poco. Entre que anoche salí y me trinqué su buen número de cervezas (Super Bock, por fín me aprendí el nombre de las interfectas), con lo que la vuelta a la pensión fue un trastavilleo de borrachín por infinidad de cuestas y callejas mal alumbradas, y que me he levantado a las ocho en punto para estar seguro de llegar a tiempo, no soy persona. De modo y manera que aquí estoy, un poco más sabio que hace unos días y con un sueño de muerte. Lisboa ha sido una experiencia fallida pero interesante, porque me ha descubierto tres cosas de mí que desconocía.
Primera. Aunque voy de bohemio independiente por la vida, y de sobrado que no precisa de nadie, necesito siempre estar acompañado (bien o mal, es lo de menos) para relacionarme con los otros. Si hay quien me "proteja" de las inclemencias del exterior, entonces me crezco y soy un tigre de lo social, con uñas y dientes y rabo y bigotazos. Si estoy solo, me vuelvo animalito indefenso que tiembla al mínimo cambio del viento.
Segunda. Cada día me parezco más a mi abuelo en lo tocante a viajes. Cuando él y abuelita salían por ahí, a la vuelta todo era un jolgorio de regalos para los nietos y anécdotas del viaje. Y siempre, en un momento dado, abuelito decía: "Sí, ha estado bien, pero ya tenía yo ganas los últimos días de volver a Santander". Lo único es que su nieto ha cambiado el escenario (Santander por Madrid), pero la modorra cada vez más sedentaria es la misma. Con lo que yo he sido.
Tercera. Ya lo escribí aquí ayer mismo. La soledad impuesta es una putada. A mí me gusta estar solo cuando quiero y como quiero, no que la muy zorra se venga sin avisar y sin que se la invite.
Y con estas tres lecciones bien aprendidas, me doy por bien servido en un viaje que, por otra parte, ha sido maravilloso (léase M y su estancia de tres días). Con el tiempo supongo que le sacaré más jugo a todo esto.
 
AY AY AY, LA SOLEDAD
En la Confeiteria Nacional, un establecimento abierto desde 1829, ahí es nada. Acabo de informarme de dónde sale el 44 hacia el aeropuerto –aquí al lado–, así que el problema del transporte para mañana está solucionado. Anoche quise ir al Bar 106 (y tal vez, más tarde, darme un voltio por el Bricabar), pero recalé en la pensión para leer un ratillo y dormir siesta. Craso error, mon ami. El ratillo se tradujo en más de dos horas (me quito el sombrero ante Laura Restrepo, qué caudal de palabras, qué dominio del lenguaje, la trama y los personajes..., M tenía razón y yo me adelanté en un primer juicio tontiloco que, ahora lo veo, no tenía ninguna base real) y para cuando quise dormir siesta eran las ocho de la noche. Bueno, pensé, doy una cabezadita y me pongo en marcha. Me desperté completamente volado, sin saber muy bien ni quién era ni dónde estaba. Miré el reloj: las doce y pico. Ya no eran horas para ducharse, arreglarse y salir. Lo dejé correr. A lo mejor es el destino (ese duendecillo travieso) que no quiere que ligue con nadie en Lisboa. En fin. Pues no ligo, qué le vamos a hacer...
Ayer todavía tuve noticias de Paulo, pero le dije que no me apetecía verle. Estoy orgulloso de mí mismo porque fui (al menos un poco) sincero con él. Historia finiquitada.

La soledad como una bicha alargada y escurridiza que vegeta y se retuerce en un rincón oscuro, que nos mira desde lo negro con ojos que espejean en la penumbra y nos vigilan siempre, siempre. Es una culebra viscosa que no puede ser domesticada –qué más quisiéramos– y se está muy quieta y como muerta justo antes de que salte, sin previo aviso, y nos muerda en el cuello con unos dientes puntiagudos, dientecitos que no hacen daño (al menos, no un daño mortal) pero que hieren lo mismo, desgarran la carne y dejan su marca indeleble, vampírica, en la blancura del cuello. Entonces llega el antídoto en forma de cafés con los otros, de charlas desesperadas por explicarnos, por hacernos un poco más inteligibles para los demás y así engañarnos con la letanía consabida: no estás solo, ¿no ves cómo te rodean todos?, no estás solo. Y la bicha, astuta y sabia y taimada y traidora pero paciente, se repliega a su rincón brumoso, casi inexistente, como si no estuviera allí, como si su presencia un momento antes terrible sólo fuera un mal sueño de la mente. Hasta la próxima, en que sus dientes agudos y pequeños, transparentes, se hinquen de nuevo en el cuello, una y otra vez, con saña. La verdad final, única e ineludible (a poco que uno mire a su alrededor) es que vivimos y morimos solos, enfrentados con nosotros mismos en un diálogo absurdo y kafkiano que no es diálogo sino monólogo de loco, grito en el desierto y punto final.

Vengo del cibercafé que hay en el Largo do Picadeiro, de meter algunas notas atrasadas en este diario. A través del messenger he charlado con Eloísa, que me aseguró que las sustituciones en el periódico han ido bien. Luego, en plan sorpresa y sin anunciarse (no hubo ruido de trompetas ni angelitos cantando ni flor de azahar ni nada de nada), me saludó Gabriel. No sé, no sé. Este chico es toda una incógnita a resolver, como una ecuación de segundo grado en que a veces me faltan equis y a veces me sobran. Al preguntarme cómo va todo y si he salido, le conté lo de Paulo muy por encima –supongo que para hacerme el interesante– y me soltó algo que no preveía. "Espero que no hagas eso conmigo". Vaya, si al final y todo podría haber una historia aquí... Lo cierto es que he pensado en él más de lo habitual, y que uno de los motivos por los que quiero regresar a Madrid es para aclarar qué es lo que pasa entre nosotros. Ahora estoy de subidón, claro, así que voy a dejar macerar este cosquilleo adolescente que me recorre la piel, tomaré aire y frenaré a mi impaciencia, que me juega tan malas pasadas. Si el problema conmigo ya sé cuál es: un asustadizo quinceañero en cuerpo de hombre. Algo que despista a cualquiera.
 
CUENTA ATRÁS
Ya está. Con lo que he enviado esta manyana al periódico tengo cubiertas mis colaboraciones de la semana. Sensación agradable del deber cumplido.
Escribo en el Heróis (Carla Bruni susurrándonos al oído en su francés de gata), después de una comida rápida en el McDonald's. A pesar de las advertencias de M, que ha visto "Super size me" y me aseguró que, si él fuera yo, no volvería nunca más a un McDonald's. Bueno, seguro que tiene razón, pero ojos que no ven...
Anoche dimos un último paseo por la ciudad. El frío era intenso y, por primera vez, casi se me congelan las orejas. Nos detuvimos en un parquecito por la zona del Bairro Alto, con unas espléndidas vistas de la capital a nuestros pies, el castillo al fondo, las lucecitas un tanto psicotrópicas de la Praça de Restauradores brillando como senyales en el aire. Un último porro en companyía y para la pensión, a por sus cosas. Alrededor de las siete y media nos dijimos adiós. A él le espera hoy un día ajetreado, con viaje a Santander a primera hora de la tarde, porque finalmente operan a su madre. Nos veremos poco (o nada) estas navidades: yo no tengo vacaciones y él debe estar allí, al lado de su familia. Dice que bajará algún finde por Madrid. Yo ya me he hecho a la idea de pasar mi cumple en solitario.
La cuenta atrás de este viaje extranyo se inició con la despedida de M. Ahora quedan unos cuantos paseos, diversos cafés diseminados en las próximas horas y, para cuando quiera darme cuenta, estaré de nuevo a mi mesa en la redacción, frente al ordenador. Ay, cómo se pasa el tiempo sin sentir.
 
VUELVO A QUEDARME SOLO...
A M le restan unas pocas horas aquí. Esta tarde/noche sale su autobús para Madrid. Han sido tres días intensos, ambivalentes. Por una parte, hemos salido cada noche, pero también he tenido momentos en los que buscaba la soledad de mi cuarto, horas y horas pasadas allí leyendo, sin importarme que afuera me aguardara toda una ciudad a la que conocer. Mientras M se dedicaba a dar paseos por Lisboa, a tratar de apresar entre sus dedos la esencia de esta hermosura que es Lisboa, yo me aovillaba en mi cama y pasaba de los cantos de sirena del exterior. Acabo de terminar la novela de Joyce Carol Oates, que no me ha gustado. Así como "Las hermanas Zinn" me pareció un experimento curioso y bastante bien resuelto, ésta apenas se eleva un poco en la categoría de best seller. Mal traducida -con fallos evidentes que me chirriaban a cada momento-, poco elaborada, la he leído rapidísimo, eso sí, porque la historia era interesante; casi ochocientas páginas en tres días, pero no me ha emocionado nada. Y esta mujer ha sido candidata al premio Nobel. Y dicen que "Qué fue de los Mulvaney" es su mejor obra... Es el turno, ahora, de Laura Restrepo ("Delirio"). Las diferencias entre las dos saltan a la vista, aquí se trata de unas páginas en que la historia que se cuenta está supeditada al cómo se cuenta, lo cual es un alivio. De nuevo frases bien construidas, buena literatura de la que te obliga a pararte para saborear con calma una metáfora especialmente brillante, un adjetivo que reluce por cuenta propia.
Anoche estuvimos en Fragil (vi a Paulo, metido en su cubículo del guardarropa), sin mucho éxito por mi parte. Se me había olvidado lo que supone salir por sitios de ambiente con M. Que concita miradas depredadoras, provoca deseos y galvaniza el ambiente a su alrededor. Él prolongó la marcha hasta el Lux y volvió, esta manyana, prendado de una chica con la que, por miedos tontos, no llegó a ocurrir nada. Se ha pasado todo el día cabizbajo, rumiando los motivos por los cuales no se atrevió a dar el paso definitivo para llevársela a la cama. Somos esclavos de nuestro temor al qué dirán. Yo creo que no hay solución, que uno es como es. M se niega a ello, y lucha contra su naturaleza. Quizá está a tiempo de cambiar, le deseo mucha suerte y, si lo consigue, que escriba un libro de autoayuda y me lo regale por mi cumpleanyos, que buena falta me hace. Porque en mi caso... supongo que ya no hay vuelta de hoja. No cambiaré ni aunque asista a quinientas sesiones de terapia con el abuelo Freud.

Después del café del otro día con Paulo me di cuenta de las pocas ganas que tengo de enrollarme con él. Prefiero volver a Madrid sin haberme acostado con nadie que con la mala conciencia de follarme a Paulo por la simple necesidad de tener sexo. Una paja a tiempo es mejor que joder la paz interior de nadie. Si en casa no me esperaran aventuras, sería otra cosa, pero allí están la incógnita Gabriel, y Diego el argentino (a quien he escrito una postal preparando el terreno), y las visitas mensuales de R, y Richard el bailarín...
 
Y MI AMIGO LLEGÓ
En el Café no Chiado con M. Él escribe en su cuaderno de Diario, yo lo hago en el mío. Desde el momento en que nos encontramos ayer, la ciudad y cuanto me rodea cambió de color. Pasamos el domingo en la zona del castillo de Sao Jorge, asomados sobre la Alfama de mirador en mirador, hablando por los codos (literatura: oposición Bolanyo/Pérez-Reverte y lo triste que tiene que ser ver con rabia cómo alguien es superior a ti, por mucho que vendas y vendas ejermplares de novelas de aventuras en el XVII; política: 11-M, comisión de investigación, las bombas que ETA puso en diversas salidas de Madrid el otro día; de nosotros, en fin), alucinando con la cantidad ingente, exagerada, de espanyoles en Lisboa. Comimos en un garito de por allí, estrechísimo y agobiante -como un camarote gastronómico de los hermanos Marx-, no muy bien, la verdad. Lo barato sale caro. Luego hubo descanso en la pensión y más tarde tomamos algo en Heróis. Curioso cómo el local mismo me pareció distinto ahora que estoy bien acompanyado. La noche, para desgracia de M, no fue brillante. Un domingo de capa caída, con los portugueses mayoritariamente en casa y hordas frenéticas y alcoholizadas de espanyoles a la caza y captura de un bar en donde seguir la marcha. El Portas Largas era un revoltijo de gente que bebía y cantaba al son de la música -primero un popurrí de canciones en castellano que yo nunca escucharía de estar en mi país, más tarde musicón. Fumamos algún que otro porro, una tía nos pasó un canuto de maría (su amigo, cuarentón y feo, miraba a M con ojos golositos) y nos dio por buscarles a todos parecidos más o menos razonables. Un paisano era clavadito a Álvarez-Cascos, otro se nos parecía ligeramente a Gallardón (faltaba Aznar con su cara de palo y su bigotito a los Chaplin: no le vimos por ninguna parte, debía de estar en casa, preparando su próxima clase/despropósito en Georgetown), había una mujer de mediana edad que recordaba a Susan Sarandon en "Pena de muerte"... Nos reímos mucho. Chicos guapos, la mayoría espanyoles y, ay, heteros. Vi a un borrokilla que me gustó bastante, borrachín y dicharachero. Charlamos con uno que venía con un grupo numeroso -que resultaron miembros de una coral vasca-, con su patriarca setentón incluido, tocado con una chapela y hablando en euskera. A mí la fiebre, junto con las cervezas y el costo, claro, me culebreaba por dentro, y para cuando cerraron el bar (cuatro de la manyana y sólo unos pocos en la calle, de retirada, desorientados porque todo estaba chapado) le dije a M que me iba para la pensión. Estaba muerto.
Dormí hasta el mediodía, y para cuando me levanté no estaba mucho mejor de lo mío. Entumecido, baldado, con un principio de gripe que no termina de definirse pero que amenaza tormenta en cualquier momento... Como un viejito de ochenta para quien el simple hecho de atarse los cordones ya es toda una hazanya. El día vuelve a ser soleado aunque frío. Esta tarde, a las siete, veré a Paulo en este mismo café -que acabo de descubrir y que me encanta: mesas individuales, música suave de jazz, poca clientela y con un aire bohemio que me hace sentir a gusto.
Leo y leo y leo. Terminé a Fernando Vallejo, en un día me leí el ensayo que Martín Gaite dedica a Aldecoa ("Esperando el porvenir"). Ahora ya navego entusiasta por las páginas de "Qué fue de los Mulvaney", de Joyce Carol Oates.
 
INSOMNIO
Noche del sábado al domingo. Estoy en la pensión, en pijama y zapatillas, sufriendo los útimos (eso espero) zarpazos de esta lumbalgia que no termina de marcharse. Paulo no me llamó, pero a cambio me envió un poema con su número para que fuera yo quien le llamara -debe estar pillado de dinero. Ay, Paulo. Sigue tan ingenuo como hace tres anyos, cuando temblaba de emoción ante la hermosura del amanecer sobre un alto de la ciudad, con Lisboa y el Tajo a sus pies. Fue una chiquillada por su parte enamorarse de un espanyol a quien trató sólo tres días y por quien lo hubiera dejado todo: así me lo anunciaba en una de las pocas cartas que me escribió, estaba estudiando castellano para irse a vivir a Madrid, en pos de una quimera, de un suenyo, de una dulce fantasía, porque yo no soy ese chico que conoció, o sí que lo soy pero no solamente ese, también otros muchos, menos amables, menos amorosos, menos recomendables. Soy el que se quedó por espacio de todo un día en su cama, arrullándole y haciéndole cosquillas, besándole y acariciándole, durmiendo y despertando alternativamente, charlando de todo (nos contamos la vida, hubo confidencias, y risas y hasta un poco de llanto). Pero al mismo tiempo soy el veleta que desea salir y emborracharse de sexo y carnalidad, para tirarme a la primera belleza que pase y colgarme del pecho los amantes de una noche como si fueran medallitas ganadas en múltiples batallas. Se lo dije en una carta dura, en que "rompía" nuestro "noviazgo". Y entrecomillo las dos palabras porque nunca sentí que hubiera nada realmente serio entre nosotros. El Cornelio que le decía cosas bonitas mirándole a los ojos era el mismo capullo que, unas horas después, se quejaba a sus amigos de lo pesado -por su insistencia en verme- que era Paulo. Un Cornelio mezquino y canalla.
Ahora me asegura que ha madurado -que va a cumplir 33 anyos y ya no es el inocente corderillo que yo conocí. Qué va a haber cambiado. Madurar sí, de acuerdo, pero la bondad, en quien es bueno por naturaleza, difícilmente desaparece. Paulo es de las personas más sanas, limpias y vulnerables que he conocido. No quiero que mi debilidad ante estas virtudes (que se vuelve fortaleza en cuanto me doy la vuelta y dejo de estar bajo su influencia) le haga danyo de nuevo.
Por otra parte, me apetece verle. No únicamente acostarme con él -aunque también lo deseo- sino pasar horas en su companyía. Hemos hablado por teléfono esta noche. Se mostró desencantado porque esperaba verme en Fragil; se lo expliqué lo mejor que pude: con la espalda hecha trizas y muy pocas ganas de vestirme y salir a la calle, no me apetece llegar allí y esperar horas, aburrido, a que termine. He prometido volver a llamar manyana al mediodía para tomarnos un café juntos y charlar. Miedo me da de mí mismo y de lo que pueda conllevar ese café.
 
ÚLTIMO DÍA SOLO
Narrar lo que anoche fue mi deambular por los bares lisboetas sería muy triste de no saber ahora que manyana viene M para unirse a mi viaje. No sé por cuánto tiempo, pero unos días, al menos, estaré acompanyado. La noticia me animó tanto que olvidé (en la medida de lo posible) mis miedos atávicos y estuve por ahí hasta las cuatro de la madrugada. Tampoco fue nada del otro mundo. Comencé la jugada en Heróis, un pub en Calzada do Sacramento; entré después de dudarlo un poco y me dirigí, rápido y sin mirar a los lados, a la barra. En plan espía cutre en filme de quinta regional. Pedí tres cervezas, una detrás de otra, y solamente cuando iba por la segunda me atreví a echar un vistazo a mi alrededor... Algún ninyín mono, música de Bjork, en fin, nada resenyable. El camarero era un mulato gordísimo enfundado, no sé cómo, en una camiseta negra ajustada. Traté de no parecer muy serio, porque si no, seguro que no hablaba con nadie. Yo tampoco lo haría con un tipo con la cabeza rapada, vuelto de espaldas a todo el mundo, con una cerveza siempre a tiro de piedra y un gesto de ni te acerques que muerdo. Ay, esa cara de mala leche que nunca, nunquísima, me ha dado buen resultado. Y no hay manera, escondo la timidez bajo una capa de duro cemento y asusto hasta al más lanzado. A lo mejor eran imaginaciones mías, pero creo que hubo varios que me miraron, sobre todo uno, en plan insistente. No era cuestión de tener que llevárselo a la cama, tontín, era cosa de charlar con alguien y quién sabe, a lo mejor tenía amigos guapos. Cuando, después de estas experiencias, regreso a casa y amanezco solo, todos estos terrores me parecen ridículos e infundados, pero mientras tanto ya me cargué la historia... Sucede como con las pesadillas nocturnas, que a la manyana siguiente causan risa y rubor, pero mientras suceden nos acojonan.
Fue allí, en Heróis (heroico yo, agarrado a mi canya y llamándome por lo bajo gilipollas), cuando M me envió un mensaje comentándome la posibilidad de venirse. De la alegría que me dio hasta se me cambió el rictus de solterón amargado.
Luego estuve en Portas Largas, sentado cerca de un grupo de espanyoles (por cierto, ayer no tanto, pero hoy la ciudad está tomada literalmente por hordas de turistas espanyoles, mayoritariamente en familia, que arman un follón tremendo con sus voces altas, sus mira esto mira aquello, la manía de criticar todo lo que les es desconocido, somos así vistos desde fuera?). Uno de ellos, gallego de Santiago, le comentaba a una portuguesa lo bonita que era la ciudad, los vínculos evidentes que había entre Espanya (camisa blanca...) y Portugal, hizo una relación interminable de todos los escritores portugueses que conocía (el primero, claro, el infumable Saramago), la música lusa que le gustaba ("adoro a Dulce Pontes", "tengo un disco de Madredeus" -como si le dieran una medalla por eso-, y en ese plan). También habló de política.
-En Espanya, hay gente como Aznar que quiere más Espanya todavía. Y los hay, en Galicia y Catalunya, por ejemplo, que queremos que Espanya sea Espanya, pero no más Espanya.
La pobre mujer le miraba con un gesto a lo Obelix. Están locos estos espanyoles.
En el Fragil vi a Paulo, que sigue trabajando allí. Primero se le puso una cara de no me lo creo, estoy sonyando, luego me abrazó y empezó a presentarme a medio personal. Me dijo que pensaba que no nos veríamos nunca más. Hombre, tanto como nunca más... Que aún conserva la foto que nos hicimos besándonos. Que ha pensado mucho en mí (y en la patada que le di, supongo). Estaba guapo. Le dejé trabajar y me perdí por los intersticios del local. Cuando se llenó, algún tio canyón ya vi, aunque comenzaban a pesarme la noche y las copas... Hubo uno en especial, alto y delgado, con el pelo largo a lo Tadzio pero en moreno, que me gustó mucho. Qué hizo Cornelio, nuestro superhéroe en acción? Nada, claro. Ni siquiera fui capaz de sostenerle la mirada cuando se cruzó con la mía. Ni que a estas alturas de la película fuera yo una virginal doncella. Otro, algo cachillas, bailaba como un poseso a mi lado y era evidente que hubiéramos podido conectar. Me mantuve digno, con la mirada al frente. Estúpido, estúpido, estúpido. El vodka con naranja era una piedra en la boca del estómago y yo estaba muy solo y muy cansado... Paulo, después del recibimiento inicial, parecía estar recordando cada vez mejor lo mal que me porté con él, y se mostraba raro conmigo. En principio le dije que esperaría a que terminara su turno (para acostarnos?) pero a las cuatro opté por irme a la cama.
-Te doy mi número?
-No sé.
-Bueno, pues tú dirás, te lo doy o no?
-Vale, sí.
La pelota está en su tejado. Si quiere llamarme que lo haga. Esta noche no pienso aparecer por allí.
 
DE PASEO POR LISBOA
Diez de la manyana de mi primer día en Lisboa. Llegué hace hora y media, después de un viaje más bien incómodo. Anoche tomé una pinta de despedida con E, por Alonso Martínez. No nos veremos en los próximos ocho días, algo que se me hace extranyo si consideramos que últimamente es de las personas que más frecuento. Ella se va de familiada a Asturias (primero) y de romanticismo exacerbado con Eva (después). Ya me contará. Me da en la nariz que comienza a estar muy pillada, que además es consciente de esto y cada día se resiste menos. Me alegro: hay que ser todo lo feliz que se pueda.
El hecho es que hubo una cerveza con E y para cuando regresé a casa, en lugar de hacer la maleta me puse a ver el capítulo grabado de "Aquí no hay quien viva". Entre una cosa y otra, me acosté a las tres y media. Y para las seis, en pie. Con el estómago revuelto, tentaciones enormes de darme media vuelta y seguir durmiendo, un frío extremo que me paralizaba y muy pocas ganas de preparar el equipaje. Total, al final hice como siempre: con el tiempo justo metí cuatro cosas en una bolsa y me largué pitando, que si no no llegaba a Barajas. Metro -cuánto hacía que no lo cogía a esas horas, ya no recordaba la mirada vacía de los viajeros, los rostros cetrinos, la sensación de vencimiento de quien cada día madruga para ir al trabajo y ganarse, miserablemente, la vida-, aeropuerto, facturación, puerta de embarque... Unas colas gigantescas, todo el mundo huyendo hacia sus vacaciones. En la cola para la puerta de embarque, delante mío, dos pijos de treintaitantos, uno de ellos exageradísimo en su papel: media melenita repeinada, moreno de solarium, camisa a rayas de seda, chaqueta de pana entallada, pantalones vaqueros de marca, zapatos de ante. Un figurín. Directamente me cayó gordo; no lo puedo evitar, ese tipo de gente me carga bastante. En un momento dado, el pijotrónico se dirigió a su amigo:
-Has leído últimamente la prensa económica?
Socorro. Pero, hay gente así? Vaya que si la hay, lo que pasa es que, encerrado en mi burbuja de amigos y conocidos, no suelo encontrármelos por ahí. Existen. Y dominan el mundo.
En el avión, como sardinas en lata. Aunque no hubo retrasos, menos mal. Me tocó pasillo, al lado de un matrimonio catalán de mediana edad. Afortunadamente, nadie habló conmigo, así que pude cerrar los ojos y descansar algo del ajetreo de la manyana.
Ya en Lisboa -sol y temperaturas agradables- recuperé mi bolsa y cogí un autobús, el 44, que me dejó en Restauradores. A medida que el bus se iba acercando al centro, los edificios ganaban en belleza y entidad. No recordaba que fuera una ciudad tan bonita.
Mi pensión (Pençao Ibérica) está en Praça da Figueira. Ya he pagado las ocho noches y ahora me tomo un café (malísimo) a la espera de que mi habitación, que da a la misma plaza, en pleno Rossio, y dispone de una cama enorme para mí solito, esté arreglada. Luego creo que dormiré un rato, porque estoy muerto.

Vuelvo a la pensión y mi cuarto ya está limpio. Desde la ventana domino todo el ir y venir de la plaza. Hay una mesa de madera usada con su silla. El armario desvencijado y escaso de perchas. Me gusta esta habitación con su desnudez y su pobreza. Duermo por espacio de dos horas, un suenyo letárgico, sin imágenes y profundo. Para la una de la tarde estoy de nuevo en la calle, a la busca de un ciber. No lo encuentro. Tiendas de ropa, de calzado, de complementos, FNAC, centros comerciales, supermercados y restaurantes, tiendas de regalos y souvenirs, estancos, hasta una sucursal de Viajes El Corte Inglés, pero ni un puto ciber a la vista. Podría preguntar a alguien (y terminaré haciéndolo, si no hay más remedio) pero me puede la timidez y no me decido.El paseo se alarga y alarga, primero por el Chiado y el Bairro Alto, luego hasta Restauradores y más arriba, hasta la mitad de la Avenida da Liberdade. El día es espléndido, y me abrigo madrilenyo comienza a pesarme demasiado (tengo calor!). Hasta hoy pensaba que la Navidad en Madrid era un horror -por lo presente que está en calles y comercios. Pues bien, aquí es aún peor. Por todo el centro hay altavoces estratégicamente situados que vomitan, de manera machacona, villancicos.
Al final opto por el tópico de los tópicos y termino en el Café Brasileira, donde me encuentro escribiendo esto. Otra costumbre europea que no me gusta: el que a tu mesa, si no hay espacio, pueda sentarse un extranyo. Me siento cohibido y pequenyito. Tanto que he cedido a la tentación y me he comprado una cajetilla de tabaco. Supongo que el peso de la soledad, unido a la excitación de estar en Lisboa, en plan aventurero, me han agudizado el mono. De modo que, tras dos meses y medio, me da en la nariz que volveré a fumar. De momento, me refugio en Fernando Vallejo y su biografía descarnada, personalísima, subjetiva y canalla del poeta Porfirio Barba Jacob. Más tarde volveré a la pensión a descansar otro poco, afeitarme, pasarme la maquinilla por el pelo, hacer acopio de valor y lanzarme a la noche del Viernes, a ver qué me tiene preparado el destino.
El interior del café es de un barroquismo feroz, como una joya antigua que misteriosamente hubiera sobrevivido al paso del tiempo, del siglo XIX a estos albores del XXI. La sombra principesca de Pessoa -resumida en su estatua de hierro forjado en la terraza- planea sobre mesas y clientes, un fantasma incorpóreo sin alma ni sentimientos, convertido en mera atracción turística, como el Hemingway de los Sanfermines o el Valle-Inclán del Callejón del Gato. Hay un continuo trasiego de gente, la marea humana que será pleamar en unas horas, cuando media ciudad se engalane a la caza de esa otra media que, ay, casi siempre se queda en casa.

Pregunté en la pensión y resulta que, a unos metros, tengo este ciber desde es que transcribo lo anterior.
 
EN CAPILLA PARA EL VIAJE
Ma llamará esta tarde por mí a una pensión, así cuando manyana aterrize en Lisboa ya tendré resuelto el problema del alojamiento. Bien. Además me dice que, si no le saliera bien una entrevista de trabajo que tiene, a lo mejor se anima y pasa unos días conmigo. Veremos.
Ayer estuvimos tomando algo por Chueca. Con J siempre a su vera, cómo no: últimamente no hay modo de ver al uno sin el otro, parecen Pin y Pon. Me llevaron enganyado al local donde actuaba un amigo suyo travesti. El show fue como todos. Un derroche de lentejuelas con sobredosis de Laura Pausini y Malú, su poquito de picante más mala leche y un mucho de procacidad. Nosotros éramos los bebitos del lugar, la media de edad debía rondar los cincuenta, mínimo. Hombres de pelo blanco, calvos con rotundas barrigas, bigotes grisáceos y arrugas hasta en el carné de identidad. Así que aquel era el cementerio de elefantes donde las maricas ancianas se reúnen, ligan entre sí y chismorrean un poco. Me vi a mí mismo dentro de veinte o treinta anyos, y me dio pánico. Se lo comenté a Ma:
-Te das cuenta de que algún día seremos así?
-Ni lo pienses... Tú estás estupendo.
-Ya, pero estar estupendo no quiere decir nada. Mira ese senyor de allá, cuántos anyos le hechas? Sesenta? A lo mejor tiene setenta y está increíble para su edad, pero no deja de parecer el viejo que es.
Y es que, se gay viejo, para qué enganyarnos, es mucho, muchísimo peor que ser hetero viejo. Porque aunque la soledad es un concepto muy relativo, yo allí vi gente solitaria en busca de un poco de calor humano y con la vida a sus espaldas, no al frente.
 
VACACIONES A LA VISTA
Pasado mañana me voy de viaje a Lisboa. Sin comerlo ni beberlo, en apenas unas horas, he decidido y organizado todo. Resulta que nos dan cinco días de puente, y a éstos he sumado los dos que me debían. De golpe me encontré con nueve maravillosos días libres sin saber muy bien cómo emplearlos. Quedarse en Madrid era la opción más triste, lógico. De Santander no quiero oír ni hablar, creo que por ahí no me ven el pelo hasta 2005. Otra opción era Londres, visitar a Ainhoa y tal. Pero estuve hace unos meses, en febrero, y además Londres es una ciudad que conozco muy bien –en la medida en que uno puede llegar a conocer de verdad una ciudad tan grande–. finalmente, pensé en Lisboa. Hace tres años que no voy, me encanta perderme por sus callejas empinadas y antiguas, con la cara de viejo sin lavar y todas las cicatrices del siglo en la mirada, conozco lo suficiente como para no sentirme perdido o desorientado. Total, que ayer pillé una oferta en Lastminute y compré un billete de ida y vuelta en avión. Sin siquiera pensarlo mucho, la verdad. El problema es que luego (y no antes, este Cornelio y sus caprichitos) llamé a Ma, por ver de convencerle para pasar unos días conmigo allí, pero no hubo manera, me ha dicho que no puede. Como él es portugués –sus padres viven en un pueblecito cercano a la capital– ya me veía de la mano de alguien que controle el percal por esos lares. Ahora es seguro que pasaré solo todos estos días. Me apetece pero también me aterra. Con lo paradito y tímido que soy a veces... ¿seré capaz de cruzar más de dos palabras con alguien?

Ya tengo móvil. Es monillo y de momento me entretengo descubriendo cómo se hace esto y aquello. Mi primer mensaje enviado ha sido para Gabriel. Como su escuela está cerca de mi casa, quedamos en que podríamos tomarnos un café a media mañana. No me contestó. Esta tarde hemos charlado por el messenger y me dice que a lo mejor mañana, aunque no me asegura nada. En fins. Como me voy en dos días, las ocasiones de encontrarnos (no digo ya de meternos en la cama, prácticamente inexistentes) son escasísimas. Y lo más seguro es que, para cuando vuelva de Portugal, se haya olvidado de mí. También yo lo haría si me dieran una semana de vacaciones de mí mismo.
Llegó la carta de los abogados de Telefónica... Hoy no –esta mañana estaba muy cansado y demasiado pasado por agua como para hacerlo–, pero he de ir sin falta hasta el bufete para explicar mis razones y cuál es mi opinión al respecto. Paso de pagar a Telefónica lo que se debió a un error suyo, no mío (casi 1500 euros del ala). Reconozco que estoy un poco acojonado: con la Justicia hemos topado.

Al mediodía me encontré en Colby con Richard, bailarín venezolano o colombiano (no recuerdo) con quien tuve algo más que palabras hace unos seis meses. Se sentó a mi mesa, me comía con los ojos. En un momento dado se quejó de que últimamente no folla con su novio y que está salidísimo. Me miraba con tanta insistencia y se me pegaba tanto al costado que al final cedí a la tentación (uno, que es buen samaritano) y le invité a subir a casa. Ahí me sorprendió.
–Hoy no, que ya tengo planes. Si quieres, la semana que viene quedamos y echamos un casquete.
–¿Qué planes dices que tienes?
–He alquilado dos pelis porno y me voy ahora a casa para hacerme una paja.
Curioso, ¿verdad? Lo que es el ser humano. Tiene la oportunidad de acostarse con alguien que le gusta y prefiere dejarlo correr porque ya ha organizado su tarde previamente. No me molestó: me hizo gracia. Porque el tío seguía dale que te pego. Que si tengo unos ojos preciosos, que si con sólo pensar en mi cuerpo se pone malo...
–Guardo muy buen recuerdo de aquella vez que estuvimos juntos. Y me encantaría repetir.
Pero no hoy, claro.