LA GALA
Último día del mes. En una hora, tertulia en BAires con Noeli. El sábado la vi de paseo con Mónica y su niño (enorme para los ocho meses), y decidimos que ya estaba bien de aparcar ese café que nos ponga al día.
Me he levantado tardísimo, a la una y media, tras diez horas de sueño. Que me han sentado muy bien. Parece que todo lo miro con ojos nuevos, hay una nitidez especial en las cosas, como si alguien les hubiera sacado brillo para mí. A esta impresión ayuda el que los cielos sean azules y las temperaturas se hayan recuperado bastante. Aún es pronto, lo sé, pero hoy olisqueo en el ambiente un anticipo de la primavera por venir. Algo que alegra, y mucho, mi espíritu.
Monsieur de Chateaubriand me noqueó con su prosa decimonónica y, entre bostezos de aburrimiento, he decidido darme un respiro (todavía lo tengo sobre la mesita de noche: no le he dado carpetazo del todo) para releer "Últimas tardes con Teresa", de Marsé. En ello me ocupo ahora.
Después del trabajo, E y yo fuimos a Lavapiés, casa de los hermanos GM (Lola, A y Espe), donde un grupo de amigos seguía la gala de los Goya... Demasiado "Mar adentro", yo creo que Saura y su película merecían mayor atención. Pero en fin, gala insulsa, sin mayores, que no disgustó. Vi a JL, el amigo jiennense (director de teatro, oh la la) de los GM. Cayeron tejillos simulados con ironía de sal gorda; pero a quien eché en falta fue a Rubén, su ex novio, el chico monillo (y actor, vaya) e interesante a quien E no soporta. Fumamos algún porro de marihuana y sobre las dos y media levantamos el campamento. Entre bromas y veras –Lola andaba cocidísima y a todo le encontraba su lado gracioso–, la velada pasó agradable. Hemos hablado de vernos el jueves. Quién sabe.
Llamé a P** desde el curro, pero me parece que no debí hacerlo. Seguí un impulso repentino, aunque quizás él lo pudo interpretar como el primer paso para ponerle un anillo de compromiso ("Alto. Propiedad privada") que, por el momento, ni siquiera existe. Lo escribí ayer: hay ganas por mi parte de seguir viéndole. Eso ya es mucho, en tratándose de mí, pero no quiero (ni puedo) ver más allá. La experiencia es un grado y yo me sé muy veleta.
A D le he enviado un mensaje al móvil explicándole que he conocido a alguien y entre nosotros no va a haber más que amistad. Parece que tiene buen perder, por como ha reaccionado.
Me he levantado tardísimo, a la una y media, tras diez horas de sueño. Que me han sentado muy bien. Parece que todo lo miro con ojos nuevos, hay una nitidez especial en las cosas, como si alguien les hubiera sacado brillo para mí. A esta impresión ayuda el que los cielos sean azules y las temperaturas se hayan recuperado bastante. Aún es pronto, lo sé, pero hoy olisqueo en el ambiente un anticipo de la primavera por venir. Algo que alegra, y mucho, mi espíritu.
Monsieur de Chateaubriand me noqueó con su prosa decimonónica y, entre bostezos de aburrimiento, he decidido darme un respiro (todavía lo tengo sobre la mesita de noche: no le he dado carpetazo del todo) para releer "Últimas tardes con Teresa", de Marsé. En ello me ocupo ahora.
Después del trabajo, E y yo fuimos a Lavapiés, casa de los hermanos GM (Lola, A y Espe), donde un grupo de amigos seguía la gala de los Goya... Demasiado "Mar adentro", yo creo que Saura y su película merecían mayor atención. Pero en fin, gala insulsa, sin mayores, que no disgustó. Vi a JL, el amigo jiennense (director de teatro, oh la la) de los GM. Cayeron tejillos simulados con ironía de sal gorda; pero a quien eché en falta fue a Rubén, su ex novio, el chico monillo (y actor, vaya) e interesante a quien E no soporta. Fumamos algún porro de marihuana y sobre las dos y media levantamos el campamento. Entre bromas y veras –Lola andaba cocidísima y a todo le encontraba su lado gracioso–, la velada pasó agradable. Hemos hablado de vernos el jueves. Quién sabe.
Llamé a P** desde el curro, pero me parece que no debí hacerlo. Seguí un impulso repentino, aunque quizás él lo pudo interpretar como el primer paso para ponerle un anillo de compromiso ("Alto. Propiedad privada") que, por el momento, ni siquiera existe. Lo escribí ayer: hay ganas por mi parte de seguir viéndole. Eso ya es mucho, en tratándose de mí, pero no quiero (ni puedo) ver más allá. La experiencia es un grado y yo me sé muy veleta.
A D le he enviado un mensaje al móvil explicándole que he conocido a alguien y entre nosotros no va a haber más que amistad. Parece que tiene buen perder, por como ha reaccionado.
QUINCE AÑOS
El tiempo vuela y reduce a cenizas lo que antes estuvo vivo. Las llamas de fuegos antiguos son ahora rescoldos fríos que apenas si calientan el corazón. Hoy se cumplen quince años de mi declaración de amor a Chus. Y me cuesta reconocerme, claro, en aquel muchacho atolondrado a quien se le revolucionaban las hormonas cada vez que él aparecía. Que se apostaba en el mirador de casa, preparado para salir, y atisbaba su paso por la calle. No bien le distinguía doblando la esquina de Magallanes, yo salía disparado por la puerta y corría escaleras abajo como alma que lleva el diablo (y era eso, un alma post adolescente con un diablo inmenso dentro, que me cosquilleaba las ganas de vivir, de enamorarme, de ser enorme, terrible, dramáticamente feliz). Ya en el portal, recomponía el gesto y salía pausado, tranquilo, para dar impronta de casualidad a un encuentro más que buscado. Eso fue al principio de nuestra amistad, cuando aún no se habían sentado las bases de una relación que pasaba por ir juntos a la facultad, caminando al tiempo que nos contábamos la vida, discutíamos de política, hablábamos de cine, de arte, de literatura. Fueron tres meses de películas los martes, día del espectador, cenas algún fin de semana en su casa (él y yo solos, sus compis de piso en Reinosa) hasta las tantas de la madrugada –Chus preparando tortilla de patatas en la cocina, yo a su lado observando cómo batía los huevos, mientras un mechón largo y rebelde le caía sobre la frente, el gesto reconcentrado, la sonrisa traviesa–, vinos por la mañana, en alguna tasca de mediopelo cerca del Interfacultativo, olvidados de las clases.
Yo le quería con desesperación, como se ama la primera vez, sin medida, a lo loco, dispuesto a cualquier sacrificio con tal de estar a su lado. Primero, antes de que nos hiciéramos amigos, todo lo que le pedía a la vida era el privilegio de poder sentarme frente a él y sostenerle la mirada, bucear en esos ojos negros y de un profundo que mareaba, formar parte de su grupo, tener cabida en sus pensamientos. Más tarde, esto no era suficiente: como el yonqui que aumenta su dosis de heroína, caminaba ciegamente hacia el chute definitivo que me helara las venas y terminase con una agonía (¿es posible este amor?, ¿le gusto?) que era dulce pero también insoportable, toda la tensión acumulada de meses. Así que el 30 de enero de 1990 me lancé sin paracaídas, pegué un salto enorme y me fui de bruces contra el suelo de la piscina, que estaba vacía. Menudo castañazo... había pasado la tarde bebiendo en compañía de Roberto, hablándole de Alicia –el nombre que le puse a Chus para poder contar, a un amigo que no sabía que yo era gay (así de armarizado estaba a los diecinueve), lo que me sucedía, con pelos y señales– y acumulando valor para encarar a Chus y gritarle, sin circunloquios ni medias tintas, que me moría de amor por él. Ya era noche cerrada cuando llegué a su portal y a través del telefonillo le pedí que bajara un momento. Necesitaba comentarle algo muy importante. Se resistió, supongo que se olía por dónde iban los tiros, pero ante mi insistencia terminó bajando. Fuimos a La Ópera, el café contiguo a mi casa que tantas veces amparara nuestros encuentros. Y allí se lo solté. Que me gustas, tío. Silencio incómodo y negación por su parte: que no podía ser, él no era homosexual. Me sentí morir, de verguenza y de rabia (la vida, menuda lianta hija de puta, me ponía delante a Chus, que era el compendio de todo lo que yo apetecía en un hombre, y luego, abracadabra, me lo quitaba: no es para ti, nene).
Hoy incluso puedo hacer chistes sobre la ingenuidad a machamartillo que me caracterizaba. Quedé aniquilado, hundido, hecho un guiñapo que tardó lo suyo en recuperarse (meses y meses) pero que nunca volvió a ser el de antes: esa noche de enero, en Santander, nació el Cornelio cínico y descreído que soy ahora. O que pretendo ser.
De todo lo anterior, aparte un montón informe de recuerdos, tres fotografías, un dibujo suyo dedicado y páginas enteras de mi Diario deshojando la margarita del desamor, quedó el libro con que gané mi primer premio –del que ahora reniego: torpe, cursi y alambicado– y una desconfianza congénita en eso de la media naranja, que me temo que no existe. Y de hacerlo, seguro que es un chinito perdido en la inmensidad de su país, al otro lado del mundo.
No veo a Chus desde hace la friolera de cinco años. Una tarde de junio, a mi vuelta de Londres, di un paseo largo por Santander y terminé en el Bar Gas, un garito al que iba mucho en mis últimos tiempos de universitario. De ladrillo visto y con motivos celtas –muy en la línea "nacionalista cántabra" del momento–, la simbiosis de clientes de siempre (viejecillos con bastón) y nueva clientela (jóvenes desaliñados que fuman porros y quieren cambiar el mundo) es casi idílica y da mucho juego cuando se está solo y cuanto pasa alrededor es un espectáculo que vale la pena analizar. A la salida, ya en plena calle, me topé con Marián (la repelente ex de M, una pequeña aprendiz de bruja con quien nunca simpaticé).
–Hola Cornelio. ¿Qué tal?
–Muy bien, ¿y tú?
–Estupendo todo. Pero yo pensaba que estabas en Londres.
–Sí, estaba...
Y me lancé, sin ganas, a la enésima explicación del porqué de mi regreso a España. Fue inevitable que M saliera entre medias, y me encantó que supiera que yo seguía en contacto con él, no así Marián: años atrás, ella se había empeñado en una cruzada anti Cornelio que a punto estuvo de cargarse mi amistad con M. Aquello era agua pasada, y la que había quedado fuera de su vida era ella.
–¿Y cómo le va a M?
–Hace una semana estuve en Madrid con él. Ya sabías que vive en Madrid, ¿no?
A punto de buscar una fórmula para despedirme de Marián, en mi campo visual se destacó un grupito de cuatro que charlaban animadamente. Y de esos cuatro, como un pálpito (antes incluso de comprobarlo), supe que uno era Chus. No nos saludamos. Yo mantuve una aparente calma, y renuncié a forzar ninguna despedida. Al contrario: alargué el encuentro todo lo que fue posible. Mientras, había elevado el tono de voz, en un intento triste –por no decir patético– de hacerme notar dos metros más allá. Seguía guapo el cabrón, como si el tiempo se hubiera detenido ante su belleza para respetar la línea delicada de boca y nariz, los pómulos altos y su mirada dulce, altiva, misteriosa. Llegó el momento de decir adiós a Marián, inadvertido peón en el tablero de ajedrez que se había montado en cuestión de segundos. Estoy seguro de que me vio, aunque no hizo ningún movimiento que le delatara, y mi rey se enrocó con una cierta gélida indiferencia que no era del todo real. Además, por esas fechas el libro estaba publicado y cabía la posibilidad de que lo hubiera leído: no me sentía con fuerzas para encarar su juicio, acaso su desprecio.
Este seis de enero habrá cumplido los 35. Mi primer amor (la primera herida en un corazoncito que ya es un compendio de cicatrices más o menos sangrantes). Ay, qué nostalgia más tonta para este mediodía de sol frío en el centro de Madrid.
Del cumpleaños de M S –en Doña Fernanda, muy cerca de Las Vistillas– salí escopetado hacia Sol, donde había quedado (y llegaba tarde) con P**. Para entonces, llevaba yo encima varias cervezas y todo el peso de un conjunto de diálogos de salón que, sin ser aburridos, no me interesaron nada. Vi a todos los amigos transversales de M S, y a la pregunta ociosa (repetida demasiadas veces) de cómo me iban las cosas, la pereza de responder era tremenda. Contesté maquinalmente, bebí lo mío y sonreí a diestro y siniestro. Pero la llamada de P**, que andaba por Huertas y estaba a punto de quedarse solo, fue la excusa ideal para desaparecer de allí.
Desde Sol nos encaminamos a casa. Allí volvimos a repetir los gestos y caricias de la noche anterior, aunque ya macerados por el conocimiento previo del cuerpo del otro. Charlamos y nos besamos, hasta alcanzar el momento álgido del orgasmo. Más tarde caímos rendidos, abrazados, sobre la cama. Y poco antes de las cuatro, él se levantó para vestirse y volar a su nido, porque no duerme bien acompañado. Yo tampoco. Imagino que seguiremos viéndonos: a mí me apetece. Sin prisas ni falsas promesas. Sólo por ver qué sucede.
Yo le quería con desesperación, como se ama la primera vez, sin medida, a lo loco, dispuesto a cualquier sacrificio con tal de estar a su lado. Primero, antes de que nos hiciéramos amigos, todo lo que le pedía a la vida era el privilegio de poder sentarme frente a él y sostenerle la mirada, bucear en esos ojos negros y de un profundo que mareaba, formar parte de su grupo, tener cabida en sus pensamientos. Más tarde, esto no era suficiente: como el yonqui que aumenta su dosis de heroína, caminaba ciegamente hacia el chute definitivo que me helara las venas y terminase con una agonía (¿es posible este amor?, ¿le gusto?) que era dulce pero también insoportable, toda la tensión acumulada de meses. Así que el 30 de enero de 1990 me lancé sin paracaídas, pegué un salto enorme y me fui de bruces contra el suelo de la piscina, que estaba vacía. Menudo castañazo... había pasado la tarde bebiendo en compañía de Roberto, hablándole de Alicia –el nombre que le puse a Chus para poder contar, a un amigo que no sabía que yo era gay (así de armarizado estaba a los diecinueve), lo que me sucedía, con pelos y señales– y acumulando valor para encarar a Chus y gritarle, sin circunloquios ni medias tintas, que me moría de amor por él. Ya era noche cerrada cuando llegué a su portal y a través del telefonillo le pedí que bajara un momento. Necesitaba comentarle algo muy importante. Se resistió, supongo que se olía por dónde iban los tiros, pero ante mi insistencia terminó bajando. Fuimos a La Ópera, el café contiguo a mi casa que tantas veces amparara nuestros encuentros. Y allí se lo solté. Que me gustas, tío. Silencio incómodo y negación por su parte: que no podía ser, él no era homosexual. Me sentí morir, de verguenza y de rabia (la vida, menuda lianta hija de puta, me ponía delante a Chus, que era el compendio de todo lo que yo apetecía en un hombre, y luego, abracadabra, me lo quitaba: no es para ti, nene).
Hoy incluso puedo hacer chistes sobre la ingenuidad a machamartillo que me caracterizaba. Quedé aniquilado, hundido, hecho un guiñapo que tardó lo suyo en recuperarse (meses y meses) pero que nunca volvió a ser el de antes: esa noche de enero, en Santander, nació el Cornelio cínico y descreído que soy ahora. O que pretendo ser.
De todo lo anterior, aparte un montón informe de recuerdos, tres fotografías, un dibujo suyo dedicado y páginas enteras de mi Diario deshojando la margarita del desamor, quedó el libro con que gané mi primer premio –del que ahora reniego: torpe, cursi y alambicado– y una desconfianza congénita en eso de la media naranja, que me temo que no existe. Y de hacerlo, seguro que es un chinito perdido en la inmensidad de su país, al otro lado del mundo.
No veo a Chus desde hace la friolera de cinco años. Una tarde de junio, a mi vuelta de Londres, di un paseo largo por Santander y terminé en el Bar Gas, un garito al que iba mucho en mis últimos tiempos de universitario. De ladrillo visto y con motivos celtas –muy en la línea "nacionalista cántabra" del momento–, la simbiosis de clientes de siempre (viejecillos con bastón) y nueva clientela (jóvenes desaliñados que fuman porros y quieren cambiar el mundo) es casi idílica y da mucho juego cuando se está solo y cuanto pasa alrededor es un espectáculo que vale la pena analizar. A la salida, ya en plena calle, me topé con Marián (la repelente ex de M, una pequeña aprendiz de bruja con quien nunca simpaticé).
–Hola Cornelio. ¿Qué tal?
–Muy bien, ¿y tú?
–Estupendo todo. Pero yo pensaba que estabas en Londres.
–Sí, estaba...
Y me lancé, sin ganas, a la enésima explicación del porqué de mi regreso a España. Fue inevitable que M saliera entre medias, y me encantó que supiera que yo seguía en contacto con él, no así Marián: años atrás, ella se había empeñado en una cruzada anti Cornelio que a punto estuvo de cargarse mi amistad con M. Aquello era agua pasada, y la que había quedado fuera de su vida era ella.
–¿Y cómo le va a M?
–Hace una semana estuve en Madrid con él. Ya sabías que vive en Madrid, ¿no?
A punto de buscar una fórmula para despedirme de Marián, en mi campo visual se destacó un grupito de cuatro que charlaban animadamente. Y de esos cuatro, como un pálpito (antes incluso de comprobarlo), supe que uno era Chus. No nos saludamos. Yo mantuve una aparente calma, y renuncié a forzar ninguna despedida. Al contrario: alargué el encuentro todo lo que fue posible. Mientras, había elevado el tono de voz, en un intento triste –por no decir patético– de hacerme notar dos metros más allá. Seguía guapo el cabrón, como si el tiempo se hubiera detenido ante su belleza para respetar la línea delicada de boca y nariz, los pómulos altos y su mirada dulce, altiva, misteriosa. Llegó el momento de decir adiós a Marián, inadvertido peón en el tablero de ajedrez que se había montado en cuestión de segundos. Estoy seguro de que me vio, aunque no hizo ningún movimiento que le delatara, y mi rey se enrocó con una cierta gélida indiferencia que no era del todo real. Además, por esas fechas el libro estaba publicado y cabía la posibilidad de que lo hubiera leído: no me sentía con fuerzas para encarar su juicio, acaso su desprecio.
Este seis de enero habrá cumplido los 35. Mi primer amor (la primera herida en un corazoncito que ya es un compendio de cicatrices más o menos sangrantes). Ay, qué nostalgia más tonta para este mediodía de sol frío en el centro de Madrid.
Del cumpleaños de M S –en Doña Fernanda, muy cerca de Las Vistillas– salí escopetado hacia Sol, donde había quedado (y llegaba tarde) con P**. Para entonces, llevaba yo encima varias cervezas y todo el peso de un conjunto de diálogos de salón que, sin ser aburridos, no me interesaron nada. Vi a todos los amigos transversales de M S, y a la pregunta ociosa (repetida demasiadas veces) de cómo me iban las cosas, la pereza de responder era tremenda. Contesté maquinalmente, bebí lo mío y sonreí a diestro y siniestro. Pero la llamada de P**, que andaba por Huertas y estaba a punto de quedarse solo, fue la excusa ideal para desaparecer de allí.
Desde Sol nos encaminamos a casa. Allí volvimos a repetir los gestos y caricias de la noche anterior, aunque ya macerados por el conocimiento previo del cuerpo del otro. Charlamos y nos besamos, hasta alcanzar el momento álgido del orgasmo. Más tarde caímos rendidos, abrazados, sobre la cama. Y poco antes de las cuatro, él se levantó para vestirse y volar a su nido, porque no duerme bien acompañado. Yo tampoco. Imagino que seguiremos viéndonos: a mí me apetece. Sin prisas ni falsas promesas. Sólo por ver qué sucede.
BUEN ROLLITO
Vengo de comprar libros en FNAC y, camino de casa de R, me he metido en una cafetería de la calle Arenal para leer un rato, en busca de algo de tranquilidad. La camarera, una morena menudita y guapetona, se ríe nerviosa cuando le pido un café, no entiendo la razón. Luego, al traerme el cambio, vuelve a mirarme, se ruboriza y suelta la carcajada. ¿Tengo cara de mono? comienzo a leer, y toda una familia (abuelitos, matrimonio joven, niño gritón y maleducado incluido en el lote: se llama Jorge) ocupa la mesa contigua a la mía, impidiendo toda concentración. No puedo evitar un ataque agudo de misantropía, los mandaba a todos al carajo si pudiera. Anoche mismo se lo comentaba a P**: no soporto a los niños pequeños, son criaturas con grandes y bobos ojos que nunca se conforman con una caricia, quieren jugar contigo siempre, no se cansan los cabrones. Para mí, hasta los diez o doce años no existen, no tienen ningún interés. Cada día se me remarca más el carácter de viejo solterón irredento.
Con P** quedé en la tetería de la calle Minas. Un local que siempre me ha gustado mucho, aunque ayer eché de menos que hubieran puesto la calefacción. Aquello parecía la estepa siberiana. Casi daba diente con diente, de puritito frío, mientras él y yo nos mirábamos con curiosidad no exenta de miedo escénico. Según llegó, me lo dijo:
–No paras de moverte.
–Es que estoy nervioso.
Aunque enseguida, cuando comprobé que la comunicación era posible, me tranquilicé. Más relajado, le llevé hasta el Angie ("No me lo imaginaba así, comentó al entrar) y allí cayeron tres mahous que terminaron de entonarme. Hacía tiempo que no conectaba tanto y tan bien con un tío. Para entonces, las miradas y el roce de manos y rodillas eran más que evidentes. Terminamos en el Malandro, antes de recalar en mi cama. Fue bonito el abrazarnos con fuerza, los besos como mordidas, mi cuerpo que respondía con ansia a los requerimientos del suyo. Sexo de baja intensidad, eso sí, que yo sigo mal de lo mío y no estaba al cien por cien de mis posibilidades. Hemos quedado en llamarnos hoy, aunque entre cumpleaños y demás zarandajas no creo que podamos vernos.
P** es un chaval sensible, con una mirada lúcida y muy hermosa, tímido hasta la exageración (esconde la timidez bajo una máscara impasible que a veces resulta un tanto teatral, de tan acartonada) y buena gente. Agradecí el conocerle y pasar tiempo con él, espero verle de nuevo.
Con P** quedé en la tetería de la calle Minas. Un local que siempre me ha gustado mucho, aunque ayer eché de menos que hubieran puesto la calefacción. Aquello parecía la estepa siberiana. Casi daba diente con diente, de puritito frío, mientras él y yo nos mirábamos con curiosidad no exenta de miedo escénico. Según llegó, me lo dijo:
–No paras de moverte.
–Es que estoy nervioso.
Aunque enseguida, cuando comprobé que la comunicación era posible, me tranquilicé. Más relajado, le llevé hasta el Angie ("No me lo imaginaba así, comentó al entrar) y allí cayeron tres mahous que terminaron de entonarme. Hacía tiempo que no conectaba tanto y tan bien con un tío. Para entonces, las miradas y el roce de manos y rodillas eran más que evidentes. Terminamos en el Malandro, antes de recalar en mi cama. Fue bonito el abrazarnos con fuerza, los besos como mordidas, mi cuerpo que respondía con ansia a los requerimientos del suyo. Sexo de baja intensidad, eso sí, que yo sigo mal de lo mío y no estaba al cien por cien de mis posibilidades. Hemos quedado en llamarnos hoy, aunque entre cumpleaños y demás zarandajas no creo que podamos vernos.
P** es un chaval sensible, con una mirada lúcida y muy hermosa, tímido hasta la exageración (esconde la timidez bajo una máscara impasible que a veces resulta un tanto teatral, de tan acartonada) y buena gente. Agradecí el conocerle y pasar tiempo con él, espero verle de nuevo.
AY, LA VIDA SOCIAL...
Un poco volada la cabeza después de la fiesta de anoche en La Vaca Austera. Con Javi y Anna (ningún otro de los habituales se apuntó), me tomé tres copas que no llegaron a emborracharme, pero casi. Lo pasé bien: había niños monos (ninguno solo, y encima heterosexuales a rabiar: en especial uno, Daniel, me trajo por la calle de la amargura durante unos segundos, luego le di la espalda y le olvidé) y la música era bastante buena. Yo estaba animado, sobre todo porque ya era jueves y ante mí se presentaban dos días de no hacer nada que tenga que ver con el curro. Frente a otras semanas, la que ha terminado ha sido especialmente complicada, se me ha hecho muy cuesta arriba. Debo aprender a relativizar los temas del curro, no vale la pena romperse los cuernos contra la pared compacta de desidia y molicie que forma parte (como una malformación congénita con la que nació) del engranaje y sistema de funcionamiento del periódico. Si la barca llega o no a puerto, eso no es asunto mío. Con cumplir con mi obligación y llevar puesto, por si acaso, el chaleco salvavidas tengo más que suficiente.
El fin de semana se adivina lleno de cosas. Ahora, en unos minutos, comeré con M S (me dice que elija el sitio: no tengo ni idea de adónde iremos) y no sé si habrá sobremesa: como es viernes, lo mismo no trabaja por la tarde. Luego llamaré a P** para tomarme un café (o una caña, o dos o tres, como me dijo ayer), tampoco sé hasta cuándo. A lo largo de la tarde he de quedar con Javi, que me pasará la cinta con el capítulo grabado de Aquí no hay quien viva que esta semana me perdí. La noche no sé todavía a qué la dedicaré (¿P**? ¿E y Eva? ¿Una cenita en casa y tele hasta aburrirme?). El sábado veré a Arturo a las cinco y media para darle su regalo, en el café del Real. Antes o después, prometí a R una visita a su nueva casa, con pastel de por medio para, finalmente, celebrar mi cumple. Otro cumpleaños, ahora que recuerdo, es el que celebra mañana por la noche M S por Las Vistillas. Pendiente queda, también, otro café con D, si es capaz de abrir un hueco en su apretada agenda: la verdad es que empiezo a olvidarme de él... Dios, demasiadas cosas en tan poco espacio de tiempo. Ahora, terminada esta tanda Martín Gaite de novelas, empiezo las Memorias de ultratumba de Chateaubriand, un mastodonte de letra impresa que me ocupará, seguramente, bastante tiempo.
Hasta aquí, los deberes. A ver cuántos de ellos soy capaz de cumplir.
El fin de semana se adivina lleno de cosas. Ahora, en unos minutos, comeré con M S (me dice que elija el sitio: no tengo ni idea de adónde iremos) y no sé si habrá sobremesa: como es viernes, lo mismo no trabaja por la tarde. Luego llamaré a P** para tomarme un café (o una caña, o dos o tres, como me dijo ayer), tampoco sé hasta cuándo. A lo largo de la tarde he de quedar con Javi, que me pasará la cinta con el capítulo grabado de Aquí no hay quien viva que esta semana me perdí. La noche no sé todavía a qué la dedicaré (¿P**? ¿E y Eva? ¿Una cenita en casa y tele hasta aburrirme?). El sábado veré a Arturo a las cinco y media para darle su regalo, en el café del Real. Antes o después, prometí a R una visita a su nueva casa, con pastel de por medio para, finalmente, celebrar mi cumple. Otro cumpleaños, ahora que recuerdo, es el que celebra mañana por la noche M S por Las Vistillas. Pendiente queda, también, otro café con D, si es capaz de abrir un hueco en su apretada agenda: la verdad es que empiezo a olvidarme de él... Dios, demasiadas cosas en tan poco espacio de tiempo. Ahora, terminada esta tanda Martín Gaite de novelas, empiezo las Memorias de ultratumba de Chateaubriand, un mastodonte de letra impresa que me ocupará, seguramente, bastante tiempo.
Hasta aquí, los deberes. A ver cuántos de ellos soy capaz de cumplir.
SENSACIÓN DE IRREALIDAD
El de ayer fue un día durísimo de trabajo, de los peores que recuerdo (aunque la memoria, ya se sabe, es selectiva). M-L R sigue desaparecida en combate, a cuenta de alguna enfermedad indeterminada y, pensamos unos cuantos en la redacción, imaginaria. Lleva toda la semana sin venir, lo que hace que Jon C se coma él solito los marrones del cierre, ya que Enrique –muy en su línea saltarina y despreocupada– se va a media tarde y, aun cuando está, es de poca ayuda. El caso es que tuve muchas páginas que leer, y que pude comprobar una vez más la mediocridad ambiente. El barco se hunde. Me rondaba ese pensamiento continuamente, y la sola idea de que a lo peor me vería de nuevo en el paro, dentro de unos meses, no ayudaba a mejorar mi estado de ánimo, que derivó peligrosamente hacia la inapetencia y el "que les den a todos por el culo". Y el panorama de hoy tampoco se presenta menos negro.
Olivia cumplía años y llevó una tarta y leche frita. Cuánto hacía que no probaba este último postre. A cada bocado ansioso, la leche frita me traía retazos de infancia, era una poderosa magdalena proustiana que llevaba implícito en su interior todo un complicado sistema de palancas y engranajes con que se ponía en movimiento el recuerdo. Me puse morado a leche frita (comí unas doce o catorce porciones...); traté inútilmente que no se notara la ferocidad con que me lanzaba sobre la bandeja, una y otra y otra vez. Me lo ha recordado, hace una hora, E. Mientras tomábamos un café en La Sueca, calle Hortaleza.
–¿Para qué tratas de disimular? Si ya todos te conocemos: eres un depredador de cumpleaños sin escrúpulos.
Los dos últimos días me domina una sensación de irrealidad de lo más incómoda. Como si los sueños –lo onírico– no me abandonaran del todo una vez que despierto y me doy una ducha por la mañana. Camino por ahí medio alelado, sin orden ni concierto. Tampoco una meta determinada. A lo mejor es culpa de "Nubosidad variable" y la propia indefensión de sus personajes. Es una novela de descubrimientos y de aprendizaje, pero no de los típicos adolescentes que se miran al espejo y aprenden a reconocerse en oposición al mundo que les rodea, sino el conocimiento, la deconstrucción (para luego edificarse de otro modo, más libre y mejor) de dos mujeres en edad madura que estaban muertas sin saberlo y llevan en su interior, acaso también sin ser muy conscientes de ello, el germen de la rebeldía y del inconformismo: que es la fórmula mágica de la eterna juventud.
Así que aquí ando, a vueltas con la novela y sin ganas de nada que no sea leer y esconder la cabeza bajo las alas de los sueños, que es donde más descansada se encuentra.
Olivia cumplía años y llevó una tarta y leche frita. Cuánto hacía que no probaba este último postre. A cada bocado ansioso, la leche frita me traía retazos de infancia, era una poderosa magdalena proustiana que llevaba implícito en su interior todo un complicado sistema de palancas y engranajes con que se ponía en movimiento el recuerdo. Me puse morado a leche frita (comí unas doce o catorce porciones...); traté inútilmente que no se notara la ferocidad con que me lanzaba sobre la bandeja, una y otra y otra vez. Me lo ha recordado, hace una hora, E. Mientras tomábamos un café en La Sueca, calle Hortaleza.
–¿Para qué tratas de disimular? Si ya todos te conocemos: eres un depredador de cumpleaños sin escrúpulos.
Los dos últimos días me domina una sensación de irrealidad de lo más incómoda. Como si los sueños –lo onírico– no me abandonaran del todo una vez que despierto y me doy una ducha por la mañana. Camino por ahí medio alelado, sin orden ni concierto. Tampoco una meta determinada. A lo mejor es culpa de "Nubosidad variable" y la propia indefensión de sus personajes. Es una novela de descubrimientos y de aprendizaje, pero no de los típicos adolescentes que se miran al espejo y aprenden a reconocerse en oposición al mundo que les rodea, sino el conocimiento, la deconstrucción (para luego edificarse de otro modo, más libre y mejor) de dos mujeres en edad madura que estaban muertas sin saberlo y llevan en su interior, acaso también sin ser muy conscientes de ello, el germen de la rebeldía y del inconformismo: que es la fórmula mágica de la eterna juventud.
Así que aquí ando, a vueltas con la novela y sin ganas de nada que no sea leer y esconder la cabeza bajo las alas de los sueños, que es donde más descansada se encuentra.
HAY QUE LIMPIAR
Aunque, de momento, la famosa ola de frío no parece haberse cebado en Madrid, tengo los dedos entumecidos y me cuesta escribir. Cada invierno me digo que he de comprar unos guantes, y cada nueva primavera pienso que, bueno, lo dejaré para el siguiente invierno. Así uno tras otro. Muy en mi línea Escarlata O'Hara de "mañana será otro día".
Llamé a Anita y le confirmé que, a partir del día 15, tiene habitación. Como este fin de semana no sube a Santander, hemos quedado en darnos un toque para vernos y (oh, cielos) enseñarle mi casa. Que está manga por hombro y patas arriba. ¿Qué hacer? Zafarrancho de limpieza, no hay otra. Como D a lo mejor se queda a dormir la noche del jueves (no es seguro, ha de mirar su agenda), la idea es, una vez que se vaya por la mañana a trabajar, no salir para nada de casa y ponerme en serio con la cocina y el baño. Qué pereza más grande sólo con escribirlo...
Cambio de planes. Telefonazo largo de M S para ver si comíamos juntos hoy. No se encuentra bien, porque Paco (el yuppie super estresado y lleno hasta los topes de trabajo con el que mantiene una historia) no ha dado señales de vida en los últimos tiempos. Ni siquiera la llamó por su cumpleaños, y ese tipo de cosas a ella le afectan profundamente. Así que no está de muy buen ánimo la pobre. Como hoy ya tengo comprometido el día, no ha sido posible que nos veamos, y todo se ha quedado en una conversación de media hora, en que he tratado de levantarle la moral. En un momento dado, hasta se le quebró la voz. Así que nos encontraremos el viernes para comer... Ya no sé cuándo narices voy a sacar tiempo para adecentar mi cueva.
Llamé a Anita y le confirmé que, a partir del día 15, tiene habitación. Como este fin de semana no sube a Santander, hemos quedado en darnos un toque para vernos y (oh, cielos) enseñarle mi casa. Que está manga por hombro y patas arriba. ¿Qué hacer? Zafarrancho de limpieza, no hay otra. Como D a lo mejor se queda a dormir la noche del jueves (no es seguro, ha de mirar su agenda), la idea es, una vez que se vaya por la mañana a trabajar, no salir para nada de casa y ponerme en serio con la cocina y el baño. Qué pereza más grande sólo con escribirlo...
Cambio de planes. Telefonazo largo de M S para ver si comíamos juntos hoy. No se encuentra bien, porque Paco (el yuppie super estresado y lleno hasta los topes de trabajo con el que mantiene una historia) no ha dado señales de vida en los últimos tiempos. Ni siquiera la llamó por su cumpleaños, y ese tipo de cosas a ella le afectan profundamente. Así que no está de muy buen ánimo la pobre. Como hoy ya tengo comprometido el día, no ha sido posible que nos veamos, y todo se ha quedado en una conversación de media hora, en que he tratado de levantarle la moral. En un momento dado, hasta se le quebró la voz. Así que nos encontraremos el viernes para comer... Ya no sé cuándo narices voy a sacar tiempo para adecentar mi cueva.
¿NUEVA COMPAÑERA DE PISO?
Hace dos días recibí una llamada de mi prima Anita. Lleva un tiempo viviendo en Madrid y se preguntaba si por un casual tendría una habitación libre en mi casa para ella. Vive con unas amigas, pero no debe estar muy cómoda, y todo lo que encuentra no baja de los 300 euros al mes (con lo que su sueldo se diezmaría hasta extremos invivibles). Vaya, ni que se lo hubiera soplado un duende del bosque. Le contesté que era posible que una chica se fuera –en realidad, lo hizo a principios de enero– y haya un hueco para ella. Mentí para cubrirme las espaldas, por si finalmente decido no compartir piso. Pero es mi prima, una niña a quien tengo más que un cariño epidérmico. Y me sentiría un hijoputa rastrero y egoísta si no le echo una mano. Así que casi está decidido: le diré que se venga a casa, pero a partir del 15 de febrero. No me apetece que vea el piso como está; además, he de comprar un colchón para su cuarto. Y debo hablar con Patricia, para aclarar en qué condicioses va a quedarse. Si pagando la renta completa, si dejando cosas en su habitación (tipo guardamuebles) y pasándome cien euros al mes. En este caso, quiero que me dé las llaves, no me parece justo que pague mucho menos y se pasee por casa cuando le venga en gana. Tampoco me apetecen malos rollos entre ella y Anita, de sobra sé que Patricia no puede convivir casi con nadie (yo soy una excepción, hecha a base de paciencia y mucha mano zurda), pero me prima es sagrada y, si Patri opta por quedarse, he de dejarle muy clarito que no aceptaré ni una sola salida de tono con Anita. Porque me la como cruda.
Anoche malasañeé con E. Como (casi) siempre, estuvimos en el Angie, bien calentitos gracias a la calefacción que puso Jose Luis y arropados por la charla, que no decayó en ningún momento. Está acojonada por el sesgo que va dando su relación con Eva. Demasiado tiempo pasado con la familia de ella. Entiendo que le agobie, a mí siempre me dio palo conocer a los padres de mis novios. Y, por ende, se plantea si realmente está enamorada o es que Eva resulta una persona estupenda y cómoda, fácil de tratar, con quien está muy a gusto pero nada más... Le aconsejé que no se coma el coco: el amor a simple vista no existe. Hay el flechazo, la pasión, el caer fulminado ante el otro. Pero el amor como tal se desarrolla con el tiempo, no surge de la noche a la mañana como un campo de hongos en el bosque, después de un día de lluvia. Nunca nadie puede ponerse en el lugar de los demás, no de un modo completo. Yo no sé qué pasará por la cabeza de E, ni si ese miedo a no estar enamorada se fundamenta en algo real o es sólo una reacción a todo lo que un enamoramiento conlleva. Pero desde fuera, asomado a este palco de honor que nuestra amistad me reserva, yo la veo bien: es la primera vez, de hecho, que la conozco así con alguien. Creo que la plantita de su relación, tras dos meses de vida, crece y se hace fuerte. Si sobrevive a los primeros vientos de las discusiones, a las tempestades de los desencuentros y a la sequía de las palabras (que todo esto, y más, llegará: es ley de vida), la planta delicada y quebradiza puede convertirse en un árbol de altura espectacular. Se lo deseo de todo corazón.
De M no sé nada. Menos que nada. Esta semana trabaja de día para una revista de moda, en calidad de corrector o algo por el estilo. Al final, cuando nos vimos el otro día apenas hubo tiempo para charlar, menos aún para las confidencias. Por lo visto, durante el finde le robaron el móvil (ay, esa manía suya de ir dejando las cosas por ahí, fiado de la bondad humana, que brilla por su ausencia), con lo que no hay modo de localizarle. Al teléfono fijo no responde, y he de armarme de paciencia y esperar a que me llame él. Que lo haga pronto.
Quien ha dado señales de vida es D. No está muy católico, atrapado en su propia red de relaciones sociales. Seguramente quedemos el jueves y se venga a dormir a casa. Si necesita un hombro sobre el que llorar, tiene el mío.
Anoche malasañeé con E. Como (casi) siempre, estuvimos en el Angie, bien calentitos gracias a la calefacción que puso Jose Luis y arropados por la charla, que no decayó en ningún momento. Está acojonada por el sesgo que va dando su relación con Eva. Demasiado tiempo pasado con la familia de ella. Entiendo que le agobie, a mí siempre me dio palo conocer a los padres de mis novios. Y, por ende, se plantea si realmente está enamorada o es que Eva resulta una persona estupenda y cómoda, fácil de tratar, con quien está muy a gusto pero nada más... Le aconsejé que no se coma el coco: el amor a simple vista no existe. Hay el flechazo, la pasión, el caer fulminado ante el otro. Pero el amor como tal se desarrolla con el tiempo, no surge de la noche a la mañana como un campo de hongos en el bosque, después de un día de lluvia. Nunca nadie puede ponerse en el lugar de los demás, no de un modo completo. Yo no sé qué pasará por la cabeza de E, ni si ese miedo a no estar enamorada se fundamenta en algo real o es sólo una reacción a todo lo que un enamoramiento conlleva. Pero desde fuera, asomado a este palco de honor que nuestra amistad me reserva, yo la veo bien: es la primera vez, de hecho, que la conozco así con alguien. Creo que la plantita de su relación, tras dos meses de vida, crece y se hace fuerte. Si sobrevive a los primeros vientos de las discusiones, a las tempestades de los desencuentros y a la sequía de las palabras (que todo esto, y más, llegará: es ley de vida), la planta delicada y quebradiza puede convertirse en un árbol de altura espectacular. Se lo deseo de todo corazón.
De M no sé nada. Menos que nada. Esta semana trabaja de día para una revista de moda, en calidad de corrector o algo por el estilo. Al final, cuando nos vimos el otro día apenas hubo tiempo para charlar, menos aún para las confidencias. Por lo visto, durante el finde le robaron el móvil (ay, esa manía suya de ir dejando las cosas por ahí, fiado de la bondad humana, que brilla por su ausencia), con lo que no hay modo de localizarle. Al teléfono fijo no responde, y he de armarme de paciencia y esperar a que me llame él. Que lo haga pronto.
Quien ha dado señales de vida es D. No está muy católico, atrapado en su propia red de relaciones sociales. Seguramente quedemos el jueves y se venga a dormir a casa. Si necesita un hombro sobre el que llorar, tiene el mío.
MARÍA LA RUBIA
Vuelta a mi rutina de cafés a media mañana. Dicen que se acerca un frente frío, pero de momento, ahora mismo, seguimos con cielos despejados y temperaturas no demasiado extremas. Fin del parte meteorológico.
He dormido a trompicones, con el fastidio de la dichosa psoriasis que no cesa. Parece que la cosa va para largo, y ya no es que me inutilice para el sexo, sino que duele, y mucho. Los vaqueros me los he prohibido por el roce, y llevo toda una colección de pantalones hippies sacados del fondo de armario, que no tiene fondo.
Continúo con las novelas de Martín Gaite. Ahora le toca el turno a "Nubosidad variable". Curioso cómo olvidamos cosas: al rescatar el libro de mi biblioteca, vi que estaba dedicado por la autora. Fue en una Feria del Libro de Retiro, hace años. Ni recordaba haberlo comprado para que ella me lo firmara. Sin embargo, ahí está la prueba manuscrita. La novela me va gustando, es de un estilo muy suyo. Bien urdida, mejor escrita, no pierde fuste (de momento) a medida que se desarrolla la historia. No puedo evitar relacionarla con María la rubia, que fue quien primero la leyó de todos mis amigos de entonces, y que hablaba entusiasmada de ella. Una novela de mujeres para mujeres. Eso decía María. No estoy del todo de acuerdo: una buena novela escrita por una mujer, sobre mujeres, para todo amante de la literatura con la mente abierta, y despierta. Voy por la mitad, y ya me enredo sin querer en los meandros, como surcos que dejan las lágrimas al secarse, de las historias entreveradas de Sofía y Mariana.
A María la rubia, una treintañera (hace una década, ahora rondará los cincuenta) teñida de rubio platino y muy consciente del paso del tiempo y sus estragos, la traté por espacio de unos meses en Santander. Llegué a formar parte de su guardia de honor, el grupo exclusivo de amigos gays –mucho más jovenes y tiernines, claro– que la adoraban sin reservas. Aunque nunca alcancé los extremos de dependencia anímica y admiración desmedida de Pedrito, su socio en el negocio de estética que los dos tenían. Cuando me salí de su órbita fui capaz de ver al personaje sin aderezos ni afeites: una señora estupenda, vestida con ropa provocativa y sexy (que potenciaba turgencias y escondía defectos) y dueña de una voz profunda y ronca de fumadora que no fuma. Salida de un matrimonio desastroso con un guardia civil –se casaron cuando ella, embarazada, sólo tenía 16 años–, había logrado una independencia económica e intelectual que le honra. Pero también era muy harpía, no admitía movimientos extraños, que ella no supervisara y decidiera, entre sus fieles. María castraba a cuantos se acercaban a su vera, ahora lo veo. Y me alegra haber huido de aquel círculo asfixiante y pelín grotesco (con su punto almodovariano, mucho rollito fashion y de culto al cuerpo). Hace milenios que no nos vemos, y si lo hiciésemos no nos saludaríamos, tan mal terminaron las cosas entre nosotros. De cadáveres exquisitos, o estatuas de sal, está el pasado lleno.
He dormido a trompicones, con el fastidio de la dichosa psoriasis que no cesa. Parece que la cosa va para largo, y ya no es que me inutilice para el sexo, sino que duele, y mucho. Los vaqueros me los he prohibido por el roce, y llevo toda una colección de pantalones hippies sacados del fondo de armario, que no tiene fondo.
Continúo con las novelas de Martín Gaite. Ahora le toca el turno a "Nubosidad variable". Curioso cómo olvidamos cosas: al rescatar el libro de mi biblioteca, vi que estaba dedicado por la autora. Fue en una Feria del Libro de Retiro, hace años. Ni recordaba haberlo comprado para que ella me lo firmara. Sin embargo, ahí está la prueba manuscrita. La novela me va gustando, es de un estilo muy suyo. Bien urdida, mejor escrita, no pierde fuste (de momento) a medida que se desarrolla la historia. No puedo evitar relacionarla con María la rubia, que fue quien primero la leyó de todos mis amigos de entonces, y que hablaba entusiasmada de ella. Una novela de mujeres para mujeres. Eso decía María. No estoy del todo de acuerdo: una buena novela escrita por una mujer, sobre mujeres, para todo amante de la literatura con la mente abierta, y despierta. Voy por la mitad, y ya me enredo sin querer en los meandros, como surcos que dejan las lágrimas al secarse, de las historias entreveradas de Sofía y Mariana.
A María la rubia, una treintañera (hace una década, ahora rondará los cincuenta) teñida de rubio platino y muy consciente del paso del tiempo y sus estragos, la traté por espacio de unos meses en Santander. Llegué a formar parte de su guardia de honor, el grupo exclusivo de amigos gays –mucho más jovenes y tiernines, claro– que la adoraban sin reservas. Aunque nunca alcancé los extremos de dependencia anímica y admiración desmedida de Pedrito, su socio en el negocio de estética que los dos tenían. Cuando me salí de su órbita fui capaz de ver al personaje sin aderezos ni afeites: una señora estupenda, vestida con ropa provocativa y sexy (que potenciaba turgencias y escondía defectos) y dueña de una voz profunda y ronca de fumadora que no fuma. Salida de un matrimonio desastroso con un guardia civil –se casaron cuando ella, embarazada, sólo tenía 16 años–, había logrado una independencia económica e intelectual que le honra. Pero también era muy harpía, no admitía movimientos extraños, que ella no supervisara y decidiera, entre sus fieles. María castraba a cuantos se acercaban a su vera, ahora lo veo. Y me alegra haber huido de aquel círculo asfixiante y pelín grotesco (con su punto almodovariano, mucho rollito fashion y de culto al cuerpo). Hace milenios que no nos vemos, y si lo hiciésemos no nos saludaríamos, tan mal terminaron las cosas entre nosotros. De cadáveres exquisitos, o estatuas de sal, está el pasado lleno.
EL NIETO DEL GALLEGO
En Lerma. Dormidísimo, trato de despejarme un poco con un café. Anoche, entre una cosa y otra, me acosté a las tres de la mañana. Quedé con M S para celebrar su cumpleaños en una pizzería de Cueto, con horno de leña, pizzas deliciosas y un nombre de lo más original (Mamma mía...). Fuimos, además de nosotros dos, las hermanas de ella (Rosa y Chelo, con quien compartí veraneo hace unos meses en la playa de Bolonia), junto a Colo y Lola. Lo pasé bien, pusimos a parir a la iglesia católica y su sistema educativo, que tantos débiles mentales y esquizofrénicos funcionales ha creado (sistema del que todos, por desgracia, teníamos experiencias personales no muy positivas), y a los fachas en general de este mundo. Nos tomamos una copa por ahí y nos retiramos pronto, que los años no perdonan. M S está increíble, más guapa que nunca. Y son treinta y seis tacos.
La comida con mamá, bien. Previamente fuimos los dos (con abuelito) hasta el cementerio de Soto de la Marina con un ramo de flores para la tumba de mi abuela. Todos los sábados lo hacen. Mientras él, con mano temblorosa, cambiaba el agua de los pequeños jarrones, a ambos lados de la lápida, mamá cortaba los tallos de claveles y margaritas y yo me fumaba un cigarro al tiempo que leía, una y otra vez, la sencilla inscripción sobre el mármol. Ahí dentro está el cuerpo de ella. Sentimientos encontrados. No soy muy partidario de estos actos de veneración a los muertos: como no creo en una vida más allá de ésta, no veo la razón para algunos ceremoniales. Pensaba que mi abuelo visita el cementerio todas las semanas en atención al vacío que dejó en su vida la esposa fallecida. Sin embargo, ayer, mamá me cogió en un aparte:
-Dice tu abuelo que cuando se cumpla el año vendremos aquí una vez al mes. Mira cómo están las flores de la semana pasada: perfectas. Es una pena tirarlas, y cada semana son siete euros en ramos. Menudo gasto.
Bueno. Aparte de lo mezquino que pueda ser el que a alguien le parezcan un dispendio siete euros semanales (que conforman la altísima cantidad de 28 al mes) por unas flores, me sorprendió ver lo esclavo de las convenciones sociales que es abuelito. Es cosa de la edad y de la cultura en que ha vivido inmerso toda la vida, un mundo cerrado donde la muerte y el duelo a los muertos tienen sus reglas, sus tiempos, su alivio. Me enternecía la fidelidad de este anciano por la compañera durante más de sesenta años. Y sí, pero no. En el momento en que se cumpla el primer aniversario, ya no es preciso ir al cementerio cada semana. Hay aquí un tufillo a norma, a seguir lo establecido, que me chirría: qué diría la gente (ah, la gente: muy propio de los pueblos, y él es de pueblo, no hay que olvidarlo, vivir en una continua marea de maledicencia y cotilleos, con sus flujos y reflujos) si el viudo no demuestra su fidelidad perruna yendo al cementerio cada siete días. Eso sí, al año ya nadie podrá hablar mal, se habrá cumplido el plazo que prescribe la costumbre –esa gran tirana–, ya nos podremos relajar todos. No critico a mi abuelo, de sobra sé que en él son mecanismos inconscientes, aprendidos, hondamente impresos en su carácter. Aunque no dejó de sorprenderme y... escandalizarme.
Del camposanto (o dormidero de muertos, donde aún hicimos una tour guiada por otras tumbas familiares, tía Leonor, tío Vicente y la pobre tía Amparo, a quien no llegué a conocer y que murió atropellada por un coche a la salida de misa) enfilamos para casa de Marina, una de las sobrinas mayores de abuelito. A punto de cumplir ochenta años, mantiene el genio y figura de mujer de su casa, atenta a todo lo que ocurre de puertas para adentro, siempre activa y trabajando. Nos recibió en lo alto de la escalera, envuelta en el ladrido furioso de los perros, a quienes mandó callar con un gesto de la mano.
–Cada día te pareces más a tu padre. De pequeñín eras igual que mamá, pero ahora...–, me soltó después de los besos/achuchones de rigor. Lleva quince años diciendo lo mismo cada vez que nos encontramos. Y yo siempre respondo igual ("Es una pena, porque, de los dos, la guapa es ella"), en un ritual que no varía nunca.
Pasamos unos minutos en la cocina, con Marina y uno de sus nietos. El chavalín que trasteaba entre nuestras piernas hace un tiempo, es ahora un toro de mihura, grande y cuadradote, cargado de joyas de oro (sello, cadena y esclava), que trabaja en una fábrica de no sé qué y piensa ya en casarse con la novia. Nos fumamos un cigarrillo juntos y trató de coleguear conmigo. Yo hice lo que pude por ser amable, aunque resultaba evidente que no teníamos mucho que decirnos el uno al otro. Un tipo majo, buena persona y sin dobleces. Pero pertenece a un mundo tan ajeno al mío que no era posible el acercamiento más que de un modo un tanto superficial. Como de hecho fue.
Antes de regresar a Santander, aún recalamos en "donde Juliuca", así lo dijo abuelito:
–Vamos donde Juliuca y nos tomamos un blanco allí.
Pues ala, donde Juliuca. Un bareto de los de toda la vida (de joven, mi abuelo, cuando volvía de romería las noches de verano, desayunaba allí a las siete de la mañana), abierto por los padres de la tal Julia, que hoy es una venerable anciana auxiliada tras la barra por el hijo y uno de los nietos. Toda una dinastía de bareros. Al ir a pagar, me escrutó con la mirada:
–¿Eres nieto de Lecio?
–El mayor.
–¿Pero directo?
–¿Cómo directo? Soy hijo de su hija, sí.
–Ah, es que pensé que a lo mejor eras un nieto político. Pero no, tienes el aire de la familia, eres un Gallego.
En Soto de la Marina, la familia de mi abuelo es conocida con el sobrenombre de los Gallegos, porque su padre fue un marinero venido del Ferrol. Así, yo soy el orgulloso nieto de Lecio el Gallego. Estas cosas de los pueblos me parecen de lo más entrañables.
La comida con mamá, bien. Previamente fuimos los dos (con abuelito) hasta el cementerio de Soto de la Marina con un ramo de flores para la tumba de mi abuela. Todos los sábados lo hacen. Mientras él, con mano temblorosa, cambiaba el agua de los pequeños jarrones, a ambos lados de la lápida, mamá cortaba los tallos de claveles y margaritas y yo me fumaba un cigarro al tiempo que leía, una y otra vez, la sencilla inscripción sobre el mármol. Ahí dentro está el cuerpo de ella. Sentimientos encontrados. No soy muy partidario de estos actos de veneración a los muertos: como no creo en una vida más allá de ésta, no veo la razón para algunos ceremoniales. Pensaba que mi abuelo visita el cementerio todas las semanas en atención al vacío que dejó en su vida la esposa fallecida. Sin embargo, ayer, mamá me cogió en un aparte:
-Dice tu abuelo que cuando se cumpla el año vendremos aquí una vez al mes. Mira cómo están las flores de la semana pasada: perfectas. Es una pena tirarlas, y cada semana son siete euros en ramos. Menudo gasto.
Bueno. Aparte de lo mezquino que pueda ser el que a alguien le parezcan un dispendio siete euros semanales (que conforman la altísima cantidad de 28 al mes) por unas flores, me sorprendió ver lo esclavo de las convenciones sociales que es abuelito. Es cosa de la edad y de la cultura en que ha vivido inmerso toda la vida, un mundo cerrado donde la muerte y el duelo a los muertos tienen sus reglas, sus tiempos, su alivio. Me enternecía la fidelidad de este anciano por la compañera durante más de sesenta años. Y sí, pero no. En el momento en que se cumpla el primer aniversario, ya no es preciso ir al cementerio cada semana. Hay aquí un tufillo a norma, a seguir lo establecido, que me chirría: qué diría la gente (ah, la gente: muy propio de los pueblos, y él es de pueblo, no hay que olvidarlo, vivir en una continua marea de maledicencia y cotilleos, con sus flujos y reflujos) si el viudo no demuestra su fidelidad perruna yendo al cementerio cada siete días. Eso sí, al año ya nadie podrá hablar mal, se habrá cumplido el plazo que prescribe la costumbre –esa gran tirana–, ya nos podremos relajar todos. No critico a mi abuelo, de sobra sé que en él son mecanismos inconscientes, aprendidos, hondamente impresos en su carácter. Aunque no dejó de sorprenderme y... escandalizarme.
Del camposanto (o dormidero de muertos, donde aún hicimos una tour guiada por otras tumbas familiares, tía Leonor, tío Vicente y la pobre tía Amparo, a quien no llegué a conocer y que murió atropellada por un coche a la salida de misa) enfilamos para casa de Marina, una de las sobrinas mayores de abuelito. A punto de cumplir ochenta años, mantiene el genio y figura de mujer de su casa, atenta a todo lo que ocurre de puertas para adentro, siempre activa y trabajando. Nos recibió en lo alto de la escalera, envuelta en el ladrido furioso de los perros, a quienes mandó callar con un gesto de la mano.
–Cada día te pareces más a tu padre. De pequeñín eras igual que mamá, pero ahora...–, me soltó después de los besos/achuchones de rigor. Lleva quince años diciendo lo mismo cada vez que nos encontramos. Y yo siempre respondo igual ("Es una pena, porque, de los dos, la guapa es ella"), en un ritual que no varía nunca.
Pasamos unos minutos en la cocina, con Marina y uno de sus nietos. El chavalín que trasteaba entre nuestras piernas hace un tiempo, es ahora un toro de mihura, grande y cuadradote, cargado de joyas de oro (sello, cadena y esclava), que trabaja en una fábrica de no sé qué y piensa ya en casarse con la novia. Nos fumamos un cigarrillo juntos y trató de coleguear conmigo. Yo hice lo que pude por ser amable, aunque resultaba evidente que no teníamos mucho que decirnos el uno al otro. Un tipo majo, buena persona y sin dobleces. Pero pertenece a un mundo tan ajeno al mío que no era posible el acercamiento más que de un modo un tanto superficial. Como de hecho fue.
Antes de regresar a Santander, aún recalamos en "donde Juliuca", así lo dijo abuelito:
–Vamos donde Juliuca y nos tomamos un blanco allí.
Pues ala, donde Juliuca. Un bareto de los de toda la vida (de joven, mi abuelo, cuando volvía de romería las noches de verano, desayunaba allí a las siete de la mañana), abierto por los padres de la tal Julia, que hoy es una venerable anciana auxiliada tras la barra por el hijo y uno de los nietos. Toda una dinastía de bareros. Al ir a pagar, me escrutó con la mirada:
–¿Eres nieto de Lecio?
–El mayor.
–¿Pero directo?
–¿Cómo directo? Soy hijo de su hija, sí.
–Ah, es que pensé que a lo mejor eras un nieto político. Pero no, tienes el aire de la familia, eres un Gallego.
En Soto de la Marina, la familia de mi abuelo es conocida con el sobrenombre de los Gallegos, porque su padre fue un marinero venido del Ferrol. Así, yo soy el orgulloso nieto de Lecio el Gallego. Estas cosas de los pueblos me parecen de lo más entrañables.
LOS AMIGOS DE MI ABUELO
Once de la mañana, cielo cubierto. Las calles están empapadas del suave chirimiri que ha caído durante parte de la noche; ahora, sin embargo, no llueve. Y frente al diapasón siempre cambiante (con su poquito de estrés) que es el centro de Madrid durante el fin de semana, aquí da gusto salir a pasear en sábado, con poca gente en el exterior y una impresión de día nuevo, recién estrenado, en el aire.
Me he levantado pronto porque ayer no trasnoché. Para la una y pico ya estaba en la cama, con un globazo de traca gracias al porro que mi tío y yo nos fumamos juntos. Estuvimos charlando sobre mi madre, "una buena mujer que está muy perdida, en mi opinión se ha equivocado de rumbo; tanta fe y tanta religiosidad no pueden ser buenas", decía Charly con voz pastosa, de quien se ha tomado unas cuantas cervezas y está en disposición de hablar claro, sin tapujos, de lo que se piensa. De acuerdo, aunque él tuvo mucha suerte con su madre (un apoyo incondicional en todas las situaciones, el tipo de matriarca sacrificada por todos y sin vida propia que, convinimos los dos, ya va desapareciendo), mientras que yo he de lidiar con la que me tocó, una señora con miedo a vivir, necesitada de las consabidas muletas (marido, posición desahogada, dios y los ángeles y la virgen a su lado, como apoyo silencioso a todos y cada uno de sus actos), que trata de hacer las cosas bien pero con un desfase horario respecto a sus hijos y el mundo en que ellos viven de lo más evidente. Creo que hoy comeremos juntos, así que va a ser cosa de ponerse la careta de animal social –que me queda estupenda, no en vano soy su hijo y bebí de sus fuentes los primeros veinte años de mi vida– y pasar el trago como buenamente pueda.
A última hora de la tarde de ayer fui con abuelito a Los Riojanos, donde se reúne cada viernes con sus amigos. La bodega es un espacio amplio, de techos muy altos, con el molesto televisor dominando desde una esquina, en lo alto, siempre encendido, y la decoración en madera noble, coronada por una cantidad ingente de barriles de vino apilados tras la barra. El olor a vinazo flota en el ambiente y se confunde con las voces recias, varoniles, rotas, de los hombres, la mayoría en la cincuentena o más, que son la clientela fija, fidelísima, del local. Entre estas voces y este aroma a vino se desarrolló parte de mi infancia, viendo jugar a mi abuelo y a su cuadrilla a los dados mientras abuelita y yo, sentados a una esquina de la mesa donde se desarrollaba el juego, comíamos cacahuetes y nos contábamos (me contaba ella, mayormente) historias. En esa misma mesa, abuelito y yo aguardamos a que llegaran el resto. Faltó Luis, con un gripazo tremendo que amenaza la estabilidad de sus noventa años. También con gripe, vino Salva, el amigo más antiguo de mi abuelo –fueron monaguillos juntos, y juntos le bebían el vino al cura: ochenta años después, mantienen su amistad. A mí, de pequeño, me asustaban sus maneras bruscas y su vozarrón intempestivo, como de eterno cabreado con el mundo. Se conserva muy bien, es el mismo de siempre, sólo que con el cabello completamente blanco (pero abundante) y muchas más arrugas en el rostro. Luego aparecieron Manolo, Gerardo (el que nos colaba por la puerta de atrás a las matinés del Coliseum los domingos por la mañana, cuando era administrador del cine) y el Triste –ni idea de cómo se llama: un viejito con buena planta que no se cansa nunca de narrar historias picantes de borracheras y putas, putas y borracheras–, los tres de setenta y dos. Y el último de todos, que es también el benjamín, Ángel, un simpático sesentón, el único que aún no está jubilado: es funcionario de prisiones, me parece.
Abuelito, para celebrar los ochenta y ocho, se trajo consigo unos callos cocinados por mi madre (que no probé, no me gustan) y una tortilla gigante hecha por mi prima Paula. La cosa estuvo bien y se cargó de anécdotas que se contaban los unos a los otros, sin escucharse apenas, con grandes risotadas y continuos tragos de tinto, entre los seis se bebieron tres botellas... A mi abuelo, normalmente más callado, le dio por largarse a contarnos historias encadenadas de su experiencia en la guerra civil como conductor de camiones y mecánico, en el norte de África. Llevo un tiempo notando que revive esos años con especial atención. Puede que la razón oculta resida en que entonces aún no conocía a abuelita, y que sea una manera como otra cualquiera de protegerse de recuerdos dolorosos. El caso es que nos tiramos cerca de media hora oyéndole perorar de Alcazarquivir y alrededores, años 38 y 39 del siglo pasado. Ellos con paciencia y tacto extremos, yo un tanto aburrido y con miedo de que se eternizara demasiado. De cuando en cuando, me levantaba para hablar en la barra con Maite. ¿Cómo será alcanzar la edad de mi abuelo y estar lleno a rebosar de cuentos vividos, gentes que conocimos, hechos y gestas que presenciamos? La incontinencia verbal de los viejos, siempre a la búsqueda compulsiva de alguien a quien contarle sus batallitas.
Hablando de recuerdos exhumados del pasado. Antes, recién llegado a casa, necesitaba unas tijeras y abrí una caja de abuelita, pensando que guardaba allí los útiles de costura. Pero no, lo que vi fueron unas fotografías en sepia de su hijo mayor, mi tío Vicente, el que murió con dos años y medio. Y también otro atadijo de fotos de mi abuela misma, de su madre y de su suegra visitando la tumba del niño, que fue enterrado en Madrid. Hasta allá le llevaron para que lo viera un médico y tratar de salvarle la vida. No hubo nada que hacer: el doctor les dijo que, de haber llegado unos meses antes le hubieran podido curar con penicilina –recién venida a España–, pero que ya entonces, enero de 1947, era demasiado tarde. Con las fotografías, amarilleaba una hoja en que el médico garabateó con letra impenetrable los síntomas de la enfermedad del bebé con su diagnóstico y lo que le recetó. Macabro. Y un mechón de su pelo guardado en una bolsa de plástico, junto a unos botes que no quise tocar y un trozo de tela, a saber de qué. Se lo mostré a Paula, y estuvimos de acuerdo en que aquello era de lo más tétrico. Los restos del paso por este mundo de una criatura que hoy tendría sesenta años y que desapareció hace tantísimo. Al final somos menos que nada, un rizo de pelo en una bolsita y algunas fotografías cuidadosamente conservadas que alguien, antes o después, tirará al cubo de la basura.
Me llamó Tony el cubano para quedar, pero no pudo ser, claro: le comenté que estaba en Santander ("Nunca te cazo, nene", contestó) y prometí que nos veremos la semana que viene. De quien no sé nada es de D, le llamaré a mi vuelta para ver qué se cuenta.
Me he levantado pronto porque ayer no trasnoché. Para la una y pico ya estaba en la cama, con un globazo de traca gracias al porro que mi tío y yo nos fumamos juntos. Estuvimos charlando sobre mi madre, "una buena mujer que está muy perdida, en mi opinión se ha equivocado de rumbo; tanta fe y tanta religiosidad no pueden ser buenas", decía Charly con voz pastosa, de quien se ha tomado unas cuantas cervezas y está en disposición de hablar claro, sin tapujos, de lo que se piensa. De acuerdo, aunque él tuvo mucha suerte con su madre (un apoyo incondicional en todas las situaciones, el tipo de matriarca sacrificada por todos y sin vida propia que, convinimos los dos, ya va desapareciendo), mientras que yo he de lidiar con la que me tocó, una señora con miedo a vivir, necesitada de las consabidas muletas (marido, posición desahogada, dios y los ángeles y la virgen a su lado, como apoyo silencioso a todos y cada uno de sus actos), que trata de hacer las cosas bien pero con un desfase horario respecto a sus hijos y el mundo en que ellos viven de lo más evidente. Creo que hoy comeremos juntos, así que va a ser cosa de ponerse la careta de animal social –que me queda estupenda, no en vano soy su hijo y bebí de sus fuentes los primeros veinte años de mi vida– y pasar el trago como buenamente pueda.
A última hora de la tarde de ayer fui con abuelito a Los Riojanos, donde se reúne cada viernes con sus amigos. La bodega es un espacio amplio, de techos muy altos, con el molesto televisor dominando desde una esquina, en lo alto, siempre encendido, y la decoración en madera noble, coronada por una cantidad ingente de barriles de vino apilados tras la barra. El olor a vinazo flota en el ambiente y se confunde con las voces recias, varoniles, rotas, de los hombres, la mayoría en la cincuentena o más, que son la clientela fija, fidelísima, del local. Entre estas voces y este aroma a vino se desarrolló parte de mi infancia, viendo jugar a mi abuelo y a su cuadrilla a los dados mientras abuelita y yo, sentados a una esquina de la mesa donde se desarrollaba el juego, comíamos cacahuetes y nos contábamos (me contaba ella, mayormente) historias. En esa misma mesa, abuelito y yo aguardamos a que llegaran el resto. Faltó Luis, con un gripazo tremendo que amenaza la estabilidad de sus noventa años. También con gripe, vino Salva, el amigo más antiguo de mi abuelo –fueron monaguillos juntos, y juntos le bebían el vino al cura: ochenta años después, mantienen su amistad. A mí, de pequeño, me asustaban sus maneras bruscas y su vozarrón intempestivo, como de eterno cabreado con el mundo. Se conserva muy bien, es el mismo de siempre, sólo que con el cabello completamente blanco (pero abundante) y muchas más arrugas en el rostro. Luego aparecieron Manolo, Gerardo (el que nos colaba por la puerta de atrás a las matinés del Coliseum los domingos por la mañana, cuando era administrador del cine) y el Triste –ni idea de cómo se llama: un viejito con buena planta que no se cansa nunca de narrar historias picantes de borracheras y putas, putas y borracheras–, los tres de setenta y dos. Y el último de todos, que es también el benjamín, Ángel, un simpático sesentón, el único que aún no está jubilado: es funcionario de prisiones, me parece.
Abuelito, para celebrar los ochenta y ocho, se trajo consigo unos callos cocinados por mi madre (que no probé, no me gustan) y una tortilla gigante hecha por mi prima Paula. La cosa estuvo bien y se cargó de anécdotas que se contaban los unos a los otros, sin escucharse apenas, con grandes risotadas y continuos tragos de tinto, entre los seis se bebieron tres botellas... A mi abuelo, normalmente más callado, le dio por largarse a contarnos historias encadenadas de su experiencia en la guerra civil como conductor de camiones y mecánico, en el norte de África. Llevo un tiempo notando que revive esos años con especial atención. Puede que la razón oculta resida en que entonces aún no conocía a abuelita, y que sea una manera como otra cualquiera de protegerse de recuerdos dolorosos. El caso es que nos tiramos cerca de media hora oyéndole perorar de Alcazarquivir y alrededores, años 38 y 39 del siglo pasado. Ellos con paciencia y tacto extremos, yo un tanto aburrido y con miedo de que se eternizara demasiado. De cuando en cuando, me levantaba para hablar en la barra con Maite. ¿Cómo será alcanzar la edad de mi abuelo y estar lleno a rebosar de cuentos vividos, gentes que conocimos, hechos y gestas que presenciamos? La incontinencia verbal de los viejos, siempre a la búsqueda compulsiva de alguien a quien contarle sus batallitas.
Hablando de recuerdos exhumados del pasado. Antes, recién llegado a casa, necesitaba unas tijeras y abrí una caja de abuelita, pensando que guardaba allí los útiles de costura. Pero no, lo que vi fueron unas fotografías en sepia de su hijo mayor, mi tío Vicente, el que murió con dos años y medio. Y también otro atadijo de fotos de mi abuela misma, de su madre y de su suegra visitando la tumba del niño, que fue enterrado en Madrid. Hasta allá le llevaron para que lo viera un médico y tratar de salvarle la vida. No hubo nada que hacer: el doctor les dijo que, de haber llegado unos meses antes le hubieran podido curar con penicilina –recién venida a España–, pero que ya entonces, enero de 1947, era demasiado tarde. Con las fotografías, amarilleaba una hoja en que el médico garabateó con letra impenetrable los síntomas de la enfermedad del bebé con su diagnóstico y lo que le recetó. Macabro. Y un mechón de su pelo guardado en una bolsa de plástico, junto a unos botes que no quise tocar y un trozo de tela, a saber de qué. Se lo mostré a Paula, y estuvimos de acuerdo en que aquello era de lo más tétrico. Los restos del paso por este mundo de una criatura que hoy tendría sesenta años y que desapareció hace tantísimo. Al final somos menos que nada, un rizo de pelo en una bolsita y algunas fotografías cuidadosamente conservadas que alguien, antes o después, tirará al cubo de la basura.
Me llamó Tony el cubano para quedar, pero no pudo ser, claro: le comenté que estaba en Santander ("Nunca te cazo, nene", contestó) y prometí que nos veremos la semana que viene. De quien no sé nada es de D, le llamaré a mi vuelta para ver qué se cuenta.
EN SANTANDER
El autobús ha parado en Burgos ciudad. Disponemos de veinte minutos para descansar y tomo un café en la estación, el mismo bar donde pasé unas horas, hace siglos, en plena noche, sentado a una de las mesas de plástico blanco, igual de feas y sucias que en mi recuerdo. Han modernizado un tanto la cafetería, pero su aire desangelado, de lugar de paso y sin clientes habituales que den un aspecto hogareño al local, me envuelve como si diera un paso atrás (un triple salto mortal atrás, más bien) en el tiempo. Por algún lugar dormirán su sueño largo y sin imágenes las páginas que escribí durante esas horas de espera, en que me dediqué -un ejercicio, el de la escritura, que entonces me ayudó a que el tiempo pasara más rápido, minutos interminables sucediéndose perezosos los unos a los otros- a describir cuanto veía a mi alrededor. Lo dicho, un lugar de paso.
He dormido casi todo el trayecto, y ya más despejado me he puesto a leer el libro de Martín Gaite, un último empujón que me queda para terminarlo. Como siempre que una novela me gusta (y ésta me deslumbra), resulta difícil arrancarse del poder onírico de la narración y volver a poner los pies en el suelo. Esta realidad, ahora, de la cafetería en la estación de Burgos. Leonardo y Casilda, que en la parte que leo de "La Reina de las Nieves" se han quedado hablando por teléfono, su primera conversación, se me antojan seres con mayor entidad y colorido que estos desconocidos con los que viajo, que se acodan en la barra, como yo mismo, y engullen cafés, bocadillos de jamón o de tortilla, un pastelillo con crema dentro. Mantienen el gesto de viajero cansado y la mirada atenta a las agujas del reloj, para no perder el autobús, que saldrá en breve. La puerta de la entrada bate una y otra vez su hoja contra el marco de aluminio y hace un ruido desabrido, metálico, que impide relajarse y olvidar dónde estamos.
Ya en Santander, por primera vez he roto la rutina de la llegada. En lugar de apresurarme hacia casa, he hecho un alto en el camino y me tomo un mediano en el bar donde estrené el año. De algún modo, antes de saludar a nadie, me apetece este demorarse en el camino. Tal vez necesito digerir el conjunto de emociones que me han nacido del final de la novela. Hay una escena, la del encuentro entre madre e hijo, cuando Leonardo apoya su cabeza sobre el regazo de ella y rompe a llorar, que me ha puesto a mí en un tris de hacer lo mismo. Un nudo en la garganta según leía, una comunicación intensa con lo que ocurría, que no se han resuelto en lágrimas porque no estaba solo, en el asiento de al lado se sentaba uno que, con su presencia incómoda, ha impedido que llore. Según devoraba las últimas páginas, las grúas del muelle se hacían visibles, con sus brazos como antenas metálicas que aguijonearan el cielo gris, próximo el ocaso, preñado de nubes oscuras que amenazan lluvia. El tinte nostálgico de un aire fresco, intensamente salado de mar. Luego, al pasar por Marqués de la Hermida, divisé el taller de abuelito (sin el cartel de Talleres Lecio, ahora quien se lo alquiló ha puesto otro nombre), iluminado por dentro y con obreros trabajando. Esto me ha traído en barullo un montón de recuerdos de niñez, esos días de verano o Navidad en que yo jugaba por allí, ajeno a preocupaciones de ningún tipo, cuando tuercas y bujías formaban el incontable ejército con que yo pasaba las horas, bujías contra tuercas, las había grandes y brillantes, o más pequeñas y como renegridas. Luego, cuando abuelito se quitaba el mono y se lavaba las manos, íbamos toda la familia a tomar el aperitivo a Los Riojanos, el bar de Maite. Todo aquello se acabó, desapareció en el tráfago de años y ahora sólo reside en mi memoria de elefante. Es un pensamiento triste, pero del orden de tristeza dulce, que me cosquillea el alma y me dibuja una sonrisa en el rostro.
He dormido casi todo el trayecto, y ya más despejado me he puesto a leer el libro de Martín Gaite, un último empujón que me queda para terminarlo. Como siempre que una novela me gusta (y ésta me deslumbra), resulta difícil arrancarse del poder onírico de la narración y volver a poner los pies en el suelo. Esta realidad, ahora, de la cafetería en la estación de Burgos. Leonardo y Casilda, que en la parte que leo de "La Reina de las Nieves" se han quedado hablando por teléfono, su primera conversación, se me antojan seres con mayor entidad y colorido que estos desconocidos con los que viajo, que se acodan en la barra, como yo mismo, y engullen cafés, bocadillos de jamón o de tortilla, un pastelillo con crema dentro. Mantienen el gesto de viajero cansado y la mirada atenta a las agujas del reloj, para no perder el autobús, que saldrá en breve. La puerta de la entrada bate una y otra vez su hoja contra el marco de aluminio y hace un ruido desabrido, metálico, que impide relajarse y olvidar dónde estamos.
Ya en Santander, por primera vez he roto la rutina de la llegada. En lugar de apresurarme hacia casa, he hecho un alto en el camino y me tomo un mediano en el bar donde estrené el año. De algún modo, antes de saludar a nadie, me apetece este demorarse en el camino. Tal vez necesito digerir el conjunto de emociones que me han nacido del final de la novela. Hay una escena, la del encuentro entre madre e hijo, cuando Leonardo apoya su cabeza sobre el regazo de ella y rompe a llorar, que me ha puesto a mí en un tris de hacer lo mismo. Un nudo en la garganta según leía, una comunicación intensa con lo que ocurría, que no se han resuelto en lágrimas porque no estaba solo, en el asiento de al lado se sentaba uno que, con su presencia incómoda, ha impedido que llore. Según devoraba las últimas páginas, las grúas del muelle se hacían visibles, con sus brazos como antenas metálicas que aguijonearan el cielo gris, próximo el ocaso, preñado de nubes oscuras que amenazan lluvia. El tinte nostálgico de un aire fresco, intensamente salado de mar. Luego, al pasar por Marqués de la Hermida, divisé el taller de abuelito (sin el cartel de Talleres Lecio, ahora quien se lo alquiló ha puesto otro nombre), iluminado por dentro y con obreros trabajando. Esto me ha traído en barullo un montón de recuerdos de niñez, esos días de verano o Navidad en que yo jugaba por allí, ajeno a preocupaciones de ningún tipo, cuando tuercas y bujías formaban el incontable ejército con que yo pasaba las horas, bujías contra tuercas, las había grandes y brillantes, o más pequeñas y como renegridas. Luego, cuando abuelito se quitaba el mono y se lavaba las manos, íbamos toda la familia a tomar el aperitivo a Los Riojanos, el bar de Maite. Todo aquello se acabó, desapareció en el tráfago de años y ahora sólo reside en mi memoria de elefante. Es un pensamiento triste, pero del orden de tristeza dulce, que me cosquillea el alma y me dibuja una sonrisa en el rostro.
MARX MADERA
Otro mediodía en el Laan, una de las "oficinas" desde donde observo el mundo, donde recibo a mi gente. Acaba de irse Miguel Ángel, con quien quedé aquí para un café rápido: me ha contado con todo lujo de detalles su viaje a Egipto, una gozada para los sentidos que me ha dado mucha envidia, de la malsana (la otra, la envidia sana, no existe). Sigue en pie lo de gastronomía, veremos si puedo meter algo de vez en cuando, todo depende de mi director y del pie con que se haya levantado el día en que se lo proponga. Una vez solo, he escrito una cosita para el periódico que no me ha quedado mal (creo), pero que da un giro inesperado a la sección de noche y no sé si le caerá muy bien a la rancia de M-L R (voy a intentar colarlo, de todos modos). Está al caer M S, que me llamó antes para saber dónde me hallaba y tomarse algo conmigo: anda de compras por la zona y así me cuenta cómo va su aventura con el publicista riquísimo a quien ve últimamente.
Anoche tenía intención de tirar para casa, pero a última hora se organizó una quedada en el Marx Madera y allá que me fui con Laura y Anuska. E se quedó en Tribunal, donde la esperaba Eva, y aunque dijo que igual se pasaban por donde nosotros más tarde, di por sentado que no lo haría (llevaban sin verse, las tórtolas, varios días...). Efectivamente, no aparecieron. Ay, el amor.
El Marx Madera es un local muy curioso, mezcla de panfleto político andante y bar de copas. Algo que le venía que ni pintado al grupo que formábamos. Allí estaban ya Antón (novio de Laura), un gallego de pro más majo que las pesetas, varios Pablos -conté hasta tres-, el padre de uno de ellos, recién llegado de Uruguay, dos o tres chicas de cuyo nombre no me acuerdo y Pochi. Éste me abrazó con una jovialidad que no esperaba, quieras que no tampoco nos hemos tratado tanto, y nada más verme me pasó un porro descomunal al que di unas tímidas caladas, no era plan de liarse toda la noche, que hoy me tocaba escribir y estar operativo. Anuska y yo aguantamos dos asaltos, enseguida nos dio el sueñín y dejamos a todo el grupo camino del Malandro, con muchas ganas de juerga. Yo apenas tenía voz: últimamente arrastro una ronquera ("Te hace muy interesante", me dijo ayer C mientras comíamos) que se agrava con el tabaco y los discursos interminables a las tres de la mañana y semicocido que me caracterizan.
Anoche tenía intención de tirar para casa, pero a última hora se organizó una quedada en el Marx Madera y allá que me fui con Laura y Anuska. E se quedó en Tribunal, donde la esperaba Eva, y aunque dijo que igual se pasaban por donde nosotros más tarde, di por sentado que no lo haría (llevaban sin verse, las tórtolas, varios días...). Efectivamente, no aparecieron. Ay, el amor.
El Marx Madera es un local muy curioso, mezcla de panfleto político andante y bar de copas. Algo que le venía que ni pintado al grupo que formábamos. Allí estaban ya Antón (novio de Laura), un gallego de pro más majo que las pesetas, varios Pablos -conté hasta tres-, el padre de uno de ellos, recién llegado de Uruguay, dos o tres chicas de cuyo nombre no me acuerdo y Pochi. Éste me abrazó con una jovialidad que no esperaba, quieras que no tampoco nos hemos tratado tanto, y nada más verme me pasó un porro descomunal al que di unas tímidas caladas, no era plan de liarse toda la noche, que hoy me tocaba escribir y estar operativo. Anuska y yo aguantamos dos asaltos, enseguida nos dio el sueñín y dejamos a todo el grupo camino del Malandro, con muchas ganas de juerga. Yo apenas tenía voz: últimamente arrastro una ronquera ("Te hace muy interesante", me dijo ayer C mientras comíamos) que se agrava con el tabaco y los discursos interminables a las tres de la mañana y semicocido que me caracterizan.
TARDE ABURRIDA EN EL TRABAJO
Vengo de comer con C en un restaurante cerca de su curro, por Colón. Estómago repleto y muy pocas, poquísimas, ganas de trabajar. A mi alrededor, todos se afanan en sus cosas, que si esta noticia de ultimísima hora, que si una llamada a no sé quién de la consejería de Sanidad, que si el tsunami y las mil cien informaciones que concita en su vórtice de horror y destrucción. O P, la chica que se sienta a la mesa contigua a la mía, pelotea descaradamente a nuestra jefa, como si ser buen periodista pasara por lamerle (bien y en profundidad) el culo al de arriba. Así no nacen ni buenos periodistas ni buenos cardiólogos ni buenos barrenderos. En todo caso, buenos políticos, siempre que al ser lameculos le añadan el ser despiadados. A mis espaldas, A G-A, la mejor sin duda de todo este elenco de premios nobel con que trabajo, observa atenta a la pantalla de su ordenador a la búsqueda de algún accidentado o algún muerto por sobredosis, lo que sea con tal de llenar las dos páginas que le tocan hoy. Por encima de nuestras cabezas, un runrún sonoro de teléfonos y conversaciones, de faxes que llegan y gente que se va (comerciales), terminada su jornada de trabajo... Así día tras día, qué aburrido es a veces esto de entrar en la rueda del trabajador asalariado. Antes, cuando era free lancer, no ganaba un duro y hasta llegué a pasar un poco de hambre (sin dramatismos, lo justo para sentirme bohemio y estupendísimo), pero disponía de todo el tiempo del mundo, era feliz paseando por Madrid, en primavera, y tomando el sol sobre el césped del Templo de Debod, por ejemplo. Ahora, a cambio de una nómina a fin de mes, se acabaron las tardes interminables en compañía de los amigos, las noches insomne en veloz carrera hacia la madrugada. Soy el tipo serio y maduro (qué risa) que mis padres siempre quisieron como hijo. Lástima que el niño sea maricón...
A C la he visto bien, con un aire un poco cansado, tal vez. Está pensando comprarse una casa con su novio H, todo un paso de gigante en su relación, que va viento en popa. Me alegro. Estuvimos hablando de nuestros respectivos curros. Ella anda un poco escamada con su jefe, que se está divorciando y pasa en plancha de todo lo que tiene que ver con su departamento. Se está planteando muy seriamente el dejarlo y buscar otra cosa. Este finde no, porque me voy a Santander, pero el que viene hemos quedado en tomar unas cervezas todos juntos. Se hará.
Después pasamos al tema (jugosísimo y que siempre da para tanto) de la familia, su desestructuración y lo que la muerte de uno de los miembros más necesarios puede ayudar en la diáspora de los miembros restantes. Quedan los amigos, como arraigo necesario para no volverse locos de soledad.
Hablando de amigos: ayer noche por fin vi a M, que se acercó hasta Malasaña, donde estábamos E, J&A y yo. Quedamos en el Mercurio, un lugar que no me gustó mucho, la verdad. Después jugamos tres billares (tres) en La Vaca Austera, que ganó el equipo contrario. Terminamos en El Mago, yo cocidísimo después de las mahous y los porros de M, recién traídos de Marruecos. Me dio un bajón (a punto estuve de vomitar en el baño) y decidí largarme a casita con viento fresco. E protestó, dice que soy un débil y que no aguanto nada, pero la dejé bien acompañada por otro centauro de la noche... Acaba de contarme que M y ella recalaron, ya solos, en el Taboo. Y que no se fueron para casa hasta las seis y pico de la mañana. Así tiene hoy la pinta de destruida que tiene, je je.
A C la he visto bien, con un aire un poco cansado, tal vez. Está pensando comprarse una casa con su novio H, todo un paso de gigante en su relación, que va viento en popa. Me alegro. Estuvimos hablando de nuestros respectivos curros. Ella anda un poco escamada con su jefe, que se está divorciando y pasa en plancha de todo lo que tiene que ver con su departamento. Se está planteando muy seriamente el dejarlo y buscar otra cosa. Este finde no, porque me voy a Santander, pero el que viene hemos quedado en tomar unas cervezas todos juntos. Se hará.
Después pasamos al tema (jugosísimo y que siempre da para tanto) de la familia, su desestructuración y lo que la muerte de uno de los miembros más necesarios puede ayudar en la diáspora de los miembros restantes. Quedan los amigos, como arraigo necesario para no volverse locos de soledad.
Hablando de amigos: ayer noche por fin vi a M, que se acercó hasta Malasaña, donde estábamos E, J&A y yo. Quedamos en el Mercurio, un lugar que no me gustó mucho, la verdad. Después jugamos tres billares (tres) en La Vaca Austera, que ganó el equipo contrario. Terminamos en El Mago, yo cocidísimo después de las mahous y los porros de M, recién traídos de Marruecos. Me dio un bajón (a punto estuve de vomitar en el baño) y decidí largarme a casita con viento fresco. E protestó, dice que soy un débil y que no aguanto nada, pero la dejé bien acompañada por otro centauro de la noche... Acaba de contarme que M y ella recalaron, ya solos, en el Taboo. Y que no se fueron para casa hasta las seis y pico de la mañana. Así tiene hoy la pinta de destruida que tiene, je je.
MI AMIGA MARA
Llamé a Mara A-R, después de varios meses en que di la callada por respuesta, porque me sentía ahogado en su verborrea de mujer siempre enferma y en trance de desaparición. No parece que hayan cambiado mucho las cosas: continúa con sus dolores en la espalda (la amenaza de terminar en silla de ruedas siempre está ahí) y una anemia importante que limita sus ganas de vivir. Me escudé en una supuesta depresión tras la muerte de abuelita que me ha mantenido encerrado en mi concha, olvidado de todo lo que viniera del exterior. Una bonita (y piadosa) mentira para soslayar este mar de tiempo sin noticias mías. Es buena persona, con un corazón inmenso, pero actúa con sus amigos –al menos conmigo, que fui durante años su paño de lágrimas– de un modo compulsivo, sin medida. Llamaba a cualquier hora y nuestras conversaciones eran un vómito sin digerir de sus miedos y fobias, sin preguntar nunca cómo me encontraba yo. Semeja una boa constrictor de los sentimientos: a poco que te despistes, te traga entero y ya no hay nada que hacer más que escuchar sus lamentos (de viva voz o por teléfono) y disquisiciones varias. Un día es lo mala a morir que está, otro es el chulazo que se ligó por la noche y los polvos (con pelos y señales que nunca ahorra) que echó con él. He cometido el error de hablarle de que este viernes subo a Santander por el cumpleaños de mi abuelo, y enseguida comenzó a hacer planes por mí: se le ha ocurrido la genial idea de llevarme en coche hasta allá.
–Necesito ver el mar, así que no me importa que pases tiempo con tu familia, yo me busco la vida sin problemas. Ya lo sabes.
–Bueno... vale.
–Todo depende de cómo esté mi espalda. Si tú condujeras podríamos turnarnos al volante, pero el viaje tendré que hacerlo entero yo, igual no puedo, no sabes lo enferma que estoy.
–Vamos a hacer una cosa: te llamo el miércoles para confirmar, y si no puede ser, compro un billete y voy en autobús.
Me agarré al clavo ardiendo de esa posibilidad, porque el viaje con Mara no me apetece nada. Más que ansiedad ante la perspectiva de unas horas encerrado en el coche con ella (lo que supone escuchar la retahíla de males y bienes que jalonan su existencia), lo que me da pánico es el viaje en sí: Mara es una pésima conductora, siempre al borde del accidente. Y 300 kilómetros son muchos, temo que no lleguemos. Hablándolo con E, decidí que hoy mismo vuelvo a llamarla para decirle que mis padres pasan por Madrid y me llevan ellos. Que ahora volvemos a estar en contacto y no quiero hacerles un feo. Otra mentira más en nuestra relación, que es de lo más atípica.
Nos presentaron hace casi trece años, en Plaza del Rey (más conocido por Las Gallinas), cuando ella era una casi cuarentona, rubia y regordeta, con enormes ojos azules, voz de estibador del puerto y una fuerza vital realmente arrolladora, hasta cansina. Yo entonces me sentía muy solo en Madrid, rodeado de gente a la que no consideraba mis verdaderos amigos, y permití que ella me prohijara, encontré acomodo bajo sus alas maternales y me quedé a vivir allí, bien mullidito, durante una temporada. El problema es que los años pasaron y ella siguió basando nuestra amistad en esos mismos parámetros: el alevín de escritor, joven y de provincias, un poco perdidillo en la marabunta informe y despiadada de la capital; la gran dama mundana, sexualmente agresiva, un trasunto de las marquesas en la Francia del XVIII que recibían en sus salones a la flor y nata de su tiempo. Una falsedad que yo acepté como parte del juego entre los dos. Pero en absoluto real. Un día me lo soltó a bocajarro:
–Tú necesitas un interlocutor válido, alguien a tu altura con quien charlar. Y esa persona, la única posible, soy yo.
No tuve valor para deshacer el engaño en que vivía. Cómo explicarle que para entonces, de nuevo en Madrid, ya estaba rodeado de interlocutores más que válidos, que el binomio discípulo/maestra nunca fue cierto, pero menos que nunca, ahora. Las cenas en su casa de Majadahonda, con algún famosillo de turno que ella mostraba como una adquisición de valor incalculable, siempre me resultaron aburridas, muy poco naturales. Mara rodeada de hombres, la única mujer en un universo marica de admiradores ("No soporto a las mujeres, soy una misógina", reía con una carcajada honda y gutural. "No las quiero en mis fiestas"). Se vestía muy elegante, con alguna joya de familia con más de un siglo de historia, perfecta en su papel de anfitriona exquisita y demodè. Ellos eran una masa cambiante de gays que Mara recolectaba por los garitos de Chueca, entre los veinte y los cuarenta años. Unos estaban allí por méritos propios (escultura, literatura, teatro), otros por su cuna: eran hijos de las mejores familias de Madrid, con ese tonillo vocacional de niños pijos y tontines. Que no soporto: me sentía como pez fuera del agua. Supongo que yo era una pieza importante en la tramoya de aquellas cenas elegantísimas: un chavalín guapo y joven, muy de izquierdas y bastante rebelde. Como el elemento picante que se añade a una salsa demasiado suave, poco transgresora.
Conmigo, Mara revivía sus años en la facultad de Derecho, cuando era anarquista y descubrió los placeres del sexo...
–Necesito ver el mar, así que no me importa que pases tiempo con tu familia, yo me busco la vida sin problemas. Ya lo sabes.
–Bueno... vale.
–Todo depende de cómo esté mi espalda. Si tú condujeras podríamos turnarnos al volante, pero el viaje tendré que hacerlo entero yo, igual no puedo, no sabes lo enferma que estoy.
–Vamos a hacer una cosa: te llamo el miércoles para confirmar, y si no puede ser, compro un billete y voy en autobús.
Me agarré al clavo ardiendo de esa posibilidad, porque el viaje con Mara no me apetece nada. Más que ansiedad ante la perspectiva de unas horas encerrado en el coche con ella (lo que supone escuchar la retahíla de males y bienes que jalonan su existencia), lo que me da pánico es el viaje en sí: Mara es una pésima conductora, siempre al borde del accidente. Y 300 kilómetros son muchos, temo que no lleguemos. Hablándolo con E, decidí que hoy mismo vuelvo a llamarla para decirle que mis padres pasan por Madrid y me llevan ellos. Que ahora volvemos a estar en contacto y no quiero hacerles un feo. Otra mentira más en nuestra relación, que es de lo más atípica.
Nos presentaron hace casi trece años, en Plaza del Rey (más conocido por Las Gallinas), cuando ella era una casi cuarentona, rubia y regordeta, con enormes ojos azules, voz de estibador del puerto y una fuerza vital realmente arrolladora, hasta cansina. Yo entonces me sentía muy solo en Madrid, rodeado de gente a la que no consideraba mis verdaderos amigos, y permití que ella me prohijara, encontré acomodo bajo sus alas maternales y me quedé a vivir allí, bien mullidito, durante una temporada. El problema es que los años pasaron y ella siguió basando nuestra amistad en esos mismos parámetros: el alevín de escritor, joven y de provincias, un poco perdidillo en la marabunta informe y despiadada de la capital; la gran dama mundana, sexualmente agresiva, un trasunto de las marquesas en la Francia del XVIII que recibían en sus salones a la flor y nata de su tiempo. Una falsedad que yo acepté como parte del juego entre los dos. Pero en absoluto real. Un día me lo soltó a bocajarro:
–Tú necesitas un interlocutor válido, alguien a tu altura con quien charlar. Y esa persona, la única posible, soy yo.
No tuve valor para deshacer el engaño en que vivía. Cómo explicarle que para entonces, de nuevo en Madrid, ya estaba rodeado de interlocutores más que válidos, que el binomio discípulo/maestra nunca fue cierto, pero menos que nunca, ahora. Las cenas en su casa de Majadahonda, con algún famosillo de turno que ella mostraba como una adquisición de valor incalculable, siempre me resultaron aburridas, muy poco naturales. Mara rodeada de hombres, la única mujer en un universo marica de admiradores ("No soporto a las mujeres, soy una misógina", reía con una carcajada honda y gutural. "No las quiero en mis fiestas"). Se vestía muy elegante, con alguna joya de familia con más de un siglo de historia, perfecta en su papel de anfitriona exquisita y demodè. Ellos eran una masa cambiante de gays que Mara recolectaba por los garitos de Chueca, entre los veinte y los cuarenta años. Unos estaban allí por méritos propios (escultura, literatura, teatro), otros por su cuna: eran hijos de las mejores familias de Madrid, con ese tonillo vocacional de niños pijos y tontines. Que no soporto: me sentía como pez fuera del agua. Supongo que yo era una pieza importante en la tramoya de aquellas cenas elegantísimas: un chavalín guapo y joven, muy de izquierdas y bastante rebelde. Como el elemento picante que se añade a una salsa demasiado suave, poco transgresora.
Conmigo, Mara revivía sus años en la facultad de Derecho, cuando era anarquista y descubrió los placeres del sexo...
VELOCIRRAPTOR FRAGA
En La Antorcha –el nombre no, pero el local, con poca clientela y muy tranquilo al mediodía, me gusta. Otro día de sol, y parece que la contaminación en Madrid va en aumento, porque no llueve.
Ayer, en el curro, me pasaron la noticia de que Fraga, rodeado de sus jóvenes acólitos de Nuevas Generaciones del PP, había lanzado un nuevo zarpazo dialéctico contra gays y lesbianas ("No tengo nada en contra de ellos; si nacen así, pues qué se le va a hacer, pero que no digan encima que se sienten orgullosos de funcionar al revés"). Como soy el gay oficial y oficioso de la redacción –si excluímos a la locaza de P, una pobre muestra de lo que las barbies y la lencería fina pueden dañar el cerebro de una marica fina–, fueron desfilando todos por mi mesa para mostrarme el teletipo y comentarlo conmigo. En realidad, estas cosas no me ofenden en absoluto. Más bien lo contrario. Fraga es la Sara Montiel de la política, un pobre remedo de lo que fue, alguien que se niega a soltar el timón del ordeno y mando, que poco a poco se convierte en el guiñol de sí mismo, un ser patético y absurdo. Lo siento por los gallegos, que le sufren. A mí, desde la lejanía, reconozco que sus exabruptos me divierten. Estoy deseando que este dinosaurio se presente otra vez a las elecciones y las gane. A medida que se va haciendo viejo, don Manuel suelta más perlas envenenadas por esa bocaza de perro de presa franquista, y en su partido muchos se llevan las manos a la cabeza por las barbaridades que inventa (no porque no piensen como él, que lo hacen, sino porque no es políticamente correcto mostrarse tan cavernario a estas alturas de siglo).
Otra noticia, también relacionada con los gays, es que el Pentágono barajó la posibilidad de emplear contra sus enemigos un arma química (con altas dosis de afrodisiaco) que les volviera homosexuales (sic). Para hundir la moral de las tropas enemigas. Bueno, bueno. ¿Es real esta locura que azota al mundo? Según leía, dudaba si no sería víctima de alguna broma de cámara oculta: tan ridículo me parecía todo. Como una copia mala de Mortadelo y Filemón, con los inventos imposibles del doctor Bacterio. De todos modos, si existe ese arma química, me encantaría utilizarla en plan selectivo con unos cuantos que yo me sé. El primero, claro, el provecto presidente de la Xunta, para que comprobara en carne propia cómo se funciona al revés. Lo bien que lo iba a pasar.
Vaya, que la Tierra gira y gira sobre su eje de locura y aquí estamos todos metidos en el ajo, sorprendidos a veces, en ocasiones divertidos, o escandalizados. Vivir para ver.
M ya debe de estar en Madrid. Le dejaré dormir hasta la noche, porque el viaje en autobús desde Algeciras (lo sé por experiencia propia) es matador. Luego le llamo a ver si se apunta a unas mahous por Malasaña. Tanto que hablar... Y dice que me ha comprado un regalo. Qué bien.
Ayer, en el curro, me pasaron la noticia de que Fraga, rodeado de sus jóvenes acólitos de Nuevas Generaciones del PP, había lanzado un nuevo zarpazo dialéctico contra gays y lesbianas ("No tengo nada en contra de ellos; si nacen así, pues qué se le va a hacer, pero que no digan encima que se sienten orgullosos de funcionar al revés"). Como soy el gay oficial y oficioso de la redacción –si excluímos a la locaza de P, una pobre muestra de lo que las barbies y la lencería fina pueden dañar el cerebro de una marica fina–, fueron desfilando todos por mi mesa para mostrarme el teletipo y comentarlo conmigo. En realidad, estas cosas no me ofenden en absoluto. Más bien lo contrario. Fraga es la Sara Montiel de la política, un pobre remedo de lo que fue, alguien que se niega a soltar el timón del ordeno y mando, que poco a poco se convierte en el guiñol de sí mismo, un ser patético y absurdo. Lo siento por los gallegos, que le sufren. A mí, desde la lejanía, reconozco que sus exabruptos me divierten. Estoy deseando que este dinosaurio se presente otra vez a las elecciones y las gane. A medida que se va haciendo viejo, don Manuel suelta más perlas envenenadas por esa bocaza de perro de presa franquista, y en su partido muchos se llevan las manos a la cabeza por las barbaridades que inventa (no porque no piensen como él, que lo hacen, sino porque no es políticamente correcto mostrarse tan cavernario a estas alturas de siglo).
Otra noticia, también relacionada con los gays, es que el Pentágono barajó la posibilidad de emplear contra sus enemigos un arma química (con altas dosis de afrodisiaco) que les volviera homosexuales (sic). Para hundir la moral de las tropas enemigas. Bueno, bueno. ¿Es real esta locura que azota al mundo? Según leía, dudaba si no sería víctima de alguna broma de cámara oculta: tan ridículo me parecía todo. Como una copia mala de Mortadelo y Filemón, con los inventos imposibles del doctor Bacterio. De todos modos, si existe ese arma química, me encantaría utilizarla en plan selectivo con unos cuantos que yo me sé. El primero, claro, el provecto presidente de la Xunta, para que comprobara en carne propia cómo se funciona al revés. Lo bien que lo iba a pasar.
Vaya, que la Tierra gira y gira sobre su eje de locura y aquí estamos todos metidos en el ajo, sorprendidos a veces, en ocasiones divertidos, o escandalizados. Vivir para ver.
M ya debe de estar en Madrid. Le dejaré dormir hasta la noche, porque el viaje en autobús desde Algeciras (lo sé por experiencia propia) es matador. Luego le llamo a ver si se apunta a unas mahous por Malasaña. Tanto que hablar... Y dice que me ha comprado un regalo. Qué bien.
DOS DÍAS CON D
Fin de semana dedicado, casi en su totalidad, a D. Nos encontramos en La ida a las seis y media del viernes y nos hemos dicho adiós hoy por la tarde. Con la excepción de unas horas ayer por la noche (en que yo estuve en casa de E y él salió por ahí con sus amigos), las casi cuarenta y ocho que mediaron entre el hola y adiós las hemos pasado juntos. Prueba superada, para mí, por cuanto no suelo soportar tanto tiempo acompañado, sea de un amigo, de un novio, del presidente de esta nuestra comunidad o de Brad Pitt (es un suponer). Diferente a como da en foto, con un punto un poco demasiado elaborado, creo que hubo buen rollo entre los dos desde el principio. Es guapetón, sin excesos que me pongan nervioso, e inteligente. Aunque estamos a años luz de distancia en muchas cosas, eso es cierto. Yo soy un desastre con patas (en cuestiones de alimentación, de limpieza de la casa, de organizarme la vida) y él es un tío con las ideas muy claras, una vida social de infarto y mucho estrés acumulado.
Nada más vernos le di un fuerte abrazo, como había prometido, y poco después llegó el primero de una larga serie de besos, suaves, arriesgados, detenidos o fugaces. Salimos con sus colegas de la facultad, casi todos con 21 años y toda la inocencia, y las ganas de comerse el mundo, y el afán porque la noche no se termine y dure y dure, en la mirada. Yo al principio estuve un poco envarado, pero en seguida me metí en canción y hablé con unos y otros. La verdad es que con mis añazos pensaba que a lo mejor no encajaba con esta peña tan, tan joven, pero no fue así. O al menos a mí no me lo pareció. En un momento dado, una de las amigas de D me soltó:
–Tú hace poco que acabaste la carrera, ¿no?
Puse cara de "no he oído bien", claro que nada que ver con la que puso ella cuando le contesté:
–Pues hace un tiempo... tengo treinta y cuatro años.
Era una mirada de incredulidad, de "no es posible que exista alguien tan viejo a estas horas, en este garito de Malasaña y con una copa en la mano"...
Ni qué decir que me levantó mucho el ánimo.
Dormimos juntos y nos comimos a besos, a mordiscos, a lengüetazos. Pero no follamos. A él le parece que es mejor no hacerlo al principio, no la primera noche. Supongo que son restos patéticos (por lo inútiles) de una educación que nos ha hecho mucho daño a todos, no sé. Y a mí no me apetecía, con los bajos en pleno proceso de curación de la psoriasis invertida y muchos picores y dolores. Total, calentón, marcha atrás y sueño pesado, profundísimo, en su compañía. Nos levantamos bastante tarde, a eso de las cuatro, con un hambre de caballo y horas por delante para ver la tele. Comimos menú del telechino de Hortaleza y, acurrucados en el sofá del salón, bajo una colcha que nos protegía (mal) del frío ambiente, seguí abrazándole y besándole, con insistencia. Me parece que a él le abrumaba o le cansaba tanta ternura. Estuve empalagoso, es verdad, pero es porque en ese momento me lo pedía el cuerpo. Yo puedo pasar muy fácilmente del cariño extremo a la indiferencia, los mimos prolongados engañan mucho a mi partenaire de turno, entiendo su agobio.
Anoche nos dimos una tregua de varias horas y mientras él salía por el centro con nuevos amigos (o los del día anterior, no me quedó muy claro: este chico da una patada y le salen amigos hasta debajo de las piedras) yo me acerqué a Moncloa. Había fiestuqui/reunión en casa de E, M** y Lauri. Además de ellas tres, estuvieron Evísima, Cristina (a la que no veía desde el final del verano), Asun la enfermera (una tía divertida y con un sentido del humor y de la ironía fina que me encantan), Alex y su novio John. Este último no me gustó, se me antojaba un niño caprichoso acostumbrado a hacer siempre su santa voluntad, muy dado a la pataleta y al enfado repentino, violento. Jugamos a las películas (adivinar el título de un filme mediante mímica y tal), y no sabía jugar. Todos los títulos eran demasiado antiguos para él, o no había visto las películas o eran muy difíciles. Niñato. En fin. Fumamos porros, yo bebí poco, porque la noche anterior con D y sus amigos (hasta las cinco de la mañana anduvimos faranduleando por ahí) pasaba factura y se traducía en un cansancio que me arrastraba a mi cuarto y a la cama. Salí de casa de éstas pronto, aún no eran las dos, y llamé a D para decirle que me iba directo a casa, que no saldría. Decidió dar por terminada su noche y unirse a mí en el portal, unos minutos más tarde. Di un paseo demorado –la noche no era fría en absoluto– Princesa abajo hasta plaza de España, cortando luego San Bernardo y embocando la calle del Pez hasta Corredera Baja, donde en unos minutos llegaría a mi calle, muerto de cansancio. D ya me estaba esperando y aún nos tomamos dos cervezas en el irlandés de enfrente, un lugar feo y típicamente anglosajón, con su ración de friquis (un tipo con un turbante, gafas de culo de botella y tripa cervecera que bailoteaba solo, hablando consigo mismo y mirando fijo, intimidatorio, a los clientes) y un camarero guapo y felino, muy rubio y muy sonrosadito, como lechón dispuesto al sacrificio, quién le hincara el diente.
Dormí a gusto con D, a ratos le abrazaba fuerte desde atrás, en ocasiones me desentendía de su presencia, que era como una piedra inesperada que pesaba en el lado izquierdo de la cama. Pero bastaba con alargar la mano y allí estaba su cuerpo, carnoso, rotundo, sensual. Hacía tiempo de la última dormida con alguien, y me regodeaba en esa seguridad extraña que provocan las caricias y los besos recíprocos. Muy humano todo.
M me acaba de enviar un mensaje al móvil diciéndome que llega mañana por la mañana. Espero verle pronto.
Nada más vernos le di un fuerte abrazo, como había prometido, y poco después llegó el primero de una larga serie de besos, suaves, arriesgados, detenidos o fugaces. Salimos con sus colegas de la facultad, casi todos con 21 años y toda la inocencia, y las ganas de comerse el mundo, y el afán porque la noche no se termine y dure y dure, en la mirada. Yo al principio estuve un poco envarado, pero en seguida me metí en canción y hablé con unos y otros. La verdad es que con mis añazos pensaba que a lo mejor no encajaba con esta peña tan, tan joven, pero no fue así. O al menos a mí no me lo pareció. En un momento dado, una de las amigas de D me soltó:
–Tú hace poco que acabaste la carrera, ¿no?
Puse cara de "no he oído bien", claro que nada que ver con la que puso ella cuando le contesté:
–Pues hace un tiempo... tengo treinta y cuatro años.
Era una mirada de incredulidad, de "no es posible que exista alguien tan viejo a estas horas, en este garito de Malasaña y con una copa en la mano"...
Ni qué decir que me levantó mucho el ánimo.
Dormimos juntos y nos comimos a besos, a mordiscos, a lengüetazos. Pero no follamos. A él le parece que es mejor no hacerlo al principio, no la primera noche. Supongo que son restos patéticos (por lo inútiles) de una educación que nos ha hecho mucho daño a todos, no sé. Y a mí no me apetecía, con los bajos en pleno proceso de curación de la psoriasis invertida y muchos picores y dolores. Total, calentón, marcha atrás y sueño pesado, profundísimo, en su compañía. Nos levantamos bastante tarde, a eso de las cuatro, con un hambre de caballo y horas por delante para ver la tele. Comimos menú del telechino de Hortaleza y, acurrucados en el sofá del salón, bajo una colcha que nos protegía (mal) del frío ambiente, seguí abrazándole y besándole, con insistencia. Me parece que a él le abrumaba o le cansaba tanta ternura. Estuve empalagoso, es verdad, pero es porque en ese momento me lo pedía el cuerpo. Yo puedo pasar muy fácilmente del cariño extremo a la indiferencia, los mimos prolongados engañan mucho a mi partenaire de turno, entiendo su agobio.
Anoche nos dimos una tregua de varias horas y mientras él salía por el centro con nuevos amigos (o los del día anterior, no me quedó muy claro: este chico da una patada y le salen amigos hasta debajo de las piedras) yo me acerqué a Moncloa. Había fiestuqui/reunión en casa de E, M** y Lauri. Además de ellas tres, estuvieron Evísima, Cristina (a la que no veía desde el final del verano), Asun la enfermera (una tía divertida y con un sentido del humor y de la ironía fina que me encantan), Alex y su novio John. Este último no me gustó, se me antojaba un niño caprichoso acostumbrado a hacer siempre su santa voluntad, muy dado a la pataleta y al enfado repentino, violento. Jugamos a las películas (adivinar el título de un filme mediante mímica y tal), y no sabía jugar. Todos los títulos eran demasiado antiguos para él, o no había visto las películas o eran muy difíciles. Niñato. En fin. Fumamos porros, yo bebí poco, porque la noche anterior con D y sus amigos (hasta las cinco de la mañana anduvimos faranduleando por ahí) pasaba factura y se traducía en un cansancio que me arrastraba a mi cuarto y a la cama. Salí de casa de éstas pronto, aún no eran las dos, y llamé a D para decirle que me iba directo a casa, que no saldría. Decidió dar por terminada su noche y unirse a mí en el portal, unos minutos más tarde. Di un paseo demorado –la noche no era fría en absoluto– Princesa abajo hasta plaza de España, cortando luego San Bernardo y embocando la calle del Pez hasta Corredera Baja, donde en unos minutos llegaría a mi calle, muerto de cansancio. D ya me estaba esperando y aún nos tomamos dos cervezas en el irlandés de enfrente, un lugar feo y típicamente anglosajón, con su ración de friquis (un tipo con un turbante, gafas de culo de botella y tripa cervecera que bailoteaba solo, hablando consigo mismo y mirando fijo, intimidatorio, a los clientes) y un camarero guapo y felino, muy rubio y muy sonrosadito, como lechón dispuesto al sacrificio, quién le hincara el diente.
Dormí a gusto con D, a ratos le abrazaba fuerte desde atrás, en ocasiones me desentendía de su presencia, que era como una piedra inesperada que pesaba en el lado izquierdo de la cama. Pero bastaba con alargar la mano y allí estaba su cuerpo, carnoso, rotundo, sensual. Hacía tiempo de la última dormida con alguien, y me regodeaba en esa seguridad extraña que provocan las caricias y los besos recíprocos. Muy humano todo.
M me acaba de enviar un mensaje al móvil diciéndome que llega mañana por la mañana. Espero verle pronto.
FALSA ALARMA
Pues no fue nada. Quedé con M** en la puerta de Urgencias, me tramitó todo el papeleo necesario y estuvimos de charleta en la sala de psquiatría hasta que llegó la dermatóloga de guardia. M**, discreta, nos dejó solos. Por lo visto, lo que tengo es una psoriasis invertida (muy propio de mí, lo de las inversiones...) en toda la zona genital. O sea, nada grave y sí un poco coñazo. Considerando que yo me había hecho a la idea de que era un herpes como una casa, esto de la psoriasis es doloroso pero nada más. Viva la herencia genética: ¿no podía haber heredado de mi padre algo menos engorroso? Ya me he comprado las cremas pertinentes y ahora será cuestión de paciencia. La Gran Cosa se ha quedado en cosina.
Después del mal trago en el hospital -bajarse los pantalones ante una desconocida y espatarrarse allí mismo es algo que no le deseo a nadie-, nos fuimos M** y yo de cañas. Tema a tratar: los tíos y sus múltiples formas de escaqueo a la hora de relacionarse con ellas (si heteros) o con ellos (si homos). M** es guapa -en mi opinión, guapísima, con unos grandes ojos moriscos, un poco tristes, y unos rasgos finos, como moldeados al detalle- e inteligente, un cóctel explosivo que pocos resisten. Es lástima, pero la encuesta sobre la que leí el otro día (un tanto por ciento muy elevado de mujeres con un cociente intelectual alto se quedan solteras) parece ser acertada: es difícil que una mujer independiente y con más de dos dedos de frente se conforme con el primer cafre que le suelte un requiebro. Ellos sí, siempre que la chica sea mona y les ponga sexualmente, da igual que no sepa hacer la o con un canuto. En el mundo gay, tres cuartas partes de los mismo: yo soy el primero que se pierde por un buen cuerpo, y si la azotea no está muy amueblada, qué más da, que me quiten lo bailado. ¿Y el amor? El amor es una lotería, no ha de tocar por narices, a veces uno tiene suerte, a veces no. El problema es que todo a nuestro alrededor nos incita a encontrar esa media naranja ideal, pareciera que si no tenemos pareja somos incompletos, no "triunfamos" plenamente en la vida. Bien. Como lotería que es, yo juego mis números, pero no baso todo mi ser en que me toque el Gordo, sería ridículo. Y la mayoría siente que se les hurta algo a lo que tienen derecho si esa personita especial no llega. Pero es que hay que tener claro que puede no llegar, que cuando uno nace no lleva un contrato bajo el brazo en el cual se estipula que uno tiene derecho a encontrar y disfrutar el amor. Con esto hay que vivir, nos guste o no. A los treinta y cuatro años, nunca he sido plenamente amado ni he vivido la experiencia mística del amor mutuo. ¿Fracaso? No, lucidez. Simplemente, mal que me pese, no puedo (ni quiero, ojo) conformarme con algo que no me convenza. He notado en mi entorno, en cuanto los treinta hacen acto de presencia y muestran sus feas y grandes orejotas por debajo de la mesa, que la gente se pone nerviosa si aún no tiene pareja; entonces se inicia una caza desesperada y en cuanto pillan a alguien medianamente aceptable se lo quedan. El saldo del amor. Pues bien, a mí comprar en rebajas nunca me gustó. Quizá es vocación de soltería, no lo sé. Es vocación de excelencia.
Comimos con E y Eva (que arrastra una gripe considerable). Ellas dos son la prueba palpable de que en ocasiones el amor irrumpe con fuerza y arrambla con todo. Lo dicho, la puta lotería que nunca se sabe dónde tocará. Están muy bien, en ese momento en que no puedes dejar de besar al otro, en que precisas de sus ojos para mirarte en ellos, cuando nada es más importante que su compañía, por encima de amigos, de familia y de compromisos. Que les dure la fiebre y disfruten de esta etapa tan bonita.
D me llamó para saber cómo habían ido los trámites hospitalarios. Qué mono. Se lo agradecí mucho, y ya se me quedó la sonrisa boba para el resto de la tarde. En el periódico, a E le preguntaron que qué me pasaba, que se me veía muy feliz. Eso digo yo: ¿qué me pasa? Varias conversaciones con teléfono o messenger de por medio, una intimidad creciente que desborda los límites de la amistad, muchas ganas de que llegue mañana y nos veamos, por fin, cara a cara. De repente, este fantasma que me ronda la cabeza se hace poderosamente real y me alegra el día.
Anoche estuve con E y J en el Only You. Y también Basauri, la amiga de E, y Elvira, ambas cooperantes. En un momento dado se habló del tema de los diarios en la Red, y Basauri, sin darse cuenta, me sacó del armario delante de todos. La verdad es que pasé algo de verguenza, pero creo que disimulé bien. Comentó que había leído mi viaje a Lisboa sin saber que era yo hasta que de repente cayó en la cuenta. Le he pedido que la próxima vez me deje un mensaje para saber que ha estado por aquí.
Hoy, después de días y días de sol y cielos azules, dolorosos de puro perfectos, se ha levantado la mañana nublada, como una película de gasa que filtrase de vez en cuando los rayos de luz pero sin dejar pasar el calorcillo solar. En el piso, sin embargo, el frío es tolerable. Cuando anoche llegué a casa, con la conciencia rebosante de cerveza y buena sintonía con los amigos, me encontré una nota de Patricia. Dice que está mal de dinero y me propone mudarse a la habitación de R (más pequeña e interior) para alquilar la suya por 300 euros y pagar nosotros menos. No lo veo. Si algo no quiero es que de nuevo seamos tres en casa. Como el tontolaba de su novio le ha propuesto que vivan juntos, voy a pedirle que acepte. Mi idea es tratar de vivir solo (la pastizara que soltaré todos los meses es importante, aunque si controlo gastos superfluos puedo afrontar el alquiler) y le propondré reservar su cuarto por tres o cuatro meses, para que si la experiencia de vivir con Pedro le sale rana pueda volver aquí sin problemas. Estoy a un tris de independizarme de compañeros de piso. Y eso me da miedo, pero me apetece tanto...
Después del mal trago en el hospital -bajarse los pantalones ante una desconocida y espatarrarse allí mismo es algo que no le deseo a nadie-, nos fuimos M** y yo de cañas. Tema a tratar: los tíos y sus múltiples formas de escaqueo a la hora de relacionarse con ellas (si heteros) o con ellos (si homos). M** es guapa -en mi opinión, guapísima, con unos grandes ojos moriscos, un poco tristes, y unos rasgos finos, como moldeados al detalle- e inteligente, un cóctel explosivo que pocos resisten. Es lástima, pero la encuesta sobre la que leí el otro día (un tanto por ciento muy elevado de mujeres con un cociente intelectual alto se quedan solteras) parece ser acertada: es difícil que una mujer independiente y con más de dos dedos de frente se conforme con el primer cafre que le suelte un requiebro. Ellos sí, siempre que la chica sea mona y les ponga sexualmente, da igual que no sepa hacer la o con un canuto. En el mundo gay, tres cuartas partes de los mismo: yo soy el primero que se pierde por un buen cuerpo, y si la azotea no está muy amueblada, qué más da, que me quiten lo bailado. ¿Y el amor? El amor es una lotería, no ha de tocar por narices, a veces uno tiene suerte, a veces no. El problema es que todo a nuestro alrededor nos incita a encontrar esa media naranja ideal, pareciera que si no tenemos pareja somos incompletos, no "triunfamos" plenamente en la vida. Bien. Como lotería que es, yo juego mis números, pero no baso todo mi ser en que me toque el Gordo, sería ridículo. Y la mayoría siente que se les hurta algo a lo que tienen derecho si esa personita especial no llega. Pero es que hay que tener claro que puede no llegar, que cuando uno nace no lleva un contrato bajo el brazo en el cual se estipula que uno tiene derecho a encontrar y disfrutar el amor. Con esto hay que vivir, nos guste o no. A los treinta y cuatro años, nunca he sido plenamente amado ni he vivido la experiencia mística del amor mutuo. ¿Fracaso? No, lucidez. Simplemente, mal que me pese, no puedo (ni quiero, ojo) conformarme con algo que no me convenza. He notado en mi entorno, en cuanto los treinta hacen acto de presencia y muestran sus feas y grandes orejotas por debajo de la mesa, que la gente se pone nerviosa si aún no tiene pareja; entonces se inicia una caza desesperada y en cuanto pillan a alguien medianamente aceptable se lo quedan. El saldo del amor. Pues bien, a mí comprar en rebajas nunca me gustó. Quizá es vocación de soltería, no lo sé. Es vocación de excelencia.
Comimos con E y Eva (que arrastra una gripe considerable). Ellas dos son la prueba palpable de que en ocasiones el amor irrumpe con fuerza y arrambla con todo. Lo dicho, la puta lotería que nunca se sabe dónde tocará. Están muy bien, en ese momento en que no puedes dejar de besar al otro, en que precisas de sus ojos para mirarte en ellos, cuando nada es más importante que su compañía, por encima de amigos, de familia y de compromisos. Que les dure la fiebre y disfruten de esta etapa tan bonita.
D me llamó para saber cómo habían ido los trámites hospitalarios. Qué mono. Se lo agradecí mucho, y ya se me quedó la sonrisa boba para el resto de la tarde. En el periódico, a E le preguntaron que qué me pasaba, que se me veía muy feliz. Eso digo yo: ¿qué me pasa? Varias conversaciones con teléfono o messenger de por medio, una intimidad creciente que desborda los límites de la amistad, muchas ganas de que llegue mañana y nos veamos, por fin, cara a cara. De repente, este fantasma que me ronda la cabeza se hace poderosamente real y me alegra el día.
Anoche estuve con E y J en el Only You. Y también Basauri, la amiga de E, y Elvira, ambas cooperantes. En un momento dado se habló del tema de los diarios en la Red, y Basauri, sin darse cuenta, me sacó del armario delante de todos. La verdad es que pasé algo de verguenza, pero creo que disimulé bien. Comentó que había leído mi viaje a Lisboa sin saber que era yo hasta que de repente cayó en la cuenta. Le he pedido que la próxima vez me deje un mensaje para saber que ha estado por aquí.
Hoy, después de días y días de sol y cielos azules, dolorosos de puro perfectos, se ha levantado la mañana nublada, como una película de gasa que filtrase de vez en cuando los rayos de luz pero sin dejar pasar el calorcillo solar. En el piso, sin embargo, el frío es tolerable. Cuando anoche llegué a casa, con la conciencia rebosante de cerveza y buena sintonía con los amigos, me encontré una nota de Patricia. Dice que está mal de dinero y me propone mudarse a la habitación de R (más pequeña e interior) para alquilar la suya por 300 euros y pagar nosotros menos. No lo veo. Si algo no quiero es que de nuevo seamos tres en casa. Como el tontolaba de su novio le ha propuesto que vivan juntos, voy a pedirle que acepte. Mi idea es tratar de vivir solo (la pastizara que soltaré todos los meses es importante, aunque si controlo gastos superfluos puedo afrontar el alquiler) y le propondré reservar su cuarto por tres o cuatro meses, para que si la experiencia de vivir con Pedro le sale rana pueda volver aquí sin problemas. Estoy a un tris de independizarme de compañeros de piso. Y eso me da miedo, pero me apetece tanto...
CAMINO DEL HOSPITAL
Cuando ya estaba a punto de meterme por la boca de Metro de Callao, me ha llamado M** para retrasar lo del hospital hasta la una menos cuarto. Así que me tomo un café (son las once cuando escribo) en el garito donde curra Ma, calle del Pez. Trato de templar la desazón que me provocan los médicos con un buen chute de cafeína, mientras Whitney Houston, desde el hilo musical, me asegura que siempre me amará. Ahora encadeno palabras, tratando de ignorar los trallazos de dolor (controlado) que me recuerdan la presencia de la Gran Cosa.
A pesar del madrugón –por segundo día consecutivo–, me he levantado de buen ánimo, con ganas de ver gente y una sensación de euforia que excede el mero optimismo. Todo ello por una conversación en el messenger y más tarde de viva voz (casi una hora) con D. La cadencia de sus frases, suave y profunda e hipnótica, me acompaña todavía, y lo que está claro es que de aquí puede surgir una buena amistad. ¿Lo demás? Todo se andará, en el dominio de los sentimientos nadie manda. Si fuera cuestión de voluntad (que no lo es), le elegía ya mismo como novio para los restos y padre de mis hijos, tanta confianza y buen rollo me produce. Él anda tocadillo con una historia de amor abortada, y yo soy demasiado mayor como para dejarme llevar por la ilusión preadolescente del chat. Y sin embargo... Sueño despierto y cuando quiero darme cuenta me he ido bien lejos, a París de su mano para dar un paseo a orillas del Sena, rebuscar libros raros entre los bouquinistes (aunque a él, esto de andar cazando libros por las librerías no le gusta, me ha dicho) y sentarnos en un banquito del puente de las Artes para observar los caprichosos arabescos del cielo, adivinando formas y figuras en las nubes. O construyo una tarde lluviosa en la cama con él, trazando caminos de tiza por su cuerpo, besando sus labios que, por lo poco que sé, han de besar muy bien. Pero basta. Es ridículo este soñar despierto sin ton ni son. Es posible que en dos días nos encontremos, y entonces se verá qué de real hay en este zepelín de cariño que entre los dos estamos levantando. Lo mismo se nos cae encima y nos aplasta, o puede que nos lleve por los aires hasta alguna isla desierta donde seamos los reyes de la creación. Una voz pepitogrillo e insistente me avisa que debería interrumpir este Diario ya mismo, nublar mis sentimientos y expectativas para que él no tenga acceso, de un modo tan directo, brutal, a lo que escondo debajo de esta mirada de tipo seguro de sí. Pero, por otro lado, ¿qué más da? No mostrar mis ilusiones jamás dio resultado, y siempre afirmé alto y claro que quien esté conmigo lo hará a pesar de mis múltiples defectos y carencias. Bueno, de algún modo, este Diario expuesto a los cuatro vientos es una terapia, un exorcismo de malos espíritus, un grito hacia fuera. Una necesidad. Si de aquí surgiera algo más que una mera amistad, no dejaría de ser irónico y gracioso.
Y ya estoy desvariando de nuevo, así que lo dejo.
No sé nada de M desde poco antes de Nochevieja. Marchó con su amiga Susana a pasar unos días a Marruecos y desde entonces, silencio. Calculo que a estas alturas debería haber regresado, pero el teléfono lo tiene apagado y en su casa no contesta nadie. Se echa de menos su amistad a prueba de bombas, la charla pausada y sin sobresaltos con el amigo. Imagino que entendí mal y que aún sigue por tierras africanas, ignoro hasta cuándo. A su vuelta, se impone una noche de cañas y cigarrillos para ponerle al tanto de mis bandazos sentisexuales, que son de aúpa. Primero el escarceo (olvidado ya, ni me ha llamado ni me apetece que lo haga) con Tony, el cubano; más tarde, el rebrote de emociones fortísimas hacia V -y cuán olvidado lo tengo ahora-; en este momento, la presencia difusa pero poderosa de D al otro lado del teléfono, desgranando palabras que son ideas, como pinceladas muy finas que dibujan su contorno y lo definen un poco más cada vez. La pintura al óleo que sale de las brumas y se aclara en un tríptico hermoso que quiero hacer mío y colgar de mi pared. Aunque todavía no esté claro si es san Antón o la Purísima... Necesito la opinión de M. Para no perder el norte y hallar un camino de vuelta a Itaca. Pobre Ulises confundido y absurdo.
A pesar del madrugón –por segundo día consecutivo–, me he levantado de buen ánimo, con ganas de ver gente y una sensación de euforia que excede el mero optimismo. Todo ello por una conversación en el messenger y más tarde de viva voz (casi una hora) con D. La cadencia de sus frases, suave y profunda e hipnótica, me acompaña todavía, y lo que está claro es que de aquí puede surgir una buena amistad. ¿Lo demás? Todo se andará, en el dominio de los sentimientos nadie manda. Si fuera cuestión de voluntad (que no lo es), le elegía ya mismo como novio para los restos y padre de mis hijos, tanta confianza y buen rollo me produce. Él anda tocadillo con una historia de amor abortada, y yo soy demasiado mayor como para dejarme llevar por la ilusión preadolescente del chat. Y sin embargo... Sueño despierto y cuando quiero darme cuenta me he ido bien lejos, a París de su mano para dar un paseo a orillas del Sena, rebuscar libros raros entre los bouquinistes (aunque a él, esto de andar cazando libros por las librerías no le gusta, me ha dicho) y sentarnos en un banquito del puente de las Artes para observar los caprichosos arabescos del cielo, adivinando formas y figuras en las nubes. O construyo una tarde lluviosa en la cama con él, trazando caminos de tiza por su cuerpo, besando sus labios que, por lo poco que sé, han de besar muy bien. Pero basta. Es ridículo este soñar despierto sin ton ni son. Es posible que en dos días nos encontremos, y entonces se verá qué de real hay en este zepelín de cariño que entre los dos estamos levantando. Lo mismo se nos cae encima y nos aplasta, o puede que nos lleve por los aires hasta alguna isla desierta donde seamos los reyes de la creación. Una voz pepitogrillo e insistente me avisa que debería interrumpir este Diario ya mismo, nublar mis sentimientos y expectativas para que él no tenga acceso, de un modo tan directo, brutal, a lo que escondo debajo de esta mirada de tipo seguro de sí. Pero, por otro lado, ¿qué más da? No mostrar mis ilusiones jamás dio resultado, y siempre afirmé alto y claro que quien esté conmigo lo hará a pesar de mis múltiples defectos y carencias. Bueno, de algún modo, este Diario expuesto a los cuatro vientos es una terapia, un exorcismo de malos espíritus, un grito hacia fuera. Una necesidad. Si de aquí surgiera algo más que una mera amistad, no dejaría de ser irónico y gracioso.
Y ya estoy desvariando de nuevo, así que lo dejo.
No sé nada de M desde poco antes de Nochevieja. Marchó con su amiga Susana a pasar unos días a Marruecos y desde entonces, silencio. Calculo que a estas alturas debería haber regresado, pero el teléfono lo tiene apagado y en su casa no contesta nadie. Se echa de menos su amistad a prueba de bombas, la charla pausada y sin sobresaltos con el amigo. Imagino que entendí mal y que aún sigue por tierras africanas, ignoro hasta cuándo. A su vuelta, se impone una noche de cañas y cigarrillos para ponerle al tanto de mis bandazos sentisexuales, que son de aúpa. Primero el escarceo (olvidado ya, ni me ha llamado ni me apetece que lo haga) con Tony, el cubano; más tarde, el rebrote de emociones fortísimas hacia V -y cuán olvidado lo tengo ahora-; en este momento, la presencia difusa pero poderosa de D al otro lado del teléfono, desgranando palabras que son ideas, como pinceladas muy finas que dibujan su contorno y lo definen un poco más cada vez. La pintura al óleo que sale de las brumas y se aclara en un tríptico hermoso que quiero hacer mío y colgar de mi pared. Aunque todavía no esté claro si es san Antón o la Purísima... Necesito la opinión de M. Para no perder el norte y hallar un camino de vuelta a Itaca. Pobre Ulises confundido y absurdo.
ENFERMO Y AGOBIADO
Ya es casi seguro que habré de ir al médico para mirarme a fondo. Llevo meses arrastrando cositas que, al final, se han convertido en la Gran Cosa y me tienen muy preocupado. No es que me vaya a morir de ésta, pero como dice E, ya me vale con esta fobia integral que les tengo a las batas blancas. Gracias a que M** trabaja en el hospital, creo que podrá colarme por Urgencias para evitar las listas interminables del Ambulatorio y que el tiempo siga pasando, siempre en mi contra. Si a todo ello le añadimos el gripazo que se anuncia en esta tos seca y desagradable que no se me quita por muchas cucharadas de jarabe que tome (y sigo fumando como un carretero), ya tenemos el cuadro completo. Estupendo. Ando muy desanimado y de un humor pésimo. Para colmo, hoy he tenido que llegar al curro a las once para el cursillo del nuevo diseño. Sensación de gilipollas total, allí sentado entre todos mis compañeros y muerto de sueño, mientras L V nos aleccionaba con su voz de institutriz británica sobre todos los cambios que nos harán crecer como empresa (ay, qué buen chiste si no fuera real) y que a mí ni me van ni me vienen, porque no interfieren para nada con mi trabajo.
Luego ha habido un intento (abortado) de ir todos en manada a comer. Que si el Vips, que si una bocadillería... Unos cuantos (Laura, Anuska, J, E y yo) nos escaqueamos del grupo y terminamos comiendo en un tailandés bastante normalito, con platos de proporciones liliputienses y mucha prisa (el servicio) por que levantáramos el culo de nuestros asientos. A E, que le sienta todavía peor que a mí lo de madrugar, todo le parecía mal y salió de allí rezongando contra los asiáticos en general y los tailandeses en particular... Mientras que ellos enfilaron rápidamente para la redacción, yo me he quedado en una cafetería leyendo ("La Reina de las Nieves", de Martín Gaite) y esribiendo el Diario.
A punto de irnos a casa, después de las cervezas de rigor por Malasaña, nuevo encuentro anoche con P y sus amigos. Empieza a ser cargante esto de ver hasta en la sopa a mi ex. ¿Por qué no consigue una beca por un par de años y se va al Japón? Su amiga Maca, la rubiaza que se cree maravillosa y va de honesta y de soltar verdades a la cara por la vida, se empeñó en que tomara la última con ellos, pero logré zafarme a cuenta del madrugón que me esperaba hoy.
Un poco más equilibrado con respecto a D. Los problemas que se me vienen encima han atenuado algo mi natural irreflexivo. Lo que suene, si es que suena, sonará. Lo cierto es que ayer fue todo un descubrimiento este chico tan diferente a la imagen que me había hecho de él. Y que me apetece conocerle, como amigo o como lo que sea. Pero despacito y con buena letra, todo irá mejor.
Luego ha habido un intento (abortado) de ir todos en manada a comer. Que si el Vips, que si una bocadillería... Unos cuantos (Laura, Anuska, J, E y yo) nos escaqueamos del grupo y terminamos comiendo en un tailandés bastante normalito, con platos de proporciones liliputienses y mucha prisa (el servicio) por que levantáramos el culo de nuestros asientos. A E, que le sienta todavía peor que a mí lo de madrugar, todo le parecía mal y salió de allí rezongando contra los asiáticos en general y los tailandeses en particular... Mientras que ellos enfilaron rápidamente para la redacción, yo me he quedado en una cafetería leyendo ("La Reina de las Nieves", de Martín Gaite) y esribiendo el Diario.
A punto de irnos a casa, después de las cervezas de rigor por Malasaña, nuevo encuentro anoche con P y sus amigos. Empieza a ser cargante esto de ver hasta en la sopa a mi ex. ¿Por qué no consigue una beca por un par de años y se va al Japón? Su amiga Maca, la rubiaza que se cree maravillosa y va de honesta y de soltar verdades a la cara por la vida, se empeñó en que tomara la última con ellos, pero logré zafarme a cuenta del madrugón que me esperaba hoy.
Un poco más equilibrado con respecto a D. Los problemas que se me vienen encima han atenuado algo mi natural irreflexivo. Lo que suene, si es que suena, sonará. Lo cierto es que ayer fue todo un descubrimiento este chico tan diferente a la imagen que me había hecho de él. Y que me apetece conocerle, como amigo o como lo que sea. Pero despacito y con buena letra, todo irá mejor.
Y MÁS VUELTAS DE TUERCA
Aún con la resaca de V, que se me irá pasando con el tiempo. E, anoche en el Angie, me llamó cobarde en dieciocho idiomas diferentes. Y añadió que si yo no le hubiera animado en su momento a mensajear a Eva, quizá no estarían juntas. No entiende que no tiene nada que ver, que el día que se vieron entre ellas hubo buen rollo y mejor comunicación, cosa que en el Imperfecto brilló por su ausencia. ¿Vas a perder esta oportunidad, Cornelio? No se trata de eso, no es que vaya a tirar nada por la borda: si yo le gusto a V, me llamará él. Y si no me llama, lo haré yo en ocho días (éste es el plazo que me he fijado), pero ya como amigos y con la conciencia tranquila de no haber sido pesado.
Como el Guadiana, los hay que aparecen y desaparecen de mi vida a ritmo de bolero, o de son. Tony, el cubano, después de unos días de silencio administrativo (en que, supongo, pensaba que yo daría algún paso) ha vuelto por sus fueros. Puede que esta noche nos veamos: él tiene una cena de trabajo y como yo salgo del periódico hacia la medianoche, igual lo arreglamos todo para vernos un rato. Si es así, imagino que intentará que acabemos en la cama. No haré nada por impedirlo, tampoco por acelerar el proceso. Me encuentro pelín pasota con respecto a los tíos (y yo sé por qué).
En el Angie fuimos un grupo ecléctico. J&A, su amiga Patxi, R, Paloma (a la que todos admiran como una gran belleza) y su novio, E y yo. Les di un rato la barrila con lo de V, pero luego pasamos a otros temas menos espinosos y al final, entre una cosa y otra, cayeron cinco cañas, cinco. El derrumbe sobre la cama fue en picado... Me tomo un café en Colby y en breve iré hasta Tribunal, donde he quedado con Daniel P para comer juntos.
Ventolera de cambio. Conversación, vía messenger y más tarde telefónica, con D. Acabo de conocerle pero es como si lleváramos meses charlando. Se me hace raro ponerle cara, sentimientos y ahora voz a alguien que antes era un mero fantasma en mis pensamientos. Pero alguien en quien de vez en cuando pensaba, es cierto. Alguna noche, de marchuqui por ahí, me preguntaba si lo encontraría. D no iba a saber quién soy, pero yo sí le reconocería a él. No sé, no sé. Según he colgado el teléfono, E me ha mirado raro y me ha dicho que por qué tengo esta cara de emocionado con la que escribo. Y, bueno, lo cierto es que estoy tontamente ilusionado. Y que me ha arreglado el día. Un timbre de voz cálido, de buen chaval, muy sensible y a quien se nota que le han hecho daño: me provocaba una ternura inmensa y ganas de protegerle. Menos mal que Tony no ha llamado, sería incapaz de tomar una sola cerveza con él después de esto. En fins. Mañana más.
Como el Guadiana, los hay que aparecen y desaparecen de mi vida a ritmo de bolero, o de son. Tony, el cubano, después de unos días de silencio administrativo (en que, supongo, pensaba que yo daría algún paso) ha vuelto por sus fueros. Puede que esta noche nos veamos: él tiene una cena de trabajo y como yo salgo del periódico hacia la medianoche, igual lo arreglamos todo para vernos un rato. Si es así, imagino que intentará que acabemos en la cama. No haré nada por impedirlo, tampoco por acelerar el proceso. Me encuentro pelín pasota con respecto a los tíos (y yo sé por qué).
En el Angie fuimos un grupo ecléctico. J&A, su amiga Patxi, R, Paloma (a la que todos admiran como una gran belleza) y su novio, E y yo. Les di un rato la barrila con lo de V, pero luego pasamos a otros temas menos espinosos y al final, entre una cosa y otra, cayeron cinco cañas, cinco. El derrumbe sobre la cama fue en picado... Me tomo un café en Colby y en breve iré hasta Tribunal, donde he quedado con Daniel P para comer juntos.
Ventolera de cambio. Conversación, vía messenger y más tarde telefónica, con D. Acabo de conocerle pero es como si lleváramos meses charlando. Se me hace raro ponerle cara, sentimientos y ahora voz a alguien que antes era un mero fantasma en mis pensamientos. Pero alguien en quien de vez en cuando pensaba, es cierto. Alguna noche, de marchuqui por ahí, me preguntaba si lo encontraría. D no iba a saber quién soy, pero yo sí le reconocería a él. No sé, no sé. Según he colgado el teléfono, E me ha mirado raro y me ha dicho que por qué tengo esta cara de emocionado con la que escribo. Y, bueno, lo cierto es que estoy tontamente ilusionado. Y que me ha arreglado el día. Un timbre de voz cálido, de buen chaval, muy sensible y a quien se nota que le han hecho daño: me provocaba una ternura inmensa y ganas de protegerle. Menos mal que Tony no ha llamado, sería incapaz de tomar una sola cerveza con él después de esto. En fins. Mañana más.
OPORTUNIDAD... PERDIDA
Hubo cita con V, en el Imperfecto, allá por San Ginés. Cita fallida. Yo estaba nervioso, él apático y muy poco hablador. Al parecer, después de tantos días de fiesta, se había tomado una pastilla para abrir el apetito –está muy delgado– y ésta le dio sueño. Pues qué bien, ideal para verse conmigo, que soy como una ametralladora de palabras con horror al silencio y a los malentendidos que yo mismo provoco por bocazas. Como siempre que estoy con alguien que apenas habla, me lancé (sin paracaídas) a un discurso caótico y absurdo, como una gran bola de nieve que pusiera en movimiento para esconderme detrás de ella y que, de improviso, fuese creciendo y creciendo hasta convertirse en alud imparable, de esos que destrozan todo a su paso. Un desastre. Y con la sensación de hundimiento a lo Titanic continué como pude hasta el final. Lo que me apetecía en realidad era decirle que me iba al baño y desaparecer sin dar explicaciones, correr a casita, meter la cabeza dentro de la baza y tirar de la cadena. Tengo la impresión de que no di una en el clavo, que la imagen de un Cornelio locatis e inmaduro se cocinaba a fuego lento en su retina, matando la otra, cualquiera que sea, que le había hecho besarme con tantas ganas la madrugada del jueves. Un desastre con patas. Al final, después de hora y media interminable (a mí se me hizo muy cuesta arriba seguir allí frente a él, como si tal cosa, cuando de verdad lo que deseaba era estar muerto y enterrado, por imbécil), bebí de un trago el resto de mi caña y le dije que nos fuéramos –cada uno a su casa, of course–, porque se le cerraban los ojos e iba a coger complejo de aburrido. Que es lo que soy cuando trato de dármelas de todo lo contrario: V es un tío muy inteligente, y la manera de llamar su atención no es haciendo alharacas en el aire y lanzando fuegos artificiales muy bonitos, con él debe ser distinto, y por eso he descubierto en cuestión de días que me gusta tantísimo. Porque es diferente...
Un beso de despedida ("Tienes que echarte crema en los labios", me soltó con una medio sonrisa) y la ligera promesa de volver a vernos ("Llámame", dijo con la boquita pequeña). Claro que nos veremos de nuevo, pero será al cabo de los meses, por casualidad, como hasta ahora, porque yo no pienso llamarle después de lo payaso que me he sentido ante él. Y yo me las doy de maduro y de tío-que-controla-las-situaciones... Frente a V, me sentía como un niño muy pequeño y revoltoso que hace gracia los primeros minutos y que después carga tremendamente. Me siento muy avergonzado por lo de anoche. E, que trata de animarme, asegura que no fue para tanto, que no pierda esta oportunidad. Lo que no quiero (eso lo tengo clarísimo) es enamorarme desesperadamente de un tío que no me corresponda. Ya pasé por eso muchas veces en mi vida, y es sufrir por sufrir. Si no veo a V en un tiempo, este germen de amor loco que me ha entrado se morirá de inanición. En cambio, si dejo que crezca... menudo monstruo comemoral puedo crear en dos segundos.
Menuda mierda. Los que no me gustan se arremolinan a mi alrededor (no tanto, vale, pero lo hacen) como abejas en torno a la miel; y los que me interesan, me miran un segundo con un matiz de interés, fruncen la nariz y se dan media vuelta en una huida de mí lenta y calculada. ¿Por qué? Lo sé demasiado bien: con los primeros, soy siempre yo mismo, le pese a quien le pese; con los segundos, sin embargo, me vuelvo un compendio de rarezas y de tonterías que hasta a mí me da asco. Y lo peor es que me doy cuenta de ello pero no soy capaz –de veras que no puedo, y mira que lo he intentado veces– de cambiar. Total: aventura abortada y a otra cosa, mariposa.
Un beso de despedida ("Tienes que echarte crema en los labios", me soltó con una medio sonrisa) y la ligera promesa de volver a vernos ("Llámame", dijo con la boquita pequeña). Claro que nos veremos de nuevo, pero será al cabo de los meses, por casualidad, como hasta ahora, porque yo no pienso llamarle después de lo payaso que me he sentido ante él. Y yo me las doy de maduro y de tío-que-controla-las-situaciones... Frente a V, me sentía como un niño muy pequeño y revoltoso que hace gracia los primeros minutos y que después carga tremendamente. Me siento muy avergonzado por lo de anoche. E, que trata de animarme, asegura que no fue para tanto, que no pierda esta oportunidad. Lo que no quiero (eso lo tengo clarísimo) es enamorarme desesperadamente de un tío que no me corresponda. Ya pasé por eso muchas veces en mi vida, y es sufrir por sufrir. Si no veo a V en un tiempo, este germen de amor loco que me ha entrado se morirá de inanición. En cambio, si dejo que crezca... menudo monstruo comemoral puedo crear en dos segundos.
Menuda mierda. Los que no me gustan se arremolinan a mi alrededor (no tanto, vale, pero lo hacen) como abejas en torno a la miel; y los que me interesan, me miran un segundo con un matiz de interés, fruncen la nariz y se dan media vuelta en una huida de mí lenta y calculada. ¿Por qué? Lo sé demasiado bien: con los primeros, soy siempre yo mismo, le pese a quien le pese; con los segundos, sin embargo, me vuelvo un compendio de rarezas y de tonterías que hasta a mí me da asco. Y lo peor es que me doy cuenta de ello pero no soy capaz –de veras que no puedo, y mira que lo he intentado veces– de cambiar. Total: aventura abortada y a otra cosa, mariposa.
MI REINO POR UNA LLAMADA
Le llamé ayer alrededor de las siete y las cosas resultaron bien por teléfono. No me trabé ni me puse nervioso, ni le noté distante sino todo lo contrario -cálido y cercano. Me comentó que había pasado todo el jueves de chill out en casa con unos amigos, y que no se había acostado hasta las once de la noche. Estaba muy cansado, y me adelanté a cualquier posible negativa aclarando que podíamos dejarlo para otro día. Contestó que no, que seguramente le vendría bien salir un rato y despejarse. En principio nos veríamos por el centro (somos casi vecinos) alrededor de las diez y media. Quedó en enviarme un mensaje, y lo que me llegó a las nueve y pico fue uno para pedirme que lo dejáramos para hoy, que aún no se encontraba lúcido. Bueno, hay dos posibilidades: o no le apetece gran cosa pasar un rato conmigo o de veras estaba cansado y lo que no quería era verme sin estar en condiciones. Por algún lado sonará la flauta. Yo hoy no llamo, que lo haga él si quiere. Cruzo los dedos sin demasiadas esperanzas. Tantas veces sufrí desengaños de este tipo que estoy preparado para otro más. A lo que no me acostumbraría nunca en la vida es al éxito sentimental.
Basta de darse de latigazos, Cornelio.
Acabo de terminar "Isabel y Maria", novela póstuma de Mercè Rodoreda. Prosa miniada, poética pero muy de la calle, sus criaturas se encierran en una trama que las asfixia y conturba. Cómo las visiones de una sola realidad varían con cada ángulo, no es lo mismo algo contado por Maria que por Lluís o por Isabel. El lector recibe la información (en ocasiones contradictoria) y a él corresponde quedarse con la verdad de la historia que elija, elaborar el tapiz y juzgar (o no) a los personajes. Anda por las librerías la edición de sus cuentos completos, que me voy a comprar. Es una escritora magnífica.
Como lo de V no pudo ser, compré un pollo asado en el bareto de Corredera Baja, llegué a casa, puse la tele y, hueso a hueso, piel a piel, me lo comí enterito, de una sentada. Como una boa constrictor (así me sentía), salí de nuevo a la calle para encontrarme en el Pez Gordo con J&A más su amiga Patxi. Yo estaba bastante jodido: arrastro desde el miércoles una tos fea que no se me quita con el jarabe que estoy tomando, temo que todo se resuelva en un gripazo de aúpa, a mi alrededor ya cayeron unos cuantos... Así que, cerveza en mano, notaba el pecho cada vez más cogido, y los cigarros que me fumaba de modo compulsivo no ayudaban nada. Nos dio la noche nostálgica, y cada uno habló de sus recuerdos televisivos y musicales más lejanos. Entre los suyos y los míos había una diferencia temporal que nos hacía reír, no en vano tienen siete años menos que yo: mientras que A y Patxi (el caso de J es diferente, siempre le gustó mucho lo del revival, y conocía lo que yo nombraba aunque no lo hubiera vivido) crecieron con La bola de cristal y Verónica Mengod, yo lo hice con las poesías de Gloria Fuertes, los programas infantiles de María Luisa Seco y Torrebruno, el "cómo están ustedes" (bieeeen...) de los payasos de la tele y las aventuras de Mazinger Z. Continuamos en el Malandro y finiquitamos la noche en Angie, donde los camareros me agradecieron mucho lo del artículo (pasé un poco de vergüenza: estas famas repentinas me doran el ego, pero también me apabullan). Volví a casa borrachín y contento, me fumé medio porro que tenía preparado, puse bajito Radiohead (OK Computer) para ir entrando suave en el sueño y hasta hoy, a las dos de la tarde, dormí como un bendito. Ahora, en el Laan, dejo esto para ponerme con el artículo que debo entregar mañana. No tengo ni idea de sobre qué puñetas escribiré: voy a pedir el periódico a ver si se me ocurre un tema.
Basta de darse de latigazos, Cornelio.
Acabo de terminar "Isabel y Maria", novela póstuma de Mercè Rodoreda. Prosa miniada, poética pero muy de la calle, sus criaturas se encierran en una trama que las asfixia y conturba. Cómo las visiones de una sola realidad varían con cada ángulo, no es lo mismo algo contado por Maria que por Lluís o por Isabel. El lector recibe la información (en ocasiones contradictoria) y a él corresponde quedarse con la verdad de la historia que elija, elaborar el tapiz y juzgar (o no) a los personajes. Anda por las librerías la edición de sus cuentos completos, que me voy a comprar. Es una escritora magnífica.
Como lo de V no pudo ser, compré un pollo asado en el bareto de Corredera Baja, llegué a casa, puse la tele y, hueso a hueso, piel a piel, me lo comí enterito, de una sentada. Como una boa constrictor (así me sentía), salí de nuevo a la calle para encontrarme en el Pez Gordo con J&A más su amiga Patxi. Yo estaba bastante jodido: arrastro desde el miércoles una tos fea que no se me quita con el jarabe que estoy tomando, temo que todo se resuelva en un gripazo de aúpa, a mi alrededor ya cayeron unos cuantos... Así que, cerveza en mano, notaba el pecho cada vez más cogido, y los cigarros que me fumaba de modo compulsivo no ayudaban nada. Nos dio la noche nostálgica, y cada uno habló de sus recuerdos televisivos y musicales más lejanos. Entre los suyos y los míos había una diferencia temporal que nos hacía reír, no en vano tienen siete años menos que yo: mientras que A y Patxi (el caso de J es diferente, siempre le gustó mucho lo del revival, y conocía lo que yo nombraba aunque no lo hubiera vivido) crecieron con La bola de cristal y Verónica Mengod, yo lo hice con las poesías de Gloria Fuertes, los programas infantiles de María Luisa Seco y Torrebruno, el "cómo están ustedes" (bieeeen...) de los payasos de la tele y las aventuras de Mazinger Z. Continuamos en el Malandro y finiquitamos la noche en Angie, donde los camareros me agradecieron mucho lo del artículo (pasé un poco de vergüenza: estas famas repentinas me doran el ego, pero también me apabullan). Volví a casa borrachín y contento, me fumé medio porro que tenía preparado, puse bajito Radiohead (OK Computer) para ir entrando suave en el sueño y hasta hoy, a las dos de la tarde, dormí como un bendito. Ahora, en el Laan, dejo esto para ponerme con el artículo que debo entregar mañana. No tengo ni idea de sobre qué puñetas escribiré: voy a pedir el periódico a ver si se me ocurre un tema.
¿ALGUIEN NUEVO EN MI VIDA?
Giro de ciento ochenta grados. V, mi amigo ocasional en Londres, a quien de cuando en cuando he encontrado por ahí, ha hecho acto de presencia en mi vida y la ha desbaratado sin remedio. Ya al vernos en Noxx, a finales de septiembre, estuvo especialmente cariñoso y terminamos morreando como hienas. Entonces le propuse irnos juntos, pero él me miró largo y tendido, movió la cabeza pensativo y dijo que no -a lo mejor tenía un novio esperándole en la cama, o estaba demasiado puesto, o cansado, o bien no le apetecía estar conmigo. Se quedó todo en un tonteo (inesperado, por cuanto V nunca había parecido interesado en mí) que olvidé a los pocos días. Pasaron las semanas, se sucedieron varios en mi vida, ninguno muy importante -quizás Gabriel y Jacobo, el uno por guapísimo, el otro por inteligente, hicieron un poco más de impresión, dejaron una tenue huella en la memoria-, hasta que el miércoles por la noche salí de nuevo con Ma (esta vez, J sí estaba presente, como siempre tirándome los tejos, y yo haciendo quiebros de torero bombero para esquivarlos). La cosa fue divertida, seguí la ruta habitual que ellos hacen, primero Cool con una música bastante normalita tirando a mala, a ver si ya se modernizan algo que va siendo hora; y luego Heaven. Me sentí observado, así que la dosis de vanidad para mi ego se colmó de sobra. De nuevo bailé como un loco. Vi a N, el amigo mexicano de mi ex vecino Jose, que se empeñó en que le acompañara al baño para que me bajara los pantalones y le enseñara la polla (?). Está la gente muy desatada... Aunque en su momento hubo tensioncilla sexual entre los dos, eso quedó atrás en el tiempo. Y pasé de él.
-Esto igual te sirve con los niños de veinte años (a cambio de una raya unas migajas de sexo), pero ya estamos mayores tú y yo para según qué juegos.
Le dije. Y era verdad, ahora en mi vida prima la calidad sobre la cantidad a la hora de irme con alguien. Quiero decir que, por una parte soy el tío más facilón del planeta, pero también he aprendido a decir que no si lo que se me ofrece no me convence del todo. Era el caso. Bailoteaba por ahí, rondándonos, un rapado cañón, cañón que me miraba y sonreía. Terminó acercándose para decirme que soy clavado a un camarero del Kolabora, me abrazó y estampó un casto beso de amigo en mi frente. Qué bien. Su colega, chiquitín y gracioso, me miraba con ojos golositos, ese sí, pero no me gustaba mucho y lo dejé correr.
Llegamos al Heaven (el lugar, ya lo he dicho en este Diario, es infecto, pero la música me encanta, más si pensamos que se trata de un after). J se perdió con uno que al principio no le gustaba nada pero que, a medida que los minutos pasaban y la hambruna apretaba, comenzó a hacerle gracia; Ma y yo nos movimos a la zona de los baños, menos concurrida. Necesitábamos bailar por encima de todo, y la pista estaba imposible de gente, cuerpos sudorosos, músculos de diseño, miradas y manos acariciadoras. Y entonces me di de bruces con V. En un instante, desaparecieron Ma y la música, los que nos rodeaban se esfumaron y quedamos los dos solos, frente a frente. Nos mirábamos con sorpresa, como si nunca antes nos hubiésemos mirado. No de aquella manera. Cuando hablábamos, juntaba su cabeza con la mía y me pasaba el brazo por la cintura, la palma de su mano abierta sobre mi costado. Le pedí su número para llamarle algún día, y lo memoricé. Rozó sus labios con los míos y antes de darme cuenta mi universo eran su boca y su lengua, sus manos y su pelo, su cuerpo pegado al mío. Nos besábamos con furia y ganas y ansia desbordada. De una forma un poco brutal, es cierto: me buscaba el labio inferior y cuando lo apresaba entre los dientes tiraba de él con fuerza hasta hacerme daño. Yo no me atrevía a decirle que se cortara algo, que a mí aquello no me ponía, que el dolor y el sexo, para el moi, están reñidos. Navegaba en una nube y no quería bajarme de ella, ni hacer que bajara él. Resultado: todavía hoy tengo el labio dolorido, poco a poco cicatrizan las heridas que me dejó (cuando Ma me vio a la luz del día, se quedó asustado de lo inflamada que tenía la boca). Estuvimos juntos por espacio de media hora, esta vez era él quien me pedía que nos fuéramos juntos.
-¿No se te hace raro que estemos así?-, me preguntó al oido.
-Un poco sí.
-Tú y yo siempre nos rozamos, pero nunca llegamos a nada.
No lo recuerdo así. Que yo sepa, nunca demostró el más mínimo interés por mí. A V le conocí a través de Pau, en el Old Compton's Café, adonde íbamos mucho Ainhoa y yo. Nada más verle me gustó, alto y espigado, dos ojos azules como piedras un poco frías, que me intimidaban. Vivía en Winchester, con una beca -creo que esculpía, pero no estoy seguro-, y no siempre pasaba los fines de semana en Londres. Quedamos unas cuantas veces, espaciadas en el tiempo. Éramos amigos, podría decirse, aunque nunca dejé de sentirme levemente incómodo, azorado, frente a la dura determinación de su mirada añil, casi de anciano en un rostro de veinteañero serio y parco en palabras... Y ahora no sé qué pensar, la verdad. Bueno, no: sé qué debería hacer, que es no pensar y tirarme en plancha, por ver qué resulta. Claro que eso es imposible cuando se trata de mí. A punto estuve de irme con él, pero Ma estaba solo (J brujuleaba por allí, desatado en busca de alguien que llevarse a la boca) y le expliqué que iba a hacer compañía a mi amigo, que nos veríamos después. A la salida (serían las diez de la mañana) ya no le encontré, y nada más llegar a casa le envié un mensaje prometiendo que hoy le llamaría. Su respuesta: "Me hubiera gustado dormir contigo, entre otras cosas". Un nuevo mensaje mío, ayer por la tarde: "Acabo de pagar el alquiler y la casera me ha mirado raro... Tengo los labios destrozados... A mí también me hubiera gustado dormir contigo. Todavía estamos a tiempo si cuando se te pase el pedo aún te quedan ganas. A mí no se me han ido... Un beso".
Y es verdad que uno de los motivos por que no me fui con él era el miedo a que todo fuera un combinado de borrachera y química corriendo por las venas, que en realidad V pudiera estar ahí conmigo como con cualquier otro, el primero que pillara por banda. No sé, esas aprensiones que me dominan a veces, algo así como "no puede ser que yo le guste, soy muy poca cosa para él". Anoche recibí su último mensaje: "Un beso de buenas noches, guapo". Parece, pues, que pasada la resaca todavía se acuerda de mí. Y aquí estoy, con nervios de adolescente y una ilusión loca por llamarle, pero retrasando el momento por temor a que todo sea una hermosa y perfecta pompa de jabón que se deshaga al contacto con la realidad.
-Esto igual te sirve con los niños de veinte años (a cambio de una raya unas migajas de sexo), pero ya estamos mayores tú y yo para según qué juegos.
Le dije. Y era verdad, ahora en mi vida prima la calidad sobre la cantidad a la hora de irme con alguien. Quiero decir que, por una parte soy el tío más facilón del planeta, pero también he aprendido a decir que no si lo que se me ofrece no me convence del todo. Era el caso. Bailoteaba por ahí, rondándonos, un rapado cañón, cañón que me miraba y sonreía. Terminó acercándose para decirme que soy clavado a un camarero del Kolabora, me abrazó y estampó un casto beso de amigo en mi frente. Qué bien. Su colega, chiquitín y gracioso, me miraba con ojos golositos, ese sí, pero no me gustaba mucho y lo dejé correr.
Llegamos al Heaven (el lugar, ya lo he dicho en este Diario, es infecto, pero la música me encanta, más si pensamos que se trata de un after). J se perdió con uno que al principio no le gustaba nada pero que, a medida que los minutos pasaban y la hambruna apretaba, comenzó a hacerle gracia; Ma y yo nos movimos a la zona de los baños, menos concurrida. Necesitábamos bailar por encima de todo, y la pista estaba imposible de gente, cuerpos sudorosos, músculos de diseño, miradas y manos acariciadoras. Y entonces me di de bruces con V. En un instante, desaparecieron Ma y la música, los que nos rodeaban se esfumaron y quedamos los dos solos, frente a frente. Nos mirábamos con sorpresa, como si nunca antes nos hubiésemos mirado. No de aquella manera. Cuando hablábamos, juntaba su cabeza con la mía y me pasaba el brazo por la cintura, la palma de su mano abierta sobre mi costado. Le pedí su número para llamarle algún día, y lo memoricé. Rozó sus labios con los míos y antes de darme cuenta mi universo eran su boca y su lengua, sus manos y su pelo, su cuerpo pegado al mío. Nos besábamos con furia y ganas y ansia desbordada. De una forma un poco brutal, es cierto: me buscaba el labio inferior y cuando lo apresaba entre los dientes tiraba de él con fuerza hasta hacerme daño. Yo no me atrevía a decirle que se cortara algo, que a mí aquello no me ponía, que el dolor y el sexo, para el moi, están reñidos. Navegaba en una nube y no quería bajarme de ella, ni hacer que bajara él. Resultado: todavía hoy tengo el labio dolorido, poco a poco cicatrizan las heridas que me dejó (cuando Ma me vio a la luz del día, se quedó asustado de lo inflamada que tenía la boca). Estuvimos juntos por espacio de media hora, esta vez era él quien me pedía que nos fuéramos juntos.
-¿No se te hace raro que estemos así?-, me preguntó al oido.
-Un poco sí.
-Tú y yo siempre nos rozamos, pero nunca llegamos a nada.
No lo recuerdo así. Que yo sepa, nunca demostró el más mínimo interés por mí. A V le conocí a través de Pau, en el Old Compton's Café, adonde íbamos mucho Ainhoa y yo. Nada más verle me gustó, alto y espigado, dos ojos azules como piedras un poco frías, que me intimidaban. Vivía en Winchester, con una beca -creo que esculpía, pero no estoy seguro-, y no siempre pasaba los fines de semana en Londres. Quedamos unas cuantas veces, espaciadas en el tiempo. Éramos amigos, podría decirse, aunque nunca dejé de sentirme levemente incómodo, azorado, frente a la dura determinación de su mirada añil, casi de anciano en un rostro de veinteañero serio y parco en palabras... Y ahora no sé qué pensar, la verdad. Bueno, no: sé qué debería hacer, que es no pensar y tirarme en plancha, por ver qué resulta. Claro que eso es imposible cuando se trata de mí. A punto estuve de irme con él, pero Ma estaba solo (J brujuleaba por allí, desatado en busca de alguien que llevarse a la boca) y le expliqué que iba a hacer compañía a mi amigo, que nos veríamos después. A la salida (serían las diez de la mañana) ya no le encontré, y nada más llegar a casa le envié un mensaje prometiendo que hoy le llamaría. Su respuesta: "Me hubiera gustado dormir contigo, entre otras cosas". Un nuevo mensaje mío, ayer por la tarde: "Acabo de pagar el alquiler y la casera me ha mirado raro... Tengo los labios destrozados... A mí también me hubiera gustado dormir contigo. Todavía estamos a tiempo si cuando se te pase el pedo aún te quedan ganas. A mí no se me han ido... Un beso".
Y es verdad que uno de los motivos por que no me fui con él era el miedo a que todo fuera un combinado de borrachera y química corriendo por las venas, que en realidad V pudiera estar ahí conmigo como con cualquier otro, el primero que pillara por banda. No sé, esas aprensiones que me dominan a veces, algo así como "no puede ser que yo le guste, soy muy poca cosa para él". Anoche recibí su último mensaje: "Un beso de buenas noches, guapo". Parece, pues, que pasada la resaca todavía se acuerda de mí. Y aquí estoy, con nervios de adolescente y una ilusión loca por llamarle, pero retrasando el momento por temor a que todo sea una hermosa y perfecta pompa de jabón que se deshaga al contacto con la realidad.
CASUALIDADES DE LA VIDA
Esta mañana, charla con R en el salón. Está a punto de dejar la casa, y es una pena porque la chica me cae bien. Era buena compañía frente a Patricia -a la que, por cierto, no veo desde el 22 de diciembre: qué descanso. R, que tiene vocación de misionera siempre entregada en cuerpo y alma a la felicidad ajena, se ha empeñado en organizar para el 14 una comida en su nuevo piso (por la calle Mayor) y celebrar de este modo, con carácter retroactivo, mi cumpleaños. Le he dicho que no hace falta, que se lo agradezco igual pero que no se complique con movidas de esas. Claro que cuando a ésta se le mete algo entre ceja y ceja no hay nada que hacer. Pues bien, iré allá y disfrutaré del homenaje.
Anoche anduve por Chueca y Malasaña con E y Eva, más P**, la amiga militar de E. Que parecía todo menos guardia civil. Primero encontramos a Eva con sus colegas en Jardín, calle Infantas. Una de ellas, Gema, me recordaba a alguien desde que me la presentaron el mes pasado, pero hasta ayer no supe de qué me sonaba su cara: fue compañera de piso de Karen y Coral allá por el 93 y nos conocimos en una fiesta de cumpleaños en febrero de ese año. Hay fotos que lo atestiguan y las he sacado del álbum para enseñárselas a E. Increibles estas casualidades que de tanto en tanto jalonan una vida y le añaden su poquito de misterio y de picante. Quién nos iba a decir que doce años más tarde volveríamos a reunirnos por medios completamente diferentes. Alucinará cuando vea las fotos: ella está igual, apenas ha cambiado; yo, que aparezco achispado en todas (ya apuntaba maneras), llevaba entonces el pelo largo recogido en una coleta, camisa transparente negra (moderno y provocativo que era uno) y tenía una mirada de ingenuo a lo Mary Pickford que con el tiempo ha desaparecido, claro.
Una vez que se unió a nosotros P**, ya los cuatro solos, jugamos un billar en La Vaca Austera. Y la última la tomamos en el Angie. Entre una cosa y otra, no me acosté hasta las cuatro y media.
Tony el cubano ha dado señales de vida y ya le he dicho que estos días de Reyes me quedo en Madrid. El anzuelo está echado, ¿lo morderá? Reconozco que con el paso de los días me va apeteciendo menos verle, pero si me llama no seré yo quien desaproveche la ocasión.
Anoche anduve por Chueca y Malasaña con E y Eva, más P**, la amiga militar de E. Que parecía todo menos guardia civil. Primero encontramos a Eva con sus colegas en Jardín, calle Infantas. Una de ellas, Gema, me recordaba a alguien desde que me la presentaron el mes pasado, pero hasta ayer no supe de qué me sonaba su cara: fue compañera de piso de Karen y Coral allá por el 93 y nos conocimos en una fiesta de cumpleaños en febrero de ese año. Hay fotos que lo atestiguan y las he sacado del álbum para enseñárselas a E. Increibles estas casualidades que de tanto en tanto jalonan una vida y le añaden su poquito de misterio y de picante. Quién nos iba a decir que doce años más tarde volveríamos a reunirnos por medios completamente diferentes. Alucinará cuando vea las fotos: ella está igual, apenas ha cambiado; yo, que aparezco achispado en todas (ya apuntaba maneras), llevaba entonces el pelo largo recogido en una coleta, camisa transparente negra (moderno y provocativo que era uno) y tenía una mirada de ingenuo a lo Mary Pickford que con el tiempo ha desaparecido, claro.
Una vez que se unió a nosotros P**, ya los cuatro solos, jugamos un billar en La Vaca Austera. Y la última la tomamos en el Angie. Entre una cosa y otra, no me acosté hasta las cuatro y media.
Tony el cubano ha dado señales de vida y ya le he dicho que estos días de Reyes me quedo en Madrid. El anzuelo está echado, ¿lo morderá? Reconozco que con el paso de los días me va apeteciendo menos verle, pero si me llama no seré yo quien desaproveche la ocasión.
HAY QUE LIMPIAR...
Comeré en tres cuartos de hora con M S, ya que no pudo ser lo de vernos justo antes de Nochevieja. Mientras tanto -después de un sueño reparador que me ha dejado como nuevo-, leo en Colby las disquisiciones de Juanita Narboni, que me está gustando. Voy a tratar de encontrar las otras dos novelas de Ángel Vázquez para regalarle una a Arturo por su cumpleaños. Qué ganas de escribir. Y, sin embargo, estoy con el Diario y no con la novela. ¿Miedo escénico? No, pereza mental y miedo, ese sí, al fracaso.
En los días libres que tendremos por Reyes, como pienso quedarme en Madrid y ser bueno (en la medida de lo posible, tampoco hay que pasarse en esto de la bondad), intentaré poner un poco de orden en mis cosas. La habitación es una leonera a la que le crecen bultos informes de ropa sucia por las esquinas, montañas de libros en precario equilibrio me lanzan miradas suplicantes ("Colócanos en la biblioteca, ordénanos, clasifícanos..."), aquello es un paraiso terrenal para mis amigos los ácaros, que deben tener montada toda una próspera y rica civilización a cuenta de mi vagancia para las labores propias de mi sexo (frase estúpida y carca donde las haya, como si limpiar y fregar y tener la casa como unos chorros fuera propio de algún sexo). Además, R está a punto de irse de casa, con lo que su habitáculo queda libre para mí, como cuarto de invitados: habrá que adecentarlo. Ay, qué poco me gustan estas esclavitudes del hogar dulce hogar, no soy nada propenso a tener mi casita lista para las visitas (mi frase preferida cuando subo a alguien es "no te asustes, está todo un poco desordenado")... Menudo amo de casa estoy hecho.
Comido con M S, que me ha contado con pelos y señales su Nochevieja en Valderredible, con toda la pandi y algún pegado de última hora. Ayer tuvo un encontronazo con Miguel, su ex, y le ha dicho que no quiere saber nada de él, que se ha dado cuenta de que ni siquiera pueden ser amigos y que desaparezca de su vida. Mejor paso para comenzar el año sin lastres ni ataduras no lo hubiera podido dar.
En los días libres que tendremos por Reyes, como pienso quedarme en Madrid y ser bueno (en la medida de lo posible, tampoco hay que pasarse en esto de la bondad), intentaré poner un poco de orden en mis cosas. La habitación es una leonera a la que le crecen bultos informes de ropa sucia por las esquinas, montañas de libros en precario equilibrio me lanzan miradas suplicantes ("Colócanos en la biblioteca, ordénanos, clasifícanos..."), aquello es un paraiso terrenal para mis amigos los ácaros, que deben tener montada toda una próspera y rica civilización a cuenta de mi vagancia para las labores propias de mi sexo (frase estúpida y carca donde las haya, como si limpiar y fregar y tener la casa como unos chorros fuera propio de algún sexo). Además, R está a punto de irse de casa, con lo que su habitáculo queda libre para mí, como cuarto de invitados: habrá que adecentarlo. Ay, qué poco me gustan estas esclavitudes del hogar dulce hogar, no soy nada propenso a tener mi casita lista para las visitas (mi frase preferida cuando subo a alguien es "no te asustes, está todo un poco desordenado")... Menudo amo de casa estoy hecho.
Comido con M S, que me ha contado con pelos y señales su Nochevieja en Valderredible, con toda la pandi y algún pegado de última hora. Ayer tuvo un encontronazo con Miguel, su ex, y le ha dicho que no quiere saber nada de él, que se ha dado cuenta de que ni siquiera pueden ser amigos y que desaparezca de su vida. Mejor paso para comenzar el año sin lastres ni ataduras no lo hubiera podido dar.
DE VUELTA
En Lerma, donde el autobús parará por espacio de tres cuartos de hora (no me extraña que luego no cumplan los horarios). Ando medio zombi, muy cansado, pero no puedo dormir como quisiera porque me ha tocado uno de los buses de refuerzo, de esos antiguos de asiento duro y sonido generalizado: lo que ponga el conductor en la radio, para todos; la peli de vídeo, también para todos. La mitad del viaje, que es lo que llevo hecho, han sido unos intentos fallidos por dormirme mientras en los oidos me atronaban las voces dobladas de Richard Gere y Sean Connery en "El primer caballero". Infame.
La comida de ayer en casa de mis padres no estuvo mal –mamá cocina de miedo, al césar lo que es del césar–; papá no comió con nosotros porque andaba de guardia en el Ambulatorio. Al principio estábamos un poco envarados, bueno, no todos, mi abuelo ni se enteraba, preocupado en meterle mano a las cigalas y al jamón (el silencio, a este hombre silencioso en extremo, no le pesa), y Rufo, el perro, saltaba enloquecido alrededor nuestro por ver si pillaba cacho –conmigo lo llevaba claro, nunca doy nada a ningún perro durante las comidas, soy así de inhumano. Más tarde la conversación se generalizó y el ambientillo se hizo más respirable. De todos modos, entre la llegada a Entrambasaguas y la despedida de mamá en la puerta, no mediaron ni dos horas, fue una comida relámpago. Aproveché, a la vuelta, para echarme una siestorra profunda profunda, que la necesitaba después del madrugón para sacar a Chiqui. Karen y yo, a partir de las siete y media, nos tomamos unas cervezas en el café La Ópera, donde yo solía ir, casi a diario, cuando estudiaba segundo de carrera y estaba colgadísimo de Chus Allende. Cuántas nostalgias de golpe, dios. Karen anda enamoriscada de uno que no termina de cuajar con ella (ahora te llamo y te veo, ahora desaparezco por espacio de dos semanas... ay, los hombres y sus pequeños minúsculos cerebritos), veremos qué sucede. Casi he prometido volver a Santander para el 21, cumpleaños de abuelito, así que entonces me contará si la cosa tuvo una continuación o sigue en punto muerto, como ahora. Está más delgada ("Los disgustos", se reía) y muy guapa, con su larga y rizada melena rubia, su piel blanquísima y cuajada de pecas, sus ojos azules e inteligentes. Es una de mis amigas más antiguas, nos conocemos de los Agustinos, donde ella cursaba un grado menos que yo. Ni siquiera podría decir cuándo comenzamos a ser amiguetes y no sólo conocidos. Miembros los dos del GEM (Grupo de Excursionistas en Marcha, ahí es nada) durante la primavera del 84, ella con doce y yo con trece, hubo una primera aproximación –hasta entonces era una de las amigas que rodeaban, como vírgenes vestales en torno a su ídolo, a María Jesús C, la beldad de la que yo estaba desesperada, e inútilmente, prendado. Mientras caminábamos a través de los hayedos, o hacíamos un alto en el recodo del camino, exhaustos, empezamos tímidamente a contarnos cosas. Ayer lo recordábamos y nos partíamos de risa: yo era un friqui con gafas de pasta (aún no habían llegado las salvadoras lentillas a mi vida) al que le entusiasmaba la Historia, que en lugar de jugar al fútbol se ponía a escribir cuentos en los recreos y que dibujaba compulsivamente rostros de mujeres, animales, plantas. El rarito de la clase. Ella, una de las princesitas del colegio, conocida de todos y muy, muy popular.
–Y la cosa es que me caías simpático.
–¿De qué hablábamos en las excursiones?
–¿No lo recuerdas? Tú me contabas la Historia de España por capítulos.
–¿En serio? No jodas... Qué vergüenza. Y qué tostón.
Después de mi paso por los Agustinos (ambiente pijo y selecto), en los Salesianos (aires obreros y más normalillos, colegio sólo de chicos) le perdí la pista hasta que amistades comunes nos reunieron en una fiesta el verano del 92. Desde entonces ya nunca dejamos de estar en contacto.
Sobre las once y pico de la noche, en un bar cutre de Alcázar de Toledo –el Cycle, con música de Camela y una recua de raquerillos de barrio (alguno de ellos hermosísimo) que jugaban a los dardos–, se nos unieron Alejandra y su novio Paco. Ellas dos se cayeron de puta madre e iniciamos una peregrinación de bar en bar: no nos separamos hasta cerca de las tres. Lo pasé genial, entre anécdotas y chistes, bromas y veras. Con Alejandrina he quedado en pasarme un fin de semana (pronto) por Valladolid, para hablar y beber, beber y hablar. Que a los dos se nos da muy bien la combinación. La última vez que estuve allí de visita fue hace la friolera de tres años y va siendo hora de repetir, que me han dicho que hay nuevos garitos en la ciudad. En Valladolid vive mi hermana Cristina, quizá la llame.
La comida de ayer en casa de mis padres no estuvo mal –mamá cocina de miedo, al césar lo que es del césar–; papá no comió con nosotros porque andaba de guardia en el Ambulatorio. Al principio estábamos un poco envarados, bueno, no todos, mi abuelo ni se enteraba, preocupado en meterle mano a las cigalas y al jamón (el silencio, a este hombre silencioso en extremo, no le pesa), y Rufo, el perro, saltaba enloquecido alrededor nuestro por ver si pillaba cacho –conmigo lo llevaba claro, nunca doy nada a ningún perro durante las comidas, soy así de inhumano. Más tarde la conversación se generalizó y el ambientillo se hizo más respirable. De todos modos, entre la llegada a Entrambasaguas y la despedida de mamá en la puerta, no mediaron ni dos horas, fue una comida relámpago. Aproveché, a la vuelta, para echarme una siestorra profunda profunda, que la necesitaba después del madrugón para sacar a Chiqui. Karen y yo, a partir de las siete y media, nos tomamos unas cervezas en el café La Ópera, donde yo solía ir, casi a diario, cuando estudiaba segundo de carrera y estaba colgadísimo de Chus Allende. Cuántas nostalgias de golpe, dios. Karen anda enamoriscada de uno que no termina de cuajar con ella (ahora te llamo y te veo, ahora desaparezco por espacio de dos semanas... ay, los hombres y sus pequeños minúsculos cerebritos), veremos qué sucede. Casi he prometido volver a Santander para el 21, cumpleaños de abuelito, así que entonces me contará si la cosa tuvo una continuación o sigue en punto muerto, como ahora. Está más delgada ("Los disgustos", se reía) y muy guapa, con su larga y rizada melena rubia, su piel blanquísima y cuajada de pecas, sus ojos azules e inteligentes. Es una de mis amigas más antiguas, nos conocemos de los Agustinos, donde ella cursaba un grado menos que yo. Ni siquiera podría decir cuándo comenzamos a ser amiguetes y no sólo conocidos. Miembros los dos del GEM (Grupo de Excursionistas en Marcha, ahí es nada) durante la primavera del 84, ella con doce y yo con trece, hubo una primera aproximación –hasta entonces era una de las amigas que rodeaban, como vírgenes vestales en torno a su ídolo, a María Jesús C, la beldad de la que yo estaba desesperada, e inútilmente, prendado. Mientras caminábamos a través de los hayedos, o hacíamos un alto en el recodo del camino, exhaustos, empezamos tímidamente a contarnos cosas. Ayer lo recordábamos y nos partíamos de risa: yo era un friqui con gafas de pasta (aún no habían llegado las salvadoras lentillas a mi vida) al que le entusiasmaba la Historia, que en lugar de jugar al fútbol se ponía a escribir cuentos en los recreos y que dibujaba compulsivamente rostros de mujeres, animales, plantas. El rarito de la clase. Ella, una de las princesitas del colegio, conocida de todos y muy, muy popular.
–Y la cosa es que me caías simpático.
–¿De qué hablábamos en las excursiones?
–¿No lo recuerdas? Tú me contabas la Historia de España por capítulos.
–¿En serio? No jodas... Qué vergüenza. Y qué tostón.
Después de mi paso por los Agustinos (ambiente pijo y selecto), en los Salesianos (aires obreros y más normalillos, colegio sólo de chicos) le perdí la pista hasta que amistades comunes nos reunieron en una fiesta el verano del 92. Desde entonces ya nunca dejamos de estar en contacto.
Sobre las once y pico de la noche, en un bar cutre de Alcázar de Toledo –el Cycle, con música de Camela y una recua de raquerillos de barrio (alguno de ellos hermosísimo) que jugaban a los dardos–, se nos unieron Alejandra y su novio Paco. Ellas dos se cayeron de puta madre e iniciamos una peregrinación de bar en bar: no nos separamos hasta cerca de las tres. Lo pasé genial, entre anécdotas y chistes, bromas y veras. Con Alejandrina he quedado en pasarme un fin de semana (pronto) por Valladolid, para hablar y beber, beber y hablar. Que a los dos se nos da muy bien la combinación. La última vez que estuve allí de visita fue hace la friolera de tres años y va siendo hora de repetir, que me han dicho que hay nuevos garitos en la ciudad. En Valladolid vive mi hermana Cristina, quizá la llame.
PRIMER MADRUGÓN DEL AÑO...
Mañana espléndida que ha sucedido, sin avisar (como suele ocurrir por estos pagos), a la noche de calabobos con que ayer despedimos el año. He madrugado para sacar a la perra, porque mi tío durmió en casa de su novia y abuelito ha renunciado hace tiempo a estas tareas. Vengo de dar un paseo por el centro de Santander, tomado por la tercera edad, que habrá ido a misa (ancianas a lo miss Marple que van, de dos en dos o de tres en tres, cogidas del brazo, caminando despacio por las calles manchadas de noche, confeti y celebración), y algún grupo rezagado de jóvenes que siguen la francachela, endomingados y en la cabeza el consabido gorrito de Papá Noel –esa infamia ridícula que cada año más se pone de moda. Al sol de la mañana, la ciudad bosteza y se estira, despierta de a poco de un sueño pesado y corto, muestra en su piel de asfalto las cicatrices de una resaca que los de la limpieza se encargarán en breve de lavar. Me tomo un café (un mediano, como dicen, y ya se me olvidaba, por aquí) en el único lugar que he visto abierto, muy cerca de casa, plaza de Numancia. Parroquianos que se felicitan el año, ruido de tazas que chocan con platos que chocan con cucharillas, la cafetera es una locomotora asmática que suelta su chorro de vapor a todo trapo, chucuchú, chucuchú... (Lírico me he levantado, por Tutatis) A las tres tenemos comida de tiros largos en el pueblo (Entrambasaguas) con mis padres, y antes hay que pasarse por casa de la tía Ana para recuperar mi móvil, que con las prisas del champán y de las despedidas me olvidé ayer.
Llegué a Santander tras seis horas de viaje de las que apenas recuerdo nada. Tan cansado estaba que dormí casi todo el trayecto; de cuando en cuando abría los ojos y el campo castellano era un erial de nieve y casucas diseminadas aquí y allá. Luego, pasado El Escudo, el paisaje se volvió agreste, verdísimo –ya sin nieve–, y supe, por la belleza salvaje de las montañas y el aire inconfundible de las cabañas pasiegas y demás edificios, que estaba en casa. Abuelito, bien, aunque más dormilón que nunca. Cuando entré en el salón estaba frente a la tele, en su asiento, con la cabeza derrumbada sobre el pecho y roncando. Despertó, me dio un beso de bienvenida y volvió a caer en la letargia de la vejez que son estas siestas leves y continuadas. Él y Charly han pasado por una gripe que arrastran todavía, y, al respirar, el aire se le vuelve una caja de grillos, un pequeño seísmo controlado de sonidos y fatiga.
Quedé en Bar Gas con Borja B para entregarle de parte de M las entradas para el concierto de REM. Charlamos sobre sus clases (este año, flamante funcionario con la oposición cumplida, es profesor de instituto) y los alumnos con quienes ha de lidiar cada día. Menuda generación se nos viene encima. Él, gran fumador de porros, ha de poner cara seria cuando sus estudiantes llegan al aula fumados. También nos tomamos una con su novia Elena, a la que prepara una declaración (sorpresa) de matrimonio precisamente durante el concierto –al parecer, es el grupo favorito de ella. Las gentes se casan y se descasan, tienen hijos, "sientan" la cabeza y se alejan, sin remedio, de mi mundo peterpanesco y bohemiazo. Qué le vamos a hacer.
La cena de Nochevieja fue opípara. Unos centollos enormes y muy bien cocinados se llevaron la palma. También hubo caracoles (que no soporto) en recuerdo de abuelita, quien todas las navidades preparaba una buena olla. Alrededor de la mesa, mis primas, tía Ana, Charly, mi abuelo y yo. Ana es un resto borroso de la belleza que Charly nos presentó a la familia hace casi treinta años. Recuerdo el día, una mañana de primavera del 76, en el Sardinero. Yo tenía cinco años y me enamoré de su piel morena y brillante, de sus ojos verdes que reían tanto, de la perfección imposible de su nariz y labios, de la melena lisa y arrubiada que lucía suelta, muy por debajo de los hombros. Era la niña bien, delicada e inocente, que se enamoró con locura del hippy transgresor que parecía mi tío. El ventarrón canalla de los años ha arramblado con su hermosura legendaria, ahora es una señora de casi cincuenta tremendamente gorda, aunque todavía fascinante, metida en cosas de religión y en movidas kármicas, que ni bebe ni fuma. Después de años hundida por las drogas, el cáncer y el desamor. A mí siempre me quiso mucho, y yo la correspondo con largueza... Pendiente queda un café mano a mano para cuando vuelva por aquí, tal vez en torno al cumpleaños de abuelito. Que, por cierto, estaba exultante, dentro de lo que cabe, rodeado de sus nietos y mimado por todos.
Llegué a Santander tras seis horas de viaje de las que apenas recuerdo nada. Tan cansado estaba que dormí casi todo el trayecto; de cuando en cuando abría los ojos y el campo castellano era un erial de nieve y casucas diseminadas aquí y allá. Luego, pasado El Escudo, el paisaje se volvió agreste, verdísimo –ya sin nieve–, y supe, por la belleza salvaje de las montañas y el aire inconfundible de las cabañas pasiegas y demás edificios, que estaba en casa. Abuelito, bien, aunque más dormilón que nunca. Cuando entré en el salón estaba frente a la tele, en su asiento, con la cabeza derrumbada sobre el pecho y roncando. Despertó, me dio un beso de bienvenida y volvió a caer en la letargia de la vejez que son estas siestas leves y continuadas. Él y Charly han pasado por una gripe que arrastran todavía, y, al respirar, el aire se le vuelve una caja de grillos, un pequeño seísmo controlado de sonidos y fatiga.
Quedé en Bar Gas con Borja B para entregarle de parte de M las entradas para el concierto de REM. Charlamos sobre sus clases (este año, flamante funcionario con la oposición cumplida, es profesor de instituto) y los alumnos con quienes ha de lidiar cada día. Menuda generación se nos viene encima. Él, gran fumador de porros, ha de poner cara seria cuando sus estudiantes llegan al aula fumados. También nos tomamos una con su novia Elena, a la que prepara una declaración (sorpresa) de matrimonio precisamente durante el concierto –al parecer, es el grupo favorito de ella. Las gentes se casan y se descasan, tienen hijos, "sientan" la cabeza y se alejan, sin remedio, de mi mundo peterpanesco y bohemiazo. Qué le vamos a hacer.
La cena de Nochevieja fue opípara. Unos centollos enormes y muy bien cocinados se llevaron la palma. También hubo caracoles (que no soporto) en recuerdo de abuelita, quien todas las navidades preparaba una buena olla. Alrededor de la mesa, mis primas, tía Ana, Charly, mi abuelo y yo. Ana es un resto borroso de la belleza que Charly nos presentó a la familia hace casi treinta años. Recuerdo el día, una mañana de primavera del 76, en el Sardinero. Yo tenía cinco años y me enamoré de su piel morena y brillante, de sus ojos verdes que reían tanto, de la perfección imposible de su nariz y labios, de la melena lisa y arrubiada que lucía suelta, muy por debajo de los hombros. Era la niña bien, delicada e inocente, que se enamoró con locura del hippy transgresor que parecía mi tío. El ventarrón canalla de los años ha arramblado con su hermosura legendaria, ahora es una señora de casi cincuenta tremendamente gorda, aunque todavía fascinante, metida en cosas de religión y en movidas kármicas, que ni bebe ni fuma. Después de años hundida por las drogas, el cáncer y el desamor. A mí siempre me quiso mucho, y yo la correspondo con largueza... Pendiente queda un café mano a mano para cuando vuelva por aquí, tal vez en torno al cumpleaños de abuelito. Que, por cierto, estaba exultante, dentro de lo que cabe, rodeado de sus nietos y mimado por todos.