FANTASMAS
Otro mes para la saca de lo vivido. En el desván de los recuerdos y los olvidos se va acumulando este gran montante de días, que se mezclan en una confusión alegre de vivencias. Si no fuera por mi Diario, todo redundaría en la amalgama imprecisa de lo no escrito, un revuelto caudal de experiencia donde uno nunca encuentra lo que busca. De su magma en continua ebullición, surgen de vez en cuando, como piedras de rara belleza, hechos y casos. Sobre todo por las noches, cuando el sueño va llegando, repaso rostros que me visitan desde tiempos pretéritos y me hablan en un lenguaje cifrado que sólo yo entiendo. Espíritus de navidades pasadas que me sonríen benévolos y, a la frase mágica de "¿te acuerdas?", me traen en volandas conversaciones, circunstancias, horas felices del ayer. Aunque también los hay que me observan con ojos oscuros y brillantes, ojos feroces, y no me perdonan. Fantasmas que hacen daño, sobre todo. Como cualquiera que haya vivido lo suyo, también yo me arrepiento de muchas cosas que hice o dejé de hacer. Durante el día, no, pero cuando cae la noche y me envuelvo en la crisálida de mi cama, las fronteras entre vigilia y sueño se difuminan y cobran importancia, poderosísimos, ciertos personajes que en su momento formaron parte de mi cotidianidad y hoy ya no están, unos porque los barrí yo de la mente, otros porque se esfumaron, otros más porque –asomados al abismo de mi personalidad, cambiante y obtusa– eligieron un mutis por el foro más que sonado. Pienso en Roberto O, por ejemplo, uno de los misterios sin resolver en mi vida. Pienso en Chus, que pudo ser (y no fue) un grandísimo amor. Pienso en Aitor, a quien durante años conté entre mis amigos y luego se reveló poderoso antagonista. Pienso en mis padres, incapaces de dar la talla en según qué circunstancias –y, por ende, en mi hermano, que estos días habrá alcanzado la treintena en algún lugar de Irlanda. Pienso en Chusa, con su fealdad (física y espiritual) a cuestas y la necesidad imperiosa de ser cruel con los más débiles, para ocultar su propia debilidad. Espectros que revolotean sobre esa masa encefálica del pasado, barquitos de papel que surcan el piélago oscuro del olvido, y no se hunden nunca, por muchas tempestades que se les echen encima. A partir de una edad, se debe aprender a vivir, también, con estas visitas non gratas. Aceptar su presencia en ocasiones incómoda. E intentar que las aristas de sus palabras imaginarias no corten.
GAYS LIGANDO
Nueva ola directa desde el Ártico (y van tres) que se nos cuela por la puerta de servicio y a través de la cocina alcanza a los dormitorios, al salón, al cuarto de costura. Esta noche he dormido bien, pero con la impresión de frío metida en el cuerpo, acompañando todos mis sueños, los mismos que se esfumaron no bien abrí los ojos a este mediodía gris y falto de sustancia. En el Colby, me tomo un café ya casi helado (más el zumo de naranja que ahora me obligo a beber cada mañana, por aquello de alimentarse bien y hacer caso a la muchedumbre de pepitogrillos que tengo por amigos) y escribo esto después de terminar la novela de la Gaite y antes de comenzar "Retrato de grupo con señora", de Heinrich Böll. Un entremés entre platos fuertes.
Suena música de jazz –del moderno, con mucho arreglo electrónico–, que el aleteo incesante de las conversaciones ahoga, en una maraña de ruidos dominical. Degusto el paso lento del tiempo sin pensar en que, dentro de tres horas a lo sumo, estaré en el curro delante de un ordenador. Para qué, si ahora mismo es esta circunstancia y nada más; el futuro se perfila en un horizonte de páginas y noticias, de cigarrillos consumidos cerca de la zona del baño (adonde nos han relegado a los fumadores, otra ideología demoníaca, seguro), de charlas entrecortadas con los compañeros, pero de momento es eso, una bruma de obligaciones a lo lejos, que ni siquiera me toca, ni contamina esta primera hora de la tarde entre libros y folios en blanco.
La noche del viernes fui al teatro ("En grilletes", de Las Grotesques, en la sala Alfil) con E y Evísima. Las entradas las conseguí gratis a través de A**, y después de la función nos acercamos hasta su bar para tomar la primera de la noche y agradecerle el detalle. Comienza a resultar más que evidente su coqueteo conmigo, y yo dejo que me regale los oídos pero sin mostrar ningún interés por él (bueno, esto que acabo de escribir no es del todo exacto, hay alguna mirada de especial intensidad, frases con "mensaje subliminal" que llegan a su destino, un juego de seducción que también yo acepto, porque si no no existiría). Me dijo que estoy muy guapo, y ya me contentó para el resto de la noche.
–Cómo sois los gays–, afirmó un poco más tarde E.
–No te entiendo.
–Ligando... Sois muy directos: hubo un momento, cuando A** y tú hablábais, en que sentí que nosotras dos sobrábamos.
–Las lesbianas también podeis ser muy directas.
–No tanto.
A lo mejor tiene razón. Los hombres, como tal (no importa si heteros u homos), suelen ir directos al grano, no permiten cabos sueltos en el aire. Me gustas, te gusto, vámonos a la cama. Las mujeres prefieren que haya un juego previo, dan vueltas a la posibilidad del romance y quieren pero no quieren: deshojan la margarita. Eso, la generalidad. Aunque yo he conocido mujeres muy directas –casi brutales en su demanda de sexo– y hombres que reservaban su flor para el primer príncipe azul que pase por su lado, con pedigrí, of course. Es verdad que el jueguecito entre A** y yo quizá trasluce muy a las claras cierta urgencia por tocarse, por besarse, por follar el uno con el otro, pero también lo es que yo me regodeo en estos preliminares, y muchas veces se quedan en agua de borrajas, sin ir a más. Esta vez también puede que el arroz se pase. No hay que olvidar que tiene novio: a mí no me gusta meterme en medio de una pareja. Todo se verá.
Después de la ración de erotismo (de bajísima intensidad) fuimos hasta un garito de Malasaña, donde jugamos al Trivial –Eva enfurruñada porque no ganó– y, ademásde alguna cervecilla, cayeron un bocata de lomo con queso y una ración enorme, desmesurada, de patatas bravas. Serían más de las tres cuando me bajé en marcha (ellas enfilaron para Chueca: E quería tomarse la última) y caí sobre la cama no bien llegué a casita.
Hablando de mi casa. Con la visita a Ikea de hace dos días, el aspecto del salón ha mejorado considerablemente. Me gasté más de doscientos euros (cómo se nota que ganas bien, Cornelio). Y hubiera podido ser el doble. Tantos eran los objetos que, con su canto de sirena, me decían cómpranos. Pasamos la tarde eligiendo mesas, lámparas, cojines,... luego quedé con M, que nos ayudó a subirlo todo hasta el cuarto sin ascensor en que vivo.
Ayer por la mañana, después de que se fuera la luz y yo me pusiera de muy mal gas por esto (al final no fue nada, vino un técnico de Unión Fenosa a las seis y pico de la tarde, movió dos o tres interruptores y, oh misterio, la luz se hizo; no me quiso cobrar nada), bajé a La Antorcha a desayunar y me encontré con Jose y Raquel, pareja amiga de Arturo, a quienes no veía desde hace más de un año. Nos sentamos juntos y pasamos un rato agradable, en plan tertulia mañanera –pero eran más de las dos de la tarde–, a la que un poco más tarde se unió M. Hemos quedado en vernos más a menudo, quizá estaría bien instituir los sábados al mediodía como reunión por alguno de los bares de la calle del Pez. Seguiremos en contacto, de todos modos, a través de los hilos mágicos y conductores de Internet. M se quedó conmigo hasta media tarde, me ayudó con la mesa del salón, que se resistía a ser montada, y luego comimos en un Kebab. Para las cinco se volvió a Lavapiés: anda enredado en un cuento que no podía dejar de lado. Hablamos de literatura, de cómo la ficción que uno recrea en su cabeza se va desarrollando y finalmente atrapa al autor, sin remedio. Yo me refugié en casa, y con Anita vi dos películas seguidas ("En la ciudad sin límites" y "Los otros"), con porros a tutiplén y cena pantagruélica. Para las dos de la mañana ya estaba en la cama, soñando con angelitos negros.
Encuentro, hace unos minutos, con G. Está guapo, el cabrón, a pesar de una perilla feísima que se empeña en mantener. Encima no deja de repetirme lo bueno que estoy yo (para él), esto parece una competición tipo "tú más", "no, tonto, tú", "que no, que mucho más tú". Me mira de arriba abajo con detenimiento, como calibrando el cuerpo que late y transpira a través de la ropa. Me hubiera gustado subir a su buhardilla y encamarme con él unas horas, fue un deseo violento que hube de reprimir, porque él andaba con prisa y yo tengo periódico (ahora, ya, en hora y media). Otro día será.
Suena música de jazz –del moderno, con mucho arreglo electrónico–, que el aleteo incesante de las conversaciones ahoga, en una maraña de ruidos dominical. Degusto el paso lento del tiempo sin pensar en que, dentro de tres horas a lo sumo, estaré en el curro delante de un ordenador. Para qué, si ahora mismo es esta circunstancia y nada más; el futuro se perfila en un horizonte de páginas y noticias, de cigarrillos consumidos cerca de la zona del baño (adonde nos han relegado a los fumadores, otra ideología demoníaca, seguro), de charlas entrecortadas con los compañeros, pero de momento es eso, una bruma de obligaciones a lo lejos, que ni siquiera me toca, ni contamina esta primera hora de la tarde entre libros y folios en blanco.
La noche del viernes fui al teatro ("En grilletes", de Las Grotesques, en la sala Alfil) con E y Evísima. Las entradas las conseguí gratis a través de A**, y después de la función nos acercamos hasta su bar para tomar la primera de la noche y agradecerle el detalle. Comienza a resultar más que evidente su coqueteo conmigo, y yo dejo que me regale los oídos pero sin mostrar ningún interés por él (bueno, esto que acabo de escribir no es del todo exacto, hay alguna mirada de especial intensidad, frases con "mensaje subliminal" que llegan a su destino, un juego de seducción que también yo acepto, porque si no no existiría). Me dijo que estoy muy guapo, y ya me contentó para el resto de la noche.
–Cómo sois los gays–, afirmó un poco más tarde E.
–No te entiendo.
–Ligando... Sois muy directos: hubo un momento, cuando A** y tú hablábais, en que sentí que nosotras dos sobrábamos.
–Las lesbianas también podeis ser muy directas.
–No tanto.
A lo mejor tiene razón. Los hombres, como tal (no importa si heteros u homos), suelen ir directos al grano, no permiten cabos sueltos en el aire. Me gustas, te gusto, vámonos a la cama. Las mujeres prefieren que haya un juego previo, dan vueltas a la posibilidad del romance y quieren pero no quieren: deshojan la margarita. Eso, la generalidad. Aunque yo he conocido mujeres muy directas –casi brutales en su demanda de sexo– y hombres que reservaban su flor para el primer príncipe azul que pase por su lado, con pedigrí, of course. Es verdad que el jueguecito entre A** y yo quizá trasluce muy a las claras cierta urgencia por tocarse, por besarse, por follar el uno con el otro, pero también lo es que yo me regodeo en estos preliminares, y muchas veces se quedan en agua de borrajas, sin ir a más. Esta vez también puede que el arroz se pase. No hay que olvidar que tiene novio: a mí no me gusta meterme en medio de una pareja. Todo se verá.
Después de la ración de erotismo (de bajísima intensidad) fuimos hasta un garito de Malasaña, donde jugamos al Trivial –Eva enfurruñada porque no ganó– y, ademásde alguna cervecilla, cayeron un bocata de lomo con queso y una ración enorme, desmesurada, de patatas bravas. Serían más de las tres cuando me bajé en marcha (ellas enfilaron para Chueca: E quería tomarse la última) y caí sobre la cama no bien llegué a casita.
Hablando de mi casa. Con la visita a Ikea de hace dos días, el aspecto del salón ha mejorado considerablemente. Me gasté más de doscientos euros (cómo se nota que ganas bien, Cornelio). Y hubiera podido ser el doble. Tantos eran los objetos que, con su canto de sirena, me decían cómpranos. Pasamos la tarde eligiendo mesas, lámparas, cojines,... luego quedé con M, que nos ayudó a subirlo todo hasta el cuarto sin ascensor en que vivo.
Ayer por la mañana, después de que se fuera la luz y yo me pusiera de muy mal gas por esto (al final no fue nada, vino un técnico de Unión Fenosa a las seis y pico de la tarde, movió dos o tres interruptores y, oh misterio, la luz se hizo; no me quiso cobrar nada), bajé a La Antorcha a desayunar y me encontré con Jose y Raquel, pareja amiga de Arturo, a quienes no veía desde hace más de un año. Nos sentamos juntos y pasamos un rato agradable, en plan tertulia mañanera –pero eran más de las dos de la tarde–, a la que un poco más tarde se unió M. Hemos quedado en vernos más a menudo, quizá estaría bien instituir los sábados al mediodía como reunión por alguno de los bares de la calle del Pez. Seguiremos en contacto, de todos modos, a través de los hilos mágicos y conductores de Internet. M se quedó conmigo hasta media tarde, me ayudó con la mesa del salón, que se resistía a ser montada, y luego comimos en un Kebab. Para las cinco se volvió a Lavapiés: anda enredado en un cuento que no podía dejar de lado. Hablamos de literatura, de cómo la ficción que uno recrea en su cabeza se va desarrollando y finalmente atrapa al autor, sin remedio. Yo me refugié en casa, y con Anita vi dos películas seguidas ("En la ciudad sin límites" y "Los otros"), con porros a tutiplén y cena pantagruélica. Para las dos de la mañana ya estaba en la cama, soñando con angelitos negros.
Encuentro, hace unos minutos, con G. Está guapo, el cabrón, a pesar de una perilla feísima que se empeña en mantener. Encima no deja de repetirme lo bueno que estoy yo (para él), esto parece una competición tipo "tú más", "no, tonto, tú", "que no, que mucho más tú". Me mira de arriba abajo con detenimiento, como calibrando el cuerpo que late y transpira a través de la ropa. Me hubiera gustado subir a su buhardilla y encamarme con él unas horas, fue un deseo violento que hube de reprimir, porque él andaba con prisa y yo tengo periódico (ahora, ya, en hora y media). Otro día será.
WOJTYLA
Parece que se nos muere el Papa, y llevamos toda la tarde en medio de una locura informativa. Ingreso repentino en la Gemelli, traqueotomía, fieles de todo el mundo rezando por Juan Pablo II, el Vaticano con su hermetismo de siempre... Aquí estamos divididos entre periodistas "buenos" y periodistas "malos". Los primeros quieren que aguante hasta el domingo, para poder dar la noticia completa. Los segundos (entre quienes me incluyo) preferimos que la palme en fin de semana (o a las tres de la mañana de un día entre semana), para quitarnos de encima el engorro de cambios de última hora. Aunque, a lo mejor, sale de ésta. Otra cosa sería más extraña –no hay que olvidar que el hombre, achacoso y todo, tiene de su parte a su dios. A mí, personalmente, me encantaría que se recuperase. Un Papa anciano y senil no deja de ser una experiencia divertida para "ideólogos demoníacos" (como ayer mismo nos llamó por videoconferencia a los gays) como yo. Me lo imagino en la misa del Gallo metiendo mano a las monjitas –o, a lo mejor, qué vergüenza, a los monaguillos– sin ningún tipo de pudor. En fin. Que parece que se termina una larga era vaticana, en la que este hombre hoy frágil y que inspira lástima ha sido azote de grupos minoritarios, teólogos de la Liberación, jesuitas y demás. Un paso atrás con respecto al Concilio Vaticano Segundo de lo más severo. Descanse (o no) en paz.
MADRID NEVADO
Al levantarme este mediodía y abrir el balcón, el blanco de la nieve sobre los tejados me ha vuelto niño de golpe. Anoche lloviznaba, pero nada hacía suponer que a partir de la madrugada la lluvia pasaría a ser cellisca y dejaría una capa de blancura sobre edificios, calles y coches. Dicen que el Windsor estaba hermosísimo esta mañana. No lo sé, no tengo mayor interés en engordar el grupo de gente que va en procesión hasta allí a sacar fotos como recuerdo. Soy muy poco fetichista con estas cosas. Pero la ciudad nevada y silenciosa, como en sordina... Qué gozada. Como cuando, el invierno de 1985, nevó sobre Santander y estuvimos dos días sin clase –muchos de nosotros veíamos la nieve por primera vez: aunque hubo un contacto previo, mínimo, cuando papá nos subió en coche hasta Peñacabarga años antes–, alucinados frente al espectáculo de una ciudad nueva que se superponía (como un guante a su mano) sobre la otra ciudad tan conocida. En el colegio nos mandaron escribir una redacción que por ahí andará (lo guardo todo, como buen Capricornio). Esos días quedaron grabados en la memoria, fueron una especie de colofón final a la infancia que ya se despedía, sin estridencias, por la puerta de atrás. Hoy veo las calles cubiertas a causa del furioso nevazo de anoche y he de reprimir el deseo de soltar los bártulos y ponerme a hacer un muñeco de nieve, con su zanahoria y todo, o liarme contra los viandantes en una batalla campal de bolas de nieve. Qué tendrá ésta, que me regresa a la candidez de otra época, no lo sé. Quizá la razón resida en que vengo de la costa y allí es prácticamente imposible ver una nevada. Algo que se convierte en fiesta entre semana.
Igual deslumbramiento me embargaba esta mañana, pero con el peso de los años y de las obligaciones. Ya somos mayores, por muchos afanes peterpanescos que nos muevan. El otro día me lo comentaba M:
–A veces me parece increíble que todos tengamos una profesión, que vivamos de ella y seamos independientes, con unos ingresos y unas obligaciones.
Tiene razón. Yo mismo, en lugar de hablar de la gente del trabajo, a veces me descubro diciendo "mis compañeros de clase". Como si no fueran conmigo el pagar un alquiler, subirme tíos a casa, hacer viajes que decido sin necesidad de pedir permiso a nadie, salir por la noche hasta la hora que me dé la gana. Supongo que le pasa a todo el mundo: este negarse a crecer, este beberse la vida a tragos sedientos, este espejismo de juventud eterna que, en ocasiones (hoy mismo, con la nieve sobre los tejados de Madrid), me arrebata. Y al no tener críos alrededor que con su crecimiento diario marquen la pauta del paso del tiempo, es mucho más sencillo esquivar la realidad dolorosa de que todo se termina, tarde o temprano. La vida la entiendo como una maravilla continua, un sucederse alucinado de experiencias a cada cual más intensa. Definitivamente, soy un tipo feliz.
Ayer comí con M y Cristina, sin H (que estaba en la piscina, empeñado en perder peso). Cristina nos ha ofrecido corregir libros que la Fundación para la que trabaja tiene pensado publicar. Sería una pastizara por cada libro, y nos hemos comprometido a hacerlo entre los dos. El tema de la corrección recaería –mayormente– en mí, y M se encargaría de la edición. Me parece bien. Luego lo cobraría él y nos repartiríamos las ganancias, porque si en algún papel constara que lo cobro yo, luego Hacienda se iba a afilar de lo lindo las uñas conmigo.
He releído lo que llevo escrito de la historia de Julio y debo reconocer que me ha sorprendido. No está mal, la narración no pierde pulso, el tono es el adecuado. Lo recordaba todo más farragoso, como un batiburrillo de frases recargadas, excesivas. Hay que podar, por supuesto, pero creo que voy por buen camino. Las ganas de continuar con ello, ni qué decir, se han incrementado muchísimo.
Lo más complicado va a ser mostrar la vida en La Habana, que desconozco por completo. Es cierto que puedo echar mano de mis recuerdos de Santo Domingo (y del Diario de viaje que escribí, más de treinta páginas), pero supongo que la diferencia entre ambas capitales será tremenda. A Julio no quiero preguntarle, claro –prefiero que no sepa que escribo sobre él–, me queda Tony, que de cuando en cuando me llama. Un café con él (o varios) sería la solución.
Igual deslumbramiento me embargaba esta mañana, pero con el peso de los años y de las obligaciones. Ya somos mayores, por muchos afanes peterpanescos que nos muevan. El otro día me lo comentaba M:
–A veces me parece increíble que todos tengamos una profesión, que vivamos de ella y seamos independientes, con unos ingresos y unas obligaciones.
Tiene razón. Yo mismo, en lugar de hablar de la gente del trabajo, a veces me descubro diciendo "mis compañeros de clase". Como si no fueran conmigo el pagar un alquiler, subirme tíos a casa, hacer viajes que decido sin necesidad de pedir permiso a nadie, salir por la noche hasta la hora que me dé la gana. Supongo que le pasa a todo el mundo: este negarse a crecer, este beberse la vida a tragos sedientos, este espejismo de juventud eterna que, en ocasiones (hoy mismo, con la nieve sobre los tejados de Madrid), me arrebata. Y al no tener críos alrededor que con su crecimiento diario marquen la pauta del paso del tiempo, es mucho más sencillo esquivar la realidad dolorosa de que todo se termina, tarde o temprano. La vida la entiendo como una maravilla continua, un sucederse alucinado de experiencias a cada cual más intensa. Definitivamente, soy un tipo feliz.
Ayer comí con M y Cristina, sin H (que estaba en la piscina, empeñado en perder peso). Cristina nos ha ofrecido corregir libros que la Fundación para la que trabaja tiene pensado publicar. Sería una pastizara por cada libro, y nos hemos comprometido a hacerlo entre los dos. El tema de la corrección recaería –mayormente– en mí, y M se encargaría de la edición. Me parece bien. Luego lo cobraría él y nos repartiríamos las ganancias, porque si en algún papel constara que lo cobro yo, luego Hacienda se iba a afilar de lo lindo las uñas conmigo.
He releído lo que llevo escrito de la historia de Julio y debo reconocer que me ha sorprendido. No está mal, la narración no pierde pulso, el tono es el adecuado. Lo recordaba todo más farragoso, como un batiburrillo de frases recargadas, excesivas. Hay que podar, por supuesto, pero creo que voy por buen camino. Las ganas de continuar con ello, ni qué decir, se han incrementado muchísimo.
Lo más complicado va a ser mostrar la vida en La Habana, que desconozco por completo. Es cierto que puedo echar mano de mis recuerdos de Santo Domingo (y del Diario de viaje que escribí, más de treinta páginas), pero supongo que la diferencia entre ambas capitales será tremenda. A Julio no quiero preguntarle, claro –prefiero que no sepa que escribo sobre él–, me queda Tony, que de cuando en cuando me llama. Un café con él (o varios) sería la solución.
ACTRIZ
Ay, las olas de frío que van y vienen. Embutido en el jersey de cuello alto que me regaló Cristina, comodísimo y que abriga lo suyo, salgo a la calle y me enfrento a este día tristón, enfermizo. Ahora estoy en La Sueca, con música muy baja y que apenas se oye (como si estuviera también enferma), dos solitarios en la barra y un grupito de tres mujeres sentadas en la zona de sillones, que hablan de la castidad (del sexo, por tanto) con risitas intermitentes que quiebran su discurso. Tampoco hay mucho tráfico por la zona, y los viandantes escasean; parece que hubiera caído una bomba nuclear muy cerca. Los supervivientes nos miramos sorprendidos, y nos palpamos el cuerpo para comprobar que todo está en su sitio y no hay ningún hueso roto. Un día como para quedarse en casita y pasar página, rápido, a la espera de tiempos mejores.
Yo a quien espero es a Raúl, que me llamó el otro día después de meses sin saber de él para emplazarme a un café. Le noté ansiedad en la voz. La última vez que nos vimos fue en el Polana –un lugar que no me gusta nada de nada, lleno de gaicitos fashion y con música de la que me pone los pelos como escarpias, mucho chachachá y Operación Triunfo. Esa noche había quedado con un chico que me resultó rana (camisa de rayas, cabello engominado e ideas neoliberales) y andaba un poco borracho. Cuando vi a Raúl, pasé del cachorro pepeísta y me acoplé a su grupo. Terminamos morreándonos, un recuerdo mínimo de cuando estuvimos juntos hace tres veranos. Espero que sus intenciones no sean retomar lo nuestro, porque no estoy por la labor. Puedo ofrecerle amistad, y esto ya es mucho. Raúl es alto, muy moreno (su familia es originaria de Perú) y buen chaval. Pero no me atrae. Demasiado blando. Un cuerpo blando, un carácter blando, un discurso blando. Veremos qué me cuenta en unos minutos.
Ayer estuve con Noeli y Uge, la chica con quien trastea en estos momentos. Fue en La ida, a las cuatro. Ha adelgazado, tiene el pelo un poco más largo y está guapa. En su línea, pero guapa. Nos reímos mucho con las anécdotas que entresaca de los castings a los que acude, el otro día hasta se atrevió a abordar a Bigas Luna. En su última prueba para una película, la directora de casting preguntaba a las aspirantes el porqué se veían para determinado papel.
–Es que soy yo. Siento igual que ella, visto como ella, me muevo por los mismos sitios que ella. Podríamos ser gemelas–, contestó la chica que estaba antes que Noe. Una respuesta muy de actriz deseando su primera oportunidad, muy de "Fama".
La directora del casting se volvió a Noe y le formuló la misma pregunta.
–¿Y tú? ¿Por qué quieres este papel?
–¿Que por qué lo quiero? Porque estoy harta de hacer hamburguesas, tía. Y porque soy actriz, y muy buena. Es lo que he estudiado y sé que puedo hacerlo de puta madre.
Risas generalizadas. Estoy convencido de que llegará lejos. En ella conviven un desparpajo de niña traviesa junto con un fondo de sensibilidad y ternura que enganchan, resultan muy seductores. Lo que pasa es que el físico manda, y a Noe nadie le ha sabido ver, de momento, el inmenso potencial actoral que tiene. Es cuestión de suerte y de una insistencia machacona. No hay otra. Cada vez que me cuenta lo que han de hacer en los castings, ese descollar continuamente sobre los otros, ser el mejor, para que te elijan a ti y no al de al lado, me quito el sombrero ante la audacia de los actores: la vergüenza, si es que no la perdieron por el camino (y Noeli es tímida a carretadas), la aparcan en casa y, sobre el escenario o ante una cámara, se dejan la piel interpretando. Yo no daría un solo paso sabiendo que tantos pares de ojos están pendientes de mí, analizando mis gestos, fiscalizando mis movimientos, calibrando la verdad de mis sentimientos. Cada uno a lo suyo: yo, a escribir, que es lo único que sé hacer. Para cuando gane su primer Goya, Noeli me tiene prometida una entrevista a toda página. A ver si puedo corresponder con una novelita.
Julio habita en mí, se desarrolla día a día su historia de amor/interés en La Habana. ¿Cuánto de amor? ¿Cuánto de interés? Un Pijoaparte cubano que necesita y desea salir de la isla. En tal caso, los sentimientos nunca son puros, por fuerza (la de la necesidad, la de la supervivencia) nacen bastardos. Y luego está ella, la chica española. Ignoro todavía si será consciente de todo el revoltijo de sentimientos –muchas veces encontrados– que provoca su presencia salvadora. Quizá también ella tenga dudas y miedos, o puede que se lance a la piscina de una pasión tardía sin temor, de frente ("A este miura lo toreo yo"). La diferencia de edad entre los amantes, al menos de diez años, calculo, puede hacer mucho en Cuba. Ella es una mujer experta y domina al machito caribeño que se le ofrece con descaro y pundonor. Una vez en Santander, el canario estará en la jaula y sólo va a cantar para ella. Celos y prisión. El gris de la vieja ciudad asomada al Cantábrico frente al cálido espejismo del malecón, en el Caribe rumbero. Ella puede temer el engaño, pero también se siente segura del poder que un visado ejerce sobre el otro, tiene la sartén por el mango: es la fuerte. Hasta que Julio se revela como un espíritu libre al que es difícil maniatar, no hay sartén ni mango posibles, todo está más embarullado de lo que parecía en un principio.
Yo a quien espero es a Raúl, que me llamó el otro día después de meses sin saber de él para emplazarme a un café. Le noté ansiedad en la voz. La última vez que nos vimos fue en el Polana –un lugar que no me gusta nada de nada, lleno de gaicitos fashion y con música de la que me pone los pelos como escarpias, mucho chachachá y Operación Triunfo. Esa noche había quedado con un chico que me resultó rana (camisa de rayas, cabello engominado e ideas neoliberales) y andaba un poco borracho. Cuando vi a Raúl, pasé del cachorro pepeísta y me acoplé a su grupo. Terminamos morreándonos, un recuerdo mínimo de cuando estuvimos juntos hace tres veranos. Espero que sus intenciones no sean retomar lo nuestro, porque no estoy por la labor. Puedo ofrecerle amistad, y esto ya es mucho. Raúl es alto, muy moreno (su familia es originaria de Perú) y buen chaval. Pero no me atrae. Demasiado blando. Un cuerpo blando, un carácter blando, un discurso blando. Veremos qué me cuenta en unos minutos.
Ayer estuve con Noeli y Uge, la chica con quien trastea en estos momentos. Fue en La ida, a las cuatro. Ha adelgazado, tiene el pelo un poco más largo y está guapa. En su línea, pero guapa. Nos reímos mucho con las anécdotas que entresaca de los castings a los que acude, el otro día hasta se atrevió a abordar a Bigas Luna. En su última prueba para una película, la directora de casting preguntaba a las aspirantes el porqué se veían para determinado papel.
–Es que soy yo. Siento igual que ella, visto como ella, me muevo por los mismos sitios que ella. Podríamos ser gemelas–, contestó la chica que estaba antes que Noe. Una respuesta muy de actriz deseando su primera oportunidad, muy de "Fama".
La directora del casting se volvió a Noe y le formuló la misma pregunta.
–¿Y tú? ¿Por qué quieres este papel?
–¿Que por qué lo quiero? Porque estoy harta de hacer hamburguesas, tía. Y porque soy actriz, y muy buena. Es lo que he estudiado y sé que puedo hacerlo de puta madre.
Risas generalizadas. Estoy convencido de que llegará lejos. En ella conviven un desparpajo de niña traviesa junto con un fondo de sensibilidad y ternura que enganchan, resultan muy seductores. Lo que pasa es que el físico manda, y a Noe nadie le ha sabido ver, de momento, el inmenso potencial actoral que tiene. Es cuestión de suerte y de una insistencia machacona. No hay otra. Cada vez que me cuenta lo que han de hacer en los castings, ese descollar continuamente sobre los otros, ser el mejor, para que te elijan a ti y no al de al lado, me quito el sombrero ante la audacia de los actores: la vergüenza, si es que no la perdieron por el camino (y Noeli es tímida a carretadas), la aparcan en casa y, sobre el escenario o ante una cámara, se dejan la piel interpretando. Yo no daría un solo paso sabiendo que tantos pares de ojos están pendientes de mí, analizando mis gestos, fiscalizando mis movimientos, calibrando la verdad de mis sentimientos. Cada uno a lo suyo: yo, a escribir, que es lo único que sé hacer. Para cuando gane su primer Goya, Noeli me tiene prometida una entrevista a toda página. A ver si puedo corresponder con una novelita.
Julio habita en mí, se desarrolla día a día su historia de amor/interés en La Habana. ¿Cuánto de amor? ¿Cuánto de interés? Un Pijoaparte cubano que necesita y desea salir de la isla. En tal caso, los sentimientos nunca son puros, por fuerza (la de la necesidad, la de la supervivencia) nacen bastardos. Y luego está ella, la chica española. Ignoro todavía si será consciente de todo el revoltijo de sentimientos –muchas veces encontrados– que provoca su presencia salvadora. Quizá también ella tenga dudas y miedos, o puede que se lance a la piscina de una pasión tardía sin temor, de frente ("A este miura lo toreo yo"). La diferencia de edad entre los amantes, al menos de diez años, calculo, puede hacer mucho en Cuba. Ella es una mujer experta y domina al machito caribeño que se le ofrece con descaro y pundonor. Una vez en Santander, el canario estará en la jaula y sólo va a cantar para ella. Celos y prisión. El gris de la vieja ciudad asomada al Cantábrico frente al cálido espejismo del malecón, en el Caribe rumbero. Ella puede temer el engaño, pero también se siente segura del poder que un visado ejerce sobre el otro, tiene la sartén por el mango: es la fuerte. Hasta que Julio se revela como un espíritu libre al que es difícil maniatar, no hay sartén ni mango posibles, todo está más embarullado de lo que parecía en un principio.
RESULTADO DE LOS ANÁLISIS
En La Piola, calle del León, muy cerca del Ambulatorio. Vengo del médico, donde he recogido el resultado de mis análisis. Ya esta mañana, al levantarme, he comenzado a darle vueltas a todo lo que podía suceder en hora y media, desde encontrarme con una cosa seria hasta comprobar que no me ocurre nada. M quiso acompañarme, pero le dije que no hacía falta: la idea de estar con alguien si las noticias eran malas no me seducía lo más mínimo. A E, que prometió llamarme, le avisé que a lo mejor tenía el móvil apagado ("No seas cenizo", respondió).
En fin. Llegué puntualísimo al Ambulatorio y esperé a que me tocara el turno. Traté de leer pero no hubo manera, las letras no formaban palabras, parecía que tuvieran entidad propia y se burlaran de mis miedos. Cuando el médico me llamó, entre en la consulta con el paso cambiado, torpe e intimidado. Nada más sentarme, se me quedó mirando fijamente y me dio un vuelco el corazón. ¿Y si...? Comenzó a buscar mis análisis y, tras unos minutos que se me hicieron eternos, dijo que todo está bien. Por lo visto tengo el colesterol tremendamente bajo, pero por lo demás, a pesar de que las defensas andan algo mal, cada cosa está en su sitio y ni me voy a morir ni nada. Apenas estuve cinco minutos en la consulta, me despachó con un "entrégaselos (los análisis) al dermatólogo". Vaya. Viva la Seguridad Social: no sé qué coño tendrá que ver el derma con el que yo bordee o no la anemia. Esperaré al 25 y veremos qué sucede. El peso de encima (con respecto al VIH) me lo he quitado. ¡Qué liberación!
P** me envió un mensaje preocupándose por cómo habían ido las cosas. Este chico es una joya. Me alegra saber que con él –después de la malísima experiencia inmediatamente anterior– no me equivoqué.
He comprado el DVD/vídeo y ya está instalado. Ahora hace falta configurar el vídeo para poder grabar. Yo no tengo ni idea de estos intríngulis técnicos, me pierdo con la explicación más sencilla. Esta tarde, M y yo hemos estado enredando sin conseguir nada más que un azul pantalla precioso pero desesperante. A ver si esta noche Anita puede solucionarlo.
En fin. Llegué puntualísimo al Ambulatorio y esperé a que me tocara el turno. Traté de leer pero no hubo manera, las letras no formaban palabras, parecía que tuvieran entidad propia y se burlaran de mis miedos. Cuando el médico me llamó, entre en la consulta con el paso cambiado, torpe e intimidado. Nada más sentarme, se me quedó mirando fijamente y me dio un vuelco el corazón. ¿Y si...? Comenzó a buscar mis análisis y, tras unos minutos que se me hicieron eternos, dijo que todo está bien. Por lo visto tengo el colesterol tremendamente bajo, pero por lo demás, a pesar de que las defensas andan algo mal, cada cosa está en su sitio y ni me voy a morir ni nada. Apenas estuve cinco minutos en la consulta, me despachó con un "entrégaselos (los análisis) al dermatólogo". Vaya. Viva la Seguridad Social: no sé qué coño tendrá que ver el derma con el que yo bordee o no la anemia. Esperaré al 25 y veremos qué sucede. El peso de encima (con respecto al VIH) me lo he quitado. ¡Qué liberación!
P** me envió un mensaje preocupándose por cómo habían ido las cosas. Este chico es una joya. Me alegra saber que con él –después de la malísima experiencia inmediatamente anterior– no me equivoqué.
He comprado el DVD/vídeo y ya está instalado. Ahora hace falta configurar el vídeo para poder grabar. Yo no tengo ni idea de estos intríngulis técnicos, me pierdo con la explicación más sencilla. Esta tarde, M y yo hemos estado enredando sin conseguir nada más que un azul pantalla precioso pero desesperante. A ver si esta noche Anita puede solucionarlo.
PESADOS: ESPECIE EN DESARROLLO
Ya se han ido, con sus maletas a cuestas, mis invitadas búlgaras. Camino del Rastro, porque se empeñaron en comprar algo de recuerdo.
–¿Pero vais a ir al Rastro con todo el equipaje encima? Es un lugar muy concurrido...
–No te preocupes, está bien así.
Las acompañé a un taxi y le di la dirección al conductor, no fuera a pasearlas por media ciudad para engordar la carrera. Ahora vuelvo a estar tranquilo, me deslizo suavemente hacia la rutina de los domingos. Sin resaca, aunque anoche bebí lo mío. Primero cenamos en La Nieta, calle Libertad. Más tarde, ya animados con el vino, le llegó el turno a La Fábrica de Pan. Recalamos en Angie sobre las doce y pico de la noche, y allí se intensificó un poco el coqueteo de Virginia conmigo.
–¿Qué quieres?–, le pregunté nada más entrar.
–No me preguntes eso, porque igual te lo digo...
–Bueno, bueno, ¿qué quieres de beber?
–Así mejor. Un vodka con naranja, darling.
A última hora se nos unió R, que andaba por la zona y me había llamado al móvil. Fue un alivio, porque el peso de la conversación dejó de recaer solamente en mí y pude relajarme un poco. Terminamos la minijuerga en un bareto cercano a Dos de Mayo, creo que se llamaba Garage Sónico. Un garito lleno de gente y de humo, entrabas a una primera estancia de la que salía un pasillo que se alargaba y alargaba hasta desembocar en una sala enorme, repleta hasta los topes de chicos y chicas bebiendo, bailando, besándose. Allí casi me pego con un pesado que entró a M**. Ya el hecho de estar con una tía en un local y que se acerquen a ella como si yo no existiera, me mosquea. Lo reconozco: ¿es que se me ve tan maricón que resulta evidente que sólo somos amigos?, ¿o como uno es poca cosa no tienen ningún reparo en colarse en la conversación porque suponen que semejante piltrafilla no es rival de altura? El caso es que no me hace ni puta gracia. El tipo pretendía beberse la copa de M**. Como una tonta, ella le dio dinero para una cerveza. Ya no nos le quitamos de encima hasta que salimos de allí, y yo notaba cómo se me iba erizando la mala hostia por el pecho hasta la garganta. Él trató de darme palique, pero le corté en seco.
–Mira, tío, no me hables, que tienes un morro que te lo pisas.
–Pero colega, ¿qué dices?
–Lo sabes muy bien. No quiero hablar contigo.
–Ojalá nunca pases hambre...
–Si tengo hambre, pringao, me jodo. Pero no voy rapiñando copas por ahí.
El mundo está lleno de pícaros. Y la noche, más. Y la noche madrileña, ni te cuento.
–¿Pero vais a ir al Rastro con todo el equipaje encima? Es un lugar muy concurrido...
–No te preocupes, está bien así.
Las acompañé a un taxi y le di la dirección al conductor, no fuera a pasearlas por media ciudad para engordar la carrera. Ahora vuelvo a estar tranquilo, me deslizo suavemente hacia la rutina de los domingos. Sin resaca, aunque anoche bebí lo mío. Primero cenamos en La Nieta, calle Libertad. Más tarde, ya animados con el vino, le llegó el turno a La Fábrica de Pan. Recalamos en Angie sobre las doce y pico de la noche, y allí se intensificó un poco el coqueteo de Virginia conmigo.
–¿Qué quieres?–, le pregunté nada más entrar.
–No me preguntes eso, porque igual te lo digo...
–Bueno, bueno, ¿qué quieres de beber?
–Así mejor. Un vodka con naranja, darling.
A última hora se nos unió R, que andaba por la zona y me había llamado al móvil. Fue un alivio, porque el peso de la conversación dejó de recaer solamente en mí y pude relajarme un poco. Terminamos la minijuerga en un bareto cercano a Dos de Mayo, creo que se llamaba Garage Sónico. Un garito lleno de gente y de humo, entrabas a una primera estancia de la que salía un pasillo que se alargaba y alargaba hasta desembocar en una sala enorme, repleta hasta los topes de chicos y chicas bebiendo, bailando, besándose. Allí casi me pego con un pesado que entró a M**. Ya el hecho de estar con una tía en un local y que se acerquen a ella como si yo no existiera, me mosquea. Lo reconozco: ¿es que se me ve tan maricón que resulta evidente que sólo somos amigos?, ¿o como uno es poca cosa no tienen ningún reparo en colarse en la conversación porque suponen que semejante piltrafilla no es rival de altura? El caso es que no me hace ni puta gracia. El tipo pretendía beberse la copa de M**. Como una tonta, ella le dio dinero para una cerveza. Ya no nos le quitamos de encima hasta que salimos de allí, y yo notaba cómo se me iba erizando la mala hostia por el pecho hasta la garganta. Él trató de darme palique, pero le corté en seco.
–Mira, tío, no me hables, que tienes un morro que te lo pisas.
–Pero colega, ¿qué dices?
–Lo sabes muy bien. No quiero hablar contigo.
–Ojalá nunca pases hambre...
–Si tengo hambre, pringao, me jodo. Pero no voy rapiñando copas por ahí.
El mundo está lleno de pícaros. Y la noche, más. Y la noche madrileña, ni te cuento.
VISITA
A la espera de que sean las cuatro y media para ir a buscar a M** y Virginia al aeropuerto. Disfruto del mediodía en La Sueca, calle Hortaleza, con un café bien caliente, el dolor sordo pero molesto del flemón –aunque tiene los minutos contados: ahora mismo me doparé con el Ibuprofeno que he comprado en la farmacia–, la cabeza a pájaros y muy pocas ganas de ponerme en marcha camino de Barajas. Anoche, a pesar de que la cita era en firme desde hacía días, decidí quedarme en casa en lugar de salir por ahí con Héctor y compañía (Lavapiés... muy alejado de mi zona para lo bajo de ánimo que yo estaba; no había fuerzas para cruzar el Rubicón de Gran Vía). P** estuvo en casa, en plan polvo de médico, y después me dominó la pereza de vestirme de nuevo y poner la maquinaria (chucuchú, chucuchú) en marcha. Demasiado invierno soplando por las esquinas.
El encuentro con P** no me dejó buen sabor de boca. Resulta evidente que de esta historia no va a surgir mucho más de lo que ya hay –a saber, buen rollo comunicativo y una tensión sexual evidente–, ni siquiera sé si yo deseo algo más. Pero lo cierto es que me sabe a poco. No sé. Yo creo que debería salir de mi caparazón y largarme por esos bares del centro, a ver qué pasa y a quién conozco. Me apetece una aventura loca, no reglada. Y esto excluye a la pareja, con sus cadenas invisibles que con el tiempo se hacen bien reales e impiden todo movimiento, pero también al simple verse cada seis o siete días para, tras unos preliminares más o menos largos, terminar en la cama y desfogar las ganas acumuladas durante la semana. Él no tiene culpa de nada, desde el principio quedaron las cosas claras: soy yo quien no termina de encontrarle el punto a esto nuestro que, por no tener, ni siquiera cuenta con un nombre que lo defina. Al final, hasta va a alentar un corazoncito romántico y apasionado dentro de esta armazón de acero y cristal que soy...
Buenas noticias en el curro. El director me habló el otro día de subirme el sueldo, "porque ganas muy poco y eso no es justo". Se me puso cara de idiota. Fui muy sincero con él: si no existieran los extras que consigo publicando (y que cada mes incrementan mi nómina en seiscientos euros), estaría de acuerdo con él, pero en general me siento bien pagado.
–No me digas eso. Nunca afirmes algo así delante de tu jefe. Hay que quejarse siempre.
–Contigo tengo confianza y no voy a mentirte. Claro que una subida me viene de puta madre.
–Pues entonces ya está. Calculo que para abril se podrá hacer. Aunque ya sabes cómo funcionan las cosas aquí. Debo esperar el momento preciso para conseguirlo.
Qué bien. Así que aquí estoy, esperando a que el momento preciso se digne a hacer acto de presencia. Prefiero no hacerme ilusiones vanas hasta que vea reflejado todo esto en la nómina. Se barajó un aumento de cerca de cuatrocientos euros al mes.
Paula se fue para Santander –y Anita, durante el finde, con ella–, así que tengo la casa para mí solo. Con la marcha de Patricia, se impone una visita esta semana a Ikea. Hacen falta dos mesas, algo de vajilla, cubertería y platos. También quiero pasar por Menaje del Hogar (donde compré la nave espacial que tengo por televisor) y hacerme con un DVD/vídeo. Con esto y una lámpara de pie, ya tendríamos el salón resuelto.
Ayer comí con E en su piso. Pollo asado a manta –me puse hasta arriba–, luego tele y porrito. Me costó arrancarme del sofá, a las seis y pico, y si lo hice fue porque ya había quedado con P** en La ida, una hora más tarde.
Son las ocho de la noche y descanso, por un momento, de la presencia de mis invitadas, que se han ido de compras por la Gran Vía. Toda la tarde hablando inglés, me ha puesto la cabeza como un bombo: se quedan en casa y mucho me temo que no habrá medio de quitármelas de encima. Pretenden cenar conmigo y salir un rato por ahí. ¿Adónde llevarlas? Ni idea. Todas mis ganas de noche se han ido al traste con esta visita inesperada... M** sigue igual que siempre, parece que los años no pasan por ella (y me saca unos cuantos): con su melena rizada y de tintes rojizos, su rostro eslavo de anchos pómulos y nariz respingona, los azules ojos engastados en un gesto de sorpresa. Virginia se ha hecho mayor: de la "teenager" reidora que yo recordaba, ha surgido esta hermosa mariposa de vivos colores que, me parece, me mira con ojos golositos. Su inglés ha mejorado muchísimo, y ya no queda ni rastro en su apariencia de la tímida búlgara perdida en la gran ciudad que yo conocí hace seis años.
El encuentro con P** no me dejó buen sabor de boca. Resulta evidente que de esta historia no va a surgir mucho más de lo que ya hay –a saber, buen rollo comunicativo y una tensión sexual evidente–, ni siquiera sé si yo deseo algo más. Pero lo cierto es que me sabe a poco. No sé. Yo creo que debería salir de mi caparazón y largarme por esos bares del centro, a ver qué pasa y a quién conozco. Me apetece una aventura loca, no reglada. Y esto excluye a la pareja, con sus cadenas invisibles que con el tiempo se hacen bien reales e impiden todo movimiento, pero también al simple verse cada seis o siete días para, tras unos preliminares más o menos largos, terminar en la cama y desfogar las ganas acumuladas durante la semana. Él no tiene culpa de nada, desde el principio quedaron las cosas claras: soy yo quien no termina de encontrarle el punto a esto nuestro que, por no tener, ni siquiera cuenta con un nombre que lo defina. Al final, hasta va a alentar un corazoncito romántico y apasionado dentro de esta armazón de acero y cristal que soy...
Buenas noticias en el curro. El director me habló el otro día de subirme el sueldo, "porque ganas muy poco y eso no es justo". Se me puso cara de idiota. Fui muy sincero con él: si no existieran los extras que consigo publicando (y que cada mes incrementan mi nómina en seiscientos euros), estaría de acuerdo con él, pero en general me siento bien pagado.
–No me digas eso. Nunca afirmes algo así delante de tu jefe. Hay que quejarse siempre.
–Contigo tengo confianza y no voy a mentirte. Claro que una subida me viene de puta madre.
–Pues entonces ya está. Calculo que para abril se podrá hacer. Aunque ya sabes cómo funcionan las cosas aquí. Debo esperar el momento preciso para conseguirlo.
Qué bien. Así que aquí estoy, esperando a que el momento preciso se digne a hacer acto de presencia. Prefiero no hacerme ilusiones vanas hasta que vea reflejado todo esto en la nómina. Se barajó un aumento de cerca de cuatrocientos euros al mes.
Paula se fue para Santander –y Anita, durante el finde, con ella–, así que tengo la casa para mí solo. Con la marcha de Patricia, se impone una visita esta semana a Ikea. Hacen falta dos mesas, algo de vajilla, cubertería y platos. También quiero pasar por Menaje del Hogar (donde compré la nave espacial que tengo por televisor) y hacerme con un DVD/vídeo. Con esto y una lámpara de pie, ya tendríamos el salón resuelto.
Ayer comí con E en su piso. Pollo asado a manta –me puse hasta arriba–, luego tele y porrito. Me costó arrancarme del sofá, a las seis y pico, y si lo hice fue porque ya había quedado con P** en La ida, una hora más tarde.
Son las ocho de la noche y descanso, por un momento, de la presencia de mis invitadas, que se han ido de compras por la Gran Vía. Toda la tarde hablando inglés, me ha puesto la cabeza como un bombo: se quedan en casa y mucho me temo que no habrá medio de quitármelas de encima. Pretenden cenar conmigo y salir un rato por ahí. ¿Adónde llevarlas? Ni idea. Todas mis ganas de noche se han ido al traste con esta visita inesperada... M** sigue igual que siempre, parece que los años no pasan por ella (y me saca unos cuantos): con su melena rizada y de tintes rojizos, su rostro eslavo de anchos pómulos y nariz respingona, los azules ojos engastados en un gesto de sorpresa. Virginia se ha hecho mayor: de la "teenager" reidora que yo recordaba, ha surgido esta hermosa mariposa de vivos colores que, me parece, me mira con ojos golositos. Su inglés ha mejorado muchísimo, y ya no queda ni rastro en su apariencia de la tímida búlgara perdida en la gran ciudad que yo conocí hace seis años.
GERRY ADAMS
Ayer recibí una llamada desde Londres. Era M**, mi mujer búlgara. Este año se cumplen cinco desde que logró los papeles y ahora debemos firmar no sé qué para que a ella le concedan la residencia definitiva. Así que, en lugar de pagarme un viajecito al Reino Unido para este fin de semana (que era lo que yo esperaba cuando, muy sibilina, me preguntó qué hacía este finde y si no tenía ganas de verla... "sí, sí", contesté yo sin pensarlo dos veces), se viene para Madrid este sábado, en plan viaje relámpago –menos de veinticuatro horas– y sorpresa: no sé si pretende quedarse en casa, donde no hay espacio suficiente. Encima no viene sola, lo hace con dama de honor. Virginia. Una chiquita con la que en su momento coqueteé sin llegar nunca a mayores. La historia de M** daría para más de una entrada de Diario, pero de momento se queda en la sombra; no es cuestión de complicar las cosas con la Justicia de Su Graciosa Majestad.
Hoy me he vuelto a levantar con resaca. Presiento que esta nueva era en compañía de Anita va a estar llena de acontecimientos con los bares como centro neurálgico. Mi natural deseo de permanecer dentro de la concha no va a poder continuar por mucho tiempo. Anoche se pasaron Paula y ella (junto con una amiga que apenas despegó la boca) por el Angie. Donde E y yo estábamos en plan relax después de una típica jornada de trabajo en el periódico. O sea, neuróticos perdidos hasta que nos pusieron un par de cervezas enfrente. E me comentaba la impresión tan positiva que le había producido Gerry Adams en el Círculo de Bellas Artes esa misma mañana. Yo pasé de ir, demasiado temprano para mí. Además, nunca me he sentido especialmente atraido por los políticos, quiero decir que verlos en persona, tocarles la ropa o hablar con ellos no me emociona en absoluto. Por lo visto, el hombre es un político de fuste, y a ella al menos la encandiló con su manera de hablar y cómo expresaba sus ideas.
–Si Llamazares fuera así...
Pero no lo es. La izquierda en este país es un hervidero de pequeñas corrientes que se atacan las unas a las otras, hoy se alían contra una guerra y crean la ilusión de unidad necesaria para derrocar tanta rancia costumbre como impera por estos pagos, mañana se descuartizan por culpa de una prebenda o un quítame allá esos votos, siempre una parcela –por mínima que ésta sea– de poder real. Por eso es tan complicado el juego democrático (por eso y por muchas otras cosas, claro): por una parte, una derecha monolítica vota en bloque lo que le echen, cualquier cosa que digan sus líderes es aceptado (casi) como dogma de fe; y mientras, la izquierda se desangra en inútiles batallas fraternas por un término o una idea. Los socialistas son otra cosa, el partido híbrido que aglutina conceptos y los pasa por la minipímer del marketing y lo políticamente correcto. Aunque en esencia no me disgusta su acción de gobierno, nunca me he fiado del todo de ellos. Será un resto de la educación conservadora y pepeísta (entonces, apeísta) que sufrí de pequeño.
Me siento a una de las mesas altas del Colby, con el amplio y limpio ventanal a mi izquierda y una sucesión de bellezas, en marea ascendente y descendente, que pasan por la calle. Alguno de ellos me corta la respiración, son como cuadros neoclásicos que hubieran cobrado vida y se pasearan por el mundo para deleite de unos pocos y envidia (nada sana... los dientes me llegan hasta el suelo) de muchos. Camisetas con fórmulas mágicas o frases expresivas, pantalones anchos, gorros invernales; toda la parafernalia de esta joven generación que se lanza al mundo con hambre atrasada, que devora la vida como si ésta fuera una aventura continua, un más difícil todavía que les llenará de experiencia. Después, ya con la famosa experiencia ganada, todo pierde fuste, brillo, la superficie de las cosas no está satinada como antes y debajo de ella, muchas veces, no hay más que dolor e indiferencia.
Hoy me he vuelto a levantar con resaca. Presiento que esta nueva era en compañía de Anita va a estar llena de acontecimientos con los bares como centro neurálgico. Mi natural deseo de permanecer dentro de la concha no va a poder continuar por mucho tiempo. Anoche se pasaron Paula y ella (junto con una amiga que apenas despegó la boca) por el Angie. Donde E y yo estábamos en plan relax después de una típica jornada de trabajo en el periódico. O sea, neuróticos perdidos hasta que nos pusieron un par de cervezas enfrente. E me comentaba la impresión tan positiva que le había producido Gerry Adams en el Círculo de Bellas Artes esa misma mañana. Yo pasé de ir, demasiado temprano para mí. Además, nunca me he sentido especialmente atraido por los políticos, quiero decir que verlos en persona, tocarles la ropa o hablar con ellos no me emociona en absoluto. Por lo visto, el hombre es un político de fuste, y a ella al menos la encandiló con su manera de hablar y cómo expresaba sus ideas.
–Si Llamazares fuera así...
Pero no lo es. La izquierda en este país es un hervidero de pequeñas corrientes que se atacan las unas a las otras, hoy se alían contra una guerra y crean la ilusión de unidad necesaria para derrocar tanta rancia costumbre como impera por estos pagos, mañana se descuartizan por culpa de una prebenda o un quítame allá esos votos, siempre una parcela –por mínima que ésta sea– de poder real. Por eso es tan complicado el juego democrático (por eso y por muchas otras cosas, claro): por una parte, una derecha monolítica vota en bloque lo que le echen, cualquier cosa que digan sus líderes es aceptado (casi) como dogma de fe; y mientras, la izquierda se desangra en inútiles batallas fraternas por un término o una idea. Los socialistas son otra cosa, el partido híbrido que aglutina conceptos y los pasa por la minipímer del marketing y lo políticamente correcto. Aunque en esencia no me disgusta su acción de gobierno, nunca me he fiado del todo de ellos. Será un resto de la educación conservadora y pepeísta (entonces, apeísta) que sufrí de pequeño.
Me siento a una de las mesas altas del Colby, con el amplio y limpio ventanal a mi izquierda y una sucesión de bellezas, en marea ascendente y descendente, que pasan por la calle. Alguno de ellos me corta la respiración, son como cuadros neoclásicos que hubieran cobrado vida y se pasearan por el mundo para deleite de unos pocos y envidia (nada sana... los dientes me llegan hasta el suelo) de muchos. Camisetas con fórmulas mágicas o frases expresivas, pantalones anchos, gorros invernales; toda la parafernalia de esta joven generación que se lanza al mundo con hambre atrasada, que devora la vida como si ésta fuera una aventura continua, un más difícil todavía que les llenará de experiencia. Después, ya con la famosa experiencia ganada, todo pierde fuste, brillo, la superficie de las cosas no está satinada como antes y debajo de ella, muchas veces, no hay más que dolor e indiferencia.
LIBRE, LIBRE
Según me levanté esta mañana y leí la nota que Patricia me había dejado en el salón, sentí que el corazón cesaba en su latir acompasado mientras un coro de ángeles (Aleluyah, aleluyah) me susurraba al oído y el tiempo se detenía, maravillosamente, por un segundo. Patricia se va de casa, ha encontrado un piso junto con Pedro y vivirán los dos, en amor y compañía, su peculiar historia hecha de frases en diminutivo y engaños sutiles. No quepo en mí de felicidad: parece que Anita ha llegado con el pan de esta liberación bajo el brazo. Aún no he hablado con Patricia, pero supongo que se irá para el uno de marzo. Después de algo menos de cuatro años, se cierra una etapa y comienza otra. No podía suceder en mejor momento: ahora que mi prima está aquí, me apetece vivir con ella y con nadie más. Se trasladará a la habitación de Patricia (mucho más grande y con balcón al exterior), el cuarto pequeño lo acondicionaremos como cuarto de invitados y podremos ir adecentando las zonas comunes, haciendo más vivible el piso. Con lo que gano, puedo permitirme el pagar dos tercios de la renta y hacer, poquito a poco, pequeñas reformas. Esto es un sueño hecho realidad, algo en lo que prefería no pensar porque jamás imaginé que fuera a suceder de una manera tan rápida y sencilla.
Estoy en La Antorcha y acabo de escribir un artículo del tirón. Me lo encargó el otro día E B, mi dire, así que no dudo de que se publicará. He sido todo lo cañero que a él le gusta. Con las ganas y con la energía con que he salido a la calle, podría haberme pedido cuatro, que se los hubiera escrito. Afuera hace bastante frío, y me adormezco con la música romanticona de Kiss FM, a pesar de los cafés y de un flemón que me nació esta madrugada. Durante el sueño y a traición, como suele pasar con los flemones (malditos). Como estoy sin móvil (anoche me lo dejé en el periódico), el tiempo es un concepto sin entidad propia, que se acelera o ralentiza según el ánimo de cada uno. Ignoro si son las doce o la una de la tarde. Por ahí, por ahí.
Ayer por la tarde, antes de ir a trabajar, pasé un rato por el BAires. Vi a Pilar en la acera, atendiendo a una mujer desmayada en plena calle, justo a las puertas del local. Una personilla insignificante, de pelo sucio y escaso, peinado de cualquier manera, a pegotes castaños, rostro hinchado de bebedora habitual y la mirada extraviada, muy azul y como vencida. La mujer había caído al suelo sin motivo aparente. Y se negaba a levantarse de allí. Con un poco de mano zurda, y hablando con ella para que se tranquilizara, entre una señora y yo conseguimos levantarla para que se sentase en el escalón de entrada al BAires. Enseguida me envolvió un hedor insufrible a vino barato y poca higiene personal. Si no borracha, era evidente que la tía andaba más ida que cuerda. Pilar y yo esperamos a pie de cañón la llegada del Samur –hacía un frío intensísimo, a mí me castañeteaban los dientes– y, una vez se la llevaron, entramos al bar con el bienestar que crea el haber ayudado al prójimo pintado en la cara y la satisfacción calentándonos por dentro, pero también con un sentimiento de culpa porque estábamos deseando un café bien caliente que nos templara el cuerpo mientras que afuera, en la inmensidad caótica que es Madrid (con príncipes y mendigos en cada esquina), hay gente como esa pobre mujer alcoholizada y envejecida. Lo de siempre: yo hace años que me busco la vida y no he de agradecerle a nadie mi actual situación de bonanza (bueno, a alguno que otro sí); pero existen muchas personas que no han tenido la misma fortuna, y su vida se consume en las colas del Inem y por los sumideros de este mundo globalizado y cibernético que no se hizo para ellos. Cómo no sentirse culpable.
Estoy en La Antorcha y acabo de escribir un artículo del tirón. Me lo encargó el otro día E B, mi dire, así que no dudo de que se publicará. He sido todo lo cañero que a él le gusta. Con las ganas y con la energía con que he salido a la calle, podría haberme pedido cuatro, que se los hubiera escrito. Afuera hace bastante frío, y me adormezco con la música romanticona de Kiss FM, a pesar de los cafés y de un flemón que me nació esta madrugada. Durante el sueño y a traición, como suele pasar con los flemones (malditos). Como estoy sin móvil (anoche me lo dejé en el periódico), el tiempo es un concepto sin entidad propia, que se acelera o ralentiza según el ánimo de cada uno. Ignoro si son las doce o la una de la tarde. Por ahí, por ahí.
Ayer por la tarde, antes de ir a trabajar, pasé un rato por el BAires. Vi a Pilar en la acera, atendiendo a una mujer desmayada en plena calle, justo a las puertas del local. Una personilla insignificante, de pelo sucio y escaso, peinado de cualquier manera, a pegotes castaños, rostro hinchado de bebedora habitual y la mirada extraviada, muy azul y como vencida. La mujer había caído al suelo sin motivo aparente. Y se negaba a levantarse de allí. Con un poco de mano zurda, y hablando con ella para que se tranquilizara, entre una señora y yo conseguimos levantarla para que se sentase en el escalón de entrada al BAires. Enseguida me envolvió un hedor insufrible a vino barato y poca higiene personal. Si no borracha, era evidente que la tía andaba más ida que cuerda. Pilar y yo esperamos a pie de cañón la llegada del Samur –hacía un frío intensísimo, a mí me castañeteaban los dientes– y, una vez se la llevaron, entramos al bar con el bienestar que crea el haber ayudado al prójimo pintado en la cara y la satisfacción calentándonos por dentro, pero también con un sentimiento de culpa porque estábamos deseando un café bien caliente que nos templara el cuerpo mientras que afuera, en la inmensidad caótica que es Madrid (con príncipes y mendigos en cada esquina), hay gente como esa pobre mujer alcoholizada y envejecida. Lo de siempre: yo hace años que me busco la vida y no he de agradecerle a nadie mi actual situación de bonanza (bueno, a alguno que otro sí); pero existen muchas personas que no han tenido la misma fortuna, y su vida se consume en las colas del Inem y por los sumideros de este mundo globalizado y cibernético que no se hizo para ellos. Cómo no sentirse culpable.
BISABUELA
El invierno es una serpiente de hielo, ahora en febrero, que se insinúa apenas y, un segundo más tarde, muerde a traición e inocula su veneno de frío y destemplanza. Hoy se ha hecho notar y ralentiza los pasos de la gente por la calle, como autómatas que se desplazan de un lado para otro y suspiran, ay, por el buen tiempo. Paciencia, Cornelio, y a barajar.
Me refugio de las bajas temperaturas en el Laan. A través del ventanal, observo el acolchado de piedra de los edificios de enfrente, que a veces se impregna de sol porque un rayo travieso consiguió penetrar las nubes compactas y oscurísimas que amenazan lluvia. Aquí dentro, pocos clientes y música del desierto: un café sobre mi mesa, el paquete de tabaco y el móvil, los ensayos de Martín Gaite y este conjunto desordenado de folios en los que escribo, tejo y destejo el tapiz de mi vida. Anoche fui caliente a la cama, después de unos porros y varios tercios en el Angie, donde estuve confraternizando con mis primas Paula y Anita. Son un encanto de niñas (no tan niñas: cumplirán 26 y 24 años en los próximos meses). Aparecieron por allí sobre las doce y media, las presenté a R, que se quedó un rato con nosotros, y luego ya dimos rienda suelta a una conversación de las nuestras, en que se mezclan retazos de memoria a tres, cambiadas las cosas de sitio según a quién pertenezca el ojo que fue testigo de la acción. Hablamos de la Bisa, por ejemplo, que para Anita es poco más que un nombre mítico (tenía dos años y medio cuando murió), alguien a quien los adultos hacían referencia de cuando en cuando. Algo más recuerda Paula.
–Íbamos con abuelita al cuarto de la Bisa y le dábamos la pastilla. Era una especie de honor: te sentías importante cuando te tocaba hacerlo.
Yo, que fui el bisnieto mayor, la conocí mucho más profundamente, claro. No en vano contaba casi trece años al morir ella. Les narré la historia del día en que le salvé la vida. Fue durante una celebración familiar –el aniversario de boda de mis abuelos, quizás– y yo rondaría los siete años, porque es seguro que aún no había hecho la Primera Comunión. Había chipirones en su salsa para comer, y todos menos la Bisa estábamos en el salón. Ella era quien cocinaba, y aquel espacio diminuto conformaba su reino, en el que no permitía la entrada a nadie, ni siquiera a su hija, celosa de sus dominios. Y aunque todo el mérito de esas comidas era suyo, jamás participó en una de ellas, al menos que yo sepa. Como si fuera la criada, y no se sintiera cómoda en el mundo opulento y ruidoso de sus señores, se quedaba en la cocina a comer, sentada en una silla baja que aún sobrevive en casa de mis abuelos, donde tantas veces la viera pelando patatas, el pelo de un blanco bastardo, que amarilleaba en las puntas, retorcido en un moño pequeño a la altura casi de la nuca. Rarezas suyas, como la manía de no salir nunca a la calle: creo que la última vez fue en la boda de mis padres. Existe una fotografía que lo atestigua, en ella se ve, en la terraza del Casino, a papá y mamá jovencitos y emperifollados, ella de riguroso blanco, él con traje y corbata (se negó a llevar chaqué), flanqueando a una señora menuda y regordeta, de piernas arqueadas, vestido "de alivio" y gafas de concha. Ellos dos miran a la cámara mientras que la Bisa levanta la vista al cielo, en un gesto desafiante, porque no quiere que la retraten y le han obligado a hacerlo. Todo un carácter, mi bisabuela. Enviudó en 1923, con veintisiete años y tres hijos de cuatro, dos y un año. Primero intentó sobrevivir abriendo una pensión, pero no se le debieron dar muy bien los números, porque aquella aventura empresarial duró muy poco. Más tarde, repartidos los niños cada uno en lugares diferentes (mi abuela pasó largas temporadas en casa de unos tíos, en Reinosa, y siempre se quejó de esa falta de calor familiar que vivió tan pequeña), se enroló en un transatlántico de lujo como camarera. Muy pronto cambió las mesas por las vendas, porque decía que no le gustaba servir a nadie, así que mintió sobre sus conocimientos de medicina (nulos) y los siguientes once años se los pasó navegando por esos mares de dios, como falsa enfermera. Tuvo suerte, y nunca sucedió nada más allá de unos cortes sin importancia o algún dolor de cabeza. Estuvo en Alemania (la Alemania de Hitler, primeros treinta), en Brasil, en Estados Unidos, en Argentina. En realidad, si hay que hacer caso a la leyenda familiar, no disfrutó mucho esos viajes, porque habitualmente, cuando hacían escala, se quedaba arriba en el barco y no bajaba a tierra, por aquello de ahorrar al máximo para luego emplearlo en la educación de sus retoños. Una lástima. Tampoco volvió a casarse, dicen que dijo que no deseaba un padrastro para sus hijos (otra vez, según la leyenda familiar). No sé, de ser cierto me parece una pérdida de tiempo y de energía, los hijos nunca te agradecen estas cosas, vuelan lejos del nido y si te he visto no me acuerdo. Prefiero pensar que en alguno de aquellos viajes fantásticos por tierras lejanas hizo amistad con alguien y disfrutó un poco de lo que la vida le ofrecía. En fin. Llegada la Guerra Civil, volvió a Santander y ya no se movió de allí. Cuando mis abuelos se casaron, en el 43, se quedó a vivir con ellos para siempre, durante cuarenta largos años en los que pinchó todo lo que pudo a mi abuelo (su yerno, nunca se llevaron del todo bien) y tiranizó de muchas y muy sutiles maneras a abuelita, que era tonta y se dejaba mangonear por su madre. Al nacer yo, en Bilbao, se trasladó hasta allá para cuidar de su bisnieto mayor y ayudar a su nieta preferida, pero no duró ni tres semanas. En cuanto trató de repetir con la nueva generación idénticos hábitos y mangoneos que con la vieja, se encontró con la oposición férrea de mamá ("A mí no me hables así, abuelita", llegó a soltarle en medio de una discusión que comenzaba a subir de tono) y enseguida hizo las maletas para Santander. Fue su último viaje a un mundo exterior que cada día comprendía menos. Aún la recuerdo activa y lúcida, cuando me preparaba los huevos con bechamel, que me encantaban. Pero poco a poco fue perdiendo fuste y los últimos tres o cuatro años los pasó en cama, prácticamente inválida después de varias trombosis. Lo que cuento a continuación es anterior a esa última época de enfermedad y miserias.
En medio de la comida, fui a la salita a por algo, y al atravesar el pasillo crucé por delante de la cocina. Vi a la Bisa en el suelo, retorciéndose con las manos en la garganta. Pensé que era rarísimo que mi bisabuela hiciera esos malabares ahí tirada, era la primera vez que veía a un adulto hacer cosas tan extrañas, tan fuera de su ser habitual. Continué hacia la salita, quizás contando con que, a mi vuelta, ella estaría sentada en su silla, con un plato sobre las rodillas y comiendo, que todo habría sido un espejismo absurdo del que no quedaría ni rastro. Pero no, allí seguía, luchando contra algo que la iba venciendo, porque sus movimientos se iban haciendo más leves, como si no tuviera ya fuerzas. A punto estuve de callarme la boca y no decir nada, total, serían cosas de mayores que a mí ni me iban ni me venían. Menos mal que no seguí ese primer impulso.
–¿Qué hace la Bisa tirada en el suelo de la cocina?–, pregunté con un hilo de voz.
Hubo un movimiento acelerado de todo el mundo hacia la cocina, la levantaron en vilo y consiguieron que escupiera el trozo de comida que se le había quedado atravesado en la garganta. Yo me sentí importante. Gracias a mí, aquello no acabó en tragedia. Es algo que nunca he olvidado. Por eso, cuando siglos después se lo recordé a mis padres, me dio mucho coraje descubrir que no lo recordaban en absoluto, que la historia se había borrado por completo de su mente. Incluso bromearon con la idea de que me había inventado toda la escena. Fue como si me quitaran algo mío. El soldado raso que, después de una acción de guerra especialmente arriesgada, no ve reconocido su valor en combate y todavía ha de pasar unos días en el calabozo, como castigo.
Paula me comentó que el otro día, cuando abuelito supo que Anita y yo viviremos juntos, se echó a llorar.
–¿Cornelio y ella? ¿En casa de él? Qué bien...
Pobre hombre. Entre una cosa y otra, cada vez está más sensible.
Comí con G en su casa de Vázquez de Mella. Un antiguo desván con los techos agaterados que ha amueblado con gusto exquisito, en tonos blancos, con una facilidad para combinar formas y colores que siempre me provoca envidia, porque yo no la tengo. Me recibió a pecho descubierto, consciente del impacto de su torso moreno, imberbe y levemente musculado. Con tanto blanco, su cuerpo de anguila parecía una pintura prehistórica sobre la pared, o mejor aún, recordaba a uno de esos esclavos egipcios inmortalizados en las tumbas de sus amos. Se tiró todo el rato hablándome de sus muchos proyectos, ignoro cuántos serán reales y cuántos producto de su imaginación. Este chico siempre me provoca una desconfianza tremenda, nunca sé cuándo me miente y si dice o no la verdad. Por lo visto, trabaja montando un negocio aquí, en Madrid. Su jefe, un cincuentón valenciano que anda detrás suyo, se comporta con G como un novio celoso y posesivo, cosa que a éste le agobia.
–Siempre quiere que se la chupe. No le gusta follar, tampoco quiere que le follen: sólo disfruta cuando le comen la polla.
–...
–Alguna vez se lo he hecho. Total, es un rato de nada y me paga más de mil euros al mes por cerca de cuatro horas al día.
–Claro, claro.
Reconozco que me escandalizó, eso tiene un nombre muy significativo en el diccionario. Pero allá él con su vida, no me meto.
–Qué pena que estés mal de los bajos, si no, después de comer, echábamos un polvazo como postre–, me soltó entre plato y plato. Yo tuve un principio de erección que traté de disimular bebiendo más coca cola.
–Ya, una lástima.
A los postres, con música de jazz y el sol entrando por la ventana, le di su regalo.
Me refugio de las bajas temperaturas en el Laan. A través del ventanal, observo el acolchado de piedra de los edificios de enfrente, que a veces se impregna de sol porque un rayo travieso consiguió penetrar las nubes compactas y oscurísimas que amenazan lluvia. Aquí dentro, pocos clientes y música del desierto: un café sobre mi mesa, el paquete de tabaco y el móvil, los ensayos de Martín Gaite y este conjunto desordenado de folios en los que escribo, tejo y destejo el tapiz de mi vida. Anoche fui caliente a la cama, después de unos porros y varios tercios en el Angie, donde estuve confraternizando con mis primas Paula y Anita. Son un encanto de niñas (no tan niñas: cumplirán 26 y 24 años en los próximos meses). Aparecieron por allí sobre las doce y media, las presenté a R, que se quedó un rato con nosotros, y luego ya dimos rienda suelta a una conversación de las nuestras, en que se mezclan retazos de memoria a tres, cambiadas las cosas de sitio según a quién pertenezca el ojo que fue testigo de la acción. Hablamos de la Bisa, por ejemplo, que para Anita es poco más que un nombre mítico (tenía dos años y medio cuando murió), alguien a quien los adultos hacían referencia de cuando en cuando. Algo más recuerda Paula.
–Íbamos con abuelita al cuarto de la Bisa y le dábamos la pastilla. Era una especie de honor: te sentías importante cuando te tocaba hacerlo.
Yo, que fui el bisnieto mayor, la conocí mucho más profundamente, claro. No en vano contaba casi trece años al morir ella. Les narré la historia del día en que le salvé la vida. Fue durante una celebración familiar –el aniversario de boda de mis abuelos, quizás– y yo rondaría los siete años, porque es seguro que aún no había hecho la Primera Comunión. Había chipirones en su salsa para comer, y todos menos la Bisa estábamos en el salón. Ella era quien cocinaba, y aquel espacio diminuto conformaba su reino, en el que no permitía la entrada a nadie, ni siquiera a su hija, celosa de sus dominios. Y aunque todo el mérito de esas comidas era suyo, jamás participó en una de ellas, al menos que yo sepa. Como si fuera la criada, y no se sintiera cómoda en el mundo opulento y ruidoso de sus señores, se quedaba en la cocina a comer, sentada en una silla baja que aún sobrevive en casa de mis abuelos, donde tantas veces la viera pelando patatas, el pelo de un blanco bastardo, que amarilleaba en las puntas, retorcido en un moño pequeño a la altura casi de la nuca. Rarezas suyas, como la manía de no salir nunca a la calle: creo que la última vez fue en la boda de mis padres. Existe una fotografía que lo atestigua, en ella se ve, en la terraza del Casino, a papá y mamá jovencitos y emperifollados, ella de riguroso blanco, él con traje y corbata (se negó a llevar chaqué), flanqueando a una señora menuda y regordeta, de piernas arqueadas, vestido "de alivio" y gafas de concha. Ellos dos miran a la cámara mientras que la Bisa levanta la vista al cielo, en un gesto desafiante, porque no quiere que la retraten y le han obligado a hacerlo. Todo un carácter, mi bisabuela. Enviudó en 1923, con veintisiete años y tres hijos de cuatro, dos y un año. Primero intentó sobrevivir abriendo una pensión, pero no se le debieron dar muy bien los números, porque aquella aventura empresarial duró muy poco. Más tarde, repartidos los niños cada uno en lugares diferentes (mi abuela pasó largas temporadas en casa de unos tíos, en Reinosa, y siempre se quejó de esa falta de calor familiar que vivió tan pequeña), se enroló en un transatlántico de lujo como camarera. Muy pronto cambió las mesas por las vendas, porque decía que no le gustaba servir a nadie, así que mintió sobre sus conocimientos de medicina (nulos) y los siguientes once años se los pasó navegando por esos mares de dios, como falsa enfermera. Tuvo suerte, y nunca sucedió nada más allá de unos cortes sin importancia o algún dolor de cabeza. Estuvo en Alemania (la Alemania de Hitler, primeros treinta), en Brasil, en Estados Unidos, en Argentina. En realidad, si hay que hacer caso a la leyenda familiar, no disfrutó mucho esos viajes, porque habitualmente, cuando hacían escala, se quedaba arriba en el barco y no bajaba a tierra, por aquello de ahorrar al máximo para luego emplearlo en la educación de sus retoños. Una lástima. Tampoco volvió a casarse, dicen que dijo que no deseaba un padrastro para sus hijos (otra vez, según la leyenda familiar). No sé, de ser cierto me parece una pérdida de tiempo y de energía, los hijos nunca te agradecen estas cosas, vuelan lejos del nido y si te he visto no me acuerdo. Prefiero pensar que en alguno de aquellos viajes fantásticos por tierras lejanas hizo amistad con alguien y disfrutó un poco de lo que la vida le ofrecía. En fin. Llegada la Guerra Civil, volvió a Santander y ya no se movió de allí. Cuando mis abuelos se casaron, en el 43, se quedó a vivir con ellos para siempre, durante cuarenta largos años en los que pinchó todo lo que pudo a mi abuelo (su yerno, nunca se llevaron del todo bien) y tiranizó de muchas y muy sutiles maneras a abuelita, que era tonta y se dejaba mangonear por su madre. Al nacer yo, en Bilbao, se trasladó hasta allá para cuidar de su bisnieto mayor y ayudar a su nieta preferida, pero no duró ni tres semanas. En cuanto trató de repetir con la nueva generación idénticos hábitos y mangoneos que con la vieja, se encontró con la oposición férrea de mamá ("A mí no me hables así, abuelita", llegó a soltarle en medio de una discusión que comenzaba a subir de tono) y enseguida hizo las maletas para Santander. Fue su último viaje a un mundo exterior que cada día comprendía menos. Aún la recuerdo activa y lúcida, cuando me preparaba los huevos con bechamel, que me encantaban. Pero poco a poco fue perdiendo fuste y los últimos tres o cuatro años los pasó en cama, prácticamente inválida después de varias trombosis. Lo que cuento a continuación es anterior a esa última época de enfermedad y miserias.
En medio de la comida, fui a la salita a por algo, y al atravesar el pasillo crucé por delante de la cocina. Vi a la Bisa en el suelo, retorciéndose con las manos en la garganta. Pensé que era rarísimo que mi bisabuela hiciera esos malabares ahí tirada, era la primera vez que veía a un adulto hacer cosas tan extrañas, tan fuera de su ser habitual. Continué hacia la salita, quizás contando con que, a mi vuelta, ella estaría sentada en su silla, con un plato sobre las rodillas y comiendo, que todo habría sido un espejismo absurdo del que no quedaría ni rastro. Pero no, allí seguía, luchando contra algo que la iba venciendo, porque sus movimientos se iban haciendo más leves, como si no tuviera ya fuerzas. A punto estuve de callarme la boca y no decir nada, total, serían cosas de mayores que a mí ni me iban ni me venían. Menos mal que no seguí ese primer impulso.
–¿Qué hace la Bisa tirada en el suelo de la cocina?–, pregunté con un hilo de voz.
Hubo un movimiento acelerado de todo el mundo hacia la cocina, la levantaron en vilo y consiguieron que escupiera el trozo de comida que se le había quedado atravesado en la garganta. Yo me sentí importante. Gracias a mí, aquello no acabó en tragedia. Es algo que nunca he olvidado. Por eso, cuando siglos después se lo recordé a mis padres, me dio mucho coraje descubrir que no lo recordaban en absoluto, que la historia se había borrado por completo de su mente. Incluso bromearon con la idea de que me había inventado toda la escena. Fue como si me quitaran algo mío. El soldado raso que, después de una acción de guerra especialmente arriesgada, no ve reconocido su valor en combate y todavía ha de pasar unos días en el calabozo, como castigo.
Paula me comentó que el otro día, cuando abuelito supo que Anita y yo viviremos juntos, se echó a llorar.
–¿Cornelio y ella? ¿En casa de él? Qué bien...
Pobre hombre. Entre una cosa y otra, cada vez está más sensible.
Comí con G en su casa de Vázquez de Mella. Un antiguo desván con los techos agaterados que ha amueblado con gusto exquisito, en tonos blancos, con una facilidad para combinar formas y colores que siempre me provoca envidia, porque yo no la tengo. Me recibió a pecho descubierto, consciente del impacto de su torso moreno, imberbe y levemente musculado. Con tanto blanco, su cuerpo de anguila parecía una pintura prehistórica sobre la pared, o mejor aún, recordaba a uno de esos esclavos egipcios inmortalizados en las tumbas de sus amos. Se tiró todo el rato hablándome de sus muchos proyectos, ignoro cuántos serán reales y cuántos producto de su imaginación. Este chico siempre me provoca una desconfianza tremenda, nunca sé cuándo me miente y si dice o no la verdad. Por lo visto, trabaja montando un negocio aquí, en Madrid. Su jefe, un cincuentón valenciano que anda detrás suyo, se comporta con G como un novio celoso y posesivo, cosa que a éste le agobia.
–Siempre quiere que se la chupe. No le gusta follar, tampoco quiere que le follen: sólo disfruta cuando le comen la polla.
–...
–Alguna vez se lo he hecho. Total, es un rato de nada y me paga más de mil euros al mes por cerca de cuatro horas al día.
–Claro, claro.
Reconozco que me escandalizó, eso tiene un nombre muy significativo en el diccionario. Pero allá él con su vida, no me meto.
–Qué pena que estés mal de los bajos, si no, después de comer, echábamos un polvazo como postre–, me soltó entre plato y plato. Yo tuve un principio de erección que traté de disimular bebiendo más coca cola.
–Ya, una lástima.
A los postres, con música de jazz y el sol entrando por la ventana, le di su regalo.
SILENCIO DE DÍAS
Como siempre, cuando menos escribe uno en el Diario, más cosas suceden. Se acumulan en la memoria, se atropellan unas a otras y pugnan por salir y ocupar su lugar en el papel. Tengo comprobado que la vida corre libre, alegremente, cuando no se la trata de atrapar en unas cuantas frases heridas de temporalidad, que a la postre son la mortaja que se superpone a esta brillantez de lo cotidiano. Como mariposas disecadas, lo que escribo no muestra mis días, sino el reflejo pálido de esos días vividos. Por las escurriduras de las palabras se me escapa el aliento que las animó. En fin, que llevo desde el miércoles sin anotar nada aquí, y en ese tiempo mi prima ya tiene las llaves de casa (se instala esta noche), ha habido nuevas incorporaciones en el curro –R, mi antigua compañera de piso, entra como coordinadora–, pasé una tarde (la del viernes) con P**, fui paño de lágrimas para Montse, M rompió un armario de una patada rabiosa porque el ordenador se le llenaba de virus –ahora ya lo tiene controlado–, comí con Marta C, su novio H y M S (sobredosis transversal; entre otras cosas, se habló de unas posibles vacaciones en la Tosacana, este agosto), vi a Ma y dormí la noche del sábado en su casa, tuve una discusión sobre otras culturas frente a la nuestra con E (aún me dura la afonía: uno se exalta con facilidad y pronto eleva demasiado el tono), me encontré con G, mi ex novio venezolano, que este miércoles cumple 27 y me ha invitado a comer hoy en su casa, etcétera, etcétera. Tengo la impresión de no haber parado ni un minuto desde el jueves: ahora, este mediodía cuasi primaveral (aunque un viento desagradable lo estropea bastante), me siento en un café maravillosamente vacío para hacer el recopilatorio de todo.
Ayer a las cinco, junto con su hermana Paula –que pasa unos días en Madrid– y una amiga, Anita tomó posesión de su cuarto. Parece que le gustó el piso, y allí las dejé haciéndose su composición de lugar, porque yo llegaba tarde al periódico y no era plan de empezar la semana con retrasos. Previamente, había quedado con R en La ida, donde me encontré a J&A, de paseo dominical, periódico y suplemento bajo el brazo. Nos tomamos, los cuatro, unas cañas en amor y compañía, y después comimos ella y yo en La divina (calle Divino Pastor). Tardaron eternidades en servirnos, y R cada vez estaba más nerviosa con su estreno en el trabajo: traté de tranquilizarla, pero esta chica es una máquina de provocarse estrés, y no hubo manera de borrarle el gesto preocupado y la mirada ausente, apagada y distante. No sé cómo encajará con el ritmo alocado del periódico, espero que todo vaya bien. A quien puede que no le haga gracia compartir mesa con ella es a E, no hay que olvidar que unos meses atrás estuvieron enrolladas.
La noche del sábado, una vez que me despedí de M (con el que había pasado unas horas frente al televisor, viendo capítulos atrasados de Aquí no hay quien viva y fumando porros: por lo visto se está planteando un viaje, para marzo, a Palestina... Menudo culo inquieto), la dediqué a Ma. Esperé a que terminara su turno en el bar donde curra. Su jefe, un tipo delgado y muy atractivo, de esos feos con encanto, anda en plena crisis con su novio; me tocó presenciar una pseudo pelea nada agradable. Para colmo, creí notar tejillos por su parte, pero a lo mejor todo es producto de mi imaginación desvocada y de mi ego, más desbocado aún. Terminamos en casa de Ma, bebiendo cerveza y hablando de tíos, que une mucho. Dormí allí, en la habitación de invitados, y me levanté tardísimo, con el tiempo justo para acudir a la cita con R. Ma se puso cotilla y estuvo preguntándome por mi vida sexual/sentimental: quiso saber cosas de P**, pero obvié el tema porque sabía muy bien por dónde iban los tiros y darle detalles íntimos de mis encuentros con P** sería como manchar una historia que, hoy por hoy, tiene su importancia en mi vida.
La quedada con P** fue en La ida. El día cedía su lugar a las sombras y, dentro del local, un ruido de mil demonios arrullaba nuestra conversación detenida. Sobre recuerdos de infancia, mayormente. La sensación de vértigo que, a los seis años, causa el entrar en la clase de los mayores, todo son rostros desconocidos que te observan (casi duelen esas miradas que abrasan sobre la piel). Travesuras que permiten ver, como a través del ojo de una cerradura, la ingenuidad de un alma todavía clara, no empañada por el vaho sucio de la adultez. Así pasamos el rato, intercambiando anécdotas –cuando él le abrió la cabeza a un compañero de clase de una pedrada; la tarde en que yo vertí sobre la melena rubia y preciosísima de una niña todo un bote de pegamento blanco– y bebiendo cerveza. Luego, en mi casa, tocamos con la punta de los dedos un poco de cielo. Y descubrí que su cuerpo es como un campo de minas: depende de dónde (y cómo) le ponga la mano encima, brota un chorro imparable de risa por su garganta. A la hora y media, cuando ya era tiempo de irse (yo había quedado con A G-A y Montse en el Belén, a las once de la noche), me parecía que llevábamos juntos apenas unos minutos. El encuentro me supo a poco. P** es como una sed que me nace de dentro; por mucho que hunda la cabeza en su manantial, para beberle con ansia, quiero más y más.
De modo que, con sed y todo, nos vestimos aprisa y le despedí a la altura de Tribunal con un beso torpe y un hasta luego que dejaba todas las puertas abiertas y ninguna senda clara. Con las chicas, bien. Montse anda alicaída, con una depresión galopante que nubla sus ojos de cebra e imprime a su perfil levemente caballuno un aire trágico, como de damisela gótica. Intentamos animarla (A G-A, su amiga Marina y yo) con sucesivas copas en La fábrica de pan y después en Priscilla. Algo conseguimos. Yo, según hablaba de esto y de aquello, disfrutaba de mi pequeño tesoro: unas cuantas imágenes vividas horas antes –P** sobre mí, con sus brazos alrededor de mi cuerpo, sus besos lentos, el aleteo de sus piernas enlazadas con las mías... Estaba allí con ellas pero sin estar del todo. En el Priscilla, de nuevo G, que me invitó a una copa.
Ayer a las cinco, junto con su hermana Paula –que pasa unos días en Madrid– y una amiga, Anita tomó posesión de su cuarto. Parece que le gustó el piso, y allí las dejé haciéndose su composición de lugar, porque yo llegaba tarde al periódico y no era plan de empezar la semana con retrasos. Previamente, había quedado con R en La ida, donde me encontré a J&A, de paseo dominical, periódico y suplemento bajo el brazo. Nos tomamos, los cuatro, unas cañas en amor y compañía, y después comimos ella y yo en La divina (calle Divino Pastor). Tardaron eternidades en servirnos, y R cada vez estaba más nerviosa con su estreno en el trabajo: traté de tranquilizarla, pero esta chica es una máquina de provocarse estrés, y no hubo manera de borrarle el gesto preocupado y la mirada ausente, apagada y distante. No sé cómo encajará con el ritmo alocado del periódico, espero que todo vaya bien. A quien puede que no le haga gracia compartir mesa con ella es a E, no hay que olvidar que unos meses atrás estuvieron enrolladas.
La noche del sábado, una vez que me despedí de M (con el que había pasado unas horas frente al televisor, viendo capítulos atrasados de Aquí no hay quien viva y fumando porros: por lo visto se está planteando un viaje, para marzo, a Palestina... Menudo culo inquieto), la dediqué a Ma. Esperé a que terminara su turno en el bar donde curra. Su jefe, un tipo delgado y muy atractivo, de esos feos con encanto, anda en plena crisis con su novio; me tocó presenciar una pseudo pelea nada agradable. Para colmo, creí notar tejillos por su parte, pero a lo mejor todo es producto de mi imaginación desvocada y de mi ego, más desbocado aún. Terminamos en casa de Ma, bebiendo cerveza y hablando de tíos, que une mucho. Dormí allí, en la habitación de invitados, y me levanté tardísimo, con el tiempo justo para acudir a la cita con R. Ma se puso cotilla y estuvo preguntándome por mi vida sexual/sentimental: quiso saber cosas de P**, pero obvié el tema porque sabía muy bien por dónde iban los tiros y darle detalles íntimos de mis encuentros con P** sería como manchar una historia que, hoy por hoy, tiene su importancia en mi vida.
La quedada con P** fue en La ida. El día cedía su lugar a las sombras y, dentro del local, un ruido de mil demonios arrullaba nuestra conversación detenida. Sobre recuerdos de infancia, mayormente. La sensación de vértigo que, a los seis años, causa el entrar en la clase de los mayores, todo son rostros desconocidos que te observan (casi duelen esas miradas que abrasan sobre la piel). Travesuras que permiten ver, como a través del ojo de una cerradura, la ingenuidad de un alma todavía clara, no empañada por el vaho sucio de la adultez. Así pasamos el rato, intercambiando anécdotas –cuando él le abrió la cabeza a un compañero de clase de una pedrada; la tarde en que yo vertí sobre la melena rubia y preciosísima de una niña todo un bote de pegamento blanco– y bebiendo cerveza. Luego, en mi casa, tocamos con la punta de los dedos un poco de cielo. Y descubrí que su cuerpo es como un campo de minas: depende de dónde (y cómo) le ponga la mano encima, brota un chorro imparable de risa por su garganta. A la hora y media, cuando ya era tiempo de irse (yo había quedado con A G-A y Montse en el Belén, a las once de la noche), me parecía que llevábamos juntos apenas unos minutos. El encuentro me supo a poco. P** es como una sed que me nace de dentro; por mucho que hunda la cabeza en su manantial, para beberle con ansia, quiero más y más.
De modo que, con sed y todo, nos vestimos aprisa y le despedí a la altura de Tribunal con un beso torpe y un hasta luego que dejaba todas las puertas abiertas y ninguna senda clara. Con las chicas, bien. Montse anda alicaída, con una depresión galopante que nubla sus ojos de cebra e imprime a su perfil levemente caballuno un aire trágico, como de damisela gótica. Intentamos animarla (A G-A, su amiga Marina y yo) con sucesivas copas en La fábrica de pan y después en Priscilla. Algo conseguimos. Yo, según hablaba de esto y de aquello, disfrutaba de mi pequeño tesoro: unas cuantas imágenes vividas horas antes –P** sobre mí, con sus brazos alrededor de mi cuerpo, sus besos lentos, el aleteo de sus piernas enlazadas con las mías... Estaba allí con ellas pero sin estar del todo. En el Priscilla, de nuevo G, que me invitó a una copa.
DE MI FOBIA A LAS JERINGAS
Las nueve y media de la mañana de un día de cielos blanquecinos y humedad en el ambiente. En pie desde las ocho, acaban de sacarme sangre y me repongo del pinchazo con un café en La Antorcha.
–¿Te vas a desmayar?–, me preguntó la enfermera mientras yo le mostraba el antebrazo desnudo.
–No lo sé, hace bastante que no me sacan sangre. Mejor no miro, por si acaso.
–Eso, tú no mires. Si esto es un momentín, ya verás. Acabo enseguida.
Una chica muy joven, casi una adolescente, nos observaba, lánguida, desde la camilla donde estaba recostada. Ella sí se había desmayado. A mi alrededor, en una sala enorme y mal climatizada, todo eran viejillos con el brazo al aire y un gesto de concentración máxima, como de monaguillos atendiendo a su primera misa. Dos de ellos habían trabado conocimiento y estaban de charleta mientras les cicatrizaba la herida. Uno, tocado con un extraño gorro de lana y un deje canario en la voz, le preguntó al otro por su edad ("En abril cumpliré los ochenta", contestó su compañero con mal disimulado orgullo) y se sorprendió de lo bien conservado que estaba el viejo ("Yo haré los cincuenta y nueve en mayo... Tengo veintiún años menos que usted y está usted veintiún veces mejor que yo", le observó con envidia el más joven, que realmente parecía senil y acabado en comparación con el octogenario, un pimpollo alto y enjuto, con una espesa mata de pelo blanco y gafas de concha en equilibrio sobre su gran y curva nariz). Todavía cuando me fui de allá, continuaban su conversación salpimentada de impronunciables nombres de medicamentos.
Apenas sentí el pinchazo, esa es la verdad, pero la idea de la aguja llevaba obsesionándome desde que me levanté. Todo son recuerdos: tiras de un hilo y salen muchos más, y de éstos aún otros más antiguos. A poco que te despistes, el regazo de la memoria se te llena de hilachas de diferentes tamaños y colores. El más lejano en el tiempo, de estos hilillos que me han crecido en el jardín umbrío de la memoria, me devuelve a Santander, yo andaría por los cinco o seis años. Algo debía pasarme, porque durante un tiempo que a mí se me antoja eterno (una o dos veces por semana) estuvimos yendo a la practicante para que me pinchara. Era una señora mayor que vivía por la colonia de edificios color arena, feos y deslucidos, que se extiende a uno de los lados de Vía Cornelia. Cogíamos, mamá y yo, el "coche rojo", como llamábamos los niños al Seiscientos que abuelito le regaló en el 64, cuando ella cumplió dieciocho y se sacó el carné de conducir. Y salíamos de Los Castros en dirección al centro. Creo que Eva, muy pequeña todavía, nos acompañó en alguna ocasión. Con qué envidia la miraba, a ella que no había de sufrir la tortura de inclinarse sobre las rodillas de la buena señora, sentir el alcohol sobre la piel y un suave (y traicionero) masaje, luego el pinchazo rápido y avieso, las palmaditas en el culo y el algodón para secar la sangre. A medida que nos acercábamos a Vía Cornelia, yo sentía una desazón creciente, que se agudizaba al aparcar y pasar por debajo de las arcadas y los patios interiores de la colonia, camino del pisito de la practicante. Una angustia que me subía por el pecho y ya no me abandonaba hasta que, libre, salía de allí con el culo dolorido y una impresión de haber sido violado en mi intimidad que aún hoy puedo sentir como la primera vez. Han pasado casi treinta años. Pues bien, siempre que paso por allí me asalta idéntico mal rollo que entonces...
Y otro recuerdo, algo posterior: curso sexto de EGB (es, pues, la primavera de 1982) y han organizado en el cole una vacunación colectiva. La circular había llegado poco antes a casa y mis padres la firmaron, conformes con que se me vacunara. Estoy en la cola, en el patio de los Agustinos, a la espera de que me toque el turno. La mayoría de los niños hacen bromas entre ellos, y vemos a los primeros de la fila frotarse con gesto contrariado en el hombro. La bromas se vuelven caritas de espanto. Cuando ya sólo quedan dos o tres delante mío, le cedo el puesto al de atrás, y luego al siguiente, hasta que voy quedándome rezagado en la cola: los curas ni se enteran, y consigo zafarme de su vigilancia. Así que no me vacuno. A papá y mamá les dije que ya estaba hecho. Años más tarde, les conté la verdad y me cayó una bronca monumental, que si era mi salud y tal. Desde entonces, cuando había que pincharme, yo me negaba y el médico de turno me recetaba en lugar de las inyecciones unas pastillas, o lo que fuera, en lugar de la aguja ("Así tardas más en ponerte bueno, pero como quieras...", me advertía papá). De modo que lo de hace un rato en el Centro de Salud ha sido todo un reto para mí. Prueba superada.
Ya tengo cita para dentro de doce días, en que me dirán los resultados. Casi dos semanas de incertidumbre y miedo disimulado (¿anemia? ¿sida? ¿sífilis? ¿escoliosis múltiple? ¿metástasis en el dedo gordo del pie?... Así de exagerado, aprensivo y cagueta puedo llegar a ser). Habrá que armarse de paciencia y no pensar demasiado en ello.
–¿Te vas a desmayar?–, me preguntó la enfermera mientras yo le mostraba el antebrazo desnudo.
–No lo sé, hace bastante que no me sacan sangre. Mejor no miro, por si acaso.
–Eso, tú no mires. Si esto es un momentín, ya verás. Acabo enseguida.
Una chica muy joven, casi una adolescente, nos observaba, lánguida, desde la camilla donde estaba recostada. Ella sí se había desmayado. A mi alrededor, en una sala enorme y mal climatizada, todo eran viejillos con el brazo al aire y un gesto de concentración máxima, como de monaguillos atendiendo a su primera misa. Dos de ellos habían trabado conocimiento y estaban de charleta mientras les cicatrizaba la herida. Uno, tocado con un extraño gorro de lana y un deje canario en la voz, le preguntó al otro por su edad ("En abril cumpliré los ochenta", contestó su compañero con mal disimulado orgullo) y se sorprendió de lo bien conservado que estaba el viejo ("Yo haré los cincuenta y nueve en mayo... Tengo veintiún años menos que usted y está usted veintiún veces mejor que yo", le observó con envidia el más joven, que realmente parecía senil y acabado en comparación con el octogenario, un pimpollo alto y enjuto, con una espesa mata de pelo blanco y gafas de concha en equilibrio sobre su gran y curva nariz). Todavía cuando me fui de allá, continuaban su conversación salpimentada de impronunciables nombres de medicamentos.
Apenas sentí el pinchazo, esa es la verdad, pero la idea de la aguja llevaba obsesionándome desde que me levanté. Todo son recuerdos: tiras de un hilo y salen muchos más, y de éstos aún otros más antiguos. A poco que te despistes, el regazo de la memoria se te llena de hilachas de diferentes tamaños y colores. El más lejano en el tiempo, de estos hilillos que me han crecido en el jardín umbrío de la memoria, me devuelve a Santander, yo andaría por los cinco o seis años. Algo debía pasarme, porque durante un tiempo que a mí se me antoja eterno (una o dos veces por semana) estuvimos yendo a la practicante para que me pinchara. Era una señora mayor que vivía por la colonia de edificios color arena, feos y deslucidos, que se extiende a uno de los lados de Vía Cornelia. Cogíamos, mamá y yo, el "coche rojo", como llamábamos los niños al Seiscientos que abuelito le regaló en el 64, cuando ella cumplió dieciocho y se sacó el carné de conducir. Y salíamos de Los Castros en dirección al centro. Creo que Eva, muy pequeña todavía, nos acompañó en alguna ocasión. Con qué envidia la miraba, a ella que no había de sufrir la tortura de inclinarse sobre las rodillas de la buena señora, sentir el alcohol sobre la piel y un suave (y traicionero) masaje, luego el pinchazo rápido y avieso, las palmaditas en el culo y el algodón para secar la sangre. A medida que nos acercábamos a Vía Cornelia, yo sentía una desazón creciente, que se agudizaba al aparcar y pasar por debajo de las arcadas y los patios interiores de la colonia, camino del pisito de la practicante. Una angustia que me subía por el pecho y ya no me abandonaba hasta que, libre, salía de allí con el culo dolorido y una impresión de haber sido violado en mi intimidad que aún hoy puedo sentir como la primera vez. Han pasado casi treinta años. Pues bien, siempre que paso por allí me asalta idéntico mal rollo que entonces...
Y otro recuerdo, algo posterior: curso sexto de EGB (es, pues, la primavera de 1982) y han organizado en el cole una vacunación colectiva. La circular había llegado poco antes a casa y mis padres la firmaron, conformes con que se me vacunara. Estoy en la cola, en el patio de los Agustinos, a la espera de que me toque el turno. La mayoría de los niños hacen bromas entre ellos, y vemos a los primeros de la fila frotarse con gesto contrariado en el hombro. La bromas se vuelven caritas de espanto. Cuando ya sólo quedan dos o tres delante mío, le cedo el puesto al de atrás, y luego al siguiente, hasta que voy quedándome rezagado en la cola: los curas ni se enteran, y consigo zafarme de su vigilancia. Así que no me vacuno. A papá y mamá les dije que ya estaba hecho. Años más tarde, les conté la verdad y me cayó una bronca monumental, que si era mi salud y tal. Desde entonces, cuando había que pincharme, yo me negaba y el médico de turno me recetaba en lugar de las inyecciones unas pastillas, o lo que fuera, en lugar de la aguja ("Así tardas más en ponerte bueno, pero como quieras...", me advertía papá). De modo que lo de hace un rato en el Centro de Salud ha sido todo un reto para mí. Prueba superada.
Ya tengo cita para dentro de doce días, en que me dirán los resultados. Casi dos semanas de incertidumbre y miedo disimulado (¿anemia? ¿sida? ¿sífilis? ¿escoliosis múltiple? ¿metástasis en el dedo gordo del pie?... Así de exagerado, aprensivo y cagueta puedo llegar a ser). Habrá que armarse de paciencia y no pensar demasiado en ello.
REALIDADES Y SUEÑOS
Vengo del médico, que me envía mañana a hacerme un chequeo completo y me da cita para ver al especialista de la piel... ¡el 25 de febrero! Así que hasta dentro de dos semanas y media, a seguir el tratamiento de Lexema (aunque casi estoy seguro de que no sirve para nada). Los análisis no sé si me los hacen en el mismo centro de salud o en el Doce de Octubre –me comenta A G-A, cuando paso esto al ordenador, que debe ser en el centro de salud: ojalá, si no el madrugón va a ser de espanto (la cita es a las nueve de la mañana)–. La verdad es que tengo el ánimo por los suelos. Trato de leer, ahora en el Colby, y las letras se me atragantan, avanzo en las frases, una detrás de otra, pero no penetro su significado. Ando distraído, cabizbajo. Las pruebas de mañana... ¿y si tengo algo malo? Claro que mejor, sin duda, saberlo cuanto antes, pero el miedo a los médicos y las enfermedades no me lo quita nadie. En estos casos me sale a la luz el hijo del pueblo, temeroso ante la verborrea inasible de los que "tienen estudios", que prefiere no saber, como si los problemas se disiparan en el aire prístino e idiota de la ignorancia. Cómo envidio, ahora mismo, a éstos que me rodean y son felices sin caer en la cuenta de serlo, hablan alto, se ríen mucho, su cuerpo es un templo de salud y de fortaleza, un limpio castillo inexpugnable. En cambio yo... yo me desespero por la lentitud de las cosas, no veo posible soportar este mes sin curarme de una puta vez. Hoy hace sol, a rachas, y las temperaturas son algo más altas. No importa, estoy metidito en mi pozo, y allí todo es húmedo y viscoso, ni siquiera se ve la luz del día, tengo la impresión (ya sé que equivocada: mañana será otro día) de que no habrá marcha atrás para mí, que nunca más reiré con esta despreocupada alegría que hoy me rodea pero no me toca. Ni siquiera estoy rabioso, o enfadado o desesperado. Es más bien un cansancio que se convierte en agobio y me impide pensar con claridad. Cuando uno se siente enfermo, qué de ideas descabelladas le rondan la cabeza, como si el día fuera una repetición de la noche con sus imágenes veladas, como si viviera en un sueño feo que es pesadilla, y despertar fuera imposible porque uno ya está despierto. En el fondo, todo esto se reduce a lo dicho: terror al gusarapo de la enfermedad. Ni siquiera soy capaz de poner en claro lo que me ocurre, es esta prosa desordenada y tonta que hoy me sale la que lo enmaraña y complica todo. Bueno. A otra cosa, Cornelio.
Ayer fue el cumpleaños de E. Ya tiene 28 tacazos, aunque, como alguien le dijo anoche, mantiene el aspecto aniñado de muñequita hosca tras sus gafas de pasta. Estuvimos unos cuantos (R, Javi y Anna, Laura y Anuska) en el Angie. Al final nos quedamos los dos solos, a la una y pico hubo desbandada general. R se dejó olvidados los guantes –parecen de miniatura, no me cabía la mano, y no la tengo grande– y un horrible paraguas.
–Se han ido y no tenemos de qué hablar–, suspiró E una vez solos, frente a frente.
–No es cierto.
–Hasta ahora mismo estabas animado, hablando con todos. Y mírate, no dices nada.
–Porque contigo tengo confianza y éste que calla soy más yo que el que hacía chistes hace un rato. Se han ido ellos, no tengo público ni necesidad de seguir con las gracietas.
–Pues vaya.
Cómo explicarlo. El mayor grado de intimidad con alguien se mide por los silencios. Cuando puedo estar sin hablar con una persona, sin que el silencio se espese en una masa incómoda que nos separe, es que estoy a gusto con esa persona. Lo que me sucede con E. Bebimos en amor y compañía hasta más allá de las tres. Luego, para casa a escuchar el disco de John Coltrane que me han regalado (por mi cumple, dijeron) Javi y Anna.
Ahora escribo desde el curro, directamente al ordenador. He comido con M S, que ayer recibió un inesperado regalo por parte de Raúl, su ex. Un retrato de ella en uno de los momentos álgidos de su relación. Debe ser hermoso que alguien ocupe una semana de su trabajo (Raúl es pintor) en ti. M S se puso a llorar, conmovida y alegre, cuando vio el cuadro y comprendió cuánto amor y buenos recuerdos compartidos se esconden detrás de las pinceladas que conforman su rostro. Musa de pintores... Bonita profesión. Me estuvo contando anécdotas del estreno de la peli que produce su jefe, al que acudió este fin de semana junto con un montón de gente. De repente nombró a una tal Jimena y algo se despertó en mí: esta noche he soñado que mi hermana Eva tenía una niña a la que yo acunaba en brazos y quería con desesperación. Había que buscarle nombre y yo le propuse que por qué no la llamaba Jimena. Eso es todo lo que recuerdo del sueño, lo demás queda en la zona de sombras. Me pareció curioso que, en el mismo día y a través de conductos tan diversos, saltara ese nombre, Jimena, que no es nada común. Curioso, ¿verdad?
Ayer fue el cumpleaños de E. Ya tiene 28 tacazos, aunque, como alguien le dijo anoche, mantiene el aspecto aniñado de muñequita hosca tras sus gafas de pasta. Estuvimos unos cuantos (R, Javi y Anna, Laura y Anuska) en el Angie. Al final nos quedamos los dos solos, a la una y pico hubo desbandada general. R se dejó olvidados los guantes –parecen de miniatura, no me cabía la mano, y no la tengo grande– y un horrible paraguas.
–Se han ido y no tenemos de qué hablar–, suspiró E una vez solos, frente a frente.
–No es cierto.
–Hasta ahora mismo estabas animado, hablando con todos. Y mírate, no dices nada.
–Porque contigo tengo confianza y éste que calla soy más yo que el que hacía chistes hace un rato. Se han ido ellos, no tengo público ni necesidad de seguir con las gracietas.
–Pues vaya.
Cómo explicarlo. El mayor grado de intimidad con alguien se mide por los silencios. Cuando puedo estar sin hablar con una persona, sin que el silencio se espese en una masa incómoda que nos separe, es que estoy a gusto con esa persona. Lo que me sucede con E. Bebimos en amor y compañía hasta más allá de las tres. Luego, para casa a escuchar el disco de John Coltrane que me han regalado (por mi cumple, dijeron) Javi y Anna.
Ahora escribo desde el curro, directamente al ordenador. He comido con M S, que ayer recibió un inesperado regalo por parte de Raúl, su ex. Un retrato de ella en uno de los momentos álgidos de su relación. Debe ser hermoso que alguien ocupe una semana de su trabajo (Raúl es pintor) en ti. M S se puso a llorar, conmovida y alegre, cuando vio el cuadro y comprendió cuánto amor y buenos recuerdos compartidos se esconden detrás de las pinceladas que conforman su rostro. Musa de pintores... Bonita profesión. Me estuvo contando anécdotas del estreno de la peli que produce su jefe, al que acudió este fin de semana junto con un montón de gente. De repente nombró a una tal Jimena y algo se despertó en mí: esta noche he soñado que mi hermana Eva tenía una niña a la que yo acunaba en brazos y quería con desesperación. Había que buscarle nombre y yo le propuse que por qué no la llamaba Jimena. Eso es todo lo que recuerdo del sueño, lo demás queda en la zona de sombras. Me pareció curioso que, en el mismo día y a través de conductos tan diversos, saltara ese nombre, Jimena, que no es nada común. Curioso, ¿verdad?
ENCUENTRO CON P**
Después de la noche que he pasado, mañana voy al médico de cabeza. No sé qué me ocurre, pero lo cierto es que voy encadenando unas cosas con otras y ando hecho un churro. Miguel, del periódico, me comenta que ya voy teniendo años y es normal este goteo de cosillas. Tocate los pies, ché.
El tema de la psoriasis continúa ahí, en activo, como un volcán en plena erupción. No mejoro: empiezo a dudar del diagnóstico. A esto se suman el dolor de garganta y el cansancio de los últimos días. Comienza a cobrar forma la temible palabra... ¿Anemia? Otra cosa, con lo mal que me alimento, sería más extraña. Lo cierto es que he dormido a trompicones, con unos dolores en los huevos que no son normales (invertida o no, me parece que ninguna psoriasis puede provocar eso). De acuerdo que ayer hubo cama con P**, y que en el fragor de la lucha me desentendí bastante de la zona, pero llevo más de tres semanas con el tratamiento y la cosa se alarga demasiado. Menudo final y comienzo de año.
Con P**, muy bien. Quedamos en La ida y, después de dos cafés –uno allí, otro en el Pepe Botella, plaza del Dos de Mayo– subimos a casa y nos enredamos de nuevo entre las sábanas (y por encima y por debajo de ellas). Como la experiencia es un grado, el conocimiento previo de su cuerpo me hizo disfrutar más. Hubo risas y sexo, para mí la mejor combinación que se puede dar en la cama. Hay gente que folla con la concentración del opositor que está ante el examen de su vida, y eso no es así. El sexo, creo, es una actividad lúdica, sanísima si se emplea bien. Y ayer yo me sentí satisfecho.
Cómo nos parecemos este chico y yo, qué gusto no tener que explicar comportamientos o pareceres porque la otra persona es de la misma opinión y las caza al vuelo. Durante el tiempo que pasamos juntos antes de subir a casa, las ganas de besarle eran imperiosas, pero me contuve. Una vez en mi cuarto, sin embargo, le enganché por banda y ya no le solté: tardamos una eternidad en desvestirnos, y luego era un placer tenerle abrazado muy fuerte y hablarle, en susurros, con su boca a pocos centímetros de la mía. Cuando se marchó, a las nueve y media, me quedó una sensación de buen rollito que todavía hoy me dura.
Tiene una manera de mirar curiosa, como muy fija y desde atrás. A veces parece un profesor en su cátedra, duro y disciplinado, otras, un quinceañero ceñudo que mira con desconfianza el mundo que le rodea. No es ni lo uno ni lo otro, claro. Ojos azules de poderosas cejas (le dije, bromeando, que eran cejas ZP), aparentemente fríos, pero sólo en apariencia: basta con acercarse mucho, hasta casi chocar mis pestañas con las suyas, para que toda esa supuesta frialdad se funda en la temperatura que emiten nuestros cuerpos. Estrechamente enlazados, sentía que no era suficiente, hubiera querido aprisionar el instante para no tener que recordarlo como lo hago ahora, sino para vivirlo, siempre que quisiera, como fue entonces. A mí este tío me gusta. De momento, mucho más de lo que yo esperaba. Él dice que sin compromisos. Claro, uno nunca sabe qué sucederá mañana; pero a mí, hoy por hoy, me gusta. Vivamos el presente.
El tema de la psoriasis continúa ahí, en activo, como un volcán en plena erupción. No mejoro: empiezo a dudar del diagnóstico. A esto se suman el dolor de garganta y el cansancio de los últimos días. Comienza a cobrar forma la temible palabra... ¿Anemia? Otra cosa, con lo mal que me alimento, sería más extraña. Lo cierto es que he dormido a trompicones, con unos dolores en los huevos que no son normales (invertida o no, me parece que ninguna psoriasis puede provocar eso). De acuerdo que ayer hubo cama con P**, y que en el fragor de la lucha me desentendí bastante de la zona, pero llevo más de tres semanas con el tratamiento y la cosa se alarga demasiado. Menudo final y comienzo de año.
Con P**, muy bien. Quedamos en La ida y, después de dos cafés –uno allí, otro en el Pepe Botella, plaza del Dos de Mayo– subimos a casa y nos enredamos de nuevo entre las sábanas (y por encima y por debajo de ellas). Como la experiencia es un grado, el conocimiento previo de su cuerpo me hizo disfrutar más. Hubo risas y sexo, para mí la mejor combinación que se puede dar en la cama. Hay gente que folla con la concentración del opositor que está ante el examen de su vida, y eso no es así. El sexo, creo, es una actividad lúdica, sanísima si se emplea bien. Y ayer yo me sentí satisfecho.
Cómo nos parecemos este chico y yo, qué gusto no tener que explicar comportamientos o pareceres porque la otra persona es de la misma opinión y las caza al vuelo. Durante el tiempo que pasamos juntos antes de subir a casa, las ganas de besarle eran imperiosas, pero me contuve. Una vez en mi cuarto, sin embargo, le enganché por banda y ya no le solté: tardamos una eternidad en desvestirnos, y luego era un placer tenerle abrazado muy fuerte y hablarle, en susurros, con su boca a pocos centímetros de la mía. Cuando se marchó, a las nueve y media, me quedó una sensación de buen rollito que todavía hoy me dura.
Tiene una manera de mirar curiosa, como muy fija y desde atrás. A veces parece un profesor en su cátedra, duro y disciplinado, otras, un quinceañero ceñudo que mira con desconfianza el mundo que le rodea. No es ni lo uno ni lo otro, claro. Ojos azules de poderosas cejas (le dije, bromeando, que eran cejas ZP), aparentemente fríos, pero sólo en apariencia: basta con acercarse mucho, hasta casi chocar mis pestañas con las suyas, para que toda esa supuesta frialdad se funda en la temperatura que emiten nuestros cuerpos. Estrechamente enlazados, sentía que no era suficiente, hubiera querido aprisionar el instante para no tener que recordarlo como lo hago ahora, sino para vivirlo, siempre que quisiera, como fue entonces. A mí este tío me gusta. De momento, mucho más de lo que yo esperaba. Él dice que sin compromisos. Claro, uno nunca sabe qué sucederá mañana; pero a mí, hoy por hoy, me gusta. Vivamos el presente.
INMIGRANTE
Continúo durmiendo horrores, esto ya me preocupa. Anoche decidí quedarme en casa, pedir una pizza familiar (que me ventilé yo solito) y aburrirme delante de la tele. Estuve a punto de pasarme por el bar donde trabaja Ma para proponerle una salida de las nuestras, pero recordé a tiempo que es Carnaval y desistí, no me seducía nada el rollito de los disfraces y demás. Había comido al mediodía con C&H y M. Fue en el Alambique y la sobremesa, entre una cosa y otra, se alargó hasta las seis de la tarde. Política nacional, una pizca de Bush y Condoleezza y nuestras (complicadas) vidas sentimentales. C estaba muy mona con sus calentadores de última generación y un nuevo corte de pelo que le favorece. A ver si nos vemos más –aunque esto es lo que nos decimos siempre: luego, la vorágine del día a día nos engulle y no hay manera de quedar más de una o dos veces por quincena. Para cuando nos despedimos de la parejita, el cuerpo me pedía calor de hogar (un decir, porque en casa, de calor, nada). M quería hacer el empalme para colocar la lámpara que me ha regalado (una preciosidad en forma de sol). Le miré con un cansancio infinito y al final lo dejamos para otro día. Esto de estar cegato me inhibe de historias, como si me hubiera entrado un autismo feroz. Así que, después de una siesta larga con Duke Ellington de fondo –ayer me compré tres discos suyos–, coloqué el calefactor en el salón y me dispuse a tragar todo lo que pasaran por la tele: una entrevista a Concha Velasco, los telediarios, El comisario, un cachito de la peli de Versión española (que no me gustó, era una cubana bastante rara, como demasiado mística), ¿Dónde estás corazón? (denigrante, pero ahí estuve yo, viendo cómo unos y otros exponían sus miserias) y El ala oeste de la Casa Blanca. >De vez en cuando se iluminaba la pantallita del móvil y era siempre Mara/pesada, a quien no se lo cogí. Esperaba, acaso, una llamada de P**, que no se produjo: es el único que me hubiera arrancado de mi cómoda desidia. Por cierto, que hemos hablado hoy y nos encontraremos a las seis en La ida. Me dice que está libre hasta las nueve y media, así que tomaremos algo por ahí o haremos un cine. Después saldré con E y su gente, a ver qué se cuece.
El otro día, después de unas cervezas en La Vía Lactea (primero: mucha gente para un día de entre semana, música buena, ningún sitio libre para sentarse) y el Only You (más tarde: había concierto y mogollón de peña, con lo que no teníamos dónde sentarnos; nos limitamos a estar cerca de la barra, de pie y sin hablar), sucumbí a un hambre repentina y atroz –en casita, nada para comer, la nevera languidece en su rincón, triste y vacía, sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca– y me acerqué hasta el Sprint de Alonso Martínez para comprar algo de cena. La tienda estaba llena hasta los topes, fundamentalmente por grupos de postadolescentes que hacían un alto en el camino (entre calimocho y calimocho) para comisquear algo con que paliar la borrachera incipiente. Muchos gritos y mucho desenfreno, pues. La dependienta era todo un poema de aburrimiento y fastidio, una sudamericana regordeta y con cara de pocos amigos, mirada idiotizada tras las muchas horas allí dentro, de pie y lidiando con la fauna nocturna. Una mirada opaca, como un espejo brumoso que no retuviera ninguna imagen, para qué. Antes que a mí, atendió a una pareja. La chica le pidió dos o tres pastelillos de chocolate, y ella, con un mohín de fastidio ("Cómo me hacen trabajar estos cabrones desocupados", parecía rumiar para sus adentros), comenzó a escogerlos de la fuente.
–¿Los croissants valen lo mismo?
–No.
Así de tajante. Ni una sonrisa. Ni pasársele por las mientes decir cuál era, entonces, el precio de los croissants. La chavala acusó el golpe de indiferencia, casi de feroz oposición, y se echó para atrás buscando la presencia protectora del cuerpo de su novio, como quien se resguarda de la lluvia que de repente es chaparrón. No respondió nada. Su mano muy blanca extrajo del monedero un billete de diez euros y pagó, azorada, los pasteles. Cuando me tocó el turno, fui lo más cortante posible, de algún modo advirtiendo a la dependienta. "Ojito, tú, que yo no me achanto como la otra". Pedí, pagué y me fui.
En el camino a casa, me dio por pensar en el porqué de mi reacción. ¿Apoyo a la rubia acoquinada por la bordería de la dependienta? ¿Sentimiento de pertenencia a una clase, una casta especial: la rubia y yo, europeos y blancos, frente a la sudamericana chiquita y renegrida? ¿Ganas de buscar pelea? Primero me había parecido fatal la contestación de la dependienta, por muchas horas que llevara en el curro, nadie merece que se le trate así. Pero después comencé a imaginar su vida fuera de esas cuatro paredes de la tienda, lejos de su país y de su familia. A lo mejor vive sola y todo lo que ahorra es para sus hijos, que crecen sin ella al otro lado del Atlántico. A lo mejor su vida de empleada que trabaja todas las horas del mundo, está mal pagada y ha de aguantar las gracietas de tanto borrachín como hay suelto por las noches, esa vida de mierda la vive para el giro mensual que a ella le supone sacrificar cualquier pequeño vicio... A lo mejor, o puede que no, pero casos de estos los hay a patadas. Recordé la impresión (cercana al odio) que me provocaban los clientes del hotel, en Londres, cuando se cruzaban conmigo en los pasillos sin siquiera reparar en la presencia de ese trabajador con un mono azul, extranjero y de cabello oscuro. Un paria en su país que no merecía ni la triste limosna de un gesto afable, de un saludo. Y me sentí muy cerca de esta dependienta, pero también en otra esfera, ya, totalmente distinta. Ahora no soy ese trabajador del hotel, y veo la vida pasar desde la barrera de la comodidad y de una generosa nómina a fin de mes. Qué mezquino es todo.
El otro día, después de unas cervezas en La Vía Lactea (primero: mucha gente para un día de entre semana, música buena, ningún sitio libre para sentarse) y el Only You (más tarde: había concierto y mogollón de peña, con lo que no teníamos dónde sentarnos; nos limitamos a estar cerca de la barra, de pie y sin hablar), sucumbí a un hambre repentina y atroz –en casita, nada para comer, la nevera languidece en su rincón, triste y vacía, sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca– y me acerqué hasta el Sprint de Alonso Martínez para comprar algo de cena. La tienda estaba llena hasta los topes, fundamentalmente por grupos de postadolescentes que hacían un alto en el camino (entre calimocho y calimocho) para comisquear algo con que paliar la borrachera incipiente. Muchos gritos y mucho desenfreno, pues. La dependienta era todo un poema de aburrimiento y fastidio, una sudamericana regordeta y con cara de pocos amigos, mirada idiotizada tras las muchas horas allí dentro, de pie y lidiando con la fauna nocturna. Una mirada opaca, como un espejo brumoso que no retuviera ninguna imagen, para qué. Antes que a mí, atendió a una pareja. La chica le pidió dos o tres pastelillos de chocolate, y ella, con un mohín de fastidio ("Cómo me hacen trabajar estos cabrones desocupados", parecía rumiar para sus adentros), comenzó a escogerlos de la fuente.
–¿Los croissants valen lo mismo?
–No.
Así de tajante. Ni una sonrisa. Ni pasársele por las mientes decir cuál era, entonces, el precio de los croissants. La chavala acusó el golpe de indiferencia, casi de feroz oposición, y se echó para atrás buscando la presencia protectora del cuerpo de su novio, como quien se resguarda de la lluvia que de repente es chaparrón. No respondió nada. Su mano muy blanca extrajo del monedero un billete de diez euros y pagó, azorada, los pasteles. Cuando me tocó el turno, fui lo más cortante posible, de algún modo advirtiendo a la dependienta. "Ojito, tú, que yo no me achanto como la otra". Pedí, pagué y me fui.
En el camino a casa, me dio por pensar en el porqué de mi reacción. ¿Apoyo a la rubia acoquinada por la bordería de la dependienta? ¿Sentimiento de pertenencia a una clase, una casta especial: la rubia y yo, europeos y blancos, frente a la sudamericana chiquita y renegrida? ¿Ganas de buscar pelea? Primero me había parecido fatal la contestación de la dependienta, por muchas horas que llevara en el curro, nadie merece que se le trate así. Pero después comencé a imaginar su vida fuera de esas cuatro paredes de la tienda, lejos de su país y de su familia. A lo mejor vive sola y todo lo que ahorra es para sus hijos, que crecen sin ella al otro lado del Atlántico. A lo mejor su vida de empleada que trabaja todas las horas del mundo, está mal pagada y ha de aguantar las gracietas de tanto borrachín como hay suelto por las noches, esa vida de mierda la vive para el giro mensual que a ella le supone sacrificar cualquier pequeño vicio... A lo mejor, o puede que no, pero casos de estos los hay a patadas. Recordé la impresión (cercana al odio) que me provocaban los clientes del hotel, en Londres, cuando se cruzaban conmigo en los pasillos sin siquiera reparar en la presencia de ese trabajador con un mono azul, extranjero y de cabello oscuro. Un paria en su país que no merecía ni la triste limosna de un gesto afable, de un saludo. Y me sentí muy cerca de esta dependienta, pero también en otra esfera, ya, totalmente distinta. Ahora no soy ese trabajador del hotel, y veo la vida pasar desde la barrera de la comodidad y de una generosa nómina a fin de mes. Qué mezquino es todo.
CEGATO
Como Mister Magoo. Así estoy desde esta mañana. Me levanté –sin resaca, anoche sólo fueron dos cervezas en La Vaca Austera– y, ya en el baño, al ponerme las lentillas una se coló por el desagüe del lavabo. Dios. Se me quedó una cara de gilipollas... Casi veinte años poniéndome cada mañana las lentillas y por fin se había cumplido uno de mis temores recurrentes. Todo por idiota, claro: ¿quién me manda no poner el tapón? Vengo de Vision Lab, donde tienen mi ficha con todos los datos. En una semana me darán una nueva, de momento me han prestado otra de menor graduación, sirve para estos días, pero noto que veo fatal. Y aún es de día. En cuanto caiga la noche, todo será para mí un baile de luces y sombras en que me tocará danzar con la más fea. El cabreo conmigo mismo es monumental.
Reconozco que ayer, cuando quedé para comer con Anita, no las tenía todas conmigo. ¿Habría conversación? ¿Nos miraríamos incómodos, tras unas primeras frases de opereta, sin saber qué decirnos? Todo fue como la seda. Me cuenta que lo ha dejado con Capi, estas navidades, y que ahora, aquí en Madrid, trabaja por las mañanas de teleoperadora en El País ("Hay días en que sólo tengo una llamada; puedo leer o estudiar") y por las tardes está haciendo un curso –que durará seis meses– de fotografía. También se ha metido a clases de Capoeira, acaba de empezarlas y ya tiene agujetas hasta en el carné de identidad. El café de sobremesa nos lo tomamos en casa de Ramón, calle Velarde. Ramón es un tipo curioso, amigo de mi tío Charly desde siempre. Debió de ser un hombre guapo a rabiar: ahora, con más de cincuenta, mantiene un cuerpo delgado y flexible, lleva el pelo recogido en una coleta y exhibe un aire a lo indio cherokee, muy moreno de piel y con unos ojos negros y profundos que enganchan. Es un viva la Virgen, por descontado, uno de esos saurios de la noche que lo han probado todo, lo han visto todo, andan ya de vuelta de media vida. Ha sido actor, músico, hippy de los de antes. Su casa es una preciosidad de techos altos y habitaciones enormes, donde ahora recibe a sus pacientes de raiki –lo que le da de comer actualmente. También escribe una novela: estuvimos hablando de ello. Tiene una novia italiana de 27 años, fuma porros y es un tipo muy listo. Ante gente así, siento un poco de admiración (porque saben buscarse muy bien la vida) y un mucho de aprensión. Cuando quieres darte cuenta, te han liado en su tela de araña.
Al despedirnos, se tocó el corazón con el puño, y me abrazó. Como si nos conociéramos de toda la vida. Ésta es –que yo recuerde– la segunda vez que nos vemos. Lo dicho: todo un personaje.
Reconozco que ayer, cuando quedé para comer con Anita, no las tenía todas conmigo. ¿Habría conversación? ¿Nos miraríamos incómodos, tras unas primeras frases de opereta, sin saber qué decirnos? Todo fue como la seda. Me cuenta que lo ha dejado con Capi, estas navidades, y que ahora, aquí en Madrid, trabaja por las mañanas de teleoperadora en El País ("Hay días en que sólo tengo una llamada; puedo leer o estudiar") y por las tardes está haciendo un curso –que durará seis meses– de fotografía. También se ha metido a clases de Capoeira, acaba de empezarlas y ya tiene agujetas hasta en el carné de identidad. El café de sobremesa nos lo tomamos en casa de Ramón, calle Velarde. Ramón es un tipo curioso, amigo de mi tío Charly desde siempre. Debió de ser un hombre guapo a rabiar: ahora, con más de cincuenta, mantiene un cuerpo delgado y flexible, lleva el pelo recogido en una coleta y exhibe un aire a lo indio cherokee, muy moreno de piel y con unos ojos negros y profundos que enganchan. Es un viva la Virgen, por descontado, uno de esos saurios de la noche que lo han probado todo, lo han visto todo, andan ya de vuelta de media vida. Ha sido actor, músico, hippy de los de antes. Su casa es una preciosidad de techos altos y habitaciones enormes, donde ahora recibe a sus pacientes de raiki –lo que le da de comer actualmente. También escribe una novela: estuvimos hablando de ello. Tiene una novia italiana de 27 años, fuma porros y es un tipo muy listo. Ante gente así, siento un poco de admiración (porque saben buscarse muy bien la vida) y un mucho de aprensión. Cuando quieres darte cuenta, te han liado en su tela de araña.
Al despedirnos, se tocó el corazón con el puño, y me abrazó. Como si nos conociéramos de toda la vida. Ésta es –que yo recuerde– la segunda vez que nos vemos. Lo dicho: todo un personaje.
"QUE TE QUIERO"
Parece que me he levantado bien, sin rastro del golpe de gripe que me dio a media tarde de ayer en el trabajo. Llegué a sentirme bastante mal, con los típicos síntomas: escalofríos, cuerpo dolorido, resquemor de garganta y cansancio infinito. Trabajar era un esfuerzo, todo lo que me apetecía era meterme en la cama a oscuras, ovillarme entre las sábanas y dormitar. Sin embargo, a medida que se fue acercando la hora de salir, oh milagro, comencé a encontrarme mejor. Y para cuando E me miró con ojos golositos y propuso unas cervezas en Angie, no pude resistirme y acepté. Diríase que el doctor Mahou me ha venido que ni pintado, porque ahora no hay señal alguna de fiebre: como vino, se fue.
E anda quemadísima con el curro. Hablamos bastante de lo que no funciona en la empresa (casi todo, cositas que, como piedras minúsculas en el eje de las ruedas, impiden que la carreta avance como debiera). Lo peor de todo es que mucho de lo que va mal tendría fácil solución si llegara a oídos del director, y si éste no hiciera como las avestruces con cuanto ocurre por debajo suyo. Parece un Luis XV cualquiera: después de mí el diluvio y lo que se tercie, que los que me sucedan se coman todos los marrones o (pobriños) hasta pierdan la cabeza. El otro día, por ejemplo, enviaron desde Barcelona una página corrupta que les había dado muchos problemas y ralentizó, aquí en Madrid, todo el trabajo. Los de Barna, muy espabilados ellos, no avisaron. Supongo que se la trae floja lo que pase fuera de su redacción. Un jefe en condiciones hubiera llamado a Xavi y le hubiese puesto firmes con un par de gritos bien dados. ¿Qué hizo E B, a pesar del mail de protesta que envió E? Nada, mirar para otro lado. Silencio administrativo. Entiendo que ella, al sufrir este tipo de movidas cada día, se plantee incluso dejar el periódico. Algo hay, a través de un familiar suyo, de una televisión en Asturias. Deseo que esté contenta y se sienta a gusto con lo que haga, aunque reconozco que me fastidiaría que abandonase Madrid. La echaría de menos.
A última hora, estuvo de bacile conmigo. "Que te quiero", me decía con la sorna bailándole en el fondo del iris. Y yo cada vez me ponía más nervioso: odio que me suelten este tipo de requiebros, me incomodan (y mucho) los sentimientos a flor de piel, y los abrazos y caricias innecesarios. Me siento desnudo, muy inseguro cuando las caretas caen al suelo y se trata de ser tal cual, sin disimulos. Soy muy cardo, lo sé. Ya de niño, si mamá me agarraba por banda para hacerme cariñitos, yo me quedaba quieto y me escabullía en cuanto podía, arisco ("Por favor, mamá, déjame en paz que ya soy mayor"), incapaz de derretir el pedacito de cristal que mantiene helado mi corazón, para abandonarme así a las efusiones y las muestras físicas del amor filial. Me cuesta horrores abrirme de verdad a los otros. Con lo que cada "te quiero" de E provocaba en mí reacciones de protesta.
–Bueno, ya está bien. No sigas.
–Pero Cornelio... ¿Qué te pasa? Te molesta que te diga que te quiero...
–Déjalo.
–Pero es que te quiero.
–Vale, ya lo has dicho. Vamos a hablar de otra cosa.
–Bien, bien, pero tú eres consciente, ¿no?, de que hay gente que te quiere.
–Y dale.
Ella se reía a mandíbula batiente, al ver lo fácil que era molestarme. Yo no podía evitar el picar cada vez, como un torito joven que enviste y enviste, atolondrado, siempre que enarbolan ante sus ojos un trapo rojo. De esta manera estuvimos, toreando un poco (pero sin picador ni banderillas ni, of course, suerte de matar), hasta las tres. Claro que sé que me quiere –y lo aprecio–, pero que no me lo cuente...
Ay, la primavera que está cerca y ya se deja sentir en el aire. He salido a la calle y la caricia del sol ha sido un beso muy suave en las mejillas, un beso calórico que me insufla optimismo y ganas de hacer cosas. De sobra sé que es un espejismo, tan efímero como hermoso, y que aún restan muchos días de frío y lluvia. Pero, por ahora, toca disfrutar con la bonanza climática y pasear por la ciudad con el alma incendiada de sol y vida.
E anda quemadísima con el curro. Hablamos bastante de lo que no funciona en la empresa (casi todo, cositas que, como piedras minúsculas en el eje de las ruedas, impiden que la carreta avance como debiera). Lo peor de todo es que mucho de lo que va mal tendría fácil solución si llegara a oídos del director, y si éste no hiciera como las avestruces con cuanto ocurre por debajo suyo. Parece un Luis XV cualquiera: después de mí el diluvio y lo que se tercie, que los que me sucedan se coman todos los marrones o (pobriños) hasta pierdan la cabeza. El otro día, por ejemplo, enviaron desde Barcelona una página corrupta que les había dado muchos problemas y ralentizó, aquí en Madrid, todo el trabajo. Los de Barna, muy espabilados ellos, no avisaron. Supongo que se la trae floja lo que pase fuera de su redacción. Un jefe en condiciones hubiera llamado a Xavi y le hubiese puesto firmes con un par de gritos bien dados. ¿Qué hizo E B, a pesar del mail de protesta que envió E? Nada, mirar para otro lado. Silencio administrativo. Entiendo que ella, al sufrir este tipo de movidas cada día, se plantee incluso dejar el periódico. Algo hay, a través de un familiar suyo, de una televisión en Asturias. Deseo que esté contenta y se sienta a gusto con lo que haga, aunque reconozco que me fastidiaría que abandonase Madrid. La echaría de menos.
A última hora, estuvo de bacile conmigo. "Que te quiero", me decía con la sorna bailándole en el fondo del iris. Y yo cada vez me ponía más nervioso: odio que me suelten este tipo de requiebros, me incomodan (y mucho) los sentimientos a flor de piel, y los abrazos y caricias innecesarios. Me siento desnudo, muy inseguro cuando las caretas caen al suelo y se trata de ser tal cual, sin disimulos. Soy muy cardo, lo sé. Ya de niño, si mamá me agarraba por banda para hacerme cariñitos, yo me quedaba quieto y me escabullía en cuanto podía, arisco ("Por favor, mamá, déjame en paz que ya soy mayor"), incapaz de derretir el pedacito de cristal que mantiene helado mi corazón, para abandonarme así a las efusiones y las muestras físicas del amor filial. Me cuesta horrores abrirme de verdad a los otros. Con lo que cada "te quiero" de E provocaba en mí reacciones de protesta.
–Bueno, ya está bien. No sigas.
–Pero Cornelio... ¿Qué te pasa? Te molesta que te diga que te quiero...
–Déjalo.
–Pero es que te quiero.
–Vale, ya lo has dicho. Vamos a hablar de otra cosa.
–Bien, bien, pero tú eres consciente, ¿no?, de que hay gente que te quiere.
–Y dale.
Ella se reía a mandíbula batiente, al ver lo fácil que era molestarme. Yo no podía evitar el picar cada vez, como un torito joven que enviste y enviste, atolondrado, siempre que enarbolan ante sus ojos un trapo rojo. De esta manera estuvimos, toreando un poco (pero sin picador ni banderillas ni, of course, suerte de matar), hasta las tres. Claro que sé que me quiere –y lo aprecio–, pero que no me lo cuente...
Ay, la primavera que está cerca y ya se deja sentir en el aire. He salido a la calle y la caricia del sol ha sido un beso muy suave en las mejillas, un beso calórico que me insufla optimismo y ganas de hacer cosas. De sobra sé que es un espejismo, tan efímero como hermoso, y que aún restan muchos días de frío y lluvia. Pero, por ahora, toca disfrutar con la bonanza climática y pasear por la ciudad con el alma incendiada de sol y vida.
IBARRETXE DEMONIZADO
Después de la tormenta de ayer, espero que hoy llegue la calma. Me encuentro en un café de la calle Pez, a la espera de que aparezca M con su regalo para mí –venido directamente de Marruecos, qué será, será...
Vi a Patricia esta mañana y me confirma que se queda pagando como siempre. Lástima. Ya había dejado volar la imaginación un buen trecho, ahora toca recoger el hilo de la cometa y hacerse a la idea. Lo primero es contratar a alguien que adecente un poco las zonas comunes: yo me veo incapaz, y me engañaría a mí mismo si creyera que voy a limpiar en algún momento. Ay, vago más que vago. Mis amigos me miran con cara de reproche ("Burgués, eso es en lo que te estás convirtiendo", dicen sin palabras) y arrugan la nariz. Me lo puedo permitir, así que...
Ayer, en el curro, estuvimos conectados en todo momento con el Congreso. Jornada histórica, diálogo de sordos, intento desestabilizador de los vascos, bla bla bla. Rodeado como estaba de enemigos acérrimos de Ibarretxe y todo lo que huela a nacionalismo e independentismo, preferí callarme la boca y no decir lo que pienso: nunca he sido un españolista de pro, el tema de los territorios y de la bandera me la suda, si los vascos quieren mayor autonomía (e incluso desgajarse del Estado) y se pronuncian sobre ello mayoritariamente –habría que ver cuál es esa mayoría, para lo que es preciso un referéndum–, no veo por qué hemos de rasgarnos las vestiduras. Tampoco entiendo que los de Albacete, o los de Valencia, o los de Málaga hayan de tomar parte en la decisión. Hace algo más de cien años, la idea de que Cuba no fuera una colonia española era impensable, ahora nos da exactamente igual y no sentimos para nada que la isla sea España. Todo es cuestión de tiempo y, sobre todo, de costumbres. Estuve bastante de acuerdo con lo que dijo el lehendakari: su discurso, cargado de emoción (se veía que realmente sentía aquello que estaba diciendo. una especie de Mr Smith goes to Washington), es el de siempre, el mismo que llega sesgado a nuestros oídos, por aquello de cierta censura que se ejerce desde los medios nacionales (sé de lo que hablo); y nadie que viva en Euskadi –o conozca el paño de primera mano– es capaz de verlo. Antes de ir al periódico, todavía en casa, una comentarista de un programa en Telemadrid dijo:
–Emplean el término Euskal Herria, que es un lenguaje tomado de la gente de ETA, de los terroristas. Éste es un plan manchado de sangre.
Y usted, señora, es una estúpida que no tiene ni idea de política ni de Historia. Una estúpida peligrosa, por cuanto tiene acceso a una televisión y sus opiniones de mesa camilla pesan lo suyo. El término Euskal Herria se utilizaba muchísimo antes de que ETA se formara y, años más tarde, comenzara a matar. Es el legado del PP y sus ocho años de crispación: han logrado que cualquiera que disienta de ciertos parámetros centristas y soberanistas (de España) sea sospechoso de apoyar –y hasta de alentar– el terrorismo etarra. Qué barbaridad, valiente pavada: no es mi caso, por supuesto, ni el de muchos otros. El PNV lleva, desde su fundación hace más de un siglo, abogando por la independencia. Gustará más o menos, pero es legítimo que por medios democráticos se intente. Si debe cambiarse la Constitución (uh, oh, qué miedo), pues se cambia y ya está.
Ninguna idea, absolutamente ninguna, merece que una sola persona muera por ella. Ningún territorio es sagrado. El diálogo es la única solución a un conflicto que se alarga demasiado en el tiempo.
Vi a Patricia esta mañana y me confirma que se queda pagando como siempre. Lástima. Ya había dejado volar la imaginación un buen trecho, ahora toca recoger el hilo de la cometa y hacerse a la idea. Lo primero es contratar a alguien que adecente un poco las zonas comunes: yo me veo incapaz, y me engañaría a mí mismo si creyera que voy a limpiar en algún momento. Ay, vago más que vago. Mis amigos me miran con cara de reproche ("Burgués, eso es en lo que te estás convirtiendo", dicen sin palabras) y arrugan la nariz. Me lo puedo permitir, así que...
Ayer, en el curro, estuvimos conectados en todo momento con el Congreso. Jornada histórica, diálogo de sordos, intento desestabilizador de los vascos, bla bla bla. Rodeado como estaba de enemigos acérrimos de Ibarretxe y todo lo que huela a nacionalismo e independentismo, preferí callarme la boca y no decir lo que pienso: nunca he sido un españolista de pro, el tema de los territorios y de la bandera me la suda, si los vascos quieren mayor autonomía (e incluso desgajarse del Estado) y se pronuncian sobre ello mayoritariamente –habría que ver cuál es esa mayoría, para lo que es preciso un referéndum–, no veo por qué hemos de rasgarnos las vestiduras. Tampoco entiendo que los de Albacete, o los de Valencia, o los de Málaga hayan de tomar parte en la decisión. Hace algo más de cien años, la idea de que Cuba no fuera una colonia española era impensable, ahora nos da exactamente igual y no sentimos para nada que la isla sea España. Todo es cuestión de tiempo y, sobre todo, de costumbres. Estuve bastante de acuerdo con lo que dijo el lehendakari: su discurso, cargado de emoción (se veía que realmente sentía aquello que estaba diciendo. una especie de Mr Smith goes to Washington), es el de siempre, el mismo que llega sesgado a nuestros oídos, por aquello de cierta censura que se ejerce desde los medios nacionales (sé de lo que hablo); y nadie que viva en Euskadi –o conozca el paño de primera mano– es capaz de verlo. Antes de ir al periódico, todavía en casa, una comentarista de un programa en Telemadrid dijo:
–Emplean el término Euskal Herria, que es un lenguaje tomado de la gente de ETA, de los terroristas. Éste es un plan manchado de sangre.
Y usted, señora, es una estúpida que no tiene ni idea de política ni de Historia. Una estúpida peligrosa, por cuanto tiene acceso a una televisión y sus opiniones de mesa camilla pesan lo suyo. El término Euskal Herria se utilizaba muchísimo antes de que ETA se formara y, años más tarde, comenzara a matar. Es el legado del PP y sus ocho años de crispación: han logrado que cualquiera que disienta de ciertos parámetros centristas y soberanistas (de España) sea sospechoso de apoyar –y hasta de alentar– el terrorismo etarra. Qué barbaridad, valiente pavada: no es mi caso, por supuesto, ni el de muchos otros. El PNV lleva, desde su fundación hace más de un siglo, abogando por la independencia. Gustará más o menos, pero es legítimo que por medios democráticos se intente. Si debe cambiarse la Constitución (uh, oh, qué miedo), pues se cambia y ya está.
Ninguna idea, absolutamente ninguna, merece que una sola persona muera por ella. Ningún territorio es sagrado. El diálogo es la única solución a un conflicto que se alarga demasiado en el tiempo.
PATALETA
Otra vez he dormido como un tronco, hasta más allá de la una. Cerca de once horas sin sueños, como la inmersión en un pozo sin fondo, negro y obscuro. Ahora, claro, ando un poco ido, lo que pasa cuando uno duerme de más.
Al final, D no se tomó tan bien lo de P** y hubo bronca telefónica con él. fue en el trabajo, y siento haber estado a punto de perder los papeles, porque no me gusta que nadie se entere de mis cosas, y ayer por la tarde todo eran orejas puntiagudas en dirección a mi mesa.No merece la pena que transcriba lo que allí se dijo. Sensación de Gulliver entre liliputienses. Pero bueno, está bien que los demás se rijan por sus valores, así podrán ir al Cielo de los Justos... ah, no, pero si eso no existe: vale, vivirán en una farsa de omnipotencia aquí en la tierra, bien cómodos desde su sitial de jueces máximos, por encima del bien y del mal. Cómo explicar a quien no puede entenderlo que la vida no es una peli del Oeste con buenos buenísimos y malos de antología. Que hay una infinita gama de grises y por ahí, tarde o temprano, también habrán de perderse ellos. En fin. Ayer aún me apetecía un café con él para tratar de explicarle que en ningún momento se habló de compromiso (máxime cuando llevábamos dos semanas sin vernos y no habían mediado más de dos o tres mensajes al móvil entre ambos, más una llamada suya bastante hecho polvo), y que yo soy muy libre, todo lo libre que me dé la gana ser. Hoy, sinceramente, pienso que no vale la pena ni siquiera el cabreo que siento cuando escribo esto, y que hay suficientes caminos por ahí como para que nuestros pasos no se encuentren nunca más. Le deseo mucha suerte en su búsqueda (la va a necesitar con una concepción tan cerril de las relaciones) y puente de plata.
Café al mediodía –el lunes, cuando todo lo anterior se estaba gestando, yo sin saberlo– con Noeli en BAires. La vi muy animosa y segura de sí misma; cuando esta chica dé el bombazo va a ser sonado, me apuesto el cuello. De momento, muchos castings y McDonald's por un tubo. me habló de una amiga en Málaga con quien mantiene un rollete, nada serio por cuanto ésta tiene novia, a su vez, en Granada. Complicadillo. Carpe Diem, que diría el empalagoso de Robin Williams en "El club de los poetas muertos".
He de llamar a Patricia para ver qué sucede con su habitación.
Al final, D no se tomó tan bien lo de P** y hubo bronca telefónica con él. fue en el trabajo, y siento haber estado a punto de perder los papeles, porque no me gusta que nadie se entere de mis cosas, y ayer por la tarde todo eran orejas puntiagudas en dirección a mi mesa.No merece la pena que transcriba lo que allí se dijo. Sensación de Gulliver entre liliputienses. Pero bueno, está bien que los demás se rijan por sus valores, así podrán ir al Cielo de los Justos... ah, no, pero si eso no existe: vale, vivirán en una farsa de omnipotencia aquí en la tierra, bien cómodos desde su sitial de jueces máximos, por encima del bien y del mal. Cómo explicar a quien no puede entenderlo que la vida no es una peli del Oeste con buenos buenísimos y malos de antología. Que hay una infinita gama de grises y por ahí, tarde o temprano, también habrán de perderse ellos. En fin. Ayer aún me apetecía un café con él para tratar de explicarle que en ningún momento se habló de compromiso (máxime cuando llevábamos dos semanas sin vernos y no habían mediado más de dos o tres mensajes al móvil entre ambos, más una llamada suya bastante hecho polvo), y que yo soy muy libre, todo lo libre que me dé la gana ser. Hoy, sinceramente, pienso que no vale la pena ni siquiera el cabreo que siento cuando escribo esto, y que hay suficientes caminos por ahí como para que nuestros pasos no se encuentren nunca más. Le deseo mucha suerte en su búsqueda (la va a necesitar con una concepción tan cerril de las relaciones) y puente de plata.
Café al mediodía –el lunes, cuando todo lo anterior se estaba gestando, yo sin saberlo– con Noeli en BAires. La vi muy animosa y segura de sí misma; cuando esta chica dé el bombazo va a ser sonado, me apuesto el cuello. De momento, muchos castings y McDonald's por un tubo. me habló de una amiga en Málaga con quien mantiene un rollete, nada serio por cuanto ésta tiene novia, a su vez, en Granada. Complicadillo. Carpe Diem, que diría el empalagoso de Robin Williams en "El club de los poetas muertos".
He de llamar a Patricia para ver qué sucede con su habitación.