Diario de Madrid
Sindicación
 
A VUELTAS CON LA NÁUSEA
Y qué repulsión me causa la sola idea de escribir cuanto ha ocurrido en los últimos días. No tanto por los hechos en sí, perfectamente ordenables y concatenados los unos con los otros. Es un asco a coger el bolígrafo y contarlos, arrancarlos del limo que conforma todos los olvidos y ponerlos aquí por escrito. Repulsa y pereza a partes iguales, claro. Ayer por la tarde, frente al ordenador y con un montón de folios por pasar –llevo retraso de días en esto del blog: primero escribo a mano, más tarde, cuando se tercia, lo edito con el ritmo lento, lentísimo, de quien escribe con un dedo sobre el teclado–, fui incapaz de pulsar una sola tecla, mucho menos de repetir frases que a veces (ésta es una de esas ocasiones) no tolero. Como tampoco me soporto a mí mismo.

El discurrir del tiempo (imperceptible, dicen), que se mide en este suave pasar de la luz sobre el mármol de la mesa en que escribo, en que leo, desde donde observo ese otro pasar de la gente por la calle, incongruencias de carne y músculos y vísceras y cartílagos con su cerebro al frente, capitán de un barco que ya naufraga, que algún día hará aguas por todas partes y se hundirá en picado. A las dos en punto, por el extremo izquierdo de la mesa se asoma tímida una rayita de luminosidad que gana terreno poco a poco, tic tac, avanza y avanza hasta ocupar todo un tercio de la mesa, luego la mitad, para de repente reducirse por el otro extremo hasta desaparecer, de nuevo raya de luz cada vez más delgada, una fina línea que deja su lugar a la sombra. Y ya está, son las cuatro menos veinte dce la tarde, el reloj solar me levanta de aquí. Con evidente desgana (profunda desidia: ay, si pudiera meterme en la cama y no amanecer hasta un nuevo año) me dirijo a otra jornada en el periódico, con cigarros en la escalera, frases de unos y de otros como polillas a mi alrededor, problemas de última hora que habrá que solucionar y un cansancio y hastío infinitos...
 
CANSANCIO POSJUERGA
La resaca macerada con alka seltzer es menos resaca y más desidia muscular, resistencia pasiva a iniciar un nuevo día. Me tomo un café con su zumo de naranja en el Colby, curiosamente vacío de gente. Parece que cumplen su función como reconstituyentes para el cuerpo...
Como este Diario comienza a parecer una sucesión de los nombres (características físicas, unas pinceladas acerca de su carácter y si follan bien o mal) de chicos que me voy encontrando por el camino, que entrelazan su instante con el mío, me encandilan –cosas, ay, muy fácil de lograr– y con las mismas pasan al trastero de la memoria (a veces porque desaparecen, otras soy yo quien los jubila a empujones), no voy a hablar aquí del encuentro, anoche en Angie, con Nacho. Sólo consignar que hubo entendimiento y que los del periódico –pero sobre todo ellas– me machacaron parte de la noche, una vez que él se fue, con lo guapísimo que es. A lo mejor se extrañaron de que semejante ejemplar me hiciera caso, no sé. Si la cosa avanza, tiempo habrá de contarlo.

Paula llegó ayer de Santander y se unió a nosotros por sorpresa. La vi integrada y, como yo estaba en mi burbuja, dejé que se relacionara con los unos y con los otros a capricho. Asier le tiró, muy discretamente, unos tejos que no hallaron respuesta: ella está en otra cosa ahora. La veo bien, más reconstruida por dentro que hace dos meses.
 
TERAPIAS DE TREINTAÑERO
El sábado hubo café (cafeses) al mediodía en La Antorcha con Raquel y Jose, Jose y Raquel. Hablamos de parejas, de relaciones sentimentales, de la capacidad de amar a los cuarenta años como a los dieciséis. Raquel me dio la puntilla:
–Ya nunca vas a enamorarte con la misma ingenuidad, igual deslumbramiento, que a los dieciséis.
Frase lapidaria que me impresionó. Nunca. Bonita palabra. El problema está en que yo, con dieciséis, y con dieciocho, incluso con veinte, no tuve la oportunidad de enamorarme y vivir una de esas pasiones wertherianas de las que se habla por ahí. Claro que, cuando me colgué hasta las patas de Chus fue peor, mucho peor.
–Pues lo siento: te lo perdiste.
–No me digas eso... Yo creo que cuando uno se enamora, de algún modo vuelve a ser adolescente. Es esa ilusión, ese enganche emocional lo que yo busco, lo que echo en falta, lo que espero como agua de mayo. Claro que no es como entonces, porque tengo una experiencia y ésta pesa.
–No tengo tan seguro que tú quieras enamorarte y tener pareja. Estás en otra cosa, demasiado ocupado en vivir aventuras y acostarte con unos y con otros–, terminó de noquearme Jose.
Tienen razón. No me hace ni puñetera gracia reconocerlo, pero es así. Ya me lo decía Pierre hace años, en aquellas noches santanderinas de rara comunión inter pares, con un ajedrez de por medio en el Itaca o unas copas en el Billy Holiday. El maestro Pierre con su sonrisa de gato de Chesire (malicioso y mistérico); la esponja Cornelio, ávida de conocimiento y poesía. Entonces él me miraba socarrón, desde la atalaya de su edad inmensa (contaba cuarenta años, una cifra incalculable para mí), y resoplaba. "Tú y yo somos idénticos, nos gusta lo difícil, aquello que nos hace sufrir y no nos otorga, en ningún caso, la calma por la que decimos suspirar. Es mentira que deseemos ese reposo del guerrero: corremos tras los imposibles, el humo de una mirada que se desvanece en el aire, la casualidad de un cuerpo en degradación continua pero hoy tan hermoso, la flor de un día. Aunque no cualquiera, sino aquella en lo alto de una cumbre, que brilla al sol entre espacios de nieve perpetua. Escalamos penosamente, nos astillamos las uñas en la roca, llegamos sin aliento hasta el picacho donde nace la flor. Y si la conseguimos (que no siempre ocurre, y entonces es el dolor y el crujir de dientes, la desazón, el "por qué yo no si todos los demás sí"), tomamos entre las manos esa flor de pétalos olorosos e iniciamos con ella el retorno a tierra llana. Sólo para descubrir que ya no es la preciosidad que buscábamos, que es tan vulgar como cualquier otra: como mucho, la guardamos disecada entre las páginas de un libro que no abriremos más, donde amarilleará hasta el día del Juicio. Pero lo más seguro, amigo mío, es que la tiremos al cubo de la basura, desencantados." Yo intuía que lo que pontificaba Pierre era cierto, que pertenezco a esa rara estirpe de eternos buscadores de nada. Y cuanto antes lo reconozca y me acomode a ello, mejor para los demás y para mí mismo. Sobre todo para los demás.
Miro a Jose y a Raquel, que llevan juntos una barbaridad de tiempo, y la envidia me quema como un ácido dulce y poderosísimo. Cierto que sólo veo la parte bonita de una relación que por fuerza será complicada como todas; no sé de las renunciaciones, los sacrificios y el trabajo que hay detrás de esa calma perfecta a ojos de extraños. Quiero lo bueno sin pasar por lo malo. Y esto no puede ser. Continúo en mi fase Peter Pan, parece que por siempre jamás, amén.
 
FIESTA FALLIDA
Todavía me cuesta olvidar lo de anoche, hacer un esfuerzo de contención y no enfadarme con medio mundo. Recién afeitado, arreglado, perfumado –todos los ados que conforman un atelier minucioso–, salí a la calle poco antes de las diez para encontrarme con Lola y varios más (su compañero de piso, un chico uruguayo, o colombiano, no recuerdo, Ana, su amiga de Jaén, y una parejita que no conocía) en el Montes, por los lavapieses más montaraces y canallas. La idea era tomarse algo en la zona, visitar acaso las Vistillas y aterrizar sobre la una, ya bien entonados, en casa de Rubén, que celebraba su cumpleaños y me había invitado especialmente –según Lola/celestina. Yo me veía muy guapo esa noche, y estaba deseando que pasara el tiempo y saludar al cumpleañero. La última vez que hablamos fue en diciembre, y quién sabe qué podría suceder entre nosotros si se nos concedía el tiempo preciso para ahondar en un conocimiento mutuo que no ha hecho más que empezar. La conversación en el Montes, más tarde en otro garito de Latina y más tarde aún en un bar llamado NdelT no me interesó en ningún momento, y participar en ella era sumergirse en un mar imaginario de aguas inexistentes que no me empapaban, con el pensamiento siempre fijo en otro punto, el mojón de la una de la mañana, la fiesta de cumpleaños, Rubén con los brazos abiertos... La cosa se torció porque hubo que esperar a E, que nunca llega cuando tiene que hacerlo, es una profesional de la impuntualidad (y si se lo recriminas, encima se enfada). Yo comenzaba a impacientarme y miraba de reojo a Lola, sin atreverme a mostrar mi aburrimiento y las ganas de cambiar de escenario, pero muy en niño pequeño que quiere su juguete y lo quiere ya. A las dos, aparecieron por fin E y Eva, junto a Cristina y M** la médico. Traté suavemente de sacarlos a todos de allí, que no se pidieran ninguna copa las recién llegadas y cogiéramos un taxi para Bilbao. No hubo manera: me miraron como al aguafiestas que no soy y prometieron tomarse una rápida e ir luego para allá. Lola llamó a Rubén y éste le dijo que en una hora más o menos levantarían el vuelo de su casa y saldrían a tomar algo, sin rumbo fijo, pero más probablemente a Chueca. Desde luego no se iban a acercar hasta donde estábamos nosotros.
–Perdóname, Cornelio. No vamos a movernos hasta su casa para estar allá menos de una hora.
Me encabroné. De qué manera más tonta, pasé de la esperanzada espera a un desespero monumental. Ya no quise continuar la noche, para qué si el horizonte no me ofrecía ninguna de las excitantes aventuras que yo me había formado en la cabeza. Así que, tratando de esconder mi fastidio, les deseé a todos que lo pasaran bien y volví caminando a casa, un lento paseo mientras rumiaba mi mala suerte. Niño chico sin juguete prometido, incapaz de aceptar que a ninguno de los adultos presentes le importe una mierda si hay o no juguete. Odié a Lola, odié a E por llegar tarde y joder mis planes. Y por encima de todo me odié a mí mismo por alentar tantas estúpidas ilusiones en una fiesta a la que ni siquiera llegué a sumarme. Más me hubiera valido quedarme en casa viendo Salsa Rosa...
Hoy hago lo posible por relativizar las cosas, reírme de ellas y olvidarlas cuanto antes. Una cosa tengo claro: nunca más vuelvo a ponerme en manos de celestinas.
 
MISERIAS Y GRANDEZAS
Encuentro y polvo, ayer, con Juan/John. Un sudamericano guapo y morboso de piel suave, como de anguila recién sacada del agua, muslos cobrizos, culo redondo que mordisqueé a placer, pecho liso y aniñado. Tomamos unas cervezas, subimos a casa, vimos una peli y nos acostamos.
Después (veinte minutos más tarde), encuentro con P. Ya no las manos como por la mañana, pero sí me temblaban las piernas, quizás porque acababa de tener sexo con Juan/John y uno va cumpliendo años como para excederse en determinados ejercicios gimnásticos de aquí te pillo aquí te mato, a las cinco de la tarde y con toda la solana entrando a raudales por el balcón. La vida, a veces, nos sorprende con regalos inesperados. Al hallarme tranquilo en el plano sexual, pude ver a P con la distancia suficiente como para no dejarme llevar por otra cosa que no fuera la cabeza (la de arriba). ¿Volvería a encamarme algún día con él? Sí. ¿Aceptaría ser su pareja de nuevo? No. Barba a lo Jesucristo, pelo largo y lacio... estaba guapo, con su cara chupada de fumador de hachís, su ropa grunge y las ojeras violáceas en torno a unos ojos tristes pero muy bellos. Habló sin parar, con una especie de horror al silencio que pudiera formarse entre los dos (a lo que ese silencio dejaría al descubierto), y apenas me permitió meter baza en la conversación, que fue una larga lista de hechos y cosas en torno a su grupo de amigos, más familia, a quienes traté en su momento. Le acompañé a La Avispa, para comprar unos libros, y luego subimos a casa (en la habitación, restos de mis escarceos con Juan/John, pero los oculté a tiempo) porque todavía guardaba ropa suya desde el verano pasado y quería devolvérsela. Ya en la puerta, mientras nos despedíamos, se abalanzó sobre mí para darme un beso impetuoso en la boca: yo, pillado por sorpresa, ni siquiera abrí los labios, aguantando la respiración.
–Bueno, Cornelio, me ha encantado verte. Llámame, ¿vale?
–Sí, sí, claro.
Ya puede esperar sentado, porque lo que es yo, no pienso hacerlo.

Así como unos padres pueden tirarse años y años repitiéndole a su niño las principales reglas de urbanidad, que dos y dos son cuatro y cuatro más hacen ocho, que la felicidad es un compendio de haberes y debes, una pesada losa si nos falta, algo por lo que sacrificarse y luchar, con un esfuerzo supremo si es necesario; así como los papás enseñan todo eso a su criatura, y ésta puede olvidarlo enseguida –de hecho, según lo escucha con las mismas lo borra de la mente, entretenido con el vuelo de una mosca que se da de golpes contra el cristal–, del mismo modo a veces, quién sabe por qué extraño mecanismo del cerebro humano, otros comentarios perfectamente insulsos, dichos sin ninguna intención, se graban a fuego y terminan siendo pilar, basamento, punto de arranque de toda una filosofía vital.
Ni recuerdo el momento ni el lugar ni el porqué, pero no se me va de la cabeza una frase de mamá que entonces me deslumbró (supongo) lo suficiente como para almacenarla, pequeña alhaja en el joyero de la memoria. "Ningún buen músico puede ser mala persona". Una sentencia discutible, claro, que demuestra o una gran ingenuidad o una sabiduría enciclopédica. Mi madre se refería a que una persona dotada con una sensibilidad extrema para la música –que vibra y se emociona con ella– no puede ser sino buena gente, merced a esa sensibilidad, con el resto de los mortales. Cuando se lo oí decir, yo estuve de acuerdo; ahora ya no tanto. ¿Un Bach bueno, un Händel santo, un Gershwin que ayuda a los más necesitados y se preocupa por el prójimo? No necesariamente: el poseer un don (en este caso musical) no implica ni más ni menos que eso: ser dueño de una cualidad que en el común de los mortales se da. Pero en el día a día, en que todos nos desenvolvemos, quien pinta bien puede ser un gruñón, quien escribe como los ángeles muchas veces se muestra mezquino, quien compone maravillas acaso sea un canalla hijoputa con todas las letras. Mamá barría para casa (profesora de piano en el conservatorio, melómana declarada), y aunque yo entonces creía que ella misma era el ejemplo perfecto de buena persona ya no estoy tan seguro de ello, a la luz de los últimos años y su actitud -gruñona, mezquina, canalla- para con su hijo el mayor. El ser humano es cambiante: en sí lleva todas las miserias y grandezas de la especie.
 
LLAMAN A LA PUERTA
Según escribo, me tiemblan las manos. Acabo de hablar con P por teléfono, ya ni esperaba una llamada suya: ocho meses después de nuestra ruptura, el fantasma se hace ectoplasma, cobra forma física (con las cadenas del recuerdo y de los buenos momentos vividos juntos más la sábana blanca de tantas noches despiertos hasta la madrugada, abrazados y muy cerca el uno del otro) y me pide que tomemos un café esta tarde.
–Si no tienes otros compromisos...
Y da la casualidad de que sí tengo otros compromisos: en cuestión de minutos he quedado con Juan, nueva adquisición vía Internet. Así que le he dicho que a las cinco no puede ser, pero que si le viene bien a las seis...
–Muy bien, a las seis te veo en La ida.
No debería, pero apareceré, más que nada por curiosidad (la que mató al gato). A saber qué quiere –lo mismo recuperar su ropa. El caso es que me he puesto nerviosísimo, trato de serenarme pero este temblor involuntario, que deja un rastro de letras como hormigas borrachas sobre el blanco del papel, delata una emoción torpe, un resto de sentimientos escondidos que salen a la luz vivitos y coleando, después de una larga hibernación. Lo cierto es que, si me pidiera volver, yo no aceptaría: hace tiempo que descubrí que no estamos hechos para ser novios –con todo lo que esta palabra maledetta implica. Pero reconozco que si me lo pidiera, sería como quitarse una espinita que se me clavó bien adentro y aún supuraba de cuando en cuando. Vaya, y para resumir: no tengo ni repajolera idea de qué quiero que suceda esta tarde.
 
LUZ DE ATARDECIDA
El día agoniza en estertores enfermos y, a ratos con sol, a ratos con nubes oscuras, amenazadoras y preñadas de lluvia, va cumpliendo su ciclo de tarde mientras yo escribo y escribo desde el interior sosegado de este cafetín del centro. A través de los ventanales, como quien se siente seguro desde la barrera, observo el paulatino ennegrecimiento del cielo, cómo el viento alza la voz en un soplo airado y las primeras gotas de lluvia –como una película viscosa sobre el asfalto– van mojando la piel dura de la ciudad. Ya era hora de que lloviera, dicen los que saben de estas cosas de embalses medio vacíos y sequía a la vuelta de la esquina. A mí, la lluvia me trae nostalgias de otros lares, pero hoy estoy contento y nada va a hacer mella en esta felicidad tonta que más bien es satisfacción por el trabajo bien hecho. Casi de un golpe, sin respirar apenas, he escrito dos artículos, y esta vez sí que me convence el resultado. Qué fácil resulta cambiarme el humor, se trata simplemente de cumplir con el deber autoimpuesto y ya está. Oh, milagro. Felicidad todo el día, aunque diluvie y se abran las fauces del infierno para tragarnos a todos de un bocado. Afuera truena, la gente –en sus ropitas de verano, a todas luces insuficientes– se apresura a refugiarse en los portales, bajo las marquesinas, elevando los brazos por encima de la cabeza para evitar mojarse. Y aquí dentro encienden las luces, como si ya fuera de noche y las tinieblas se hubieran hecho antes de tiempo.
 
LLUVIA ÁCIDA
Junto a la impresión de que Pedro V –nueva y flamante adquisición en el periódico, el primer jefe que tengo más joven que yo (le llevo unos meses), lo que algún día había de llegar pero que siempre fastidia un poco– no me valora porque, hasta la fecha, todo lo mío que ha leído es acaramelado y corintellado, se une ahora el desencuentro de ayer con M-L R, encumbrada en su nuevo puesto de responsabilidad, muy poco dúctil como superiora jerárquica (una tipa que hoy te sonríe con su bocaza llena de dientes y mañana, sin previo aviso, te lanza un zarpazo para demostrar quién manda y quién obedece). Fue una tontería, aunque me dejó mal cuerpo y la duda de si mi posición en el curro es segura o pende de un hilo, como la de tantos. Nubes que amenazan tormenta y a lo peor descargan sobre mis hombros multitud de partículas de lluvia ácida, o puede que se deshagan en hilos finos de algodón y desaparezcan sin más. Todo se andará. Pero estoy deseando que me encarguen nueva columna para redimirme a ojos de Pedro V y a los míos propios.
 
RESTREPO
Resaca. Después del parto largo y penoso del nuevo diseño, unos cuantos nos dispusimos a celebrarlo por todo lo alto: los más irresponsables, no hay duda. Yo cumplí a la perfección mi papel bufonesco de gay liberado a quien los heteros del curro miran con curiosidad no exenta de temor y, cuando cogen confianza, se atreven a preguntar cosas que siempre quisieron saber pero nunca acertaron a formular, por timidez o falta de oportunidades, no sé. Me convertí en un monito de feria desinhibido y procaz. Terminé con demasiadas cervezas encima: hasta más allá de la una y media, he dormido sin imágenes, amparado por una oscura placenta que me envolvía y succionaba por entero. Ahora me recupero del agujero negro donde siempre, mientras afuera el calor pegajoso de la tarde se cuela por entre las brumas de resol y aplatana conciencias. De aquí en adelante, el buen tiempo apretará sus tuercas y ya no habrá sino temperaturas elevadas y verano, verano, verano.
Me obsesiona el haber perdido la capacidad de producir, casi como churros, artículos divertidos y despreocupados. O bien doy a luz cosas políticas, con la mordida de la mala leche asomando sus dientecillos agudos en cada frase, o bien son horteradas romanticonas con ribetes de misticismo que a mí mismo me astragan y aburren. Con los cambios dados en el curro, no estaré tranquilo hasta publicar algo en condiciones, que me reconcilie con la idea de articulista capaz. Esto de ahora –este terror a haber perdido fuste– es peor que el síndrome del folio en blanco. Casi preferiría no escribir nada a dar por válido lo que no debería salir de su escondrijo. Los recuerdos, las sensiblerías y pavadas, las inseguridades, los traspiés morales, que se queden para este Diario y para las charlas de café con los amigos.

La novia oscura que Laura Restrepo consigue sacar de la sombra del olvido, alumbrada con el fulgor de unas palabras como soles. Aquella Colombia de hace unos años que apenas se diferencia de la Colombia actual, santa y pecadora, hecha de sortilegios que alejen el mal de ojo y de procesiones de santos, de sensualidad turbia y placentera, de una religiosidad teñida de sectarismo...
 
MEJORÍA
Ya voy remontando, de a poquito, el bache emocional de los últimos días. Desaparecen la impresión de temporalidad y el miedo a la catástrofe –así, en general– que me dominaron durante el fin de semana. Y sale el sol en mi lejanía de correcciones diarias, cafés con los amigos y coqueteos/escarceos prácticamente con cualquiera...
 
BARBACOA
El calor aprieta y, aunque por la noche todavía viene bien abrigarse con una chaqueta, en las horas centrales del día no hay quien esté al sol. La gente por la calle camina como esquinada y siempre a la sombra. Me temo que en Madrid, la primavera como tal va a ser muy breve.
Nuestra excursión a Valsaín fue todo un éxito. Comimos opíparamente en un lugar cercano a La Granja, donde hay habilitadas varias barbacoas para que la gente se sirva a placer. Fuimos casi veinte personas, entre hermanos de, amigos de y amigos de amigos de. Tirados sobre la hierba, espantando mosquitas que se arremolinaban en torno del grupo, al llamado de la carne sobre la barbacoa, la tarde se fue adelgazando en la línea del horizonte, incendiando de oros y violetas el cielorraso. Parecía imposible, en la calma tenue de una comunión a veinte, que existieran otros mundos paralelos, otras calmas, otros delirios fuera de aquella campa donde, por hacer, hasta se jugó un tosco partido de fútbol mientras los más vagos –yo entre ellos– observábamos los pases de balón entre vapores de siesta. Costó levantar el campamento, echar los restos de comida en la bolsa de los desperdicios, despejarnos de tarde y de sábado para ir a tomar un café al pueblo de Valsaín, último estadio camino de Madrid y del tiempo auténtico, recobrado (hormiguitas que en fila india retoman sus labores), del día a día.
 
NEURAS TREINTAÑERAS
En pie desde las once, he dejado a Tere metiéndole mano al tema de la limpieza y me tomo un primer café en La Antorcha, a la espera de que E o Eva den señales de vida y me confirmen si hay o no excursión a Valsaín, tal y como se habló anoche. Yo les abandoné a todos cerca de las dos y pico de la mañana, absolutamente borracho y derrotado: el camino de vuelta desde Lavaspiés lo hice a trompicones, al pasar por Sol sentí pudor, porque era evidente lo muy perjudicado que iba –haciendo eses de un lado al otro de la calle– y cada vez eran más los grupos de gente que me iba cruzando. El sueño ha discurrido agitado y plagado de imágenes extrañas –el nuevo Papa moría y en el cónclave para elegir su sucesor se nombraba a uno muy joven, de treinta y tres años (¿era yo?, no lo recuerdo)–; a las ocho y media me despertó el sol, que entraba de lleno en el cuarto y me golpeaba el rostro: había olvidado cerrar los postigos. Medio atontolinado, me arrastré hasta el balcón, los ajusté, la noche se hizo de nuevo como por encanto y pude descansar varias horas más.
Ya tengo trabajo con la SGAE, a través de C. Comimos en un italiano de Chueca y al café posterior se apuntó M. Yo no estaba de humor, destilaba negatividad y bilis por los cuatro costados, así que no fui la compañía ideal. De todas maneras, ambos me soportaron como buenos amigos y pude traspasar el umbral de la tarde con una sonrisa. Desencantada, pero sonrisa al fin y al cabo. Serían las cinco y pico cuando llamé a la puerta de M S. Más café y más charla desencantada con su poquito de exorcismo de uno mismo, que es cosa de agradecer. El café en su casa fue largo y ameno, de cuando en cuando se pasaba su sobrina Sara por la cocina y se unía a la conversación. Fundamentalmente acerca de cuestiones sentimentales. Pero qué mal que estamos los treintañeros de lo nuestro. Dos horas más tarde, me acompañó a comprar unas gafas de sol. Mirarme con los diferentes modelos en el espejo de la óptica no me hizo ningún bien: frente a mí se probaba gafas un Cornelio avejentado y feo, triste recuerdo infeliz de uno que fue hace tiempo. Luego tomamos cerveza por una de las terrazas de Huertas, ya más distendidos. Quiero decir que los problemas que arrastramos, a la luz tenue y declinante de la tarde, tras un día magnífico de sol, eran más problemillas y menos problemones, y se prestaban a broma. Es bueno reírse de uno mismo, sin duda. Allá sentados, como si estuviéramos en el Paseo Pereda y fuéramos dos viejas quisquillosas a la caza del último chisme, nos divertimos mucho y de algún modo superamos humores sombríos que jamás conducen a buen puerto. Lo pasé bien, y ya más animado me apunté a la pandilla de E y compañía, en Lavapiés, donde terraceaban en un garito llamado Rillón. De allá, pasada la medianoche, recalamos en la Cebra Coja, donde hubo más cervezas, confidencias entre humo de cigarros y del otro –Lola y su relación con un tal Marcos, que la trae de cabeza... Repito: cómo estamos de despistados los treintañeros–, maíz tostado y un encuentro inesperado con Nick, el del periódico.
Recién salíamos de allí, camino del Juglar, cuando vi clarísimo lo mal que estaba y decidí largarme con viento fresco por no terminar desnucado en algún baño, montando el típico número del borrachín pesado.
 
CASERA
No comí con M S, que hubo de quedarse en Aluche para tratar unos asuntos de trabajo. De modo que continué todo el comienzo de la tarde rumiando pensamientos sombríos, nada saludables. Para colmo, según llegué al periódico me encontré con una tarjeta postal del lector/kamikaze que el verano pasado la tomó conmigo y estuvo insultándome por escrito durante más de un mes. Desde entonces, no había vuelto a dar señales de vida, pero ahora regresa con fuerzas redobladas y justo lo hace en un momento en que yo me hallo especialmente bajo de defensas. Agarré la tarjetita (donde me tildaba de hijo de la gran puta para arriba, ay, estos fachillas irredentos, sin el insulto en la boca no son nada) y se la entregué a M-L R, para que el abogado de la empresa tome las medidas pertinentes: no tengo por qué aguantar a cafres de ese calibre. Y la puntilla fue un mail de Quesadilla, poco menos que diciéndome que la columna era una mierda sensiblera y antoniogala. A este chico se le va un tanto la olla, hemos comido juntos varias veces, tenemos amigos comunes, sí, pero no me conoce ni tiene la suficiente confianza conmigo como para hacer algo así. Lo peor de todo es que estoy de acuerdo con él en lo del artículo. Creo que nunca me he arrepentido tanto de haber publicado algo.
Bueno, es igual, apartemos telarañas en este mediodía claro y maravilloso, no sirve de nada darle vuelta a las cosas ya hechas. No de esta manera rayana en lo autodestructivo. Ahora me tomo un café en el Colby, escucho la música de siempre, saludo a G –que se sienta a mi mesa, me vuelve tarumba la cabeza con su verborreae sin fin y luego se marcha rápido porque trabaja en una de las terrazas de Chueca: ha engordado y lo veo con otros ojos, feo y muy poco deseable–, escribo en el Diario y mato el tiempo con Laura Restrepo ("La novia oscura"), una vez que terminé la novela de Alan Pauls (soberbia) y deseché, sucesivamente, "Diario de un ladrón" de Genet y los apuntes autobiográficos de Canetti sobre Inglaterra ("Fiesta bajo las bombas"). En una hora veré a C, que me va a dar trabajo para los próximos días; más tarde, esta vez sí, a M S, con la que hay pendiente un café largo.
Acabo de pagar el alquiler, y como siempre ha habido charla/río con María Cristina, la casera. Nos llevamos bien, esta señora y yo: desde el principio hubo un entendimiento mutuo que ha ayudado lo suyo en la buena sintonía de estos casi cuatro años. Cercana a los ochenta, peinado a lo gran dama en precario equilibrio (gracias a la laca), un marido cada día más enfangado en la ancianidad de la que no se vuelve, huérfana de hijo desde hace cinco años –en que un borracho al volante segó la vida de su único retoño– y completamente entragada a su nieto el pequeño. Un encanto de señora. Disfruto mucho con ella: nuestras buenas parrafadas nos echamos, yo a cuenta de que es una especie de abuela/arrendataria, ella porque me ve como a alguien de confianza ("No sé por qué, pero desde el principio me caíste bien", afirma).
 
BAJO ESTADO DE ÁNIMO
Otro día de sol, aunque las temperaturas no sean tan altas como la semana pasada. De nuevo, una vez más, estado de ánimo por los suelos, sin causa aparente. La impresión, ayer lo comentaba con E mientras nos fumábamos un pitillo, de que está a punto de suceder una catástrofe mayúscula, que las bases de mi vida se asientan sobre arenas movedizas y cualquier mañana me despertaré sin amigos, sin trabajo, con el talento demediado. Un miedo a vivir, quizás. No lo sé. Son momentos en que uno se siente muy solo, sin armas frente al mundo, disminuido de estatura vital y aterido de un frío que es devastador, porque no viene de fuera sino que me nace de adentro. Acabo de releer el artículo de ayer, que pretendía ser hagiográfico (perfecto en su dolor como homenaje), y descubro un engendro ampuloso y redicho, como para quemar en la pira funeraria a su autor. Hoy hubiera hecho mejor en no amanecer. No sigo porque no quiero ponerme pesado y si continúo sé que me pondré muy, muy pesado: rellenaré dos o tres cuartillas de letra apretada y no habré avanzado ni un puto milímetro en el conocimiento de mí mismo.

Salvado de estos pensamientos necrosados y absurdos por la campana de M S, que me llama para comer y con su sola presencia seguro que disipará estos fantasmas que hoy me tienen preso en su castillo encantado. Ay, los amigos, qué regalo más preciado.
 
PÉSAME
El aniversario de la muerte de abuelita fue un día extraño. Aunque pensé en ella continuamente, lo cierto es que la jornada no revistió ningún significado especial, quiero pensar que porque yo estaba lejos de todo el mogollón y así, sin la parafernalia del duelo, es difícil meterse en el papel. No puedo evitar sentirme culpable por, al cabo sólo de un año, haberme recuperado de esta muerte que tanto me afectó en su momento. La noche anterior quedé con R** para ir al cine (vimos la última de Chabrol, a mí me gustó) y, después de cenar en un italiano por los aledaños de la plaza del Dos de Mayo –que con las fiestas de la Comunidad estaba tomada por toda una chiquillería en botellón, custodiada por la policía, que controlaba los accesos, por tocar las narices más que nada–, subimos a casa, vimos una peli y nos acostamos. Fue un error por mi parte que no tenía que haber sucedido, porque lo que yo buscaba de un modo harto consciente era no estar solo, ni siquiera se trataba de follar, que eso es adyacente. Lo que uno no puede hacer es ir por la vida utilizando a los demás: no estoy nada orgulloso de lo que he hecho...
El caso es que nos levantamos tarde, cerca de las dos, y aún tardé un buen rato en arrancar, una vez que él se fue (con un despertar de lo más rancio, siempre me tocan chicos así). Una ducha reparadora, que me limpiara la mala conciencia de Mata Hari de pacotilla, medio segundo ante el espejo y a la calle, camino del periódico.
Según crucé por la puerta de la oficina, me invadió un mal rollo considerable que ya no me dejó durante el resto del día. Casi cercano al mal humor. Qué bien se vive sin trabajar, y qué cuesta arriba se hace el regreso después de un largo puente libre. Coincidí por primera vez con Eloísa, con quien repartí en amor y compañía las tareas propias de la corrección, como buenos hermanos. De modo que tampoco hubo mucho que hacer, ya no recordaba cuándo fue la última vez que tuve momentos de relax entre página y página. Pero el desasosiego no me abandonaba, era como un peso en la boca del estómago que me obligaba a boquear, pez fuera del agua. Lo bueno de llevar un tiempo largo en el curro es que la gente (en su mayoría) ya me conoce, y en cuanto notaron que yo no estaba de buen humor me dejaron tranquilo, no en vano arrastro fama de gruñón y malas pulgas. Siempre han de pagar, claro, justos por pecadores: estuve pelín borde con Olivia, que era un cangrejo con tetas por culpa de un día en la playa sin la crema protectora. Hoy le pediré disculpas.
Lo que en realidad sucedía es que iba atrasando lo inevitable, el llamar por teléfono a abuelito y encarar una conversación que no me apetecía mantener. ¿Cómo se hace para recordarle, sin meter el dedo en la llaga, que ya se cumplió un año desde el fallecimiento de su esposa? El tema relaciones sociales/cortesías varias se me da fatal. En esos casos me gustaría esconder la cabecita entre las sábanas de múltiples obligaciones (trabajo, trabajo, trabajo) y esperar a que pase el turno de réplica. Mi abuelo jamás habría entendido que yo, precisamente yo, diera la callada por respuesta. De modo que respiré hondo, crucé los dedos y llamé. Se puso Charly, quien me comentó que abuelito lleva unos días algo revuelto, desestabilizado, a medida que se acercaba la fecha.
–Ahora duerme la siesta. ¿Quieres que le despierte?
–No. Déjale descansar. Hacemos una cosa: cuando se levante, hazme una perdida y yo le llamo.
–De acuerdo. Un abrazo.
Cuando logré hablar con él, su voz temblorosa, como un aleteo de pájaro enfermo, me indicó el grado exacto de agitación (mezcla de sentimientos: tristeza y añoranza por lo que no ha de volver a ser) que anidaba en el pecho del pobre viejo.
–Abuelito, ¿cómo has pasado el día?
–Estuvimos en el cementerio esta mañana y luego fuimos a tomar el aperitivo.
–Me hubiera gustado estar allí contigo, pero hoy trabajo y ha sido imposible.
–Sí...– y la voz se le astillaba en un gemido inconexo, balbuciente.
–Has estado acompañado por todos, ¿no?
–Sí...
–Eso está bien. Pues nada, quería que supieras que yo también me he acordado (cómo olvidar) y que también estoy triste.
Me lo monté pésimo, no podía haber elegido peor día para referirme a su pérdida. Estúpido. Últimamente, he caído en la cuenta de que nunca se hace alusión a abuelita en su presencia, como si el soplo del tiempo no nos hubiera arrancado únicamente su ser físico sino que también hubiese afectado a nuestra memoria y la infinidad de recuerdos con mi abuela de protagonista –como piedrecitas en el camino que condujeran a su persona– se hubieran borrado definitivamente. No creo que sea bueno, ni como terapia ni como duelo. Y hace semanas que decidí hacerla presente, de un modo natural y "sano", en mis conversaciones con él. Pero fui torpe, no se inician terapias de choque justo en días como el de ayer. Me sentí un canalla sin sentimientos. Lo que no debo olvidar es que me dirijo a un anciano de ochenta y ocho años que ya no tiene ningún futuro por delante, al que la vida no le ofrecerá más de lo que posee ahora. Y que con la muerte de su mujer ha perdido todo un pasado, un tesoro irrecuperable. Mi madre, mi tío, todos nosotros, los nietos, lo superaremos porque el día de mañana tiene un significado real, sólido. Sin embargo, abuelito no cuenta con mañana alguno, su ciclo vital se cumplió con creces y lo que resta es un ejercicio monumental y cansino de supervivencia, sin otro sentido que el continuar con los suyos un poco más.
 
ANTÍDOTO CONTRA EL AMOR
Mañana se cumple un año de la muerte de abuelita, una montaña de días que aplastan el dolor y lo endulzan, haciéndolo soportable. Me alegra no estar en Santander para poder huír de la misa y demás zarandajas que han de celebrarse. De lo que no me libro es de la llamada a mi abuelo, no sé muy bien en qué tono y de qué manera: ¿cómo se da el pésame al cabo del año? Estas cuestiones sociales me superan.
El domingo lo pasé metido en casa, frente a la tele, viendo película tras película y sin ninguna intención de pisar la calle. La noche anterior salí con M por el Gris y, después de una conversación tan interesante como inútil (debemos ser más valientes, más libres, más pasotas en nuestras relaciones sentimentales; esto es, debemos convertirnos en otro ser diferente al que somos, algo que me parece muy difícil, por no decir imposible), le dejé camino del Ohm, en busca de aventuras. Mi intención era el ir para casa, pero un cierto ardor sexual –la noche cálida, los grupos de jóvenes enfebrecidos de noche, mi propia necesidad física tras cerca de tres semanas sin follar– me desvió de la ruta trazada y dio con mis huesos en un bareto de Chuca, con cara afilada de gavilán de las cumbres y muchas ganas de ligarme a alguno. Por allá, con su cigarro eterno prendido a los labios y un aroma a rancio, a mal afeitado y sueño atrasado, estaba J M, con quien hilvané unas cuantas frases apresuradas y sin importancia. De todos modos, se fue pronto del bar, así que no tuve que improvisar ninguna excusa para sacudírmelo de encima. Como herencia me quedó un amigo suyo al que previamente me había presentado y que me dio la chapa durante un buen rato. Aprovechando el que tenía que mear, fui al baño y ya no regresé a su lado. La noche estaba erizada de chicos guapos y dispuestos, eso se veía a la legua, y no me costó esfuerzo ligarme a un tal Felipe, medio amulatado y con toda la agreste fiereza de la selva amazónica en la mirada y en el grosor refrescante de sus labios como ventosas. Lo subí a casa con la urgencia de quien necesita su dosis de droga. El sexo no fue nada del otro mundo, pero fue, y de eso se trataba. Sobre mi cama, abierto para mi disfrute, un cuerpo esculpido a cincel, barbilampiño y joven. De un lado y del otro, lo volteé, lo olisqueé, lo gocé. Y con las mismas, una vez que se vistió y salió por la puerta –no sin antes darme un número de teléfono que no voy a marcar–, lo borré de la mente como si nunca hubiera existido. Un nombre más junto a una fecha y unas líneas descriptivas en este Diario.
Últimamente, cuando la posibilidad de ver con frecuencia a Roberto hace aguas ante una realidad esquiva, lo que necesito es distraerme con historias mínimas (más que historias, tiras cómicas) que me arranquen las malas hierbas del recuerdo de un imposible. Uno es así de pragmático.