RUIDO DE MODERNIDAD
Ayer, tarde social. De las de no parar ni un minuto quieto, saludar a diestro y siniestro y sentirme muy bien conmigo mismo, por lo importante que es la gente entrevista y lo muy en el centro del mundo cultural que me parece estar. Es para troncharse, esta vena esnob que me domina de cuando en cuando. Comí con C al mediodía, sin H (que estaba en Barcelona). Los dos solitos, en amor y compañía, y sin las prisas que supone tener que ir a trabajar después. Hacía tiempo que no teníamos la oportunidad de charlar de nuestras cosas –más bien de las suyas, que ya me encargo yo de proclamar a los cuatro vientos, siempre, lo que me pasa, todo, todo, todo– sin testigos incómodos. Asegura que hay ciertos temas relacionados con su pareja que no se atreve a comentarme porque le parece que me incomodan ese tipo de confidencias. No creo que sea cierto, y me parece que ayer se lo demostré. El caso es que ella se ve bien con H, pero no lo suficiente: por su manera de ser, el cuerpo le pide coqueteos, juegos, aventuras. C es la dulce compañera que comparte una tarde lluviosa de sábado pero también el animal salvaje que te muerde el cuello y te araña la espalda. Y en la dicotomía está el problema. Porque H será muchas cosas, pero no le veo en plan Indiana Jones con el látigo (y la polla) en alto. De hecho es muy poco “picante” para las historietas que a C le gustaría vivir. Así que se busca las emociones fuertes lejos del nido, no porque el nido no sea cálido y acogedor, sino porque en ocasiones resulta pelín aburrido. La entiendo, pero... Hay muchos peros, claro, el primero de ellos la fragilidad (o no) de su relación con H, el que en un momento dado estos cuernos pudieran destruir la relación de ellos dos. No parece ser el caso. Y yo que me alegro. Así, de lo que se trata no es tanto de follar como una loca por las esquinas del mundo sino de disfrutar con el coqueteo previo, que le hace sentir muy viva. En fin, no soy quién para juzgarla, entre otras cosas porque no tengo ni puñetera idea de cómo se siente uno cuando lleva tres años de noviazgo y, encima, convive con su pareja. Entre la relación de sus andanzas y la de las mías, pasamos un rato agradable.
Después de un paréntesis de dos horas, en que dormí siesta y remoloneé por la casa, volvimos a encontrarnos en la plaza de los Cubos al filo de las siete. Era la presentación del libro de Jorge Coscia, en la Ocho y medio. Aquello estaba plagado de gente de la farándula, vi por allí a Antón Reixa, Diego Galán y muchos más. También una anciana Analía Gadé, el falso pelo rubio apelmazado sobre los hombros, un cierto rigor mortis en la manera de moverse, como en bloque, propia de los muy decrépitos, los ojos todavía reidores y pícaros, eso sí, y un modelo de traje pantalón imposible porque estaba hecho para una treintañera y cubría el cuerpo de una septuagenaria… Actores y actrices que me sonaban de algo pero a quienes era incapaz de poner nombre, rostros bonitos perdidos en el maremágnum del copeo inteligente. La presentación –larga, larguísima– dio paso a un ágape en alegre revoltijo de público y oficiantes. M llegó tarde, absolutamente dormido. En unos días se irá a la India (donde pasará casi un mes) y ultima todos los reportajes que ha de entregar antes del martes. Vive a golpe de Red Bull y sexo encanallado (lo último, un trío con tío y tía en que se vio metido sin comerlo ni beberlo); se le ve cansado y bastante ido. María, la dueña de la librería, brujuleaba por allí con un punto de histerismo que, a lo que parece, esconde muchos problemas, tanto personales como profesionales. Al mediodía, se había tomado una caña con C y conmigo. La impresión que entonces ya me produjo es la de una mujer en crisis, muy sensible y frágil. Me cayó bien. En varias ocasiones, a lo largo de la presentación, se acercó a nosotros agobiadísima y descargó un poco de la tensión acumulada con algunas risas. Vi también a la amiga de Nacho (un ligue de antes del verano que aquí ocupó un espacio mínimo, ahora ni siquiera recuerdo si llegué a hablar de él): se acercó a saludarme sin que yo cayera en quién demonios era esa moderna vestida para matar y con pañuelo pirata en la cabeza. La situación fue un poco violenta (para mí) hasta que al final descubrí de qué lme sonaba su cara, puse la sonrisa de cortesía y me la quité como pude de encima.
Todo resultó muy glamuroso y tal, los canapés tenían buena pinta, pero la cerveza escaseaba y decidimos salir de la librería cuanto antes para tomarnos algo los tres juntitos, en amor y compañía, por la zona de Comendadoras. Yo hice mi llamada de rigor a Avilés (con una sonrisa de oreja a oreja… no quiero hacerme ilusiones, no quiero y no debo). Charlamos bien, era agradable el anochecer aún cálido del último día de septiembre en compañía de dos amigos de años, dos personas que me quieren, lo sé. Nos unen muchas historias en común, desde aquella lejana estancia mía en Leicester, hace siglos. Tantas cosas han sucedido, tantos vientos huracanados soplaron ya y se llevaron gentes, haciendas, promesas y realidades que parecían mucho más sólidas de lo que luego fueron. Y aquí estamos nosotros, como sobrevivientes de una guerra nuclear que se miran estupefactos, porque siguen en pie, y siguen amistados.
De allá fui para casa, con la sana intención de comenzar a trabajar ya en serio con el libro de Harvey. Pero los buenos propósitos naufragaron en el mar tempestuoso de la televisión y de una nueva (y larga) llamada a Avilés, por aquello de irme a la cama con un buen sabor de boca.
Después de un paréntesis de dos horas, en que dormí siesta y remoloneé por la casa, volvimos a encontrarnos en la plaza de los Cubos al filo de las siete. Era la presentación del libro de Jorge Coscia, en la Ocho y medio. Aquello estaba plagado de gente de la farándula, vi por allí a Antón Reixa, Diego Galán y muchos más. También una anciana Analía Gadé, el falso pelo rubio apelmazado sobre los hombros, un cierto rigor mortis en la manera de moverse, como en bloque, propia de los muy decrépitos, los ojos todavía reidores y pícaros, eso sí, y un modelo de traje pantalón imposible porque estaba hecho para una treintañera y cubría el cuerpo de una septuagenaria… Actores y actrices que me sonaban de algo pero a quienes era incapaz de poner nombre, rostros bonitos perdidos en el maremágnum del copeo inteligente. La presentación –larga, larguísima– dio paso a un ágape en alegre revoltijo de público y oficiantes. M llegó tarde, absolutamente dormido. En unos días se irá a la India (donde pasará casi un mes) y ultima todos los reportajes que ha de entregar antes del martes. Vive a golpe de Red Bull y sexo encanallado (lo último, un trío con tío y tía en que se vio metido sin comerlo ni beberlo); se le ve cansado y bastante ido. María, la dueña de la librería, brujuleaba por allí con un punto de histerismo que, a lo que parece, esconde muchos problemas, tanto personales como profesionales. Al mediodía, se había tomado una caña con C y conmigo. La impresión que entonces ya me produjo es la de una mujer en crisis, muy sensible y frágil. Me cayó bien. En varias ocasiones, a lo largo de la presentación, se acercó a nosotros agobiadísima y descargó un poco de la tensión acumulada con algunas risas. Vi también a la amiga de Nacho (un ligue de antes del verano que aquí ocupó un espacio mínimo, ahora ni siquiera recuerdo si llegué a hablar de él): se acercó a saludarme sin que yo cayera en quién demonios era esa moderna vestida para matar y con pañuelo pirata en la cabeza. La situación fue un poco violenta (para mí) hasta que al final descubrí de qué lme sonaba su cara, puse la sonrisa de cortesía y me la quité como pude de encima.
Todo resultó muy glamuroso y tal, los canapés tenían buena pinta, pero la cerveza escaseaba y decidimos salir de la librería cuanto antes para tomarnos algo los tres juntitos, en amor y compañía, por la zona de Comendadoras. Yo hice mi llamada de rigor a Avilés (con una sonrisa de oreja a oreja… no quiero hacerme ilusiones, no quiero y no debo). Charlamos bien, era agradable el anochecer aún cálido del último día de septiembre en compañía de dos amigos de años, dos personas que me quieren, lo sé. Nos unen muchas historias en común, desde aquella lejana estancia mía en Leicester, hace siglos. Tantas cosas han sucedido, tantos vientos huracanados soplaron ya y se llevaron gentes, haciendas, promesas y realidades que parecían mucho más sólidas de lo que luego fueron. Y aquí estamos nosotros, como sobrevivientes de una guerra nuclear que se miran estupefactos, porque siguen en pie, y siguen amistados.
De allá fui para casa, con la sana intención de comenzar a trabajar ya en serio con el libro de Harvey. Pero los buenos propósitos naufragaron en el mar tempestuoso de la televisión y de una nueva (y larga) llamada a Avilés, por aquello de irme a la cama con un buen sabor de boca.