<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rss version="2.0" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"><channel><title><![CDATA[Diario de Madrid]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cornelio/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[&#32;]]></description><language><![CDATA[ES]]></language><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><item><title><![CDATA[EXPOSICIÓN]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cornelio/c_219.htm]]></link><description><![CDATA[Todavía no estoy recuperado del todo. La noche del jueves al viernes la pasé en blanco, ultimando el trabajo para Fundación Autor. Fue en casa de Susana, sin cuya ayuda no hubiera podido entregar la corrección a tiempo. A base de cafés y sentido del humor, logramos no dormirnos y, tras horas y horas frente al ordenador –sobre las seis de la mañana me atacó la somnolencia y hube de hacer verdaderos esfuerzos para no rendirme–, le pasé a C el texto de don Harvey, medianamente mejorado. Luego todo fue muy rápido y pasó como en un sueño, tan cansado estaba: ducha reparadora en casa (que mitigó algo, pero no por completo, la sensación desagradable en el estómago, después de una noche en blanco con demasiada nicotina y cafeína como únicas drogas), llamada de M S convocándome media hora antes de lo acordado en su casa, preparación a todo gas de la mochila con las cuatro cosas necesarias para el fin de semana, encuentro en Antón Martín con M S, Javi P-I y Bárbara, breve caminata hasta Atocha y comienzo oficial del viaje a Santander. Era la una de la tarde, el día se presentaba espléndido y yo arrastraba un cansancio que era casi agradable somnolencia en el asiento trasero del coche, mientras alrededor todos hablaban y sus voces se confundían en un galimatías que me acunó, suave, hacia el sueño. Dormí poco tiempo, aunque lo justo como para descubrirme con un hambre voraz al llegar a Burgos. Hubo parada técnica en una cafetería de la ciudad (Siglo XX, todo un clásico en nuestros viajes en común), comimos algo y ya no paramos hasta llegar a Cantabria, cuando compramos una quesada en Ontaneda de la que no quedó nada en pocos minutos. La tarde era hermosísima, sin una nube: el paisaje verde y montañoso se desenrollaba a nuestro paso, como una alfombra de gala saludando a los hijos pródigos que regresaban al hogar. Arribamos a puerto sobre las seis y media, a mí me dejaron en Numancia y ellos siguieron ruta, con la promesa de vernos a las ocho en Siboney –donde inauguraba exposición el novio de Javi, Fernando M-G.<br/>En casa de abuelito estaba mi tío. Charlamos brevemente, hice una llamada rápida a Avilés que me devolvió en parte la confianza en esta aventura que iniciaré hoy mismo, volví a ducharme y enfilé para Castelar. Para cuando llegué, aquello era un hervidero de gente, mucho rostro si no conocido, al menos entrevisto en otras ocasiones (Santander, como pañuelo, no tiene rival): Fernando estaba nervioso con su traje de las inauguraciones –en terciopelo azul, el uniforme de bohemia bien vestida que a la prensa le encanta–, me besó e hizo ademán de quedarse conmigo, pero le despaché con un “atiende a todos los demás” que en el fondo era un “no me dejes solo” desesperado. Pero, claro, a ver quién es el guapo que puede leerme entre líneas… Yo también estaba como un flan. Qué tontería. Pero hacía mucho que no asistía a una de estas fiestas sociales en el Santander de mis odios/amores, así que prefería estar solo a mantener una conversación con Fernando que sería forzada, seguro, con continuas interrupciones de quienes desean saludar, felicitar, demostrar que conocen al artista protagonista del sarao. Zamanillo, enorme y cardenalicio, se hallaba rodeado por una corte pretoriana que le hacía la ídem, había niños alegres que jugaban al escondite por entre las piernas de los adultos… Y ni rastro de mis amigos. Estuve muy incómodo, a qué negarlo (me temblaban las manos de tal manera que hube de agarrarme al respalde de una silla para tratar de controlar los temblores). Recorrí la exposición un par de veces hasta aprenderme los cuadros de memoria, trasegué una cerveza para atemperar los ánimos, leí y releí el texto del catálogo, fumé tres cigarrillos nerviosos en una esquina, tratando de no parecer muy solo en aquel entramado de conversaciones a media voz, saludos más o menos cariñosos y palmaditas en la espalda. Dudaba si saludar o no a Zamanillo: por una parte me daba corte acercarme hasta su rincón, interrumpirle en alguna conversación trascendental y luego, acaso, quedarme sin palabras; por otra parte, si llegaba a verme, podría pensar que estaba esquivándole. Así que allá fui, aprovechando un momento en que se quedó casi solo. Sentí la humillación de su desprecio: apenas sí me dedicó unos segundos, frío y distante. Quién lo iba a decir del hombre que, hace unos años, se me declaró en toda regla. Y por carta. Reconozco que aquello me dejó chafado y a punto estuve de irme sin más. Pero vi a las hermanas de M S y me agarré a ellas como a tabla de náufrago. Enseguida aparecieron “los madrileños”, comenzó para mí la danza de lo social y fue diluyéndose poco a poco la bola incómoda en la boca del estómago, la sensación triste y  evidente de ser un paria, un marginado, un excluido en mi propia ciudad.<br/>Terminamos cenando en una taberna cercana, más de veinte a una mesa, ruido estruendoso de fondo y unas raciones generosas, de las que dimos buena cuenta. Todo ello regado con abundante cerveza. Nos reímos mucho y yo saqué al payasete que siempre llevo en la chistera por si acaso. A mi lado se sentaban Fernando M-G y María. Esta última arqueó una ceja, sorprendida, cuando le hablé de mis planes para hoy. Cómo explicar, sin que suene a fantasías animadas de infante recién destetado, lo que estos últimos días ha significado Avilés para mí. A lo mejor es que soy eso, un niño de teta a nivel emocional. No sé.<br/>Escribo en la estación de autobuses, a menos de cinco minutos de la salida para Oviedo. Ya no hay marcha atrás posible, los dados están echados. Ignoro qué número saldrá: pero cruzo los dedos y confío.<br/> <br/>]]></description><author><![CDATA[Cornelio]]></author></item><item><title><![CDATA[VIEJO POETA MALDITO]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cornelio/c_218.htm]]></link><description><![CDATA[Trabajo, trabajo y más trabajo. He de entregar el Viernes, sin falta, todo el texto de Harvey corregido. Y no me da tiempo. Llevo días durmiendo poco y mal, acostándome tarde y levantándome casi al amanecer –exagero, vale: pero mucho más pronto que lo normal. La prosa del profesor Harvey (me cago en sus muertos) es farragosa, complicada, muy poco clara. Y yo he de releer dos o tres veces algunos de sus párrafos para, primero, entenderlos y, después, volcarlos a un castellano más sencillo, menos funcionarial. Difícil. Y muy cansino. Pero bueno, de momento la cosa avanza. Anoche pasé por casa de Susana, que ha sido un encanto y me ha prestado su ordenador portátil. Trabajando en casa, por la noche o en horas sueltas del día, espero cumplir los plazos marcados. Si no quiero que C me corte los huevos.<br/><br/>Escribo esto en La Ida, antes de la diaria tortura del periódico, y de repente una voz conocida, de mi más remoto pasado madrileño, se desliza hasta mí, me mira con sorna y se me cuela en los oídos. El timbre de voz y la entonación me retrotraen a los últimos días de la primavera de 1992, cuando yo iba de alevín de escritor por la vida y Antoñito era mi novio/castigo. Entonces, gracias a su desparpajo andaluz, conocimos a un grupo de escritores gays que pasaban las noches en “las gallinas”, donde bebían y hablaban hasta altas horas de la madrugada. Y en este momento, como salido del túnel negro del tiempo, L A, el poeta, ha entrado en La Ida, ha saludado a unos y a otros y se ha acodado en la barra, desde donde me llega su inconfundible voz aflautada. No guardo un buen recuerdo de su amistad, que, ahora sí lo veo (no entonces), nunca fue amistad sino mero interés. Tocado con una gorra marinera para ocultar su calvicie –que no parece natural, más bien producto de una enfermedad terminal: al menos parece muy enfermo y, por las pintas, debe ser una cosa seria, de las que te arrastran al hoyo–, ya no posee ese porte de enfant terrible de las letras que yo le conocí. Por un momento me siento tentado de acercarme hasta él y saludarle. Total, los años han pasado para los dos y es hora de olvidar viejas rencillas y venganzas de maruja desocupada. Me levanto, recojo mis cosas y salgo por la puerta sin siquiera mirarle. El tiempo pasó, sí, pero yo no olvido.<br/>]]></description><author><![CDATA[Cornelio]]></author></item><item><title><![CDATA[RUIDO DE MODERNIDAD]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cornelio/c_217.htm]]></link><description><![CDATA[Ayer, tarde social. De las de no parar  ni un minuto quieto, saludar a diestro y siniestro y sentirme muy bien conmigo mismo, por lo importante que es la gente entrevista y lo muy en el centro del mundo cultural que me parece estar. Es para troncharse, esta vena esnob que me domina de cuando en cuando. Comí con C al mediodía, sin H (que estaba en Barcelona). Los dos solitos, en amor y compañía, y sin las prisas que supone tener que ir a trabajar después. Hacía tiempo que no teníamos la oportunidad de charlar de nuestras cosas –más bien de las suyas, que ya me encargo yo de proclamar a los cuatro vientos, siempre, lo que me pasa, todo, todo, todo– sin testigos incómodos. Asegura que hay ciertos temas relacionados con su pareja que no se atreve a comentarme porque le parece que me incomodan ese tipo de confidencias. No creo que sea cierto, y me parece que ayer se lo demostré. El caso es que ella se ve bien con H, pero no lo suficiente: por su manera de ser, el cuerpo le pide coqueteos, juegos, aventuras. C es la dulce compañera que comparte una tarde lluviosa de sábado pero también el animal salvaje que te muerde el cuello y te araña la espalda. Y en la dicotomía está el problema. Porque H será muchas cosas, pero no le veo en plan Indiana Jones con el látigo (y la polla) en alto. De hecho es muy poco “picante” para las historietas que a C le gustaría vivir. Así que se busca las emociones fuertes lejos del nido, no porque el nido no sea cálido y acogedor, sino porque en ocasiones resulta pelín aburrido. La entiendo, pero... Hay muchos peros, claro, el primero de ellos la fragilidad (o no) de su relación con H, el que en un momento dado estos cuernos pudieran destruir la relación de ellos dos. No parece ser el caso. Y yo que me alegro. Así, de lo que se trata no es tanto de follar como una loca por las esquinas del mundo sino de disfrutar con el coqueteo previo, que le hace sentir muy viva. En fin, no soy quién para juzgarla, entre otras cosas porque no tengo ni puñetera idea de cómo se siente uno cuando lleva tres años de noviazgo y, encima, convive con su pareja. Entre la relación de sus andanzas y la de las mías, pasamos un rato agradable. <br/>Después de un paréntesis de dos horas, en que dormí siesta y remoloneé por la casa, volvimos a encontrarnos en la plaza de los Cubos al filo de las siete. Era la presentación del libro de Jorge Coscia, en la Ocho y medio. Aquello estaba plagado de gente de la farándula, vi por allí a Antón Reixa, Diego Galán y muchos más. También una anciana Analía Gadé, el falso pelo rubio apelmazado sobre los hombros, un cierto rigor mortis en la manera de moverse, como en bloque, propia de los muy decrépitos, los ojos todavía reidores y pícaros, eso sí, y un modelo de traje pantalón imposible porque estaba hecho para una treintañera y cubría el cuerpo de una septuagenaria… Actores y actrices que me sonaban de algo pero a quienes era incapaz de poner nombre, rostros bonitos perdidos en el maremágnum del copeo inteligente. La presentación –larga, larguísima– dio paso a un ágape en alegre revoltijo de público y oficiantes. M llegó tarde, absolutamente dormido. En unos días se irá a la India (donde pasará casi un mes) y ultima todos los reportajes que ha de entregar antes del martes. Vive a golpe de Red Bull y sexo encanallado (lo último, un trío con tío y tía en que se vio metido sin comerlo ni beberlo); se le ve cansado y bastante ido. María, la dueña de la librería, brujuleaba por allí con un punto de histerismo que, a lo que parece, esconde muchos problemas, tanto personales como profesionales. Al mediodía, se había tomado una caña con C y conmigo. La impresión que entonces ya me produjo es la de una mujer en crisis, muy sensible y frágil. Me cayó bien. En varias ocasiones, a lo largo de la presentación, se acercó a nosotros agobiadísima y descargó un poco de la tensión acumulada con algunas risas. Vi también a la amiga de Nacho (un ligue de antes del verano que aquí ocupó un espacio mínimo, ahora ni siquiera recuerdo si llegué a hablar de él): se acercó a saludarme sin que yo cayera en quién demonios era esa moderna vestida para matar y con pañuelo pirata en la cabeza. La situación fue un poco violenta (para mí) hasta que al final descubrí de qué lme sonaba su cara, puse la sonrisa de cortesía y me la quité como pude de encima.<br/>Todo resultó muy glamuroso y tal, los canapés tenían buena pinta, pero la cerveza escaseaba y decidimos salir de la librería cuanto antes para tomarnos algo los tres juntitos, en amor y compañía, por la zona de Comendadoras. Yo hice mi llamada de rigor a Avilés (con una sonrisa de oreja a oreja… no quiero hacerme ilusiones, no quiero y no debo). Charlamos bien, era agradable el anochecer aún cálido del último día de septiembre en compañía de dos amigos de años, dos personas que me quieren, lo sé. Nos unen muchas historias en común, desde aquella lejana estancia mía en Leicester, hace siglos. Tantas cosas han sucedido, tantos vientos huracanados soplaron ya y se llevaron gentes, haciendas, promesas y realidades que parecían mucho más sólidas de lo que luego fueron. Y aquí estamos nosotros, como sobrevivientes de una guerra nuclear que se miran estupefactos, porque siguen en pie, y siguen amistados.<br/>De allá fui para casa, con la sana intención de comenzar a trabajar ya en serio con el libro de Harvey. Pero los buenos propósitos naufragaron en el mar tempestuoso de la televisión y de una nueva (y larga) llamada a Avilés, por aquello de irme a la cama con un buen sabor de boca.<br/>]]></description><author><![CDATA[Cornelio]]></author></item><item><title><![CDATA[AMISTAD VERSUS FAMILIA]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cornelio/c_216.htm]]></link><description><![CDATA[Nada es lo que parece. Y cuanto más parece una cosa, más hay que desconfiar. Anoche, por las entrañas de Lavapiés, hablé con E de todo el affaire Paula. Me lo dijo muy claro: “No quiero que vuelvas a meterte en mi vida; y mucho menos que me juzgues”. Tiene razón, al menos en parte. Contesté que nunca hasta ahora lo había hecho, que el deporte del metiche no va conmigo, pero que la historia me había superado y no pude sino enfurecerme con el rumbo que tomaron las cosas. A medida que hablábamos –y E me desvelaba, sutilmente, detalles desconocidos por mí, mensajes de Paula, llamadas, toques de atención parecidos al de las pastas que hizo y pretendía que yo llevara al periódico para E–, me daba cuenta de que mi amiga no es el monstruo que Paula, en plan dulce y virginal doncella, inocente enamorada del amor, me ha hecho ver… Lo cierto es que, hasta que apareció mi prima en escena hace unos meses, nunca tuve un problema serio, de los graves, con E. Y me niego a romper una amistad que me es muy querida a cuenta de los tejemanejes de terceras personas. He comenzado a ver a Paula con otra mirada, y lo que se me presenta no me gusta nada: una lianta de marca mayor. Cuánto mejor vivir solo, sin problemas de ningún tipo, disfrutando de la vida que me he montado y elegido. Para bien o para mal, es mía y de nadie más. La charla de anoche puso las cosas en su sitio: espero que ya no se muevan de allí.<br/>Vi a Natalia, la amiga de Anuska a quien conocí en Vigo. Esta chica me cae bien, sin apenas conocerla. Regordeta y con un desparpajo que puede confundirse con agresividad hacia los otros (pero que no es sino timidez e inseguridad, a mí me va a venir con esas), ya en Vigo tuvimos nuestras más y nuestras menos, ese tipo de encontronazos que lo que auguran es mucha empatía y un cierto reconocimiento inter pares. A ciertas edades, cada día resulta más difícil hallar almas gemelas. Me riñó por la aventura de Avilés, suavemente (porque no le casa con la idea que se ha hecho de mí; uno es mucho más de lo que se ve a simple vista, más complejo, más retorcido y también más paradójico). Resulta que ella es de allí y hasta podría conocerle. Pero no le conoce. Demos gracias.<br/>]]></description><author><![CDATA[Cornelio]]></author></item><item><title><![CDATA[ALEGRÍA]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cornelio/c_215.htm]]></link><description><![CDATA[Me resisto como gato panza arriba a escribir aquí sobre él. Quizás (no, quizás no, segurísimo) sea un miedo atávico a que también se desbarajuste esta historia, esta mínima historia que, por no ser, no es ni siquiera real. No todavía. En Avilés está la respuesta. Y la solución al misterio, con un poco de suerte, llegará en unos días. De momento, silencio. Sólo constatar que sus llamadas y nuestras conversaciones me han alegrado toda la semana. Y que he cortado amarras con otros pseudo amoríos, más truculentos, para no estropear la inocencia de éste.]]></description><author><![CDATA[Cornelio]]></author></item><item><title><![CDATA[DESIDIA]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cornelio/c_214.htm]]></link><description><![CDATA[Aquí me encuentro, al borde de un mediodía más, con la cabeza algo alborotada, sentado a la mesa de uno de mis bares preferidos y leyendo. Leyendo por no escribir, que es lo que debo hacer si no quiero tener problemas en el periódico. Un articulito/cuento sobre la noche madrileña. Como diría Rosa Chacel, un trabajo alimenticio, nada más que para ganar dinero. Y ni me apetece ponerme con ello ni en realidad tengo muchas ganas de continuar con la lectura, que se me hace muy cuesta arriba. “La flecha del miedo”, de Miguel Sánchez-Ostiz: un párrafo es de una hermosura críptica que da miedo; una página ya supone un esfuerzo de concentración, atarse los machos del pensamiento para que éste no vuele, y andar atento a lo que se lee; un capítulo es como la montaña de piedra que hay que escalar duramente (dejándose uno las uñas de los dedos en el intento) para, una vez llegado a la cumbre, descubrir otra montaña igual, y luego otra, y luego otra más. Así casi seiscientas páginas. No sé si me daré por vencido. De momento dejo el libro a un lado y escribo aquí, en lo que supone una especie de precalentamiento para lo gordo que viene ahora, que me espera en breve… Lo que quisiera de verdad es olvidarme de todo y de todos para mecerme en la duermevela de este mediodía perezoso, silente. Sol, sequía y otoño todo en una. Dejo esto, que no es nada (una mierda pinchada en un palo, según expresión de Umbral –aunque él se refería a los académicos de la Lengua), y me pongo con el artículo. Es casi la una, a ver cuánto me ocupa lo alimenticio.]]></description><author><![CDATA[Cornelio]]></author></item><item><title><![CDATA[ENFADO CON E]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cornelio/c_213.htm]]></link><description><![CDATA[Ya está de nuevo en marcha la maquinaria Fundación Autor. Después de una semana remoloneando, esta mañana he visitado a C –aproveché y también estuve con su/nuestro jefe– para llevarme nuevo trabajo a casa. De paso, en un café rápido a pie de barra, le conté a C acerca de la bronca ayer tarde con E. Que me ha dejado un profundo mal sabor de boca, no tanto por lo que le dije (me reafirmo en todo) como por el tono que empleé, bronco y desabrido, que debería haber controlado y no controlé. A la postre, el desembarco de Paula pasará factura, como si lo viera.<br/>Esto de convertirse en abanderado de una causa que no es la mía, en donde ni entro ni salgo, tiene miga. Pero estoy adentro, no lo dudo. O peor: en medio. Me pongo la cota de mallas de San Jorge y salvo a la princesa Paula del dragón E. Pero las cosas nunca son blancas o negras, y llevo varias horas dándole vueltas a la infinidad de grises que hay en este embrollo a tres. Me pregunto si he calibrado bien el ataque frontal, a degüello. De ayer. No quisiera que mi amistad con E –hecha de muchísimas incomprensiones, de silencios, de malentendidos, pero también de cariño y apoyo mutuo, de afinidad, de risas y complicidades, de respeto entre iguales– se fuera al garete por cuestiones ajenas a nosotros dos. Difícil. Por de pronto, hoy toca entonar el mea culpa, excusarme por el tono airado que usé con ella.<br/>]]></description><author><![CDATA[Cornelio]]></author></item><item><title><![CDATA[INMORTALITÉ]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cornelio/c_212.htm]]></link><description><![CDATA[Y este afán de inmortalidad, ¿de dónde viene? Casi todo el mundo disfruta, en mayor o menor medida, con su vida diaria. Se conforman con lo que ésta les presta, sin buscarle tres pies al gato ni tratar de darle la vuelta al guante. Nacen con el consiguiente azotito de regalo, caen en la familia que les toca, primero estudian y luego trabajan, se enamoran y ennovian, huyen de casa de los padres y se montan una propia, tienen hijos y facturas que pagar e hipotecas que les ahogan, pero menos, se caen y se levantan, exaltan la amistad y sufren desengaños de esos que envenenan el alma, envejecen (solos o en compañía) y se jubilan, luego aguantan unos años más entre viajes con el Inserso y pastillas para los achaques, más tarde se mueren, alguien los entierra –o incinera su cuerpo para darlo como pasto al viento– y ya está. Fin de la historia. El único objetivo parece ser la felicidad, así sin más, sin rollos morales ni alharacas. Ya es una cosa difícil, una pica en Flandes esto de ser feliz... Pero luego estamos un puñado de raros que no nos conformamos con lo que hay, que encima queremos trascender de algún modo, conocer las mieles del éxito, las famosas mieles que si no llegan (no tienen por qué llegar, claro) nos hunden en el mayor de los pesimismos. Escribir y publicar, que se nos conozca y aprecie. Llenarnos de egomanía hasta rebosar de amor propio y de autosatisfacción. Que se nos quiera, como decía Bryce Echenique. Lo dicho ayer, un esnob de la farándula que encima va de todo lo contrario. Así no hay manera, Cornelio querido.<br/><br/>El sábado, café en La Antorcha con Raquel y Jose. Comentario sobre este blog (y por ende sobre los basamentos de mis relaciones erótico/sentimentales y desde qué óptica las encaro): cuando hablo de alguien nuevo en mi vida siempre hago referencia a lo guapo y joven que es, nunca a cómo es, a si me gusta su conversación y lo que piensa, a la persona y no al envoltorio que lo adorna. Es cierto, suspiro por un amor que no aparece y soy el primero en dinamitar la posibilidad de ese amor porque en lo único en lo que me fijo es en su belleza. Y no sólo de hermosura vive el hombre. Cuando pienso con la de abajo más que con la de arriba, no me soporto ni yo mismo. Parezco un coleccionista de objetos raros, el eremita encerrado en su cubil que sale a darse una vuelta, caza un poco por deporte y regresa a su madriguera saciado pero vacío. Así una y otra vez. Realmente no le veo solución a esta inmadurez crónica, como no sea la misantropía pura y dura, que cada día que pasa se me hace más apetecible. Algo parecido a: "Si no puedo relacionarme con los demás de un modo óptimo y satisfactorio, mejor será darle la espalda al mundo y renunciar a cualquier tipo de relación afectiva". Triste, triste.]]></description><author><![CDATA[Cornelio]]></author></item><item><title><![CDATA[MALAS PULGAS]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cornelio/c_211.htm]]></link><description><![CDATA[Hoy es el cumpleaños de Roberto O y de Pierre, dos amigos que se perdieron en la tramoya del tiempo y hoy para mí son menos que dos fantasmas (con sábana, cadenas de las de meter mucho miedo y ulular por los pasillos). Pero las fechas poseen ese algo mágico que nos trae el recuerdo, guste o no, de ciertos cadáveres exquisitos. Que ya ni huelen, puro hueso descarnado.<br/>Continúo con los diarios de Sánchez-Ostiz. La mala hostia del que se siente ninguneado, avasallado, maltratado sin motivo, o por muy torticeros y sucios motivos. Todo ello por gente que no le llega a la altura del betún, a la que no puede (ni quiere) respetar. Y no me refiero sólo a los aldeanos de ciudad pequeña que se la tienen jurada por algún comentario, algún artículo, algún libro que de cerca o de lejos les roce. Hablo también de los literatos de postín, a quienes Sánchez-Ortiz suele incomodar con ganas. El mundo literario es, en cierta manera, como el Ejército: allí los galones son lo único que (parece) importa. Un sargento chusco y montaraz, sin dos dedos de frente, puede hacer con el soldado raso lo que se le antoje, no importa si en la vida civil este último es catedrático de Psicología en la Autónoma. El que llega a uno de los "pesebres", como dice el autor, se convierte en uno de los que deciden quién entra a formar parte de los elegidos y quién se queda fuera del olimpo de los dioses. No hay más que dos opciones, o tragar con ello y esperar a que te toque el turno a ti o mandarlos a todos a la mierda, que es lo que hace Sánchez-Ostiz en estos diarios descarnados y muy auténticos. A él, como novelista, nunca he sido capaz de tragarlo –pero ahora mismo, sugestionado por su día a día de hace seis años, me entran ganas de intentarlo de nuevo–, sin embargo en sus diarios, y en el librito sobre Madrid que publicó en 2003, encuentro un escritor de primera, de los que dicen cosas. Aunque no nos gusten, aunque no comulguemos de ninguna de las maneras con ellas. Su voz es real, cercana, sin florituras esteticistas, nítida y cálida. Me atrae la persona, seguro que es de lo más interesante una parrafada con él, frente a frente en algún bar, o al amor de la lumbre en un caserío en pleno invierno norteño. O quizás no, con la mala leche que destilan sus palabras, puede que no viera en mí sino al esnob cazador de autógrafos, redicho y poco interesante una vez que rascas la superficie de listeza (falsa, cada día me confirmo más en esto).]]></description><author><![CDATA[Cornelio]]></author></item><item><title><![CDATA[ÁLBUM FOTOGRÁFICO II]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cornelio/c_210.htm]]></link><description><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/cornelio/http://blogs.ya.com/cornelio/files/ARCADIA2.jpg" alt="" border="0" width="327" height="387"/><br/><br/>Y esta otra, de cuando mi abuela tenía veinte años. Ya era novia de abuelito, pero todavía la tristeza nubla su mirada. Ellos dos se conocieron gracias a la labor de zapa, celestinesca, de tía María y tío Pepe, hermana de él y hermano de ella respectivamente. La historia tiene su miga, y me presenta a una mujer desconocida recubierta con los atributos de mi abuela. Como si, bajo la misma piel e idéntica personalidad, latiera un corazón distinto. Pasa también cuando nos cuentan historias de la mili de nuestro padre, o de repente un amigo de la familia nos comenta lo grupie del Dúo Dimámico que fue nuestra madre. Que ni a papá te lo imaginas borracho en la cantina, ni a mamá tirándose histérica de las coletas en un concierto de Manolo y Ramón. Pues eso, la historia de amor de mis abuelos cuesta digerirla si uno conoció a los dos protagonistas cuando ya peinaban canas.<br/>Vamos a ver. Entonces ella se llamaba Maruchi y vivía con su madre después de varios años rodando de casa en casa, al cuidado de tíos y familiares que le dejaron un marcado carácter de reserva, como si nunca se permitiera ser ella misma, expandirse, porque siempre se sentía de prestado allá por donde iba. Poco antes o poco después del inicio de la Guerra Civil, se echó un novio diez años mayor que ella –lo cual no era necesariamente un problema– y de muy buena familia. Por ahí sí debieron surgir complicaciones, porque la sociedad (la buena sociedad del Sardinero y de fiestas en el Marítimo) cateta y endogámica de la primerísima posguerra no veía con buenos ojos el ayuntamiento de uno de los suyos con la huérfana de carabinero que, de parné, no andaría sobrada. Su amor creció contra viento y marea (ni sé qué vientos ni qué mareas, hablar de ello sería hacer literatura, ninguno de los que podían haberme aclarado la historia está vivo) pero se truncó cuando él falleció en un accidente de moto. Debió de ser un trago duro de pasar. Maruchi cayó en una depresión de caballo, no salía a la calle, apenas prestaba atención a cuanto sucedía a su alrededor, todo le daba igual.<br/>Poco después fueron las fiestas de Soto de la Marina (¿verano de 1940?) y su hermano Pepe, a la sazón flamante y joven guardia civil –lagarto, lagarto–, fue para allá de jarana con unos cuantos amigos. La relación de Pepe con ese pueblo venía de años atrás. A principios de los veinte, mis bisabuelos José y María vivieron allí hasta la muerte del primero, en junio del 23 –el día en que cumplía los veintiocho, de fiebres tifoideas: murió cantando la Marsellesa, quién sabe por qué. Creo que eran vecinos de los padres de abuelito, y algo de relación hubo de haber entre ambas familias (cuenta la leyenda que, con seis años, mi abuelo, Leciuco, llevaba a todas partes de la mano a Maruchi, que no tenía aún los tres) porque lo primero que hizo Pepe fue preguntarle a la moza con la que bailaba por los Gallegos. Así que un día de San Judas, pongamos que del verano de 1940, tío Pepe (de veintiún años) se corre una juerga con los amigotes en Soto, echa un vistazo a las bellezas locales, se decide por una morenaza de caderas rotundas y mirada zumbona, bailotea con ella y, por aquello de entablar conversación, le pregunta por los Gallegos.<br/>–¿Los conoces?<br/>–Sí, bueno... en realidad yo era muy pequeño. Me acuerdo de Sebio y de María...<br/>–¿De María? ¿Y tú para qué la buscas? ¿Tienes algo con ella?<br/>–No, no es eso. ¿Sabes? De niños jugábamos juntos. Entre mi familia y la suya hubo mucha amistad.<br/>–Pues estás bailando con ella...<br/>Besos, abrazos, presentaciones varias. El siguiente paso fue una visita de María a mi bisabuela, durante la que se hizo muy amiga de Maruchi. Tanto María, que era una fuerza de la naturaleza, siempre reidora y jaranera, como Pepe estaban preocupados al ver que mi abuela no levantaba cabeza, que cada día se abismaba más en su dolor. Que éste era ya una enfermedad morbosa. Y decidieron presentarle a Lecio, recién llegado de Marruecos, donde había estado trabajando para el Ejército como mecánico. A ver qué pasaba... Y lo que pasó fue un corto noviazgo, un matrimonio que se alargó en el tiempo durante más de seis decenios, tres hijos, una ristra de nietos y dos bisnietas. Toda una vida que fue posible porque el destino, de existir, mira tú por dónde lo caprichoso que puede llegar a ser.]]></description><author><![CDATA[Cornelio]]></author></item></channel></rss>
