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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
martes, 21 de diciembre (creo)
Agggghhhh! Dioses, dioses, dioses!
ESTADO DE LA SITUACION:
Crítico, muy crítico. Empiezo una clase con el club nacional de la dentadura postiza ( id est, jubilaos) hace tre minutos, y aun tengo valor de venir por aqui....
A los pocos que habeis tenido la paciencia de leerme hasta ahora.... feliz navidad! Y volvere pronto, tan pronto como pueda!
Un beso a todos y todas!
COSAS POR HACER:
1. comprar los regalos de navidad (aun, si aun)
2. LARGARMEEEEE
 
miércoles 15
Miércoles, 15 de diciembre de 2004.

09:38h. ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:

1. Necesito un café.
2. Ayer no fui al registro, ni al gimnasio, ni a poner lavadoras, ni a ninguna parte. Empecé a jugar al Risk a eso de las diez y oyes, sin darme cuenta, cuando miré el reloj eran las dos y pico. Ni que decir tiene que tampoco fui a la facultad, claro. Pero es que cuando empiezas... El Risk es un juego que exige perseverancia, práctica y paciencia. Tienes un mapa del mundo, y hay hasta siete ejércitos de diferentes colores, de los cuales “el jugador humano” (como si no hubiera jugadoras con a, nos hA jod...) en fin, el human player tiene, o misiones concretas, como conquistar Europa y Australia, o que conquistar el mundo entero. Te van dando unidades, es decir, soldados, a medida que vas conquistando (con el mouse) paises. Gano diez de cada nueve veces, incluso contra la opción de jugador inteligente (ya ni os cuento de Craig que, con lo calmado que normalmente es, cuando juega al Risk se convierte en una versión malvada de Hitler).
3. Hoy debería ir a todos esos sitios a los que no fui ayer por culpa del Risk, pero el ordenador ya está encendido y la tentación me puede. Una partidita y lo apago, lo juro.
 
martes, 14 de diciembre
Martes, 14 de diciembre de 2004.

09:24h. ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. Ayer, después de meses de paz, tregua y pasotismo hacia mi celulitis, fui al gimnasio. Hoy tengo tremendas agujetas hasta en las ojeras. Este dato es positivo: menos posibilidades de levantarme para ir a hurgar en la nevera. También es negativo: más nicotina que entra en el sistema. Al salir fui a desvalijar la tienda de fruta y verdura de al lado de casa, y llené la nevera de comida sana.
Ahora mi nevera no me avergüenza sólo por fuera, sino también por dentro.
Obviamente, no pienso dejar de comer, ni nada de eso. Mis dietas consisten en comer lo que tengo que comer, no en comer menos ni en no comer y punto. Siempre que empiezo una de estas dietas me doy cuenta de que como mucho más y me adelgazo tres quilos en la primera semana sin pasar hambre. Lo juro. Mi cuerpo está tan habituado a deshacer comidas procesadas y elementos artificiales (léanse gominolas y un largo etcétera) que cuando le entran nutrientes naturales se los carga sin cuartel y no deja prisioneros, rollo “fructosas a mí”. Se va todo para fuera del modo que sea. Sin ánimo de meterme en escatologías. En serio. Y de pasar hambre, nada de nada. ¿hambre? Qué va. Me río yo de los millones de gentes del mundo que pasan hambre haciendo dieta, cuando en Côte d’Ivoire hay tanta pobreza.
2. Tengo hambre. Lo siento por Côte d’Ivoire, y no entiendo a la gente que hace dieta. ¿CÓMO AGUANTÁIIIIIIS? Por Dios. Como dice Craig, I could eat the whole ass off a camel. I could eat a horse and chase the jockey. Son los primeros días, no soy yo la que hable, es mi estómago que se está encogiendo y le fastidia. No tengo hambre, en realidad. Es gusa.
3. A la mierda la filosofía de la alcachofa. Tengo un hambre del copón y un tupper lleno de kiwis que no me vienen a cuento para nada. Hace tiempo que los kiwis me saben a gel de baño (más jabones normalitos y menos Body Shop, necesito)
Cualquiera, en mi situación, con un hambre del copón y un tupper lleno de kiwis, pensaría en un tenedor. Yo lo he mirado seis veces, el tupper de marras, y he pensado en un bocata de jamón de los que hacen en la panadería de al lado de casa. ( Al otro lado de la tienda de frutas y verduras. Como si estuvieran situadas simbólicamente: a la derecha, frutas y verduras. A la izquierda, un placentero mundo de gula y perversión, y el bar donde compro tabaco)
4. El sitio donde trabajo es como las pelis estadounidenses, que tienen el poli bueno y el poli malo: nosotros tenemos la secretaria buena, a la que llamaremos Sara, y la mala, a la que llamaremos Manoli, por no llamarla Hija de la Grandísima Puta, que es lo que más me apetece pero no puedo dejarlo por escrito. Sara siempre sonríe, aunque se le caiga el mundo encima de trabajo. Manoli siempre manda y ordena, como si cortara el bacalao en el sitio. De hecho intenta cortarlo y se comporta como si fuera mi jefa, cuando su trabajo no tiene mucho que ver con el mío... o sí, porque si le doy fotocopias para hacer, me las tiene que hacer, y no decirme lo que me dice, la señora: “¿Por qué no bajas y las haces tú?” a lo que siempre se me ocurre, instintivamente, la misma respuesta: “¿Por qué no me comes el coño un rato?”, respuesta que por descontado siempre reprimo, porque no es mi jefa, pero aquí la menda tiene sus fobias.
5. Mi trabajo está mal pagado y exige sacrificios diarios. Me pagan las horas de clase, pero no las horas que me paso preparando las clases, ni las horas que me paso corrigiendo los mismos errores, semana tras semana. Mira que son fáciles los verbos en inglés, joder, que se trata sólo de añadir una miserable ese en las terceras personas del singular.( id est: she, he, it) Pues no. Aquí a hablar todos como Ali G o cualquier degenerado/a del Bronx.
6. Mi trabajo me encanta. He trabajado en muchos sitios muy diferentes, pero ser profesora es el oficio que más beneficio personal me aporta, con diferencia. Lo mío es como lo de esos tíos que pegan a sus mujeres: sus padres ya lo hacían. La mía también, y me creó un trauma de amor-odio y dependencia (mi madre, dar clases, quiero decir) Tengo alumnos y alumnas de todas las edades y todos los niveles, y a todos les encuentro un encanto especial. Si no fuera por eso, iba a enseñar inglés Rita the singer, a mierda euros la hora.


COSAS POR HACER:

1. Volver al gimnasio (las agujetas se curan con ejercicio).(mens sana in corpore sano) (cardiovasculo, ergo existo) (the rain in Spain stays mainly in the plane) (etc)
2. Ir al registro civil con todos los papeles, papelitos y papelotes del casorio, a ver qué me dicen. Me voy a llevar hasta el papel de váter, por si acaso. (Ahora mismo me acaba de venir a la memoria aquel artículo de Mariano José de Larra, “vuelva usted mañana”. Últimamente estoy pensando demasiado en él. “No me suicido por pereza, no me suicido por pereza” y el primer día en que se creyó activo va el tío y se pega un tiro.)
3. Comerme los condenados kiwis, a ver si los músicos dejan de afinar de una vez, que oigo más a mi estómago que a los coches de la calle. Y mira que se oyen, los cochinos coches.
4. No pensar en bocatas de jamón.
5. Pensar en Lara Croft. Pensar en cuerpo fibrado y elástico. Pensar en fuerza y en pantalones nuevos. Pensar en bienestar. Pensar en este verano, cuando acabe la carrera y me vaya de crucero por el Mediterráneo ( no de viaje de bodas, no, trabajando en un barco) con esas calitas desiertas y esas playas paradisíacas... un momento. ¿Para qué quiero adelgazar y luego irme a una playa desierta?
6. Dejar de pensar. Pensar requiere energía, energía requiere alimento graso, alimento graso equivale a bocata de jamón de panadería de a la izquierda. (ver 4).

 
introducciones
Aquí es donde se supone que lo más sensato es empezar como Rubianes: soy galaico-catalana. Gallega de nacimiento y de primeras palabras –que para concretar, fueron tacos, a causa de una peculiar tradición lingüística familiar. De obra también soy gallega; me voy dando cuenta a medida que me hago mayor: es como si tuviera un chip genético que me fuerza inconscientemente a ejercer de galega na emigración... pero en realidad, soy más de Barcelona que de mí misma. Más de Barcelona que de mis propias raíces. Más de Barcelona que la Pedrera. Qué puedo decir, Barcelona me pierde, me pierdo por Barcelona. (Lo último, en todos los sentidos. Algún día escribiré un libro que se titule “El insoportable no-sentido de la orientación”, cuyo capítulo primero tratará sobre mí y sobre las salidas de metro de Passeig de Gràcia. Norte, Diagonal; sur, Plaça Catalunya. Pueblerina, pueblerina, pueblerina. So cacho pueblerina.).
Bueno, en fin, que soy galaico-catalana. Soy un bocadillo de polbo á feira (pulpo, para quien malpiense) en pan con tomate. Barcelona está llena de bocadillos como yo, y también de bocadillos aún más variados y tapas de todos los sabores. Los hay de esqueixada al curry, de sopa de galets al chimichurri y de chile con ketchup. De todo, vamos.

Cuando tenía seis años era mucho más lista que ahora, porque sabía mucho menos pero lo aprovechaba mucho mejor. Además todo estaba más claro, porque no me gustaban los tíos más allá de la media hora del recreo, cuando jugábamos a la serie V y yo siempre era la jefa lagarto... (ahora me vuelve a venir el síndrome Manolito Gafotas, fíjense ustedes) pero ya en aquel entonces, para ser justa con la realidad, le añadía toques de culebrón sudamericano al juego, provocando una boda relámpago o muertes inesperadas seguidas de disgregación familiar de lunes a viernes con el niño que hacía de Donovan, que ahora es un cerebrito informático, pero que en aquella época era el hombre de mi vida.
Bien, da igual. Lo cierto es que tenía las cosas mucho más claras: odiaba ballet, profesora de ballet, niñas de ballet, edificio de clases de ballet, barrio de edificio de clases de ballet y vestuario de ballet incluidos. Mi único aliado los martes por la tarde (que era el momento crítico de la semana) era un árbol de la calle que había delante de la puerta de aquel sitio infernal, árbol al que me agarraba con todas mis fuerzas cada martes para no entrar. Por desgracia mi madre tenía más fuerza. Aún ahora estoy convencida que el árbol nos veía asomar por la esquina y se ponía a temblar: “ya vienen el par de locas esas a jugar a arrancar cebollas otra vez”. El árbol, todos los miércoles con agujetas, fijo.
Me chiflaban los Beatles y Simon & Garfunkel –me alegra acordarme de eso, es una de las pocas cosas que no han cambiado- y sobre todo, me chiflaba leer. Y escribir. Escribía con letra de zurda a quien su madre ha optado por obligarle a escribir con la derecha. Para quien aún no se lo haya figurado, mi madre es un personaje que va a salir bastante en este cuento. Y mi caligrafía tampoco ha cambiado, pero muy a mi pesar, porque sigo teniendo la misma letra torpe e inmadura de los cinco años.
No sé por qué explico todo esto. No sé si tiene mucho que ver, al menos no directamente, con el cuento en que se ha ido convirtiendo mi vida con el tiempo... aunque quizá sí que sea el principio de los tiempos del cuento, porque me pertenece. Al principio, primero, siempre voy yo. Ya no es una cuestión de egocentrismo, siquiera. Es como cuando en los aviones te dicen que primero te pongas tu máscara de aire, antes de intentar ayudar a nadie más, ni a niños o niñas siquiera. Y qué razón tienen. ¿Cómo vas a ayudar a nadie si te ahogas?
Tengo que agradecerle a mi madre precisamente, que fue mi profesora de primero de E.G.B., lo de acordarme de estas cosas. Los seis años marcaron mi vida, al acabar de aprender a leer y a escribir, que ahora son como aspirar y expirar. Los seis años marcaron mi vida también en otros aspectos. A los seis, y después de dos años de conflictos bélicos semanales a causa del dichoso ballet, mi madre se dio por vencida y me desapuntó. “Señoga, su hija nunca va a podeg levantag una piegna sin hasegle danio a nadie ni gompeg alguna cosa. Y aunque llegaga a haseglo, su cuegpo pagesegía el de un caballo. Es demasiado... gggande, paga seg una buena ballegina”. My charming ballet teacher. Se la sudaba que yo la estuviera oyendo desde el vestuario. Se la sudaba tres veces más aún, que yo en aquel momento me estuviera preguntando por qué me llamaba “grande” cuando en realidad quería decir torpe. O gorda. O las dos cosas. Aún recuerdo el olor de aquel sitio. Incluso el recuerdo de aquel olor me pone peor que el de los hospitales. Pues eso, mi madre me desapuntó de ballet, y lo anunció solemnemente un mediodía: “He decidido que no volverás a ballet”.
Juro que en aquel momento me empezó a hervir la sangre y tuve que controlar un arrebato desenfrenado que me dio, de ganas de pegarle un abrazo... arrebato que se disipó en menos de un segundo, justo cuando ella acabó la frase: “...y te he matriculado en el conservatorio de música, para que aprendas solfeo”.
También me gustaba viajar. Me encantaban los viajes largos, meterme en el coche con mis padres y rodar toda la noche. Viene a cuento, porque de no ser por eso creo que no me habrían pasado ni la mitad de cosas que me han pasado. ¿Culpa de mis padres? ¿Gracias a mis padres? No sé qué decir. Yo, sin duda, les daría las gracias, si supiera que fueron ellos los que marcaron mi instinto viajero-internacional. ( Escapista-cobarde, según ellos. Cuestión de desavenencia terminológica, supongo.) Pero no sé hasta qué punto no debería ya empezar a atribuirme a mí misma las culpas o los méritos de las cosas que me pasan. Quieras que no, son veintipico años.
Así que además de pan con tomate y pulpo a la gallega, en mi bocadillo también hay mucha música, escritura, lectura y viajes. Y efectos secundarios, como el tabaco, la curiosidad extrema por conocer cosas relativas a otras culturas, a otras maneras de ordenar las frases o de construir refranes, y las horas de todas las noches perdidas de sueño pero aprovechadas en uso y disfrute de innumerables CDs... Todo mezclado, sin prelación de fuentes, todo a borbotones, revuelto y revolucionado, ha continuado siendo el esqueleto de lo que a mí me gusta llamar, con un optimismo exagerado, mi vida. Si fuera más prudente le llamaría mis días, o mis años. Pero es que si fuera más prudente me habría empollado el papel de princesa, no el de bruja-ogro, claro, y el cuento ya no vendría a ídem.

 
Presentaciones. Spanish Smart-ass.
Good morning and welcome to my blog.
Como dijo Sócrates, “joder, qué hambre tengo”. Y es que eso de que la inspiración crece más en los estómagos vacíos es una tremenda pelotudez.
A mí lo único que me está creciendo ahora mismo es el aire dentro de las tripas.
Bien. Soy yo más un bocata de salchichón. He conseguido, después de semanas intentándolo, crear mi propio blog, rollo “Juguetes Mediterráneo”, aquellos juguetes para compartir que me regalaban para reyes y que nunca lograba compartir, porque a dios gracias si me daba tiempo de utilizarlos, con tanta lección de música, de inglés, cursillos de natación y CV-fillers varios. Pero esto mola: este juguete me lo monto yo.
Tengo veintipico, como todo el mundo. Mis aspiraciones no son nada especiales, y además tampoco me estresan demasiado, porque me las planteo de aquí a que me muera, no de aquí a X tiempo.
(FCK… Entra en la puñetera lista de marras eso de aprender a manejar máquina expresso.)
Es importante decir la edad, en las presentaciones. En mi caso especialmente, porque soy viejísima de espíritu, y daría pie a malentendidos, al escribir mi diario, del tipo de “¿qué coño hace una abuela en “Plataforma” de Nou de la Rambla?” Así que…tengo veintipico tirando a treinta, (de todos modos, eso, para los asistentes habituales del susodicho Plataforma, ya es ser abuela de todas maneras, pero qué queréis, me gusta mezclarme con la juventud), las patas tirando a largas, como el pelo, pero sin pelo, y la carrera sin acabar. Soy presumida, vaga, lectora y fumadora compulsiva y amante de los vicios ancestrales que para mí son (a parte de los aforementioned) comer pipas, jugar al Risk e ir al cine. Ancestrales para mí, of course.
Para matar el tiempo, mientras tanto, doy clases de inglés en una academia y estoy matriculada en la universidad. Este debería ser mi último año. Ja. En fin…
Ahora es cuando digo que tengo un hermano pequeño que sólo es pequeño de edad, y mis mascotas y todo eso, ¿no?
Me pregunto a quién coño le puede importar que tenga una chinchilla macho y que habría comprado la tienda entera con tal de que no las tuvieran en esas jaulas cutres, muertas de miedo y de frío (a las chinchillas, no a las jaulas, se entiende). Algún día escribiré un libro in manner of J.R.J. que se titule “Macgaiber y yo” y que empezará tal que….”Macgaiber es pequeño, peludo, y gordo como la madre que lo parió. Le puse el nombre en honor al chulillo de la serie, aunque lo supera, porque no necesitó ni una grapa, ni un chicle, ni un garaje lleno de corotos para abrir la jaula el primer día, con los fuciños, como dicen en mi pueblo, y desapareció dándonos a Frida y a mí sendos ataques al corazón. “
Frida es mi mejor amiga, mi camarada, mi confidente, y yo soy su viceversa. Evidentemente, no se llama Frida. Joder, ¿os creéis todo lo que leéis en Internet?; Pero un día la llamé por teléfono para preguntarle cómo querría llamarse si no se llamara como se llama, y “Frida” fue lo que me respondió. (O eso fue lo que yo entendí, igual la pobre estaba estornudando)
Frida no es mi única camarada-confidente-etcétera-viceversa. Tengo dos. Las dos me tienen, aunque pocas veces nos juntamos las tres, no sé por qué. Son como Superman y Clark Kent. Creo que igual son la misma persona, porque una lleva gafas y la otra no. En fin....
En mi vida también hay una persona muy importante, Craig, que es el amor de mi vida, después de Colin Firth, Ricardo Darín y Vin Diesel, por orden. Ninguno de los tres estaba disponible en el momento en que yo dije de sentar la cabeza (volveré sobre este tema de sentar la cabeza, es una amenaza) así que un día en que ya había perdido las esperanzas de que existiera un Prince Charming, se apareció Craig, allí en medio, con sus dos metros de altura, su sonrisa extranjera y sus ojos azules y amarillos de color catálogo de viajes. Eso fue….hace el carajo de tiempo de eso, casi tres años o cuatro, o setecientos. Ahora es mi futuro ex -marido. Bueno, aún no estamos casados, pero es que me lo veo venir, porque soy una pinchafigos, como dicen en mi pueblo (id est, imbécil.) y si no fuera por su paciencia….
Vivimos los tres (Craig, Macgaiber y yo) en un estudio, en Barcelona. Ninguno de los tres nació aquí. Yo ya se pueden figurar de dónde soy, más o menos, Craig es de lejísimos, y… bueno, quizá Macgaiber sea cataluf… catalán, pero de corazón es sudaca.
Yo tengo mucha familia, dispersa por muchos sitios, sobre todo América del Sur, así que Macgaiber y yo nos entendemos bien. También me gusta la gente de Barcelona. De hecho, mucho más que la de mi pueblo, que no hablan su idioma por vergüenza y optan, en su lugar, por un castellano ininteligible (por no querer parecer de pueblo, acaban comportándose como a lo que mi madre califica de “provincianos”, que son los que envidian a la gente de ciudad, por algún motivo estúpido que no logro explicarme, y la imitan, o la intentan “superar”. No sé en qué. Voy a dejar este tema, porque no tengo ni puta idea de lo que estoy diciendo).
Pues eso, el estudio donde vivimos es pequeño y pintoresco. A mí, el barrio me parece una versión almodovaresca de Montmartre, motivo, entre otros, por el cual lo escogí. Siempre hay gente de fuera, nunca hablo el mismo idioma con nadie (aunque los asíduos son el roedor y el guiri, que hablan los dos inglés, y mi prima y mi hermano, que hablan demasiado y demasiado poco, respectivamente), al salir a la calle puedes encontrar (o pisar) cualquier cosa. Me encanta Barcelona. No la cambiaría por ningún sitio del mundo. Es mi Boulevard of life-long dreams.
Un último apunte. “Mai feborit colour is porpel” (citando a un futuro figura de la lengua inglesa, del que ya hablaré otro día).