Consolación en re bemol Mayor.
(escuchando a Vladimir Horrovitz sacando de la tumba a Liszt para que se airee un rato, vea algún escote que otro, y pueda seguir inspirándonos desde el más allá. Gracias, Vlad.)
Qué oportunidad la de mis muelas. Ayer fue la primera noche de esta semana que me fui a la cama a una hora razonable (entendiendo por "razonable" la una y media o las dos de la madrugada)... Ayer me fui a la cama a una hora razonable porque hoy llega Craig y quería tener alguna neurona activa de reserva para ir a buscarle y esas cosas. Fat chance.
Tal y como me acosté y me puse a contar teclas, algo me aporreó una muela, al estilo:
-Toc, toc
-¿Quién es?
-El dolor. Jódete.
Y así toda la noche.
El dolor de muelas, para las bienaventuradas y los bienaventurados que no hayan tenido ocasión de conocerle, es, además de una puñalada que abarca cara, cuello, oídos y cabeza, un sabor metálico amarillento.
Es insistente como cualquier especímen de tres años (aunque, en mi caso, algo más viejo) y suele trabajar con nocturnidad y alevosía. Y un taladro potente, a juzgar por el zumbido que me torturaba la cabeza.
Me recuerda al aceite de clavo.
Me recuerda al aceite de clavo, porque es lo único que le hace callarse un rato, hasta que todos los soldados de su ejército infeccioso han aniquilado sus efectos y continúan avanzando territorio.
Hay dolores que te aplastan y dolores que te vuelven loca e hiperactiva.
Éste es del segundo tipo, y ya no me sirve calzarme unas bambas y salir a correr a las tres de la madrugada, como he hecho en más de una ocasión. Ya no sirve nada, sólo aguantar.
Y escuchar rocanrol.
El rocanrol acaba agotando hasta la última molécula etérea de ansiedad que me produce el dolor, y al final no sé si me duermo o si caigo inconsciente. Nunca lo recuerdo al día siguiente.
Aunque, esta vez, YA era el día siguiente.
Me juré y rejuré que iría al dentista, aunque ya no me doliera.
Esta mañana ya no me dolía (aunque ahora vuelvo a parecer una versión 2.0 de Milliondollarbaby a causa de los efectos del aceite de clavo. Nunca, nunca lo utilicen en estado puro).
He decidido que por ahora el dentista puede esperar. Si ya no me duele... es lo que dice el refrán: "Don't fix it if it's not broken". O algo así.
Qué oportunidad la de mis muelas. Ayer fue la primera noche de esta semana que me fui a la cama a una hora razonable (entendiendo por "razonable" la una y media o las dos de la madrugada)... Ayer me fui a la cama a una hora razonable porque hoy llega Craig y quería tener alguna neurona activa de reserva para ir a buscarle y esas cosas. Fat chance.
Tal y como me acosté y me puse a contar teclas, algo me aporreó una muela, al estilo:
-Toc, toc
-¿Quién es?
-El dolor. Jódete.
Y así toda la noche.
El dolor de muelas, para las bienaventuradas y los bienaventurados que no hayan tenido ocasión de conocerle, es, además de una puñalada que abarca cara, cuello, oídos y cabeza, un sabor metálico amarillento.
Es insistente como cualquier especímen de tres años (aunque, en mi caso, algo más viejo) y suele trabajar con nocturnidad y alevosía. Y un taladro potente, a juzgar por el zumbido que me torturaba la cabeza.
Me recuerda al aceite de clavo.
Me recuerda al aceite de clavo, porque es lo único que le hace callarse un rato, hasta que todos los soldados de su ejército infeccioso han aniquilado sus efectos y continúan avanzando territorio.
Hay dolores que te aplastan y dolores que te vuelven loca e hiperactiva.
Éste es del segundo tipo, y ya no me sirve calzarme unas bambas y salir a correr a las tres de la madrugada, como he hecho en más de una ocasión. Ya no sirve nada, sólo aguantar.
Y escuchar rocanrol.
El rocanrol acaba agotando hasta la última molécula etérea de ansiedad que me produce el dolor, y al final no sé si me duermo o si caigo inconsciente. Nunca lo recuerdo al día siguiente.
Aunque, esta vez, YA era el día siguiente.
Me juré y rejuré que iría al dentista, aunque ya no me doliera.
Esta mañana ya no me dolía (aunque ahora vuelvo a parecer una versión 2.0 de Milliondollarbaby a causa de los efectos del aceite de clavo. Nunca, nunca lo utilicen en estado puro).
He decidido que por ahora el dentista puede esperar. Si ya no me duele... es lo que dice el refrán: "Don't fix it if it's not broken". O algo así.
Va por el Papa de Nüremberg... digo, de Roma.
Dedicada, a modo de bienvenida a su mandato. He intentado mantenerme al márgen de los acontecimientos... pero bien pensado...
Yo no sé hacer eso.
" Vor der Kaserne
Vor dem großen Tor
Stand eine Laterne
Und steht sie noch davor
So woll'n wir uns da wieder seh'n
Bei der Laterne wollen wir steh'n
| Wie einst Lili Marleen.
Unsere beide Schatten
Sah'n wie einer aus
Daß wir so lieb uns hatten
Das sah man gleich daraus
Und alle Leute soll'n es seh'n
Wenn wir bei der Laterne steh'n
Wie einst Lili Marleen.
Schon rief der Posten,
Sie blasen Zapfenstreich
Das kann drei Tage kosten
Kam'rad, ich komm sogleich
Da sagten wir auf Wiedersehen
Wie gerne wollt ich mit dir geh'n
Mit dir Lili Marleen.
Deine Schritte kennt sie,
Deinen zieren Gang
Alle Abend brennt sie,
Doch mich vergaß sie lang
Und sollte mir ein Leids gescheh'n
Wer wird bei der Laterne stehen
Mit dir Lili Marleen?
Aus dem stillen Raume,
Aus der Erde Grund
Hebt mich wie im Traume
Dein verliebter Mund
Wenn sich die späten Nebel drehn
Werd' ich bei der Laterne steh'n
Wie einst Lili Marleen.
Ésta le va para que recuerde viejos tiempos.
Yo no sé hacer eso.
" Vor der Kaserne
Vor dem großen Tor
Stand eine Laterne
Und steht sie noch davor
So woll'n wir uns da wieder seh'n
Bei der Laterne wollen wir steh'n
| Wie einst Lili Marleen.
Unsere beide Schatten
Sah'n wie einer aus
Daß wir so lieb uns hatten
Das sah man gleich daraus
Und alle Leute soll'n es seh'n
Wenn wir bei der Laterne steh'n
Wie einst Lili Marleen.
Schon rief der Posten,
Sie blasen Zapfenstreich
Das kann drei Tage kosten
Kam'rad, ich komm sogleich
Da sagten wir auf Wiedersehen
Wie gerne wollt ich mit dir geh'n
Mit dir Lili Marleen.
Deine Schritte kennt sie,
Deinen zieren Gang
Alle Abend brennt sie,
Doch mich vergaß sie lang
Und sollte mir ein Leids gescheh'n
Wer wird bei der Laterne stehen
Mit dir Lili Marleen?
Aus dem stillen Raume,
Aus der Erde Grund
Hebt mich wie im Traume
Dein verliebter Mund
Wenn sich die späten Nebel drehn
Werd' ich bei der Laterne steh'n
Wie einst Lili Marleen.
Ésta le va para que recuerde viejos tiempos.
Chan Chan, pornografía y lo opuesto al sexo.
(Escuchando Chan Chan, del Buena Vista Social Club - Compay Segundo, Elíades Ochoa)
"Cuando Juanita y Chan Chan
en el mar cernían arena
cómo sacudía el jibe
a Chan Chan le daba pena..."
Chan Chan se ponía a cien sólo de ver las posaderas de una tal Juanita en la playa, y habrá quien me dirá que "¿A qué viene eso?" (siempre hay alguien dispuesto/a a decirme eso cuando abro la boca. Sí, si lo sé, soy yo, soy yo, no son ellos ni ellas.)
Viene a que hoy quería hablar de pornografía. Antes de que me busquen las cosquillas: no, no voy a hacer apología de la pornografía, ni mucho menos. Tampoco voy a escribir un relato erótico; se me dan fatal y de hecho, no tienen nada que ver con la pornografía, cosa que me lleva otra vez a pensar en Chan Chan, el cubanito errante enamorado.
Siempre he sido precoz en todos los aspectos. Incluso ayer, hablando con mi señora madre, la diplomática, al decirle que me sentía identificada con un niño porque no había manera de que se espabilara, me dijo "¿Tú? Pero si tú eras precisamente DEMASIADO espabilada. Durante todo tu pre-escolar y primer y segundo curso, precisamente, nos tenías muertos de pánico a mí y al resto del profesorado con tus iniciativas. Fuiste la primera y única alumna de seis años que he tenido en mi vida capaz de organizar una manifestación cuando os castigué a ti y a unos cuantos más".
He de decir, aunque la digresión se me esté alargando, que mi señora madre siempre ha sido setecientas cincuenta mil veces más exagerada que yo. De galga le viene al casto.
A lo que iba. Siempre he sido precoz. Y con el tema de la pornografía no iba a ser menos. Es lo que ocurre con las niñas y los niños superprotegidos por sus progenitores. Un día de primero de ESO, a la vuelta de una excusrión, fuimos a casa de un compañero, que estaba solo en casa hasta tarde, y estando todos allí sentados en su sofá, alguien preguntó: "¿Qué hacemos?" y supongo que como lo de la orgía colectiva ya era pasarse de rosca, propuse que alquiláramos una peli porno. Lo propuse sin pensarlo demasiado, simplemente me vino a cuento en aquel momento de mis doce años.
Como quiera que fuera, allá que se fueron al galope los cuatro tíos que había (tíos en oposición a tías, que éramos cuatro también, aunque no hubiera ninguna parejita en el grupo), al videoclub, y no sé si me sorprende o no (aunque no puedo decir que lo apruebe) pero el del videoclub ni les pidió carnet de identidad ni nada. Qué tiempos, aquellos. Ahora quedaría el título de la peli, ("La puerta trasera de Hollywood", muy alegórico, por cierto, aún me acuerdo), registrado en el ordenador. Aquel día, no sé, pero ellos volvieron triunfantes, qué machos que somos, por dios, con la peli de marras.
La vimos entera, sin decir ni una palabra, sin reírnos y sin apartar los ojos de la pantalla. A media peli uno de mis compañeros se fue al baño. Risitas. Luego otro. Más risitas.
A mi me daba la sensación de estar viendo una ecografía transvaginal, más que otra cosa. Quiero decir, que me decepcionó bastante. Yo esperaba algo más de verdad, algo menos carente de pelo, sudor y gritos. Qué sé yo.
Desde entonces, siempre me ha interesado el porno. No el aspecto mórbido, sino el estético. El protocolario. Porque, hay un protocolo, no se crean.
Pues bien, ayer, como no podía dormir y tampoco quería seguir llenando la red de posts, que luego me tachan de insomne (va por vos, sí, lo habéis adivinado), puse la tele, como última medida desesperada. La tele es siempre la opción que va después de la última. La última es escuchar las Variaciones Goldberg de Bach con el recontrapesado de Gould al piano. O el manual de Derecho Civil. Depende de lo que tenga a mano.
peor ayer no, ayer me dió por encender la tele hacia las dos de la madrugada y, ¡Oh, sorpresa! Había como tres o cuatro canales en que se exhibía carne de una manera que uno/a no acierta nunca, así a primera vista, a decir a qué partes de la anatomía humana pertenece esa carne exactamente. Lo único que se percibe, así, de buenas a primeras es un micromovimiento similar al de una persona autista. Pero esta gente no tiene mucho de autista, que digamos. Para empezar, porque para ser autista hay que tener un I.Q. mucho más elevado, aunque no voy a entrar en eso, porque lo que me interesa aquí es el porno, no la calidad humana de los "miembros" de la susodicha comunidad.
A lo que iba. En un canal había una rubia oxigenada con unos pechos que producían más curiosidad quirúrgica que morbo, dejándose hacer por un tío que era más feo que escuchar Britney Spears en público. El tío embestía y embestía, y la rubia, encima de él, saltaba y saltaba, pero los mencionados ni se movían. Interesante, si se mira desde la perspectiva de la física y todo aquello que me intentaron enseñar en la escuela sobre la fuerza y el movimiento.
La performance de él era una inspiración perfecta para escribir una monografía titulada "Por qué las mujeres fingen en la cama" (bueno, "en medio de un campo" se ajusta más a la realidad, pero ya me entienden)
La de ella era llana y simplemente desastrosa. Lo cual me hace pensar... ¿Qué tipo de gente "se pone" con una película así? No me juzguen, si la peli fuera buena, yo soy la primera en ponerme. Cuento con full equipe genital para ello, como la que más. Pero me dan más ganas de pillar papel y lápiz que de desabrocharme nada, si he de ser honesta. Eso sí, me pegué unas buenas risas yo sola.
En otro canal había un exótico con un miembro que aquello no era un miembro, era la plantilla entera de una multinacional yanqui. Aquello no alcanzaba la erección porque la ley de la gravedad se imponía sobre la excitación sexual, y hacía algo así como una perfecta parábola curvilínea (de esas que también estudié en mates. ¿Por qué sólo me salen metáforas científicas? ¿Será que estas pelis son REALMENTE lo opuesto al sexo? Será...) La rubia Número Dos se metía aquello entero en la boca y se le cruzaban ligeramente los ojos, con lo que no pude evitar preguntarme si el pene le habría tocado el nervio óptico. Carcajadas, yo sola, a las dos y pico. El acabóse, ¿no?
Pues no, aquello resultó ser sólo el empezóse de lo que venía a continuación. El Exótico le saca aquella cosa interminable de la boca a la Rubia Number Two, y se va a por algo.
"¿Una pastilla anti-náuseas?", pienso yo, metida ya en la peli cual Maruja frente a culebrón.
No. Un brazo, similar al humano, pero de látex. Misma medida, mismas características, y la mano en la misma postura que cuando vas a pillar un pellizco de sal para le sopa.
Me empezó a latir el corazón con más intensidad, de una manera que hasta creí que me estaba excitando, pero me dí cuenta de que no era de morbo, era de pánico.
"No lo va a hacer, no lo va a hacer." Vaya si lo hizo. Y no la mano, no. El brazo entero hasta el fondo; lo juro por Ron Jeremy. El brazo entero.
Aquello no era porno duro. Era obstetricia pura. Era un rascarse el esternón por dentro.
La rubia Number Two ya no cruzaba los ojos; los ponía en blanco. Entonces me di cuenta de la delgadísima línea que separa, en nuestros días, las pelis de sexo de las pelis de miedo.
Esta peli, ríome yo del Resplandor. Esta peli era una versión mejorada de Braindead ("Tu madre se ha comido a mi perro", gran clásico del cine gore).
A eso hay que añadirle que nadie del "cast" parecía estar pasándoselo bien, o disfrutando, o llámenle como quieran.
De verdad, me gustaría encontrar una peli de esas que ponen, así como entretenimiento, para ampliar horizontes y encontrar juguetes nuevos más allá del GTA 4, aunque visto lo de ayer, lo dudo.
Ayer, gracias a la susodicha experiencia televisiva, también me di cuenta de que todo lo que despierta mis instintos sexuales no tiene mucho que ver con el sexo. Pueden ser un par de acordes que funcionan bien juntos en una pieza o una canción. Puede ser un olor, unas palabras, una sonrisa, una comisura de labios (labios de la cara, de-la-ca-ra) que hace un movimiento determinado... Un recuerdo, un flashback. Lo que me predispone sexualmente es precisamente lo opuesto al sexo, o las situaciones menos sexuales, precisamente porque no lo son.
Siendo así, me pregunto qué perfil de persona utiliza este tipo de producto y en qué circunstancias se han de encontrar para ello. ¿Qué habrá vivido esa gente, antes de ponerse al asunto con una película de ese tipo? Y lo que más, más curiosidad me despierta, ¿Qué habrán leído? ¿Qué música habrán escuchado? ¿Qué dibujos animados veían?...
Yo me quedo con el sexo a lo Chan Chan; a lo cubano. A los vaivenes sutiles y las pieles cálidas e imperfectas compuestas de moléculas orgánicas, no de plástico auténtico.
"Cuando Juanita y Chan Chan
en el mar cernían arena
cómo sacudía el jibe
a Chan Chan le daba pena..."
Chan Chan se ponía a cien sólo de ver las posaderas de una tal Juanita en la playa, y habrá quien me dirá que "¿A qué viene eso?" (siempre hay alguien dispuesto/a a decirme eso cuando abro la boca. Sí, si lo sé, soy yo, soy yo, no son ellos ni ellas.)
Viene a que hoy quería hablar de pornografía. Antes de que me busquen las cosquillas: no, no voy a hacer apología de la pornografía, ni mucho menos. Tampoco voy a escribir un relato erótico; se me dan fatal y de hecho, no tienen nada que ver con la pornografía, cosa que me lleva otra vez a pensar en Chan Chan, el cubanito errante enamorado.
Siempre he sido precoz en todos los aspectos. Incluso ayer, hablando con mi señora madre, la diplomática, al decirle que me sentía identificada con un niño porque no había manera de que se espabilara, me dijo "¿Tú? Pero si tú eras precisamente DEMASIADO espabilada. Durante todo tu pre-escolar y primer y segundo curso, precisamente, nos tenías muertos de pánico a mí y al resto del profesorado con tus iniciativas. Fuiste la primera y única alumna de seis años que he tenido en mi vida capaz de organizar una manifestación cuando os castigué a ti y a unos cuantos más".
He de decir, aunque la digresión se me esté alargando, que mi señora madre siempre ha sido setecientas cincuenta mil veces más exagerada que yo. De galga le viene al casto.
A lo que iba. Siempre he sido precoz. Y con el tema de la pornografía no iba a ser menos. Es lo que ocurre con las niñas y los niños superprotegidos por sus progenitores. Un día de primero de ESO, a la vuelta de una excusrión, fuimos a casa de un compañero, que estaba solo en casa hasta tarde, y estando todos allí sentados en su sofá, alguien preguntó: "¿Qué hacemos?" y supongo que como lo de la orgía colectiva ya era pasarse de rosca, propuse que alquiláramos una peli porno. Lo propuse sin pensarlo demasiado, simplemente me vino a cuento en aquel momento de mis doce años.
Como quiera que fuera, allá que se fueron al galope los cuatro tíos que había (tíos en oposición a tías, que éramos cuatro también, aunque no hubiera ninguna parejita en el grupo), al videoclub, y no sé si me sorprende o no (aunque no puedo decir que lo apruebe) pero el del videoclub ni les pidió carnet de identidad ni nada. Qué tiempos, aquellos. Ahora quedaría el título de la peli, ("La puerta trasera de Hollywood", muy alegórico, por cierto, aún me acuerdo), registrado en el ordenador. Aquel día, no sé, pero ellos volvieron triunfantes, qué machos que somos, por dios, con la peli de marras.
La vimos entera, sin decir ni una palabra, sin reírnos y sin apartar los ojos de la pantalla. A media peli uno de mis compañeros se fue al baño. Risitas. Luego otro. Más risitas.
A mi me daba la sensación de estar viendo una ecografía transvaginal, más que otra cosa. Quiero decir, que me decepcionó bastante. Yo esperaba algo más de verdad, algo menos carente de pelo, sudor y gritos. Qué sé yo.
Desde entonces, siempre me ha interesado el porno. No el aspecto mórbido, sino el estético. El protocolario. Porque, hay un protocolo, no se crean.
Pues bien, ayer, como no podía dormir y tampoco quería seguir llenando la red de posts, que luego me tachan de insomne (va por vos, sí, lo habéis adivinado), puse la tele, como última medida desesperada. La tele es siempre la opción que va después de la última. La última es escuchar las Variaciones Goldberg de Bach con el recontrapesado de Gould al piano. O el manual de Derecho Civil. Depende de lo que tenga a mano.
peor ayer no, ayer me dió por encender la tele hacia las dos de la madrugada y, ¡Oh, sorpresa! Había como tres o cuatro canales en que se exhibía carne de una manera que uno/a no acierta nunca, así a primera vista, a decir a qué partes de la anatomía humana pertenece esa carne exactamente. Lo único que se percibe, así, de buenas a primeras es un micromovimiento similar al de una persona autista. Pero esta gente no tiene mucho de autista, que digamos. Para empezar, porque para ser autista hay que tener un I.Q. mucho más elevado, aunque no voy a entrar en eso, porque lo que me interesa aquí es el porno, no la calidad humana de los "miembros" de la susodicha comunidad.
A lo que iba. En un canal había una rubia oxigenada con unos pechos que producían más curiosidad quirúrgica que morbo, dejándose hacer por un tío que era más feo que escuchar Britney Spears en público. El tío embestía y embestía, y la rubia, encima de él, saltaba y saltaba, pero los mencionados ni se movían. Interesante, si se mira desde la perspectiva de la física y todo aquello que me intentaron enseñar en la escuela sobre la fuerza y el movimiento.
La performance de él era una inspiración perfecta para escribir una monografía titulada "Por qué las mujeres fingen en la cama" (bueno, "en medio de un campo" se ajusta más a la realidad, pero ya me entienden)
La de ella era llana y simplemente desastrosa. Lo cual me hace pensar... ¿Qué tipo de gente "se pone" con una película así? No me juzguen, si la peli fuera buena, yo soy la primera en ponerme. Cuento con full equipe genital para ello, como la que más. Pero me dan más ganas de pillar papel y lápiz que de desabrocharme nada, si he de ser honesta. Eso sí, me pegué unas buenas risas yo sola.
En otro canal había un exótico con un miembro que aquello no era un miembro, era la plantilla entera de una multinacional yanqui. Aquello no alcanzaba la erección porque la ley de la gravedad se imponía sobre la excitación sexual, y hacía algo así como una perfecta parábola curvilínea (de esas que también estudié en mates. ¿Por qué sólo me salen metáforas científicas? ¿Será que estas pelis son REALMENTE lo opuesto al sexo? Será...) La rubia Número Dos se metía aquello entero en la boca y se le cruzaban ligeramente los ojos, con lo que no pude evitar preguntarme si el pene le habría tocado el nervio óptico. Carcajadas, yo sola, a las dos y pico. El acabóse, ¿no?
Pues no, aquello resultó ser sólo el empezóse de lo que venía a continuación. El Exótico le saca aquella cosa interminable de la boca a la Rubia Number Two, y se va a por algo.
"¿Una pastilla anti-náuseas?", pienso yo, metida ya en la peli cual Maruja frente a culebrón.
No. Un brazo, similar al humano, pero de látex. Misma medida, mismas características, y la mano en la misma postura que cuando vas a pillar un pellizco de sal para le sopa.
Me empezó a latir el corazón con más intensidad, de una manera que hasta creí que me estaba excitando, pero me dí cuenta de que no era de morbo, era de pánico.
"No lo va a hacer, no lo va a hacer." Vaya si lo hizo. Y no la mano, no. El brazo entero hasta el fondo; lo juro por Ron Jeremy. El brazo entero.
Aquello no era porno duro. Era obstetricia pura. Era un rascarse el esternón por dentro.
La rubia Number Two ya no cruzaba los ojos; los ponía en blanco. Entonces me di cuenta de la delgadísima línea que separa, en nuestros días, las pelis de sexo de las pelis de miedo.
Esta peli, ríome yo del Resplandor. Esta peli era una versión mejorada de Braindead ("Tu madre se ha comido a mi perro", gran clásico del cine gore).
A eso hay que añadirle que nadie del "cast" parecía estar pasándoselo bien, o disfrutando, o llámenle como quieran.
De verdad, me gustaría encontrar una peli de esas que ponen, así como entretenimiento, para ampliar horizontes y encontrar juguetes nuevos más allá del GTA 4, aunque visto lo de ayer, lo dudo.
Ayer, gracias a la susodicha experiencia televisiva, también me di cuenta de que todo lo que despierta mis instintos sexuales no tiene mucho que ver con el sexo. Pueden ser un par de acordes que funcionan bien juntos en una pieza o una canción. Puede ser un olor, unas palabras, una sonrisa, una comisura de labios (labios de la cara, de-la-ca-ra) que hace un movimiento determinado... Un recuerdo, un flashback. Lo que me predispone sexualmente es precisamente lo opuesto al sexo, o las situaciones menos sexuales, precisamente porque no lo son.
Siendo así, me pregunto qué perfil de persona utiliza este tipo de producto y en qué circunstancias se han de encontrar para ello. ¿Qué habrá vivido esa gente, antes de ponerse al asunto con una película de ese tipo? Y lo que más, más curiosidad me despierta, ¿Qué habrán leído? ¿Qué música habrán escuchado? ¿Qué dibujos animados veían?...
Yo me quedo con el sexo a lo Chan Chan; a lo cubano. A los vaivenes sutiles y las pieles cálidas e imperfectas compuestas de moléculas orgánicas, no de plástico auténtico.
Freedom's just another name for nothing left to lose.
(Janice Joplin - Kosmic Blues)
Dioses. ¿Otra vez son las once y media de la noche?
¿Cómo lo he hecho?
¿Me despertaré mañana por la tarde a lo Kafka, y me habré convertido en búho?
... ¿Qué?
Ma foi...
Resulta que en un curso que estoy haciendo, un día llegó Histeria Informativa a darnos una conferencia sobre un tema que, por cierto, no tenía, a mi entender, nada que ver con los objetivos del curso.
Pero la mujer vino, y lo primero que hizo fue preguntarme:
"¿Lees periódicos? ¿Cuáles?"
A lo que yo respondí "No" y "El País" respectivamente.
A lo que ella respondió con otra pregunta que yo ya me veía venir porque después de trabajar con criaturas, si hay algo que se adquiere, y de una manera vertiginosa, es rapidez.
"¿Por qué no lees periódicos?" Como bien demuestra este ejemplo, hay gente que se queda entrabancada en el atrium del proceso de cocción personal. Vamos, que hay gente que no madura más allá de los siete años. Una de las reglas de oro que aprendí después de los siete y antes de los ocho es que si no quieres saber algo, no lo preguntes.
Histeria Informativa se pasó el tercero de EGB jugando con la barbi, por lo que se ve. Y yo, que no soy mucho mejor ejemplo, tocando el piano sin querer preguntarle a mi madre "¿Cuánto rato más tengo que tocar?", temiendo la respuesta.
Sea como fuere, yo todavía albergaba esperanzas de que, viendo mi cara, tuviera un poco de mano izquierda y no preguntara. Pero, temeraria como era, preguntó, y honesta como soy, respondí.
Y preguntó:
"¿Por qué no lees los periódicos? Laura, te llamabas, ¿no?"
Bien, aquí tengo que hacer un par de apuntes. No puedo evitar sentir un menosprecio absoluto -que viene a ser desprecio- por esa gente que no se acuerda de tu nombre y que considera esa falta de memoria un pecado mortal y un suicidio social, y entonces prueba, y no sólo se equivoca, sino que ADEMÁs utiliza el pretérito imperfecto "te llamabas". Si me llamaba Laura, me sigo llamando, porque no me he muerto, y tampoco me ha dado tiempo de ir al registro civil y cambiarme de nombre desde hace escasamente siete minutos hasta ahora. Y si no me llamaba, o no lo sabías, o no te acordabas, ¿tan horrible es decir, sin más, "¿me puedes decir cómo te llamas otra vez, por favor?"? Francamente, no lo acabo de entender. Considero lo más normal del mundo que no se acuerde de mi nombre de buenas a primeras, puesto que nos acabamos de conocer y ella sólo era una conferenciante y nosotros, un montón de gente. Pero dejemos de lado ese detalle, porque Histeria Informativa tenía reservados otros más interesantes.
Volviendo al casus belli, que era el hecho de que yo, maldita HIJNORANTE DE LA BIDA, no leía periódicos, o no con la suficiente periodicidad... Pensé "you don't want to know" e inmediatamente le dije el por qué.
"Porque los periodistas escriben muy mal y acabo fijándome tanto en los errores que no me entero de nada, así que me limito a ver las noticias de la Dos, cuando puedo, y me compro el Time, que es semanal, está bien escrito, tengo tiempo de leérmelo y no le hago morados a nadie a la altura de las costillas cuando voy en metro o ferrocarril."
Dioses.
Aunque de buenas a primeras esta respuesta pueda parecerle una mala idea a cualquiera que no le dé dos vueltas a las cosas, aquí una que escribe, sí que se las da. A algunas cosas, no a todas.
Yo ya sabía, aunque llegué tarde y me había perdido los preliminares, que Histeria Informativa era periodista, de profesión (y por lo que se vio, de brote esquizofrénico también) pero me traía sin cuidado. O no, mejor dicho no. Quería que lo supiera.
Durante un segundo de dieciséis años, reinó en la sala un silencio de aquellos que permitían a la gente presente oir las termitas del armario.
Histeria Colectiva, digo, Informativa, me miró como si acabara de cagarme en Dios por el micrófono del altar del monasterio barroco de mi pueblo y me dijo (¿esperando dejarme mal? no lo sé. I couldn't care less, como dicen por ahí):
"Oye, yo soy periodista".
Y yo la miré fijamente a los ojos, sonreí tan ancha, sin sarcasmos, ni malas leches, con la cordialidad de un psiquiatra frente a su paciente, y le dije:
"fantástico, entonces he venido a quejarme al sitio adecuado. A ver si hacéis algo, porque nos pasamos tanto tiempo en la carrera corrigiendo vuestros textos, que para cuando los podemos traducir ya estamos a final de cuarto de carrera. Francamente."
Entonces se hizo otro silencio que duró un minuto de treinta y siete años y pico y que en absolutismo, superó realmente al primero.
Nadie decía nada. Nadie. Supongo que todo el mundo esperaba a que alguien dijera algo amable o distendido, o que no tuviera nada que ver, para cambiar de tema.
Entonces habló Sacarina, que es mi amiga tarada, la dueña de Oscar, el conejo que se cree Yorkshire. Cuando cogió aliento para ir a hablar, las caras de la gente cambiaron al MODO ALIVIO, pero antes ni de empezar, sacó un periódico que llevaba en su bolsón y dijo:
"Eso, y yo de faltas no entiendo, pero en este periódico, encima, hay un artículo con más mentiras que publicidad, que ya es decir".
Por eso adoro a las pocas amigas hembras que tengo.
Total, que lo del MODO GENERAL ALIVIO duró unos tres segundos, aproximadamente.
No quiso ni venir a tomar café con nosotras en la pausa; habráse visto.
No me gusta insultar, pero sí diagnosticar, que duele más que un insulto tirado al aire de cualquier manera. Psicóloga frustrada con madre educadora autoritaria y superprotectora. No es culpa mía ser un ogro.El primer diagnóstico que hice fue el mío, y aún ni lo he acabado.
Obviamente, tengo mi diagnóstico hecho de esta periodista también, y ni mucho menos pienso que sean todas igual. Esto era profesional los primeros tres minutos, y las tres horas y cincuenta y pico minutos restantes, fue completamente personal porque ella así lo quiso llevar:
1. Histérica, necia, y con graves problemas de adaptación.
2. Tono alto de voz, que denota ansiedad.
3. Ansiedad causada en parte por baja autoestima (el tono de voz de la gente muchas veces es inversamente proporcional a su autoestima. No siempre, sólo a veces. Como en ésta, por ejemplo).
4. Falta de confianza en sí misma, en relación estrecha con su carencia grave de autoestima.
5. Zapatos horrendos (tenía que decirlo, tenía que decirlo) y posturas extremas, tanto ideológicas, como físicas.
¿Por qué he querido explicar una historia tan larga sobre alguien que sólo pasó por mi vida una pocas horas, alguien tan insignificante en mi crecimiento personal?
Porque Histeria Informativa no es la única mujer en su situación. Las mujeres nos intentamos comer siempre las unas a las otras, y no me refiero al mismo estilo de intención ingestiva que sale en las películas porno, no.
Me refiero a que parece que las mujeres me odian antes siquiera de que empiece a hablar, por el mero hecho de ser mujer y de ir a hablar. Por el mero hecho de que en cuanto me ves, sabes que voy a decir algo.
Esto, también cabe decirlo, sólo me pasa en España. En otros países nunca me he encontrado a una mujer que fuera a la defensiva conmigo. Puedes ponerte la ropa que quieras, puedes tener el cuerpo más deseado del continente, puedes haber follado hasta con George Clooney (y te odiaré por ello, no más de treinta segundos muy supérfluos) pero por tu mirada, sé si te intimido o no, y si puedo hablar contigo o no. Otra cosa es como me dé la gana de reaccionar luego.
Este blog, pues, no contiene nada que no sea capaz de decir en persona. Simplemente, lo contiene con forma, fecha, y un poco más de orden. El día que no me sienta libre de poder ser yo, que me metan en la cárcel, que me sentiré igual, pero al menos no tendré que pagar alquiler ni facturas y podré leer sin escuchar cuál es la maldita próxima estación de las narices.
Dioses. ¿Otra vez son las once y media de la noche?
¿Cómo lo he hecho?
¿Me despertaré mañana por la tarde a lo Kafka, y me habré convertido en búho?
... ¿Qué?
Ma foi...
Resulta que en un curso que estoy haciendo, un día llegó Histeria Informativa a darnos una conferencia sobre un tema que, por cierto, no tenía, a mi entender, nada que ver con los objetivos del curso.
Pero la mujer vino, y lo primero que hizo fue preguntarme:
"¿Lees periódicos? ¿Cuáles?"
A lo que yo respondí "No" y "El País" respectivamente.
A lo que ella respondió con otra pregunta que yo ya me veía venir porque después de trabajar con criaturas, si hay algo que se adquiere, y de una manera vertiginosa, es rapidez.
"¿Por qué no lees periódicos?" Como bien demuestra este ejemplo, hay gente que se queda entrabancada en el atrium del proceso de cocción personal. Vamos, que hay gente que no madura más allá de los siete años. Una de las reglas de oro que aprendí después de los siete y antes de los ocho es que si no quieres saber algo, no lo preguntes.
Histeria Informativa se pasó el tercero de EGB jugando con la barbi, por lo que se ve. Y yo, que no soy mucho mejor ejemplo, tocando el piano sin querer preguntarle a mi madre "¿Cuánto rato más tengo que tocar?", temiendo la respuesta.
Sea como fuere, yo todavía albergaba esperanzas de que, viendo mi cara, tuviera un poco de mano izquierda y no preguntara. Pero, temeraria como era, preguntó, y honesta como soy, respondí.
Y preguntó:
"¿Por qué no lees los periódicos? Laura, te llamabas, ¿no?"
Bien, aquí tengo que hacer un par de apuntes. No puedo evitar sentir un menosprecio absoluto -que viene a ser desprecio- por esa gente que no se acuerda de tu nombre y que considera esa falta de memoria un pecado mortal y un suicidio social, y entonces prueba, y no sólo se equivoca, sino que ADEMÁs utiliza el pretérito imperfecto "te llamabas". Si me llamaba Laura, me sigo llamando, porque no me he muerto, y tampoco me ha dado tiempo de ir al registro civil y cambiarme de nombre desde hace escasamente siete minutos hasta ahora. Y si no me llamaba, o no lo sabías, o no te acordabas, ¿tan horrible es decir, sin más, "¿me puedes decir cómo te llamas otra vez, por favor?"? Francamente, no lo acabo de entender. Considero lo más normal del mundo que no se acuerde de mi nombre de buenas a primeras, puesto que nos acabamos de conocer y ella sólo era una conferenciante y nosotros, un montón de gente. Pero dejemos de lado ese detalle, porque Histeria Informativa tenía reservados otros más interesantes.
Volviendo al casus belli, que era el hecho de que yo, maldita HIJNORANTE DE LA BIDA, no leía periódicos, o no con la suficiente periodicidad... Pensé "you don't want to know" e inmediatamente le dije el por qué.
"Porque los periodistas escriben muy mal y acabo fijándome tanto en los errores que no me entero de nada, así que me limito a ver las noticias de la Dos, cuando puedo, y me compro el Time, que es semanal, está bien escrito, tengo tiempo de leérmelo y no le hago morados a nadie a la altura de las costillas cuando voy en metro o ferrocarril."
Dioses.
Aunque de buenas a primeras esta respuesta pueda parecerle una mala idea a cualquiera que no le dé dos vueltas a las cosas, aquí una que escribe, sí que se las da. A algunas cosas, no a todas.
Yo ya sabía, aunque llegué tarde y me había perdido los preliminares, que Histeria Informativa era periodista, de profesión (y por lo que se vio, de brote esquizofrénico también) pero me traía sin cuidado. O no, mejor dicho no. Quería que lo supiera.
Durante un segundo de dieciséis años, reinó en la sala un silencio de aquellos que permitían a la gente presente oir las termitas del armario.
Histeria Colectiva, digo, Informativa, me miró como si acabara de cagarme en Dios por el micrófono del altar del monasterio barroco de mi pueblo y me dijo (¿esperando dejarme mal? no lo sé. I couldn't care less, como dicen por ahí):
"Oye, yo soy periodista".
Y yo la miré fijamente a los ojos, sonreí tan ancha, sin sarcasmos, ni malas leches, con la cordialidad de un psiquiatra frente a su paciente, y le dije:
"fantástico, entonces he venido a quejarme al sitio adecuado. A ver si hacéis algo, porque nos pasamos tanto tiempo en la carrera corrigiendo vuestros textos, que para cuando los podemos traducir ya estamos a final de cuarto de carrera. Francamente."
Entonces se hizo otro silencio que duró un minuto de treinta y siete años y pico y que en absolutismo, superó realmente al primero.
Nadie decía nada. Nadie. Supongo que todo el mundo esperaba a que alguien dijera algo amable o distendido, o que no tuviera nada que ver, para cambiar de tema.
Entonces habló Sacarina, que es mi amiga tarada, la dueña de Oscar, el conejo que se cree Yorkshire. Cuando cogió aliento para ir a hablar, las caras de la gente cambiaron al MODO ALIVIO, pero antes ni de empezar, sacó un periódico que llevaba en su bolsón y dijo:
"Eso, y yo de faltas no entiendo, pero en este periódico, encima, hay un artículo con más mentiras que publicidad, que ya es decir".
Por eso adoro a las pocas amigas hembras que tengo.
Total, que lo del MODO GENERAL ALIVIO duró unos tres segundos, aproximadamente.
No quiso ni venir a tomar café con nosotras en la pausa; habráse visto.
No me gusta insultar, pero sí diagnosticar, que duele más que un insulto tirado al aire de cualquier manera. Psicóloga frustrada con madre educadora autoritaria y superprotectora. No es culpa mía ser un ogro.El primer diagnóstico que hice fue el mío, y aún ni lo he acabado.
Obviamente, tengo mi diagnóstico hecho de esta periodista también, y ni mucho menos pienso que sean todas igual. Esto era profesional los primeros tres minutos, y las tres horas y cincuenta y pico minutos restantes, fue completamente personal porque ella así lo quiso llevar:
1. Histérica, necia, y con graves problemas de adaptación.
2. Tono alto de voz, que denota ansiedad.
3. Ansiedad causada en parte por baja autoestima (el tono de voz de la gente muchas veces es inversamente proporcional a su autoestima. No siempre, sólo a veces. Como en ésta, por ejemplo).
4. Falta de confianza en sí misma, en relación estrecha con su carencia grave de autoestima.
5. Zapatos horrendos (tenía que decirlo, tenía que decirlo) y posturas extremas, tanto ideológicas, como físicas.
¿Por qué he querido explicar una historia tan larga sobre alguien que sólo pasó por mi vida una pocas horas, alguien tan insignificante en mi crecimiento personal?
Porque Histeria Informativa no es la única mujer en su situación. Las mujeres nos intentamos comer siempre las unas a las otras, y no me refiero al mismo estilo de intención ingestiva que sale en las películas porno, no.
Me refiero a que parece que las mujeres me odian antes siquiera de que empiece a hablar, por el mero hecho de ser mujer y de ir a hablar. Por el mero hecho de que en cuanto me ves, sabes que voy a decir algo.
Esto, también cabe decirlo, sólo me pasa en España. En otros países nunca me he encontrado a una mujer que fuera a la defensiva conmigo. Puedes ponerte la ropa que quieras, puedes tener el cuerpo más deseado del continente, puedes haber follado hasta con George Clooney (y te odiaré por ello, no más de treinta segundos muy supérfluos) pero por tu mirada, sé si te intimido o no, y si puedo hablar contigo o no. Otra cosa es como me dé la gana de reaccionar luego.
Este blog, pues, no contiene nada que no sea capaz de decir en persona. Simplemente, lo contiene con forma, fecha, y un poco más de orden. El día que no me sienta libre de poder ser yo, que me metan en la cárcel, que me sentiré igual, pero al menos no tendré que pagar alquiler ni facturas y podré leer sin escuchar cuál es la maldita próxima estación de las narices.
Tabaco y amor (o Cómo el Prince Charming from Down Under se ganó a la campesina a base de maletas y fe).
Once upon a time, in a far, faraway kingdom called The Land of Down Under, vivía un Príncipe Azul cuyo sueño era salir de allí para explorar nuevos mundos (y surfear cual alma libre que se lleva el viento, todo hay que decirlo).
Un día, después de ahorrar y planificar, cogió tres aviones y llegó al Condado Soleado con su maleta.
Poco pensaba el Prince Charming from Down Under, caminando con su maletón por la Gran Vía, en el lío en que se iba a meter. Porque ahorrar ahorró, pero si quieren que les diga la verdad, ya que soy la narradora omnisciente (una de las pocas cosas que aprendí en la ESO) planificar, no planificó mucho.
Once upon a time, al mismo tiempo, en un precioso lugar llamado el Condado Soleado, había una campesina cabreada con la especie humana, que llevaba meses sin dejar su humilde alcoba a causa de desengaños con sus congéneres (y de una traducción larguísima que estaba haciendo).
Una noche de primavera, la campesina le dió al vino cual hiperactivo anfetaminado, y salió con otra campesina y sendas botellas de vino en las manos.
Caminando (bueno, para concretar, lo de "caminando" es una manera elegante de ponerlo. Nos costó dos horas llegar a un garito que estaba a 15 minutos de mi casa) Pues eso, caminando, llegaron a una taberna del condado, donde solían poner el mejor rocanrol del mundo.
Allí se conocieron, como quien encuentra una historia sin complicaciones, un romance efímero para pasar el rato, unos días amables.
(Os juro que es el rollo de primavera más largo de la historia)
Pero la campesina seguía tremendamente cabreada con su especie, y un día decidió que se iba, que ya no quería seguir en el Condado Soleado. Decidió que se iría a explorar Tierras Vikingas, y tal como lo planeó, se puso manos a la obra para dejar su alcoba, sus amistades, su familia, sus ocupaciones y... al Principe Encantador de la Tierra de Down Under? Bueno, eso ya fue más complicado, porque el susodicho, muy almalibrequesellevaelviento y tal, decidió seguirla en su cruzada.
En las Tierras Vikingas pasaron épocas difíciles. Eran pobres, pero descubrieron que se llevaban bien. (déjate de amoríos y pamplinas, la vida no es una peli americana. La vida es cuando tienes que llegar a casa después de trabajar doce horas cambiando pañales y hay que ir a comprar, hacer la cena y cagarse de frío en la capital vikinga. La vida es cuando reality kicks in).
Así pasó un año, hasta que la campesina anunció un día que quería volver al Condado Soleado para acabar lo que había empezado. El Príncipe Encantador del Hemisferio Sur la apoyó, y de nuevo la siguió, no por sumisión, sino porque creía en ella.
El día menos pensado se dieron cuenta de que se querían. Se querían de una manera inusual, progresiva, confiada y sana. Se querían con sus individualismos y sus fobias. Se querían con tantas diferencias. Él era el mar y ella, ella era un mar de dudas. Él era la personificación de la naturaleza salvaje y ella era salvaje y punto. Él era la playa y la montaña. Ella era el piso y la oficina. Él era una guitarra y ella, un piano. No se completaban, ni se complementaban, ni se contradecían. Simplemente se compartían y crecían juntos.
No malinterpretéis la vida. El verdadero romance puede estar en un bocadillo de lentejas, nadie lo sabe nunca. Depende de situaciones, de palabras dichas y de las calladas también, de días, de horas, de madurar como una viña.
Paro antes de volverme real e irreversiblemente patética. Como ya he dicho, nuestra campesina es un rocanrol, no un poema por sms.
El caso es que al volver al Condado Soleado todo se complicó. Nuestro Prince Charming etcétera no podía quedarse en el Condado porque las leyes se lo impedían, así que tuvo que volver a las Tierras Vikingas y ver a su amada sólo una vez al mes. Así viveron durante meses, echándose de menos y haciendo la vida que podían, mientras anhelaban la que no podían hacer.
Al cabo de un tiempo, el padre del Prince Charming blablá les obsequió con un viaje para que fueran juntos a visitar la Tierra de Down Under.
Y allá que fueron.
La campesina casi se vuelve majara, debo decir, ya que soy omnisciente. Fue un cúmulo de sensaciones demasiado enorme para tan poco tiempo, tras lo cual tuvo que volver al Condado porque, como ya he dicho, la campesina era más terca que tres mulas y un maño, y se había empeñado en acabar lo que había empezado allí.
Pero el Prince blablabla se quedó, y la campesina, después de algún tiempo, perdió el norte, y le escribió diciéndole que ya no quería seguir sufriendo por la distancia.
Entonces fue cuando el prince Charming se acojonó y le pidió que se casara con ella y ella lo mandó a tomar por culo de mala manera. Para empezar, porque ella ni creía en los casorios, ni estaba por la labor. Además, uno no pide matrimonio cuando the shit has hit the fan. Lo pide cuando se siente enamorado y seguro de la otra persona.
Amar es algo que se contradice terriblemente con un contrato civil. Lo sé no sólo porque amo cada día sin tener que proponérmelo y sin tener que pensar en algo que he firmado, sino por dos años en la facultad de derecho que me costaron los nervios.
(Y porque como ya he dicho, soy omnisciente, qué carajo).
Un buen día, la campesina-ogro-bruja se despertó y lloró durante semanas. Después, al calmarse un poco, intentó pensar acerca de por qué había llorado tanto y, descartando que le fuera a venir la regla después de contar días con los dedos, se dio cuenta de la verdad aplastante, de la verdadera naturaleza del llanto, de lo que había estado haciéndose a sí misma y al Prince Charming que tanto la había querido y apoyado. Le quería aún. Le había echado tanto de menos que había dejado de extrañarle, que ya casi ni recordaba su voz.
Entonces vivió en sus propias carnes aquello que decían en aquella película, que cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida llegue cuanto antes.
Y le llamó.
Y él lo dejó todo y volvió junto a ella.
Y no la voy a joder ahora con el tema de la ingestión bulímica de perdices, porque no me gustan, y porque el cuento sigue aún hoy, por suerte. Y no, aún no nos hemos cadao, pero estamos en ello. (creo que el príncipe más que la campesina, pero no es una cuestión de sentimientos sino de mi odio hacia la burocracia, esa tortuga artrítica que salía en los comics de Mafalda).
Ahora la campesina está a punto de acabar lo que había empezado aquí y el futuro se presenta incierto, cosa que acojona e ilusiona a la vez, aunque no sé qué dosis hay de cada cosa ahora mismo en mi cabeza. Si sé que está por llegar un viaje muy largo, tanto geográfico como vital, y que va a ser con él, y eso me basta y me sobra, mientras me queden tabaco y amor suficientes para seguir viviendo.
THE PAUSE.
Un día, después de ahorrar y planificar, cogió tres aviones y llegó al Condado Soleado con su maleta.
Poco pensaba el Prince Charming from Down Under, caminando con su maletón por la Gran Vía, en el lío en que se iba a meter. Porque ahorrar ahorró, pero si quieren que les diga la verdad, ya que soy la narradora omnisciente (una de las pocas cosas que aprendí en la ESO) planificar, no planificó mucho.
Once upon a time, al mismo tiempo, en un precioso lugar llamado el Condado Soleado, había una campesina cabreada con la especie humana, que llevaba meses sin dejar su humilde alcoba a causa de desengaños con sus congéneres (y de una traducción larguísima que estaba haciendo).
Una noche de primavera, la campesina le dió al vino cual hiperactivo anfetaminado, y salió con otra campesina y sendas botellas de vino en las manos.
Caminando (bueno, para concretar, lo de "caminando" es una manera elegante de ponerlo. Nos costó dos horas llegar a un garito que estaba a 15 minutos de mi casa) Pues eso, caminando, llegaron a una taberna del condado, donde solían poner el mejor rocanrol del mundo.
Allí se conocieron, como quien encuentra una historia sin complicaciones, un romance efímero para pasar el rato, unos días amables.
(Os juro que es el rollo de primavera más largo de la historia)
Pero la campesina seguía tremendamente cabreada con su especie, y un día decidió que se iba, que ya no quería seguir en el Condado Soleado. Decidió que se iría a explorar Tierras Vikingas, y tal como lo planeó, se puso manos a la obra para dejar su alcoba, sus amistades, su familia, sus ocupaciones y... al Principe Encantador de la Tierra de Down Under? Bueno, eso ya fue más complicado, porque el susodicho, muy almalibrequesellevaelviento y tal, decidió seguirla en su cruzada.
En las Tierras Vikingas pasaron épocas difíciles. Eran pobres, pero descubrieron que se llevaban bien. (déjate de amoríos y pamplinas, la vida no es una peli americana. La vida es cuando tienes que llegar a casa después de trabajar doce horas cambiando pañales y hay que ir a comprar, hacer la cena y cagarse de frío en la capital vikinga. La vida es cuando reality kicks in).
Así pasó un año, hasta que la campesina anunció un día que quería volver al Condado Soleado para acabar lo que había empezado. El Príncipe Encantador del Hemisferio Sur la apoyó, y de nuevo la siguió, no por sumisión, sino porque creía en ella.
El día menos pensado se dieron cuenta de que se querían. Se querían de una manera inusual, progresiva, confiada y sana. Se querían con sus individualismos y sus fobias. Se querían con tantas diferencias. Él era el mar y ella, ella era un mar de dudas. Él era la personificación de la naturaleza salvaje y ella era salvaje y punto. Él era la playa y la montaña. Ella era el piso y la oficina. Él era una guitarra y ella, un piano. No se completaban, ni se complementaban, ni se contradecían. Simplemente se compartían y crecían juntos.
No malinterpretéis la vida. El verdadero romance puede estar en un bocadillo de lentejas, nadie lo sabe nunca. Depende de situaciones, de palabras dichas y de las calladas también, de días, de horas, de madurar como una viña.
Paro antes de volverme real e irreversiblemente patética. Como ya he dicho, nuestra campesina es un rocanrol, no un poema por sms.
El caso es que al volver al Condado Soleado todo se complicó. Nuestro Prince Charming etcétera no podía quedarse en el Condado porque las leyes se lo impedían, así que tuvo que volver a las Tierras Vikingas y ver a su amada sólo una vez al mes. Así viveron durante meses, echándose de menos y haciendo la vida que podían, mientras anhelaban la que no podían hacer.
Al cabo de un tiempo, el padre del Prince Charming blablá les obsequió con un viaje para que fueran juntos a visitar la Tierra de Down Under.
Y allá que fueron.
La campesina casi se vuelve majara, debo decir, ya que soy omnisciente. Fue un cúmulo de sensaciones demasiado enorme para tan poco tiempo, tras lo cual tuvo que volver al Condado porque, como ya he dicho, la campesina era más terca que tres mulas y un maño, y se había empeñado en acabar lo que había empezado allí.
Pero el Prince blablabla se quedó, y la campesina, después de algún tiempo, perdió el norte, y le escribió diciéndole que ya no quería seguir sufriendo por la distancia.
Entonces fue cuando el prince Charming se acojonó y le pidió que se casara con ella y ella lo mandó a tomar por culo de mala manera. Para empezar, porque ella ni creía en los casorios, ni estaba por la labor. Además, uno no pide matrimonio cuando the shit has hit the fan. Lo pide cuando se siente enamorado y seguro de la otra persona.
Amar es algo que se contradice terriblemente con un contrato civil. Lo sé no sólo porque amo cada día sin tener que proponérmelo y sin tener que pensar en algo que he firmado, sino por dos años en la facultad de derecho que me costaron los nervios.
(Y porque como ya he dicho, soy omnisciente, qué carajo).
Un buen día, la campesina-ogro-bruja se despertó y lloró durante semanas. Después, al calmarse un poco, intentó pensar acerca de por qué había llorado tanto y, descartando que le fuera a venir la regla después de contar días con los dedos, se dio cuenta de la verdad aplastante, de la verdadera naturaleza del llanto, de lo que había estado haciéndose a sí misma y al Prince Charming que tanto la había querido y apoyado. Le quería aún. Le había echado tanto de menos que había dejado de extrañarle, que ya casi ni recordaba su voz.
Entonces vivió en sus propias carnes aquello que decían en aquella película, que cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida llegue cuanto antes.
Y le llamó.
Y él lo dejó todo y volvió junto a ella.
Y no la voy a joder ahora con el tema de la ingestión bulímica de perdices, porque no me gustan, y porque el cuento sigue aún hoy, por suerte. Y no, aún no nos hemos cadao, pero estamos en ello. (creo que el príncipe más que la campesina, pero no es una cuestión de sentimientos sino de mi odio hacia la burocracia, esa tortuga artrítica que salía en los comics de Mafalda).
Ahora la campesina está a punto de acabar lo que había empezado aquí y el futuro se presenta incierto, cosa que acojona e ilusiona a la vez, aunque no sé qué dosis hay de cada cosa ahora mismo en mi cabeza. Si sé que está por llegar un viaje muy largo, tanto geográfico como vital, y que va a ser con él, y eso me basta y me sobra, mientras me queden tabaco y amor suficientes para seguir viviendo.
THE PAUSE.
My brain is hanging upside down
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. Escuchando grandes temas de The Ramones con el café. Hay un antes y un después en mi vida desde que descubrí el café y el rocanrol, sin duda. Bueno, de ambos descubrimientos hace ya años y años, pero sigo dando gracias a la Madre Naturaleza cada mañana.
2. He dormido como Macgaiber: en una posición imposible y con los ojos abiertos. De camino al baño, las desgraciadas circunstancias del piso han querido que captara mi propia imagen mal pegada al espejo del lavabo y casi sufro un infarto cerebral. (no, esa no eres tú, no eres tú, no mires, no mires!)
3. Me he propuesto firmemente no fumar tanto por las noches, para no tener aspecto de haber sido atacada durante la noche por un ejército paramilitar de cirujanos terroristas con agujas de colágeno, cuando me levanto. Cada día me asusta más mi asombroso parecido con Carmen de Mairena (bueno, ahí tengo que hacer un apunte: no le he visto nunca los bajos al especimen).
4. Debería ir a la facultad, pero como ya expliqué ayer, es mejor que no. Tres días de no perderme ni una clase acabarían conmigo recogiendo firmas para declarar al 99% del profesorado personas non gratas. No, no, no, a mi edad ya no puedo hacer eso. Bueno, sí puedo, sí puedo, lo que pasa es que tengo cosas mejores que hacer.
COSAS POR HACER:
1. Limpiar, fregar y hacer todas esas cosas que dije que iba a hacer ayer y que al final no pude hacer porque me fui a cenar al chino de abajo.
2. Dejar de ir a cenar al chino de abajo.
3. Redactar pacto de no agresión con condiciones estipuladas en cláusulas para las larvas de no sé qué tipo de insecto que, como ya mencioné, han acampado en el baño y la cocina. En la cocina vale, porque se ha fundido la bombilla y como no soy capaz de cambiarla, no veo los bichos, pero en el baño ya es abuso de confianza.
4. Ir al supermercado y comprar comida sana. El sábado vuelve Craig y no quiero que piense que he estado viviendo a lo Basureitor. (manque sea verdá. A las parejas no hay que contárselo todo).
5. Explicarle seriamente a Oscar , el conejo con problemas de identidad, antes de que vuelva con la pirada de su dueña, que no es un perro, que es un conejo y que por lo tanto no tiene por qué venir cuando le llamas, ni por qué echarse en el sofa con las orejas caídas a ver la tele. Os digo que es un perro atrapado en el cuerpo de un conejo. Empiezo a pensar que mi amiga, Sacarina, a parte de todos los cursillo de cosas raras que ha hecho, seguro que ha hecho alguno de hipnosis animal y ha pensado: " no tengo pelas para comprarme un perro pequeño, así que me compro un conejo, le digo que es un Yorkshire y andando" Qué crueldad, la tía, con lo jipi y amante de la naturaleza que parece... En fin, Oscar no se irá de aquí sin que le haya hecho el lavado de cerebro que necesita.
6. Pensar en qué le compro a Craig para nuestro aniversario. Un día de éstos hace tres años que nos conocimos ( esa historia ya volveré) y me hace mucha ilusión comprarle una guitarra eléctrica y un ampli, más que nada porque los vecinos me caen fatal. (El romanticismo no está reñido con el sentido práctico de la vida, como véis).
7. Volver a hacer piscinas, a ver si me baja la recipiente barriga cervecera, y este fin de semana dejar de creerme la reina de la Boldam, que menuda pájara pillé el otro día.
8. Explicaros cómo conocí a Craig, que es una historia de lo menos interesante de la historia mundial de las historias, pero su peculiaridad la hace, si más no, un tanto romántica. (Basándome en mi idea de lo romántico, id est.)
Segundo café. Ahora vuelvo.
1. Escuchando grandes temas de The Ramones con el café. Hay un antes y un después en mi vida desde que descubrí el café y el rocanrol, sin duda. Bueno, de ambos descubrimientos hace ya años y años, pero sigo dando gracias a la Madre Naturaleza cada mañana.
2. He dormido como Macgaiber: en una posición imposible y con los ojos abiertos. De camino al baño, las desgraciadas circunstancias del piso han querido que captara mi propia imagen mal pegada al espejo del lavabo y casi sufro un infarto cerebral. (no, esa no eres tú, no eres tú, no mires, no mires!)
3. Me he propuesto firmemente no fumar tanto por las noches, para no tener aspecto de haber sido atacada durante la noche por un ejército paramilitar de cirujanos terroristas con agujas de colágeno, cuando me levanto. Cada día me asusta más mi asombroso parecido con Carmen de Mairena (bueno, ahí tengo que hacer un apunte: no le he visto nunca los bajos al especimen).
4. Debería ir a la facultad, pero como ya expliqué ayer, es mejor que no. Tres días de no perderme ni una clase acabarían conmigo recogiendo firmas para declarar al 99% del profesorado personas non gratas. No, no, no, a mi edad ya no puedo hacer eso. Bueno, sí puedo, sí puedo, lo que pasa es que tengo cosas mejores que hacer.
COSAS POR HACER:
1. Limpiar, fregar y hacer todas esas cosas que dije que iba a hacer ayer y que al final no pude hacer porque me fui a cenar al chino de abajo.
2. Dejar de ir a cenar al chino de abajo.
3. Redactar pacto de no agresión con condiciones estipuladas en cláusulas para las larvas de no sé qué tipo de insecto que, como ya mencioné, han acampado en el baño y la cocina. En la cocina vale, porque se ha fundido la bombilla y como no soy capaz de cambiarla, no veo los bichos, pero en el baño ya es abuso de confianza.
4. Ir al supermercado y comprar comida sana. El sábado vuelve Craig y no quiero que piense que he estado viviendo a lo Basureitor. (manque sea verdá. A las parejas no hay que contárselo todo).
5. Explicarle seriamente a Oscar , el conejo con problemas de identidad, antes de que vuelva con la pirada de su dueña, que no es un perro, que es un conejo y que por lo tanto no tiene por qué venir cuando le llamas, ni por qué echarse en el sofa con las orejas caídas a ver la tele. Os digo que es un perro atrapado en el cuerpo de un conejo. Empiezo a pensar que mi amiga, Sacarina, a parte de todos los cursillo de cosas raras que ha hecho, seguro que ha hecho alguno de hipnosis animal y ha pensado: " no tengo pelas para comprarme un perro pequeño, así que me compro un conejo, le digo que es un Yorkshire y andando" Qué crueldad, la tía, con lo jipi y amante de la naturaleza que parece... En fin, Oscar no se irá de aquí sin que le haya hecho el lavado de cerebro que necesita.
6. Pensar en qué le compro a Craig para nuestro aniversario. Un día de éstos hace tres años que nos conocimos ( esa historia ya volveré) y me hace mucha ilusión comprarle una guitarra eléctrica y un ampli, más que nada porque los vecinos me caen fatal. (El romanticismo no está reñido con el sentido práctico de la vida, como véis).
7. Volver a hacer piscinas, a ver si me baja la recipiente barriga cervecera, y este fin de semana dejar de creerme la reina de la Boldam, que menuda pájara pillé el otro día.
8. Explicaros cómo conocí a Craig, que es una historia de lo menos interesante de la historia mundial de las historias, pero su peculiaridad la hace, si más no, un tanto romántica. (Basándome en mi idea de lo romántico, id est.)
Segundo café. Ahora vuelvo.
La última girl-scout.
Estado general de la situación (sin enumerar. A estas horas, y con un conejo hiperactivo machacándome los juanetes que seguramente me van a salir, ya no me salen los números).
Estos días sin Craig me siento como Bruce Willis en aquella película, "El último boy-scout". Me levanto a las mil y pico sin haber dormido nada, analizando las vibraciones por segundo de cada mínima manifestación acústica de mi entorno (not bad para ser medio sorda y negeada de las matemáticas, debo decir a mi favor), me hago un café mientras me rasco la cabeza y le gruño algo a Macgaiber que ni yo misma entiendo, para irme directamente al ordenador, que es donde dejo el tabaco, y encenderme un piti y creerme dura y pensar que mi vida es una mierda. Mi vida siempre es una mierda antes del café. No vale un vaso de leche (puaj, puaj, puaj), ni ningún sucedáneo de esos "multinutritivos", ni que decir ya de un yogur o, ¡PEOR! café instantáneo. No. Tiene que ser café de los muy cafeteros, de esos que te lo bebes masticando y que, como dice Craig, it goes right through you. Literalmente: te atraviesa. Tampoco entraré ahora en escatologías.
Así que la última girl-scout se rasca la cabeza, se mira esa recipiente barriga cervecera que no le deja verse los pies y se bebe a mordiscos el café mientras piensa, muy agramaticalmente, en qué excusa ponerse esta vez para no ir a la facultad. El ordenador está encendido y tiene prácticas por entregar.
En realidad no hay excusa que valga: soy una tía demasiado dura como para ir a la facultad. Y no lo digo por decir, no. Es que soy demasiado vieja y he viajado demasiado para llegar a una clase de traducción de inglés y encontrarme a una Cuarentaytantos con inglés de Tegucigalpa intentando imponerme cómo cree (sabe) ella que habla un neozelandés. For Heaven's sake, woman. He vivido con neozelandeses y neozelandesas (la tía ni siquiera sabía que se les llama kiwis. Hice alguna referencia, que me salió del alma o del instinto esnob, y me preguntó qué tenía que ver la fruta con la traducción que estábamos haciendo. Me lo puso en bandeja. No quería dejarla en evidencia ante su séquito, pero me lo pedía a gritos. Acabáramos.). Uno de mis mejores amigos es kiwi, de hecho, y no se lo dije a Cuarentaytantos porque ella es "El boli que pone la nota" -a lo de Mornay, os lo juro- y una no está ya para revoluciones universitarias, pero me quedé con las ganas de decirle que dejara de engañar a las pobres niñas de diecinueve o veintipocos y que se fuera al Himalaya a enseñar inglés a las cabras montesas, o que se fuera a estudiar el apareamiento de los pájaros de plumas de diferente color. Por hacer algo menos destructivo que crear conceptos erróneos.
También me he quedado con ganas de decirle a más de un personaje del personal docente -válgame la cacofonía- que "usted es de esas personas que da mal nombre a la profesión. Es por gente como usted que empezó a circular el dicho de "Those who CAN'T, teach".
Con tanto animal de granja suelto, me cuesta horrores ir a la facultad y no cabrearme. Me dan ganas de decirles que yo ya traducía e interpretaba cuando ellas/os aún estaban intentando encontrarse los genitales (en el sentido profesional, quiero decir) Lo malo es que es lo que dice mi señora madre, la diplomática, y no le pudeo quitar ni un ápice de razón: "hay quienes pudieron llegar a ser sabios/as si no hubieran pensado que ya lo eran".
Por eso me gusta escuchar a mis alumnas y alumnos. Porque, heeey, a veces me equivoco y otras no llego, como todo ser humano. Eso lo advierto siempre a principio de curso, y aunque las leyes de gramática vayan a misa, mis clases en general son ateas en ese aspecto. Todo el mundo aporta algo. Al menos, es lo que intento. A veces incluso fallo a propósito, a ver si me están siguiendo. (y vaya si me siguen, la endemoniada tropa)
Pues sí, estos días me creo super-dura. No me dejo barba de tres días porque no tengo, pero fumo como un carretero con depresión permanente y me han salido unos granos en la cara de tanto comer en el chino de abajo que creo que voy a filmarme y publicarlo como película gore.
Oscar, el conejo con problemas de identidad, se está atragantando con la comida.
Y yo me sigo creyendo la última girl-scout.
Porque estoy escuchando uno de mis temas favoritos de Elvis Costello pensando que si alguien a quien no conozco absolutamente de nada me escribiera una canción así, me fugaría con él sin pensarlo un minuto.
Porque a pesar de que tengo que acabar la puta carrera a la puta carrera, no soy capaz de encontrar la madurez para pensar de manera práctica y comportarme cual oveja entrenada para no pensar, y a veces les digo cosas a los profesores... cosas que no quieren oir.
Porque sé estar sola o acompañada, pero ahora mismo me siento sola porque él está, pero está lejos, y eso me trae malos recuerdos. Ya nos ha pasado antes, y ya sabía qué tipo de trabajo tenía él desde que empezamos a hablar aquel día.
Porque quiero ser la Lara Croft del gimnasio, pero también la Virginia Woolf de las profesoras de inglés, y lo que la gente recuerda de ella es su presunta locura, no su genio.
Porque estoy completamente acojonada ante la idea de no ser estudiante nunca más, con lo que me gusta a mí ser estudiante.
Y porque estoy completamente acojonada por todo ahora mismo, y nunca me han educado para lidiar con los miedos. En mi familia nadie tiene miedo de nada. (o no es legal).
"Ain't no sunshine when he's gone"....
Estos días sin Craig me siento como Bruce Willis en aquella película, "El último boy-scout". Me levanto a las mil y pico sin haber dormido nada, analizando las vibraciones por segundo de cada mínima manifestación acústica de mi entorno (not bad para ser medio sorda y negeada de las matemáticas, debo decir a mi favor), me hago un café mientras me rasco la cabeza y le gruño algo a Macgaiber que ni yo misma entiendo, para irme directamente al ordenador, que es donde dejo el tabaco, y encenderme un piti y creerme dura y pensar que mi vida es una mierda. Mi vida siempre es una mierda antes del café. No vale un vaso de leche (puaj, puaj, puaj), ni ningún sucedáneo de esos "multinutritivos", ni que decir ya de un yogur o, ¡PEOR! café instantáneo. No. Tiene que ser café de los muy cafeteros, de esos que te lo bebes masticando y que, como dice Craig, it goes right through you. Literalmente: te atraviesa. Tampoco entraré ahora en escatologías.
Así que la última girl-scout se rasca la cabeza, se mira esa recipiente barriga cervecera que no le deja verse los pies y se bebe a mordiscos el café mientras piensa, muy agramaticalmente, en qué excusa ponerse esta vez para no ir a la facultad. El ordenador está encendido y tiene prácticas por entregar.
En realidad no hay excusa que valga: soy una tía demasiado dura como para ir a la facultad. Y no lo digo por decir, no. Es que soy demasiado vieja y he viajado demasiado para llegar a una clase de traducción de inglés y encontrarme a una Cuarentaytantos con inglés de Tegucigalpa intentando imponerme cómo cree (sabe) ella que habla un neozelandés. For Heaven's sake, woman. He vivido con neozelandeses y neozelandesas (la tía ni siquiera sabía que se les llama kiwis. Hice alguna referencia, que me salió del alma o del instinto esnob, y me preguntó qué tenía que ver la fruta con la traducción que estábamos haciendo. Me lo puso en bandeja. No quería dejarla en evidencia ante su séquito, pero me lo pedía a gritos. Acabáramos.). Uno de mis mejores amigos es kiwi, de hecho, y no se lo dije a Cuarentaytantos porque ella es "El boli que pone la nota" -a lo de Mornay, os lo juro- y una no está ya para revoluciones universitarias, pero me quedé con las ganas de decirle que dejara de engañar a las pobres niñas de diecinueve o veintipocos y que se fuera al Himalaya a enseñar inglés a las cabras montesas, o que se fuera a estudiar el apareamiento de los pájaros de plumas de diferente color. Por hacer algo menos destructivo que crear conceptos erróneos.
También me he quedado con ganas de decirle a más de un personaje del personal docente -válgame la cacofonía- que "usted es de esas personas que da mal nombre a la profesión. Es por gente como usted que empezó a circular el dicho de "Those who CAN'T, teach".
Con tanto animal de granja suelto, me cuesta horrores ir a la facultad y no cabrearme. Me dan ganas de decirles que yo ya traducía e interpretaba cuando ellas/os aún estaban intentando encontrarse los genitales (en el sentido profesional, quiero decir) Lo malo es que es lo que dice mi señora madre, la diplomática, y no le pudeo quitar ni un ápice de razón: "hay quienes pudieron llegar a ser sabios/as si no hubieran pensado que ya lo eran".
Por eso me gusta escuchar a mis alumnas y alumnos. Porque, heeey, a veces me equivoco y otras no llego, como todo ser humano. Eso lo advierto siempre a principio de curso, y aunque las leyes de gramática vayan a misa, mis clases en general son ateas en ese aspecto. Todo el mundo aporta algo. Al menos, es lo que intento. A veces incluso fallo a propósito, a ver si me están siguiendo. (y vaya si me siguen, la endemoniada tropa)
Pues sí, estos días me creo super-dura. No me dejo barba de tres días porque no tengo, pero fumo como un carretero con depresión permanente y me han salido unos granos en la cara de tanto comer en el chino de abajo que creo que voy a filmarme y publicarlo como película gore.
Oscar, el conejo con problemas de identidad, se está atragantando con la comida.
Y yo me sigo creyendo la última girl-scout.
Porque estoy escuchando uno de mis temas favoritos de Elvis Costello pensando que si alguien a quien no conozco absolutamente de nada me escribiera una canción así, me fugaría con él sin pensarlo un minuto.
Porque a pesar de que tengo que acabar la puta carrera a la puta carrera, no soy capaz de encontrar la madurez para pensar de manera práctica y comportarme cual oveja entrenada para no pensar, y a veces les digo cosas a los profesores... cosas que no quieren oir.
Porque sé estar sola o acompañada, pero ahora mismo me siento sola porque él está, pero está lejos, y eso me trae malos recuerdos. Ya nos ha pasado antes, y ya sabía qué tipo de trabajo tenía él desde que empezamos a hablar aquel día.
Porque quiero ser la Lara Croft del gimnasio, pero también la Virginia Woolf de las profesoras de inglés, y lo que la gente recuerda de ella es su presunta locura, no su genio.
Porque estoy completamente acojonada ante la idea de no ser estudiante nunca más, con lo que me gusta a mí ser estudiante.
Y porque estoy completamente acojonada por todo ahora mismo, y nunca me han educado para lidiar con los miedos. En mi familia nadie tiene miedo de nada. (o no es legal).
"Ain't no sunshine when he's gone"....
The shit collector
... Que viene a ser mi piso en estos momentos. Me estoy acordando de esa expresión que tanto le gustaba utilizar a mi madre, refiriéndose a mi habitación: "está que se cae de mierda" (es que mi madre siempre ha sido muy diplomática ella; es educadora, no puede evitarlo).
Tengo que fregar, limpiar, lavar, barrer, volver a fregar y limpiar, poner un total (a calcular por el volumen del cesto de la ropa) de veintidós lavadoras (contando las de ropa blanca también, eso sí) y hacer una mesa redonda con las larvas de no sé que tipo de insecto que se empiezan a instalar en la cocina y el baño para explicarles, y que les quede claro, que mi casa no es un campo de refugiados para especies animales inferiores. Ya tengo bastante con Macgaiber, y desde ayer por la noche, Oscar.
Oscar es el conejo enano (que tiene de enano lo mismo que yo de genio de las matemáticas, más o menos) de una amiga mía que se ha tenido que ir unos días.
Mi casa parece el zoo de Londres en un mal día, y lo peor, aunque me cueste admitirlo, es que las jaulas de los animalitos están más limpias que mi espacio.
Ahora es cuando Dostoievskyj levantaría la cabeza y, tras darse con la tapa, diría: "A veces comparamos la brutalidad humana con la de las bestias. Eso es insultarlas".
Y qué razón tenía el hombre.
Tengo que fregar, limpiar, lavar, barrer, volver a fregar y limpiar, poner un total (a calcular por el volumen del cesto de la ropa) de veintidós lavadoras (contando las de ropa blanca también, eso sí) y hacer una mesa redonda con las larvas de no sé que tipo de insecto que se empiezan a instalar en la cocina y el baño para explicarles, y que les quede claro, que mi casa no es un campo de refugiados para especies animales inferiores. Ya tengo bastante con Macgaiber, y desde ayer por la noche, Oscar.
Oscar es el conejo enano (que tiene de enano lo mismo que yo de genio de las matemáticas, más o menos) de una amiga mía que se ha tenido que ir unos días.
Mi casa parece el zoo de Londres en un mal día, y lo peor, aunque me cueste admitirlo, es que las jaulas de los animalitos están más limpias que mi espacio.
Ahora es cuando Dostoievskyj levantaría la cabeza y, tras darse con la tapa, diría: "A veces comparamos la brutalidad humana con la de las bestias. Eso es insultarlas".
Y qué razón tenía el hombre.
I fought the net (and I won)
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. Satisfactorio. O casi. No conozco a mucha gente que haya tardado más de un mes en poder hacer funcionar el dichoso adsl, que haya involucrado a amigos/as, familiares, vecinos/as, personal docente de la universidad e incluso a una chinchilla macho con graves problemas de sobrepeso en su cruzada cibernauta en busca del problema que causaba la muerte súbita del sistema entero cada vez que intentaba conectarse a internet.
Al final lo he conseguido (aunque tampoco es para cantar victoria, porque no sé cómo lo he hecho, por lo tanto no sabré volver a hacerlo si vuelve a pasar).
Mientras tanto, tienes que ir oyendo frasecitas de informáticos/as que, intentando ayudarte, sueltan párrafos lapidarios del estilo de "Pero si es sólo una cuestión de ceros y unos, mujer".
Es que precisamente yo no entiendo de ceros ni de unos, como tampoco entiendo de blancos y negros absolutos, o de síes y noes absolutos. O de cosas absolutas en absoluto. Todo tiene matices.
2. (vid. 1) Mi cabeza no cuenta con un sistema operativo compatible con la informática. Yo entiendo de sintaxis, de músicos que follaban demasiado con quien no debían, de sonatas, de rocanrol y de matar delincuentes atropellándolos con el primer cochazo que pueda robar (tengo que dejar la pleisteixon. Lo prometo. En cuanto supere la ausencia de Risk debida al susodicho reformateo contínuo al que he tenido que someter al ordenador).
3. Esta semana estoy sola con Macgaiber (la chinchilla macho con serios problemas de sobrepeso). Creo que Macgaiber es leo. Llevo ya tiempo observando su comportamiento y no tiene nada que ver con lo que dicen los libros sobre chinchillas. Me he informado: Las chinchillas en teoría son vitales y escurridizas.
Por la parte que le toca de escurridizo, el tío cumple, lo juro.
Pero lo de vital lo lleva mal, para qué negarlo. Si lo sueltas, se mete debajo de la nevera, en vez de correr por ahí y ser mono, que es su trabajo y su rol en el micromedio doméstico, y no sale a no ser que hagas crujir una patata frita en el suelo. Entonces sí que es vital, el desgraciado. Entendiendo por vitalidad la suficiente rapidez y elegancia de movimiento para asomar el morro, pillar la patata y volver a esconderse debajo de la dichosa nevera.
Macgaiber tiene ataques de ingestión compulsiva de comida procesada que rozan las cotas más despiadadas y selectivas de la bulimia.
4. Por fin he logrado empezar a ir al gimnasio con una asiduidad respetable (dos veces por semana durante tres o cuatro semanas), para darme cuenta de que en vez de a la Jolie en Lara Croft, cada vez me parezco más a la Swank en Million Dollar Baby.
Porca miseria.
Eso sí, a partir de ahora cualquiera me va a toser. Unas cuantas piscinitas más y quizá en vez de desempleada, en cuanto acabe la carrera puedo ser segurata en el peor antro de Europa. (de Europa por lo de los papeles, y tal).
Qué le vamos a hacer, mi profesora de ballet (ver presentaciones) tenía razón. Yo no me fibro y ya está, yo me enmusculo, en todo el esplendor de la palabra, porque también se me está poniendo un culo de esos de mulata cantante. Estoy convencida de que en mi vida anterior era de otra raza.
5. Añoro a Craig. Tengo toda la Playstation para mí, todo el ordenador (e-mule incluído) y toda la cama, que no es poco. Pero es triste. Vuelve dentro de una semana, si no decide quedarse por las Galias- donde ha ido por cosas del trabajo- con alguna pelambrusca.
COSAS POR HACER:
1. Acostarme pronto (vaya, too late, ya no va a poder ser)
2. Intentar dormir (ver 1)
3. Idear una dieta hipocalórica para Macgaiber .(se come mis cereales, el mamón, pero no le des una hoja de lechuga si no quieres tener la experiencia más insólita que puede vivir un ser humano, que es ver a un roedor partirse el culo de risa, con lágrimas en los ojillos y todo)
O llevármelo al gimnasio y tirarlo a la piscina, para que aprenda a nadar o asuma las consecuencias.
4. Dejar de tener pensamientos satánicos acerca de la apatía y el pasotismo general de la mascota a la que se supone que tengo que mimar y adorar.
5. Dejar de tener pensamientos satánicos acerca del paradero de Craig, que ni me ha llamado, y de qué puede estar haciendo en la costa más pija del mundo, lejos de mi vigilancia.
6. Dejar de tener pensamientos satánicos acerca de las mujeres francesas y de por qué nunca llevan sostenes.
7. Pensar en Vin Diesel instead. Oooommmmm...
8. Pensar en el mortal dolor de cabeza que tendré mañana si no dejo de encenderme un cigarro con otro a cause de todos los pensamientos satánicos acumulados en la neurona y media con sinapsis atrofiada que me ha quedado después de la caraja que pillé el viernes.
5. Dejar de pensar.
1. Satisfactorio. O casi. No conozco a mucha gente que haya tardado más de un mes en poder hacer funcionar el dichoso adsl, que haya involucrado a amigos/as, familiares, vecinos/as, personal docente de la universidad e incluso a una chinchilla macho con graves problemas de sobrepeso en su cruzada cibernauta en busca del problema que causaba la muerte súbita del sistema entero cada vez que intentaba conectarse a internet.
Al final lo he conseguido (aunque tampoco es para cantar victoria, porque no sé cómo lo he hecho, por lo tanto no sabré volver a hacerlo si vuelve a pasar).
Mientras tanto, tienes que ir oyendo frasecitas de informáticos/as que, intentando ayudarte, sueltan párrafos lapidarios del estilo de "Pero si es sólo una cuestión de ceros y unos, mujer".
Es que precisamente yo no entiendo de ceros ni de unos, como tampoco entiendo de blancos y negros absolutos, o de síes y noes absolutos. O de cosas absolutas en absoluto. Todo tiene matices.
2. (vid. 1) Mi cabeza no cuenta con un sistema operativo compatible con la informática. Yo entiendo de sintaxis, de músicos que follaban demasiado con quien no debían, de sonatas, de rocanrol y de matar delincuentes atropellándolos con el primer cochazo que pueda robar (tengo que dejar la pleisteixon. Lo prometo. En cuanto supere la ausencia de Risk debida al susodicho reformateo contínuo al que he tenido que someter al ordenador).
3. Esta semana estoy sola con Macgaiber (la chinchilla macho con serios problemas de sobrepeso). Creo que Macgaiber es leo. Llevo ya tiempo observando su comportamiento y no tiene nada que ver con lo que dicen los libros sobre chinchillas. Me he informado: Las chinchillas en teoría son vitales y escurridizas.
Por la parte que le toca de escurridizo, el tío cumple, lo juro.
Pero lo de vital lo lleva mal, para qué negarlo. Si lo sueltas, se mete debajo de la nevera, en vez de correr por ahí y ser mono, que es su trabajo y su rol en el micromedio doméstico, y no sale a no ser que hagas crujir una patata frita en el suelo. Entonces sí que es vital, el desgraciado. Entendiendo por vitalidad la suficiente rapidez y elegancia de movimiento para asomar el morro, pillar la patata y volver a esconderse debajo de la dichosa nevera.
Macgaiber tiene ataques de ingestión compulsiva de comida procesada que rozan las cotas más despiadadas y selectivas de la bulimia.
4. Por fin he logrado empezar a ir al gimnasio con una asiduidad respetable (dos veces por semana durante tres o cuatro semanas), para darme cuenta de que en vez de a la Jolie en Lara Croft, cada vez me parezco más a la Swank en Million Dollar Baby.
Porca miseria.
Eso sí, a partir de ahora cualquiera me va a toser. Unas cuantas piscinitas más y quizá en vez de desempleada, en cuanto acabe la carrera puedo ser segurata en el peor antro de Europa. (de Europa por lo de los papeles, y tal).
Qué le vamos a hacer, mi profesora de ballet (ver presentaciones) tenía razón. Yo no me fibro y ya está, yo me enmusculo, en todo el esplendor de la palabra, porque también se me está poniendo un culo de esos de mulata cantante. Estoy convencida de que en mi vida anterior era de otra raza.
5. Añoro a Craig. Tengo toda la Playstation para mí, todo el ordenador (e-mule incluído) y toda la cama, que no es poco. Pero es triste. Vuelve dentro de una semana, si no decide quedarse por las Galias- donde ha ido por cosas del trabajo- con alguna pelambrusca.
COSAS POR HACER:
1. Acostarme pronto (vaya, too late, ya no va a poder ser)
2. Intentar dormir (ver 1)
3. Idear una dieta hipocalórica para Macgaiber .(se come mis cereales, el mamón, pero no le des una hoja de lechuga si no quieres tener la experiencia más insólita que puede vivir un ser humano, que es ver a un roedor partirse el culo de risa, con lágrimas en los ojillos y todo)
O llevármelo al gimnasio y tirarlo a la piscina, para que aprenda a nadar o asuma las consecuencias.
4. Dejar de tener pensamientos satánicos acerca de la apatía y el pasotismo general de la mascota a la que se supone que tengo que mimar y adorar.
5. Dejar de tener pensamientos satánicos acerca del paradero de Craig, que ni me ha llamado, y de qué puede estar haciendo en la costa más pija del mundo, lejos de mi vigilancia.
6. Dejar de tener pensamientos satánicos acerca de las mujeres francesas y de por qué nunca llevan sostenes.
7. Pensar en Vin Diesel instead. Oooommmmm...
8. Pensar en el mortal dolor de cabeza que tendré mañana si no dejo de encenderme un cigarro con otro a cause de todos los pensamientos satánicos acumulados en la neurona y media con sinapsis atrofiada que me ha quedado después de la caraja que pillé el viernes.
5. Dejar de pensar.





