In memoriam.
Aprovechando que ayer fue el Memorial Day en Estados Unidos, hoy me gustaría hablar de cementerios, y de lo que albergan.
El Memorial Day, para aquellas personas que no estén familiarizadas con las fiestas paganas, es un día para montar barbacoas de esas que salen en las películas, en que el padre está con las brasas, las criaturas corretean por ahí, y va llegando la familia, y las madres van saliendo con más hot dogs, cazuelas llenas de mayonesa con alguna hoja de lechuga flotando en su interior, la tradicional American Pie de manzana, grilled cheese sandwiches y qué sé yo cuántas carajadas hipercalóricas e hiponutritivas más.
Bueno, eso es, más o menos, lo que le dirá el especimen estadounidense de a pie, claro. (Y ¡mira que va todo el mundo en coche! Con lo pedestrians que llegan a ser a veces...)
Lo que les diré yo, si es, repito, que no tenían una familiaridad especial con el tema (ni les suena de las pelis) es que el Memorial Day es el día en que se recuerda al millón coma uno de soldados (hombres y mujeres) muertos/as en acto de servicio, y también, si aún te queda espacio en la memoria después de tanta vergüenza, las causas por las que murieron.
El sitio por excelencia para recordar mejor a estos/as muertos/as es, sin duda, el cementerio de Arlington, en Virginia, justo al lado de Washington D.C.
En la entrada hay un letrero que dice:
"Welcome to Arlington National Cemetery, our nation's most sacred shrine. Please conduct yourselves with dignity and respect at all times. Please remember these are hallowed grounds."
Y sí, es ese cementerio que sale en las pelis tan a menudo. Para que se hagan una idea de la recua de cadáveres que llega a haber en Arlington, sólo les explicaré una pequeña anécdota: Mis padres tuvieron la magnífica idea de visitar el susodicho cementerio, en uno de sus viajes a los EEUU, y vieron la archiconocida e inmensa placa con los nombres de todos los soldados enterrados allí de los que se sabía el nombre. Cuál no sería su sorpresa al leer (que yo me pregunto, ¿para qué querían leerse los nombres de un millón y pico de personas a las que no conocían? Pero conociendo a mi señora madre, anything goes.)
En fin, cuál no sería su sorpresa al leer el nombre y los apellidos de mi hermano en aquella placa. Ya imagino a mi madre: "Cariño, llama a casa, a ver si el niño está bien, que me ha entrado un escalofrío...". Pues sí. Mucha gente debe de haber para encontrarte a un "Spaniard", con tu nombre y apellidos, en un país donde ni siquiera ponen dos apellidos a la gente. No es casualidad. Es que hay tanta gente enterrada allí, que no me sorprendería encontrarme con el mío propio.
Incluso tienen una "Tomb of the Unknowns", un tributo a aquella gente cuyo nombre, probablemente en una de aquellas plaquitas metálicas que llevan colgadas del cuello, quedó sepultado bajo los escombros resultantes de una bomba, o vayan ustedes a saber... Muy democrático. Eso de embriagar al pueblo con delirios de grandeza y patriotismo para luego poder dedicarles una tumba a los/as desconocidos/as y encima quedar como Dios.
Vuelvo a leerme el letrero de la entrada: "...Please conduct yourselves with dignity and respect at all times." Reflexiono.
Me hace pensar en muchas cosas. No soy una persona dada a visitar cementerios ni tumbas, sobre todo tras la muerte de la persona a la que más he querido y admirado en este mundo, pero no puedo evitar, al ver toda esta parafernalia que envuelve a esas barras y esas estrellas tan "dignas" (dignidad, no en el sentido en que yo la entiendo, sino más bien... ver post "retrato de una llama")... recordar un cementerio en el que SÍ me forcé a entrar, me costara lo que me costara. El cementerio del Père Lachaise, en París.

No voy a hacerles adivinar cuáles son las "siete diferencias", ni nada de eso. Para empezar, porque más que siete hay siete millones, y para continuar, porque las diferencias son escandalosas. Mientras iban enterrando, en Arlington, a las personas que con gran dignidad
e irrebatible patriotismo habían luchado y matado a sangre fría, sin pensar y sin plantearse por un momento la posibilidad de cuestionarse órdenes, en París enterraban a las que no querían en América, a todas aquellas escritoras lesbianas, por ejemplo, que habían tenido que emigrar a la Rive Gauche. A miles y miles de personajes que vivieron para cuestionarse cosas, para rebatir, para crear, para lograr un mundo de convivencia pacífica.
Un apunte muy importante: como decía un amigo mío economista,
"en todas partes hay, al menos, un 10% de hijoputismo". Así que no me malinterpreten. No tengo intención de dictar sentencias absolutas, ya saben lo que opino acerca de los absolutismos absolutos. Claro que hay gente buena en Arlington, y claro que hay "baddies" en el Père Lachaise.
Es que me creo Aldara Moore, en este post, y sé que sabrán filtrar las ideas. A estas alturas, ya me he dado cuenta que el pequeño colectivo que me lee posee un altísimo nivel de reflexión intelectual y de "bagage" cultural. Y no son flores, es un hecho.
Fíjense, sin embargo, en las fotos (que he escogido puramente al azar, no con ninguna intención manipulativa, de las imágenes de google):
En Arlington, un montón de tochos blancos. En el Père Lachaise, un monumento tras otro.
En Arlington, un montón de nombres pequeñitos, que murieron con todo el honor, todas las salvas y toda la gloria.
En Père Lachaise, nombres inalcanzablemente grandes como Wilde, Piaff, Molière, La Fontaine... la mayoría de los cuales murieron muertos/as de asco (válgame la redundancia) y rechazados por sus respectivas comunidades o en el peor y más triste de los casos, por sus propias familias.
Vuelvo a leerme el cartel de la entrada de Arlington: "Please conduct yourselves with dignity and respect at all times." Reflexiono.
Me hace pensar en todas estas palabras con las que la población estadounidense (aunque cada vez menos, gracias a Allah o a la Madre Naturaleza, que cuando llega a rebasar el cupo de subnormalidad vuelve a bajarlo, por ciclos)... ¿Dónde estaba? Ah, sí, me hace pensar en todas esas palabras que llenan guiones enteros de películas.
(Juro que "Independence Day" fue patrocinada por la Casa Blanca, y por esta regla de tres, a "Mars Attacks" la patrocinó Ben Laden. Estoy convencida. ¿Qué? Yo también tengo derecho a elaborar mis teorías de confabulación política, ¿no?)
También llenan la boca de la comunidad de a pie, desde gente que ha pasado por Harvard hasta gente que ha pasado hambre y penurias.
Patriotismo. Libertad. Derecho. In God We Trust. El águila de las plumas más brillantes. Independencia. Qué importantes que somos, Hell, yeah. La tierra Prometida.
Supongo que, como ocurre con las personas, los países también tienen traumas de infancia. Un día leí en una publicación inglesa una carta de un sujeto estadounidense que literalmente ponía a parir (porque aquella sarta de insultos no se puede describir de otro modo) a Australia entera por ser un país formado en su mayoría (aunque lo expresaba "à l'americaine", es decir, muy prosaicamente) de convictos británicos. ¡Convictos británicos! Leyendo esto no pude evitar pensar: "Fue a hablar de castidad la más puta, vaya por Dios".
¿Con qué repoblaron (tras considerable aniquilación de tribus indias) los Estados Unidos, con hámsters? Pero, ¡si deberían considerarse naciones hermanas! En fin, lo que hay que leer. Quizás ustedes estén pensando exactamente eso ahora mismo, leyéndome:" Lo que hay que leer". Pero de cualquier modo, los dos países fueron "repoblados" con ingleses, Esos Cochinos Colonizadores.
Esto de los traumas infantiles a nivel nacional creo que se refleja bien en la Constitución estadounidense, que establece (entre libertades, derechos y tal) el derecho de "All American Citizens" a proteger su familia, sus bienes y su persona con armas. Esto, si me lo permiten, les viene del Corán, apartado Jihad. Que me venga la NSA y me bloquee el blog, que me envíen a los Marines a casa si quieren, pero yo juraría que me suena a Jihad, con una leve diferencia, eso sí, y es que en el Islam no cualquiera puede llamar a Jihad, y no en cualquier circunstancia. De hecho, en mi inconmensurable ignorancia estoy convencida de que tú vas en coche por... pongamos el Sudán (no, mal ejemplo, mal ejemplo) Pongamos que vas en coche por un país musulmán donde el gobierno no haya decidido (aún) violar, torturar y asesinar a todo especimen no-musulmán con fines políticos (vamos a ver, estoy hablando de la población Real musulmana, no de la "Oficial", para entendernos) (De nuevo doy gracias a la Madre Naturaleza por el Coeficiente Intelectual de la gente que me lee. Sin ustedes.... Desorganización y caos).
Pues eso, tú vas en coche por país musulmán, muy flamencamente, te comes "ceda el paso", obligando a sujeto musulmán a frenar en seco, y susodicho sujeto baja ventanilla y se caga en tu madre y tus mil desconocidos padres. En Estados Unidos haces lo mismo y sujeto de turno baja ventanilla, también, pero saca revolver y te dispara. Si tienes suerte, será lo suficientemente considerado/a como para apearse del vehículo para apuntar mejor, otorgándote una importancia que no te mereces, you dumb fucking motherfucker, porque has atentado contra su libertad de Loquesea.
Me he ido del tema. (Vuelvo a leerme el cartel de la entrada de Arlington).
Dignidad y Respeto. En Estados Unidos, y eso me consta porque estuve allí suficiente tiempo como para darme cuenta, y eso que era relativamente "pequeña", sólo saben de Estados Unidos. Ahora han ampliado horizontes y han dicho "Vamos a aprender cosas de otros países. Pero sólo de los países que haya que bombardear, que hay que ser práctico en esta vida". Puede que a ese nivel, al del cuarto de dedo de frente estadounidense, el cementerio de Arlington sea un auténtico bote de dignidad y respeto concentrado. A nivel mundial, planetario, natural y midiéndolo por el rasero del sentido común, que es el menos común de todos los sentidos, pero alguien tiene que decirlo, el cementerio de Arlington es el recuerdo de los fracasos humanos más estridentes, más grotescos y más absolutos.
No piensen en medallas brillantes. Piensen en sangre, en familias aniquiladas, en países aniquilados, en culturas aniquiladas. Luego se llenan la boca de palabras cuyo significado también han aniquilado. A mí me cuesta pronunciar la palabra "Libertad" y no sentirme ridícula. Yo también estoy traumatizada.
Les voy a escribir proponiéndoles que cambien el cartel de la entrada de Arlington por uno que demuestre de una manera más honesta y directa el nivel cognitivo y la capacidad(coma-falta-de) de abstracción que abunda por allí.
Hum... estaba pensando, quizá...
El Memorial Day, para aquellas personas que no estén familiarizadas con las fiestas paganas, es un día para montar barbacoas de esas que salen en las películas, en que el padre está con las brasas, las criaturas corretean por ahí, y va llegando la familia, y las madres van saliendo con más hot dogs, cazuelas llenas de mayonesa con alguna hoja de lechuga flotando en su interior, la tradicional American Pie de manzana, grilled cheese sandwiches y qué sé yo cuántas carajadas hipercalóricas e hiponutritivas más.
Bueno, eso es, más o menos, lo que le dirá el especimen estadounidense de a pie, claro. (Y ¡mira que va todo el mundo en coche! Con lo pedestrians que llegan a ser a veces...)
Lo que les diré yo, si es, repito, que no tenían una familiaridad especial con el tema (ni les suena de las pelis) es que el Memorial Day es el día en que se recuerda al millón coma uno de soldados (hombres y mujeres) muertos/as en acto de servicio, y también, si aún te queda espacio en la memoria después de tanta vergüenza, las causas por las que murieron.
El sitio por excelencia para recordar mejor a estos/as muertos/as es, sin duda, el cementerio de Arlington, en Virginia, justo al lado de Washington D.C.

En la entrada hay un letrero que dice:
"Welcome to Arlington National Cemetery, our nation's most sacred shrine. Please conduct yourselves with dignity and respect at all times. Please remember these are hallowed grounds."
Y sí, es ese cementerio que sale en las pelis tan a menudo. Para que se hagan una idea de la recua de cadáveres que llega a haber en Arlington, sólo les explicaré una pequeña anécdota: Mis padres tuvieron la magnífica idea de visitar el susodicho cementerio, en uno de sus viajes a los EEUU, y vieron la archiconocida e inmensa placa con los nombres de todos los soldados enterrados allí de los que se sabía el nombre. Cuál no sería su sorpresa al leer (que yo me pregunto, ¿para qué querían leerse los nombres de un millón y pico de personas a las que no conocían? Pero conociendo a mi señora madre, anything goes.)
En fin, cuál no sería su sorpresa al leer el nombre y los apellidos de mi hermano en aquella placa. Ya imagino a mi madre: "Cariño, llama a casa, a ver si el niño está bien, que me ha entrado un escalofrío...". Pues sí. Mucha gente debe de haber para encontrarte a un "Spaniard", con tu nombre y apellidos, en un país donde ni siquiera ponen dos apellidos a la gente. No es casualidad. Es que hay tanta gente enterrada allí, que no me sorprendería encontrarme con el mío propio.
Incluso tienen una "Tomb of the Unknowns", un tributo a aquella gente cuyo nombre, probablemente en una de aquellas plaquitas metálicas que llevan colgadas del cuello, quedó sepultado bajo los escombros resultantes de una bomba, o vayan ustedes a saber... Muy democrático. Eso de embriagar al pueblo con delirios de grandeza y patriotismo para luego poder dedicarles una tumba a los/as desconocidos/as y encima quedar como Dios.
Vuelvo a leerme el letrero de la entrada: "...Please conduct yourselves with dignity and respect at all times." Reflexiono.
Me hace pensar en muchas cosas. No soy una persona dada a visitar cementerios ni tumbas, sobre todo tras la muerte de la persona a la que más he querido y admirado en este mundo, pero no puedo evitar, al ver toda esta parafernalia que envuelve a esas barras y esas estrellas tan "dignas" (dignidad, no en el sentido en que yo la entiendo, sino más bien... ver post "retrato de una llama")... recordar un cementerio en el que SÍ me forcé a entrar, me costara lo que me costara. El cementerio del Père Lachaise, en París.

No voy a hacerles adivinar cuáles son las "siete diferencias", ni nada de eso. Para empezar, porque más que siete hay siete millones, y para continuar, porque las diferencias son escandalosas. Mientras iban enterrando, en Arlington, a las personas que con gran dignidad
e irrebatible patriotismo habían luchado y matado a sangre fría, sin pensar y sin plantearse por un momento la posibilidad de cuestionarse órdenes, en París enterraban a las que no querían en América, a todas aquellas escritoras lesbianas, por ejemplo, que habían tenido que emigrar a la Rive Gauche. A miles y miles de personajes que vivieron para cuestionarse cosas, para rebatir, para crear, para lograr un mundo de convivencia pacífica.
Un apunte muy importante: como decía un amigo mío economista,
"en todas partes hay, al menos, un 10% de hijoputismo". Así que no me malinterpreten. No tengo intención de dictar sentencias absolutas, ya saben lo que opino acerca de los absolutismos absolutos. Claro que hay gente buena en Arlington, y claro que hay "baddies" en el Père Lachaise.
Es que me creo Aldara Moore, en este post, y sé que sabrán filtrar las ideas. A estas alturas, ya me he dado cuenta que el pequeño colectivo que me lee posee un altísimo nivel de reflexión intelectual y de "bagage" cultural. Y no son flores, es un hecho.
Fíjense, sin embargo, en las fotos (que he escogido puramente al azar, no con ninguna intención manipulativa, de las imágenes de google):
En Arlington, un montón de tochos blancos. En el Père Lachaise, un monumento tras otro.
En Arlington, un montón de nombres pequeñitos, que murieron con todo el honor, todas las salvas y toda la gloria.
En Père Lachaise, nombres inalcanzablemente grandes como Wilde, Piaff, Molière, La Fontaine... la mayoría de los cuales murieron muertos/as de asco (válgame la redundancia) y rechazados por sus respectivas comunidades o en el peor y más triste de los casos, por sus propias familias.
Vuelvo a leerme el cartel de la entrada de Arlington: "Please conduct yourselves with dignity and respect at all times." Reflexiono.
Me hace pensar en todas estas palabras con las que la población estadounidense (aunque cada vez menos, gracias a Allah o a la Madre Naturaleza, que cuando llega a rebasar el cupo de subnormalidad vuelve a bajarlo, por ciclos)... ¿Dónde estaba? Ah, sí, me hace pensar en todas esas palabras que llenan guiones enteros de películas.
(Juro que "Independence Day" fue patrocinada por la Casa Blanca, y por esta regla de tres, a "Mars Attacks" la patrocinó Ben Laden. Estoy convencida. ¿Qué? Yo también tengo derecho a elaborar mis teorías de confabulación política, ¿no?)
También llenan la boca de la comunidad de a pie, desde gente que ha pasado por Harvard hasta gente que ha pasado hambre y penurias.
Patriotismo. Libertad. Derecho. In God We Trust. El águila de las plumas más brillantes. Independencia. Qué importantes que somos, Hell, yeah. La tierra Prometida.
Supongo que, como ocurre con las personas, los países también tienen traumas de infancia. Un día leí en una publicación inglesa una carta de un sujeto estadounidense que literalmente ponía a parir (porque aquella sarta de insultos no se puede describir de otro modo) a Australia entera por ser un país formado en su mayoría (aunque lo expresaba "à l'americaine", es decir, muy prosaicamente) de convictos británicos. ¡Convictos británicos! Leyendo esto no pude evitar pensar: "Fue a hablar de castidad la más puta, vaya por Dios".
¿Con qué repoblaron (tras considerable aniquilación de tribus indias) los Estados Unidos, con hámsters? Pero, ¡si deberían considerarse naciones hermanas! En fin, lo que hay que leer. Quizás ustedes estén pensando exactamente eso ahora mismo, leyéndome:" Lo que hay que leer". Pero de cualquier modo, los dos países fueron "repoblados" con ingleses, Esos Cochinos Colonizadores.
Esto de los traumas infantiles a nivel nacional creo que se refleja bien en la Constitución estadounidense, que establece (entre libertades, derechos y tal) el derecho de "All American Citizens" a proteger su familia, sus bienes y su persona con armas. Esto, si me lo permiten, les viene del Corán, apartado Jihad. Que me venga la NSA y me bloquee el blog, que me envíen a los Marines a casa si quieren, pero yo juraría que me suena a Jihad, con una leve diferencia, eso sí, y es que en el Islam no cualquiera puede llamar a Jihad, y no en cualquier circunstancia. De hecho, en mi inconmensurable ignorancia estoy convencida de que tú vas en coche por... pongamos el Sudán (no, mal ejemplo, mal ejemplo) Pongamos que vas en coche por un país musulmán donde el gobierno no haya decidido (aún) violar, torturar y asesinar a todo especimen no-musulmán con fines políticos (vamos a ver, estoy hablando de la población Real musulmana, no de la "Oficial", para entendernos) (De nuevo doy gracias a la Madre Naturaleza por el Coeficiente Intelectual de la gente que me lee. Sin ustedes.... Desorganización y caos).
Pues eso, tú vas en coche por país musulmán, muy flamencamente, te comes "ceda el paso", obligando a sujeto musulmán a frenar en seco, y susodicho sujeto baja ventanilla y se caga en tu madre y tus mil desconocidos padres. En Estados Unidos haces lo mismo y sujeto de turno baja ventanilla, también, pero saca revolver y te dispara. Si tienes suerte, será lo suficientemente considerado/a como para apearse del vehículo para apuntar mejor, otorgándote una importancia que no te mereces, you dumb fucking motherfucker, porque has atentado contra su libertad de Loquesea.
Me he ido del tema. (Vuelvo a leerme el cartel de la entrada de Arlington).
Dignidad y Respeto. En Estados Unidos, y eso me consta porque estuve allí suficiente tiempo como para darme cuenta, y eso que era relativamente "pequeña", sólo saben de Estados Unidos. Ahora han ampliado horizontes y han dicho "Vamos a aprender cosas de otros países. Pero sólo de los países que haya que bombardear, que hay que ser práctico en esta vida". Puede que a ese nivel, al del cuarto de dedo de frente estadounidense, el cementerio de Arlington sea un auténtico bote de dignidad y respeto concentrado. A nivel mundial, planetario, natural y midiéndolo por el rasero del sentido común, que es el menos común de todos los sentidos, pero alguien tiene que decirlo, el cementerio de Arlington es el recuerdo de los fracasos humanos más estridentes, más grotescos y más absolutos.
No piensen en medallas brillantes. Piensen en sangre, en familias aniquiladas, en países aniquilados, en culturas aniquiladas. Luego se llenan la boca de palabras cuyo significado también han aniquilado. A mí me cuesta pronunciar la palabra "Libertad" y no sentirme ridícula. Yo también estoy traumatizada.
Les voy a escribir proponiéndoles que cambien el cartel de la entrada de Arlington por uno que demuestre de una manera más honesta y directa el nivel cognitivo y la capacidad(coma-falta-de) de abstracción que abunda por allí.
Hum... estaba pensando, quizá...

London Calling II (O: "De cómo inventé el Sideways Tango")
Si a alguien se le ocurre preguntarle a mi amiga Sacarina acerca de mi relación con las bebidas alcohólicas, ella dirá, muy repelentemente, que cada vez que salgo me bebo treinta y cinco cervezas.
Esto también se aplica a cuando salimos juntas, que casi tengo que llevar un cartel para justificarme:

Siempre dice lo mismo, no me pregunten por qué, y es una costumbre que tiene que me da ganas de matarla por algún método lento y doloroso, porque además de no ser verdad (es materialmente imposible, al menos para mí, beber tanto en tan poco tiempo, y aunque fuera posible me pasaría más rato haciendo alarde de mi función diurética tan bien desarrollada que realmente bebiendo. Sólo se me ocurre una manera: yéndome al baño con una caja de Boldam)... además de no ser verdad, me da mala reputación. (O muy buena, según en qué círculos).
En fin, que ni soy abstemia, ni alcohólica, porque como ya dije una vez, lo de los extremos absolutos nunca lo he visto claro. Lo que sí soy es gallega, innegablemente, y claro. De galga le viene al casto.
Sin más preámbulos, el incidente que tenía intención de narrar ocurrió en Londres, cuando llevábamos unos tres o cuatro meses allí. (Quizá ni eso, a juzgar por la carencia de resistencia etílica de la que hacía gala aquí, la que escribe).
De aquella vivíamos en la primera casa que compartíamos, en el Lado Oscuro de Notting Hill (llamado Ladbroke Grove), un sitio donde algunas noches hasta se podían oír disparos. De armas de verdad. No presuntos disparos, no: disparos que al día siguiente salían en los periódicos.
Era viernes, y yo llevaba unas sesenta horas de trabajo a la espalda, porque mi "jefa", manhattanoide podrida de dinero, tenía la filosofía de que "Full-time means All The Time", por mucho que yo le intentara explicar que en este nuestro mundo europeo civilizado "Jornada Completa" quiere decir treinta y nueve o cuarenta horas, no La Vida Entera. En fin, esto iba sólo para que se hagan una idea de mi agotamiento físico y psíquico de aquel viernes por la tarde.
Una de las personas con las que compartíamos piso era un escocés salvaje, gracioso, simpático y agradable como la madre que lo parió, que vivía en Londres por trabajo pero que tenía toda su vida y su novia en Glasgow.
Yo ya no me acordaba de que el escocés nos había dicho que aquel fin de semana venía Kate, su novia, a visitarlo, y que quería que saliéramos los cuatro. Llegué a casa y me encontré a Craig con una de esas sonrisas de oreja a oreja tan típicas de los viernes por la tarde en todo Londres,
y con una botella (sí, sí, he dicho botella, no vaso) de vino, acompañado del Escocés y de su novia Kate, con la que hice buenas migas al momento.
Ni que decir tiene, me costaba horrores entenderles, porque el acento escocés requiere de tarjetas de descodificación aparte... quizá por eso bebí más tragos de los que me tocaban. Qué buen rollo, qué buen ambiente, y todo eso, y vamos a la City.
(La City, para quien no haya sufrido Londres, es el centro de la ciudad, no la ciudad entera. Me refiero a que ya estábamos dentro de Londres, pero la City sólo hacer referencia al centro).
Bueno, el caso es que salimos de casa contentísimos todos, Ecocés con botella de brebaje escocés imbebible llamado "Buckfast", presuntamente destilado por unos monjes de nosédónde, y yo preguntándome cuánto más tendríamos que caminar hasta la parada del autobús.
Sea como fuere, en la parada de autobús de los "dougs" nos estuvimos, y no les exagero, cerca de cincuenta y siete minutos, minuto arriba o abajo. Desde el minuto número tres yo empecé a sentir la urgente llamada de la Madre Naturaleza (qué quieren, después del equivalente a dos pintas y tres vasos de vino) así que imagínense mi tortura: no podía volver a casa porque estaba demasiado lejos y porque sin duda el dichoso autobús aprovecharía para pasar justo cuando yo estuviera en el baño. Tampoco podía aguantar ni un minuto más allí, sudando la gota gorda en un Ladbroke Grove bajo cero de pleno mes de Diciembre, que ya me empezaban a preguntar si no era demasiado joven para la menopausia. (Risas y más risas).
Hice lo que no hago nunca, a menos que sea una situación de desesperada urgencia de ésas que marcan el Fin de los Días: bajé del burro y propuse que cogiéramos un taxi. ¡Yo!
El trayecto en taxi desde Ladbroke Grove hasta la City duró tres terribles cuartos de hora que duraron cada uno siete años y nueve meses.
Cuando llegamos al "Night Club". (Es que en los países anglosajones no hay "discos", como decían en los libros de inglés que tan devotamente nos creíamos. Hay Night clubs)... cuando llegamos, había una cola of the Big Cup, así que le dije al segurata de tres metros cuadrados que era diabética y que realmente necesitaba ir al baño, aunque tuviera que volver a salir y hacer la cola (cosa que estaba dispuesta a hacer porque, en aquel momento de colapso renal, les juro que una hace la cola en pelota picada y bailando la Macarena, si es necesario.)
El segurata de tres metros cuadrados se lo tomó como si aquella fuera su oportunidad de ir al cielo y me dejó pasar. A mí y a los tres que veían conmigo.
Después de hacer el mayor sprint discotequero nunca visto, de haber pisado a un total de treinta y dos personas, haber propinado un total de unos diecisiete codazos, haberle arreado un bofetón tras mentarle a la madre a un imbécil que tuvo la mala idea de tocarme el culo (la población inglesa tiene muy mal beber, eso sí que lo sabrán), y haberme vengado de lo del Peñón de Gibraltar colándome en el baño, cumplí con mi deber de ser humano y me uní a mi grupo cual mujer nacida de nuevo, cual Ave Fénix autoresucitada de entre sus propias cenizas, blá blá.
Con tanta actividad nefrítica, tanta carrera y tanta historia, yo ya hacía rato que había puesto la pilota automática (sí, pilota, ¿o se creen que voy a dejar que me pilote un tío? Acabáramos) y ni me daba cuenta del cansancio que llevaba encima. Entonces los hombres se fueron al lavabo y nos quedamos Kate y yo en la barra.
And boy, the girl could drink!, que dirían algunos. La tía, sea por definición nacional, sea por puro vicio, no bebía: hacía desaparecer en cuestión de segundos. Era la Copperfield de las barras de bar, la tía. Y yo, en un intento muy torpe pero muy logrado de dejar el pabellón galaico-peninsular bien alto, mano a mano (o, debería decir, hígado a hígado) con ella.
Venga vino blanco, que tiene buen bajar.
Venga risas.
Venga apartar con todo el sarcasmo y la crueldad humana posibles a tropecientos mil pulpos imbéciles.
Y así transcurrió la noche, hasta que cerraron y nos fuímos a casa en un minicab. No sin antes haber ido yo al baño tres veces consecutivas, por si acaso.
Para ubicarnos: un minicab es un tío con su coche, que presuntamente no ha bebido y que te cobra por llevarte a donde quieras, porque no hay taxis disponibles.
Al minuto y medio de habernos subido, yo me dormí profundamente, y no desperté. Con que "no desperté" quiero decir que al llegar, el coche aparcó delante de nuestra casita y Craig me despertó, y me levanté pero no me desperté. Con tan mala suerte que al intentar salir del coche se dio la siguiente y muy desafortunada confluencia simultánea de hechos:
-Zapato derecho se lió, en su búsqueda inconsciente del exterior, con bolso, que yacía en suelo de coche.
-Zapato izquierdo, ya sobre el asfalto, decidió resbalar en suelo mojado. (Recuerden que hablamos de Londres. La lluvia no es un tópico, es una cruda y permanente realidad).
-Cuerpo ya incorporado decidió perder noción vertical.
Así fue como llegué hasta el otro lado de la calle en una precaria posición entre la horizontalidad surrealista y la verticalidad picassiana, haciendo una performance de esas que sólo se consiguen con ordenador y una especialista entrenada, y fui dando pasos de lado, en un intento más que fracasado de conseguir la verticalidad completa, ya que fui a caer dándome con la cabeza en todo el borde de la acera de enfrente.
Pude oir un "Plonk", opaco. Luego perdí el sentido.
Cuando lo recuperé, estaba en el baño de mi casa, y aprovechando la disponibilidad de infrastructuras (la ocasión la pintan calva) me deshice, vía oral, de todo el vino de la noche y de algunas cosas más, remontándome casi hasta la primera papilla que me dieron de pequeña.
Al despertarme al día siguiente me dolía la cabeza.
No, no se rían. No era de la resaca, por mucho que cueste de creer. Me lo confirmó Craig al abrir los ojos, verme y pegar un chillido de esos de rubia asustada en peli americana. (Los hombres a veces son tan cobardes... sin ánimo de ofender).
Con la sensibilidad y el tacto que le caracterizan, me vino a decir algo así como que parecía una mezcla entre Quasimodo y un freak raro en una fiesta de Halloween pasada de rosca.
Me fui a mirar al espejo y me volví a desmayar. Cuando recobré la conciencia, estaba acostada en la cama con un bistec a un lado de la cara y Craig soplándome el otro lado. (Ignoro con qué objetivo. Lo de soplar, quiero decir).
A buenas horas, mangas verdes... El bistec se pone antes.
El lunes siguiente, mi "jefa" me sometió a un interrogatorio de dos horas de preguntas tan incongruentes como incoherentes, con el teléfono en la mano a punto de llamar a la Metropolitan: "Ya sabes que aquí tienes una casa, y que no hace falta que sigas con él, bla bla."
Luego vino su marido: "Baby, ya sabes que hoy en día se puede hablar claro, sobre todo en este país, donde las mujeres han conseguido tantas cosas a lo largo de la historia, bla bla bla."
Luego se despertaron las criaturas (mis clientes reales): "Jo, qué fea estás, ¿qué te ha pasado?"
Y por fin, por fin pude explicar lo que me había pasado, sin que nadie diera por sentado lo que había pasado.
Moralejas:
1. Bebe a tu ritmo, y si puede ser, evita compañías escocesas para ello.
2. Despiértate antes de levantarte.
3. Las criaturas son la cosa más sabia de este nuestro Planeta Tierra.
Esto también se aplica a cuando salimos juntas, que casi tengo que llevar un cartel para justificarme:

Siempre dice lo mismo, no me pregunten por qué, y es una costumbre que tiene que me da ganas de matarla por algún método lento y doloroso, porque además de no ser verdad (es materialmente imposible, al menos para mí, beber tanto en tan poco tiempo, y aunque fuera posible me pasaría más rato haciendo alarde de mi función diurética tan bien desarrollada que realmente bebiendo. Sólo se me ocurre una manera: yéndome al baño con una caja de Boldam)... además de no ser verdad, me da mala reputación. (O muy buena, según en qué círculos).
En fin, que ni soy abstemia, ni alcohólica, porque como ya dije una vez, lo de los extremos absolutos nunca lo he visto claro. Lo que sí soy es gallega, innegablemente, y claro. De galga le viene al casto.
Sin más preámbulos, el incidente que tenía intención de narrar ocurrió en Londres, cuando llevábamos unos tres o cuatro meses allí. (Quizá ni eso, a juzgar por la carencia de resistencia etílica de la que hacía gala aquí, la que escribe).
De aquella vivíamos en la primera casa que compartíamos, en el Lado Oscuro de Notting Hill (llamado Ladbroke Grove), un sitio donde algunas noches hasta se podían oír disparos. De armas de verdad. No presuntos disparos, no: disparos que al día siguiente salían en los periódicos.

Era viernes, y yo llevaba unas sesenta horas de trabajo a la espalda, porque mi "jefa", manhattanoide podrida de dinero, tenía la filosofía de que "Full-time means All The Time", por mucho que yo le intentara explicar que en este nuestro mundo europeo civilizado "Jornada Completa" quiere decir treinta y nueve o cuarenta horas, no La Vida Entera. En fin, esto iba sólo para que se hagan una idea de mi agotamiento físico y psíquico de aquel viernes por la tarde.
Una de las personas con las que compartíamos piso era un escocés salvaje, gracioso, simpático y agradable como la madre que lo parió, que vivía en Londres por trabajo pero que tenía toda su vida y su novia en Glasgow.
Yo ya no me acordaba de que el escocés nos había dicho que aquel fin de semana venía Kate, su novia, a visitarlo, y que quería que saliéramos los cuatro. Llegué a casa y me encontré a Craig con una de esas sonrisas de oreja a oreja tan típicas de los viernes por la tarde en todo Londres,
y con una botella (sí, sí, he dicho botella, no vaso) de vino, acompañado del Escocés y de su novia Kate, con la que hice buenas migas al momento. Ni que decir tiene, me costaba horrores entenderles, porque el acento escocés requiere de tarjetas de descodificación aparte... quizá por eso bebí más tragos de los que me tocaban. Qué buen rollo, qué buen ambiente, y todo eso, y vamos a la City.
(La City, para quien no haya sufrido Londres, es el centro de la ciudad, no la ciudad entera. Me refiero a que ya estábamos dentro de Londres, pero la City sólo hacer referencia al centro).
Bueno, el caso es que salimos de casa contentísimos todos, Ecocés con botella de brebaje escocés imbebible llamado "Buckfast", presuntamente destilado por unos monjes de nosédónde, y yo preguntándome cuánto más tendríamos que caminar hasta la parada del autobús.
Sea como fuere, en la parada de autobús de los "dougs" nos estuvimos, y no les exagero, cerca de cincuenta y siete minutos, minuto arriba o abajo. Desde el minuto número tres yo empecé a sentir la urgente llamada de la Madre Naturaleza (qué quieren, después del equivalente a dos pintas y tres vasos de vino) así que imagínense mi tortura: no podía volver a casa porque estaba demasiado lejos y porque sin duda el dichoso autobús aprovecharía para pasar justo cuando yo estuviera en el baño. Tampoco podía aguantar ni un minuto más allí, sudando la gota gorda en un Ladbroke Grove bajo cero de pleno mes de Diciembre, que ya me empezaban a preguntar si no era demasiado joven para la menopausia. (Risas y más risas).
Hice lo que no hago nunca, a menos que sea una situación de desesperada urgencia de ésas que marcan el Fin de los Días: bajé del burro y propuse que cogiéramos un taxi. ¡Yo!
El trayecto en taxi desde Ladbroke Grove hasta la City duró tres terribles cuartos de hora que duraron cada uno siete años y nueve meses.
Cuando llegamos al "Night Club". (Es que en los países anglosajones no hay "discos", como decían en los libros de inglés que tan devotamente nos creíamos. Hay Night clubs)... cuando llegamos, había una cola of the Big Cup, así que le dije al segurata de tres metros cuadrados que era diabética y que realmente necesitaba ir al baño, aunque tuviera que volver a salir y hacer la cola (cosa que estaba dispuesta a hacer porque, en aquel momento de colapso renal, les juro que una hace la cola en pelota picada y bailando la Macarena, si es necesario.)
El segurata de tres metros cuadrados se lo tomó como si aquella fuera su oportunidad de ir al cielo y me dejó pasar. A mí y a los tres que veían conmigo.
Después de hacer el mayor sprint discotequero nunca visto, de haber pisado a un total de treinta y dos personas, haber propinado un total de unos diecisiete codazos, haberle arreado un bofetón tras mentarle a la madre a un imbécil que tuvo la mala idea de tocarme el culo (la población inglesa tiene muy mal beber, eso sí que lo sabrán), y haberme vengado de lo del Peñón de Gibraltar colándome en el baño, cumplí con mi deber de ser humano y me uní a mi grupo cual mujer nacida de nuevo, cual Ave Fénix autoresucitada de entre sus propias cenizas, blá blá.
Con tanta actividad nefrítica, tanta carrera y tanta historia, yo ya hacía rato que había puesto la pilota automática (sí, pilota, ¿o se creen que voy a dejar que me pilote un tío? Acabáramos) y ni me daba cuenta del cansancio que llevaba encima. Entonces los hombres se fueron al lavabo y nos quedamos Kate y yo en la barra.
And boy, the girl could drink!, que dirían algunos. La tía, sea por definición nacional, sea por puro vicio, no bebía: hacía desaparecer en cuestión de segundos. Era la Copperfield de las barras de bar, la tía. Y yo, en un intento muy torpe pero muy logrado de dejar el pabellón galaico-peninsular bien alto, mano a mano (o, debería decir, hígado a hígado) con ella.
Venga vino blanco, que tiene buen bajar.
Venga risas.
Venga apartar con todo el sarcasmo y la crueldad humana posibles a tropecientos mil pulpos imbéciles.
Y así transcurrió la noche, hasta que cerraron y nos fuímos a casa en un minicab. No sin antes haber ido yo al baño tres veces consecutivas, por si acaso.
Para ubicarnos: un minicab es un tío con su coche, que presuntamente no ha bebido y que te cobra por llevarte a donde quieras, porque no hay taxis disponibles.
Al minuto y medio de habernos subido, yo me dormí profundamente, y no desperté. Con que "no desperté" quiero decir que al llegar, el coche aparcó delante de nuestra casita y Craig me despertó, y me levanté pero no me desperté. Con tan mala suerte que al intentar salir del coche se dio la siguiente y muy desafortunada confluencia simultánea de hechos:
-Zapato derecho se lió, en su búsqueda inconsciente del exterior, con bolso, que yacía en suelo de coche.
-Zapato izquierdo, ya sobre el asfalto, decidió resbalar en suelo mojado. (Recuerden que hablamos de Londres. La lluvia no es un tópico, es una cruda y permanente realidad).
-Cuerpo ya incorporado decidió perder noción vertical.

Así fue como llegué hasta el otro lado de la calle en una precaria posición entre la horizontalidad surrealista y la verticalidad picassiana, haciendo una performance de esas que sólo se consiguen con ordenador y una especialista entrenada, y fui dando pasos de lado, en un intento más que fracasado de conseguir la verticalidad completa, ya que fui a caer dándome con la cabeza en todo el borde de la acera de enfrente.
Pude oir un "Plonk", opaco. Luego perdí el sentido.
Cuando lo recuperé, estaba en el baño de mi casa, y aprovechando la disponibilidad de infrastructuras (la ocasión la pintan calva) me deshice, vía oral, de todo el vino de la noche y de algunas cosas más, remontándome casi hasta la primera papilla que me dieron de pequeña.
Al despertarme al día siguiente me dolía la cabeza.
No, no se rían. No era de la resaca, por mucho que cueste de creer. Me lo confirmó Craig al abrir los ojos, verme y pegar un chillido de esos de rubia asustada en peli americana. (Los hombres a veces son tan cobardes... sin ánimo de ofender).
Con la sensibilidad y el tacto que le caracterizan, me vino a decir algo así como que parecía una mezcla entre Quasimodo y un freak raro en una fiesta de Halloween pasada de rosca.
Me fui a mirar al espejo y me volví a desmayar. Cuando recobré la conciencia, estaba acostada en la cama con un bistec a un lado de la cara y Craig soplándome el otro lado. (Ignoro con qué objetivo. Lo de soplar, quiero decir).
A buenas horas, mangas verdes... El bistec se pone antes.
El lunes siguiente, mi "jefa" me sometió a un interrogatorio de dos horas de preguntas tan incongruentes como incoherentes, con el teléfono en la mano a punto de llamar a la Metropolitan: "Ya sabes que aquí tienes una casa, y que no hace falta que sigas con él, bla bla."
Luego vino su marido: "Baby, ya sabes que hoy en día se puede hablar claro, sobre todo en este país, donde las mujeres han conseguido tantas cosas a lo largo de la historia, bla bla bla."
Luego se despertaron las criaturas (mis clientes reales): "Jo, qué fea estás, ¿qué te ha pasado?"
Y por fin, por fin pude explicar lo que me había pasado, sin que nadie diera por sentado lo que había pasado.
Moralejas:
1. Bebe a tu ritmo, y si puede ser, evita compañías escocesas para ello.
2. Despiértate antes de levantarte.
3. Las criaturas son la cosa más sabia de este nuestro Planeta Tierra.
¿Cómo? ¿Otra vez lunes?

ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. Hipocafeínico. (Necesito más café).
2. Hipoproductivo. (Razónese por Modus Ponens, inferido de punto 1)
3. Hipervegetativo. (para concretar, aunque también he de decir que es muy pronto).
COSAS POR HACER:
1. Pedir visita con dentista (aún, sí, aún).
2. Dejar de contar mentiras extendidas acerca de por qué no asistí a última visita con dentista.
3. Seguir con cruzada apoteósico-individual de lavadoras, so pena de tener que salir de casa con sendos cartones colgados de cuello cubriendo sendos lados de propio cuerpo si no lavo ropa ipso facto.
4. Acabar media traducción para Superprofe y empezar tercera.
5. dejar de reírme de pobres rusos figurantes en segunda traducción que colgaron mal su propia bandera de Federación Rusa Recienestrenada en superconcentración de superexpertos. Pensar que durante muchos años yo tampoco sabía bien si barra azul sobre fondo blanco iba en sentido de río Miño o en sentido contrario.
6. Encontrar estrategia sutil para llamar a mi señora madre y ver cómo está sin que piense que llamo para ver cómo está. (Esa va a ser labor de ingenio y meigallo). Ayer, tal y como vaticiné, hizo una semana que no nos hablamos. Pienso en si querrá establecer récord o realmente es así de testaruda. La adoro y la mataría, no sé por qué orden.
7. Explicar la sucesión de acontecimientos y circunstancias que dieron pie a lo que a mí me gusta referirme como "el Incidente del Tango de Lado", que muy a mi pesar protagonicé, en Londres.
La insoportable dispersión del ser.
En ciberprimicia (aunque sin ánimo de sentar precedente) ahí va mi primera lista deCOSAS HECHAS:
1. Finalización y entrega del dichoso, apestoso, inútil y carente de interés alguno, proyecto de investigación terminológica. (Para la universidad). Gesta, sin duda digna de celebración por todo lo alto.

2. Realización de traducción para profesorbarratraductor Tim RobbinsbarraGeorgeClooneybarraHarrisonFord. Una y media.
Así, dicho como quien no quiere la cosa, suena de lo más normal del mundo. Es lo que se supone que tengo que hacer, mi obligación. Ninguna heroicidad.
De lo que me vale la pena estar satisfecha es de las adversas condiciones de creación, concentración e inspiración que invadían mi casa en el momento de concebir la susodicha traducción y media.
La cosa fue del modo en que me dispongo a detallar, por respetar aquella norma que siempre nos recordaba la profesora de literatura: "No escribirás afirmaciones gratuitas". Así:
Dice Quintus Curtius Rufus, en su "Historiae Alexandri", (Historia de Alejandro el Mango, digo, Magno, pero... cómo habría incrementado el interés académico de este tío si le hubieran llamado "El Mango", rollo actor porno... DIGRESIÓN NO PERMITIDA. VUELVE, QUE TE PIERDES. )
...Dice Curtius Rufus, en su Historia de Alejandro Magno:
"¿Dónde he puesto aquel CD con los MP3 de Offspring?"
"¿Qué?" Me doy cuenta de que Quintus Curtius Rufus muy probablemente no llegara nunca a conocer las grandes obras de The Offspring, ya no hablemos del invento revolucionario del MP3 así que eso sólo deja otra posibilidad, que es... Craig, claro, detrás de mí.
"Craig, estoy trabajando, no he visto tus MP3".
"Vale, vale".
...Que encontrándose Alejandro Magno en el Gran Templo de Ammon "El Oculto", el sacerdote lo llamó y le dijo:
"¿Quieres un croissant de chocolate de la panadería de abajo?". (Dioses, algún día escribiré un libro titulado "De la peculiar profundidad mental de los sacerdotes egipcios. Hoy no).
"No, no quiero nada, estoy trabajando".
...Y tras decidir cuáles serían los límites de la metrópolis, Alejandro Magno marcó el círculo donde habían de levantar las murallas de ésta con ¡MIERDA!
Sapristi, qué costumbres aberrantes que tenían en aquellas épocas. Serían Tiempos Difíciles.
No. Es Craig jugando con la Pleisteixon. Carajo, no hay manera de concentrarse.
...Y los profetas, al ver a los pájaros comiéndose la cebada, auguraron:
"Suputamadrevasubirlarampadelavionconlamotoaesavelocidad, dumbfuckmotherfuckingplanedickheadfuckinpilot".
Sin comentarios.
Ha sido una ardua labor. De concentración más que de traducción. Lo repasaré después de alguna sesión de yoga, o de algo muy profundo, para asegurarme que no haya ninguna pifia que me cueste la reputación, ni hacer el ridículo de manera suicida delante de Superprofe.
3. Adquisición de jaula de dimensiones megalíticas para roedor tránsfuga con el que vivo. (Macgaiber, no Craig). Una. Lleva aproximadamente veintiuna horas (Macgaiber, no jaula ni Craig) emulando croqueta en programa de Arguiñano, revolcándose en la arena y levantando polvo.
4. Configuración de teorías hipotéticas acerca de por qué le gusta tanto revolcarse en la arena:
a) Vanidad. (para que le brille el pelo.)
b) Instinto. (Para marcar territorio. Como si fueran a venir más chinchillas. Acabáramos.)
c) Podredumbre emocional. (simplemente, para tocar la moral y ponerlo todo perdido de polvo y hacerme estornudar y fregar, no sé muy bien por qué orden).
5. (Vid., anterior). Barrido y fregado de piso entero. Tres, consecutivos.
6. Completado intensivo de supervivencia doméstica, con gran éxito, tras lograr atravesar terrorífiacmente densa jungla de ropa y macro y micro-organismos parasitarios y no parasitarios a ella enganchados, hasta llegar a divisar lavadora.
7. (ver 6) Conseguida carga de lavadora completa. Una, pero albergo grandes esperanzas de contar con la fuerza de voluntad suficiente como para sacar ropa al finalizar lavado, antes de descubrir de dónde vino la penicilina, y repetir el proceso con una carga nueva, y así sucesivamente hasta completar un número estimado de 55 cargas, a juzgar por dimensiones de montaña de ropa sucia que puebla lavadero.
8. Adquisición de ropa nueva de temporada veraniega para Craig. Tiempo requerido calculado para actividad: 95min.
Tiempo real utilizado: 3,5 min. (2,5 de los cuales se dedicaron a discusión metafísica sobre "por qué no te quedan bien unos pantalones de pijama para ir por la calle".

9. (Vid., anterior) Asistencia a sesiones de pasarela doméstica involuntaria. Tres, y muy aburridas, protagonizadas por Craig, que, muy contento con su ropa nueva, se ha dedicado a pasearla por la casa y romperme la concentración cada dos segundos probándose cosas cual quinceañera meses antes de baile de fin de curso."Mira, mira, ahora con gafas de sol. Ahora con camisa desabrochada." Y etcétera doloroso que no acababa nunca.
Que me venga alguien diciendo de las mujeres, luego, que le voy a explicar cuatro cosas.......

10. Finalización de una lista casi exhaustiva de cosas hechas, bajo mismas condiciones adversas que realización de traducción y media (vid.: punto 2) esta vez aderezadas con música estridente y gritos pseudo-roqueros acerca de las injusticias cometidas contra los aborígenes por los ingleses, Esos Cochinos Colonizadores.
Dieciocho cosas que nunca admitiría públicamente (y que negaré haber confesado, si alguien me pregunta).
Hoy, y sólo por ser hoy, confieso... 
1.Que por mucho que critique y despedace a Britney Spears, hubo un breve espacio de tiempo en que una compañera de piso y yo nos poníamos “Hit me baby one more time” para planchar la ropa. No sé cómo instauramos aquel ritual, pero siempre era la canción con la que empezábamos la susodicha tarea. (¿quizá por la connotación marujil de la plancha? No lo sé. En todo caso, lo superé comprándome camisetas en vez de camisas, para no tener que planchar).
2.Que sufro (y digo sufro) fantasías erótico-festivas (muy platónicas, eso sí) con mi profesor de traducción, y que ayer, cuando me envió las traducciones que tenía que entregarle, tuve algo así como una sensación “estudiante-sumisa-faldita-y-coletas”, quizá provocada por eso de la erótica del poder… que en este caso sería poder intelectual, claro, porque el tío es traductor, con lo que mucho poder de otro tipo, dudo que tenga, que digamos. Pero es que es el único traductor de verdad que me da clases, y a mí es que eso… Suerte que no lleva bata blanca.
3.Que a veces escucho a la Streisand cantando con los Bee Gees. “There was a time when we were down and oooout, there was a place where we were startiiiing oooover….” No puedo evitarlo. Sé que está mal, sé que está mal, pero no puedo evitarlo.
4.Que aún no consigo entender los anuncios de un champú con el que se supone que si eres mujer, tienes que tener un orgasmo, y si eres hombre, esperas fuera como buen chico y te limitas a oírlo. Hasta me lo compré, para ver que pasaba, y no sólo no pasó nada, tema orgasmo, sino que entró Craig, el muy desconsiderado, y dijo que allí olía a colonia de abuela. Experimento fallido, supongo.
5.Que soy más torpe que una estantería con Parkinson bailando reguetón. Curiosamente, esta patosidad es selectiva, porque sólo rompo platos, vasos y demás vajilla en casa de mi madre. Departamento Roturas, claro, porque luego está el departamento Caídas, del que ya hablaré el día que explique el “Sideways Tango Incident”, que no será hoy.

6.Que el domingo hará una semana que no me hablo con mi señora madre, si no ocurre un milagro de esos que salen en las pelis americanas, en que la mamá de repente recapacita, se da cuenta de lo intolerante, obstinada y mala que ha sido al gritarle todos aquellos horrores por teléfono y se presenta en casa de la pobre hija, una víctima, oigan, ¡una víctima! Y sin decir nada, pero con lágrimas en los ojos, las dos se abrazan, música orquestal que anuncia un nuevo día, de fondo, y demás caralladas llanquis. Como es más probable que Bush se haga demócrata antes de que mi madre baje del burro, ya vaticino que el domingo hará una semana y que me siento profundamente avergonzada por la situación, porque pienso en ella a todas horas y me da una rabia que la mataría.
7.Que como mi cumpleaños coincide con las fiestas mayores de mi pueblo, hasta bien entrados los once años pensaba que celebraban mi nacimiento, no la fiesta mayor. (Vicisitudes de ser Leo… ya volveré ahí algún día)
8.Que lloré muchísimo con “City of Angels”, American Pasteloning donde los haya, y en cambio me partí el culo en “Frankenstein”, que se supone que tiene algo más de profundidad y, desde luego, mejor reparto.
9.Que por mucho que lo intente, no me siento cómoda llevando ropa interior, desde hace años. (Me refiero a la de abajo, que una no es francesa). De hecho hasta invito a quien quiera a probar la comodidad y el “aireamiento”, que es una costumbre muy sana, recomendada por todo el personal ginecológico.
10.Que por muy femenina y muy adolescente que me crea, nunca me ha gustado ni creo que me llegue a gustar “Titanic”. Me produce sarpullido en la inteligencia. El pobre se ahoga y la rica, que parece su tía-abuela y no su novia, sobrevive. ¿Qué tipo de mensaje no subliminal lleva eso?
11.Que una vez dejé a un novio porque estábamos a una semana de exámenes y no me venía a cuento seguir con él y con el bachillerato a la vez. Vergonzoso y carente de principios, lo sé, pero reflexioné mucho sobre el tema.
12.Que a veces veo pelis sólo para tener una excusa para estirar las patas y comer palomitas, no por la calidad de éstas (pelis, no palomitas, quiero decir).
13.Que tengo un repertoire de rigurosa ritualidad cuando canto en la ducha, y que por mucho que intente cambiarlo, siempre acabo cantando blues. Nunca canto blues fuera de la ducha, sin embargo. Hay conductas mías que no entiendo ni yo. “Nobody knoooows the trouble I’ve seeeeeen, nobody knooooows my sooooorrow…”
14.Que ha habido momentos de tensión en mi vida laboral en los que me he encontrado frente a una criatura y he tenido visiones reales de mis manos rodeando el cuello de la susodicha criatura hasta estrangularla. También los he tenido en Londres, bañando a dos “piezas” y viéndome, de repente, hundiéndoles sendas cabezas en el agua hasta hacerlos callar de una dichosa vez por todas. Como en esas pelis, que de repente salen burbujitas del agua y los puñeteros dejan de chapotear y chillar y pegar patadas. He de decir, en defensa propia y a título de alegato, que cualquiera que haya trabajado con criaturas durante el suficiente tiempo y que no sea una piedra sin sentimientos, ha vivido, por fuerza, momentos de este tipo. Al principio me di muchísimo miedo, pero luego descubrí que la diferencia principal entre una mujer al borde de un ataque de nervios y una asesina infantil en serie es la capacidad de distinguir las fantasías propias de la función lúdica de la imaginación, de los actos llevados a cabo en la realidad.
Piénsenlo cuanto quieran, pero no hagan nada.
15.Soy terriblemente incapaz de utilizar un poco el raciocinio y cumplir con una práctica máxima del derecho romano, que dice “Qui tacet, consentire videtur”. Yo no soy capaz de callarme y dejar que los demás piensen lo que quieran. ¡Acabáramos! Dejar que la gente que me rodea piense es peligroso. (¿He dicho yo eso? ¿Acabo de decir yo eso, de verdad, o ha sido mi madre, ejerciendo algún tipo de posesión infernal en vida sobre mi persona? ¡Dioses, dioses, necesito ayuda!)
16.Que un día casi le parto la cara a un subnormal de Baviera, Alemania, que si hubiera sido veinte centímetros más alto, habría sido completamente redondo. Obviamente yo no empecé nada, pero no soporto que venga alguien, en un bar, de buenas a primeras y sin que nos conozcamos de nada ni le haya dado permiso para dirigirse a mí, me insulte. En vez de dejar que diera con su mejilla en mi puño, que sin duda habría sido mejor “Souvenir de l’Espagne” que el puto sombrero mejicano, opté por preguntarle si era la primera noche que sus padres le dejaban salir (debía de tener el subespecimen unos treinta años), cosa que aún le cabreó más y me pidió, a base de “fuck yous”, que llamara al segurata para que lo echara del sitio. Y ya lo dice el refrán, el que sepa beber, que beba, y el que no, p’Alemania.
17.Que me costó mucho “sentar cabeza” porque creía, con convencimiento patológico, que cuando te “casas” (o llámenle como quieran) se acabó tu vida, la civilización tal como la conocías y por supuesto, la diversión. Me avergüenzo profundamente de haber sentido eso durante tantos años, no sólo porque es una mera leyenda urbana, sino porque mi tiempo con Craig me está demostrando que la diversión, precisamente, no ha hecho más que empezar. Y que hay muchas maneras de hacer cosas tan supuestamente aburridísimas como ir al super en pareja. (La nuestra se basa en esa manía particular que tiene Craig de repetirme, parado en medio del pasillo de las verduras, que no se dice “tomeito”, sino “tomato”, que no se dice “pepper” sino “capsicum”, y por mi manía de mandarlo a tomar por ass, en inglés y “ahora que nadie me oye”. Y de hacer carreras con los carros, cuando no hay gente).
18.Estar hablando, oírme, y arrepentirme, todo al mismo tiempo. Hay veces en que es mucho mejor no tener razón, o tenerla y callarse.
O algo intermedio...

1.Que por mucho que critique y despedace a Britney Spears, hubo un breve espacio de tiempo en que una compañera de piso y yo nos poníamos “Hit me baby one more time” para planchar la ropa. No sé cómo instauramos aquel ritual, pero siempre era la canción con la que empezábamos la susodicha tarea. (¿quizá por la connotación marujil de la plancha? No lo sé. En todo caso, lo superé comprándome camisetas en vez de camisas, para no tener que planchar).
2.Que sufro (y digo sufro) fantasías erótico-festivas (muy platónicas, eso sí) con mi profesor de traducción, y que ayer, cuando me envió las traducciones que tenía que entregarle, tuve algo así como una sensación “estudiante-sumisa-faldita-y-coletas”, quizá provocada por eso de la erótica del poder… que en este caso sería poder intelectual, claro, porque el tío es traductor, con lo que mucho poder de otro tipo, dudo que tenga, que digamos. Pero es que es el único traductor de verdad que me da clases, y a mí es que eso… Suerte que no lleva bata blanca.
3.Que a veces escucho a la Streisand cantando con los Bee Gees. “There was a time when we were down and oooout, there was a place where we were startiiiing oooover….” No puedo evitarlo. Sé que está mal, sé que está mal, pero no puedo evitarlo.
4.Que aún no consigo entender los anuncios de un champú con el que se supone que si eres mujer, tienes que tener un orgasmo, y si eres hombre, esperas fuera como buen chico y te limitas a oírlo. Hasta me lo compré, para ver que pasaba, y no sólo no pasó nada, tema orgasmo, sino que entró Craig, el muy desconsiderado, y dijo que allí olía a colonia de abuela. Experimento fallido, supongo.
5.Que soy más torpe que una estantería con Parkinson bailando reguetón. Curiosamente, esta patosidad es selectiva, porque sólo rompo platos, vasos y demás vajilla en casa de mi madre. Departamento Roturas, claro, porque luego está el departamento Caídas, del que ya hablaré el día que explique el “Sideways Tango Incident”, que no será hoy.

6.Que el domingo hará una semana que no me hablo con mi señora madre, si no ocurre un milagro de esos que salen en las pelis americanas, en que la mamá de repente recapacita, se da cuenta de lo intolerante, obstinada y mala que ha sido al gritarle todos aquellos horrores por teléfono y se presenta en casa de la pobre hija, una víctima, oigan, ¡una víctima! Y sin decir nada, pero con lágrimas en los ojos, las dos se abrazan, música orquestal que anuncia un nuevo día, de fondo, y demás caralladas llanquis. Como es más probable que Bush se haga demócrata antes de que mi madre baje del burro, ya vaticino que el domingo hará una semana y que me siento profundamente avergonzada por la situación, porque pienso en ella a todas horas y me da una rabia que la mataría.

7.Que como mi cumpleaños coincide con las fiestas mayores de mi pueblo, hasta bien entrados los once años pensaba que celebraban mi nacimiento, no la fiesta mayor. (Vicisitudes de ser Leo… ya volveré ahí algún día)

8.Que lloré muchísimo con “City of Angels”, American Pasteloning donde los haya, y en cambio me partí el culo en “Frankenstein”, que se supone que tiene algo más de profundidad y, desde luego, mejor reparto.
9.Que por mucho que lo intente, no me siento cómoda llevando ropa interior, desde hace años. (Me refiero a la de abajo, que una no es francesa). De hecho hasta invito a quien quiera a probar la comodidad y el “aireamiento”, que es una costumbre muy sana, recomendada por todo el personal ginecológico.

10.Que por muy femenina y muy adolescente que me crea, nunca me ha gustado ni creo que me llegue a gustar “Titanic”. Me produce sarpullido en la inteligencia. El pobre se ahoga y la rica, que parece su tía-abuela y no su novia, sobrevive. ¿Qué tipo de mensaje no subliminal lleva eso?
11.Que una vez dejé a un novio porque estábamos a una semana de exámenes y no me venía a cuento seguir con él y con el bachillerato a la vez. Vergonzoso y carente de principios, lo sé, pero reflexioné mucho sobre el tema.
12.Que a veces veo pelis sólo para tener una excusa para estirar las patas y comer palomitas, no por la calidad de éstas (pelis, no palomitas, quiero decir).

13.Que tengo un repertoire de rigurosa ritualidad cuando canto en la ducha, y que por mucho que intente cambiarlo, siempre acabo cantando blues. Nunca canto blues fuera de la ducha, sin embargo. Hay conductas mías que no entiendo ni yo. “Nobody knoooows the trouble I’ve seeeeeen, nobody knooooows my sooooorrow…”
14.Que ha habido momentos de tensión en mi vida laboral en los que me he encontrado frente a una criatura y he tenido visiones reales de mis manos rodeando el cuello de la susodicha criatura hasta estrangularla. También los he tenido en Londres, bañando a dos “piezas” y viéndome, de repente, hundiéndoles sendas cabezas en el agua hasta hacerlos callar de una dichosa vez por todas. Como en esas pelis, que de repente salen burbujitas del agua y los puñeteros dejan de chapotear y chillar y pegar patadas. He de decir, en defensa propia y a título de alegato, que cualquiera que haya trabajado con criaturas durante el suficiente tiempo y que no sea una piedra sin sentimientos, ha vivido, por fuerza, momentos de este tipo. Al principio me di muchísimo miedo, pero luego descubrí que la diferencia principal entre una mujer al borde de un ataque de nervios y una asesina infantil en serie es la capacidad de distinguir las fantasías propias de la función lúdica de la imaginación, de los actos llevados a cabo en la realidad.

Piénsenlo cuanto quieran, pero no hagan nada.
15.Soy terriblemente incapaz de utilizar un poco el raciocinio y cumplir con una práctica máxima del derecho romano, que dice “Qui tacet, consentire videtur”. Yo no soy capaz de callarme y dejar que los demás piensen lo que quieran. ¡Acabáramos! Dejar que la gente que me rodea piense es peligroso. (¿He dicho yo eso? ¿Acabo de decir yo eso, de verdad, o ha sido mi madre, ejerciendo algún tipo de posesión infernal en vida sobre mi persona? ¡Dioses, dioses, necesito ayuda!)
16.Que un día casi le parto la cara a un subnormal de Baviera, Alemania, que si hubiera sido veinte centímetros más alto, habría sido completamente redondo. Obviamente yo no empecé nada, pero no soporto que venga alguien, en un bar, de buenas a primeras y sin que nos conozcamos de nada ni le haya dado permiso para dirigirse a mí, me insulte. En vez de dejar que diera con su mejilla en mi puño, que sin duda habría sido mejor “Souvenir de l’Espagne” que el puto sombrero mejicano, opté por preguntarle si era la primera noche que sus padres le dejaban salir (debía de tener el subespecimen unos treinta años), cosa que aún le cabreó más y me pidió, a base de “fuck yous”, que llamara al segurata para que lo echara del sitio. Y ya lo dice el refrán, el que sepa beber, que beba, y el que no, p’Alemania.

17.Que me costó mucho “sentar cabeza” porque creía, con convencimiento patológico, que cuando te “casas” (o llámenle como quieran) se acabó tu vida, la civilización tal como la conocías y por supuesto, la diversión. Me avergüenzo profundamente de haber sentido eso durante tantos años, no sólo porque es una mera leyenda urbana, sino porque mi tiempo con Craig me está demostrando que la diversión, precisamente, no ha hecho más que empezar. Y que hay muchas maneras de hacer cosas tan supuestamente aburridísimas como ir al super en pareja. (La nuestra se basa en esa manía particular que tiene Craig de repetirme, parado en medio del pasillo de las verduras, que no se dice “tomeito”, sino “tomato”, que no se dice “pepper” sino “capsicum”, y por mi manía de mandarlo a tomar por ass, en inglés y “ahora que nadie me oye”. Y de hacer carreras con los carros, cuando no hay gente).
18.Estar hablando, oírme, y arrepentirme, todo al mismo tiempo. Hay veces en que es mucho mejor no tener razón, o tenerla y callarse.
O algo intermedio...

El día después.
... No sé si me conocen. Soy algo así como una versión femenina de Irwing Berlin, soy una genialidad de la música cuya vida supera con creces cualquier guión hollywoodiense, incluyendo viajes larguísimos para escapar de rusos antisemitas, y barrios marginales donde me veo forzada a realizar mi arte a cambio de algunas monedas y una jarra de cerveza caliente.
Es en ese momento clave de mi vida, en medio de un blues o un ragtime (no recuerdo muy bien) cuando de repente, aparece un dentista en el miniescenario improvisado de un bar de mala muerte de China Town, donde canto por las noches. Me sienta en una silla y me empieza a hurgar en la cara. Pero no con uno de esos típicos tornos (de esos que hacen ñíiiiiiiiií) de dentista, sino con sus propios dedos. Para entendernos, es como si me estuviera tocando el piano en las mejillas.
Cuando estoy a punto de propinarle un guantazo por boicotearme la performance, abro los ojos y veo un primer plano del careto roedor de Macgaiber, que tiene sus patas delanteras apoyadas en mi cara. Para entendernos: El muy Hijodemilpadresdesconocidos me está, literalmente, pisando la cara. ("Don't bite the hand that feeds you: step on its face.")
Y toda Barcelona (y parte de las cercanías) se ha despertado de golpe al grito de: "¡Craaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaiiiiiiiiiiiig!".
El acabose del empezose de un viernes.
Hay momentos y momentos para soltar a una mascota y dejar que corra, cual alma libre que se lleva el viento, por la casa.
El momento de despertarme yo, definitivamente, no es uno de ellos.
Ésta va para que entiendan mi despertar de hoy. Ríome yo, y eso que voy ya por el segundo café, de Robert de Niro.
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
0. Sigo sin ir a la dentista. Lo he atribuído, bajo un momento de atroz sinceramiento conmigo misma, a dos factores principales:
a) Miedo (pánico, más bien). Véase "cobardía" en general.
b) Instinto de autoprotección. (Digamos que para mí, ir al dentista por tu propio pie y sin que alguien te apunte con un revólver es como no cubrirte la cara con las manos instintivamente cuando ves un puño ajeno acercarse velozmente a ti.)
c) Divina desidia que me caracteriza.
1. Ayer, POR FIN, entregamos aquel proyecto inútil, absurdo y desprovisto en su totalidad de interés y/o utilidad alguna, para la universidad.
2. (vid.: 1) ...Fecha que coincidió justamente con "El día en que mi profesor de TC4 (id est, traducción Inglés-Catalán) me envió las tres megatraducciones que tengo que entregar antes del día 10.
3. Y con el día en que la demo que me bajé de un superprograma fantástico que no sólo te traduce cualquier palabra, sino que dispone hasta de enciclopedias online con sólo un click, expiró.
(Yo nací fuera del tiempo que me correspondía. Yo habría sido la musa de Murphy y habría podido llegar a devenir una auténtica celebridad. Carajo. Una musa es una musa, después de todo.)
4. ...Y con el día en que vuelvo a la lista general de trabajos por entregar de la universidad y tengo que sentarme para que el soplo cardíaco no diga de organizar un atentado terrorista y dejar sin provisiones de sangre al resto de órganos que pueblan mi cuerpo.
5. Ayer también vi "Gallipolli", una película de cuando Mel Gibson aún tenía acento australiano (vamos, de cuando Sarita Montiel hizo la primera comunión, más o menos) sobre los australianos que fueron enviados a Turquía en la primera guerra mundial por esos cochinos colonizadores ingleses.
Creo que aquí no lo había explicado aún. Me refiero a mi debilidad por el cine bélico. No me malinterpreten; ni soy una pacifista de ésas que reparten flores por los aeropuertos, ni tengo un poster de Bush en calzoncillos marcando músculo en el techo de mi habitación.
Hay algo, en esta debilidad, que se contradice con mi principio de "vamos a hablarlo antes de llegar a las manos" (que ni mucho menos quiere decir tampoco "Vamos a poner la otra mejilla")... Supongo que es culpa de mi padre.
Mi padre me aficionó, desde muy pequeña, al cine bélico. Mi madre hacía un curso nocturno de nosequé en la universidad un día entre semana; día que coincidía muchas veces con la emisión de pelis de guerra. Día que coincidía (siempre) con un estado inusual de buen humor, paz interior y buen kharma en mi persona, porque mi padre y yo cenábamos bocatas de atún, que me encantan, frente a la tele, y nos veíamos una peli de guerra.
Así fue como descubrí mi gusto por grandes obras maestras tales que "Los cañones de Navarone", "Objetivo: Birmania", "El puente sobre el río Kwai", "La gran evasión" y un largo etcétera que venero aún hoy en día. (Eso tampoco significa que esté de acuerdo con que haya guerras. Ojo.)
Y mi padre, en el transcurso de aquellas noches temáticas, me explicó su versión sobre las guerras, que seguramente transmitiré a mis descendientes porque creo en ella de una manera ciega: En las guerras, casi nunca hay buenos ni malos, pero si hay que decantarse por alguno de los dos adjetivos, son todos malos, o incompetentes, por no saber arreglar las trifulcas sin llegar a las granadas.
En mi opinión, los dos mayores fracasos de la Humanidad (sin contar el inexplicable éxito de Britney Spears) ocurrieron en Hiroshima y Nagasaki el seis y el nueve de Agosto del mil novecientos cuarenta y cinco, respectivamente.
Ya es ridículo asesinar, método zapatilla y en tu propia casa, a una hormiga que no te ha hecho nada, pero tener que vestirte a propósito y no sólo salir sino encima pillar barcos y/o aviones para ir a masacrar a tu propia especie... Con lo que me cuesta a mí salir de casa, que siempre tengo que salir cinco veces porque siempre me olvido cosas (exceptuando esos días en que me dejo las llaves, que sólo puedo salir una vez por motivos obvios)
En fin, para qué contarles, aquí la politóloga experta. Es mi humilde e ingénua opinión, al menos.
Para mí, los juegos de guerra se parecen un poco al fútbol. No me gustan las guerras (más allá del cine, quiero decir), pero si hay que presenciar alguna por fuerza, elegiría una en que ambos bandos crean en lo que están haciendo y luchen para defender lo que es suyo, no un montón de dinero o unos cuantos pozos de petróleo (que viene a ser lo mismo: cuestión de pelas). De la misma manera, no me gusta el fútbol, pero si tengo que presenciar un partido prefiero que sea entre equipos de pueblo, en que cada persona del equipo de un pueblo sea DE ESE PUEBLO y no juegue con el bolsillo, sino con el corazón.
Voy a dejar el tema aquí, antes de acabar a la deriva entre cosas de las que no tengo ni puñetera idea. Creo firmemente, eso sí, que si las guerras nos las dejaran a las mujeres, habría muchísimas menos bajas. Sin ánimo de crear polémica, pero es verdad.
6. Macgaiber comparte mi afición por cine bélico desde un acercamiento mucho más empírico al tema: parte inferior de jaula del susodicho es de un plástico amarillo que (no me pregunten cómo) ha ido royendo cada noche hasta hacer tremendo agujero por el que ya casi le cabe la cabeza, al más puro estilo Steve McQueen pero sin moto.
COSAS POR HACER:
1. Acabar primera dichosa traducción sobre Alejandría.
2. Vencer a la tentación súbita de mirar precios de vuelos a Egipto.
3. Fregar la cocina.
4. (vid.: anterior) Empezar sacando todos los platos y demás útiles culinarios para poder entrar en cocina.
5. Olvidarme de mis instintos de supervivencia, buscar excusa creativa y pedir nueva cita con dentista.
6. (sobre apartado "excusas creativas"): recordar que mentira primera en la mayoría de casos lleva a seguir mintiendo en cadena, ergo recordar no volver a decir que han operado a mi madre y exponerme a tener que inventar supuesto trágico accidente de coche que ha dejado secuelas que han requerido cinco cirugías, blá blá. Con mi mala suerte, seguro que mi madre decide inexplicablemente, un día, acompañarme al ambulatorio y, o se descubre la inmensa trola, u OMS acaba otorgándole fastuoso premio a todo el gremio de cirujanos de Barcelona por el milagro que han hecho con la cara de mi señora madre.
7. Poner cincuenta y seis lavadoras (más once de ropa blanca).
8. Escuchar y respetar inmediatamente llamada de la Madre Naturaleza y dejar de realizar coreografía de lo comúnmente denominado "Baile de San Vito").
9. Dejar de hacerme preguntas absurdas acerca de la posible identidad de San Vito y anécdotas que produjeron dicha expresión con su nombre.
Es en ese momento clave de mi vida, en medio de un blues o un ragtime (no recuerdo muy bien) cuando de repente, aparece un dentista en el miniescenario improvisado de un bar de mala muerte de China Town, donde canto por las noches. Me sienta en una silla y me empieza a hurgar en la cara. Pero no con uno de esos típicos tornos (de esos que hacen ñíiiiiiiiií) de dentista, sino con sus propios dedos. Para entendernos, es como si me estuviera tocando el piano en las mejillas.
Cuando estoy a punto de propinarle un guantazo por boicotearme la performance, abro los ojos y veo un primer plano del careto roedor de Macgaiber, que tiene sus patas delanteras apoyadas en mi cara. Para entendernos: El muy Hijodemilpadresdesconocidos me está, literalmente, pisando la cara. ("Don't bite the hand that feeds you: step on its face.")
Y toda Barcelona (y parte de las cercanías) se ha despertado de golpe al grito de: "¡Craaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaiiiiiiiiiiiig!".
El acabose del empezose de un viernes.

Hay momentos y momentos para soltar a una mascota y dejar que corra, cual alma libre que se lleva el viento, por la casa.
El momento de despertarme yo, definitivamente, no es uno de ellos.
Ésta va para que entiendan mi despertar de hoy. Ríome yo, y eso que voy ya por el segundo café, de Robert de Niro.
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
0. Sigo sin ir a la dentista. Lo he atribuído, bajo un momento de atroz sinceramiento conmigo misma, a dos factores principales:
a) Miedo (pánico, más bien). Véase "cobardía" en general.
b) Instinto de autoprotección. (Digamos que para mí, ir al dentista por tu propio pie y sin que alguien te apunte con un revólver es como no cubrirte la cara con las manos instintivamente cuando ves un puño ajeno acercarse velozmente a ti.)
c) Divina desidia que me caracteriza.
1. Ayer, POR FIN, entregamos aquel proyecto inútil, absurdo y desprovisto en su totalidad de interés y/o utilidad alguna, para la universidad.
2. (vid.: 1) ...Fecha que coincidió justamente con "El día en que mi profesor de TC4 (id est, traducción Inglés-Catalán) me envió las tres megatraducciones que tengo que entregar antes del día 10.
3. Y con el día en que la demo que me bajé de un superprograma fantástico que no sólo te traduce cualquier palabra, sino que dispone hasta de enciclopedias online con sólo un click, expiró.
(Yo nací fuera del tiempo que me correspondía. Yo habría sido la musa de Murphy y habría podido llegar a devenir una auténtica celebridad. Carajo. Una musa es una musa, después de todo.)
4. ...Y con el día en que vuelvo a la lista general de trabajos por entregar de la universidad y tengo que sentarme para que el soplo cardíaco no diga de organizar un atentado terrorista y dejar sin provisiones de sangre al resto de órganos que pueblan mi cuerpo.
5. Ayer también vi "Gallipolli", una película de cuando Mel Gibson aún tenía acento australiano (vamos, de cuando Sarita Montiel hizo la primera comunión, más o menos) sobre los australianos que fueron enviados a Turquía en la primera guerra mundial por esos cochinos colonizadores ingleses.
Creo que aquí no lo había explicado aún. Me refiero a mi debilidad por el cine bélico. No me malinterpreten; ni soy una pacifista de ésas que reparten flores por los aeropuertos, ni tengo un poster de Bush en calzoncillos marcando músculo en el techo de mi habitación.
Hay algo, en esta debilidad, que se contradice con mi principio de "vamos a hablarlo antes de llegar a las manos" (que ni mucho menos quiere decir tampoco "Vamos a poner la otra mejilla")... Supongo que es culpa de mi padre.
Mi padre me aficionó, desde muy pequeña, al cine bélico. Mi madre hacía un curso nocturno de nosequé en la universidad un día entre semana; día que coincidía muchas veces con la emisión de pelis de guerra. Día que coincidía (siempre) con un estado inusual de buen humor, paz interior y buen kharma en mi persona, porque mi padre y yo cenábamos bocatas de atún, que me encantan, frente a la tele, y nos veíamos una peli de guerra.
Así fue como descubrí mi gusto por grandes obras maestras tales que "Los cañones de Navarone", "Objetivo: Birmania", "El puente sobre el río Kwai", "La gran evasión" y un largo etcétera que venero aún hoy en día. (Eso tampoco significa que esté de acuerdo con que haya guerras. Ojo.)
Y mi padre, en el transcurso de aquellas noches temáticas, me explicó su versión sobre las guerras, que seguramente transmitiré a mis descendientes porque creo en ella de una manera ciega: En las guerras, casi nunca hay buenos ni malos, pero si hay que decantarse por alguno de los dos adjetivos, son todos malos, o incompetentes, por no saber arreglar las trifulcas sin llegar a las granadas.
En mi opinión, los dos mayores fracasos de la Humanidad (sin contar el inexplicable éxito de Britney Spears) ocurrieron en Hiroshima y Nagasaki el seis y el nueve de Agosto del mil novecientos cuarenta y cinco, respectivamente.
Ya es ridículo asesinar, método zapatilla y en tu propia casa, a una hormiga que no te ha hecho nada, pero tener que vestirte a propósito y no sólo salir sino encima pillar barcos y/o aviones para ir a masacrar a tu propia especie... Con lo que me cuesta a mí salir de casa, que siempre tengo que salir cinco veces porque siempre me olvido cosas (exceptuando esos días en que me dejo las llaves, que sólo puedo salir una vez por motivos obvios)
En fin, para qué contarles, aquí la politóloga experta. Es mi humilde e ingénua opinión, al menos.
Para mí, los juegos de guerra se parecen un poco al fútbol. No me gustan las guerras (más allá del cine, quiero decir), pero si hay que presenciar alguna por fuerza, elegiría una en que ambos bandos crean en lo que están haciendo y luchen para defender lo que es suyo, no un montón de dinero o unos cuantos pozos de petróleo (que viene a ser lo mismo: cuestión de pelas). De la misma manera, no me gusta el fútbol, pero si tengo que presenciar un partido prefiero que sea entre equipos de pueblo, en que cada persona del equipo de un pueblo sea DE ESE PUEBLO y no juegue con el bolsillo, sino con el corazón.
Voy a dejar el tema aquí, antes de acabar a la deriva entre cosas de las que no tengo ni puñetera idea. Creo firmemente, eso sí, que si las guerras nos las dejaran a las mujeres, habría muchísimas menos bajas. Sin ánimo de crear polémica, pero es verdad.
6. Macgaiber comparte mi afición por cine bélico desde un acercamiento mucho más empírico al tema: parte inferior de jaula del susodicho es de un plástico amarillo que (no me pregunten cómo) ha ido royendo cada noche hasta hacer tremendo agujero por el que ya casi le cabe la cabeza, al más puro estilo Steve McQueen pero sin moto.
COSAS POR HACER:
1. Acabar primera dichosa traducción sobre Alejandría.
2. Vencer a la tentación súbita de mirar precios de vuelos a Egipto.
3. Fregar la cocina.
4. (vid.: anterior) Empezar sacando todos los platos y demás útiles culinarios para poder entrar en cocina.
5. Olvidarme de mis instintos de supervivencia, buscar excusa creativa y pedir nueva cita con dentista.
6. (sobre apartado "excusas creativas"): recordar que mentira primera en la mayoría de casos lleva a seguir mintiendo en cadena, ergo recordar no volver a decir que han operado a mi madre y exponerme a tener que inventar supuesto trágico accidente de coche que ha dejado secuelas que han requerido cinco cirugías, blá blá. Con mi mala suerte, seguro que mi madre decide inexplicablemente, un día, acompañarme al ambulatorio y, o se descubre la inmensa trola, u OMS acaba otorgándole fastuoso premio a todo el gremio de cirujanos de Barcelona por el milagro que han hecho con la cara de mi señora madre.
7. Poner cincuenta y seis lavadoras (más once de ropa blanca).
8. Escuchar y respetar inmediatamente llamada de la Madre Naturaleza y dejar de realizar coreografía de lo comúnmente denominado "Baile de San Vito").
9. Dejar de hacerme preguntas absurdas acerca de la posible identidad de San Vito y anécdotas que produjeron dicha expresión con su nombre.
Esas cosas que hacen que me sonroje...

En todo cuento interesante que yo aprecie, tiene que haber un gentleman exquisito, "very unique", desenfadado y sobre todo, galante (sin cursiladas, eso sí, y soltando palabras soeces cuando lo requiere la ocasión, que es donde se distingue al elegante del pastoso).
En mi "Érase que se era una vez un blog", es decir, la historia de este blog desde que me puse realmente a ello, apareció un día nada menos que un marqués.
Y se dirán: "¿Qué hace una sociata como tú, bohemia hijnorante de la bida que amb prou feines llega a fin de mes, elogiando a un marqués de esos que probablemente nunca pisan nada que quede al sur de la Diagonal? Pues es exactamente eso: a mí lo de los tópicos y clichés, para hacer broma y frivolizar, me encantan. Pero ya está. A él creo que más de lo mismo, así lo decía, al menos, en su primer post.
Su uso de las palabras es un constante juego de malabarismos, por no hablar de su elección de temas; una ensalada para círculos exclusivos (y no excluyentes, al tanto) Fui yo la que primero le leí y supe, desde el primer momento, que era un contacto más que digno de agregar.
Pues bien, el galán del cuento ha conseguido algo que no han conseguido ni las criaturas: hacerme sonrojar.
Y es que una cosa es que salga una Cualquiera (vid. pelambrusca) a explicar su vida y sus historias de cama por la tele y cualquiera llame por teléfono y le exprese su admiración, y otra, muy diferente, que entre aquí un buen día (yo) y me encuentre un elogio tan trabajado de alguien cuyos escritos y cuya mente crítica admiro tan profundamente.
Muchas gracias.
P.S. Me quedo con Gustavo, aunque sí, es mejor la piel, sin duda.
London Calling.
Pues resulta que el pasado lunes, miles de personas de la plantilla de la BBC (aclaro: British Broadcasting Corporation, no Bodas, Bautizos y Comuniones) montaron una huelga de un día para protestar contra el posible despido de unas 4000 personas, para recortar gastos.
¡Recortar gastos! Citando a mis grandes figuras de la retórica literaria, mis Monkeys, “Jo, qué morro”.
En “Auntie Beeby” están de guasa. Lo juro. Es poco menos que indignante tener que leer una noticia como ésta, después de vivir la experiencia que más tarde bauticé como “El Incidente del Tío de la Tele en Fulham.”.
Durante mi año en Londres, el barrio donde más tiempo viví (y el que más me gustó, con diferencia abismal) fue Fulham. Fulham, para quien conozca Barcelona, es una especie de Poblenou/Gràcia con más Starbucks, más pubs y menos Rocanrol. (Esto último, muy a mi pesar, pero Shepherd’s Bush está a un paso y cuenta con un magnífico y descaradamente sucio antro llamado “The Walkabout”, macropub australiano donde tocan en vivo, montan conciertos, retransmiten Rugby y Aussie Rules Footie, etcétera)
En fin, Fulham es un pueblo dentro de una ciudad, con sus casitas y edificios bajos, sus escaparates victorianos llenos de tapices de flores, sus restaurantes pijos, su Sainsbury’s inmenso, su cine y nada menos que el estadio del Chelsea. (Vamos, que vida no le falta).
Ahora no me vayan a pensar que aquí una vivía en casa de Beckham, ni nada de eso, no. Es barrio es precioso y tirando a pijísimo, sí, pero, como todo en esta vida, tenía su “Lado Oscuro”, que era justo donde yo pasé más tiempo: un bloque de pisos grises y apestosos de esos de protección civil donde acabé convirtiéndome en una auténtica “homie” al más puro estilo “Yo, man, wassup, my dog, let’s roll, ‘awight?”, después de unas cuantas terapias de psicoanálisis con el vecino anglo-africano alcohólico maltratado por su mujer, unas cuantas disputas con los chorizos del mercado de abajo por querer timarme, un sinfín de kebabs de la “Baba” de enfrente, noches divertidísimas en el Havana Club y una buenísima y exquisita relación con el personal del gimnasio al que íbamos Craig y yo.
Compartíamos piso con dos institutrices neozelandesas, una camarera italiana, dos albañiles sudafricanos y un técnico de sonido lituano que se pasaba la vida de concierto en concierto.
Y dirán: “Qué aglomeración”. Sí, pero nos lo pasábamos bien. La convivencia era fácil, dado que nadie está para demasiadas puñetas, en Londres. Todo el mundo acepta, de algún modo, que es diferente, que viene de una cultura, de una lengua y de un país diferente y todo el mundo se ponía ese chip de tolerancia para vivir en esa especie de “melting pot” que es Londres.
Todo el mundo, menos un sudafricano blanco que vino a ver el piso un día y que al darse cuenta de que los otros dos sudafricanos que allí cohabitaban eran más negros que una noche londinense sin luna dijo que seguiría buscando. A pesar de que eran dos de las mejores personas que he conocido en el Reino Unido. Aún quedan racismos e ignorancias voluntarias, fíjense.
En fin. El caso es que yo, allá por Enero-Febrero estaba una mañana en casa, con una página web que me habían dado para traducir, cuando llamaron a la puerta. Todo el mundo se había ido ya a trabajar y yo estaba sola en casa.
Yo, que soy tan precavida e inteligente, miré por la mirilla y divisé un pedazo de estatua de ébano de dos metros de altura y otros tantos de anchura, y decidí no abrir. Porque a aquellas horas de la mañana, sólo podía ser un vendedor o alguien tocando las narices, y porque aquél Lado Oscuro de Londres, por mucho que a mí me gustara y tal, era peligroso para una extranjera sola en casa.
Y yo, que soy tan precavida e inteligente II, no me acordé de que perfectamente el tipo podía mirar por la ventana de la cocina y verme allí con el portátil, que fue exactamente como sucedió.
El tío: -Señora, TV licence, abra la puerta, por favor.
Y yo: -Ya tenemos televisión, gracias, no necesitamos.
Y el tío: -Ya sabemos que la tienen, por eso estoy aquí.
Y yo: -Es que va a tener que volver esta tarde, ahora no están las titulares del piso.
Y el tío: -Señora, no me obligue a echar la puerta abajo, que yo sólo soy un funcionario y hago mi trabajo.
Al oír lo de que trabajaba para el estado, ya, como que… una empieza a sudar en medio de un día de nieve, y tal. Así que le abrí la puerta.
Al natural, aún era más grande, el tío.
-Tengo que hacerle unas preguntas. Como sabrá, si tiene una televisión, necesita una licencia.
-Pues no, no lo sabía. (¿preguntas? ¿es una encuesta de audiencia? Pensé yo. Si seré imbécil.)
-Pues sí. Para cada televisión de propiedad, en el Reino Unido, se necesita pagar una licencia.
-Creía que con todos los impuestos que pago ya quedaba cubierta la tele. (qué cabrones, con la mierda que ponen y aún cobran aparte).
-Pues no. Tiene que pagar 102 libras al año por cada televisor en color y hemos visto que en este piso no se ha pagado nada. Y la multa si no paga es de mil libras.
-Bueno, ¿y qué le hace pensar que nosotros aquí tenemos teles? (Mierda, se lo he dicho yo misma antes. ¡Mierda, mil libras! ¡Ha dicho multa y ha dicho mil libras!)
-… (me dedica una sonrisa de esas con sorna que casi me pongo a reír yo sola de la absurdidad que acabo de decir. ¿Londres, en pleno invierno, y sin tele? Resulta más fácil imaginarse a la Parker-Bowles haciendo un Strip Tease a ritmo de “The Queen is Dead” de los Smiths delante del Big Ben y con setecientos cincuenta y dos millones de japoneses sacándole fotos.)
- ¿Cuántas teles tienen en esta vivienda, señora?
- No lo sé, yo sólo tengo una habitación y, como comprenderá, no me dedico a espiar las de las otras personas.
- Bueno, pues tendrá que dejarme pasar para que lo compruebe yo mismo.
-Si le “dejo” pasar, llamo inmediatamente a la policía por allanamiento de morada.
-De acuerdo. (nunca había escuchado un “ok” que sonara tan poco a “ok”, lo juro.) Pues haga el favor de contestarme, al menos, a unas cuantas preguntas.
-No tengo por qué hacerlo, pero si insiste… (Una de cal y otra de arena. Podía decir que me llamaba Wilma Flinstone, ¿no?)
-¿En cuál de los Estados Unidos nació?
- (En Ourense, el número cincuenta y uno. Acabáramos). En ninguno. Soy española.
-¡Ah, vaya! (qué divertido) Pues habría jurado que es usted americana, por su acento, y eso…
-(Habría jurado que está usted haciéndose el simpático, y como intente algo, la batalla de Waterloo va a ser una fiesta de sociedad en comparación con la patada en plena zona genital que se va a llevar.) Pues no. Soy española. De nacionalidad europea. (Por si luego aún vas y me envías al Destacamento Inmigración, que aquí hay mucha persona hijnorante de la bida)
El tío allí, rellenando formulario de esos con membrete, y mientras tanto, en la puerta pelándonos de frío. Como comprenderán, no le iba a dejar pasar y cerrar la puerta. Aquí una se ha chupado muchas películas de serie B.
-¿Fecha de nacimiento?
-Dudo que eso tenga nada que ver con ninguna licencia ni de televisor, ni de Minipimer de tres velocidades, y por si ese argumento no le sirve, tengo otro: atentado contra la integridad moral y la privacidad.
- Señora, esto no es personal, es que…
-Mire, tengo trabajo, ¿por qué no vuelve usted esta tarde? Seguro que mis compañeras estarán encantadas de invitarle a un té y explicarle lo que haga falta.
-Señora, por favor…
-No. Voy a tener que pedirle que se vaya. (Siempre, desde que era pequeña y lo veía en las pelis, había querido decir esa frase. Es que en español suena demasiado cursi).
- Bien, pues le dejo esta notificación. Recuerde que si no paga, son mil libras de multa.
-“Okay”. (Sí, búscame por Barcelona, chato)
En aquel preciso instante en que cerré la puerta, de repente se me iluminó la bombilla y me vino el flash de un capítulo de aquella serie, The Young Ones (“Els Joves” en Catalunya) en que Rick, el anarquista gay, pilla la tele y la tira por la ventana cagándose en voz muy alta en la madre que parió al tipo que inventó lo de la licencia, o algo por el estilo.

¡Así que era eso! Además de los impuestos, hay que pagar una licencia aparte para tener tele. Pues lo siento, pero yo me uno a Rick. Total, para lo que veo la tele…
De repente me entró así como un instinto mezcla de la psicosis de Braveheart con el odio de Napoleón, hacia Inglaterra (que no hacia el resto del Reino Unido, ojo) y a punto estuve de plantarme en las Houses of Parliament con una espumadera, o algo contundente y afilado y montar una escabechina.
(Afortunadamente aún conservaba una cierta capacidad de diferenciación entre fantasías y realidad).
Pues sí. Y luego, los de la BBC, que evidentemente es la destinataria del dinero de esas licencias, aún quieren hacer limpieza de plantilla por falta de fondos. Habrase visto.
No, si los documentales son buenos, no lo negaré, y sí que se ve una intención de “televisión de calidad” (comparado con el resto de cadenas actuales a nivel mundial tampoco es, que digamos, como para dedicarles un Cantar de Gesta).
Pero desde luego, prefiero el método peninsular. (Id est, que te sablen igual pero sin llamarte a la puerta descaradamente para decírtelo).
El retorno de los Sikhs

Y el Doctor Singh, primer ministro de los Sikhs y devoto de las sagradas escrituras del Adi Granth, último gurú de la secta que heredaron directamente del grande, del magnánimo Gobind Singh, el décimo gurú, dirigiéndose a los allí reunidos Sikhs, cogió el micrófono y exclamó:
-Sí, sí, probando, probando, oh, yeah. - en dialecto Sikh, claro está.
(Aquí me van a tener que permitir alguna licencia literaria que otra. Aún no he estado en India y no sé muy bien cómo funcionan este tipo de ceremonias. De todos modos, dudo que dejaran entrar a una mujer en un templo sectario medio sufi, medio musulmán)
Los allí congregados sikhs bajaron sus cabezas, en señal de respeto y de sumisión incondicional hacia el Dr. Singh y también hacia el Harimandir (su templo dorado).
-Estamos aquí congregados, en nombre de Nanak, de Bhakti y de todos los Santos, para llevar a cabo las buenas obras que nos encomendaron y que conseguirán la suspensión de la eterna transmigración de nuestras almas.
- Amén - exclamaron los allí congregados sikhs, a coro.
(En dialecto Sikh, claro está.)
-Cuando esa suspensión ocurra, conseguiremos -prosiguió el Doctor Singh -nuestra unión mística con Dios.
-¡Amén! - exclamaron los allí congregados sikhs, a coro.
(con algo más de regozijo visible que al principio, dado que el incienso empezaba a hacer su efecto).
El Doctor Singh sudaba ajo, como muchos de los allí presentes. Al contrario de los autobuses londinenses, donde tantas y tantas veces había sido escrutado por los ojos acusadores de alguna abuela británica, en el Harimandir no tenía que explicarle a nadie que si olía no era de no ducharse, que se duchaba cinco veces al día, pero que su piel, como la de todo el mundo, al transpirar, segregaba de un modo perverso el ajo que había ingerido en formato etéreo.
Ignorantes Ingleses Colonizadores de Mierda.
-Y de esa Unión Mística, al fundirnos con Dios, vaciaremos de nuestras almas al Planeta, pero surgirán otras almas, diferentes y nuevas, que repoblarán la India, una India nuestra, donde al fin podremos gritar libremente, ¡Khalsa dominará!
-¡Los puros dominarán! ¡Raj Karega Khalsa! - repitieron todos a coro. (Eso sí que fue en versión original)
Los asistentes, enardecidos, profiriendo exclamaciones de potenciales victorias en futuro -imperfecto e indefinido- no le sacaban ojo de encima al Doctor Singh.
El Doctor Singh, allí de pie, los miró a todos profundamente, a lo que se hizo un completo y sepulcral silencio.
Bajo ese mismo silencio imperante, sacó dos cajas de detrás de las cortinas del enorme púlpito que presidía, y un rottring de dimensiones desproporcionadas, de diez centímetros de diámetro de punta de fieltro. (como mínimo).
Todos los allí congregados sikhs se preguntaron para qué serían aquellas cajas.
-A esta nuestra próxima gesta la llamaremos "Los cines de Nueva Dehli". - sentenció el Doctor Singh.
-¡Amén! -exclamaron los allí congregados sikhs, a estas alturas ya ebrios de misticismo, patriotismo, sentimiento de pertenencia, ajo e incienso.
(en dialecto Sikh, claro está)
Y volvió a reinar el silencio más sepulcral.
Entonces, los allí congregados sikhs pudieron percibir que las cajas tenían letreros.
En una ponía "Mecheros", y en la otra, "Gasolina".
En dialecto Sikh, claro está.
Y, el Doctor Singh, primer ministro de los Sikhs y devoto de las sagradas escrituras del Adi Granth, último gurú de la secta que heredaron directamente del grande, del magnánimo Gobind Singh, el décimo gurú, rottring en mano, dirigióse a uno de ellos, y, tendiéndoselo, le advirtió:
-Sanjib, esta vez pon atención con lo que dejas por las paredes. "Al Qaeda" va sin hache. Y separao.
Piltrafilla.
Veinticuatro horas para el día D.
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:

1. 24h para entregar archiconocido proyecto inútil, absurdo y totalmente desprovisto de interés, para la universidad. Pelos de punta, gruesas gotas de sudor resbalando por sienes (sentido figurado: no hace tanto calor. Que hay que explicarlo todo).
2. Progresos totales conseguidos desde ayer hasta ahora en la redacción de las conclusiones: sustitución de título originalmente pensado (original de origen, no de creativo) "Further notes" por "Comments". Resto aún por escribir.
3. Hoy también día D en que vuelvo a dentista con un miedo al más puro estilo Scooby-Doo (id est, si pudiera saltar sobre alguien y agarrármele al cuello lo haría), haciendo gala de los siguientes síntomas, de vulgaridad y convencionalidad dolorosas:
a) La nostalgia. (No quiero perder muela. ¡Es mía, y ha estado conmigo durante years on end!)
b) La fobia causada por experiencia traumática anterior. (No quiero pasar por anestesia en vivo de nuevo. Vid. Posts anteriores)
c) El sentido práctico.( No puedo permitirme dolores en un día como hoy -ver punto núm. 1.)
d) La estética. (Bonita cara se me va a poner otra vez)
e) La gula. (Hoy es uno de esos días en que REALMENTE necesito esos croissants de chocolate de panadería de abajo a la izquierda)
f) La esquizofrenia paranoide (¡Necesito fumar, necesito fumar! ¡Y no pienso dejar que nada ni nadie me lo impida! Aaaagggghhhh)
g) Los remordimientos. (Al final no compré antibiótico recetado por doctora. Antibiótico viene de hierbas, así que decidí sustituirlo por tabaco y té, que vienen de ídem, pero algo me dice que no provocan mismo tipo de curación. Tengo miedo a que doctora se dé cuenta de lo tramposa que soy).
h) La responsabilidad. ( Tengo clase particular con alumna que me encanta y que ahora me encanta doble porque ha sacado notable en castellano, asignatura en la que estoy ayudándole.)
i) Las pesadillas. He soñado que iba en metro con dentadura postiza (dentro de la boca, no sentada a mi lado) y se me iba cayendo, y yo iba gesticulando cual dentosauro de esos que atacan a los conductores de autobús con la "cartilla" de pensionista, para que nadie se piense que se cuelan. (Pensar Stanislavski, pensar Stanislavski. Después de esta, preparada para convertirme en quinta protagonista del remake de "Las chicas de oro". Lo juro).
4. Ayer enterarme de dato muy importante en clase con los Monkeys: "El papel está en peligro de extinción". Se lo CHILLÓ "Happy Hippos" a Manolito, que andaba el pobre minding his own business, haciendo figuritas de papel para un trabajo. Tremenda bronca que le pegó por desaprovechar el papel, encontrándose este, como todas/os sabemos, en peligro de extinción.
Detectado nuevo desorden de la conducta infantil, provocado seguramente por programa de Conocimiento del Medio de Educación Primaria: la psicosis sostenibilitista.
Insostenible (en tanto que insoportable). Ríome del Fórum, yo.
5. Ayer (también) presentárseme posibilidad de seguir trabajando en escuela, en cursos intensivos de verano. Posibilidad recibida con gratitud dado que el trabajo sólo sería de mañanas y cobraría lo mismo que de convivencias en un summercamp, pero pudiendo volver a casa cada día, y lo que es más, a la playa cada tarde. (Oraciones, oraciones, ¿dónde tengo la libreta aquella de oraciones?)
6. Alumnas adolescentes decir que si yo impartir intensivo, ellas apuntarse. Siempre me hacen sentir como la Reina del Rocanrol.
Esto, considerando mi edad y mi inexorable, inevitable y vertiginoso acercamiento a los treinta, se agradece también enormemente. (I'm STILL cool as fuck).
7. ¡Dioses! Perder papelito de hora del dentista de hoy.
COSAS POR HACER:
1. Buscar papelito de hora del dentista de hoy.
2. En su defecto, buscar papelito con teléfono para llamar a ambulatorio y preguntar hora del dentista de hoy.
3. (Vid. 1 et 2) En su defecto, presentarme en ambulatorio, elegir silla y esperar mañana entera, asumiendo riesgo de contagio de cualquier enfermedad de las personas allí presentes. (Barrio muy chungo no recomendado a personas con sistema inmunológico débil como el mío. Siempre salgo con tos, sarpullidos y juraría que menos glóbulos de todos los colores).
4. Acabar dichosas conclusiones de proyecto inútil, absurdo y totalmente desprovisto de interés alguno, para la universidad.
5. No comer pasta por las noches ahora que empíricamente testado que provoca sueños antieróticos sobre dentaduras postizas mal pegadas en vías subterráneas de la ciudad.
6. Dejar de tener pensamientos fúnebres y/o victimistas, tipo "¿por qué a mí?", acerca de mis capacidades de relación en fiestas con animales escapados del zoológico (Vid.: sección llamas. Post de pasado Lunes).
7. Corregir seis mil quinientos noventa y siete ejercicios de Modal Verbs.

8. Preparar ejercicio de corrección de frases de los siguientes tipos, "fabricadas" por mis alumnas/o:
a) gramaticales-antiortográficas.
b) antigramaticales-ortográficas.
c) agramaticales-ortográficas.
d) antigramaticales-antiortográficas-anticonservación de la buena vista y el autocontrol del sistema nervioso.
Y es que lo de la correción es lo que yo he estipulado, en mi particular teoría del lenguaje, como BTSOS. ("back to the same old shit") siempre son los mismos errores.
- La S de las terceras personas. (e.g. I go, she go. Carajo,¡ mira que es fácil!)
- El past simple, y la manía que tienen de no aprendérselos de una vez y que les sirva para siempre. (Yesterday I go). Go-went-gone.
- El afán de creatividad. Por mucho que les digas que no siempre funciona calcar expresiones del español al inglés, insisten e insisten. (Yesterday, I go to dinner to the house of my friend). We were few and gave birth the grandmother.
9. Volver a mirar en aquella página segundos que me quedan de vida, para ver si superan fecha de entrega de proyecto. No quiero que se diga de mí en las anotaciones póstumas que pasé mis últimas horas de vida redactando conclusiones de proyecto inútil, absurdo y completamente desprovisto de interés alguno, para la universidad.

1. 24h para entregar archiconocido proyecto inútil, absurdo y totalmente desprovisto de interés, para la universidad. Pelos de punta, gruesas gotas de sudor resbalando por sienes (sentido figurado: no hace tanto calor. Que hay que explicarlo todo).
2. Progresos totales conseguidos desde ayer hasta ahora en la redacción de las conclusiones: sustitución de título originalmente pensado (original de origen, no de creativo) "Further notes" por "Comments". Resto aún por escribir.
3. Hoy también día D en que vuelvo a dentista con un miedo al más puro estilo Scooby-Doo (id est, si pudiera saltar sobre alguien y agarrármele al cuello lo haría), haciendo gala de los siguientes síntomas, de vulgaridad y convencionalidad dolorosas:
a) La nostalgia. (No quiero perder muela. ¡Es mía, y ha estado conmigo durante years on end!)
b) La fobia causada por experiencia traumática anterior. (No quiero pasar por anestesia en vivo de nuevo. Vid. Posts anteriores)
c) El sentido práctico.( No puedo permitirme dolores en un día como hoy -ver punto núm. 1.)
d) La estética. (Bonita cara se me va a poner otra vez)
e) La gula. (Hoy es uno de esos días en que REALMENTE necesito esos croissants de chocolate de panadería de abajo a la izquierda)
f) La esquizofrenia paranoide (¡Necesito fumar, necesito fumar! ¡Y no pienso dejar que nada ni nadie me lo impida! Aaaagggghhhh)
g) Los remordimientos. (Al final no compré antibiótico recetado por doctora. Antibiótico viene de hierbas, así que decidí sustituirlo por tabaco y té, que vienen de ídem, pero algo me dice que no provocan mismo tipo de curación. Tengo miedo a que doctora se dé cuenta de lo tramposa que soy).
h) La responsabilidad. ( Tengo clase particular con alumna que me encanta y que ahora me encanta doble porque ha sacado notable en castellano, asignatura en la que estoy ayudándole.)
i) Las pesadillas. He soñado que iba en metro con dentadura postiza (dentro de la boca, no sentada a mi lado) y se me iba cayendo, y yo iba gesticulando cual dentosauro de esos que atacan a los conductores de autobús con la "cartilla" de pensionista, para que nadie se piense que se cuelan. (Pensar Stanislavski, pensar Stanislavski. Después de esta, preparada para convertirme en quinta protagonista del remake de "Las chicas de oro". Lo juro).
4. Ayer enterarme de dato muy importante en clase con los Monkeys: "El papel está en peligro de extinción". Se lo CHILLÓ "Happy Hippos" a Manolito, que andaba el pobre minding his own business, haciendo figuritas de papel para un trabajo. Tremenda bronca que le pegó por desaprovechar el papel, encontrándose este, como todas/os sabemos, en peligro de extinción.
Detectado nuevo desorden de la conducta infantil, provocado seguramente por programa de Conocimiento del Medio de Educación Primaria: la psicosis sostenibilitista.
Insostenible (en tanto que insoportable). Ríome del Fórum, yo.
5. Ayer (también) presentárseme posibilidad de seguir trabajando en escuela, en cursos intensivos de verano. Posibilidad recibida con gratitud dado que el trabajo sólo sería de mañanas y cobraría lo mismo que de convivencias en un summercamp, pero pudiendo volver a casa cada día, y lo que es más, a la playa cada tarde. (Oraciones, oraciones, ¿dónde tengo la libreta aquella de oraciones?)
6. Alumnas adolescentes decir que si yo impartir intensivo, ellas apuntarse. Siempre me hacen sentir como la Reina del Rocanrol.
Esto, considerando mi edad y mi inexorable, inevitable y vertiginoso acercamiento a los treinta, se agradece también enormemente. (I'm STILL cool as fuck).
7. ¡Dioses! Perder papelito de hora del dentista de hoy.
COSAS POR HACER:
1. Buscar papelito de hora del dentista de hoy.
2. En su defecto, buscar papelito con teléfono para llamar a ambulatorio y preguntar hora del dentista de hoy.
3. (Vid. 1 et 2) En su defecto, presentarme en ambulatorio, elegir silla y esperar mañana entera, asumiendo riesgo de contagio de cualquier enfermedad de las personas allí presentes. (Barrio muy chungo no recomendado a personas con sistema inmunológico débil como el mío. Siempre salgo con tos, sarpullidos y juraría que menos glóbulos de todos los colores).
4. Acabar dichosas conclusiones de proyecto inútil, absurdo y totalmente desprovisto de interés alguno, para la universidad.
5. No comer pasta por las noches ahora que empíricamente testado que provoca sueños antieróticos sobre dentaduras postizas mal pegadas en vías subterráneas de la ciudad.
6. Dejar de tener pensamientos fúnebres y/o victimistas, tipo "¿por qué a mí?", acerca de mis capacidades de relación en fiestas con animales escapados del zoológico (Vid.: sección llamas. Post de pasado Lunes).
7. Corregir seis mil quinientos noventa y siete ejercicios de Modal Verbs.

8. Preparar ejercicio de corrección de frases de los siguientes tipos, "fabricadas" por mis alumnas/o:
a) gramaticales-antiortográficas.
b) antigramaticales-ortográficas.
c) agramaticales-ortográficas.
d) antigramaticales-antiortográficas-anticonservación de la buena vista y el autocontrol del sistema nervioso.
Y es que lo de la correción es lo que yo he estipulado, en mi particular teoría del lenguaje, como BTSOS. ("back to the same old shit") siempre son los mismos errores.
- La S de las terceras personas. (e.g. I go, she go. Carajo,¡ mira que es fácil!)
- El past simple, y la manía que tienen de no aprendérselos de una vez y que les sirva para siempre. (Yesterday I go). Go-went-gone.
- El afán de creatividad. Por mucho que les digas que no siempre funciona calcar expresiones del español al inglés, insisten e insisten. (Yesterday, I go to dinner to the house of my friend). We were few and gave birth the grandmother.
9. Volver a mirar en aquella página segundos que me quedan de vida, para ver si superan fecha de entrega de proyecto. No quiero que se diga de mí en las anotaciones póstumas que pasé mis últimas horas de vida redactando conclusiones de proyecto inútil, absurdo y completamente desprovisto de interés alguno, para la universidad.
Tuesday, Tuesday...
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. De severo caos y desorden, atribuíble a demasiados factores como para parame a enumerarlos por ocupar probablemente más de cuarenta gigas de memoria.
¿Por qué siempre digo Lunes cuando quiero decir Martes?
En realidad, los lunes no "trabajo" ni "tengo clase" (y lo pongo entre comillas porque soy lo común y muy vulgarmente denominado como "Pringada de la Vida", ya me entenderán.
Pero mis lunes ocurren los martes. Como hoy, por ejemplo. Me he levantado Antesdeayerday, dispuesta y preparada (después de cinco litros de café intravenoso y cuatro intramuscular, por si fallaba el primero) para ir a clase, ya que esta es mi Última Semana De Clase De La Carrera, pero al ir a buscar el tabaco, que, como ya dije, siempre anda cerca del ordenador, me he dado cuenta otra vez de las COSAS QUE TENGO POR HACER.
Me ha atacado otra vez ese sentimiento de
He abierto el Macrohard Word, que para mí es como tener que grabar un disco con Britney Spears, so pena de que maten a tu familia si no lo haces, y he hecho un acto intenso y salvaje de meditación transcendental para empezar a redactar las conclusiones de ese proyecto tan inútil como obscenamente absurdo y carente de utilidad alguna, para la universidad.
Y ahí estoy, en las "Further Notes", con esa quisquillosa barrita del cursor que tintinea incansablemente, como recordándome que tengo que seguir y que tengo que encontrar la mágica inspiración divina en menos de cuarenta y ocho horas para decir algo sobre la terminología surfístico-surfera y surferil que no duela de leer y que tenga cohesión, contexto, coherencia y co... co... lo que sea, pero por todos los dioses (Y Huey en cabeza, que es el del surf) que empiece por Co-, que si no, ni se lo leerán.
Y es que hay especímenes entre el personal docente que son de lo más IN. En lo que a corregir se refiere, funcionan por la máxima de que "Da igual las subnormalidades que digas, con tal de que las expreses de un modo que la comunidad humana de a pie sea incapaz de entender".
Porque una doctora es una doctora, y tiene una función definida.
Y una abogada, una abogada. Con otra función definida.
Y una carnicera. Y una peluquera. Y un masajista. Y una economista. Y un vendedor de enciclopedias. Pero las traductoras no somos nada, porque estamos por todas partes. O podríamos estarlo. O podríamos acabar siendo secretarias, que es lo más común, excluyendo a las veteranas de lo que yo llamo Fellatio pro Laboris(que ya explicaré otro día). Y así, nos vemos obligadas (y obligados, con perdón, Donjon, si me lees, pero es que esto de la traducción es como la anorexia: hay hombres, sí, pero muy pocos)... Nos vemos obligadas a crearnos todo un mundo de teoría traductológica y superprofunda, Multiterm en una mano, la otra mano en el corazón y al grito de "Ave Aeditoriales, desempleaturum te salutam".
Así fue como me presenté, al menos, al exámen de Esa Maravillosa Asignatura de Tercero, el año pasado, llamada Teoría de la Traducción. Con tan poca fe, que fui "porque mira". Y no es una manera de hablar, no. Calculo mucho este tipo de expresiones, por ese mandamiento que dice: "no pronunciarás expresiones hechas, en vano".
Me había acostado la noche anterior, después de haber visto el taco de hojas más aberrante que he visto en mi vida, desde que dejé Derecho, haber comprobado tres veces que aquellos eran los apuntes (y no una broma de mal gusto, aunque a mí, a efectos prácticos, me parecía lo mismo) y que yo los había ignorado vilmente durante un semestre entero (y dos años sabáticos previos) hasta aquél momento de conciencia súbita. Así que eché mano del tesón, de la perseverancia, la valentía y el instinto luchador que no me caracterizan y pensé: A Septiembre, señora. Mañana, duerme.
Comoquiera que fuera, al día siguiente se dieron una lista de coincidencias paranormales de esas que tiene la vida y no sólo me desperté pronto, sino que no logré ser consecuente y quedarme en casa, como tenía planeado, y me presenté en la universidad como quien enciende la tele sin mucho interés y requetezapea. Antes de darme ni cuenta ya tenía culo sobre pupitre y boli en la mano, y estaba destrozando a las Diosas Francesas de la Traducción y la Interpretación, a Reiss, Vermeer, Nida, Buddha y quienfuera que tuviera la mala suerte de figurar como ente teorizante en aquellas imprecisas fotocopias de aquel preciso examen.
Lo aprobé, no porque tuviera ni puñetera idea de teoría de la traducción, sino precisamente (redundancias varias) porque ni la tenía, ni la quería tener, y supongo que mi declaración por escrito acerca de mi desprecio por el tema fue tan rotundo y tajante que la catedrática (que es una mujer de armas tomar, con un currículum infinito y una experiencia idolatrable) se lo tomó con buen humor y decidió aprobarme sólo por tener una opinión del tema, que es más de lo que las/los allí asistentes suelen tener normalmente. (Bueno, así de útil vemos la asignatura, también vale decirlo).
Y es que a una le entran ganas de decir cosas, cuando tiene cien páginas para traducir para Antesdeayerday y te vienen con frasecitas de meditación profunda acerca de emisores, descodificaciones, procesos, y procesos traslaticios.
Nadie, de entre todas aquellas mentes excelsas de la Traductología que habían estado tan ocupadas publicando sus propios libros que no habían podido traducir ninguno, había mencionado la falta de tiempo real a la que someten al personal traductor, por no ponerme a hablar de la falta de sueldo real también, así que ninguna de aquellas teorías me servía, aunque se la hubiera sacado el mismísimo Joyce de la manga. Y bajo la rúbrica tácita "De perdida al río", dije la mía, porque no esperaba aprobar, pero sí al menos sentar precedente y aportar alguna página nueva a toda aquella récua (como dicen en mi pueblo) de libros polvorientos que nadie tiene tiempo de leerse si quiere, realmente, traducir.
¿Y para qué sirve la Traductología? Para rellenar huecos administrativos, no del saber. El saber de la traducción, el conocimiento "meta-traductor" se adquiere con la práctica, y en este oficio, porque es oficio de artesanía, aprendes tanto o más emborrachándote una noche con un escocés, dos australianas, un americano y una neozelandesa, que leyéndote esos libros polvorientos cuya única función es agredir contra la integridad física (y moral, que también la tienen) de las estanterías y alimentar a nuestra fauna autóctona de insectos.
Como muestra, un post.
Porque estoy aquí, teorizando sobre las teorías, en vez de hacer todas las traducciones que tengo por hacer. Y la barrita del cursor del word sigue tintineando cunningly, amenazándome con repetir curso si no digo algo de provecho antes del jueves.
Qué insoportable antilevedad, Dioses.
1. De severo caos y desorden, atribuíble a demasiados factores como para parame a enumerarlos por ocupar probablemente más de cuarenta gigas de memoria.
¿Por qué siempre digo Lunes cuando quiero decir Martes?

En realidad, los lunes no "trabajo" ni "tengo clase" (y lo pongo entre comillas porque soy lo común y muy vulgarmente denominado como "Pringada de la Vida", ya me entenderán.
Pero mis lunes ocurren los martes. Como hoy, por ejemplo. Me he levantado Antesdeayerday, dispuesta y preparada (después de cinco litros de café intravenoso y cuatro intramuscular, por si fallaba el primero) para ir a clase, ya que esta es mi Última Semana De Clase De La Carrera, pero al ir a buscar el tabaco, que, como ya dije, siempre anda cerca del ordenador, me he dado cuenta otra vez de las COSAS QUE TENGO POR HACER.
Me ha atacado otra vez ese sentimiento de

He abierto el Macrohard Word, que para mí es como tener que grabar un disco con Britney Spears, so pena de que maten a tu familia si no lo haces, y he hecho un acto intenso y salvaje de meditación transcendental para empezar a redactar las conclusiones de ese proyecto tan inútil como obscenamente absurdo y carente de utilidad alguna, para la universidad.
Y ahí estoy, en las "Further Notes", con esa quisquillosa barrita del cursor que tintinea incansablemente, como recordándome que tengo que seguir y que tengo que encontrar la mágica inspiración divina en menos de cuarenta y ocho horas para decir algo sobre la terminología surfístico-surfera y surferil que no duela de leer y que tenga cohesión, contexto, coherencia y co... co... lo que sea, pero por todos los dioses (Y Huey en cabeza, que es el del surf) que empiece por Co-, que si no, ni se lo leerán.
Y es que hay especímenes entre el personal docente que son de lo más IN. En lo que a corregir se refiere, funcionan por la máxima de que "Da igual las subnormalidades que digas, con tal de que las expreses de un modo que la comunidad humana de a pie sea incapaz de entender".
Porque una doctora es una doctora, y tiene una función definida.
Y una abogada, una abogada. Con otra función definida.
Y una carnicera. Y una peluquera. Y un masajista. Y una economista. Y un vendedor de enciclopedias. Pero las traductoras no somos nada, porque estamos por todas partes. O podríamos estarlo. O podríamos acabar siendo secretarias, que es lo más común, excluyendo a las veteranas de lo que yo llamo Fellatio pro Laboris(que ya explicaré otro día). Y así, nos vemos obligadas (y obligados, con perdón, Donjon, si me lees, pero es que esto de la traducción es como la anorexia: hay hombres, sí, pero muy pocos)... Nos vemos obligadas a crearnos todo un mundo de teoría traductológica y superprofunda, Multiterm en una mano, la otra mano en el corazón y al grito de "Ave Aeditoriales, desempleaturum te salutam".
Así fue como me presenté, al menos, al exámen de Esa Maravillosa Asignatura de Tercero, el año pasado, llamada Teoría de la Traducción. Con tan poca fe, que fui "porque mira". Y no es una manera de hablar, no. Calculo mucho este tipo de expresiones, por ese mandamiento que dice: "no pronunciarás expresiones hechas, en vano".
Me había acostado la noche anterior, después de haber visto el taco de hojas más aberrante que he visto en mi vida, desde que dejé Derecho, haber comprobado tres veces que aquellos eran los apuntes (y no una broma de mal gusto, aunque a mí, a efectos prácticos, me parecía lo mismo) y que yo los había ignorado vilmente durante un semestre entero (y dos años sabáticos previos) hasta aquél momento de conciencia súbita. Así que eché mano del tesón, de la perseverancia, la valentía y el instinto luchador que no me caracterizan y pensé: A Septiembre, señora. Mañana, duerme.
Comoquiera que fuera, al día siguiente se dieron una lista de coincidencias paranormales de esas que tiene la vida y no sólo me desperté pronto, sino que no logré ser consecuente y quedarme en casa, como tenía planeado, y me presenté en la universidad como quien enciende la tele sin mucho interés y requetezapea. Antes de darme ni cuenta ya tenía culo sobre pupitre y boli en la mano, y estaba destrozando a las Diosas Francesas de la Traducción y la Interpretación, a Reiss, Vermeer, Nida, Buddha y quienfuera que tuviera la mala suerte de figurar como ente teorizante en aquellas imprecisas fotocopias de aquel preciso examen.
Lo aprobé, no porque tuviera ni puñetera idea de teoría de la traducción, sino precisamente (redundancias varias) porque ni la tenía, ni la quería tener, y supongo que mi declaración por escrito acerca de mi desprecio por el tema fue tan rotundo y tajante que la catedrática (que es una mujer de armas tomar, con un currículum infinito y una experiencia idolatrable) se lo tomó con buen humor y decidió aprobarme sólo por tener una opinión del tema, que es más de lo que las/los allí asistentes suelen tener normalmente. (Bueno, así de útil vemos la asignatura, también vale decirlo).
Y es que a una le entran ganas de decir cosas, cuando tiene cien páginas para traducir para Antesdeayerday y te vienen con frasecitas de meditación profunda acerca de emisores, descodificaciones, procesos, y procesos traslaticios.
Nadie, de entre todas aquellas mentes excelsas de la Traductología que habían estado tan ocupadas publicando sus propios libros que no habían podido traducir ninguno, había mencionado la falta de tiempo real a la que someten al personal traductor, por no ponerme a hablar de la falta de sueldo real también, así que ninguna de aquellas teorías me servía, aunque se la hubiera sacado el mismísimo Joyce de la manga. Y bajo la rúbrica tácita "De perdida al río", dije la mía, porque no esperaba aprobar, pero sí al menos sentar precedente y aportar alguna página nueva a toda aquella récua (como dicen en mi pueblo) de libros polvorientos que nadie tiene tiempo de leerse si quiere, realmente, traducir.
¿Y para qué sirve la Traductología? Para rellenar huecos administrativos, no del saber. El saber de la traducción, el conocimiento "meta-traductor" se adquiere con la práctica, y en este oficio, porque es oficio de artesanía, aprendes tanto o más emborrachándote una noche con un escocés, dos australianas, un americano y una neozelandesa, que leyéndote esos libros polvorientos cuya única función es agredir contra la integridad física (y moral, que también la tienen) de las estanterías y alimentar a nuestra fauna autóctona de insectos.
Como muestra, un post.
Porque estoy aquí, teorizando sobre las teorías, en vez de hacer todas las traducciones que tengo por hacer. Y la barrita del cursor del word sigue tintineando cunningly, amenazándome con repetir curso si no digo algo de provecho antes del jueves.
Qué insoportable antilevedad, Dioses.
Pequeño divertimento gráfico en Do Mayor.
Me gusta el tono de Do Mayor porque no cuenta con alteraciones en su armadura: ni sostenidos, ni bemoles. Es fácil de tocar tanto en piano (no hay que hacer malabarismos en las teclas negras), como en guitarra (no hay que descoyuntarse los nudillos entre trastes) y en acordeón (no hay que hacer contorsionismos con la mano izquierda para buscar los acordes entre tanto botoncito negro... Si tocan un acordeón de ochenta bajos, como yo). En fin, que me gusta mucho el tono de Do, porque es fresco, fácil y se presta a diversiones.
Por eso, este último comentario acerca de la "fiesta Dogville" va en Do Mayor. Porque no quiero complicarme más la vida.
He pensado, después de algunos comentarios acertados, que estaría bien plasmar gráficamente mi percepción de Birthday Boy. Porque si le hubiera tirado los trastos al susodicho, lo habría dicho.
(poética rima consonante)
Después de todo, este blog es una especie de diario, y al diario no se le miente. No en lo fundamental, al menos.
Pero es que el susodicho NO se me aparece tanto como
que, muy al contrario, como
Gracias de nuevo por la calidad de sus comentarios. Visto lo que abunda por el mundo, me siento orgullosa de que gentes como ustedes me lean y me tengan en consideración a la hora de navegar.
Por eso, este último comentario acerca de la "fiesta Dogville" va en Do Mayor. Porque no quiero complicarme más la vida.
He pensado, después de algunos comentarios acertados, que estaría bien plasmar gráficamente mi percepción de Birthday Boy. Porque si le hubiera tirado los trastos al susodicho, lo habría dicho.
(poética rima consonante)
Después de todo, este blog es una especie de diario, y al diario no se le miente. No en lo fundamental, al menos.
Pero es que el susodicho NO se me aparece tanto como

que, muy al contrario, como

Gracias de nuevo por la calidad de sus comentarios. Visto lo que abunda por el mundo, me siento orgullosa de que gentes como ustedes me lean y me tengan en consideración a la hora de navegar.
Retrato de una llama.
Este fin de semana ha sido... olvidable... 
De pequeña, a mis padres les encantaba llevarme al zoo. A mí ni me iba ni me venía, creo que me interesaba más ir saludando a la gente que paseaba por allí que ver los animales, pero iba de todas maneras, porque a mis padres les hacía ilusión llevarme, y yo ponía buena cara. Para estar juntos.
Un día, me acerqué al sitio de las llamas. Mi madre me decía que no me acercara demasiado, que me podían morder, pero a mí me picó la curiosidad que fueran tan feas y a la vez tan dignas, tan altivas, tan arrogantes. Pensé que parecían damas, no llamas. Aquellos cuellos tan altos, aquellas caras afiladas. Feísimas, pero muy dignas. Dignidad, no como yo la entiendo, sino de esa dignidad impostada, a lo Jurado/Pantoja/Yo soy ésa.
Cuando estaba a un palmo de ellas, una se acercó a mí, me miró fijamente y me escupió en toda la cara.
Toma dignidad. Toma altivez. Toma savoir faire.
De aquella tenía yo unos tres o cuatro años. Ahora tengo veintipico, pienso que las apariencias pueden engañar, que por mucho que digan que la cara es el espejo del alma, blablá, una fea aún me puede dar una lección de buenos modales y es que no he aprendido la lección: no pensar.
El sábado por la noche, me presento en aquella fiesta de cumpleaños a la que había ido para que Sacarina no lo pasara tan mal, a hacer el paripé, porque cree que está enamorada de Birthday Boy. No lo está, pero aún le cuesta admitirlo, porque la rutina de estarlo se ha impuesto sobre su generalmente loable sentido común. Y odia tremendamente a la "novia" de éste, anfitriona de la fiesta, aunque ella nunca le ha hecho nada.
Me presento allí, y tal como sale de la cocina, a saludar (y hacer el paripé también, of course) me atacó un poco esa sensación incierta de que se acerca la llama a escupirte en la cara. Quizá fueran esos momentos frívolos, cínicos, crueles, que no puedo evitar cuando me topo con alguien que lleva ese corte de pelo, esos dientes imposibles, esa verruga negra al lado de la boca, ese deje barriobajero indisimulable, o esa mirada que no aciertas del todo a decir de dónde viene o adónde va. O esa camiseta que no pegaba ni consigo misma. Pensé que se me había tragado la tele y me había caído en una peli de Tim Burton. Qué digo. De Almodóvar.
Déjenme que les diga que si la cara es el espejo del alma, esta chica necesita un exorcista, como mínimo.
Estuve a punto de preguntar si Halloween no era en Noviembre, pero como soy una dama me callé y sonreí amablemente, a grandes carcajadas interiores. (También llevo una relación amor-odio con mis arrebatos de hipocresía impuesta. Me odio por hacerlo también, y me amo por ser tan buena hipócrita cuando ni siquiera soy hipócrita. Soy hipócrita doble, por ser hipócrita con mi propia hipocresía. Dioses, qué dolor. No soy hipócrita, tengo demasiada clase como para eso. Soy cínica, que no es lo mismo).
Yo pensaba, al principio, que Sacarina la odiaba por el papel que le tocaba en la historia; el papel de la tontalpeine que ha llegado la última y se ha llevado el mejor trozo del pastel sin ningún mérito (bueno, si al individuo se le puede calificar de pastel, y si se puede decir que aguantarlo NO sea un mérito, claro.)
Yo pensaba que todas sus críticas hacia Madame Llama (novia de Birthday Boy, no se me pierdan en la trama) venían de la impotencia y un cierto ataque de celos de "por-dios-qué-tiene-ella-que-no-tenga-yo", y habiendo conocido al B.B. intentaba convencerla de que en esto, no hay sentido común que valga. Que no se podían buscar parámetros, que las cosas salen así de injustas y punto. Pensaba todo eso hasta que estuve frente a Madame Llama y me di cuenta de cuánta razón tenía Sacarina y cuán objetiva había sido al describírmela.
Pese a todo, yo intentaba hacerle ver a Sacarina que la llama, digo dama, se deshacía en simpatía, cosa que, dicho sea de paso, se metía conmigo de manera atroz, pero yo estaba allí para hacer de abogada del diablo y no avivar más las brasas en Sacarina, que ya ardía por sí sola, de tener que estar allí con aquella tipa más fea que cantar Britney Spears en público.
Y es que se supone que BB es el mejor amigo de Sacarina, y viceversa. Se supone. Por eso pensé, "aquí hemos venío porque hemos venío".
La noche no transcurrió mal. Nos lo pasamos bastante bien, hablando con todo el mundo, riéndonos, cantando tangos. Haciendo las tonterías que una hace cuando bebe un par de Boldams. Ji ji. Ji ji. Ji. Ja. Nada fuera de lo común.
Todo el mundo hacía un poco el tonto, sin pasarse, y en un momento va BB y me agarra de las piernas con nocturnidad y alevosía y yo, intentando desasirme, porque no me gusta el contacto físico que yo no he autorizado ni tácita ni explícitamente, me caigo (todo lo larga que soy) al suelo.
En éstas que viene Madame Llama graznando, rebuznando o cacareando (no acierto a decir qué), y yo pensaba que iba con él, por haber tirado a una invitada al suelo, o algo así.
Me reincorporo para oírla mejor y me doy cuenta de que "es a mí, es a mí", no a él.
Rebuzna/grazna/cacarea en un idiolecto que no acierto a descodificar porque ni estoy de convivencias con un colectivo de criaturas tipificadas por mi señora madre como "carne de cañón" ni me están pagando para procesar toda aquella sarta de vulgaridades.
Pero sale la traductora/descodificadora que llevo dentro, e interpreto que me está diciendo que siente unos celos enormes de Sacarina por llevarse bien con todo el mundo, de que no tenga una verruga negra en la cara ni unos dientes imposibles, de que no tenga que estar llamando la atención contínuamente para sentirse como una reina y de que su novio nos haga más caso a Sacarina, y a mí de rebote, que a ella. Básicamente viene a decir que odia tremendamente a Sacarina por ser ciento veintiocho veces más importante que ella en la vida de BB, pero que con ella no puede desahogar su rabia porque BB la dejaría, sin pensárselo un momento. Y que básicamente, yo soy la cabeza de todos los turcos. (con el perdón de la población turca).
Estos son los momentos de mi vida en que doy gracias a Chomsky por haber teorizado sobre la gramática universal. Si no hubiera leído sus teorías, probablemente no habría desarrollado mi gramática universal y habría quedado peor que un guiri cantando pasodobles en una corrida de toros.
Yo, como entenderán, no me iba a poner a gritar, rebajándome hasta perder la dignidad. Lo que estaba claro, y lo sabía todo el mundo, era que allá, la antidivina era ella.
Madame Llama ignoraba que mi cerebro es incapaz de procesar gritos, y seguía allá, escupiendo a su "Yo" verdadero por primera vez aquella noche, como quien libera al tigre, exponiéndose de mala manera delante de un montón de gente.
Hasta que entre rebuznos/cacareos/graznidos expresó (de manera muy inarticulada, todo hay que decirlo) su deseo de verme fuera de aquella casa. En eso coincidimos: mi deseo de largarme de allá era igual de intenso que el suyo. Si alguien saca a relucir que he llegado a relacionarme con la clase de gente a la que esta tipa pertenece, nunca llegaré a ser la primera mujer en la presidencia del gobierno. "Discúlpenme, señores y señoras, me gustaría quedarme, pero mi linaje, mi clase y mi savoir faire me lo impiden".
Se lo montaba bien, porque era matar dos pájaros de un tiro. Si me iba yo, se iba Sacarina, y muerto el perro, muerta la rabia.
Yo casi susurré, para que me oyera todo el mundo: "No sufras por que pueda llegar ni a plantearme remotamente la posibilidad de quedarme. Nada me satisface más que poder irme, después de haber visto esto. Que alguien ate a la fiera, por favor".
Sacarina salió justo detrás de mí.
Y nos fuimos de fiesta por ahí.
Al principio me pegué unas buenas risas, para qué negarlo. Me gustó comprobar que Madame Llama también odia a Sacarina, señal de que tampoco las tiene todas consigo. Con razón, y no es por pasión de amiga, pero Sacarina le da cuatrocientas cincuenta mil, setecientas veintiocho patadas a la tipa esta.
(Deduzco que por eso Birthday Boy prefiere la llama, a la dama. Para llevar a una llama basta con un impermeable, una zanahoria y un palo. Para llevar a una dama se requiere mucho más que eso, y muy diferente a eso.)
Luego me dio una rabia enorme no haberle pegado cuatro puñetazos de esos con el puño bien cerrado. (que yo también tengo instintos, o qué se piensan). Cabe decir que esta chica cuenta con un currículum que ya le gustaría a Vin Diesel, de peleas callejeras y juicios por agresión. A mí no me pegó porque no creo que fuera tan imbécil como para NO darse cuenta, dentro de su estupidez galopante, de que le saco dos palmos y de que mis manos abarcan diez teclas de piano normal. Aunque la tipa no haya visto un piano en su condenada vida ni por la tele. Aunque yo tenga demasiada clase como para llegar ni a considerar algo tan recondenadamente paleolítico.
¿Qué? ¿Pegarme? ¿Por un individuo? ¿Por uno que ni siquiera me gusta, además? Que venga la Madre Naturaleza a poner sentido a algo de esto, por favor.
Menudo esperpento. Tuve visiones toda la noche de mi puño dando contra su cara y ajustándole (de una dichosa vez por todas) aquellos dientes imposibles. Y volándole la verruga negra peluda, de paso.
Era lo que decía de la inseguridad femenina... aunque lo de ésta es pura chabacanería. No creo que tenga luces suficientes ni como para plantearse inseguridades. Le faltan años de lectura y un par de palmos, y le sobran quilos de subnormalidad, porque como ya he dicho en más de una ocasión, hay un abismo entre tener una discapacidad mental, tener el síndrome de Down o ser, llana y simplemente, subnormal. Un abismo.
Creo que voy a llamar al zoológico y les voy a pedir que cuenten las llamas, a ver si se les ha escapado alguna.

De pequeña, a mis padres les encantaba llevarme al zoo. A mí ni me iba ni me venía, creo que me interesaba más ir saludando a la gente que paseaba por allí que ver los animales, pero iba de todas maneras, porque a mis padres les hacía ilusión llevarme, y yo ponía buena cara. Para estar juntos.
Un día, me acerqué al sitio de las llamas. Mi madre me decía que no me acercara demasiado, que me podían morder, pero a mí me picó la curiosidad que fueran tan feas y a la vez tan dignas, tan altivas, tan arrogantes. Pensé que parecían damas, no llamas. Aquellos cuellos tan altos, aquellas caras afiladas. Feísimas, pero muy dignas. Dignidad, no como yo la entiendo, sino de esa dignidad impostada, a lo Jurado/Pantoja/Yo soy ésa.
Cuando estaba a un palmo de ellas, una se acercó a mí, me miró fijamente y me escupió en toda la cara.
Toma dignidad. Toma altivez. Toma savoir faire.
De aquella tenía yo unos tres o cuatro años. Ahora tengo veintipico, pienso que las apariencias pueden engañar, que por mucho que digan que la cara es el espejo del alma, blablá, una fea aún me puede dar una lección de buenos modales y es que no he aprendido la lección: no pensar.
El sábado por la noche, me presento en aquella fiesta de cumpleaños a la que había ido para que Sacarina no lo pasara tan mal, a hacer el paripé, porque cree que está enamorada de Birthday Boy. No lo está, pero aún le cuesta admitirlo, porque la rutina de estarlo se ha impuesto sobre su generalmente loable sentido común. Y odia tremendamente a la "novia" de éste, anfitriona de la fiesta, aunque ella nunca le ha hecho nada.
Me presento allí, y tal como sale de la cocina, a saludar (y hacer el paripé también, of course) me atacó un poco esa sensación incierta de que se acerca la llama a escupirte en la cara. Quizá fueran esos momentos frívolos, cínicos, crueles, que no puedo evitar cuando me topo con alguien que lleva ese corte de pelo, esos dientes imposibles, esa verruga negra al lado de la boca, ese deje barriobajero indisimulable, o esa mirada que no aciertas del todo a decir de dónde viene o adónde va. O esa camiseta que no pegaba ni consigo misma. Pensé que se me había tragado la tele y me había caído en una peli de Tim Burton. Qué digo. De Almodóvar.
Déjenme que les diga que si la cara es el espejo del alma, esta chica necesita un exorcista, como mínimo.
Estuve a punto de preguntar si Halloween no era en Noviembre, pero como soy una dama me callé y sonreí amablemente, a grandes carcajadas interiores. (También llevo una relación amor-odio con mis arrebatos de hipocresía impuesta. Me odio por hacerlo también, y me amo por ser tan buena hipócrita cuando ni siquiera soy hipócrita. Soy hipócrita doble, por ser hipócrita con mi propia hipocresía. Dioses, qué dolor. No soy hipócrita, tengo demasiada clase como para eso. Soy cínica, que no es lo mismo).
Yo pensaba, al principio, que Sacarina la odiaba por el papel que le tocaba en la historia; el papel de la tontalpeine que ha llegado la última y se ha llevado el mejor trozo del pastel sin ningún mérito (bueno, si al individuo se le puede calificar de pastel, y si se puede decir que aguantarlo NO sea un mérito, claro.)
Yo pensaba que todas sus críticas hacia Madame Llama (novia de Birthday Boy, no se me pierdan en la trama) venían de la impotencia y un cierto ataque de celos de "por-dios-qué-tiene-ella-que-no-tenga-yo", y habiendo conocido al B.B. intentaba convencerla de que en esto, no hay sentido común que valga. Que no se podían buscar parámetros, que las cosas salen así de injustas y punto. Pensaba todo eso hasta que estuve frente a Madame Llama y me di cuenta de cuánta razón tenía Sacarina y cuán objetiva había sido al describírmela.
Pese a todo, yo intentaba hacerle ver a Sacarina que la llama, digo dama, se deshacía en simpatía, cosa que, dicho sea de paso, se metía conmigo de manera atroz, pero yo estaba allí para hacer de abogada del diablo y no avivar más las brasas en Sacarina, que ya ardía por sí sola, de tener que estar allí con aquella tipa más fea que cantar Britney Spears en público.
Y es que se supone que BB es el mejor amigo de Sacarina, y viceversa. Se supone. Por eso pensé, "aquí hemos venío porque hemos venío".
La noche no transcurrió mal. Nos lo pasamos bastante bien, hablando con todo el mundo, riéndonos, cantando tangos. Haciendo las tonterías que una hace cuando bebe un par de Boldams. Ji ji. Ji ji. Ji. Ja. Nada fuera de lo común.
Todo el mundo hacía un poco el tonto, sin pasarse, y en un momento va BB y me agarra de las piernas con nocturnidad y alevosía y yo, intentando desasirme, porque no me gusta el contacto físico que yo no he autorizado ni tácita ni explícitamente, me caigo (todo lo larga que soy) al suelo.
En éstas que viene Madame Llama graznando, rebuznando o cacareando (no acierto a decir qué), y yo pensaba que iba con él, por haber tirado a una invitada al suelo, o algo así.
Me reincorporo para oírla mejor y me doy cuenta de que "es a mí, es a mí", no a él.
Rebuzna/grazna/cacarea en un idiolecto que no acierto a descodificar porque ni estoy de convivencias con un colectivo de criaturas tipificadas por mi señora madre como "carne de cañón" ni me están pagando para procesar toda aquella sarta de vulgaridades.
Pero sale la traductora/descodificadora que llevo dentro, e interpreto que me está diciendo que siente unos celos enormes de Sacarina por llevarse bien con todo el mundo, de que no tenga una verruga negra en la cara ni unos dientes imposibles, de que no tenga que estar llamando la atención contínuamente para sentirse como una reina y de que su novio nos haga más caso a Sacarina, y a mí de rebote, que a ella. Básicamente viene a decir que odia tremendamente a Sacarina por ser ciento veintiocho veces más importante que ella en la vida de BB, pero que con ella no puede desahogar su rabia porque BB la dejaría, sin pensárselo un momento. Y que básicamente, yo soy la cabeza de todos los turcos. (con el perdón de la población turca).
Estos son los momentos de mi vida en que doy gracias a Chomsky por haber teorizado sobre la gramática universal. Si no hubiera leído sus teorías, probablemente no habría desarrollado mi gramática universal y habría quedado peor que un guiri cantando pasodobles en una corrida de toros.
Yo, como entenderán, no me iba a poner a gritar, rebajándome hasta perder la dignidad. Lo que estaba claro, y lo sabía todo el mundo, era que allá, la antidivina era ella.
Madame Llama ignoraba que mi cerebro es incapaz de procesar gritos, y seguía allá, escupiendo a su "Yo" verdadero por primera vez aquella noche, como quien libera al tigre, exponiéndose de mala manera delante de un montón de gente.
Hasta que entre rebuznos/cacareos/graznidos expresó (de manera muy inarticulada, todo hay que decirlo) su deseo de verme fuera de aquella casa. En eso coincidimos: mi deseo de largarme de allá era igual de intenso que el suyo. Si alguien saca a relucir que he llegado a relacionarme con la clase de gente a la que esta tipa pertenece, nunca llegaré a ser la primera mujer en la presidencia del gobierno. "Discúlpenme, señores y señoras, me gustaría quedarme, pero mi linaje, mi clase y mi savoir faire me lo impiden".
Se lo montaba bien, porque era matar dos pájaros de un tiro. Si me iba yo, se iba Sacarina, y muerto el perro, muerta la rabia.
Yo casi susurré, para que me oyera todo el mundo: "No sufras por que pueda llegar ni a plantearme remotamente la posibilidad de quedarme. Nada me satisface más que poder irme, después de haber visto esto. Que alguien ate a la fiera, por favor".
Sacarina salió justo detrás de mí.
Y nos fuimos de fiesta por ahí.
Al principio me pegué unas buenas risas, para qué negarlo. Me gustó comprobar que Madame Llama también odia a Sacarina, señal de que tampoco las tiene todas consigo. Con razón, y no es por pasión de amiga, pero Sacarina le da cuatrocientas cincuenta mil, setecientas veintiocho patadas a la tipa esta.
(Deduzco que por eso Birthday Boy prefiere la llama, a la dama. Para llevar a una llama basta con un impermeable, una zanahoria y un palo. Para llevar a una dama se requiere mucho más que eso, y muy diferente a eso.)
Luego me dio una rabia enorme no haberle pegado cuatro puñetazos de esos con el puño bien cerrado. (que yo también tengo instintos, o qué se piensan). Cabe decir que esta chica cuenta con un currículum que ya le gustaría a Vin Diesel, de peleas callejeras y juicios por agresión. A mí no me pegó porque no creo que fuera tan imbécil como para NO darse cuenta, dentro de su estupidez galopante, de que le saco dos palmos y de que mis manos abarcan diez teclas de piano normal. Aunque la tipa no haya visto un piano en su condenada vida ni por la tele. Aunque yo tenga demasiada clase como para llegar ni a considerar algo tan recondenadamente paleolítico.
¿Qué? ¿Pegarme? ¿Por un individuo? ¿Por uno que ni siquiera me gusta, además? Que venga la Madre Naturaleza a poner sentido a algo de esto, por favor.
Menudo esperpento. Tuve visiones toda la noche de mi puño dando contra su cara y ajustándole (de una dichosa vez por todas) aquellos dientes imposibles. Y volándole la verruga negra peluda, de paso.
Era lo que decía de la inseguridad femenina... aunque lo de ésta es pura chabacanería. No creo que tenga luces suficientes ni como para plantearse inseguridades. Le faltan años de lectura y un par de palmos, y le sobran quilos de subnormalidad, porque como ya he dicho en más de una ocasión, hay un abismo entre tener una discapacidad mental, tener el síndrome de Down o ser, llana y simplemente, subnormal. Un abismo.
Creo que voy a llamar al zoológico y les voy a pedir que cuenten las llamas, a ver si se les ha escapado alguna.
Meus amores.
Hum... Otra noche que amenaza con quedarse. 
Andaba yo pensando... ese link que hay a la izquierda (pssst, pssst, ése, sí, ése ->) cuyo título reza "Acerca de"... en realidad no sé qué hacer con él. Lo he cambiado novecientas treinta y seis veces desde que empecé con esto, y lo cierto es que nada de lo que he llegado a poner (incluyendo un link con chistes en inglés que era muy bueno, por cierto) es del todo completo.
Acerca de, acerca de... Después de leer esa fulminante ventanita: "ATENCIÓN, WARNING, ACHTUNG, ATTENTION, ATENCIÓ: sólo te concedemos mil carácteres para que describas, narres y/o argumentes tu vida y milagros, lo que te gusta, lo que no, y todo un innumerable blá-blá-recontrablá", entonces ponte a escribir algo ingenioso. Y no te pases de lista, porque saldrá en primera plana.
Yo, para la información que "sugieren" que pongas en ese fastidioso "Acerca de", necesitaría adquirir un segundo disco duro y me quedaría sólo en el capítulo ocho: "Mi primera comunión, o de por qué un contrato con vicios en la voluntad privada es nulo sin necesidad de declaración explícita".
Por eso he pensado que en este post, voy a escribir sobre algunas de las cosas que me gustan, así, en general, sin orden, sin prioridades, arbitrariamente y como vaya saliendo. ( y en otra ocasión, sobre algo de lo que no).
Va a ser más dificil escribir esto, que escucharse las Variaciones Goldberg enteras sin que venga Morfeo y te dé con una piedra en la cabeza, porque hay tantas cosas que me gustan como cosas que no me gustan, que tampoco son pocas. Hay mucho de todo en general.
ENUMERACIÓN INCOMPLETA DE LO QUE ME GUSTA:
Uno.
La primavera, si ha habido invierno, y el otoño, si ha habido verano. Sin las primeras, es como si las segundas no existieran. Es por el contraste que disfrutas mucho más de todas las sensaciones, no es nada nuevo. Por el mismo motivo también me gusta el bizcocho de zanahoria: porque empiezo por debajo y cuando llego arriba está la canela.
Si me tengo que quedar con sólo una estación, sería definitivamente el Otoño, sin duda. El otoño es para los lápices, las libretas, los estuches y los libros nuevos. Y para encontrarse de nuevo con viejas rutinas. Yo cuento los años de Septiembre en Septiembre.
Dos.
Buscar defectos. No es loable, ni me vanaglorio de ello. Sólo figura en la lista, aunque tampoco quiero cambiarlo. Toda sociedad que se precie tiene que ser un mosaico heterogéneo, compuesto por gente con aficiones diversas y divergentes. Hay gente que no se complica la vida y es capaz de ver las cosas de un modo mucho más lineal, y no dejo de admirar a esa gente por tener una capacidad de la que yo carezco. Lo malo de mis exhaustivas cavilaciones es que no siempre son productivas. Generalmente le doy vueltas a cosas que no merece la pena dárselas, y luego me tiro a la piscina sin agua cuando debería haber mirado primero. En fin, mirándolo por el lado bueno (y no me estoy justificando, sólo frivolizo) las contradicciones TAMBIÉN son un síntoma de la condición humana. Y yo en eso soy más humana que la plantilla entera de Médicos sin Fronteras.
Tres.
Las preguntas de las criaturas. Porque están completamente desprovistas, todavía, de todas las puñetas e inhibiciones de las que nos vamos revistiendo a medida que crecemos y recibimos collejas, y son, por lo tanto, auténticas: quiero saber, ergo pregunto, y no hay más. No he conocido a ningún otro colectivo tan capaz de plasmar la obra y la filosofía socrática con tanta devoción.
("Señu... ¿Y por qué explicas una historia tan larga de "tooth infection" y de los "bad bugs" y que luego te pincharon con una "needle" un "army" de "good bugs" para que mataran a los "bad bugs" y luego con otra "needle" con "fairy bugs" para que durmieran a los "bad bugs" y no te hicieran dolor y no se te comieran los "teeth" si yo ya sé que todo eso se llama caries? Que a mí me pusieron un empaste, mira, mira, aaaaaa")
("Pos vaya pringao, el "Little tin soldier", que le faltaba una pierna. Yo no me creo que la "Ballerina" le fuera detrás").
("Yo cuando tengo caca lo sé porque me tiro un pedo diferente, y con el pedo ese ya sé que tengo caca" -vid. "Happy Hippos". La misma personita, con una obsesión por el mundo del esfínter en general que, o la lleva a ser médico, o empiecen a leer libros sobre cropofagia).
Cuatro.
La música. (But of course, darlings!). Y en especial el piano, que ha sido y será mi amante incondicional, como la Vieja Viola del tango aquél. Está esperándome en alguna parte, quizá dormido en algún almacén, o naciendo de las manos de algún artesano. Sólo hace falta que encuentre una casa de verdad, una casa donde poder acogerlo y adoptarlo, y que sea mío y sólo mío.
Cinco.
La escritura. No porque yo sea la Intelectual por Antonomasia (aunque lleve gafapastas, que no voy a volver al tema!) sino por el placer físico que me produce tener un bolígrafo, lápiz o pluma entre los dedos y escribir, garabatear, dibujar flores. (quien me conoce sabe que siempre estoy dibujando flores, cuando nos sentamos a una mesa a tomar café y a arreglar el mundo, y hay papel y algo con que escribir) Por eso me gusta escribir cartas, cuando tengo tiempo. Y no soporto... (perdón, eso vendrá después)
Seis.
El olor del café fresco. Y el de la canela (me encanta cualquier cosa que lleve canela, aunque sea un cenicero, por decir algo.) Me pierden los olores en general. Se me cosen a los recuerdos de un modo a veces doloroso, como si a Proust la magdalena le recordara a un examen de mates. Desde que tengo uso de razón (qué manía tengo con esa expresión. Cualquiera que me lea pensará que gasto de eso)... desde siempre, en cuanto se presenta frente a mí un objeto, animal o humanoide nuevo, lo primero que hago es olerlo. No me malinterpreten, no esnifo descaradamente al compás de ninguna danza ritual, ni nada de eso. Es que no oigo muy bien de un oído, a causa de mi récord mundial de otitis infantiles, y ya saben eso que dicen, de que cuando nos falta un sentido, agudizamos otro. A mí se me agudizó el más pintoresco y tengo una pituitaria que es el orgullo de la otorrinolaringología. Me gusta olerlo todo. (Casi todo, CASI todo. NUNCA se puede hablar en términos absolutos, porque SIEMPRE existe el riesgo de meter la pata)
Siete.
(ver 6) Que me despierten cuando el café está recién hecho. No quiero saber nada, antes del café. No existe un "antes del café" en el que se me pueda considerar viva.
Ocho.
Despertarme a las seis y media, o a la hora que sea, para ver cómo amanece (con taza de café) y volver a meterme en la cama. Desafortunadamente, ese es un placer que rara vez me puedo permitir.
Nueve.
El cine. Desde que tenía dos o tres años y mi padre ya se apresuraba para que saliéramos de la sala antes de que encendieran las luces, para que nadie viera quién era aquella Marisabelotodo que no se callaba ni debajo del agua. Me pasé el Libro de la Selva sufriendo y gritándole a Mowgli que mirara para atrás, que la serpiente, que la serpiente... Lo que siempre tengo ganas de hacer (pueden preguntármelo a cualquier hora de cualquier día) es ver una película. Siempre es una buena idea ver una película. Hay días que el número de películas visionadas supera al número de cigarros fumados. (Sí, bueno, los días de resaca, ¿y qué? También cuentan como días de mi vida. )
Diez.
Barcelona. Mmmmm.... Barcelona.
A veces ni me creo la suerte que tengo de estar aquí.

Andaba yo pensando... ese link que hay a la izquierda (pssst, pssst, ése, sí, ése ->) cuyo título reza "Acerca de"... en realidad no sé qué hacer con él. Lo he cambiado novecientas treinta y seis veces desde que empecé con esto, y lo cierto es que nada de lo que he llegado a poner (incluyendo un link con chistes en inglés que era muy bueno, por cierto) es del todo completo.
Acerca de, acerca de... Después de leer esa fulminante ventanita: "ATENCIÓN, WARNING, ACHTUNG, ATTENTION, ATENCIÓ: sólo te concedemos mil carácteres para que describas, narres y/o argumentes tu vida y milagros, lo que te gusta, lo que no, y todo un innumerable blá-blá-recontrablá", entonces ponte a escribir algo ingenioso. Y no te pases de lista, porque saldrá en primera plana.
Yo, para la información que "sugieren" que pongas en ese fastidioso "Acerca de", necesitaría adquirir un segundo disco duro y me quedaría sólo en el capítulo ocho: "Mi primera comunión, o de por qué un contrato con vicios en la voluntad privada es nulo sin necesidad de declaración explícita".
Por eso he pensado que en este post, voy a escribir sobre algunas de las cosas que me gustan, así, en general, sin orden, sin prioridades, arbitrariamente y como vaya saliendo. ( y en otra ocasión, sobre algo de lo que no).
Va a ser más dificil escribir esto, que escucharse las Variaciones Goldberg enteras sin que venga Morfeo y te dé con una piedra en la cabeza, porque hay tantas cosas que me gustan como cosas que no me gustan, que tampoco son pocas. Hay mucho de todo en general.
ENUMERACIÓN INCOMPLETA DE LO QUE ME GUSTA:
Uno.

La primavera, si ha habido invierno, y el otoño, si ha habido verano. Sin las primeras, es como si las segundas no existieran. Es por el contraste que disfrutas mucho más de todas las sensaciones, no es nada nuevo. Por el mismo motivo también me gusta el bizcocho de zanahoria: porque empiezo por debajo y cuando llego arriba está la canela.
Si me tengo que quedar con sólo una estación, sería definitivamente el Otoño, sin duda. El otoño es para los lápices, las libretas, los estuches y los libros nuevos. Y para encontrarse de nuevo con viejas rutinas. Yo cuento los años de Septiembre en Septiembre.
Dos.

Buscar defectos. No es loable, ni me vanaglorio de ello. Sólo figura en la lista, aunque tampoco quiero cambiarlo. Toda sociedad que se precie tiene que ser un mosaico heterogéneo, compuesto por gente con aficiones diversas y divergentes. Hay gente que no se complica la vida y es capaz de ver las cosas de un modo mucho más lineal, y no dejo de admirar a esa gente por tener una capacidad de la que yo carezco. Lo malo de mis exhaustivas cavilaciones es que no siempre son productivas. Generalmente le doy vueltas a cosas que no merece la pena dárselas, y luego me tiro a la piscina sin agua cuando debería haber mirado primero. En fin, mirándolo por el lado bueno (y no me estoy justificando, sólo frivolizo) las contradicciones TAMBIÉN son un síntoma de la condición humana. Y yo en eso soy más humana que la plantilla entera de Médicos sin Fronteras.
Tres.

Las preguntas de las criaturas. Porque están completamente desprovistas, todavía, de todas las puñetas e inhibiciones de las que nos vamos revistiendo a medida que crecemos y recibimos collejas, y son, por lo tanto, auténticas: quiero saber, ergo pregunto, y no hay más. No he conocido a ningún otro colectivo tan capaz de plasmar la obra y la filosofía socrática con tanta devoción.
("Señu... ¿Y por qué explicas una historia tan larga de "tooth infection" y de los "bad bugs" y que luego te pincharon con una "needle" un "army" de "good bugs" para que mataran a los "bad bugs" y luego con otra "needle" con "fairy bugs" para que durmieran a los "bad bugs" y no te hicieran dolor y no se te comieran los "teeth" si yo ya sé que todo eso se llama caries? Que a mí me pusieron un empaste, mira, mira, aaaaaa")
("Pos vaya pringao, el "Little tin soldier", que le faltaba una pierna. Yo no me creo que la "Ballerina" le fuera detrás").
("Yo cuando tengo caca lo sé porque me tiro un pedo diferente, y con el pedo ese ya sé que tengo caca" -vid. "Happy Hippos". La misma personita, con una obsesión por el mundo del esfínter en general que, o la lleva a ser médico, o empiecen a leer libros sobre cropofagia).
Cuatro.

La música. (But of course, darlings!). Y en especial el piano, que ha sido y será mi amante incondicional, como la Vieja Viola del tango aquél. Está esperándome en alguna parte, quizá dormido en algún almacén, o naciendo de las manos de algún artesano. Sólo hace falta que encuentre una casa de verdad, una casa donde poder acogerlo y adoptarlo, y que sea mío y sólo mío.
Cinco.

La escritura. No porque yo sea la Intelectual por Antonomasia (aunque lleve gafapastas, que no voy a volver al tema!) sino por el placer físico que me produce tener un bolígrafo, lápiz o pluma entre los dedos y escribir, garabatear, dibujar flores. (quien me conoce sabe que siempre estoy dibujando flores, cuando nos sentamos a una mesa a tomar café y a arreglar el mundo, y hay papel y algo con que escribir) Por eso me gusta escribir cartas, cuando tengo tiempo. Y no soporto... (perdón, eso vendrá después)
Seis.

El olor del café fresco. Y el de la canela (me encanta cualquier cosa que lleve canela, aunque sea un cenicero, por decir algo.) Me pierden los olores en general. Se me cosen a los recuerdos de un modo a veces doloroso, como si a Proust la magdalena le recordara a un examen de mates. Desde que tengo uso de razón (qué manía tengo con esa expresión. Cualquiera que me lea pensará que gasto de eso)... desde siempre, en cuanto se presenta frente a mí un objeto, animal o humanoide nuevo, lo primero que hago es olerlo. No me malinterpreten, no esnifo descaradamente al compás de ninguna danza ritual, ni nada de eso. Es que no oigo muy bien de un oído, a causa de mi récord mundial de otitis infantiles, y ya saben eso que dicen, de que cuando nos falta un sentido, agudizamos otro. A mí se me agudizó el más pintoresco y tengo una pituitaria que es el orgullo de la otorrinolaringología. Me gusta olerlo todo. (Casi todo, CASI todo. NUNCA se puede hablar en términos absolutos, porque SIEMPRE existe el riesgo de meter la pata)
Siete.
(ver 6) Que me despierten cuando el café está recién hecho. No quiero saber nada, antes del café. No existe un "antes del café" en el que se me pueda considerar viva.
Ocho.

Despertarme a las seis y media, o a la hora que sea, para ver cómo amanece (con taza de café) y volver a meterme en la cama. Desafortunadamente, ese es un placer que rara vez me puedo permitir.
Nueve.

El cine. Desde que tenía dos o tres años y mi padre ya se apresuraba para que saliéramos de la sala antes de que encendieran las luces, para que nadie viera quién era aquella Marisabelotodo que no se callaba ni debajo del agua. Me pasé el Libro de la Selva sufriendo y gritándole a Mowgli que mirara para atrás, que la serpiente, que la serpiente... Lo que siempre tengo ganas de hacer (pueden preguntármelo a cualquier hora de cualquier día) es ver una película. Siempre es una buena idea ver una película. Hay días que el número de películas visionadas supera al número de cigarros fumados. (Sí, bueno, los días de resaca, ¿y qué? También cuentan como días de mi vida. )
Diez.

Barcelona. Mmmmm.... Barcelona.
A veces ni me creo la suerte que tengo de estar aquí.
My brown-eyed girl.

Me atrevo a escribir este post de hoy, a sabiendas de que aún no he superado muchas de las cosas sobre las que voy a teorizar tan tranquilamente.
Resulta que uno de los grupos (muy reducido) a los que doy clase está compuesto de tres adolescentes, en todo el esplendor de la palabra, porque adolecen activamente. (Whatever that means).
No quiero engañarles, tengo una alumna preferida. El hecho de que sea profesora de inglés no anula en absoluto mi condición humana. Es más, les diré que incluso la pone más a flor de piel de lo que ya estaba, con todos sus defectos, sus debilidades, imparcialidades y subjetividades. Aunque he de decir, en mi defensa, que tengo motivos más que razonables como alegato a mi falta de imparcialidad, tácita. (que no de trato, porque trato igual a los tres).
Mi preferida, a la que llamaré Brown-Eyed Girl, es una joya de catorce años con una mente tipo...
(Una imagen vale más que mil palabras, sobre todo ahora que sé ponerlas aquí).
Esta increíble Mens Cogitans de la que hablo ha comprendido perfectamente el funcionamiento de las subordinadas en inglés en menos de una semana, sin haberlas estudiado aún en su propia lengua materna, siquiera.
Esta increíble Mens Cogitans se empapa de todas y cada una de las expresiones, los giros gramaticales, los datos, y las correciones que digo, escribo y hago en clase (o fuera de ella, porque también chateamos vía messenger. En inglés, of course.)
Esta increíble Mens Cogitans, además de su capacidad de abstracción y su sed, hambre y ansia de conocimiento, es una persona con valores y principios y... (redoble de tambores) no. No responde a ninguno de los postulados, los cánones o los tópicos de la tradicional "empollona".
Viene a cuento comentar que personalmente siempre he creído que el término "empollón/ona" fue inventado por alguna Mens Vegetans que, no pudiendo acabar de completar su liderazgo en clase a causa de su falta de capacidad, tuvo que buscar algún método para chafarle la guitarra a quienes sí tenían capacidad. Vamos, en suma, pura envidia. Envidia cochina, porque la envidia sana no se llama envidia, se llama admiración.
En fin, el caso es que B-E.G. no lleva gafas culobotella, ni plantillas en zapatos ortopédicos, ni aparatos con alambres rodeándole la cabeza, ni viste cual militante del Opus Dei, no. B-E.G. es una amante incondicional del Rocanrol, conoce a gente allá donde va, siempre tiene una sonrisa noble en la cara y además es guapa. Sí señor, guapa. Guapa, sencilla y humilde.
B-E.G. se ha convertido, a lo largo de estos meses, en una de la lista de mujeres a las que admiro, lista en la cual nunca pensé que figurara alguien de su edad, por aquello de que siempre solemos admirar a gente más... "veterana".
Si no les quiero engañar a ustedes, mucho menos a mí misma: B-E.G. me recuerda a mí cuando tenía su edad. No me refiero a lo de guapa, que no me toca a mí juzgarlo, ni a lo de superbrillante, que tampoco tengo muy claro si alguna vez lo fui, dada mi insoportable antilevedad (a la que otra gente más sincera llama "vagancia"), pero sí en el resto. Su amor por la música la lleva a aprender inglés a mil revoluciones. Escribe una media de veinte páginas en inglés por semana, en un diario que yo le corrijo, le comento y le devuelvo para que siga escribiendo. No ha viajado nunca a ningún país de habla inglesa, pero tiene mejor pronunciación que muchos de los especímenes nativos con que me topé por el Ruayomuní, los Estados Unidos o Australia.
Con su madurez, su capacidad de análisis, de reflexión y su nada despreciable mochila cultural, aún sigue conservando esa candidez, esa ingenuidad y ese altruísmo adolescente que generalmente perdemos con el dolor de muelas del mordisco a la manzana del Árbol de la Ciencia. Y esos ataques de risa puramente hormonales, en dosis esporádicas.
Sí, es una Mente Pensante, pero también un corazón espiritual y unos ojos, una nariz, unos oídos y unas manos hedonistas.
Al más puro estilo "Star Wars", cuando la alumna está preparada, la profesora aparece. Pero funciona both ways.
No siempre hace los deberes, y no siempre tiene la respuesta correcta preparada, porque como ya he dicho, no es una empollona del montón. Tampoco es de esas personas atrozmente repelentes que va fregándole a una por la cara que son perfectas. (Tampoco he dado pie a que nadie se porte así en mi clase porque, como ya he dicho en alguna ocasión siempre anuncio, a principio de curso, que no soy una enciclopedia y que no lo sé todo, así que no hay motivo para imponérseme).
Luego están Platinum Blonde:

y también Fine Young Cannibal:

...Pero eso ya es otra historia, para otro post.
¡Tengo clase!

Me tengo que ir a clase con mis criaturas. Hoy he decicido que sólo jugaremos y cantaremos canciones. Hoy no haremos ejercicios. Es lo bueno que tiene ser la profesora: cuando quieres jugar, juegas y cuando hay que trabajar, trabajan las criaturas.
Ahora que he descubierto esto de los dibujitos y chorradas con código fuente me siento como si tuviera un piano nuevo. (Ahí me he pasado, lo admito). Ya ves, a una inútil de la informática le das un ratón y la haces feliz.
¡Llegaré tarde! Dioses, ¿Qué me pasa con los números, que no soy capaz de controlar ni un reloj?
De obras.

¡Ja ja ja ja ja! Me creo la reina del ciber-tuning. Resulta que entre mis prácticas de informática figura la de hacer una página web. Vaya por Dios. Así que me he puesto a "tunear" el blog. Seguramente, a partir de ahora habrá cambios. ¡Estoy de obras!
Procrastination.
(Escuchando esa voz de garganta con arena, Adriana Varela, cantando "Garganta con arena".)
"Surf introspectivo" es como llamo a esos momentos (que suelen devenir horas) en que empiezo a pensar, y una idea me lleva a otra, como esos poderosos y tentadores links de internet, que llaman a quienquiera que entre a perderse entre los arrecifes de sus páginas.
Y empiezo pensando en trabajo, y acabo pensando en si será verdad que la musaraña es el mamífero más pequeño que existe en el planeta Tierra.
No puedo evitarlo.
Me he vuelto a poner, con toda la determinación y cabezonería del mundo, a hacer ese proyecto tan recondenadamente estúpido como carente de utilidad, para la universidad, y una página me ha llevado a otra, y así, he ido "surfeando" por el mundo del surf (no en vano se le llama "surfing the net" en inglés) hasta acabar mirando precios de vuelos a Bali y a Bangkok.

¿Cómo puedo desconcentrarme tan fácilmente, a mi edad?
Bien, es sencillo. Se trata de que a una le manden hacer cosas para la carrera que no tienen nada que ver con lo que una espera de ambas (de la carrera, y de sí misma). Entonces mi cabeza opta automáticamente por activar la función lúdica de la imaginación, probablemente para evadirse de una realidad más aburrida que las Variaciones Goldberg de Bach interpretadas por ese pesado de Gould, y es justo en ese programa de mi cerebro donde tengo almacenados todos los archivos de las cosas que quiero hacer cuando acabe la carrera, archivos que voy abriendo con esa función lúdica, y que mientras tanto imposibilitan que haga nada para la carrera con el fin de acabarla, con lo que todo este festival interior se convierte en un círculo vicioso: No puedo hacer nada de lo que tengo planeado hasta que acabe la carrera pero tampoco la acabaré porque pierdo soberanamente el tiempo pensando en las cosas que quiero hacer cuando la acabe.
Un desastre. Una tragedia vital.
Mi buen cibermentor me escribía el otro día acerca de la autocompasión. Ha llegado un momento en que creo que la estoy rozando, aunque soy demasiado crítica como para compadecerme de mí misma.
Generalmente guardo la compasión para las criaturas y las víctimas de catástrofes naturales (aunque viendo a los progenitores, a veces las dos cosas se mezclan, sin necesidad de que las susodichas criaturas vivan en zona de maremotos, precisamente).
No, creo que no me estoy compadeciendo de mí misma. Más bien estoy muy enfadada, por no ser capaz de centrarme y empezar a tachar cosas que me quedan por hacer. Lo que pasa es que el propio enfado no me deja pensar con claridad.
Y me pregunto: ¿De dónde saqué la voluntad el año pasado? Y me doy cuenta de que el año pasado me gustaban casi todas las asignaturas que hacía. El año pasado me pegué unas buenas juergas en cabina con una compañera, interpretando conferencias acerca del vínculo común existente entre el ADN humano y el del pez globo, los siete sistemas de seguridad anti-falsificación del euro, la atroz multiplicación de la cadena Starbucks por Europa, proyectos y gestiones varias para la entrada en la Unión Europea de los últimos países... El año pasado salía de clase con el dulcísimo y gratificante dolor de cabeza de quien ha hecho algo útil, algo que le llena.
Pensé que este año, al ser el último, haríamos cosas más interesantes todavía. (sigo sin aprender la lección: no pensar).
Pues resulta que no sólo no me parecen nada interesantes (por no expresarlo de otra manera, que requeriría un sinfín de palabrotas, juramentos y tacos varios) sino que además no les veo mucha relación con una licenciatura en traducción, sin entrar ya en la especialidad de interpretación.
Se supone que tengo que salir del sitio y estar bien preparada para meterme en una cabina, digamos, del Parlamento Europeo, colgarme los cascos y hacer esas cosas que hacen las intérpretes, simultáneas o consecutivas, y no, señoras y señores, porque resulta que después de hacer recuento, me he pasado más horas de la carrera corrigiendo originales con errores que traduciéndolos; la mayoría del resto de horas, haciendo un trabajo estúpido y sin sentido sobre terminología, rama a la cual YA SÉ que no me voy a dedicar, porque precisamente por eso escogí traducción y no filología... y de horas de cabina, que era a lo que yo iba... De eso casi ni me acuerdo. Recuerdo que se me dio bien, y que los profesores me felicitaban, así que al menos puedo decir que fui feliz mientras duró. Pero se acabó.
En mi título pondrá, con gran pompa y solemnidad, que soy especialista en Interpretación de Conferencias Internacionales, (grandes carcajadas que se me caen de los ojos resbalando por las mejillas tristemente sólo al escribir esto) pero aquí la menda no se ve con capacidad ni con horas de práctica suficientes ni para pillarle cuatro graznidos a un pitecantropus del fúmbol en una rueda de prensa, siquiera.
Otra semana que amenaza criminalmente con irse por el desagüe, otro montón de cosas por hacer que se acumulan en el terrorífico listado interminable de cosas por hacer.
Voy a hacer lo que hago siempre en estos casos de "Fatal error 11jpw45000000xhf": voy a darme una ducha, y a esperar el milagro de la llegada de la fuerza de voluntad.
Y ya lo decía el gran maestro Yoda: "Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes".
"Surf introspectivo" es como llamo a esos momentos (que suelen devenir horas) en que empiezo a pensar, y una idea me lleva a otra, como esos poderosos y tentadores links de internet, que llaman a quienquiera que entre a perderse entre los arrecifes de sus páginas.
Y empiezo pensando en trabajo, y acabo pensando en si será verdad que la musaraña es el mamífero más pequeño que existe en el planeta Tierra.
No puedo evitarlo.
Me he vuelto a poner, con toda la determinación y cabezonería del mundo, a hacer ese proyecto tan recondenadamente estúpido como carente de utilidad, para la universidad, y una página me ha llevado a otra, y así, he ido "surfeando" por el mundo del surf (no en vano se le llama "surfing the net" en inglés) hasta acabar mirando precios de vuelos a Bali y a Bangkok.

¿Cómo puedo desconcentrarme tan fácilmente, a mi edad?
Bien, es sencillo. Se trata de que a una le manden hacer cosas para la carrera que no tienen nada que ver con lo que una espera de ambas (de la carrera, y de sí misma). Entonces mi cabeza opta automáticamente por activar la función lúdica de la imaginación, probablemente para evadirse de una realidad más aburrida que las Variaciones Goldberg de Bach interpretadas por ese pesado de Gould, y es justo en ese programa de mi cerebro donde tengo almacenados todos los archivos de las cosas que quiero hacer cuando acabe la carrera, archivos que voy abriendo con esa función lúdica, y que mientras tanto imposibilitan que haga nada para la carrera con el fin de acabarla, con lo que todo este festival interior se convierte en un círculo vicioso: No puedo hacer nada de lo que tengo planeado hasta que acabe la carrera pero tampoco la acabaré porque pierdo soberanamente el tiempo pensando en las cosas que quiero hacer cuando la acabe.
Un desastre. Una tragedia vital.
Mi buen cibermentor me escribía el otro día acerca de la autocompasión. Ha llegado un momento en que creo que la estoy rozando, aunque soy demasiado crítica como para compadecerme de mí misma.
Generalmente guardo la compasión para las criaturas y las víctimas de catástrofes naturales (aunque viendo a los progenitores, a veces las dos cosas se mezclan, sin necesidad de que las susodichas criaturas vivan en zona de maremotos, precisamente).
No, creo que no me estoy compadeciendo de mí misma. Más bien estoy muy enfadada, por no ser capaz de centrarme y empezar a tachar cosas que me quedan por hacer. Lo que pasa es que el propio enfado no me deja pensar con claridad.
Y me pregunto: ¿De dónde saqué la voluntad el año pasado? Y me doy cuenta de que el año pasado me gustaban casi todas las asignaturas que hacía. El año pasado me pegué unas buenas juergas en cabina con una compañera, interpretando conferencias acerca del vínculo común existente entre el ADN humano y el del pez globo, los siete sistemas de seguridad anti-falsificación del euro, la atroz multiplicación de la cadena Starbucks por Europa, proyectos y gestiones varias para la entrada en la Unión Europea de los últimos países... El año pasado salía de clase con el dulcísimo y gratificante dolor de cabeza de quien ha hecho algo útil, algo que le llena.
Pensé que este año, al ser el último, haríamos cosas más interesantes todavía. (sigo sin aprender la lección: no pensar).
Pues resulta que no sólo no me parecen nada interesantes (por no expresarlo de otra manera, que requeriría un sinfín de palabrotas, juramentos y tacos varios) sino que además no les veo mucha relación con una licenciatura en traducción, sin entrar ya en la especialidad de interpretación.
Se supone que tengo que salir del sitio y estar bien preparada para meterme en una cabina, digamos, del Parlamento Europeo, colgarme los cascos y hacer esas cosas que hacen las intérpretes, simultáneas o consecutivas, y no, señoras y señores, porque resulta que después de hacer recuento, me he pasado más horas de la carrera corrigiendo originales con errores que traduciéndolos; la mayoría del resto de horas, haciendo un trabajo estúpido y sin sentido sobre terminología, rama a la cual YA SÉ que no me voy a dedicar, porque precisamente por eso escogí traducción y no filología... y de horas de cabina, que era a lo que yo iba... De eso casi ni me acuerdo. Recuerdo que se me dio bien, y que los profesores me felicitaban, así que al menos puedo decir que fui feliz mientras duró. Pero se acabó.
En mi título pondrá, con gran pompa y solemnidad, que soy especialista en Interpretación de Conferencias Internacionales, (grandes carcajadas que se me caen de los ojos resbalando por las mejillas tristemente sólo al escribir esto) pero aquí la menda no se ve con capacidad ni con horas de práctica suficientes ni para pillarle cuatro graznidos a un pitecantropus del fúmbol en una rueda de prensa, siquiera.
Otra semana que amenaza criminalmente con irse por el desagüe, otro montón de cosas por hacer que se acumulan en el terrorífico listado interminable de cosas por hacer.
Voy a hacer lo que hago siempre en estos casos de "Fatal error 11jpw45000000xhf": voy a darme una ducha, y a esperar el milagro de la llegada de la fuerza de voluntad.
Y ya lo decía el gran maestro Yoda: "Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes".
El síndrome Felipe
Síndrome Felipe: estado mental de pseudo-catarsis inoperativa durante el cual el/la paciente cobra conciencia obsesivo-paranoide acerca de todas las cosas que tiene por hacer, mientras su cuerpo permanece completamente estático sin presentar síntoma alguno de ir a realizar ningún movimiento real.

("¿Y si antes de empezar lo que hay que hacer empezáramos lo que tendríamos que haber hecho?")
Un ratito más y me pongo.
Bueno, ahora mismo no pero... no, no, sí, ahora mismo
(Pero es que tengo que ponerme de verdad, de verdad).
Ay, no me acordaba de que tenía esta novela tan alucinante de...
(No, me pongo, en serio, de una vez).
Me pregunto de qué irá el DVD este que me han dejado...
(Que no, que no, a trabajar.)
Vaya, no sé a qué velocidad se me estarán bajando las sinfonías de Beethoven aquellas que....Lo miro y me pongo, lo juro.
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. No puedo dormir (Capítulo mil setecientos cuarenta y nueve).
2. Todo el día de carallada, como dicen en mi pueblo.
Intentos de ponerme a hacer ese trabajo tan recondenadamente absurdo e inútil, para la universidad: ochocientos treinta y siete. (Ninguno con éxito.)
Proyectos de investigación terminológica no figuran en "carpeta aficiones".
En búsqueda exhaustiva y poderosamente intelectual de fuentes referenciales siempre acabo con gafas pegadas a página esotérico-insólita (última vez fue una en que puedes calcular día y la hora de tu propia muerte, con pantalla mostrando en números enormes los segundos que te quedan de vida, ticking away. Tic, tac, tic, tac.)
3. Así he optado por plan B: escribir primer post del día, en tal estado de remordimientos por segundos perdidos de vida que sólo podía pensar en mi madre: "Nunca harás nada de provecho, no sabes organizarte el tiempo, en cuanto tienes más de una cosa por hacer, te aturullas, bla, bla, re-bla". Resultado: post dedicado a mi señora madre.
4. Al acabar post dar cuenta de que llegar tarde al dentista. Mierda, mierda, carajos. Salir corriendo después de lavar dientes a fondo.
5. Llegar tarde a dentista. Dientes limpios pero resto del cuerpo en estado de transpiración adolescente. Inventar excusa con mil licencias literarias, dentista (reticente) mirar muela conflictiva, dentista tomar determinación de administrar AÚN más antibiótico hasta semana próxima, en que arrancar muela conflictiva.
6. Volver a casa y pensar en trabajo de investigación terminológica. Ponerme a mirar páginas de surf y soñar un rato con playa de arena fina, piel morena y brillante, delfines y mojitos.
Dispersión atroz.
7. Pensar en un número aterrador: uno coma cinco. Una coma cinco semanas para acabar el curso y me quedan las siguientes:
COSAS POR HACER:
1. Cuatro traducciones inglés-catalán cuyos originales aún ni sé si tengo en mi poder.
2. Susodicho proyecto de investigación terminológica, que suena muy grande pero equivale, en tareas reales, a lo comúnmente denominado "trabajo sucio".
3. Una mega traducción francés-catalán cuyos originales sí sé que NO tengo en mi poder todavía, porque tengo que configurar corpus de traducción propio. Vive la France, je vais encore écrire un pôeme.
4. Un meta-ensayo (un ensayo sobre un ensayo) acerca de la elocución y la fonética en el teatro; tema, dicho sea de paso, que me importa menos que apareamiento de pájaros de pluma de diferente color en bosque europeo. (Fonética figura en misma carpeta cerebral que programas televisivos del corazón, no puedo evitarlo)
5. Humillarme delante de profesora de traducción inversa para que me apruebe segunda convocatoria. Ensayar posturas previamente para no dañar rodillas ni posaderas.
6. Hacer y entregar (comprimidas!) cuatro prácticas de informática. No sé cómo hacer ni lo uno (apartado realización) ni lo otro (apartado compresión) porque versión winzip disponible en mi ordenador parece sufrir hemorroides en silencio desde hace un mes.
7. No comprobar más de tres veces al día segundos que me quedan de vida, al causar demasiada ansiedad y ningún resultado de provecho.
8. Dejar de fumar como si fuera Día de Juicio Final por la noche. Nada recomendable, nada recomendable.
9. Preparar examen final para alumnos/as de inglés.
10. Encontrar trabajo para este verano. (tema estresante del mes).
11. (ver 10.) Buscarlo.
12. Comprar antibióticos recetados por dentista.
13. Vencer tentación de activar Solitario o Risk, so pena de acabar (aún más) tarada y enviando CV a organización paramilitar con fines terroristas en vez de a centros de enseñanza de idiomas, como figuraba en mente.
14. Vencer incapacidad de dormir.
15. Vencer ganas de tomar café, no muy recomendables a efectos de conseguir punto 14.

("¿Y si antes de empezar lo que hay que hacer empezáramos lo que tendríamos que haber hecho?")
Un ratito más y me pongo.
Bueno, ahora mismo no pero... no, no, sí, ahora mismo
(Pero es que tengo que ponerme de verdad, de verdad).
Ay, no me acordaba de que tenía esta novela tan alucinante de...
(No, me pongo, en serio, de una vez).
Me pregunto de qué irá el DVD este que me han dejado...
(Que no, que no, a trabajar.)
Vaya, no sé a qué velocidad se me estarán bajando las sinfonías de Beethoven aquellas que....Lo miro y me pongo, lo juro.
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. No puedo dormir (Capítulo mil setecientos cuarenta y nueve).
2. Todo el día de carallada, como dicen en mi pueblo.
Intentos de ponerme a hacer ese trabajo tan recondenadamente absurdo e inútil, para la universidad: ochocientos treinta y siete. (Ninguno con éxito.)
Proyectos de investigación terminológica no figuran en "carpeta aficiones".
En búsqueda exhaustiva y poderosamente intelectual de fuentes referenciales siempre acabo con gafas pegadas a página esotérico-insólita (última vez fue una en que puedes calcular día y la hora de tu propia muerte, con pantalla mostrando en números enormes los segundos que te quedan de vida, ticking away. Tic, tac, tic, tac.)
3. Así he optado por plan B: escribir primer post del día, en tal estado de remordimientos por segundos perdidos de vida que sólo podía pensar en mi madre: "Nunca harás nada de provecho, no sabes organizarte el tiempo, en cuanto tienes más de una cosa por hacer, te aturullas, bla, bla, re-bla". Resultado: post dedicado a mi señora madre.
4. Al acabar post dar cuenta de que llegar tarde al dentista. Mierda, mierda, carajos. Salir corriendo después de lavar dientes a fondo.
5. Llegar tarde a dentista. Dientes limpios pero resto del cuerpo en estado de transpiración adolescente. Inventar excusa con mil licencias literarias, dentista (reticente) mirar muela conflictiva, dentista tomar determinación de administrar AÚN más antibiótico hasta semana próxima, en que arrancar muela conflictiva.
6. Volver a casa y pensar en trabajo de investigación terminológica. Ponerme a mirar páginas de surf y soñar un rato con playa de arena fina, piel morena y brillante, delfines y mojitos.
Dispersión atroz.
7. Pensar en un número aterrador: uno coma cinco. Una coma cinco semanas para acabar el curso y me quedan las siguientes:
COSAS POR HACER:
1. Cuatro traducciones inglés-catalán cuyos originales aún ni sé si tengo en mi poder.
2. Susodicho proyecto de investigación terminológica, que suena muy grande pero equivale, en tareas reales, a lo comúnmente denominado "trabajo sucio".
3. Una mega traducción francés-catalán cuyos originales sí sé que NO tengo en mi poder todavía, porque tengo que configurar corpus de traducción propio. Vive la France, je vais encore écrire un pôeme.
4. Un meta-ensayo (un ensayo sobre un ensayo) acerca de la elocución y la fonética en el teatro; tema, dicho sea de paso, que me importa menos que apareamiento de pájaros de pluma de diferente color en bosque europeo. (Fonética figura en misma carpeta cerebral que programas televisivos del corazón, no puedo evitarlo)
5. Humillarme delante de profesora de traducción inversa para que me apruebe segunda convocatoria. Ensayar posturas previamente para no dañar rodillas ni posaderas.
6. Hacer y entregar (comprimidas!) cuatro prácticas de informática. No sé cómo hacer ni lo uno (apartado realización) ni lo otro (apartado compresión) porque versión winzip disponible en mi ordenador parece sufrir hemorroides en silencio desde hace un mes.
7. No comprobar más de tres veces al día segundos que me quedan de vida, al causar demasiada ansiedad y ningún resultado de provecho.
8. Dejar de fumar como si fuera Día de Juicio Final por la noche. Nada recomendable, nada recomendable.
9. Preparar examen final para alumnos/as de inglés.
10. Encontrar trabajo para este verano. (tema estresante del mes).
11. (ver 10.) Buscarlo.
12. Comprar antibióticos recetados por dentista.
13. Vencer tentación de activar Solitario o Risk, so pena de acabar (aún más) tarada y enviando CV a organización paramilitar con fines terroristas en vez de a centros de enseñanza de idiomas, como figuraba en mente.
14. Vencer incapacidad de dormir.
15. Vencer ganas de tomar café, no muy recomendables a efectos de conseguir punto 14.
The One-woman Royal Philarmonic Orchestra.
Justo ahora, entre el segundo y el tercer café, trabajando en ese proyecto tan absurdo como desastrosamente inútil, para la universidad, me ha venido a la cabeza una tira
de Mafalda, en que un señor
(probablemente un vendedor de enciclopedias)llama a la puerta.
Mafalda le abre, y a la pregunta: "¿Está tu mamá?" Mafalda responde algo así como (no recuerdo las palabras exactas):
" ¿Cuál de ellas? ¿La que friega, plancha y cocina, la que nos educa, la que cuida de mi padre, la que va a la compra o la que se queja del sistema?"
Bueno, insisto en que no recuerdo exacta y concisamente todas las mamás que citó Mafalda en aquella tira. Lo que sí recuerdo es que me sentí profundamente identificada. (Con Mafalda, no con su multimamá)
Mi señora madre, la diplomática, también es una mujer orquesta. Ella las compone, ella las dirige, ella las interpreta.
No delega a nadie ni la performance del triángulo.
Aunque siempre ha habido entre nosotras un inexplicable y tremendamente salvaje vínculo de amor, nunca nos hemos llevado bien. Nuestra relación se basa en que yo la respeto, la admiro y la mataría cada cinco o diez minutos y ella me controla, me critica y se calcaría en mí para convertirme en ella cada aproximadamente tres segundos. Y lo más peculiar, dirán ustedes, es que esto no entra dentro del orden de los abusos psicológicos, sino que forma parte inalterable de las correlaciones generacionales del matriarcado gallego.
La familia gallega tradicional es como la manada de elefantes: las madres educan y exigen a las hijas, y permiten y consienten a los hijos. ¿Por qué? Quizá porque las hijas son las que llevarán toda la carga y la responsabilidad de la familia.
Un apunte antes de continuar: que explique aquí cómo funciona no quiere decir, ni mucho menos, que esté de acuerdo con todo. De hecho, muy posiblemente no esté de acuerdo ni con la mitad.
Mi bisabuela Dolores, aquella gran mujer eternamente descalza, al morir su propio hijo le dijo a mi abuela (su nuera): "Deixa de chorar, que tiveches moita sorte. Se chegas a morrer ti, a familia vai para o carallo. Morrendo el, aínda podedes continuar".
Como se lo cuento, de voz de mi propia abuela, que del propio shock de oir aquello, se le secaron las lágrimas de golpe.
Igual mi bisabuela tenía razón. Vamos, yo sé que le dolió la muerte inesperada de su hijo, claro, pero también sé que las mujeres gallegas, por encima de todos los calificativos que se merecen, son prácticas. Buscan la efectividad y el buen provecho de la vida a cada segundo.
Así ha sido como durante décadas (quizá doscientos años, más o menos) la mujer gallega administraba el dinero, educaba a las criaturas, trabajaba el campo y se ocupaba de la casa y de los asuntos con dios, mientras el hombre, en el mejor de los casos, ganaba dinero ( y sólo hacía eso: ganar dinero).
Mi bisabuela se crió con esas bases, como también lo hizo mi abuela, luego mi madre, y después yo. A ninguna de mis precedentes ha parecido importarle un carajo la liberación de la mujer, y es que ninguna de ellas tuvo necesidad, porque siempre fueron las jefas de su casa, e hicieron y deshicieron, y ordenaron hacer y deshacer como les dio la gana. (Siempre, eso sí, por el bien común).
Mi señora madre nació en una Galicia aún más franquista de lo que es hoy en día (las cosas han cambiado mucho allí, créanme). Se crió en una aldea, luego en una villa, y estudió en Ourense y en Lugo.
Un buen día, allá a finales de los sesenta dijo que se iba a Barcelona. Pueden calcular que en aquella época, ser mujer, gallega, joven, de pueblo y decir que te ibas a estudiar mil quilómetros lejos de casa era poco menos que ahora decirles a tus padres a los catorce años que estás embarazada, que el padre es traficante de armas en Uzbekistán y que os largáis para allá a vivir.
Pero mi abuelo le compró una maleta y le dijo que si realmente lo quería así, que era su vida.
Y así se vino mi madre con la maleta que más amor costó del mundo. al llegar, se puso inmediatamente a trabajar y a estudiar su segunda carrera. Eran tiempos difíciles (eso te lo dicen todos los padres, pero es que esta historia no me la han contado mis padres; me la contó mi abuela) y el carácter y la energía la llevaron dierctamente a los círculos de confabulación política más de moda y menos conocidos de Barcelona. Se reunía en subterráneos (cuya ubicación exacta no pienso destapar aquí) con muchos de los que ahora son políticos, y que en aquel tiempo acabaron en la cárcel en su mayoría. Corrió delante de los grises, con el anorak abierto porque "si te pillaban, te deshacías de él y todo lo que se llevaban de ti era eso: una chaqueta" (esto me lo explicó mi tío). Corrió también detrás de ellos. Y a los lados, tirándoles huevos. Corrió también después de dirigir la coral de su universidad cantando el himno gallego en gallego en medio de la plaza del Obradoiro con un guardia civil tembloroso diciéndole que "por favor, señorita, no me obligue".
Corrió en el equipo de atletismo, y corrió también en el de balonmano.
Se ha pasado la vida corriendo, desde aquellas corredoiras de su aldea natal, hasta.... ¿Hasta? Qué digo. Aún sigue corriendo.
No pretendo hacer aquí un segundo anuncio estúpido de coca-cola, no. De hecho, cuando he necesitado referencias, siempre me ha dicho que me las tengo que ganar yo solita, trabajando duro. Lo único que quiero es sentar los antecedentes de mi cruzada particular con ella. Desde mis primeras broncas con ella, cuando yo tenía seis años, hasta ahora, he intentado encontrar técnicas para intentar llevar mejor nuestro perpétuo choque frontal.
Y así es como he llegado a la conclusión de que mi madre es una trinidad, subdivisible en la mujer a la que no entiendo, la profesional a la que adoro, admiro e idolatro y la madre a la que amordazaría y ataría a una silla sólo para lograr que me escuchara e intentara conocerme, para variar.
Cómo explicarlo para que lo entiendan... Mi madre es capaz de llegar a Uzbekistán, asesinar fría y despiadadamente al dictador, cargarse a toda la plantilla del ejército llanqui, educar a la población en la no violencia, el respeto y la tolerancia, volver a casa, hacer la cena, poner tres lavadoras, corregir cien exámenes, plancharle la camisa del día siguiente a mi padre, bordar un mantel entero y llamarme por teléfono para preguntarme quién era ese tío con el que me ha visto una vecina por la calle.
Todo en el mismo día.
Mi madre es The Ultimate Replicant, lo juro.
Mi madre es capaz de publicar un libro sobre entrevistas con padres de alumnos y alumnas.
Mi madre es capaz de subir a Montserrat a pie, después de haber caminado hasta allí a pie, después de haber trabajado mil horas toda la semana.
Mi madre es capaz de ir a Galicia para un fin de semana de dos días. Mi madre es capaz de limpiar toda la casa como si hubiera llegado el Fin de los Días, sólo porque llega la señora de la limpieza y "mira cómo tengo la casa, qué va a decir la pobre mujer".
Mi madre es capaz de cualquier cosa por sacarme de quicio, y siempre, siempre, siempre lo consigue.
Mi madre no es capaz de convencerme de lo contrario cuando algo se me mete entre ceja y ceja, y he ahí la madre (perdonen las redundancias) del cordero de todos los males entre mi madre y yo.
Desde que ella nació hasta que yo aprendí a hablar, siempre se salió con la suya, porque lleva una vida ejemplar, tiene unas dotes de mando que ya le gustaría a Bush y una retórica y una facilidad para vender la moto que me río yo de Goebbels.
Con mi madre siempre salen las cosas malas y las cosas peores de mí. Lo malo es que yo no era cualquier alumna suya, aunque sí que fui su alumna, con lo que se le fueron a pique las técnicas educativas y lo peor, lo peor es que a cada palabra suya yo le voy buscando defectos y taras a la moto automáticamente.
Y luego, al final del día, me descubro a mí misma muchas veces pensando como ella, utilizando los mismísimos mecanismos lógicos de su mente de un modo completamente imprevisible, espontáneo y no deseado.
Y lo más trágico de la historia de mi vida es que las cosas me funcionan cuando lo hago, así que me veo obligada a admitir, aunque sólo sea por evitar que el orgullo me aplaste la inteligencia, que mi madre siempre tiene razón.
(Nooooo, no, y no. No siempre. No siempre).
de Mafalda, en que un señor
(probablemente un vendedor de enciclopedias)llama a la puerta.
Mafalda le abre, y a la pregunta: "¿Está tu mamá?" Mafalda responde algo así como (no recuerdo las palabras exactas):
" ¿Cuál de ellas? ¿La que friega, plancha y cocina, la que nos educa, la que cuida de mi padre, la que va a la compra o la que se queja del sistema?"

Bueno, insisto en que no recuerdo exacta y concisamente todas las mamás que citó Mafalda en aquella tira. Lo que sí recuerdo es que me sentí profundamente identificada. (Con Mafalda, no con su multimamá)
Mi señora madre, la diplomática, también es una mujer orquesta. Ella las compone, ella las dirige, ella las interpreta.
No delega a nadie ni la performance del triángulo.
Aunque siempre ha habido entre nosotras un inexplicable y tremendamente salvaje vínculo de amor, nunca nos hemos llevado bien. Nuestra relación se basa en que yo la respeto, la admiro y la mataría cada cinco o diez minutos y ella me controla, me critica y se calcaría en mí para convertirme en ella cada aproximadamente tres segundos. Y lo más peculiar, dirán ustedes, es que esto no entra dentro del orden de los abusos psicológicos, sino que forma parte inalterable de las correlaciones generacionales del matriarcado gallego.
La familia gallega tradicional es como la manada de elefantes: las madres educan y exigen a las hijas, y permiten y consienten a los hijos. ¿Por qué? Quizá porque las hijas son las que llevarán toda la carga y la responsabilidad de la familia.
Un apunte antes de continuar: que explique aquí cómo funciona no quiere decir, ni mucho menos, que esté de acuerdo con todo. De hecho, muy posiblemente no esté de acuerdo ni con la mitad.
Mi bisabuela Dolores, aquella gran mujer eternamente descalza, al morir su propio hijo le dijo a mi abuela (su nuera): "Deixa de chorar, que tiveches moita sorte. Se chegas a morrer ti, a familia vai para o carallo. Morrendo el, aínda podedes continuar".
Como se lo cuento, de voz de mi propia abuela, que del propio shock de oir aquello, se le secaron las lágrimas de golpe.
Igual mi bisabuela tenía razón. Vamos, yo sé que le dolió la muerte inesperada de su hijo, claro, pero también sé que las mujeres gallegas, por encima de todos los calificativos que se merecen, son prácticas. Buscan la efectividad y el buen provecho de la vida a cada segundo.
Así ha sido como durante décadas (quizá doscientos años, más o menos) la mujer gallega administraba el dinero, educaba a las criaturas, trabajaba el campo y se ocupaba de la casa y de los asuntos con dios, mientras el hombre, en el mejor de los casos, ganaba dinero ( y sólo hacía eso: ganar dinero).
Mi bisabuela se crió con esas bases, como también lo hizo mi abuela, luego mi madre, y después yo. A ninguna de mis precedentes ha parecido importarle un carajo la liberación de la mujer, y es que ninguna de ellas tuvo necesidad, porque siempre fueron las jefas de su casa, e hicieron y deshicieron, y ordenaron hacer y deshacer como les dio la gana. (Siempre, eso sí, por el bien común).
Mi señora madre nació en una Galicia aún más franquista de lo que es hoy en día (las cosas han cambiado mucho allí, créanme). Se crió en una aldea, luego en una villa, y estudió en Ourense y en Lugo.
Un buen día, allá a finales de los sesenta dijo que se iba a Barcelona. Pueden calcular que en aquella época, ser mujer, gallega, joven, de pueblo y decir que te ibas a estudiar mil quilómetros lejos de casa era poco menos que ahora decirles a tus padres a los catorce años que estás embarazada, que el padre es traficante de armas en Uzbekistán y que os largáis para allá a vivir.
Pero mi abuelo le compró una maleta y le dijo que si realmente lo quería así, que era su vida.
Y así se vino mi madre con la maleta que más amor costó del mundo. al llegar, se puso inmediatamente a trabajar y a estudiar su segunda carrera. Eran tiempos difíciles (eso te lo dicen todos los padres, pero es que esta historia no me la han contado mis padres; me la contó mi abuela) y el carácter y la energía la llevaron dierctamente a los círculos de confabulación política más de moda y menos conocidos de Barcelona. Se reunía en subterráneos (cuya ubicación exacta no pienso destapar aquí) con muchos de los que ahora son políticos, y que en aquel tiempo acabaron en la cárcel en su mayoría. Corrió delante de los grises, con el anorak abierto porque "si te pillaban, te deshacías de él y todo lo que se llevaban de ti era eso: una chaqueta" (esto me lo explicó mi tío). Corrió también detrás de ellos. Y a los lados, tirándoles huevos. Corrió también después de dirigir la coral de su universidad cantando el himno gallego en gallego en medio de la plaza del Obradoiro con un guardia civil tembloroso diciéndole que "por favor, señorita, no me obligue".
Corrió en el equipo de atletismo, y corrió también en el de balonmano.
Se ha pasado la vida corriendo, desde aquellas corredoiras de su aldea natal, hasta.... ¿Hasta? Qué digo. Aún sigue corriendo.
No pretendo hacer aquí un segundo anuncio estúpido de coca-cola, no. De hecho, cuando he necesitado referencias, siempre me ha dicho que me las tengo que ganar yo solita, trabajando duro. Lo único que quiero es sentar los antecedentes de mi cruzada particular con ella. Desde mis primeras broncas con ella, cuando yo tenía seis años, hasta ahora, he intentado encontrar técnicas para intentar llevar mejor nuestro perpétuo choque frontal.
Y así es como he llegado a la conclusión de que mi madre es una trinidad, subdivisible en la mujer a la que no entiendo, la profesional a la que adoro, admiro e idolatro y la madre a la que amordazaría y ataría a una silla sólo para lograr que me escuchara e intentara conocerme, para variar.
Cómo explicarlo para que lo entiendan... Mi madre es capaz de llegar a Uzbekistán, asesinar fría y despiadadamente al dictador, cargarse a toda la plantilla del ejército llanqui, educar a la población en la no violencia, el respeto y la tolerancia, volver a casa, hacer la cena, poner tres lavadoras, corregir cien exámenes, plancharle la camisa del día siguiente a mi padre, bordar un mantel entero y llamarme por teléfono para preguntarme quién era ese tío con el que me ha visto una vecina por la calle.
Todo en el mismo día.
Mi madre es The Ultimate Replicant, lo juro.
Mi madre es capaz de publicar un libro sobre entrevistas con padres de alumnos y alumnas.
Mi madre es capaz de subir a Montserrat a pie, después de haber caminado hasta allí a pie, después de haber trabajado mil horas toda la semana.
Mi madre es capaz de ir a Galicia para un fin de semana de dos días. Mi madre es capaz de limpiar toda la casa como si hubiera llegado el Fin de los Días, sólo porque llega la señora de la limpieza y "mira cómo tengo la casa, qué va a decir la pobre mujer".
Mi madre es capaz de cualquier cosa por sacarme de quicio, y siempre, siempre, siempre lo consigue.
Mi madre no es capaz de convencerme de lo contrario cuando algo se me mete entre ceja y ceja, y he ahí la madre (perdonen las redundancias) del cordero de todos los males entre mi madre y yo.
Desde que ella nació hasta que yo aprendí a hablar, siempre se salió con la suya, porque lleva una vida ejemplar, tiene unas dotes de mando que ya le gustaría a Bush y una retórica y una facilidad para vender la moto que me río yo de Goebbels.
Con mi madre siempre salen las cosas malas y las cosas peores de mí. Lo malo es que yo no era cualquier alumna suya, aunque sí que fui su alumna, con lo que se le fueron a pique las técnicas educativas y lo peor, lo peor es que a cada palabra suya yo le voy buscando defectos y taras a la moto automáticamente.
Y luego, al final del día, me descubro a mí misma muchas veces pensando como ella, utilizando los mismísimos mecanismos lógicos de su mente de un modo completamente imprevisible, espontáneo y no deseado.
Y lo más trágico de la historia de mi vida es que las cosas me funcionan cuando lo hago, así que me veo obligada a admitir, aunque sólo sea por evitar que el orgullo me aplaste la inteligencia, que mi madre siempre tiene razón.
(Nooooo, no, y no. No siempre. No siempre).
Sweet ‘n’ lowdown
COSAS POR HACER:
1. Hablar de un tema que me está carcomiendo los sesos y el espíritu de un modo que juzgo casi hasta anormal.
Ayer fui a casa de mi amiga Sacarina, la dueña de Oscar, el conejo con problemas de identidad. Evidentemente, Oscar no se llama Oscar, ni Sacarina se llama Sacarina, lo que me lleva a escribir de lo que quería escribir. (Y creo que de momento no lo estoy llevando muy bien, que digamos. Un comienzo un tanto torpe).
“Sacarina” viene de que siempre me pide sacarina.
"Sacarina" viene de que hasta tengo una cestita en mi cocina con sobres de ídem para cuando viene.
Después de tres años y pico de amistad pura e íntima creo que puedo decir que Sacarina no concibe la vida sin ídem. Y no, no es ninguna obsesa de las dietas esnobistas, ni de los alimentos procesados, ni de nada de eso.
Sacarina es diabética.
Desde que debutó, hace aproximadamente tres años, ha sido un ejemplo de optimismo, fortaleza, perseverancia y buen humor no sólo para el resto de personas diabéticas, sino para cualquiera. Ha hecho algo mucho más grande que llegar a un sitio y multiplicar panes y peces. Se ha subido al escenario, se ha puesto su mejor sonrisa, esa sonrisa franca y transparente que la caracteriza, y ha convertido todos los tomates en claveles.
Ella no sabe nada de este blog, y prefiero que siga así, porque los ánimos o las collejas ya se los suministro yo en privado cuando ella los necesita, pero yo necesitaba publicar, para que quienquiera que pase por aquí se entere, algo sobre este tema.
¿Por qué precisamente ahora?
Porque ayer, al llegar a casa de Sacarina, había tres personas diabéticas con ella, montando las bases de un proyecto de ayuda y tuve ocasión de comprobar, aunque quizá con más intensidad que a lo largo de estos últimos años, lo fuerte y admirable que es esta mujer.
Y es que no todo el mundo se toma igual eso de que le digan, un día que parecía ser bueno, que resulta que tiene una enfermedad crónica. Que resulta que aunque tengas once, dieciséis o veinticuatro años, tu páncreas está atrofiado.
Tu páncreas está atrofiado y ya no va a producir más insulina en lo que te queda de vida, con lo que no podrás quemar los azúcares que entran, ni los hidratos que se convierten en azúcar, y te la tendrás que inyectar, pero midiendo todo al mililitro y haciendo así, manualmente, algo que el cuerpo de otras personas, las no diabéticas, las privilegiadas, hace automáticamente, sin ir arrastrando bolsos con bolígrafos, ni medidores de azúcar, ni pastillas, ni nada de nada.
El resto no tiene que preocuparse por nada de eso y tú sí, para el resto de tu vida, porque te ha tocado así y no busques culpables para desahogar tu frustración.
Claro que todo esto que acabo de decir, yo nunca me lo había planteado así. Quizá porque Sacarina tampoco, y me había hecho ver la enfermedad de otra manera, de una manera mucho menos negativa, más día a día que visto de un modo crónico “de ahora a la hora de nuestra muerte, amén”.
Durante tres años y pico nos “hemos” medido el peso, el azúcar, lo que comía, cuándo había que pincharse, cuándo salían instrumentos nuevos. La he visto en sus primeros meses, cuando se lo negaba, hasta caer en coma. La he visto después, en momentos de resignación y en momentos de desesperación, y la sigo viendo ahora, resucitando al más puro estilo Ave Fénix, sacando el máximo provecho de su experiencia y de sus conocimientos para educar y formar a criaturas diabéticas y facilitarles, así, una calidad de vida que de otro modo, teniendo que depender de alguien que les pinche y les controle, no disfrutarían.
He visto lo que está haciendo y he llorado. Unas cuantas veces. Y no soy persona dada al lagrimeo barato. Ni siquiera al caro.
Primero, de admiración, motivo que nunca me había hecho llorar antes. Luego de rabia, por quejarme tanto y ser tan sumamente cobarde con mis propias cosas, teniendo su ejemplo tan cerca. Después de emoción. Me siento tremendamente afortunada de tenerla al lado, de contar con la inspiración, la generosidad, el buen humor, las sonrisas que brinda a todas aquellas personas que se le acercan. Y henchida de orgullo de que diga “mi mejor amiga” cuando habla de mí. No es para menos.
Como decía antes, que ya me estoy poniendo tonta, no todo el mundo se lo toma como ella. Ayer tuve ocasión de comprobarlo, al ser la única no-diabética de la habitación donde transcurrió la escena.
Entre aquellas otras tres personas había un hombre de mi edad, veintipico, del que Sacarina ya me había hablado y al que ya había tenido ocasión de conocer anteriormente, aunque no tan a fondo como ayer. Empezamos a hablar de lo que suponía tener diabetes, de lo que habían sentido cuando debutaron y les diagnosticaron la enfermedad.
En ningún momento intenté hacerles ver que comprendía perfectamente lo que sentían, porque no es verdad. A mí no me han diagnosticado nunca diabetes ni ninguna enfermedad de por vida que conlleve lo que ésta conlleva, con lo que no iba a ir de lista. Por otra parte, he visto de sobras la vida que lleva Sacarina y, salvo los momentos en los que se tiene que pinchar (momentos en los que otra persona se enciende un cigarro, y otra persona va al lavabo, y otra se come un chicle, y otra se toma el antibiótico) lleva una vida normal.
Sí que tiene que cuidar su dieta (y quién no, Dioses, quién no), sí que puede tener complicaciones (y a mí me puede atropellar un autobús y dejarme paralítica, y otra persona se puede ahogar con una piel de manzana, y otra contraer gonorrea, y otra tuberculosis) y sí que debe suponer una auténtica lata tener que llevar tantos cacharros en la mochila. Pero no son dignos ni dignas de pena, ni de discriminación, ni de observación de lejos, ni nada de eso. Son personas que, para el día del Juicio Final, cuando todos y todas estiremos la pata (porque una de esas cosas que tiene la vida es que al final, seas diabética, sifilítica, bipolar, pelirrojo, musulmana, griego o profesora de inglés, te mueres. )ese día, esas personas, las diabéticas, podrán decirle a Caronte, o al perro, o gritarlo a las puertas del Hades, que vivieron con más intensidad, que se despertaron cada día del todo, al máximo, que fueron más allá de las superficialidades propias del resto.
Tampoco estoy diciendo con esto que envidie la situación, ni mucho menos. Sé lo que ha pasado y lo que pasa Sacarina, no soy idiota, pero creo que también soy suficientemente consciente y abierta de mente como para merecer un poco de respeto… que aquel hombre, aquel chico tan alto, tan guapo, tan perfecto y tan sumamente triste, compungido y enfadado por dentro, no me dio.
Quería decirle que no estaba en otro mundo, que no era de otro planeta (yo), que no era diabética pero que tampoco tenía que condenarme por no serlo. Me dijo que la única manera de apreciar la salud era perderla (gran verdad, indiscutible) y demostró un desprecio absoluto hacia la gente que adoptaba la postura “pobrecito” y hacia la de la postura “eso no es nada”. En realidad sentía desprecio por la gente diabética, por estar, de alguna manera, "tarada", y también contra la no diabética, por ser una pandilla de viles ignorantes que discriminaban a diestro y siniestro.
No había forma humana de hablar con él. Ni de ese tema, ni de ningún otro tema, dado que todos los temas llevaban a Roma.
No me malinterpreten: yo no estaba allí tirándome de los pelos, con gotas de sudor resbalándome por las sienes, pensando en algo que decirle que no le sentara mal. Como ya he dicho, no son dignos de discriminación, y de insultarle a compadecerle me parece que hay todo un mundo de posibilidades de trato, como por ejemplo, el de persona, que me parece el que más se ajusta al sentido común.
No es que no tuviera razón al quejarse; ignoro la discriminación y las collejas que se ha llevado el colectivo diabético hasta ahora (como él ignora las que me llevé yo por ser gallega, que otra persona se las lleva por llevar calcetines blancos, otra por bajita, otra por demasiado alta, otra por tener pecas. Ya ven). Pero quizá su reacción, su comportamiento hacia mí era el del perro que se ha llevado tantos palos que te muerde sólo por intentar acercarte.
Me habló de esperanza de vida, me habló de rechazos a nivel personal y profesional, me habló de tantas cosas que no podía rebatir porque eran verdad… pero me habló como si yo fuera culpable, por no ser diabética, y aunque en ese punto se equivocara, me dejó pensando.
Y he continuado pensando hasta hoy, y sigo pensando.
¿Cuánta gente no diabética tiene ni puñetera idea del tema, antes de discriminar o mirar de reojo, o por encima del hombro a una persona cuyo único crimen es tener un páncreas algo estropeado? ¿Es que su páncreas se mete con el resto de la humanidad? Acabáramos.
Dedico el post de hoy a intentar hacer reflexionar a todos los que NO hemos debutado. (Y me incluyo a mí misma, aunque ya lleve tiempo pensando).
Para empezar, (por empezar con algo) porque cualquier día podrían mirarse el azúcar, después de haberse pasado semanas bebiendo y meando como hinchas del Manchester United en el día de la final, y verse a trescientos. O a quinientos. O ni verse.
Para continuar, porque como ya dije hace poco en otro post, hay una diferencia abismal entre tener discapacidades mentales, tener el síndrome de Down o ser, llana y simplemente, subnormal.
Si alguien se ha sentido ofendido (u ofendida) con este post, puede que necesite reflexionar el doble.
1. Hablar de un tema que me está carcomiendo los sesos y el espíritu de un modo que juzgo casi hasta anormal.
Ayer fui a casa de mi amiga Sacarina, la dueña de Oscar, el conejo con problemas de identidad. Evidentemente, Oscar no se llama Oscar, ni Sacarina se llama Sacarina, lo que me lleva a escribir de lo que quería escribir. (Y creo que de momento no lo estoy llevando muy bien, que digamos. Un comienzo un tanto torpe).
“Sacarina” viene de que siempre me pide sacarina.
"Sacarina" viene de que hasta tengo una cestita en mi cocina con sobres de ídem para cuando viene.
Después de tres años y pico de amistad pura e íntima creo que puedo decir que Sacarina no concibe la vida sin ídem. Y no, no es ninguna obsesa de las dietas esnobistas, ni de los alimentos procesados, ni de nada de eso.
Sacarina es diabética.
Desde que debutó, hace aproximadamente tres años, ha sido un ejemplo de optimismo, fortaleza, perseverancia y buen humor no sólo para el resto de personas diabéticas, sino para cualquiera. Ha hecho algo mucho más grande que llegar a un sitio y multiplicar panes y peces. Se ha subido al escenario, se ha puesto su mejor sonrisa, esa sonrisa franca y transparente que la caracteriza, y ha convertido todos los tomates en claveles.
Ella no sabe nada de este blog, y prefiero que siga así, porque los ánimos o las collejas ya se los suministro yo en privado cuando ella los necesita, pero yo necesitaba publicar, para que quienquiera que pase por aquí se entere, algo sobre este tema.
¿Por qué precisamente ahora?
Porque ayer, al llegar a casa de Sacarina, había tres personas diabéticas con ella, montando las bases de un proyecto de ayuda y tuve ocasión de comprobar, aunque quizá con más intensidad que a lo largo de estos últimos años, lo fuerte y admirable que es esta mujer.
Y es que no todo el mundo se toma igual eso de que le digan, un día que parecía ser bueno, que resulta que tiene una enfermedad crónica. Que resulta que aunque tengas once, dieciséis o veinticuatro años, tu páncreas está atrofiado.
Tu páncreas está atrofiado y ya no va a producir más insulina en lo que te queda de vida, con lo que no podrás quemar los azúcares que entran, ni los hidratos que se convierten en azúcar, y te la tendrás que inyectar, pero midiendo todo al mililitro y haciendo así, manualmente, algo que el cuerpo de otras personas, las no diabéticas, las privilegiadas, hace automáticamente, sin ir arrastrando bolsos con bolígrafos, ni medidores de azúcar, ni pastillas, ni nada de nada.
El resto no tiene que preocuparse por nada de eso y tú sí, para el resto de tu vida, porque te ha tocado así y no busques culpables para desahogar tu frustración.
Claro que todo esto que acabo de decir, yo nunca me lo había planteado así. Quizá porque Sacarina tampoco, y me había hecho ver la enfermedad de otra manera, de una manera mucho menos negativa, más día a día que visto de un modo crónico “de ahora a la hora de nuestra muerte, amén”.
Durante tres años y pico nos “hemos” medido el peso, el azúcar, lo que comía, cuándo había que pincharse, cuándo salían instrumentos nuevos. La he visto en sus primeros meses, cuando se lo negaba, hasta caer en coma. La he visto después, en momentos de resignación y en momentos de desesperación, y la sigo viendo ahora, resucitando al más puro estilo Ave Fénix, sacando el máximo provecho de su experiencia y de sus conocimientos para educar y formar a criaturas diabéticas y facilitarles, así, una calidad de vida que de otro modo, teniendo que depender de alguien que les pinche y les controle, no disfrutarían.
He visto lo que está haciendo y he llorado. Unas cuantas veces. Y no soy persona dada al lagrimeo barato. Ni siquiera al caro.
Primero, de admiración, motivo que nunca me había hecho llorar antes. Luego de rabia, por quejarme tanto y ser tan sumamente cobarde con mis propias cosas, teniendo su ejemplo tan cerca. Después de emoción. Me siento tremendamente afortunada de tenerla al lado, de contar con la inspiración, la generosidad, el buen humor, las sonrisas que brinda a todas aquellas personas que se le acercan. Y henchida de orgullo de que diga “mi mejor amiga” cuando habla de mí. No es para menos.
Como decía antes, que ya me estoy poniendo tonta, no todo el mundo se lo toma como ella. Ayer tuve ocasión de comprobarlo, al ser la única no-diabética de la habitación donde transcurrió la escena.
Entre aquellas otras tres personas había un hombre de mi edad, veintipico, del que Sacarina ya me había hablado y al que ya había tenido ocasión de conocer anteriormente, aunque no tan a fondo como ayer. Empezamos a hablar de lo que suponía tener diabetes, de lo que habían sentido cuando debutaron y les diagnosticaron la enfermedad.
En ningún momento intenté hacerles ver que comprendía perfectamente lo que sentían, porque no es verdad. A mí no me han diagnosticado nunca diabetes ni ninguna enfermedad de por vida que conlleve lo que ésta conlleva, con lo que no iba a ir de lista. Por otra parte, he visto de sobras la vida que lleva Sacarina y, salvo los momentos en los que se tiene que pinchar (momentos en los que otra persona se enciende un cigarro, y otra persona va al lavabo, y otra se come un chicle, y otra se toma el antibiótico) lleva una vida normal.
Sí que tiene que cuidar su dieta (y quién no, Dioses, quién no), sí que puede tener complicaciones (y a mí me puede atropellar un autobús y dejarme paralítica, y otra persona se puede ahogar con una piel de manzana, y otra contraer gonorrea, y otra tuberculosis) y sí que debe suponer una auténtica lata tener que llevar tantos cacharros en la mochila. Pero no son dignos ni dignas de pena, ni de discriminación, ni de observación de lejos, ni nada de eso. Son personas que, para el día del Juicio Final, cuando todos y todas estiremos la pata (porque una de esas cosas que tiene la vida es que al final, seas diabética, sifilítica, bipolar, pelirrojo, musulmana, griego o profesora de inglés, te mueres. )ese día, esas personas, las diabéticas, podrán decirle a Caronte, o al perro, o gritarlo a las puertas del Hades, que vivieron con más intensidad, que se despertaron cada día del todo, al máximo, que fueron más allá de las superficialidades propias del resto.
Tampoco estoy diciendo con esto que envidie la situación, ni mucho menos. Sé lo que ha pasado y lo que pasa Sacarina, no soy idiota, pero creo que también soy suficientemente consciente y abierta de mente como para merecer un poco de respeto… que aquel hombre, aquel chico tan alto, tan guapo, tan perfecto y tan sumamente triste, compungido y enfadado por dentro, no me dio.
Quería decirle que no estaba en otro mundo, que no era de otro planeta (yo), que no era diabética pero que tampoco tenía que condenarme por no serlo. Me dijo que la única manera de apreciar la salud era perderla (gran verdad, indiscutible) y demostró un desprecio absoluto hacia la gente que adoptaba la postura “pobrecito” y hacia la de la postura “eso no es nada”. En realidad sentía desprecio por la gente diabética, por estar, de alguna manera, "tarada", y también contra la no diabética, por ser una pandilla de viles ignorantes que discriminaban a diestro y siniestro.
No había forma humana de hablar con él. Ni de ese tema, ni de ningún otro tema, dado que todos los temas llevaban a Roma.
No me malinterpreten: yo no estaba allí tirándome de los pelos, con gotas de sudor resbalándome por las sienes, pensando en algo que decirle que no le sentara mal. Como ya he dicho, no son dignos de discriminación, y de insultarle a compadecerle me parece que hay todo un mundo de posibilidades de trato, como por ejemplo, el de persona, que me parece el que más se ajusta al sentido común.
No es que no tuviera razón al quejarse; ignoro la discriminación y las collejas que se ha llevado el colectivo diabético hasta ahora (como él ignora las que me llevé yo por ser gallega, que otra persona se las lleva por llevar calcetines blancos, otra por bajita, otra por demasiado alta, otra por tener pecas. Ya ven). Pero quizá su reacción, su comportamiento hacia mí era el del perro que se ha llevado tantos palos que te muerde sólo por intentar acercarte.
Me habló de esperanza de vida, me habló de rechazos a nivel personal y profesional, me habló de tantas cosas que no podía rebatir porque eran verdad… pero me habló como si yo fuera culpable, por no ser diabética, y aunque en ese punto se equivocara, me dejó pensando.
Y he continuado pensando hasta hoy, y sigo pensando.
¿Cuánta gente no diabética tiene ni puñetera idea del tema, antes de discriminar o mirar de reojo, o por encima del hombro a una persona cuyo único crimen es tener un páncreas algo estropeado? ¿Es que su páncreas se mete con el resto de la humanidad? Acabáramos.
Dedico el post de hoy a intentar hacer reflexionar a todos los que NO hemos debutado. (Y me incluyo a mí misma, aunque ya lleve tiempo pensando).
Para empezar, (por empezar con algo) porque cualquier día podrían mirarse el azúcar, después de haberse pasado semanas bebiendo y meando como hinchas del Manchester United en el día de la final, y verse a trescientos. O a quinientos. O ni verse.
Para continuar, porque como ya dije hace poco en otro post, hay una diferencia abismal entre tener discapacidades mentales, tener el síndrome de Down o ser, llana y simplemente, subnormal.
Si alguien se ha sentido ofendido (u ofendida) con este post, puede que necesite reflexionar el doble.
Como dos extraños (Milonga-tango, o viceversa. Según se mire)
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"Me acobardó la soledad
y el miedo enorme de morir lejos de ti...
¡Qué ganas tuve de llorar
sintiendo junto a mí
la burla de la realidad!"
Me quedo tan paralizada que no soy ni capaz de plantearme qué cochina coincidencia delegada del destino ha manipulado la historia para sentarme en esta consulta y verte ahí, en bata blanca, con un fonendoscopio y la sangre probablemente como la mía: helada.
Soy incapaz de pensar en nada ni de reaccionar ante ti, porque de repente me veo otra vez sentada en las escaleras del patio de abajo del colegio, en la mañana de un miércoles de mi vida que duró una semana entera.
Llorando, con un bocadillo en una mano (el del almuerzo) y toda mi rabia comprimida en la otra (la de tu hipocresía).
En aquél momento, la angustia de sentirme rechazada era mucho más fuerte que yo, que mi autoestima en proceso de cocción, que un examen final sin preparar, que cualquier otro razonamiento lógico que hubiera podido encontrar si no fuera porque el dramatismo y la magnitud de la tragedia me cegaban.
Yo te quería. No sabía amar porque apenas tenía quince o dieciséis años, pero sabía querer con todos los momentos, los sueños y los acordes tocados pensando en ti de los que era capaz.
Y te odiaba. Porque ya sabía odiar, por aquel entonces, con el ansia con que se odia a alguien que logra hacer que te sientas imbécil, alguien que te grita, a base de silencios que no te mereces, que estás perdiendo el tiempo.
"Y el corazón me suplicó
que te buscara y que le diera tu querer...
Me lo pedía el corazón
y entonces te busqué
creyéndote mi salvación..."
Habíamos sido compañeros de clase un par de años, quizá tres, y en aquel curso quiso el puro azar o el infalible destino que nos sentáramos uno al lado de la otra. A mí me daba igual dónde sentarme, puesto que no había nadie del colegio en aquella época que me mereciera una especial simpatía, y no hablo de chicos únicamente. Hablo de amistades en general.
Ya habíamos coincidido antes, en conversaciones, en algún chiste, en alguna sonrisa.
Yo era el patito feo oficial, porque las notas de mis exámenes no gustaban a nadie. Ni mis conocimientos musicales. Ni mis viajes al extranjero. Ni mis opiniones no escondidas acerca de temas tabúes, como la política, la lengua o la religión.
O el borreguismo.
A nadie de mi clase le gustaba verse descubierto por una niña repelente, y me dedicaron desde el principio todas las crueldades de las que sus mentes adolescentes eran capaces.
Él era uno de esos chicos que sacan buenas notas, que juegan en el equipo de baloncesto y que aún así conservan un pie en la tierra y no dejan de lado su humildad ni su sencillez. Él era un bien escaso en aquel lugar, las cosas como son. Escaso, por no decir inexistente.
Un día me olvidé el libro de matemáticas, y la profesora me dijo que arrimara mi mesa a la del susodicho, que no sólo compartió conmigo su libro, sino también sus conocimientos de matemáticas (a estas alturas de la película ya deben de saber lo nula que he sido, que soy y que seré en esta asignatura) y aquella fue una de las poquísimas clases de matemáticas que entendí a la perfección, en toda mi vida.
Como quiera que sea, al día siguiente él se olvidó su libro de inglés y tuve la oportunidad de devolverle el favor.
Después de aquel capítulo simbiótico hubo una especie de acuerdo tácito entre los dos, mediante el cual yo le ayudaba con el inglés y él a mí con las matemáticas, y así nos fuimos olvidando los libros cada día. Los profesores sonreían y nos consentían, porque éramos buenos estudiantes y nuestro comportamiento en clase era más que correcto.
Al cabo de un tiempo, aquella simbiosis se convirtió en una buena amistad, y empecé a pensar que mi teoría del Chino Medianaranja quizá fuera un tanto taxativa. Que quizá hubiera cosas de otra persona que me gustaran lo bastante como para aniquilar tópicos.
Así fue como mi cabeza y mi alma se colgaron perdidamente del chico. Más rápidamente de lo que yo era capaz de analizar. Como cuando alguien se pone al sol diez minutos y luego se da cuenta de que se ha quemado. Al llegar a casa.
Pensé, con gran alegría, que él era diferente al resto de personas de nuestro curso. Que era capaz de pensar por sí mismo, de conocerme por sí mismo, de no asustarse ante mis opiniones salvajes, de no dejar que nadie le dijera quién ni cómo era yo sin antes descubrirlo él solo. Después de tanta amistad, una tarde llegué a clase, lo descubrí sonriéndome y me atacó la sensación: te has enamorado de este individuo.
"Y ahora que estoy frente a ti
parecemos, ya ves, dos extraños...
Lección que por fin aprendí:
¡cómo cambian las cosas los años!
Angustia de saber muertas ya
la ilusión y la fe...
Perdón si me ves lagrimear...
¡Los recuerdos me han hecho mal!"
Por eso no soy capaz de tenerte en frente, aunque ahora resultes ser el médico y yo la paciente, ahora que el presente que nos toca en esta consulta es diferente del pasado que nos tocó en la escuela, en que tú fuiste el imbécil y yo, la víctima, y no pensar en todo lo que pasó. En nuestras conversaciones telefónicas diarias, nada más llegar a casa después de habernos visto durante todo el día. En los juegos, las bromas, las palabras. Lo que tú y yo compartíamos como compañeros, que el resto del mundo ignoraba, con toda la incompetencia emocional posible.
Ahora soy una mujer con una vida feliz, divertida y rica, y tú eres un médico en una consulta, con un fonendo (el de auscultarme) en una mano y siete quilos de nervios (los de volver a verme) comprimidos en la otra.
Un gesto de tu cara me devuelve el mal sabor del final de la historia. Un viernes por la noche, en la fiesta del colegio.
No hace falta que te lo explique, dado que estabas allá en tanto cuerpo y tanta alma como yo misma, pero no te lo estoy explicando, lo estoy reviviendo.
Revivo el recuerdo, y con él todos y cada uno de los sentimientos unidos. Mi memoria no es como la papelera de reciclaje de Windows. Mi memoria es capaz de abrir los archivos y ponerlos en perfecto funcionamiento pese a haberlos descartado hace años.
Y recuerdo, luchando por no acordarme, que estuvimos toda la noche bailando y hablando. Y que me diste un beso. Detrás de otro. Y que me dijiste algunas cosas que mi pesimismo se empeñaba en no creerse. Que habías ido siguiendo el mismo camino que yo durante aquellas clases juntos, aquellos meses. Que me habías dedicado tanto tiempo extraescolar como yo a ti, y los mismos pensamientos que yo a ti.
Y que acabé con mi pesimismo metido en el bolso y una sonrisa enorme dibujada en algún lugar recóndito, detrás del orgullo, para que no se viera demasiado.
“No puedo ni esperar a que llegue el lunes para volver a verte” no me sonaba al clásico y archiconocido “ya te llamaré”. Yo era tu amiga, tu compañera, tu cómplice. No tenías absolutamente ninguna necesidad (ni ningún derecho tampoco) de jugar conmigo. Pero en la historia te engañabas a ti mismo más que a mí, cosa que sólo he logrado comprender al cabo de años.
"Palideció la luz del sol
al escucharte fríamente conversar...
Fue tan distinto nuestro amor
y duele comprobar
que todo, todo terminó.
¡Qué gran error volverte a ver
para llevarme destrozado el corazón!
Son mil fantasmas, al volver
burlándose de mí,
las horas de ese muerto ayer..."
¿Qué cómo está mi corazón? No parecía importarte mucho cuando llegó aquél lunes y apenas mascullaste un “buenos días” y me ignoraste vilmente. Sí, ya sé que ahora te interesa, pero por otros motivos, y si no te importa, prefiero no darle el gusto a la Señora Doña Ironía de la vida de quitarme la camiseta y dejar que intentes curarme el corazón cuando un día me lo rompiste.
Tuve que hablar con un tercer amigo, uno que era tuyo y mío, uno que era de verdad, para enterarme de cuánto sentías por mí, y que eras incapaz de seguir conmigo por los comentarios que te habían hecho los demás. Me costó horrores creerme aquello.
No imaginaba cómo un ser humano al que consideraba inteligente era capaz de tanta gilipollez él sólo, hasta que nos encontramos tú y yo, otra vez solos, en aquella clase, haciéndole estadísticas al profesor de gimnasia, y me lo confirmaste.
"¡Qué ganas tuve de llorar
sintiendo junto a mí
la burla de la realidad!"
Aquella fue la primera vez en mi vida que de mi rabia no salieron gritos, sino palabras bien medidas para hacerte daño. A fin de cuentas, perdiste tú, porque seguías mirándome en la clase, por los pasillos, en los exámenes. Y juraría, si no fuera porque no quiero pecar de engreída, que veía tristeza y algo de arrepentimiento en aquellas miradas tan largas que me dedicabas, que hasta algún profesor te dijo en medio de clase que "deje de mirar a su compañera, que no lleva la respuesta escrita en la cara".
"Y ahora que estoy frente a ti
parecemos, ya ves, dos extraños...
Lección que por fin aprendí:
¡cómo cambian las cosas los años!
Angustia de saber muertas ya
la ilusión y la fe...
Perdón si me ves lagrimear...
¡Los recuerdos me han hecho mal!"
Siento sonar tan dura, en realidad sólo hay rencor en el recuerdo, no en la realidad. En la realidad hay un soplo sistólico. O diastólico. Eso es lo que he venido a mirar.
Por favor, llama a otro residente de cardio.
No, insisto, no es el rencor. Seguro que eres un médico estupendo; nunca he dudado de tu capacidad. Y me ha alegrado verte y saber que ninguno de los males que te deseé aquel fatídico lunes se han cumplido.
No es el rencor, y no es que no lo haya superado.
Es que un día me juré a mí misma que bajo ningún concepto, ni giro, ni vuelta, ni pirueta de la vida dejaría que volvieras a acercarte a mi corazón.
Fútbol, diclofenaco sódico y otros lobotomizantes laterales.
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. Hinchazón en mejilla derecha considerablemente combatida.
2. (ver 1 ) Me he autorecetado la reducción considerable de las dosis de los analgésicos a tomarme. Ya estoy mejor, y no quiero problemas añadidos, ni efectos secundarios.
3. Conozco a casi todo el personal practicante (para quien no lo sepa, la gente que pone inyecciones) de Barcelona. Estoy planteándome la idea de dar una fiesta temática en mi casa, donde los chupitos se sirvan en jeringas de esas tamaño granja.
4. Ayer aún me dolían las posaderas (señal de actividad epidérmica) Hoy no las siento. Voy bien para convertirme en Rambo: " No me siento el culo, no me siento el culo".
5. No sé ni cómo empezar a decir hasta dónde estoy de la pandilla de oligofrénicos/as que pueblan las calles de esta ciudad que solía ser tan bonita hasta que el puto equipo de fútbol compuesto por anticatalanes (es decir: de todo menos catalanes) ganó la puta liga. Ya no es que no me guste el fútbol en sí. Ya no es lo aburrido que llega a ser de ver, ni lo cabestros, rústicos e iliteratos que llegan a ser los miembros de cualquier equipo, que me recuerdan a la sota de bastos. No. Es el fervor ovino de la población. Siento tanta vergüenza ajena, vergüenza de que algun colectivo extraterrestre pueda estar observándonos y vea esto, y miedo de que se cumpla la historia de Mendoza y Gurb venga a visitarnos, que quiero meterme en la cama y dormir hasta que el nivel intelectual de la población suba justo hasta el punto de aniquilar todo fanatismo en la especie humanoide.
6. (ver 5) De momento, y como lo del nivel intelectual no va a ser muy posible que digamos, visto lo visto, he decidido que:
CADA 1 DE ENERO por la mañana, y con motivo del concierto de año nuevo que se celebra en Viena desde tiempos inmemoriables, saldré con un coche, bici, patinete, o lo que sea por la calle a las nueve de la mañana (lo bastante tarde como para que ya haya regresado todo el mundo de fiesta y lo bastante pronto como para potenciar, aumentar y multiplicar resacas y cefaleas) pitando cual correcaminos bajo efectos de speed y de alguna posesión demoníaca también, para que todo el mundo comparta mi alegría y mi gloria a causa de la celebración de dicho concierto.
Ah, ¿os dolía la cabeza? ¿Y desde cuándo se supone que a mí, como habitante de esta ciudad, me tiene que importar un PUTO CARAJO el resto de habitantes? ¿Eh? ¿desde cuándo? Vosotros con vuestro Barça para pitecantropus; yo con mis valses para cerebros evolucionados, e a foderse, como dín no meu pobo.
Amantes de los clásicos y de los hermanos Strauss, quedan invitadas/os. Barcelona, Plaza de España (Espanya, como prefieran) a las 09:00 (eso es a.m. Por si acaso). 1 de Enero de 2006. Se puede venir en peligroso estado de ebriedad. De hecho, cuanto más borracho/a mejor, así más ruido haremos. Uso de platillos y otros instrumentos de percusión, opcional pero recomendado.
7. Muy enfadada. Muchísimo. No quiero hablar sobre el tema por no re-escribir obviedades marxistas e historias por el estilo, pero seguro que la gente que me tiene que entender, me entenderá. Y es que hay una diferencia abismal entre una persona mentalmente discapacitada, una persona con el síndrome de Down y un androide simple y llanamente subnormal. Hay un abismo; un abismo.
COSAS POR HACER:
0. Visitar tumba de Madame Curie y darle besos y hacerle reverencias de aquí al 2034, por lo menos.
1. Volver al hospital para penúltima dosis de penicilina. (Si pudiera verme el culo, lo haría yo. Bien pensado, si pudiera verme el culo, sería un freak y quizá tampoco querría salir a la calle, pero no por vagancia, como ahora).
2. Dejar de establecer co-relaciones metafóricas entre penicilina versus narcótico y pensamiento individual versus fútbol. No merece la pena y acabaré como aquel del Árbol de la Ciencia.
(¿Cómo se llama? ¿Cómo he podido olvidarme del nombre del protagonista del libro que marcó un antes y un después en mi adolescencia vitalicia? Me lo tendré que leer por cuarta vez, ahora que mi señora madre no puede amenazarme con que si me ve otra vez con "ese dichoso libro" se encargará personalmente de aplicar censura franquista a mis lecturas para lo que me queda de vida)
2b. Dejar de tener pensamientos satánicos acerca de las madréporas suboceánicas ciegas de fútbol o de cualquier otra droga que les facilite el camino del "no-pensamiento, ergo no-conocimiento, ergo no-sufrimiento y no-vida real".
3. Dejar de hacer paréntesis más largos que el propio texto. Es una mala costumbre, producto y consecuencia de no ser capaz de ordenar mis ideas.
4. Acabar de una vez dichoso proyecto inútil y completamente desprovisto de interés alguno, para la universidad.
Considerando posibilidad de encontrar fuentes extrínsecas de motivación e inspiración.
(S.O.S. Euterpe, S.O.S. Euterpe, ¿me recibes, Musa Música?)
"Gaudeamus igituuuuuur
Iuvenes dum suuuuuuuuuuumuuuuuus
Gaudeamus igituuuuuuur
Iuvenes dum suuuuuuuuuuumuuuuuus..."
(De acuerdo. No sólo no funciona sino que he conseguido petar el barómetro con el cual me autocalculo los índices de pateticidad).
Lo siento. Es que últimamente hay un sueño que se me repite, entre banco y banco de Montmartre: que no acabo la carrera este año.
Y créanme, cuando una mujer gallega sueña algo, hay que ponerse a correr.
5. Acabar aquí. (De momento).
1. Hinchazón en mejilla derecha considerablemente combatida.
2. (ver 1 ) Me he autorecetado la reducción considerable de las dosis de los analgésicos a tomarme. Ya estoy mejor, y no quiero problemas añadidos, ni efectos secundarios.
3. Conozco a casi todo el personal practicante (para quien no lo sepa, la gente que pone inyecciones) de Barcelona. Estoy planteándome la idea de dar una fiesta temática en mi casa, donde los chupitos se sirvan en jeringas de esas tamaño granja.
4. Ayer aún me dolían las posaderas (señal de actividad epidérmica) Hoy no las siento. Voy bien para convertirme en Rambo: " No me siento el culo, no me siento el culo".
5. No sé ni cómo empezar a decir hasta dónde estoy de la pandilla de oligofrénicos/as que pueblan las calles de esta ciudad que solía ser tan bonita hasta que el puto equipo de fútbol compuesto por anticatalanes (es decir: de todo menos catalanes) ganó la puta liga. Ya no es que no me guste el fútbol en sí. Ya no es lo aburrido que llega a ser de ver, ni lo cabestros, rústicos e iliteratos que llegan a ser los miembros de cualquier equipo, que me recuerdan a la sota de bastos. No. Es el fervor ovino de la población. Siento tanta vergüenza ajena, vergüenza de que algun colectivo extraterrestre pueda estar observándonos y vea esto, y miedo de que se cumpla la historia de Mendoza y Gurb venga a visitarnos, que quiero meterme en la cama y dormir hasta que el nivel intelectual de la población suba justo hasta el punto de aniquilar todo fanatismo en la especie humanoide.
6. (ver 5) De momento, y como lo del nivel intelectual no va a ser muy posible que digamos, visto lo visto, he decidido que:
CADA 1 DE ENERO por la mañana, y con motivo del concierto de año nuevo que se celebra en Viena desde tiempos inmemoriables, saldré con un coche, bici, patinete, o lo que sea por la calle a las nueve de la mañana (lo bastante tarde como para que ya haya regresado todo el mundo de fiesta y lo bastante pronto como para potenciar, aumentar y multiplicar resacas y cefaleas) pitando cual correcaminos bajo efectos de speed y de alguna posesión demoníaca también, para que todo el mundo comparta mi alegría y mi gloria a causa de la celebración de dicho concierto.
Ah, ¿os dolía la cabeza? ¿Y desde cuándo se supone que a mí, como habitante de esta ciudad, me tiene que importar un PUTO CARAJO el resto de habitantes? ¿Eh? ¿desde cuándo? Vosotros con vuestro Barça para pitecantropus; yo con mis valses para cerebros evolucionados, e a foderse, como dín no meu pobo.
Amantes de los clásicos y de los hermanos Strauss, quedan invitadas/os. Barcelona, Plaza de España (Espanya, como prefieran) a las 09:00 (eso es a.m. Por si acaso). 1 de Enero de 2006. Se puede venir en peligroso estado de ebriedad. De hecho, cuanto más borracho/a mejor, así más ruido haremos. Uso de platillos y otros instrumentos de percusión, opcional pero recomendado.
7. Muy enfadada. Muchísimo. No quiero hablar sobre el tema por no re-escribir obviedades marxistas e historias por el estilo, pero seguro que la gente que me tiene que entender, me entenderá. Y es que hay una diferencia abismal entre una persona mentalmente discapacitada, una persona con el síndrome de Down y un androide simple y llanamente subnormal. Hay un abismo; un abismo.
COSAS POR HACER:
0. Visitar tumba de Madame Curie y darle besos y hacerle reverencias de aquí al 2034, por lo menos.
1. Volver al hospital para penúltima dosis de penicilina. (Si pudiera verme el culo, lo haría yo. Bien pensado, si pudiera verme el culo, sería un freak y quizá tampoco querría salir a la calle, pero no por vagancia, como ahora).
2. Dejar de establecer co-relaciones metafóricas entre penicilina versus narcótico y pensamiento individual versus fútbol. No merece la pena y acabaré como aquel del Árbol de la Ciencia.
(¿Cómo se llama? ¿Cómo he podido olvidarme del nombre del protagonista del libro que marcó un antes y un después en mi adolescencia vitalicia? Me lo tendré que leer por cuarta vez, ahora que mi señora madre no puede amenazarme con que si me ve otra vez con "ese dichoso libro" se encargará personalmente de aplicar censura franquista a mis lecturas para lo que me queda de vida)
2b. Dejar de tener pensamientos satánicos acerca de las madréporas suboceánicas ciegas de fútbol o de cualquier otra droga que les facilite el camino del "no-pensamiento, ergo no-conocimiento, ergo no-sufrimiento y no-vida real".
3. Dejar de hacer paréntesis más largos que el propio texto. Es una mala costumbre, producto y consecuencia de no ser capaz de ordenar mis ideas.
4. Acabar de una vez dichoso proyecto inútil y completamente desprovisto de interés alguno, para la universidad.
Considerando posibilidad de encontrar fuentes extrínsecas de motivación e inspiración.
(S.O.S. Euterpe, S.O.S. Euterpe, ¿me recibes, Musa Música?)
"Gaudeamus igituuuuuur
Iuvenes dum suuuuuuuuuuumuuuuuus
Gaudeamus igituuuuuuur
Iuvenes dum suuuuuuuuuuumuuuuuus..."
(De acuerdo. No sólo no funciona sino que he conseguido petar el barómetro con el cual me autocalculo los índices de pateticidad).
Lo siento. Es que últimamente hay un sueño que se me repite, entre banco y banco de Montmartre: que no acabo la carrera este año.
Y créanme, cuando una mujer gallega sueña algo, hay que ponerse a correr.
5. Acabar aquí. (De momento).
La Antimedianaranja.
Aahh l'amour, l'amour... 
Aprovechando que sigo bajo los efectos de un montón de drogas legales con receta, seguiré escribiendo hoy sobre lo que no es B, sino no-A, o anti-A.
(Esto seguro que acabará en anti-audiencia, pero no puedo evitar no olvidarme de que empecé este blog de manera completamente egocéntrica. Este es mi mundo, et in dubio, yo soy su ombligo).
Para toda aquella gente que no haya gozado de la suerte de toparse, en su vida, con Barbara, les pondré en antecedentes: Barbara, cantante francesa de tiempo atemporal, sólo comparable a la Piaff, en mi humilde corazoncito musical. Desde que escuché "Göttingen", donde decía que las criaturas eran iguales en todo el mundo y ponía como ejemplo a las de Göttingen, Alemania, comparándolas con las francesas, que aquí una que escribe se cree todas sus letras.
Hay una canción en particular que he añadido a la banda sonora original de mi vida.
"Ma plus belle histoire d'amour".
Cuenta la historia de alguien precoz en esto de las andanzas amorosas, que un buen día baja del tren y descubre que hay otro que ha bajado de su tren particular al mismo tiempo y está allí, en la estación.
Cuenta que hizo un montón de borrones y cuentas nuevas antes de llegar a aquel preciso instante de decidir bajarse de todos los trenes, y que descubrió así su más bella historia de amor.
(Bueno esa es más o menos la historia, pero les invito a que la obtengan por cualquier medio que juzguen oportuno y que la lean mejor, despacio, que merece la pena).
En resumidas cuentas, no canta sólo acerca de lo inexplicable del sentimiento amoroso, sino también acerca de lo más práctico y básico. No basta con la persona adecuada. O, dicho de otro modo, entre las cualidades que definen a la persona adecuada como "adecuada", se encuentra la buena cronometración. Es decir, que esa persona se encuentre en la misma estación de su vida, en el mismo momento de su vida que nosotros de la nuestra.
De pequeña, una tía mía me decía que ya vería yo cuando me encontrara con mi "media naranja", a lo que evidentemente, yo salté con que qué era eso de la media naranja. Ella me dijo que tu media naranja era EL hombre de TU vida, que había una media naranja para cada media naranja, en el mundo, y que se trataba de encontrarla. Viene a cuento dejar por escrito que si algún día tengo descencencia y mi tía les va con esa historia o cualquier historia remotamente similar, la asesino fría y despiadadamente aunque me cueste la cárcel, la herencia y el odio de la familia entera. (Aldara dixit).
Yo era pequeña, como ya he dicho, y eran principios de los ochenta, una época en que España estaba tan ocupada creyéndose progre, que nadie tenía tiempo para cuestionarse ninguno de los cánones más "escondidos", estipulados por el franquismo o la Iglesia
A mí me quedó marcado lo que me dijo, porque durante muchos años, hasta mi primer desamor, tuve un dilema existencial tremendo: ¿Y si mi "media naranja" resultaba ser un chino? Aquel planteamiento me daba, de buenas a primeras, dos dolores de cabeza. Uno: si era chino, existía un porcentaje pornográficamente alto de que el susodicho estuviera en China, porcentaje directamente proporcional al de las posibilidades de que el susodicho y yo llegáramos a conocernos nunca, dada la distancia geográfica salvaje que separaba China de Ourense. Dos: si era chino, existía otro porcentaje alarmante de que el susodicho fuera diez palmos más bajito que yo, dato contra el cual ni mi imaginación ni mi buena voluntad podían luchar. Yo quería un tío alto. Eso lo tuve claro desde que salí del vientre de mi señora madre.
Así fue como desde aproximadamente mis seis años, hasta bien entrada la pubertad, cuando todas las niñas de mi quinta respondían "bailarina/actriz/cantante/diseñadora de moda/peluquera" cuando les preguntaban qué querían ser de mayores, yo respondía invariablemente "monja misionera".
Monja, para evitar pasarme el resto de mi vida llorando por un chino que en el mejor de los casos nunca iba a aparecer y, a quien en el peor (de los casos) pisaría antes de poder ver. Misionera porque siempre, desde que tengo uso de razón, he sentido una obsesión desbordada e incontrolada por viajar, lo cual no está reñido con la castidad.
Gracias a la vida, a las horas, los días, los años, un sinfín de litros de lágrimas perdidas en otro sinfín de disgustos, y muchas reflexiones más, me he ido dando cuenta de que afortunadamente, mi tía se equivocaba (en eso también ayudó bastante la observación de cerca de mi tío, la supuesta "media naranja" de mi tía que, vale decirlo, no es precisamente George Clooney).
Así, progresivamente, he ido haciendo balanza de hechos y características.
No "encontramos" al amor, ni el amor nos "encuentra". No es un encontrar extático, no es Vivien Leigh perdida entre la niebla buscando a Clark Gable. Es un construir progresivo y voluntario entre dos personas no demasiado incompatibles.
Claro que tiene que haber atracción primera, y claro que hay parámetros, porque si no ahora estaría yo remendándole los calcetines a mi amante de los quince años, que en aquel momento era un príncipe azul y ahora, un guardia civil. Pero hay un abismo de diferencia entre el enamoramiento y el amor y eso, ESO, no es una teoría mía producto del efecto de los analgésicos, no. Eso es un hecho tan claro como que la mayonesa no engorda, sino que engordas tú al comértela.
Me he enamorado un millón de veces de un millón de príncipes azules que no se encontraban en el mismo momento de sus vidas que yo de la mía. De la misma manera, un millón de hombres se han enamorado de mí a destiempo, como quien se baja del telesilla a mitad de pista, y todo queda en nada. No pasa del enamoramiento, porque el sentimiento no tiene ni una miserable maceta del todo a cien donde crecer y desarrollarse y lo que es más, dejar que esas dos personas crezcan y se desarrollen como entes individuales completos.
Pueden contar que, tras lo que yo llamo "la triatlón más grande de collejas, puñaladas traperas y patadas sentimentales jamás organizada", la teoría de mi tía pasó directa e inexorablemente a formar parte de la carpeta de mi cerebro donde tenía almacenados también los siguientes archivos:
-las listas de boda del Corte Inglés
- las películas de Conchita Velasco y Alfredo Landa
- las paredes empapeladas
- los tapetes de ganchillo para decorar televisores
-los armarios con puertas corredizas de espejo
- las cortinas de flores
- los flecos de las alfombras
- Bertín Osborne
- Los vermouths que llenaban el hueco que comprende el tiempo de las mañanas de los domingos después de misa y antes de la comida familiar en la que nadie te habla pero todos te exigen que estés en la mesa.
A los quince años, después de todas las vueltas que había llegado a darle al tema y después de que hasta en mis juegos, cuando jugábamos a "¿vale que tú eras la mamá y yo..."? Yo era la hermana policía (el papel de monja misionera me habría costado el suicidio social en primaria, compréndanme). Policía secreta que tenía que trabajar de noche y todo eso, y no me podía casar ni ser mamá. A piñón, me pasé la etapa más importante de mi desarrollo, pensando en un chino bajito.
Si piensan que exagero, plantéense, como yo he hecho ya, qué parte es coincidencia y que parte no lo es, de mis dos verdades vitales más absolutas, que son Craig, que mide casi dos metros (y cuya nacionalidad no dista en esceso de la frontera con China), y que vivo encima de un restaurante chino que, muy a mi pesar, es mi segunda casa.
Creer en medias naranjas es como creer en las ofertas de Telefónica. Seguro que hay alguna carpeta sobre ese tipo de manipulación católica que el bueno de Dan Brown, como es tan llanqui, no logró encontrar, o decidió ignorar, quizá en pro de conservar el espíritu jolibudiense de final feliz en el que vivimos sumidos y sumidas... al fin y al cabo, bien tenía el tío en mente que se hiciera una peli con su libro para cobrar más royalties, ¿no?.
Por el todo que me toca, que es mi capacidad de decidir, decido que no soy una mitad de fruta, ni una mitad de objeto, ni una mitad de nada. Soy yo completa, y tampoco quiero a nadie que sólo exista a medias. Quiero a alguien completo, quiero una naranja entera.
No necesito a nadie que me complete, porque para ir completándome ya están los años hasta que me muera completamente, los tropezones y todos los seres del reino animal, vegetal y artificial con los que mi ser interacciona. Todo va completando. Quiero a alguien que me expanda, una segunda opinión, otro par de ojos anexos, otro par de manos, otra persona.

Aprovechando que sigo bajo los efectos de un montón de drogas legales con receta, seguiré escribiendo hoy sobre lo que no es B, sino no-A, o anti-A.
(Esto seguro que acabará en anti-audiencia, pero no puedo evitar no olvidarme de que empecé este blog de manera completamente egocéntrica. Este es mi mundo, et in dubio, yo soy su ombligo).
Para toda aquella gente que no haya gozado de la suerte de toparse, en su vida, con Barbara, les pondré en antecedentes: Barbara, cantante francesa de tiempo atemporal, sólo comparable a la Piaff, en mi humilde corazoncito musical. Desde que escuché "Göttingen", donde decía que las criaturas eran iguales en todo el mundo y ponía como ejemplo a las de Göttingen, Alemania, comparándolas con las francesas, que aquí una que escribe se cree todas sus letras.
Hay una canción en particular que he añadido a la banda sonora original de mi vida.
"Ma plus belle histoire d'amour".
Cuenta la historia de alguien precoz en esto de las andanzas amorosas, que un buen día baja del tren y descubre que hay otro que ha bajado de su tren particular al mismo tiempo y está allí, en la estación.
Cuenta que hizo un montón de borrones y cuentas nuevas antes de llegar a aquel preciso instante de decidir bajarse de todos los trenes, y que descubrió así su más bella historia de amor.
(Bueno esa es más o menos la historia, pero les invito a que la obtengan por cualquier medio que juzguen oportuno y que la lean mejor, despacio, que merece la pena).
En resumidas cuentas, no canta sólo acerca de lo inexplicable del sentimiento amoroso, sino también acerca de lo más práctico y básico. No basta con la persona adecuada. O, dicho de otro modo, entre las cualidades que definen a la persona adecuada como "adecuada", se encuentra la buena cronometración. Es decir, que esa persona se encuentre en la misma estación de su vida, en el mismo momento de su vida que nosotros de la nuestra.
De pequeña, una tía mía me decía que ya vería yo cuando me encontrara con mi "media naranja", a lo que evidentemente, yo salté con que qué era eso de la media naranja. Ella me dijo que tu media naranja era EL hombre de TU vida, que había una media naranja para cada media naranja, en el mundo, y que se trataba de encontrarla. Viene a cuento dejar por escrito que si algún día tengo descencencia y mi tía les va con esa historia o cualquier historia remotamente similar, la asesino fría y despiadadamente aunque me cueste la cárcel, la herencia y el odio de la familia entera. (Aldara dixit).
Yo era pequeña, como ya he dicho, y eran principios de los ochenta, una época en que España estaba tan ocupada creyéndose progre, que nadie tenía tiempo para cuestionarse ninguno de los cánones más "escondidos", estipulados por el franquismo o la Iglesia
A mí me quedó marcado lo que me dijo, porque durante muchos años, hasta mi primer desamor, tuve un dilema existencial tremendo: ¿Y si mi "media naranja" resultaba ser un chino? Aquel planteamiento me daba, de buenas a primeras, dos dolores de cabeza. Uno: si era chino, existía un porcentaje pornográficamente alto de que el susodicho estuviera en China, porcentaje directamente proporcional al de las posibilidades de que el susodicho y yo llegáramos a conocernos nunca, dada la distancia geográfica salvaje que separaba China de Ourense. Dos: si era chino, existía otro porcentaje alarmante de que el susodicho fuera diez palmos más bajito que yo, dato contra el cual ni mi imaginación ni mi buena voluntad podían luchar. Yo quería un tío alto. Eso lo tuve claro desde que salí del vientre de mi señora madre.
Así fue como desde aproximadamente mis seis años, hasta bien entrada la pubertad, cuando todas las niñas de mi quinta respondían "bailarina/actriz/cantante/diseñadora de moda/peluquera" cuando les preguntaban qué querían ser de mayores, yo respondía invariablemente "monja misionera".
Monja, para evitar pasarme el resto de mi vida llorando por un chino que en el mejor de los casos nunca iba a aparecer y, a quien en el peor (de los casos) pisaría antes de poder ver. Misionera porque siempre, desde que tengo uso de razón, he sentido una obsesión desbordada e incontrolada por viajar, lo cual no está reñido con la castidad.
Gracias a la vida, a las horas, los días, los años, un sinfín de litros de lágrimas perdidas en otro sinfín de disgustos, y muchas reflexiones más, me he ido dando cuenta de que afortunadamente, mi tía se equivocaba (en eso también ayudó bastante la observación de cerca de mi tío, la supuesta "media naranja" de mi tía que, vale decirlo, no es precisamente George Clooney).
Así, progresivamente, he ido haciendo balanza de hechos y características.
No "encontramos" al amor, ni el amor nos "encuentra". No es un encontrar extático, no es Vivien Leigh perdida entre la niebla buscando a Clark Gable. Es un construir progresivo y voluntario entre dos personas no demasiado incompatibles.
Claro que tiene que haber atracción primera, y claro que hay parámetros, porque si no ahora estaría yo remendándole los calcetines a mi amante de los quince años, que en aquel momento era un príncipe azul y ahora, un guardia civil. Pero hay un abismo de diferencia entre el enamoramiento y el amor y eso, ESO, no es una teoría mía producto del efecto de los analgésicos, no. Eso es un hecho tan claro como que la mayonesa no engorda, sino que engordas tú al comértela.
Me he enamorado un millón de veces de un millón de príncipes azules que no se encontraban en el mismo momento de sus vidas que yo de la mía. De la misma manera, un millón de hombres se han enamorado de mí a destiempo, como quien se baja del telesilla a mitad de pista, y todo queda en nada. No pasa del enamoramiento, porque el sentimiento no tiene ni una miserable maceta del todo a cien donde crecer y desarrollarse y lo que es más, dejar que esas dos personas crezcan y se desarrollen como entes individuales completos.
Pueden contar que, tras lo que yo llamo "la triatlón más grande de collejas, puñaladas traperas y patadas sentimentales jamás organizada", la teoría de mi tía pasó directa e inexorablemente a formar parte de la carpeta de mi cerebro donde tenía almacenados también los siguientes archivos:
-las listas de boda del Corte Inglés
- las películas de Conchita Velasco y Alfredo Landa
- las paredes empapeladas
- los tapetes de ganchillo para decorar televisores
-los armarios con puertas corredizas de espejo
- las cortinas de flores
- los flecos de las alfombras
- Bertín Osborne
- Los vermouths que llenaban el hueco que comprende el tiempo de las mañanas de los domingos después de misa y antes de la comida familiar en la que nadie te habla pero todos te exigen que estés en la mesa.
A los quince años, después de todas las vueltas que había llegado a darle al tema y después de que hasta en mis juegos, cuando jugábamos a "¿vale que tú eras la mamá y yo..."? Yo era la hermana policía (el papel de monja misionera me habría costado el suicidio social en primaria, compréndanme). Policía secreta que tenía que trabajar de noche y todo eso, y no me podía casar ni ser mamá. A piñón, me pasé la etapa más importante de mi desarrollo, pensando en un chino bajito.
Si piensan que exagero, plantéense, como yo he hecho ya, qué parte es coincidencia y que parte no lo es, de mis dos verdades vitales más absolutas, que son Craig, que mide casi dos metros (y cuya nacionalidad no dista en esceso de la frontera con China), y que vivo encima de un restaurante chino que, muy a mi pesar, es mi segunda casa.
Creer en medias naranjas es como creer en las ofertas de Telefónica. Seguro que hay alguna carpeta sobre ese tipo de manipulación católica que el bueno de Dan Brown, como es tan llanqui, no logró encontrar, o decidió ignorar, quizá en pro de conservar el espíritu jolibudiense de final feliz en el que vivimos sumidos y sumidas... al fin y al cabo, bien tenía el tío en mente que se hiciera una peli con su libro para cobrar más royalties, ¿no?.
Por el todo que me toca, que es mi capacidad de decidir, decido que no soy una mitad de fruta, ni una mitad de objeto, ni una mitad de nada. Soy yo completa, y tampoco quiero a nadie que sólo exista a medias. Quiero a alguien completo, quiero una naranja entera.
No necesito a nadie que me complete, porque para ir completándome ya están los años hasta que me muera completamente, los tropezones y todos los seres del reino animal, vegetal y artificial con los que mi ser interacciona. Todo va completando. Quiero a alguien que me expanda, una segunda opinión, otro par de ojos anexos, otro par de manos, otra persona.
Antilevedad. (Digresiones)
Ahora que estoy en el punto más álgido de la caraja más bestia del año con diferencia (ver posts anteriores, sección "drogas legales", apartado "diclofenaco y otros opioides, opiácidos y derivados variopintos del opio"), voy a explicar lo de la antilevedad.
Porque podría haber escrito "pesadez" desde el principio y no lo hice, con toda la intención del mundo.
"La insoportable pesadez del ser". No. Eso no expresa lo que tenía en mente. Mi ser no es pesado (de suyo ahora mismo sí que podría hasta calificarse de "leve" en tanto que "levitante").
El ser no es pesado, es una reacción contraria a la levedad que no puede tomar ningún otro nombre porque no es nada más que la reacción contraria, no una acción ni una propiedad independiente, con lo que no se puede confundir con "pesadez" ni ningún otro sustantivo que pueda poseer ni un atisbo de conexión a cualquier otro concepto.
Por eso al principio me conformé con "de-todo-menos-levedad", que, con el tiempo y algo de reflexión decidí sustituir por "antilevedad", inspirándome en un amigo llanqui que tengo, que como nunca se acordaba de la palabra "izquierda", le llamaba "antiderecha".
De hecho no estoy en desacuerdo con Kundera, ni con ninguna de las mens cogitans que apoyan la teoría de la levedad. No es eso. Es que yo, como última mona terrenal que soy, lo veo desde la otra perspectiva.
...Hum...
Es decir:
Si Kundera hablaba de lo casi imperceptibles que resultan las vidas porque sólo ocurren una vez, visto desde una perspectiva general, universal y abstracta, yo lo único que veo es ese arrastrar de pasos los lunes por la mañana de camino al ferrocaril, que parece que la vida sea un lunes perpétuo, y es precisamente en esos momentos que parecen eternos donde surge la antilevedad: la rutina hace nuestra existencia de plomo, inacabable, larga. Aunque sea capaz de verlo desde la "perspectiva universal y abstracta" (y de todos modos, incluso visto así, puede parecer leve, pero a mi entender, de ningún modo trágico) no me hago a la idea de que como sólo pasó una vez, es como si no hubiera pasado. ¿Qué tipo de argumento es ese? Está demostrado que para el ser humano, el hecho de que algo haya pasado sólo una vez no lo convierte en algo más fácil de olvidar. Véanse depresiones post-traumáticas. Véanse un montón de psicopatologías y secuelas varias.
Yo soy yo más un montón de capas de cosas que me quedo, cosas que conservo, cosas que aún no he podido tirar porque no había papelera, cartas que llevo y que aún no he enviado, veintipico años de recuerdos, de pensamientos malos, de otros buenos, de sensaciones, sentimientos, rechazos, alegrías, desilusiones, media cara hinchada de infección, dos pinchazos de penicilina, uno de tranquilizante de zoológico y dos tiritas en sendos lados del trasero. ¿Cómo va a atreverse alguien a hablarme de la insoportable levedad del ser? Lo que es insoportable es todo este peso.
Ahora viene el apartado que quería poner al principio y que se me olvidó: pido disculpas por este post. He aprovechado para escribirlo hoy, que tengo la excusa del dopaje salvaje al que me tienen sometida los de la SS. He ido escribiendo entre taquicardias y espero no ser demasiado incoherente, pero está claro que no me lo voy a volver a leer antes de publicarlo.
Menudo rollazo, dioses.
Porque podría haber escrito "pesadez" desde el principio y no lo hice, con toda la intención del mundo.
"La insoportable pesadez del ser". No. Eso no expresa lo que tenía en mente. Mi ser no es pesado (de suyo ahora mismo sí que podría hasta calificarse de "leve" en tanto que "levitante").
El ser no es pesado, es una reacción contraria a la levedad que no puede tomar ningún otro nombre porque no es nada más que la reacción contraria, no una acción ni una propiedad independiente, con lo que no se puede confundir con "pesadez" ni ningún otro sustantivo que pueda poseer ni un atisbo de conexión a cualquier otro concepto.
Por eso al principio me conformé con "de-todo-menos-levedad", que, con el tiempo y algo de reflexión decidí sustituir por "antilevedad", inspirándome en un amigo llanqui que tengo, que como nunca se acordaba de la palabra "izquierda", le llamaba "antiderecha".
De hecho no estoy en desacuerdo con Kundera, ni con ninguna de las mens cogitans que apoyan la teoría de la levedad. No es eso. Es que yo, como última mona terrenal que soy, lo veo desde la otra perspectiva.
...Hum...
Es decir:
Si Kundera hablaba de lo casi imperceptibles que resultan las vidas porque sólo ocurren una vez, visto desde una perspectiva general, universal y abstracta, yo lo único que veo es ese arrastrar de pasos los lunes por la mañana de camino al ferrocaril, que parece que la vida sea un lunes perpétuo, y es precisamente en esos momentos que parecen eternos donde surge la antilevedad: la rutina hace nuestra existencia de plomo, inacabable, larga. Aunque sea capaz de verlo desde la "perspectiva universal y abstracta" (y de todos modos, incluso visto así, puede parecer leve, pero a mi entender, de ningún modo trágico) no me hago a la idea de que como sólo pasó una vez, es como si no hubiera pasado. ¿Qué tipo de argumento es ese? Está demostrado que para el ser humano, el hecho de que algo haya pasado sólo una vez no lo convierte en algo más fácil de olvidar. Véanse depresiones post-traumáticas. Véanse un montón de psicopatologías y secuelas varias.
Yo soy yo más un montón de capas de cosas que me quedo, cosas que conservo, cosas que aún no he podido tirar porque no había papelera, cartas que llevo y que aún no he enviado, veintipico años de recuerdos, de pensamientos malos, de otros buenos, de sensaciones, sentimientos, rechazos, alegrías, desilusiones, media cara hinchada de infección, dos pinchazos de penicilina, uno de tranquilizante de zoológico y dos tiritas en sendos lados del trasero. ¿Cómo va a atreverse alguien a hablarme de la insoportable levedad del ser? Lo que es insoportable es todo este peso.
Ahora viene el apartado que quería poner al principio y que se me olvidó: pido disculpas por este post. He aprovechado para escribirlo hoy, que tengo la excusa del dopaje salvaje al que me tienen sometida los de la SS. He ido escribiendo entre taquicardias y espero no ser demasiado incoherente, pero está claro que no me lo voy a volver a leer antes de publicarlo.
Menudo rollazo, dioses.
Dolores.
El esqueleto de mi vida se compone, además de por otras cosas que ya he ido explicando, por los dolores. Dolores de muchos tipos.
Mi bisabuela, una de las grandes mujeres con las que me crié, ya se llamaba Dolores.
Menuda mujer. Sólo se ponía zapatos para entrar en la iglesia; el resto de su vida se lo pasó descalza. Descalza por el establo, descalza por la finca, descalza por la carretera... mi madre argumenta que la mujer tenía que liberar energía que le sobraba por alguna parte, y que las plantas de los pies son un buen sitio, si los dejas libres.
Iba con el mate a todas partes; (mi bisabuela Dolores, no mi madre) se bebía un vaso (tamaño vaso nocilla, no chupito) de orujo cada mañana antes del café y nunca en su vida estuvo enferma. Se murió a los noventa y cuatro años, durmiendo. No sufrió, no sintió nada, sólo se le acabó la vida.
Y créanme, no sé muy bien a qué se debió su longevidad, pero desde luego, al ocio y la buena vida no. Eso seguro. Por la familia y alrededores circula la leyenda de que el orujo la conservó. Yo no me lo creo. Yo creo que simplemente estaba en buena forma, hacía ejercicio, viajaba y sólo consumía productos naturales. (El mate, el café, algún puro que otro y el susodicho orujo también cuentan como productos naturales).
Dolores, ella, ningunos. Dolores me tendrían que haber puesto a mí. No me llames Lola, llámame Dolores, que me viene a cuento.
Dolores los míos, desde que nací hasta ayer a medianoche, que tuve que salir corriendo de urgencias y estuvieron a un pelo de derivarme al Vall d'Hebron.
(Para quien no sea de Barcelona, el Vall d'Hebron es un hospital muy grande que cuenta, entre otras muchas cosas, con un cirujano maxilofacial encantado de anestesiarme y abrirme la mejilla derecha por dentro).
Nunca he tenido una salud de hierro, ni nada de eso. La mayor parte de la infancia que recuerdo y que no está ligada inexorablemente al solfeo ni al piano (ni a sus múltiples asignaturas derivadas) la recuerdo a cuarenta y uno de fiebre, delirando, y soñando con que me suspendían los exámenes por no ir.
Desde que tengo uso de razón (por poco que tenga) he estado con anginas. Por éste y por otros motivos mis padres decidieron, siendo yo muy pequeña, que me quedara en Galicia con mi abuela hasta que estuviera lo bastante sana como para ir al colegio.
Si me preguntan, les diré que eso nunca ocurrió. Nunca estuve lo bastante sana como para ir al colegio, pero claro, convenzan a mi señora madre, la diplomática, de eso. El día llegó, un día, y tuve que ir.
Ese día no representó el final de mis fiebres ni de mis gripes, ni de mis otitis, ni nada de nada, no. Simplemente, en vez de ir al establo a ordeñar vacas y recoger los huevos de las gallinas, en mis tiempos libres entre fiebre y fiebre iba al colegio.
El resto del tiempo, anginas, anginas, fiebre y dolor de oídos.
No es que me queje, porque mis largos periodos en la cama me brindaron una oportunidad que mucha otra gente nunca ha tenido: la de descubrir el gusto por la lectura. No veía la tele. Me interesaba como a cualquier otra criatura, pero no podía estar en el sofá, porque muchos días tenía que quedarme sola en casa y mi madre no me dejaba salir de la cama (salvo al oir la llamada de la Madre Naturaleza, claro) por si me mareaba y me pasaba algo.
Leí una burrada de libros, hasta que llegó un día en que aquello no me bastaba. Entonces empecé a escribir. Cada una de mis estancias en la cama representaba uno o dos libros leídos (de los que mi madre me hacía escribir fichas) y tres o cuatro centímetros más de altura.
A los cuatro años me desperté una mañana sin cuello.
No es que no tuviera absolutamente nada de cuello.... es que me habían salido unos bultos desorbitados que lo deformaban por completo. Mi madre me contó, tiempo después, que entré en su habitación aquella mañana y le dije "mírame, mamá, nunca más volveré a ser aquella niña tan alegre que era" (con una voz gangoso-febril que mi madre no sabía si partirse de risa o dejar que el pánico se le metiera en las venas) Llamó a mi pediatra, el Dr. Vila, que era ya de la familia, y allá que se presentó el buen hombre. Yo estaba a cuarenta y un grados de fiebre, una fiebre que no bajaba ni a chutes ecuestres de penicilina y cantaba "Marie Claire, Mari Claire, un panty para cada cada cada cada cada cada cada mujeeer" mientras el Dr Vila le decía a mi madre que tenía que llevarme al hospital inmediatamente, que todos aquellos bultos eran de pus y que si no me operaban de inmediato se temía algo realmente malo. Mi madre le preguntó ( a alguien tenía que salir en repelencia, ¿no?) "¿Malo como qué?" Y el Dr Vila le dijo, malo como que me muriera, porque la fiebre no bajaba y ya habían probado lo más fuerte. Malo como que no muriera pero me quedara idiota de por vida.
(Hum.... se me acaban de encender un par de bombillas por ahí...)
En fin, mi madre me llevó al hospital corriendo, me pasé dos horas dentro de un quirófano y unos dos o tres meses con un drenaje en el cuello. Si me miráis bien, aún tengo las dos marquitas en el cuello, por donde me abrieron para sacar todo aquello.
Después de más semanas en cama, más fiebres y más historias para no domir, me operaron de carnots.
"Es una operación muy rápida, ya verás, y ni te vas a enterar, es un momentito" me decían. Lo que no me dijeron fue que los efectos de la anestesia me harían quedarme en el hospital el doble de tiempo que cualquier otra persona en las mismas circunstancias. Veía a las otras niñas operadas de lo mismo irse, y yo allá.
Y es que la historia de la anestesia me viene de familia. A mi abuelo por parte de padre no le hace efecto la anestesia hasta al cabo de cinco años, con lo que, si lo quieres operar para Junio, ponle la anestesia en Enero.
Mi padre igual. A mi padre tuvieron que hacerle cirugía para corregirle unas bolsas que le salieron debajo de los ojos y el pobre hombre se enteró de todo. Imagínense el dolor.
Y yo no iba a ser menos. Recuerdo que el Equipo Operación Carnots me preguntó, en pleno, "¿me ves? ¿me ves?" Y yo me reía, "Te veo, te veo" y me preguntaba si pretendían hipnotizarme, así, a lo místico, o si iban a utilizar alguna cosa de aquellas para respirar que funcionara.
Vaya si utilizaron. Lo malo es que utilizaron tanta que luego no me despertaba. Mis padres, de los nervios. Mi familia, de los nervios. El personal médico, rezando avemarías. Y yo, soplando como una campeona.
No puedo negar que a partir de aquella operación mi salud mejoró considerablemente (aunque mis cinco o seis temporaditas en la cama al año no me las quitaba ni dios). Eso sí, cada vez que tenía examen final de piano, me ponía a cuarenta y uno, con unas anginas que desesperaban a los médicos, pero que habrían hecho las delicias de cualquier veterinario. Yo no me daba cuenta, claro, pero me pregunto si mi madre se daba cuenta. Quiero decir, que hace relativamente poco, pensando en esos ataques de fiebre y placas de pus de cada junio, me di cuenta de que había somatizado mis nervios, y automáticamente pensé que era normal que yo, siendo muy joven, no me hubiera dado cuenta, pero mi madre... Mi madre sabía de qué era, estoy segura. Y aún así, a mi examen final de segundo de piano fui con treinta y nueve y medio de fiebre. Me llevó mi padre, y toqué en pleno delirium tremens. Había una profesora que me pasaba las páginas de la sonata con una mano mientras me aguantaba la otra con la espalda.
Supongo que ahora, con tanto método educativo y tanta polla en vinagre como dicen en mi pueblo, no te dejarían hacer algo así, o denunciarían a tus padres por abuso. En aquel tiempo no. En aquel tiempo, tus padres querían lo mejor para ti y punto.
Al acabar octavo de piano (examen al que también fui con fiebre, pero sola, y bajé las escaleras del conservatorio literalmente rodando) lo de las fiebres y anginas parece como que se calmó un poco. Calma que vino a coincidir precisamente con el principio de lo que a mí me gusta llamar "El incidente de las muelas del juicio", que consta, para resumirlo, de los siguientes movimientos:
1. (Allegro ma non troppo) Me empezaron a salir las condenadas muelas. Sin prisa pero sin pausa. Esto duró años.
2. (Vivo) Se empezaron a cariar, porque a causa de tanto medicamento y tanto antibiótico, mi dentadura siempre fue débil y de mala calidad (aunque es bonita, así, toda bien puesta, después de tres años de ortodoncia).
3. (grave) Las caries me produjeron un dolor realmente insoportable. La culminación de esta etapa queda presidida por un capítulo en que, después de haberlo probado todo y de llevar más de setenta y dos horas sin dormir, me ponen anestesia en el clínico (no, quiero decir, la anestesia me la pusieron en la encía, pero fue en el Clínico de Barcelona) anestesia compuesta parcialmente de codeína, substancia a la que resulté ser alérgica, y así me encontré al cabo de unas horas en mi cama, con los brazos y las piernas totalmente hinchados y de un color entre azul y violeta. No sé cómo llegué al médico. No sé cómo aguanté todo aquello. Si sé que en menos de un año perdí más de veinticinco quilos, y que mi madre, por mucho que yo le dijera y repitiera, decidió que yo era anoréxica.
Seguro que se estarán preguntando por qué no me las quité antes, bla bla bla. Tengo mis motivos. No me podía pagar un dentista privado, y menos cuanto la seguridad social, a la que yo contribuía con mis impuestos, cubría la extracción de muelas.
Perdieron mis papeles de derivación a la clínica. Iba casi cada semana al ambulatorio. En una ocasión hasta lideré un piquete de abuelas en un mostrador donde las funcionarias, en vez de trabajar y atendernos, estaban comiendo galletas y bombones ya hablando de sus cosas. Aquí tengo que decir que a las abuelas no les hace falta mucha chispa para ponerse Heavy-metal, por lo que vi.
Así, durante tres años he vivido en paz y en un estado de salud relativa (exceptuando el incidente del "tango de lado" que protagonicé en Londres, del que ya hablaré otro día) hasta hace poco.
Ahora es otra muela. Tengo toda la cara hinchada (¿Se acuerdan de aquella película, "Máscara", con Cher?) (¿Se acuerdan del fantasma de la ópera?) (¿Se acuerdan de Quasimodo?) (¿El Hombre Elefante?)
Ayer, la doctora de urgencias lo solucionó todo como siempre solucionan todo en la seguridad social: pinchando calmantes.
Juro por Dios que emplean los mismos métodos que en las granjas gallegas con los cerdos. Sólo les falta marcarnos con un Rottring de diez centímetros de diámetro de punta y darnos en el culo con un palo.
Y eso que yo le había dicho a la mujer: "Mire, llevo a base de calmantes todo el día, no sé si es buena idea mezclar..."
Obviamente no me escuchó. La seguridad social no cubre eso de que te escuchen. Me dijo que estaba terminal y que tendría que ir a cirugía. Yo, que pensaba en Craig y en que el pobre tenía que despertarse pronto hoy, le dije a la mujer-barra-replicante si no habría alguna alternativa. Me dijo que una dosis de diclofenaco y a ver...
A ver, si, a ver la turca con la que llegué a casa ayer, que según Craig me puse a cantar y no dejaba de decir tonterías.
Creo que me voy a guardar la cajita del diclofenaco por si un día doy alguna fiesta salvaje... al fin y al cabo es legal, ¿no?
Ahora tengo que ir a ponerme la segunda "indición", como dijo la practicante ayer, de penicilina.
Es increíble la de gente con la cara hinchada que llegas a ver por la calle cuando tienes la cara hinchada.
Mi bisabuela, una de las grandes mujeres con las que me crié, ya se llamaba Dolores.
Menuda mujer. Sólo se ponía zapatos para entrar en la iglesia; el resto de su vida se lo pasó descalza. Descalza por el establo, descalza por la finca, descalza por la carretera... mi madre argumenta que la mujer tenía que liberar energía que le sobraba por alguna parte, y que las plantas de los pies son un buen sitio, si los dejas libres.
Iba con el mate a todas partes; (mi bisabuela Dolores, no mi madre) se bebía un vaso (tamaño vaso nocilla, no chupito) de orujo cada mañana antes del café y nunca en su vida estuvo enferma. Se murió a los noventa y cuatro años, durmiendo. No sufrió, no sintió nada, sólo se le acabó la vida.
Y créanme, no sé muy bien a qué se debió su longevidad, pero desde luego, al ocio y la buena vida no. Eso seguro. Por la familia y alrededores circula la leyenda de que el orujo la conservó. Yo no me lo creo. Yo creo que simplemente estaba en buena forma, hacía ejercicio, viajaba y sólo consumía productos naturales. (El mate, el café, algún puro que otro y el susodicho orujo también cuentan como productos naturales).
Dolores, ella, ningunos. Dolores me tendrían que haber puesto a mí. No me llames Lola, llámame Dolores, que me viene a cuento.
Dolores los míos, desde que nací hasta ayer a medianoche, que tuve que salir corriendo de urgencias y estuvieron a un pelo de derivarme al Vall d'Hebron.
(Para quien no sea de Barcelona, el Vall d'Hebron es un hospital muy grande que cuenta, entre otras muchas cosas, con un cirujano maxilofacial encantado de anestesiarme y abrirme la mejilla derecha por dentro).
Nunca he tenido una salud de hierro, ni nada de eso. La mayor parte de la infancia que recuerdo y que no está ligada inexorablemente al solfeo ni al piano (ni a sus múltiples asignaturas derivadas) la recuerdo a cuarenta y uno de fiebre, delirando, y soñando con que me suspendían los exámenes por no ir.
Desde que tengo uso de razón (por poco que tenga) he estado con anginas. Por éste y por otros motivos mis padres decidieron, siendo yo muy pequeña, que me quedara en Galicia con mi abuela hasta que estuviera lo bastante sana como para ir al colegio.
Si me preguntan, les diré que eso nunca ocurrió. Nunca estuve lo bastante sana como para ir al colegio, pero claro, convenzan a mi señora madre, la diplomática, de eso. El día llegó, un día, y tuve que ir.
Ese día no representó el final de mis fiebres ni de mis gripes, ni de mis otitis, ni nada de nada, no. Simplemente, en vez de ir al establo a ordeñar vacas y recoger los huevos de las gallinas, en mis tiempos libres entre fiebre y fiebre iba al colegio.
El resto del tiempo, anginas, anginas, fiebre y dolor de oídos.
No es que me queje, porque mis largos periodos en la cama me brindaron una oportunidad que mucha otra gente nunca ha tenido: la de descubrir el gusto por la lectura. No veía la tele. Me interesaba como a cualquier otra criatura, pero no podía estar en el sofá, porque muchos días tenía que quedarme sola en casa y mi madre no me dejaba salir de la cama (salvo al oir la llamada de la Madre Naturaleza, claro) por si me mareaba y me pasaba algo.
Leí una burrada de libros, hasta que llegó un día en que aquello no me bastaba. Entonces empecé a escribir. Cada una de mis estancias en la cama representaba uno o dos libros leídos (de los que mi madre me hacía escribir fichas) y tres o cuatro centímetros más de altura.
A los cuatro años me desperté una mañana sin cuello.
No es que no tuviera absolutamente nada de cuello.... es que me habían salido unos bultos desorbitados que lo deformaban por completo. Mi madre me contó, tiempo después, que entré en su habitación aquella mañana y le dije "mírame, mamá, nunca más volveré a ser aquella niña tan alegre que era" (con una voz gangoso-febril que mi madre no sabía si partirse de risa o dejar que el pánico se le metiera en las venas) Llamó a mi pediatra, el Dr. Vila, que era ya de la familia, y allá que se presentó el buen hombre. Yo estaba a cuarenta y un grados de fiebre, una fiebre que no bajaba ni a chutes ecuestres de penicilina y cantaba "Marie Claire, Mari Claire, un panty para cada cada cada cada cada cada cada mujeeer" mientras el Dr Vila le decía a mi madre que tenía que llevarme al hospital inmediatamente, que todos aquellos bultos eran de pus y que si no me operaban de inmediato se temía algo realmente malo. Mi madre le preguntó ( a alguien tenía que salir en repelencia, ¿no?) "¿Malo como qué?" Y el Dr Vila le dijo, malo como que me muriera, porque la fiebre no bajaba y ya habían probado lo más fuerte. Malo como que no muriera pero me quedara idiota de por vida.
(Hum.... se me acaban de encender un par de bombillas por ahí...)
En fin, mi madre me llevó al hospital corriendo, me pasé dos horas dentro de un quirófano y unos dos o tres meses con un drenaje en el cuello. Si me miráis bien, aún tengo las dos marquitas en el cuello, por donde me abrieron para sacar todo aquello.
Después de más semanas en cama, más fiebres y más historias para no domir, me operaron de carnots.
"Es una operación muy rápida, ya verás, y ni te vas a enterar, es un momentito" me decían. Lo que no me dijeron fue que los efectos de la anestesia me harían quedarme en el hospital el doble de tiempo que cualquier otra persona en las mismas circunstancias. Veía a las otras niñas operadas de lo mismo irse, y yo allá.
Y es que la historia de la anestesia me viene de familia. A mi abuelo por parte de padre no le hace efecto la anestesia hasta al cabo de cinco años, con lo que, si lo quieres operar para Junio, ponle la anestesia en Enero.
Mi padre igual. A mi padre tuvieron que hacerle cirugía para corregirle unas bolsas que le salieron debajo de los ojos y el pobre hombre se enteró de todo. Imagínense el dolor.
Y yo no iba a ser menos. Recuerdo que el Equipo Operación Carnots me preguntó, en pleno, "¿me ves? ¿me ves?" Y yo me reía, "Te veo, te veo" y me preguntaba si pretendían hipnotizarme, así, a lo místico, o si iban a utilizar alguna cosa de aquellas para respirar que funcionara.
Vaya si utilizaron. Lo malo es que utilizaron tanta que luego no me despertaba. Mis padres, de los nervios. Mi familia, de los nervios. El personal médico, rezando avemarías. Y yo, soplando como una campeona.
No puedo negar que a partir de aquella operación mi salud mejoró considerablemente (aunque mis cinco o seis temporaditas en la cama al año no me las quitaba ni dios). Eso sí, cada vez que tenía examen final de piano, me ponía a cuarenta y uno, con unas anginas que desesperaban a los médicos, pero que habrían hecho las delicias de cualquier veterinario. Yo no me daba cuenta, claro, pero me pregunto si mi madre se daba cuenta. Quiero decir, que hace relativamente poco, pensando en esos ataques de fiebre y placas de pus de cada junio, me di cuenta de que había somatizado mis nervios, y automáticamente pensé que era normal que yo, siendo muy joven, no me hubiera dado cuenta, pero mi madre... Mi madre sabía de qué era, estoy segura. Y aún así, a mi examen final de segundo de piano fui con treinta y nueve y medio de fiebre. Me llevó mi padre, y toqué en pleno delirium tremens. Había una profesora que me pasaba las páginas de la sonata con una mano mientras me aguantaba la otra con la espalda.
Supongo que ahora, con tanto método educativo y tanta polla en vinagre como dicen en mi pueblo, no te dejarían hacer algo así, o denunciarían a tus padres por abuso. En aquel tiempo no. En aquel tiempo, tus padres querían lo mejor para ti y punto.
Al acabar octavo de piano (examen al que también fui con fiebre, pero sola, y bajé las escaleras del conservatorio literalmente rodando) lo de las fiebres y anginas parece como que se calmó un poco. Calma que vino a coincidir precisamente con el principio de lo que a mí me gusta llamar "El incidente de las muelas del juicio", que consta, para resumirlo, de los siguientes movimientos:
1. (Allegro ma non troppo) Me empezaron a salir las condenadas muelas. Sin prisa pero sin pausa. Esto duró años.
2. (Vivo) Se empezaron a cariar, porque a causa de tanto medicamento y tanto antibiótico, mi dentadura siempre fue débil y de mala calidad (aunque es bonita, así, toda bien puesta, después de tres años de ortodoncia).
3. (grave) Las caries me produjeron un dolor realmente insoportable. La culminación de esta etapa queda presidida por un capítulo en que, después de haberlo probado todo y de llevar más de setenta y dos horas sin dormir, me ponen anestesia en el clínico (no, quiero decir, la anestesia me la pusieron en la encía, pero fue en el Clínico de Barcelona) anestesia compuesta parcialmente de codeína, substancia a la que resulté ser alérgica, y así me encontré al cabo de unas horas en mi cama, con los brazos y las piernas totalmente hinchados y de un color entre azul y violeta. No sé cómo llegué al médico. No sé cómo aguanté todo aquello. Si sé que en menos de un año perdí más de veinticinco quilos, y que mi madre, por mucho que yo le dijera y repitiera, decidió que yo era anoréxica.
Seguro que se estarán preguntando por qué no me las quité antes, bla bla bla. Tengo mis motivos. No me podía pagar un dentista privado, y menos cuanto la seguridad social, a la que yo contribuía con mis impuestos, cubría la extracción de muelas.
Perdieron mis papeles de derivación a la clínica. Iba casi cada semana al ambulatorio. En una ocasión hasta lideré un piquete de abuelas en un mostrador donde las funcionarias, en vez de trabajar y atendernos, estaban comiendo galletas y bombones ya hablando de sus cosas. Aquí tengo que decir que a las abuelas no les hace falta mucha chispa para ponerse Heavy-metal, por lo que vi.
Así, durante tres años he vivido en paz y en un estado de salud relativa (exceptuando el incidente del "tango de lado" que protagonicé en Londres, del que ya hablaré otro día) hasta hace poco.
Ahora es otra muela. Tengo toda la cara hinchada (¿Se acuerdan de aquella película, "Máscara", con Cher?) (¿Se acuerdan del fantasma de la ópera?) (¿Se acuerdan de Quasimodo?) (¿El Hombre Elefante?)
Ayer, la doctora de urgencias lo solucionó todo como siempre solucionan todo en la seguridad social: pinchando calmantes.
Juro por Dios que emplean los mismos métodos que en las granjas gallegas con los cerdos. Sólo les falta marcarnos con un Rottring de diez centímetros de diámetro de punta y darnos en el culo con un palo.
Y eso que yo le había dicho a la mujer: "Mire, llevo a base de calmantes todo el día, no sé si es buena idea mezclar..."
Obviamente no me escuchó. La seguridad social no cubre eso de que te escuchen. Me dijo que estaba terminal y que tendría que ir a cirugía. Yo, que pensaba en Craig y en que el pobre tenía que despertarse pronto hoy, le dije a la mujer-barra-replicante si no habría alguna alternativa. Me dijo que una dosis de diclofenaco y a ver...
A ver, si, a ver la turca con la que llegué a casa ayer, que según Craig me puse a cantar y no dejaba de decir tonterías.
Creo que me voy a guardar la cajita del diclofenaco por si un día doy alguna fiesta salvaje... al fin y al cabo es legal, ¿no?
Ahora tengo que ir a ponerme la segunda "indición", como dijo la practicante ayer, de penicilina.
Es increíble la de gente con la cara hinchada que llegas a ver por la calle cuando tienes la cara hinchada.
Procaína up my ass.
Puedo hasta oir la música de ambiente, ñiiiiiiiiiiiiiiiiiiii...
Y la dentista: "tranquila, que no te va a doler"
Y yo: "que le digo que aún no me ha hecho efecto la anestesia, que siempre me pasa lo mismo"
Y la dentista, con la típica incredulidad condescendiente médica :
"a ver, ¿notas esto?"
Y yo: "GRRRRRFTX#@***!!!!! ¡Sí!"
Y la dentista: "¡Es imposible!"
Y yo: "¿Ah, sí? ¿Y por qué grito, entonces?"
Y la dentista: " Pues no lo sé"
Y yo: "¿Y si en el vademecum pone que me tiene que sacar el mal de ojo con una espumadera, un boli y una llave inglesa, usted lo haría, verdad? Le juro que dentro de un poquito me hará efecto. Siempre me pasa lo mismo, sólo hay que esperar un par de minutos más."
Y la dentista: "No, no, no nos podemos esperar. Enfermera, otra botella de anestesia, por favor. Sí, sí, entera, más vale que sobre..."
Situaciones así (y lo digo en plural porque he vivido más de una) han hecho que con el tiempo haya perdido la fe en la odontología. Y no sólo eso, sino que he desarrollado también una fobia evitativa hacia toda la parafernalia dental, dentrífica, dentoide, etcétera.
Sirva todo este preámbulo a modo de introducción para entender el
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. Valiéndome de la concisa terminología utilizada por las criaturas con las que he pasado dos días en la montaña, "chungo que te cagas, neeen". (Algún día escribiré un libro clasista que seguramente me censurarán, titulado "idiolectos del área metropolitana: la lengua en los suburbios". Hoy no va de lingüística el post.)
2. Ayer, después de doce horas de sufrimiento molar ininterrumpido, muy generosamente aderezado con gritos pre-puberales y música flamenco-discotequera, me di cuenta de que realmente tenía que volver a casa.
No fueron la música ni los gritos, entiéndanme. Ya sabe una a lo que va, cuando se va de convivencias con un atajo de adolescentes precoces de los alrededores de la ciudad (que no quiera ser clasista no significa que no sepa nada de clases y de clichés fundados). Y yo me lo estaba pasando de muerte con las criaturas, y las criaturas conmigo.
Fue la muela. Fue el horrible y muy recontracochinamente oportuno dolor de muela. El dueño del albergue tuvo que llevarme a la estación de tren y Craig vino a recogerme (literalmente) en Plaza Catalunya. Recoger mis pedazos, más bien.
3. Me metí en la cama pensando que a partir de ahí ya no podía ir a peor.
4. Al cabo de cinco horas parecía que se me había hinchado levemente la mejilla derecha. ("Será la medicación, que te provoca alucinaciones", me dije).
5. Al cabo de otras ocho horas, es decir, esta mañana, parecía una vista previa del engendro que resultaría de mezclar los ADN de la novia de Chucky, Pilar Rahola y John Candy (que en paz descanse).
6. Me he rendido y he ido a la dentista. Por muy terca que sea (yo, no ella, aunque también vendría a cuento), las evidencias son las evidencias, cuanto más importantes si duelen hasta "que se te va la pinza, nen" (lo siento, las secuelas de las criaturas)
7. He vuelto con una bolsa llena de botellitas de penicilina y procaína (derivada de la 1ª), ibuprofeno y nolotil en cantidades industriales, un pinchazo nada agradable donde mi espalda pierde su digno nombre pero gana redondeces y.... y la mejilla aún más hinchada.
8. Me he vuelto a mirar al espejo y he visto cómo me explotaba la mejilla, acompañada del ojo derecho. El espejo se teñía de amarillo grisáceo, porque como ya dije, este dolor es amarillo grisáceo, y encima me tocaba limpiarlo todo, sin mejilla derecha ni ojo derecho. Otro engendro raro, mezcla entre la Juani de Médico de Familia y el capitán zombi de los piratas del Caribe.
(Algún día escribiré un libro titulado "Lo que siempre quisiste saber y nunca te atreviste a preguntar sobre los efectos secundarios de los analgésicos. Doctora Empírica." Hoy no.)
9. Esta semana me van a dejar la parte sub-lumbar como un colador, por las botellitas que he contado. Y cómo duele, la condenada de la penicilina. No es como cualquier otro pinchazo, no... Aunque a ese tema ya volveré en otro momento; el momento en que reúna el sentido del humor suficiente como para hablar de mi infancia insalubre.
COSAS POR HACER:
1. Estar pendiente de las horas en que me toca la pastilla.
2. (ver 1) Mirado por el lado bueno, puedo aprovecharlo como entrenamiento Stanislavski por si algún día me toca el papel de abuela terminal en alguna obra de teatro.
3. Intentar enviar deberes de la universidad, ya que no puedo ir a trabajar. (Esa no la he puesto yo, la han puesto mis remordimientos)
4. Intentar comer algo. (¿Qué dice el libro de los récords sobre ingestión de bistec con pajita? Me pregunto...)
5. No pensar en el chino de abajo.
6. No pensar en los tres días que llevo sin fumar y los tres paquetes de tabaco sin empezar que aún llevo en la mochila.
7. Pensar: piel va a mejorar sin succión compulsiva de humos nocivos, y barriga recipiente irá desapareciendo sin ingestión compulsiva de buffet libre del chino de abajo por cuatro euros noventa y cinco.
Dogville
(escuchando el Carnaval de los animales de Camille Saint-Saens)
Y lo puse a propósito.
Me viene a cuento hoy el Carnaval de los animales, porque cada grupo, cada comunidad, incluso las intersecciones, tienen su música. Y creo que no es ninguna generalizción inadecuada, ningún sofismo, ninguna falacia, ninguna... suposición.
(a eso de las suposiciones ya volveré, puesto que yo también tengo un máximo lector de rigurosidad británica o casi, y a este paso acabaremos instaurando un blog doble con dos versiones sobre cada reflexión de lo divino, y cada reflexión de lo terrenal).
Esta reflexión queda entre lo divino y lo terrenal. Lo divino, entendido como un algo establecido en nuestra naturaleza, no sé si antes o en el proceso de nacer, y tampoco sé si quiero o si necesito saberlo.
Ayer, después de ese curso que estoy haciendo, volví a casa pensando en los debates que allí se habían llevado a cabo por la gente asistente. Cada cual tiene sus opiniones, cada cual deja entrever, progresivamente, sus defectos, sus necedades, sus errores, sus talones de Aquiles, en suma.
Siempre podemos encontrar algo que saque lo peor de alguien, si analizamos a ese alguien lo suficiente.
Iba yo pensando en eso y reflexionándolo en voz alta con mi amiga Sacarina, hasta que se le encendió una bombilla y me dijo que tenía que ver "Dogville", esa película de Lars Von Trier tan peculiar, tan carente de paredes, de escenarios reales... y tan, tan, tan sublime.
Hoy me he despertado, después de haber hecho una maratón de mil cuatrocientos millones de vueltas en la cama a causa de las secuelas mentales que me ha dejado la susodicha película, y no podía pensar en otra cosa.
No puedo pensar en otra cosa. Es como si mi cerebro hubiera asumido que a partir de ahora lo único que tiene que procesar, desmenuzar y analizar es esa película, aplicándola a cada minuto de vida, cada situación, desde cortar una servilleta del rollo de cocina hasta llamar a mi señora madre para pedirle un saco de dormir y analizar su respuesta con una profundidad casi védica.
Estoy en el umbral de la neurosis. De la neurosis preocupante, no del atisbo neurótico propio de la condición humana.
Dogville me ha acabado de abrir los ojos antes demonios del ser humano que me han preocupado desde la pre-pubertad.
No quiero explicarla aquí, porque no quiero estropeársela a nadie que no la haya visto, pero sí que hay cosas que puedo mencionar.
En realidad no es una película en el sentido que entendemos las películas. Es un documental ficticio sobre sociología muy realista. Quiero decir, que no está basada en ningún caso real, sino probablemente en cientos y miles y millones de casos reales. Es un compendio de defectos y debilidades humanas.
El reparto es, desde mi punto de vista, magnífico; el guión, excelente y la idea, los decorados, la presentación... Me atrevo a decir que es una de las mejores películas que he visto en mi vida. Creo que tengo una úlcera de estómago y todo de lo buena que era.
A medida que se iban descubriendo todas las maldades, todos los vicios, todos los abusos con los que es capaz una comunidad aparentemente "normal" de destruir a alguien bueno, un instinto agresivo, (no, agresivo no, asesino destructor, más bien) se apoderaba de mí sin que yo pudiera controlarlo, y me hizo pensar... ¿Cómo puedo estar condenando una conducta de la que yo misma sería capaz sólo por pagarles con la misma moneda?
El efecto espejo, tan propio de la condición humana. Lo podemos ver desde la más tierna infancia. Lo podemos ver en un parque con criaturas de tres años que defienden su propiedad, su identidad, su integridad, con uñas y dientes y otras, las que no las defendían y compartían todo, que lo hacen y se vuelven depredadoras sólo porque lo han visto en las primeras.
Dogville es una película que hay que dejar reposar y volver a ver periódicamente. En ella quedan representados lo que la Iglesia llamaba los pecados capitales, a lo que yo aún no he podido poner nombre. Se me ocurre llamarlo debilidad, porque es cierto que toda esa maldad viene provocada por la debilidad, que nos hace actuar destructivamente hacia nuestra propia especie.
A medida que escribo todo esto, ahora mismo, siento algo en el estómago que no había sentido desde que mordí a un niño en la pierna en primero de EGB. Me viene el recuerdo de aquel sentimiento, aquella rabia animal, descontrolada, totalmente física e indescriptible. Y cada vez estoy más convencida de que no sólo somos los más ensañados enemigos del mundo que nos rodea, sino también de nosotros mismos.
No entiendo mucho de biología y no soy ninguna fanática de documentales acerca del mundo animal, pero mi poco conocimiento me hace pensar que posiblemente no haya ninguna otra especie animal capaz de hacer tanto daño a alguien de su propia especie sin ningún motivo argumentable.
Soy un animal superior. No puedo ir contra natura. Ahora mismo el auto-odio me lo impide, así que continuaré más tarde.
Ni que decir tiene... recomiendo la película a toda persona que crea que puede entenderla. Amantes de Hollywood, absténganse.
Y lo puse a propósito.
Me viene a cuento hoy el Carnaval de los animales, porque cada grupo, cada comunidad, incluso las intersecciones, tienen su música. Y creo que no es ninguna generalizción inadecuada, ningún sofismo, ninguna falacia, ninguna... suposición.
(a eso de las suposiciones ya volveré, puesto que yo también tengo un máximo lector de rigurosidad británica o casi, y a este paso acabaremos instaurando un blog doble con dos versiones sobre cada reflexión de lo divino, y cada reflexión de lo terrenal).
Esta reflexión queda entre lo divino y lo terrenal. Lo divino, entendido como un algo establecido en nuestra naturaleza, no sé si antes o en el proceso de nacer, y tampoco sé si quiero o si necesito saberlo.
Ayer, después de ese curso que estoy haciendo, volví a casa pensando en los debates que allí se habían llevado a cabo por la gente asistente. Cada cual tiene sus opiniones, cada cual deja entrever, progresivamente, sus defectos, sus necedades, sus errores, sus talones de Aquiles, en suma.
Siempre podemos encontrar algo que saque lo peor de alguien, si analizamos a ese alguien lo suficiente.
Iba yo pensando en eso y reflexionándolo en voz alta con mi amiga Sacarina, hasta que se le encendió una bombilla y me dijo que tenía que ver "Dogville", esa película de Lars Von Trier tan peculiar, tan carente de paredes, de escenarios reales... y tan, tan, tan sublime.
Hoy me he despertado, después de haber hecho una maratón de mil cuatrocientos millones de vueltas en la cama a causa de las secuelas mentales que me ha dejado la susodicha película, y no podía pensar en otra cosa.
No puedo pensar en otra cosa. Es como si mi cerebro hubiera asumido que a partir de ahora lo único que tiene que procesar, desmenuzar y analizar es esa película, aplicándola a cada minuto de vida, cada situación, desde cortar una servilleta del rollo de cocina hasta llamar a mi señora madre para pedirle un saco de dormir y analizar su respuesta con una profundidad casi védica.
Estoy en el umbral de la neurosis. De la neurosis preocupante, no del atisbo neurótico propio de la condición humana.
Dogville me ha acabado de abrir los ojos antes demonios del ser humano que me han preocupado desde la pre-pubertad.
No quiero explicarla aquí, porque no quiero estropeársela a nadie que no la haya visto, pero sí que hay cosas que puedo mencionar.
En realidad no es una película en el sentido que entendemos las películas. Es un documental ficticio sobre sociología muy realista. Quiero decir, que no está basada en ningún caso real, sino probablemente en cientos y miles y millones de casos reales. Es un compendio de defectos y debilidades humanas.
El reparto es, desde mi punto de vista, magnífico; el guión, excelente y la idea, los decorados, la presentación... Me atrevo a decir que es una de las mejores películas que he visto en mi vida. Creo que tengo una úlcera de estómago y todo de lo buena que era.
A medida que se iban descubriendo todas las maldades, todos los vicios, todos los abusos con los que es capaz una comunidad aparentemente "normal" de destruir a alguien bueno, un instinto agresivo, (no, agresivo no, asesino destructor, más bien) se apoderaba de mí sin que yo pudiera controlarlo, y me hizo pensar... ¿Cómo puedo estar condenando una conducta de la que yo misma sería capaz sólo por pagarles con la misma moneda?
El efecto espejo, tan propio de la condición humana. Lo podemos ver desde la más tierna infancia. Lo podemos ver en un parque con criaturas de tres años que defienden su propiedad, su identidad, su integridad, con uñas y dientes y otras, las que no las defendían y compartían todo, que lo hacen y se vuelven depredadoras sólo porque lo han visto en las primeras.
Dogville es una película que hay que dejar reposar y volver a ver periódicamente. En ella quedan representados lo que la Iglesia llamaba los pecados capitales, a lo que yo aún no he podido poner nombre. Se me ocurre llamarlo debilidad, porque es cierto que toda esa maldad viene provocada por la debilidad, que nos hace actuar destructivamente hacia nuestra propia especie.
A medida que escribo todo esto, ahora mismo, siento algo en el estómago que no había sentido desde que mordí a un niño en la pierna en primero de EGB. Me viene el recuerdo de aquel sentimiento, aquella rabia animal, descontrolada, totalmente física e indescriptible. Y cada vez estoy más convencida de que no sólo somos los más ensañados enemigos del mundo que nos rodea, sino también de nosotros mismos.
No entiendo mucho de biología y no soy ninguna fanática de documentales acerca del mundo animal, pero mi poco conocimiento me hace pensar que posiblemente no haya ninguna otra especie animal capaz de hacer tanto daño a alguien de su propia especie sin ningún motivo argumentable.
Soy un animal superior. No puedo ir contra natura. Ahora mismo el auto-odio me lo impide, así que continuaré más tarde.
Ni que decir tiene... recomiendo la película a toda persona que crea que puede entenderla. Amantes de Hollywood, absténganse.
Me voy de convivencias
Tensión muscular.
Ayer, por esas cosas que tiene la vida de quien trabaja con criaturas, y en el último minuto de la última hora posible, me endosaron unas convivencias con un grupo de sexto de primaria. (Curso, para concretar, en el que no tengo ningún tipo de experiencia.)
Así que me acabo de hacer una lista con lo que me tengo que llevar, incluídos el valor, la energía, la alegría, y una caja de Ibuprofeno 600mg.
Me voy tres días a la montaña, de lunes a miércoles.
Este es uno de esos atípicos momentos en mi vida en que de repente, me invaden unas inusuales ganas de rezar.
Momento que coincide exactamente con otro, que es cuando me doy cuenta de que no me acuerdo de ninguna oración.
Carajo.
Ayer, por esas cosas que tiene la vida de quien trabaja con criaturas, y en el último minuto de la última hora posible, me endosaron unas convivencias con un grupo de sexto de primaria. (Curso, para concretar, en el que no tengo ningún tipo de experiencia.)
Así que me acabo de hacer una lista con lo que me tengo que llevar, incluídos el valor, la energía, la alegría, y una caja de Ibuprofeno 600mg.
Me voy tres días a la montaña, de lunes a miércoles.
Este es uno de esos atípicos momentos en mi vida en que de repente, me invaden unas inusuales ganas de rezar.
Momento que coincide exactamente con otro, que es cuando me doy cuenta de que no me acuerdo de ninguna oración.
Carajo.
Hey, Hey, We're The Monkeys
(Escuchando el nocturno 1 op. 9 en Si b. De Chopin, claro)
Hay colectivos bastante más peligrosos e intimidantes que, pongamos por ejemplo, una panda de los Ángeles del Infierno con cuchillas en las llantas de las Harleys y hasta el culo de coca.
Se me ocurre en particular uno mucho más.... más... ¿Qué? ¿más qué? Después de año y pico, aún no sé qué calificativo se han ganado mis Monkeys, esa cuadrilla de estudiantes de primer ciclo de primaria a la que doy clases de inglés los martes y jueves a cambio de lecciones fundamentales sobre la vida (del tipo "Me puedo comer cinco happy hippos porque acabo de hacer caca". "Gracias, te iba a preguntar".)
Lo que sí sé es que les he dado un aumento de categoría hace poco; aumento muy merecido. Hasta hace poco eran Peanuts.
En realidad les puse Peanuts no sólo por su estatura media, sino porque curiosamente, en el grupo están representadas todas las personalidades de la Peanuts Gang de Snoopy.
Tengo un Charlie Brown, un Linus, una Lucy... Viene a ser algo así como tener un Manolito, un Miguelito, una Susanita, un Felipito, una Mafalda...
A lo que iba. Este año, como ya es el segundo, tocaba hacerles un examen para final de curso. Necesitaba un golpe de inspiración divina que me resolviera el dilema de cómo poner a prueba su rapidez, sus instintos, sus conocimientos y, sobre todo, su atención, sin la presión de un examen, que muchas veces impide que den el 100% de lo que saben a causa de los nervios.
Así que un día, entré en la clase, y les expliqué la Historia Universal del Espionaje.
No miento, se la expliqué de verdad. Una versión adaptada para oídos inexpertos, en un Spanglish que ellos y ellas entendieron a la perfección y captaron al vuelo.
Desde aquel glorioso día, convertí aquella clase en una agencia de espionaje de la que yo soy la jefa (but of course, darlings! Es lo que más me gusta de ser profe. Soy la Bruce Springsteen de la puñetera escuela.) Yo soy la jefa y entreno a my grupo (spy training una vez por semana; la otra es para el libro que seguimos) para hacer misiones. Las misiones abarcan todo tipo de gestas heróicas desde espiar en la cocina de sus padres y anotar absolutamente toda sustancia comestible (en inglés) que encuentren, hasta hacerse interrogatorios las unas a las unas, los otros a los otros, y entre sí.
Y pruebas de rapidez.
Y pruebas de lectura.
Y pruebas, y más pruebas.
Me atrevo a decir que no hay mucha gente adulta capaz de soportar el ritmo de los jueves por la tarde con esta clase, y me refiero a ritmo intelectual. No es un grupo de freaks, no. Les gustan la Playstation (nos entendemos muy bien), los dibujos de Pixar, los documentales de delfines y de tortugas (tiburones están en tercer puesto del ranking) y el chocolate con leche, como a mí. Susanita hasta tiene una chinchilla, igual que yo.
Son criaturas mentalmente sanas (cosa que no siempre puedo decir sobre los progenitores de éstas), pero con un punto intelectual que a veces me deja con dolor de cabeza.
Me preguntan de todo. No archivan, no estoy en la carpeta de inglés; estoy en la de "Enciclopedia Universal". Si se les ocurre una pregunta, de la índole que sea ("¿Me dejas tu lapiz?" "¿Es verdad que hay que desnudarse y darse besos en la cama para hacer bebés?") la sueltan en el momento menos esperado. Tengo que ir armada de autocontrol, sensatez, frenos antipánico y ziritione. Y la luna.
"¿Por qué no se le pone un punto a Mr (mister) si es una abreviación?" (ocho años).
"Si los americanos no tienen "prou" espias que hablen árabe, ¿por qué no le pagan a un árabe para que espíe a los árabes?" (siete años).
"¿Por qué va a matar un dolphin a un shark si los dolphins no comen meat?" (ocho años).
"¿Have you got a boyfriend?". (cuadrilla de paparazzis en potencia).
Me pierden. me enseñan, me cansan, me motivan, me encienden, me tensan con sus gritos, a veces, y me destensan con sus abrazos, otras veces.
Me preguntan, me preguntan, me preguntan. Siempre es buen momento para conocer, para saber, para memorizar, para cansarse.
Los adoro y los colgaría del techo por las orejas con una chincheta. (sólo a veces).
Son los seres más inteligentes con los que he tenido ocasión de tropezarme. (Y digo tropezarme en el sentido literal, porque siempre andamos por el suelo).
Y me preguntan. Contínuamente.
Siempre he pensado que la inteligencia de alguien no se puede medir por lo que responde, sino, sobre todo, por las cosas que pregunta.
Hay colectivos bastante más peligrosos e intimidantes que, pongamos por ejemplo, una panda de los Ángeles del Infierno con cuchillas en las llantas de las Harleys y hasta el culo de coca.
Se me ocurre en particular uno mucho más.... más... ¿Qué? ¿más qué? Después de año y pico, aún no sé qué calificativo se han ganado mis Monkeys, esa cuadrilla de estudiantes de primer ciclo de primaria a la que doy clases de inglés los martes y jueves a cambio de lecciones fundamentales sobre la vida (del tipo "Me puedo comer cinco happy hippos porque acabo de hacer caca". "Gracias, te iba a preguntar".)
Lo que sí sé es que les he dado un aumento de categoría hace poco; aumento muy merecido. Hasta hace poco eran Peanuts.
En realidad les puse Peanuts no sólo por su estatura media, sino porque curiosamente, en el grupo están representadas todas las personalidades de la Peanuts Gang de Snoopy.
Tengo un Charlie Brown, un Linus, una Lucy... Viene a ser algo así como tener un Manolito, un Miguelito, una Susanita, un Felipito, una Mafalda...
A lo que iba. Este año, como ya es el segundo, tocaba hacerles un examen para final de curso. Necesitaba un golpe de inspiración divina que me resolviera el dilema de cómo poner a prueba su rapidez, sus instintos, sus conocimientos y, sobre todo, su atención, sin la presión de un examen, que muchas veces impide que den el 100% de lo que saben a causa de los nervios.
Así que un día, entré en la clase, y les expliqué la Historia Universal del Espionaje.
No miento, se la expliqué de verdad. Una versión adaptada para oídos inexpertos, en un Spanglish que ellos y ellas entendieron a la perfección y captaron al vuelo.
Desde aquel glorioso día, convertí aquella clase en una agencia de espionaje de la que yo soy la jefa (but of course, darlings! Es lo que más me gusta de ser profe. Soy la Bruce Springsteen de la puñetera escuela.) Yo soy la jefa y entreno a my grupo (spy training una vez por semana; la otra es para el libro que seguimos) para hacer misiones. Las misiones abarcan todo tipo de gestas heróicas desde espiar en la cocina de sus padres y anotar absolutamente toda sustancia comestible (en inglés) que encuentren, hasta hacerse interrogatorios las unas a las unas, los otros a los otros, y entre sí.
Y pruebas de rapidez.
Y pruebas de lectura.
Y pruebas, y más pruebas.
Me atrevo a decir que no hay mucha gente adulta capaz de soportar el ritmo de los jueves por la tarde con esta clase, y me refiero a ritmo intelectual. No es un grupo de freaks, no. Les gustan la Playstation (nos entendemos muy bien), los dibujos de Pixar, los documentales de delfines y de tortugas (tiburones están en tercer puesto del ranking) y el chocolate con leche, como a mí. Susanita hasta tiene una chinchilla, igual que yo.
Son criaturas mentalmente sanas (cosa que no siempre puedo decir sobre los progenitores de éstas), pero con un punto intelectual que a veces me deja con dolor de cabeza.
Me preguntan de todo. No archivan, no estoy en la carpeta de inglés; estoy en la de "Enciclopedia Universal". Si se les ocurre una pregunta, de la índole que sea ("¿Me dejas tu lapiz?" "¿Es verdad que hay que desnudarse y darse besos en la cama para hacer bebés?") la sueltan en el momento menos esperado. Tengo que ir armada de autocontrol, sensatez, frenos antipánico y ziritione. Y la luna.
"¿Por qué no se le pone un punto a Mr (mister) si es una abreviación?" (ocho años).
"Si los americanos no tienen "prou" espias que hablen árabe, ¿por qué no le pagan a un árabe para que espíe a los árabes?" (siete años).
"¿Por qué va a matar un dolphin a un shark si los dolphins no comen meat?" (ocho años).
"¿Have you got a boyfriend?". (cuadrilla de paparazzis en potencia).
Me pierden. me enseñan, me cansan, me motivan, me encienden, me tensan con sus gritos, a veces, y me destensan con sus abrazos, otras veces.
Me preguntan, me preguntan, me preguntan. Siempre es buen momento para conocer, para saber, para memorizar, para cansarse.
Los adoro y los colgaría del techo por las orejas con una chincheta. (sólo a veces).
Son los seres más inteligentes con los que he tenido ocasión de tropezarme. (Y digo tropezarme en el sentido literal, porque siempre andamos por el suelo).
Y me preguntan. Contínuamente.
Siempre he pensado que la inteligencia de alguien no se puede medir por lo que responde, sino, sobre todo, por las cosas que pregunta.
Amores, odios, historias, cuentos y exageraciones.
(Escuchando a Elvis. Presley, no Costello, por una vez).
ESTADO GENERAL DE LA SITUACIÓN:
1. Hoy, quizá por seguir fiel a los principios que explicaba la semana pasada más o menos por este día, no he ido a la facultad.
Tampoco puedo decir que haya sido exclusivamente una cuestión de principios, ya que me duelen terriblemente la garganta y la cabeza, y creo, juraría, que tengo fiebre.
2. De pequeña, mis padres adivinaban que tenía fiebre porque empezaba a hablar AUN MAS de lo que normalmente hablaba (es decir, que debía parecer la niña del exorcista, porque sin fiebre ya soy una radio sin pilas, lo juro).
Supongo que sigo siendo igual, pero ahora mismo no tengo a nadie al lado para pegarle el trágico rollo de mi vida.
Así que lo escribo.
3. Ayer añadí oficio nuevo a la lista de gremios profesionales que me caen generalmente mal: los Farmacéuticos Simpáticos. Pasan a ocupar el tercer puesto, después de las Peluqueras Omniscientes y los Taxistas Machistas.
(Mucho cuidado con la lectura: no odio sistemáticamente a todos ni a todas. Lean otra vez por si acaso. No vayan a rodar cabezas luego).
A lo que iba: ayer salí de casa como el Fantasma de la Ópera, que ha tenido que salir de la Idem porque no tenía más remedio, a comprar tabaco, qué sé yo. Bueno, yo me metí en la farmacia, en una de ésas, y me topé de cara con un farmacéutico que estaba de un buen ver que yo no me esperaba. Alto, moreno, sonrisa Kemphor (es que a mí el Profidén no me gusta.) Y la bata blanca. A mí es que lo de la bata blanca... para qué engañar a nadie: a mí lo de la bata blanca me pierde, qué le voy a hacer.
Pues bien, Bata Blanca me mira y sonríe, y me dice, "Dime, ¿qué quieres?" a lo que yo me quedo una efímera partícula de segundo medio ida, pensando "No quieres que te diga lo que quiero, guapetón, jejeje" y luego me doy cuenta, al salir del trance, que el muchacho aún esperaba a que le contestase.
Me puse nerviosa, e hice lo que hago cuando me pongo nerviosa: salir por peteneras.
"A ver, mírame la cara, ¿qué te parece que quiero?" le dije yo, con mis tres granos malditos en la frente, que se me están comiendo las ganas de vivir.
Y el tío me dice:
"Pues no lo sé".
Y yo le respondo:
"Pues está bien claro, mírame la cara".
Y el tío me dice:
"Pues sigo sin adivinarlo".
Y yo pensaba, "pues vaya mierda de farmacéutico si no sabe ver los problemas ni cuando son tan superficiales".
Al final tuve que explicárselo, y va el tío y se ríe. Muy profesional.
Me dice:
"Pero mujer, ¿Cómo voy a adivinar lo que tienes si no te he visto antes y además no es para tanto? Tendrás alguna reacción alérgica."
(Lo que tuve en aquel momento fue una visión satánica de la plantilla entera del chino de abajo colgada por el cuello).
"No es alergia, es acné." (For crying out loud, hasta yo sé distinguir una alergia de un acné).
Lo que más me gustó fue lo que me respondió:
"A tu edad ya no se tiene acné".
¡A MI EDAD! ¡A MI EDAD! ¡A MI EDAD! ¡A MI EDAD! ¡A MI EDAD!
¿Qué quiere decir eso? ¿Que soy demasiado vieja hasta como para que los granos quieran instalárseme en la cara?
Me llegó al alma. Yo aún creía que a los veintipico seguía habiendo regeneración de tejidos y algún tipo de actividad epidérmica.
Mamón. Muy mono, pero un mamón de cuidado.
Salí de allí con una pastilla de jabón de color verde que olía a sobaco de Britney Spears, por lo menos, y un cabreo rozando la psicosis.
COSAS POR HACER:
1. Fregar la cocina. Empezar por las partes móviles.
2. Dejar de ir al chino de abajo. Ahora que gastos en jabón superan a gastos del menú, parece momento óptimo para dejarlo.
3. Cambiar jaula de Macgaiber.
Sigue cada día más deprimido. Puede que necesite novia.
4. Llamar a Sacarina, (la dueña de Oscar, el conejo que se cree Yorkshire) para ver cómo está. Está pasando por una fase recontracochinísima de negación de todo tipo y me preocupa, porque la quiero mucho. Sacarina es una de mis dos mejores amigas, después de todo.
5. Planear qué hago cuando se me acaben las clases (ergo el trabajo, ergo el sueldo) a finales de Junio.
"Don't forget to keep that smile in your face...."
ESTADO GENERAL DE LA SITUACIÓN:
1. Hoy, quizá por seguir fiel a los principios que explicaba la semana pasada más o menos por este día, no he ido a la facultad.
Tampoco puedo decir que haya sido exclusivamente una cuestión de principios, ya que me duelen terriblemente la garganta y la cabeza, y creo, juraría, que tengo fiebre.
2. De pequeña, mis padres adivinaban que tenía fiebre porque empezaba a hablar AUN MAS de lo que normalmente hablaba (es decir, que debía parecer la niña del exorcista, porque sin fiebre ya soy una radio sin pilas, lo juro).
Supongo que sigo siendo igual, pero ahora mismo no tengo a nadie al lado para pegarle el trágico rollo de mi vida.
Así que lo escribo.
3. Ayer añadí oficio nuevo a la lista de gremios profesionales que me caen generalmente mal: los Farmacéuticos Simpáticos. Pasan a ocupar el tercer puesto, después de las Peluqueras Omniscientes y los Taxistas Machistas.
(Mucho cuidado con la lectura: no odio sistemáticamente a todos ni a todas. Lean otra vez por si acaso. No vayan a rodar cabezas luego).
A lo que iba: ayer salí de casa como el Fantasma de la Ópera, que ha tenido que salir de la Idem porque no tenía más remedio, a comprar tabaco, qué sé yo. Bueno, yo me metí en la farmacia, en una de ésas, y me topé de cara con un farmacéutico que estaba de un buen ver que yo no me esperaba. Alto, moreno, sonrisa Kemphor (es que a mí el Profidén no me gusta.) Y la bata blanca. A mí es que lo de la bata blanca... para qué engañar a nadie: a mí lo de la bata blanca me pierde, qué le voy a hacer.
Pues bien, Bata Blanca me mira y sonríe, y me dice, "Dime, ¿qué quieres?" a lo que yo me quedo una efímera partícula de segundo medio ida, pensando "No quieres que te diga lo que quiero, guapetón, jejeje" y luego me doy cuenta, al salir del trance, que el muchacho aún esperaba a que le contestase.
Me puse nerviosa, e hice lo que hago cuando me pongo nerviosa: salir por peteneras.
"A ver, mírame la cara, ¿qué te parece que quiero?" le dije yo, con mis tres granos malditos en la frente, que se me están comiendo las ganas de vivir.
Y el tío me dice:
"Pues no lo sé".
Y yo le respondo:
"Pues está bien claro, mírame la cara".
Y el tío me dice:
"Pues sigo sin adivinarlo".
Y yo pensaba, "pues vaya mierda de farmacéutico si no sabe ver los problemas ni cuando son tan superficiales".
Al final tuve que explicárselo, y va el tío y se ríe. Muy profesional.
Me dice:
"Pero mujer, ¿Cómo voy a adivinar lo que tienes si no te he visto antes y además no es para tanto? Tendrás alguna reacción alérgica."
(Lo que tuve en aquel momento fue una visión satánica de la plantilla entera del chino de abajo colgada por el cuello).
"No es alergia, es acné." (For crying out loud, hasta yo sé distinguir una alergia de un acné).
Lo que más me gustó fue lo que me respondió:
"A tu edad ya no se tiene acné".
¡A MI EDAD! ¡A MI EDAD! ¡A MI EDAD! ¡A MI EDAD! ¡A MI EDAD!
¿Qué quiere decir eso? ¿Que soy demasiado vieja hasta como para que los granos quieran instalárseme en la cara?
Me llegó al alma. Yo aún creía que a los veintipico seguía habiendo regeneración de tejidos y algún tipo de actividad epidérmica.
Mamón. Muy mono, pero un mamón de cuidado.
Salí de allí con una pastilla de jabón de color verde que olía a sobaco de Britney Spears, por lo menos, y un cabreo rozando la psicosis.
COSAS POR HACER:
1. Fregar la cocina. Empezar por las partes móviles.
2. Dejar de ir al chino de abajo. Ahora que gastos en jabón superan a gastos del menú, parece momento óptimo para dejarlo.
3. Cambiar jaula de Macgaiber.
Sigue cada día más deprimido. Puede que necesite novia.
4. Llamar a Sacarina, (la dueña de Oscar, el conejo que se cree Yorkshire) para ver cómo está. Está pasando por una fase recontracochinísima de negación de todo tipo y me preocupa, porque la quiero mucho. Sacarina es una de mis dos mejores amigas, después de todo.
5. Planear qué hago cuando se me acaben las clases (ergo el trabajo, ergo el sueldo) a finales de Junio.
"Don't forget to keep that smile in your face...."
She ain't got no legs.
"You
ain't got no legs
but I love you
just the same"...
(Bloodhound Gang)
Lo admito, lo reconozco, lo confieso, aunque me cueste alguna condena peor que la muerte: tengo piernas. Dos.
Y pechos. Dos.
Y cadera. Una, como todo el mundo. (es que hay mucha gente que cree que tiene dos, pero ya volveré ahí otro día).
Y barriguilla cervecera, algunos lunes.
Y brazos.
Y unos pies del cuarenta y uno, que sostienen en pie una estructura de un metro y setenta y cinco centímetros de altura.
Si todo esto, hasta aquí, suena a hecho (porque lo es, es un hecho) también resultará bastante obvio que:
1. No puedo pesar cuarenta quilos (y seguir viva y sana).
2. No puedo ponerme ropa de persona de Escuela Primaria.
Muy obvio, ¿no?.
Pues no, parece que por mucho que hayan estudiado los y las diseñadoras/es, no acabn de enterarse muy bien de cómo funciona el cuerpo humano. A mi entender, cualquier persona que quisiera dedicarse al negocio de la moda debería, primero, verse unos cuántos capítulos de "La vida es así", gran serie de mi infancia, que me enseñó muchas cosas. Ya no pido que estudien anatomía, ni mucho menos medicina, aunque con los tiempos que corren no les iría nada mal.
Todo esto viene a que me estaba acordando del último día que fui a comprar ropa, y lo siento pero en este post sí que voy a poner nombres de empresas, porque me da la gana, y porque tengo argumentos para criticar.
Que nadie me malinterprete: no tengo veinte, ni diez quilos de sobrepeso. Estoy en mi peso ideal, según los médicos. Además llevo un control rutinario general de salud con una cierta periodicidad (excluyendo las muelas, que son tema aparte) porque tengo un soplo en el corazón que me ha vuelto un tanto hipocondríaca. (no lo bastante como para dejar de fumar ni de escuchar rocanrol, pero sí como para pesarme y visitar a mi GP de vez en cuando).
Es decir, no estoy resentida con el mundo a causa de un grave problema de descontrol de peso, ni nada similar. Cuando me sobran algunos quilos, los pierdo y ya está.
Pues bien, el último día que fui a comprar ropa, no hace mucho, fui con Fashion Victim, que es la única persona con la que puedo ir a comprar ropa por motivos metodológicos, no ideológicos. Es decir, nos entendemos con el protocolo de probadores, tráemelo en negro o en rojo, etc, aunque no nos guste el mismo tipo de ropa. (ella es muy fashion, yo soy bastante sobria.)
Primero fuimos a H&M, que es mi santuario. Los precios se ajustan a mi sueldo, y las tallas no se ajustan demasiado, en general, de modo que encuentro mi talla, que es una cuarenta-cuarenta y dos. me compré un montón de ropa en aproximadamente media hora, salimos del sitio y le tocaba el turno a Fashion Victim, que lleva una talla menos que yo pero mide diez centímetros menos.
Ella quería ir a Mango, de todas todas. Teníamos que ir a Mango.
Yo me había jurado años atrás no volver a entrar en semejante antro. Siempre he estado convencida de que cobran comisión de las residencias de rehabilitación de anorexia, bulimia y otros desórdenes del tipo, pero el acabóse fue cuando un día entré a comprarme unas gafas de sol y antes ni de ver a ver qué quería me dijeron que no tenían mi talla. Las muy cabronas. ¿Quién se habrán creído que son?
Como decían en aquella canción los grandes y magníficos Sublime, "We're only gonna die for our arrogance".
Sea como fuere, acabé entrando en aquél apestoso lugar (y lo de apestoso no me lo lean sólo con el sentido figurado, no. El sitio apesta a no sé qué ambientador nuclear). Lo hice por mi Quid Pro Quo con Fashion Victim, que se aceleró en cuanto entramos (sería el ambientador, seguro) pilló mil setecientos pares de pantalones, otras tantas camisetas y un vestido rojo de esos para ir a hacer la calle detrás del Camp Nou.
La esperé delante del probador, con tan mala suerte que no pude evitar ver a los allí congregados especímenes de mi género, que me provocaron unas inusuales ganas de llorar y vomitar a la vez. (Hasta pensé que igual era alérgica al maldito ambientador superpower).
De un probador salió una... ¿chica? (¿replicante?) de mi altura. No pesaba más de cuarenta y tres quilos, lo juro. (Sé de este tema, háganme un acto de fe). Salió con unos pantalones de talla Prénatal (sección criaturas, no sección mamá) diseñados para ir ajustados. Aquello ni ajustaba ni pollas en vinagre, como decían en mi pueblo. Aquello era como llevar medias de pata de elefante y cuello dado vuelta.
Aquello no tenía piernas, señoras y señores. Popotitos a su lado habría parecido Papa Noel.
Horror.
Seguía mirando y escrutando hasta la última pulgada de su cuerpo, línea por línea, arruga (del pantalón) por arruga, con cara de asco.
Yo también. Lo de la cara de asco, quiero decir.
No podía apartar mis ojos de aquél cuerpo contrahecho; no era capaz. Estaba a punto de invitarla a un bocata, aunque me tomara por lo que no soy.
Se pasó dos horas así, mirándose y remirándose, y luego le fue a decir algo a unos de los dependientes Ultramegafashion, igual de antigordo que ella.
"¿Qué es esto, un mundo aparte, un universo paralelo?" Pensé yo. Fashion Victim seguía en su cruzada particular de probarse pantalones que no le abrochaban, por más que yo le decía que no, que aquello no era una treintayocho normal, que aquello era una treintayocho de algún mundo de los que Gulliver se perdió. Y seguían apareciendo ninfas de ultratumba, ojerosas y demacradas.
cuando creía que me había muerto y estaba pagando por mis pecados, apareció FashionVic con su elección, que resultaba ser, ni más ni menos, los únicos pantalones que había sido capaz de abrochar alrededor de su cuerpo humano.
No, no le quedaban bien, pero eran de Mango, y claro, eso te da un cierto glamour, ¿no? Una cierta sensación de "Pertenezco". "Pertenezco a ese PRIVILEGIADO grupo de gente que puede llevar esta ropa".
Insisto, esto no es ningún discurso de mujer resentida. Es el discurso de una mujer tremendamente preocupada. ¿Qué tipo de autoestima ni de seguridad en sí mismas se les puede atribuir a estas chicas? ¿Qué prelación de valores tienen estipulada en sus cabecitas?
Desde luego, no creo que hayan oído hablar de Amelia Earhart, ni de Sylvia Plath, ni de Florence Nightingale (Marie Curie puede, pero de pasada), ni de Virginia Woolf, ni de aquellas ni de las otras mujeres que fueron tremendamente amadas, escuchadas, respetadas y valoradas en tanto que seres humanos, no objetos, sin haber llevado nunca una camiseta de Mango ni de Zara, ni de Massimo Dutti, (que viene a ser lo mismo, sí, ya lo sé, soy gallega, me van a hablar a mí de Inditex) ni de Benetton, ni de nada de nada.
Preocupada, además, porque estoy completamente convencida de que todas esas chicas de los probadores de ultratumba tienen algo más que ofrecer a la comunidad humana que un cuerpo o% (como se dice ahora). Es sólo que no han logrado ver ese Más Allá, o tienen miedo de descubrirlo y, mientras tanto, se refugian en su cuerpo como única meta.
El problema casi nunca es del peso del cuerpo.
El problema casi siempre es del poco peso del alma.
ain't got no legs
but I love you
just the same"...
(Bloodhound Gang)
Lo admito, lo reconozco, lo confieso, aunque me cueste alguna condena peor que la muerte: tengo piernas. Dos.
Y pechos. Dos.
Y cadera. Una, como todo el mundo. (es que hay mucha gente que cree que tiene dos, pero ya volveré ahí otro día).
Y barriguilla cervecera, algunos lunes.
Y brazos.
Y unos pies del cuarenta y uno, que sostienen en pie una estructura de un metro y setenta y cinco centímetros de altura.
Si todo esto, hasta aquí, suena a hecho (porque lo es, es un hecho) también resultará bastante obvio que:
1. No puedo pesar cuarenta quilos (y seguir viva y sana).
2. No puedo ponerme ropa de persona de Escuela Primaria.
Muy obvio, ¿no?.
Pues no, parece que por mucho que hayan estudiado los y las diseñadoras/es, no acabn de enterarse muy bien de cómo funciona el cuerpo humano. A mi entender, cualquier persona que quisiera dedicarse al negocio de la moda debería, primero, verse unos cuántos capítulos de "La vida es así", gran serie de mi infancia, que me enseñó muchas cosas. Ya no pido que estudien anatomía, ni mucho menos medicina, aunque con los tiempos que corren no les iría nada mal.
Todo esto viene a que me estaba acordando del último día que fui a comprar ropa, y lo siento pero en este post sí que voy a poner nombres de empresas, porque me da la gana, y porque tengo argumentos para criticar.
Que nadie me malinterprete: no tengo veinte, ni diez quilos de sobrepeso. Estoy en mi peso ideal, según los médicos. Además llevo un control rutinario general de salud con una cierta periodicidad (excluyendo las muelas, que son tema aparte) porque tengo un soplo en el corazón que me ha vuelto un tanto hipocondríaca. (no lo bastante como para dejar de fumar ni de escuchar rocanrol, pero sí como para pesarme y visitar a mi GP de vez en cuando).
Es decir, no estoy resentida con el mundo a causa de un grave problema de descontrol de peso, ni nada similar. Cuando me sobran algunos quilos, los pierdo y ya está.
Pues bien, el último día que fui a comprar ropa, no hace mucho, fui con Fashion Victim, que es la única persona con la que puedo ir a comprar ropa por motivos metodológicos, no ideológicos. Es decir, nos entendemos con el protocolo de probadores, tráemelo en negro o en rojo, etc, aunque no nos guste el mismo tipo de ropa. (ella es muy fashion, yo soy bastante sobria.)
Primero fuimos a H&M, que es mi santuario. Los precios se ajustan a mi sueldo, y las tallas no se ajustan demasiado, en general, de modo que encuentro mi talla, que es una cuarenta-cuarenta y dos. me compré un montón de ropa en aproximadamente media hora, salimos del sitio y le tocaba el turno a Fashion Victim, que lleva una talla menos que yo pero mide diez centímetros menos.
Ella quería ir a Mango, de todas todas. Teníamos que ir a Mango.
Yo me había jurado años atrás no volver a entrar en semejante antro. Siempre he estado convencida de que cobran comisión de las residencias de rehabilitación de anorexia, bulimia y otros desórdenes del tipo, pero el acabóse fue cuando un día entré a comprarme unas gafas de sol y antes ni de ver a ver qué quería me dijeron que no tenían mi talla. Las muy cabronas. ¿Quién se habrán creído que son?
Como decían en aquella canción los grandes y magníficos Sublime, "We're only gonna die for our arrogance".
Sea como fuere, acabé entrando en aquél apestoso lugar (y lo de apestoso no me lo lean sólo con el sentido figurado, no. El sitio apesta a no sé qué ambientador nuclear). Lo hice por mi Quid Pro Quo con Fashion Victim, que se aceleró en cuanto entramos (sería el ambientador, seguro) pilló mil setecientos pares de pantalones, otras tantas camisetas y un vestido rojo de esos para ir a hacer la calle detrás del Camp Nou.
La esperé delante del probador, con tan mala suerte que no pude evitar ver a los allí congregados especímenes de mi género, que me provocaron unas inusuales ganas de llorar y vomitar a la vez. (Hasta pensé que igual era alérgica al maldito ambientador superpower).
De un probador salió una... ¿chica? (¿replicante?) de mi altura. No pesaba más de cuarenta y tres quilos, lo juro. (Sé de este tema, háganme un acto de fe). Salió con unos pantalones de talla Prénatal (sección criaturas, no sección mamá) diseñados para ir ajustados. Aquello ni ajustaba ni pollas en vinagre, como decían en mi pueblo. Aquello era como llevar medias de pata de elefante y cuello dado vuelta.
Aquello no tenía piernas, señoras y señores. Popotitos a su lado habría parecido Papa Noel.
Horror.
Seguía mirando y escrutando hasta la última pulgada de su cuerpo, línea por línea, arruga (del pantalón) por arruga, con cara de asco.
Yo también. Lo de la cara de asco, quiero decir.
No podía apartar mis ojos de aquél cuerpo contrahecho; no era capaz. Estaba a punto de invitarla a un bocata, aunque me tomara por lo que no soy.
Se pasó dos horas así, mirándose y remirándose, y luego le fue a decir algo a unos de los dependientes Ultramegafashion, igual de antigordo que ella.
"¿Qué es esto, un mundo aparte, un universo paralelo?" Pensé yo. Fashion Victim seguía en su cruzada particular de probarse pantalones que no le abrochaban, por más que yo le decía que no, que aquello no era una treintayocho normal, que aquello era una treintayocho de algún mundo de los que Gulliver se perdió. Y seguían apareciendo ninfas de ultratumba, ojerosas y demacradas.
cuando creía que me había muerto y estaba pagando por mis pecados, apareció FashionVic con su elección, que resultaba ser, ni más ni menos, los únicos pantalones que había sido capaz de abrochar alrededor de su cuerpo humano.
No, no le quedaban bien, pero eran de Mango, y claro, eso te da un cierto glamour, ¿no? Una cierta sensación de "Pertenezco". "Pertenezco a ese PRIVILEGIADO grupo de gente que puede llevar esta ropa".
Insisto, esto no es ningún discurso de mujer resentida. Es el discurso de una mujer tremendamente preocupada. ¿Qué tipo de autoestima ni de seguridad en sí mismas se les puede atribuir a estas chicas? ¿Qué prelación de valores tienen estipulada en sus cabecitas?
Desde luego, no creo que hayan oído hablar de Amelia Earhart, ni de Sylvia Plath, ni de Florence Nightingale (Marie Curie puede, pero de pasada), ni de Virginia Woolf, ni de aquellas ni de las otras mujeres que fueron tremendamente amadas, escuchadas, respetadas y valoradas en tanto que seres humanos, no objetos, sin haber llevado nunca una camiseta de Mango ni de Zara, ni de Massimo Dutti, (que viene a ser lo mismo, sí, ya lo sé, soy gallega, me van a hablar a mí de Inditex) ni de Benetton, ni de nada de nada.
Preocupada, además, porque estoy completamente convencida de que todas esas chicas de los probadores de ultratumba tienen algo más que ofrecer a la comunidad humana que un cuerpo o% (como se dice ahora). Es sólo que no han logrado ver ese Más Allá, o tienen miedo de descubrirlo y, mientras tanto, se refugian en su cuerpo como única meta.
El problema casi nunca es del peso del cuerpo.
El problema casi siempre es del poco peso del alma.
"Je suis venue au monde très vieille, dans un temps très jeune..."
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(Escuchando las tímidas, las rebeldes, las perpétuamente adolescentes Gymnopédies. Érik Satie).
-Monsieur Satie- le decía yo en mi sueño a uno de mis más amados amores. -Tengo un problema.
Durante muchos años mi mente, mis dedos, mi alma y mi espalda lidiaron una lucha diaria, continua, para averiguar si sólo tocaba porque así me lo habían impuesto, porque "tienes que acabar lo que empiezas", aunque no lo hubiera empezado yo, o porque había algo que me unía de verdad a los sonidos del piano, a los violines que se desataban cada sábado por la mañana en mi casa desde que vine a Barcelona.
Érik Satie me miraba a través de sus anteojos y sonreía, pero no decía nada. Se limitaba a seguir sentado allá, cerca del Sacré Coeur, en el respaldo de un banco, con su barba larguísima y puntiaguda, unos tejanos rotos y una camiseta con un letrero enorme que rezaba "DADA ROCKS". Él no decía nada, como si esperara que yo sola encontrara la respuesta.
-Quería dejar el Conservatorio cada año. Por una parte me sentía presionada, y por la misma parte, me daba una rabia enorme que me obligaran a hacer algo que ya de por sí me apasionaba. Por otra parte... por todas las otras partes, había un vacío inaccesible. Un archivo en blanco, quizá debido a que mi inmadurez me impedía leer lo que había allí dentro.
-Monsieur Satie, ¿podemos ponerle horarios a las pasiones? ¿Podemos estructurarlas?
Monsieur Satie, más callado que una puta. Muchas gracias.
-Pero usted también dejó el Conservatorio, bien habría se saber de lo que estoy hablando, ¿no?. -De acuerdo. Esa la solté a ver si se picaba un poco. Funcionó, porque conseguí algo de feedback.
Satie abrió la boca para decir algo:
-No. Yo nací demasiado joven en un tiempo viejo; tú tienes el problema opuesto, justement.
-Gracias. Decepcionante, pero feedback, de todos modos.
Entonces llegó Claude Debussy. Al parecer habían quedado en aquel banco de aquella pequeña plaza de Montmartre.
Cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta de que Debussy era un surfero. Lo juro. Greñas largas, cara morena, shorts de flores, flip-flops en los pies, y el torso vestido de un collarito del que colgaba un diente de tiburón y una camiseta que ponía "Hang loose".
Nadie habría dicho que aquel tío iba a componer un Clair de Lune, la verdad.
Debussy también sonreía, como si ya me conociera.
Sólo faltaba que viniera Chopin a traerme un tupper con la comida.
Estuve intentando sacar algo de sentido de todo aquello.
Ellos se prepararon sendas cachimbas con vayaustedasaberqué.
Yo me encendí un cigarro. Gauloises Blondes, para no acabar de desentonar completamente con el escenario.
No parecía que me hicieran mucho caso. Estaban a su rollo; yo continué con el mío. Después de todo, aquél era mi sueño.
-Me obligaron a estudiar música. Un día me di cuenta de que en realidad la música era mi vida, y me la habían robado porque no me habían dejado decidirlo a mí; porque durante años, siglos, estuve estudiando bajo la voluntad y el régimen dictatorial de mi señora madre, la diplomática antidemocrática. En cuanto tuve la posibilidad, me fui de casa y dejé la carrera cuando sólo me faltaban tres asignaturas por acabar.
Ahí levantaron sendas cabezas, con los ojos muy abiertos, aunqué no acerté a descifrar si era de los efectos de la cachimba, o de lo que había dicho yo. Supuse que, músicos célebres como eran, me iban a pegar el gran sermón de "te crees carlos sainz, dejándolo cuando ya estás llegando o qué" pero no.
-¿Qué asignaturas te faltaban para acabar?- preguntaron a coro.
- Pues... en realidad Estética e Historia de la música ya las había estudiado, sólo me faltó hacer el examen, al que no fui por mala leche que me entró. La que me faltaba de verdad era Formas.
Los muy drogatas se rieron. Se empezaron a reír con esa risa medio derretida tan propia de la gente emporrada, con la boca muy abierta y profiriendo un "haaaalaaaaaa, tíiiooooo.....juaaaaa".
El dadaísmo no era nada comparado con mi sensación de aquel momento.
- Ya veo que no me van a ayudar.
-En eso tienes razón -rebuznó Satie, tan agradable él. -No vamos a ayudarte porque no hay nadie en el mundo capaz de hacerlo. " Toute ma jeunesse, on me disait, vous verrez quand vous aurez cinquante ans. J'ai cinquante ans, je n'ai rien vu ".
-Ya. Muchas gracias. ¿Qué se supone que he de hacer, adivinarlo todo yo misma? ¿encontrar mi escala preferida, mis teclas preferidas, saber si alguna vez las tuve? ¿Yo sola? ¿Para eso os tenemos?
-Voilà - dijo Debussy después de una inhalación con la que yo habría sufrido un paro cardíaco.
-Eres tú. Deja de culpar a tu madre, a tus dolores de cabeza y a tus síndromes post-traumáticos. Si es verdad que eres de las nuestras, no necesitas títulos, asignaturas, ni madres para darte cuenta ni para negarlo. Es un hecho.
-¿Y si no lo soy? -pregunté, aceleradísima ante tal posibilidad.
Más risas. ¿No podían fumar Camel, como todo el mundo? Para una vez que se me aparecen mis dioses, resulta que no pueden mantener la cabeza en su sitio. Porca Miseria.
-Si no lo eres, lárgate de aquí y sigue soñando con el piano de cola que adorne el salón, no con el piano de pared de mierda que lo haga vibrar. -dijo una tercera voz.
Me giré. Era mi abuela, que acababa de salir de la misa de doce en el Sacré Coeur.
Craig, Macgaiber, Oscar y yo.
(Escuchando la guitarra de Craig, que es casi igual de bueno que Satie, a su manera y en su estilo.)
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. Muy satisfactorio. Me siento (en realidad llevo casi todo el día sentada) Me siento feliz como una lombriz.
Ayer llegó Craig con mi flor preferida y un libro de mi autor preferido y dijo, en su cata-llano más elegante: "Feliz Sant Jordi".
A veces creo que sabe más catalán que castellano.
A veces creo que no se puede pedir más de la vida. Más felicidad, más buenos momentos, más música. Porque provocaría un desequilibrio.
El exceso no me sirve, me lleva a un vacío que no entiendo y que me hace sentir incómoda. Por eso intento relajarme, intento tomarme las alegrías y felicidades más absolutas con toda la tranquilidad del mundo.
2. Ahora somos cuatro en este pequeño estudio del Montmartre de Barcelona. El conejo pseudo-enano con problemas de identidad, la chinchilla macho agofaróbica con problemas de sobrepeso, el Prince Charming de la Tierra de Downunder... y yo, la narradora sabelotodo.
3. (Enmienda de los dos puntos anteriores) Supongo que si de repente todo fuera tan bonito y fantástico mi blog ya no sería mi blog, sería el blog del club de barbi, así que el mismo delegado de la Madre Naturaleza que me revistió de mi mala leche decimonónico-rocanrolera ha querido que hoy me siga doliendo la muela del carajo. Para reírme de él, me he comido setecientas cincuenta y tres chocolatinas que me trajeron del Musée Marmottan de París, donde están las manos de Monet.
No creáis que es fácil comerse esas chocolatinas, dado que hay que tomar una decisión, para mí, vital: el placer del cacao o las pinturas de los más grandes: Monet, Manet, Van Gogh, impresas en el papel que las envuelve.
Es decir, la bulimia o el amor al arte. Al final he obrado como una auténtica bulímica amante del arte. (id est, me comí las chocolatinas sin romper los envoltorios y dejando a salvo las obras de arte)
Qué poco interesante resulto cuando soy feliz... Llenar un post de chocolatinas y envoltorios.
No tengo ganas de pensar demasiado, sólo de observar al Prince Charming pasearse por el estudio de color rosa con esa sonrisa transparente y esa camisa suelta, y ese andar patoso de quien creció demasiado, demasiado rápido.
4. Extraño: odio hasta cotas ilimitadas los domingos por la tarde. Los he odiado desde que tenía uso de razón (si alguna vez he tenido de eso)... Pero hoy llevo un optimismo encima que no me creo ni yo. Hasta me da igual sentir el amarillo metálico resonándome entre las orejas y detrás de la nariz. Estoy tan inusualmente relajada e ida que he bajado a comer al chino de abajo con las zapatillas de estar por casa, sin darme cuenta.
5. Camarera china sí se ha dado cuenta de mis lustrosas alpargatas, no obstante. Camarera china muy graciosa.
COSAS POR HACER:
1. Largarme corriendo a comprar pan y hacer la cena en casa de mis progenitores para celebrar el día de la madre que me parió.
2. (para ir mentalizándome) Dejar el chino definitivamente. Es un mal hábito, peor que el de fumar.
3. Ponerles agua a las fieras antes de que se beban los sesos mútuamente.
4. despedirme hasta otra.
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. Muy satisfactorio. Me siento (en realidad llevo casi todo el día sentada) Me siento feliz como una lombriz.
Ayer llegó Craig con mi flor preferida y un libro de mi autor preferido y dijo, en su cata-llano más elegante: "Feliz Sant Jordi".
A veces creo que sabe más catalán que castellano.
A veces creo que no se puede pedir más de la vida. Más felicidad, más buenos momentos, más música. Porque provocaría un desequilibrio.
El exceso no me sirve, me lleva a un vacío que no entiendo y que me hace sentir incómoda. Por eso intento relajarme, intento tomarme las alegrías y felicidades más absolutas con toda la tranquilidad del mundo.
2. Ahora somos cuatro en este pequeño estudio del Montmartre de Barcelona. El conejo pseudo-enano con problemas de identidad, la chinchilla macho agofaróbica con problemas de sobrepeso, el Prince Charming de la Tierra de Downunder... y yo, la narradora sabelotodo.
3. (Enmienda de los dos puntos anteriores) Supongo que si de repente todo fuera tan bonito y fantástico mi blog ya no sería mi blog, sería el blog del club de barbi, así que el mismo delegado de la Madre Naturaleza que me revistió de mi mala leche decimonónico-rocanrolera ha querido que hoy me siga doliendo la muela del carajo. Para reírme de él, me he comido setecientas cincuenta y tres chocolatinas que me trajeron del Musée Marmottan de París, donde están las manos de Monet.
No creáis que es fácil comerse esas chocolatinas, dado que hay que tomar una decisión, para mí, vital: el placer del cacao o las pinturas de los más grandes: Monet, Manet, Van Gogh, impresas en el papel que las envuelve.
Es decir, la bulimia o el amor al arte. Al final he obrado como una auténtica bulímica amante del arte. (id est, me comí las chocolatinas sin romper los envoltorios y dejando a salvo las obras de arte)
Qué poco interesante resulto cuando soy feliz... Llenar un post de chocolatinas y envoltorios.
No tengo ganas de pensar demasiado, sólo de observar al Prince Charming pasearse por el estudio de color rosa con esa sonrisa transparente y esa camisa suelta, y ese andar patoso de quien creció demasiado, demasiado rápido.
4. Extraño: odio hasta cotas ilimitadas los domingos por la tarde. Los he odiado desde que tenía uso de razón (si alguna vez he tenido de eso)... Pero hoy llevo un optimismo encima que no me creo ni yo. Hasta me da igual sentir el amarillo metálico resonándome entre las orejas y detrás de la nariz. Estoy tan inusualmente relajada e ida que he bajado a comer al chino de abajo con las zapatillas de estar por casa, sin darme cuenta.
5. Camarera china sí se ha dado cuenta de mis lustrosas alpargatas, no obstante. Camarera china muy graciosa.
COSAS POR HACER:
1. Largarme corriendo a comprar pan y hacer la cena en casa de mis progenitores para celebrar el día de la madre que me parió.
2. (para ir mentalizándome) Dejar el chino definitivamente. Es un mal hábito, peor que el de fumar.
3. Ponerles agua a las fieras antes de que se beban los sesos mútuamente.
4. despedirme hasta otra.





