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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
Historia de un soplo.
- ¿Cuándo te lo encontraron por primera vez?- le pregunta la cardióloga.
Mala pregunta. El interrogante que cierra la pregunta después de la última sílaba la arroja con fuerza hacia una concatenación de recuerdos, sensaciones, olores, sentimientos, risas, conversaciones, y llanto que ruedan mezclados y revueltos en una especie de tornado mental en el que ya se ha perdido, en cuestión de segundos.
-¿Oye?- insiste la doctora, viéndola ida.
- Fue... En fin, se dieron cuenta de que en situaciones de estrés, o de demasiada tensión, me desmayaba. Mi compañero de piso de aquel entonces era cardiólogo, y al auscultarme, se dió cuenta de que tenía un soplo. Nada más. Quiero decir, que no es grave, sólo necesita revisión de vez en cuando, por si acaso.
-Ya, pero ¿por aquel entonces? ¿a qué "entonces" te refieres?
-Oiga, perdóneme, pero tengo mucha prisa. Me tengo que ir.

-Cómo me duele la lluvia. Hay días en que todo me recuerda a ti- me encuentro diciéndole a un árbol.
He ido caminando hacia Montjuïch, al salir del ambulatorio. He atravesado el parque de las Tres Chimeneas, he subido la cuesta que lleva a la montaña, y me he puesto a hablarle a un árbol. Quizá los indios me entenderían, qué sé yo. Lo cierto es que hay días en que todo, absolutamente todo, me recuerda a ella, y he ido buscando como una loca las escaleras que subíamos cada día, en las que me enseñó a contar, y ya no están. A ver que ya no estaban (o que mi sentido de la orientación inexistente no las encontraba) me he puesto a llorar con ganas.
La recuerdo vestida de negro, siempre. Con aquel porte de señora, de sencillez elegante, de elegancia humilde, de vida interior interminable, dándome la mano a mí, que era un pequeño botijo con abriguito azul marino, mientras subíamos las escaleras.
-Unha, dúas, tres, catro, cinco, seis, sete, oito, nove, dez...
Recuerdo su sonrisa perenne. Siempre. Recuerdo la fuerza, la energía y la alegría con la que vivía hasta el último segundo de un día. Y voy caminando por la carretera que sube hacia la montaña, y contando las escaleras que no hay, unha, dúas, tres, y pensando cómo pudo ser que se fuera, que me dejara, a mí, que nunca fui completa sin ella. Cómo me pudo hacer algo así y además queriendo, porque yo ya lo sabía al despedirme de ella, aquella noche de Navidad. Yo lo sabía y ella también. Ya no quería seguir viviendo aquellos "años prestados", como ella llamaba al periodo de su vida después de la muerte de su marido (mi abuelo) y hasta que yo me independicé.
-Ella sabía que ahora que te habías ido no podía protegerte desde su casa, así que se fue a un sitio desde donde poder verte mejor.- dijo mi madre.
-¿Me estás culpando de su muerte, o me estás tratando como si fuera idiota?- le digo yo, intentando ponerme aquella ropa horrenda, para su funeral. Todo era horrendo, en su funeral. Todo eran escenarios nuevos, porque ella ya no estaba para vestirlos. Todo eran idas y venidas de conciencia, porque el mundo se había acabado y ella no estaba allí para calmarme, para darme ánimos, para controlar mis rabias, mis ansiedades, mis rebotes.
Estoy sentada en un banco de Montjuïch. Estoy sentada en un banco del monasterio. Estoy sentada en el banco de su cocina. Estoy tumbada con ella en la cama, donde solíamos hablar durante horas, donde me decía que mi hermano sería un día mi mejor amigo, ya lo vería y me acordaría de ella, donde me decía que encontraría un hombre enorme, de enorme paciencia, "ya te acordarás del día en que te lo dije", donde me explicaba que a veces hay que mentir un poco para que todo el mundo esté en paz con todo el mundo, que a gritos nunca se soluciona nada, que tenía que lograr entenderme con mi madre cuando ella se hubiera ido... Llevaba veintiún años preparando su marcha.
Hay días en que todo me recuerda a ella. Sus palabras, que rebotan en mis oídos por enésima vez, aunque cada vez me cuesta más recordar su voz y me esfuerzo por no perder ni un detalle de ella, ni un recuerdo, ni un consejo, ni una palabra... Hay días en que la añoro, porque fue mi primera madre, mi amiga, mi mentora, mi confesora, mi correctora, mi alma, mi voz de la conciencia y mi puente hacia la paz con mi madre. Hay días en que la necesito tanto que siento que murió ayer, o que no lo voy a superar nunca. He intentado volver allí después de su funeral, pero andaba buscándola como un perro perdido, y nadie de mi familia tiene ni idea de la relación que teníamos ella y yo. Nadie tiene ni idea de nada.
Era una mujer respetable, adorable, admirable, envidiable, y fue respetada, adorada, admirada y envidiada en consecuencia. La única cristiana de verdad a la que he conocido en mi vida. La gente se agolpaba, el día de su funeral, para decirle adiós y darle las gracias por todo.
Y yo pensaba, ella y yo. Tumbadas en su cama, todas las tardes de verano, hablando durante horas, desde que era pequeña hasta... ¿Ayer por la tarde? ¿Hace ya años? ¿Cuándo se fue? A veces hasta me olvido de que no está, y cojo el teléfono para llamarla. Un día me contestaron y de repente, revivió durante un segundo, hasta que me dí cuenta de que era la señora a la que mi madre había alquilado la casa.
-Es que si no, la casa sola, en poco tiempo se queda en ruinas; lo entiendes, ¿no?- dijo mi madre.
-No. - respondí yo.
-Pues me da igual.- sentenció mi madre.
-De eso precisamente se trata todo, de que TE DA IGUAL.
Nuestra relación, ahora que ella no estaba, sólo podía ir a mejor, porque en "peor" ya estábamos. Para nuestra sospresa, al morir mi abuela, la relación entre mi madre y yo fue hacia todas partes, se desperdigó por ahí, en conversaciones telefónicas absurdas, en cenas incoherentes, en momentos incómodos y en ningún abrazo, en ningún momento.
Hay días en los que me siento a esperar en un banco, a la entrada de la muerte, a ver si ella sale, o si puedo verla desde dentro.
Hay días, cuando todo me recuerda a ella, en que cierro los ojos y volvemos las dos a tumbarnos en su cama, ella desde su eternidad y yo desde mi nostalgia, y hablamos durante horas, y el mundo no nos alcanza. Es un momento efímero, un segundo fugaz, como un soplo... pero si consigo creérmelo, vulevo a la realidad mucho más contenta.
Ella lo decía; nunca mueres, si hay alguien que te sigue recordando.
 
Comentario:
Precioso, como la relación que es evidente tenías con tu abuela. Es para estar orgullosa, así que felicidades.
Stu.
P.D: Parece que vives en Barcelona. ¡EN OCTUBRE VOY "PA´ALLÁ!
 
Comentario:
Es soplo me lo descubrieron al morir ella. Digamos que "salió del armario" justo en aquel momento.
A.
 
Comentario:
Me ha gustado mucho, pero yo como el Juli, no se que relación tiene lo del soplo al resto del relato...
Pero decir que me has dejado con un nudo en la garganta...

Saludos
 
Comentario:
Parece que tengo un rádar para detectar cuándo has escrito un relato, jejeje. Como siempre que te he leído, me gusta cómo está escrito. No es narrativo (pese a que los hechos transcurren en bastante tiempo), sino más bien descriptivo (sobre todo en cuanto a sentimientos). Pero algo me tiene desubicado: el principio. ¿Qué relación tiene el soplo (¿quién lo tiene?) con lo demás?

Muchas gracias por los ánimos, pero es que tengo cara de novato, jejeje. Eso no es malo... Mientras los nenes no se te suban a la chepa.

Y respecto a lo de Dorian Gray... La edición que estoy leyendo (Cátedra, Letras Universales, pastas blancas) lo titula "Cuadro", no Retrato (que a mí me gusta más, aunque puede que retrato se refiera a la cara y cuadro pueda abarcar todo el cuerpo).

¡Un abrazo!
No