Incidente do Repolo do Carallo.
(NOTAS PREVIAS:
1. Este post viene del anterior.
2. Este post está escrito principalmente en castellano y, aunque haya cosas intraducibles -por miedo a que se queden "Lost in translation"-, intentaré que resulten perfectamente comprensibles. Lo prometo).
De mis veranos en Galicia, cuando ya vivía en Barcelona e iba a mi pueblo todas las vacaciones, podría escribir cien libros. Sólo con la descripción de los personajes autóctonos (pero sobre todo, "las" personajes) ya llenaría un volumen de esos de tapas duras, tamaño Quijote.
Bien, el caso es que todos los años, por las fiestas mayores (que, como ya expliqué en su día, coinciden con mi cumpleaños) la Tía Remedios organizaba unos manjares pantagruélicos en su casa de esos que empalmas comida con cena y si me apuran, desayuno del día siguiente (Igual ahora entienden un poco mejor aquel cuento que escribí en gallego acerca de cómo ocurrirá la Tercera Guerra Mundial)
La Tía Remedios no es mi tía. De hecho creo que propiamente dicho, sólo tiene una sobrina, como lo entiende el derecho civil, que se llama Iria. Iria y yo, que tenemos la misma edad, nos criamos juntas y fuimos siempre como hermanas.
El derecho consuetudinario gallego no entiende de derechos civiles ni "pollas en vinagre", como dicen en mi pueblo, así que a la buena Tía Remedios le han salido más sobrinos y sobrinas que a Anthony Quinn hijos ilegítimos. La Tía Remedios es quien heredó la cabecera de la mesa, lugar que previamente ocupó mi abuela. Explico todo esto para que sepan, si no conocen la cultura gallega, que funcionamos en base a una lista de férreos postulados matriarcales, en que hombre podría ocupar la cabecera de la mesa, físicamente hablando, pero nunca, en ningún supuesto de hecho, LA cabecera de la mesa.
También funcionamos como en el ejército: a la matriarca la verán enseguida: es esa mujer, entre todas las otras, que te mira y te acojonas de golpe, sin saber ni por qué, ni quién es. Una matriarca no entiende la palabra no, a pesar de lo bien que se le da pronunciarla. Una matriarca no dice: dictamina, u ordena. Eso sí, una matriarca SIEMPRE está ahí cuando necesitas algo, muchas veces incluso antes de que te des cuenta de que lo necesitas.
Pues bien, el caso es que allá por nuestros dieciséis años, día de fiesta mayor, "a Tía Remedios" nos pilla por banda a Iria y a mí y nos envía a la frutería del Ramiro, ya de buena mañana, diciéndonos que vayamos a recoger lo que ella ya había encargado para el cocido espectacular del mes. (Lo de "espectacular" lo he añadido yo, porque a las matriarcas, las ollas que te llegan a la cintura desde el suelo les parecen normales).
Y allá que nos vamos Iria y yo, aprendices de mujer sacrificada, aprendices de futura matriarca, aprendices de pilar de la cultura y la sociedad, aprendices de meiga, al bar América, por supuesto.
Ahí tengo que explicar que lo que pasaba era que cada vez que nos enviaban a un recado (que solía ser unas trescientas veces al día) nos hacíamos una visita al bar América, nos tomábamos un café o una coca-cola y nos echábamos el piti de rigor. Era el bar donde iba toda la gente de nuestra edad. Qué recuerdos, aquel bar América, donde me convertí en un hacha del billar, mientras sonaban los Héroes del Silencio por aquellos altavoces hechos polvo.
En fin, nos dieron las once de la mañana y decidimos que ya iba siendo hora de ir a la frutería (so pena de que apareciera la Tía Remedios por el bar con la escoba. Triste, pero no sorprendente, ya que no era la primera vez que sacaba a Iria de la discoteca por una oreja. Y no es licencia literaria, se lo aseguro).
Llegamos al Ramiro y había más cola que en la entrega de los Oscars. Mientras esperábamos íbamos hablando de nuestras cosas de adolescentes: "Qué ropa te vas a poner", "ay, no lo sé", "mira que si aparece Javier el jevi y nos ve en la frutería, qué horror", "pues anda que si aparece Ramón", "Qué Ramón", "el de la moto no, el jevi", "ah vale" " Jo, tía, qué guays son los jevis, que nos llevan a todas partes en moto, tía, qué buenos están"... Etcétera.
De repente, mis ojos topan de bruces con un repollo que aquello no era un repollo: Aquello, señoras y señores, era un planeta recién caído a esta nuestra Tierra, y para variar, caído en medio de Ourense, y no al lado de Texas, como de costumbre.
No podía apartar los ojos de aquel desmesurado vegetal. Aquello no podía ser verdad. Aquello me llegaba casi a la cadera, y estaba en el suelo.
Le di un codazo a Iria, señalándole con los ojos aquella obra monumental de la madre naturaleza. Iria, que ahora es maestra pero en aquella época no hacía mucha gala de ningún tipo de maestría, soltó un berrido que hizo girarse a todas las allí presentes.
-Me cago na cona, tía! Qué pedazo de berza, carallo!
Y yo me puse más roja que una remolacha, (válgame el ejemplo) porque si hay algo que te da vergüenza cuando eres adolescente es llamar la atención, a pesar de ser también el objetivo número uno de tu vida.
-Cala, tía, que te está a mirar todo dios- le susurré yo. Ella no podía parar de mirar aquel repollo y reírse. Tanto, que para cuando nos tocó el turno estábamos las dos llorando.
-Tía, imaxina a quen lle toque levar o repolo pola rúa, eu morro de vergoña, joder. (imagínate a quien le toque llevar el repollo por la calle, yo me muero de vergüenza).
-Xa ves...
Total, que nos toca el turno e Iria, secándose las lágrimas y sorbiéndose los mocos (dije APRENDIZ de mujer, no MUJER) le dice, muy diligentemente al Ramiro de la frutería transgénica:
-Veño polo encargo da Tía Remedios.
Y el Ramiro, con una sonrisa maquiavélica debajo del bigote:
-Pois xa podedes ter bós braciños, miñas nenas- y diciendo esto ladea la cabeza hacia el repollo elefantoide.
Y yo:
-Qué di, qué?
Y el bigote del Ramiro de la frutería de los horrores:
-Que digo que xa podedes cargar con él, que che está aquí.
Vamos, que El Repollo era "el encargo" de la Tía Remedios.
Se me pasaron unas cuantas cosas por la cabeza en cuestión de diez milésimas de segundo:
1. Está de broma.
2. No, no está de broma.
3. La Tía Remedios nos odia por aparecer en misa medio resacosas y comiéndonos un helado el otro día, y esta es su venganza.
4. Nos verán los jevis y nunca más querrán relacionarse con nosotras, ni por carta.
5. Esto va a ser el final de mi vida, nunca más podré volver a este pueblo.
6. Me suicido.
7. Me largo corriendo y aquí no ha pasado nada.
Después de montar el show del año, el Ramiro saca del almacén una especie de bandeja de cartón con una asa a cada lado y nos sugiere que llevemos al Repollo-asteroide entre las dos, que una sola no podrá con él. "¿Una sola" pensé yo, "Si no tenemos carnet de grúa".
Al cabo de veinte minutos, y por mucho que cueste de creer, Iria y yo íbamos por el medio exacto de la calle del bar América (no había otro camino para llegar a casa, a no ser que giráramos por Asturias o El Bierzo, en cuyo caso nos habríamos tenido que comer el Repollo por el camino so pena de morir de hambre, cual peregrinas en el "Camiño".) Iria y yo, asidas a sendas asas de la bandeja de cartón; yo, muerta de vergüenza, decidiendo si me reía o si lloraba, e Iria sin poder dejar de reírse, que no podía ni abrir los ojos.
Yo le digo:
-Iria, mira por donde vas, que imos caer co carallo do repolo, xa verás...
E Iria, sin dejar de reírse, me responde:
-Non podo, tía, non podo, é que estas cousas sólo nos pasan a nós, tía...
Justo en el momento en que pienso "qué puede ser peor que esto", mirando al repollo, que iba en la bandeja como si fuera el sillón de la reina que nunca se peina, va el muy [CENSORED]brón y "se peina, se peina". Y ya saben lo que le pasó a la reina que se peinó. Que se cayó, que fue exactamente lo que hizo el hij[C E N SO R E D]ta del repollo gigante. Se cayó hacia atrás y salió rodando calle abajo, e Iria y yo nos quedamos de idiotas agarrando aún la bandeja de cartón y mirándonos.
-Tía, o repolo do carallo saíu voando!- me grita Iria, como si yo no me hubiera dado cuenta de la diferencia de peso de la [CENSORED]uta bandeja.
Miro hacia delante y veo a todos los jevis en la puerta del bar América mirándonos divertidos, muy entretenidos.
Iria sale corriendo a la caza y captura del Über-Repollo más über jamás creado por la Madre Naturaleza, y yo detrás de Iria, para evitar que acabara muriendo atropellada por el coche que acababa de empezar a dar bocinazos para que apartáramos aquel bicho tremendo del medio de la carretera. Se había empezado a formar un atasco y todo, y la loca de Iria, delante de tamaño Repollo, riéndose tanto que no tenía fuerzas ni para ir dándole chutes hasta la acera.
Los jevis aplaudían con entusiasmo, para mi pasmo.
Al final logramos pillar al Repollo Mutante, volver hacia delante y al recuperar la caja comprobamos que ya no era completamente redondeado, sino más bien aplatanado.
(VALE, SI, YA DEJO LAS RIMAS ESTÚPIDAS, YA)
Para más INRI, aún nos cayó bronca de la Tía Remedios por llegar tan tarde y con un Repollo que parecía un meteorito, que casi le salía humo y todo.
-Pero Tía Remedios- argumentó Iria, cuya bocaza superaba con creces la mía, y ya es decir- si aínda hai repolo para tres xeneracións!
Casi nos castigan sin salir, por contestar.
Y he dicho casi, porque al final salimos. Vaya si salimos. Había que presentarse en sociedad para evitar traumas post-Repollo.
Resultó ser que habíamos tenido más espectadores de los que habíamos visto y que lo del repollo fue recibido con vítores y aplausos, "qué huevos tenéis", etcétera. Las reinas del pueblo, vamos. La última vez que fui allá, hace unos dos o tres años, aún había gente que se acordaba del "Repolo do Carallo".
1. Este post viene del anterior.
2. Este post está escrito principalmente en castellano y, aunque haya cosas intraducibles -por miedo a que se queden "Lost in translation"-, intentaré que resulten perfectamente comprensibles. Lo prometo).
De mis veranos en Galicia, cuando ya vivía en Barcelona e iba a mi pueblo todas las vacaciones, podría escribir cien libros. Sólo con la descripción de los personajes autóctonos (pero sobre todo, "las" personajes) ya llenaría un volumen de esos de tapas duras, tamaño Quijote.
Bien, el caso es que todos los años, por las fiestas mayores (que, como ya expliqué en su día, coinciden con mi cumpleaños) la Tía Remedios organizaba unos manjares pantagruélicos en su casa de esos que empalmas comida con cena y si me apuran, desayuno del día siguiente (Igual ahora entienden un poco mejor aquel cuento que escribí en gallego acerca de cómo ocurrirá la Tercera Guerra Mundial)
La Tía Remedios no es mi tía. De hecho creo que propiamente dicho, sólo tiene una sobrina, como lo entiende el derecho civil, que se llama Iria. Iria y yo, que tenemos la misma edad, nos criamos juntas y fuimos siempre como hermanas.
El derecho consuetudinario gallego no entiende de derechos civiles ni "pollas en vinagre", como dicen en mi pueblo, así que a la buena Tía Remedios le han salido más sobrinos y sobrinas que a Anthony Quinn hijos ilegítimos. La Tía Remedios es quien heredó la cabecera de la mesa, lugar que previamente ocupó mi abuela. Explico todo esto para que sepan, si no conocen la cultura gallega, que funcionamos en base a una lista de férreos postulados matriarcales, en que hombre podría ocupar la cabecera de la mesa, físicamente hablando, pero nunca, en ningún supuesto de hecho, LA cabecera de la mesa.
También funcionamos como en el ejército: a la matriarca la verán enseguida: es esa mujer, entre todas las otras, que te mira y te acojonas de golpe, sin saber ni por qué, ni quién es. Una matriarca no entiende la palabra no, a pesar de lo bien que se le da pronunciarla. Una matriarca no dice: dictamina, u ordena. Eso sí, una matriarca SIEMPRE está ahí cuando necesitas algo, muchas veces incluso antes de que te des cuenta de que lo necesitas.
Pues bien, el caso es que allá por nuestros dieciséis años, día de fiesta mayor, "a Tía Remedios" nos pilla por banda a Iria y a mí y nos envía a la frutería del Ramiro, ya de buena mañana, diciéndonos que vayamos a recoger lo que ella ya había encargado para el cocido espectacular del mes. (Lo de "espectacular" lo he añadido yo, porque a las matriarcas, las ollas que te llegan a la cintura desde el suelo les parecen normales).
Y allá que nos vamos Iria y yo, aprendices de mujer sacrificada, aprendices de futura matriarca, aprendices de pilar de la cultura y la sociedad, aprendices de meiga, al bar América, por supuesto.
Ahí tengo que explicar que lo que pasaba era que cada vez que nos enviaban a un recado (que solía ser unas trescientas veces al día) nos hacíamos una visita al bar América, nos tomábamos un café o una coca-cola y nos echábamos el piti de rigor. Era el bar donde iba toda la gente de nuestra edad. Qué recuerdos, aquel bar América, donde me convertí en un hacha del billar, mientras sonaban los Héroes del Silencio por aquellos altavoces hechos polvo.
En fin, nos dieron las once de la mañana y decidimos que ya iba siendo hora de ir a la frutería (so pena de que apareciera la Tía Remedios por el bar con la escoba. Triste, pero no sorprendente, ya que no era la primera vez que sacaba a Iria de la discoteca por una oreja. Y no es licencia literaria, se lo aseguro).
Llegamos al Ramiro y había más cola que en la entrega de los Oscars. Mientras esperábamos íbamos hablando de nuestras cosas de adolescentes: "Qué ropa te vas a poner", "ay, no lo sé", "mira que si aparece Javier el jevi y nos ve en la frutería, qué horror", "pues anda que si aparece Ramón", "Qué Ramón", "el de la moto no, el jevi", "ah vale" " Jo, tía, qué guays son los jevis, que nos llevan a todas partes en moto, tía, qué buenos están"... Etcétera.
De repente, mis ojos topan de bruces con un repollo que aquello no era un repollo: Aquello, señoras y señores, era un planeta recién caído a esta nuestra Tierra, y para variar, caído en medio de Ourense, y no al lado de Texas, como de costumbre.
No podía apartar los ojos de aquel desmesurado vegetal. Aquello no podía ser verdad. Aquello me llegaba casi a la cadera, y estaba en el suelo.
Le di un codazo a Iria, señalándole con los ojos aquella obra monumental de la madre naturaleza. Iria, que ahora es maestra pero en aquella época no hacía mucha gala de ningún tipo de maestría, soltó un berrido que hizo girarse a todas las allí presentes.
-Me cago na cona, tía! Qué pedazo de berza, carallo!
Y yo me puse más roja que una remolacha, (válgame el ejemplo) porque si hay algo que te da vergüenza cuando eres adolescente es llamar la atención, a pesar de ser también el objetivo número uno de tu vida.
-Cala, tía, que te está a mirar todo dios- le susurré yo. Ella no podía parar de mirar aquel repollo y reírse. Tanto, que para cuando nos tocó el turno estábamos las dos llorando.
-Tía, imaxina a quen lle toque levar o repolo pola rúa, eu morro de vergoña, joder. (imagínate a quien le toque llevar el repollo por la calle, yo me muero de vergüenza).
-Xa ves...
Total, que nos toca el turno e Iria, secándose las lágrimas y sorbiéndose los mocos (dije APRENDIZ de mujer, no MUJER) le dice, muy diligentemente al Ramiro de la frutería transgénica:
-Veño polo encargo da Tía Remedios.
Y el Ramiro, con una sonrisa maquiavélica debajo del bigote:
-Pois xa podedes ter bós braciños, miñas nenas- y diciendo esto ladea la cabeza hacia el repollo elefantoide.
Y yo:
-Qué di, qué?
Y el bigote del Ramiro de la frutería de los horrores:
-Que digo que xa podedes cargar con él, que che está aquí.
Vamos, que El Repollo era "el encargo" de la Tía Remedios.
Se me pasaron unas cuantas cosas por la cabeza en cuestión de diez milésimas de segundo:
1. Está de broma.
2. No, no está de broma.
3. La Tía Remedios nos odia por aparecer en misa medio resacosas y comiéndonos un helado el otro día, y esta es su venganza.
4. Nos verán los jevis y nunca más querrán relacionarse con nosotras, ni por carta.
5. Esto va a ser el final de mi vida, nunca más podré volver a este pueblo.
6. Me suicido.
7. Me largo corriendo y aquí no ha pasado nada.
Después de montar el show del año, el Ramiro saca del almacén una especie de bandeja de cartón con una asa a cada lado y nos sugiere que llevemos al Repollo-asteroide entre las dos, que una sola no podrá con él. "¿Una sola" pensé yo, "Si no tenemos carnet de grúa".
Al cabo de veinte minutos, y por mucho que cueste de creer, Iria y yo íbamos por el medio exacto de la calle del bar América (no había otro camino para llegar a casa, a no ser que giráramos por Asturias o El Bierzo, en cuyo caso nos habríamos tenido que comer el Repollo por el camino so pena de morir de hambre, cual peregrinas en el "Camiño".) Iria y yo, asidas a sendas asas de la bandeja de cartón; yo, muerta de vergüenza, decidiendo si me reía o si lloraba, e Iria sin poder dejar de reírse, que no podía ni abrir los ojos.
Yo le digo:
-Iria, mira por donde vas, que imos caer co carallo do repolo, xa verás...
E Iria, sin dejar de reírse, me responde:
-Non podo, tía, non podo, é que estas cousas sólo nos pasan a nós, tía...
Justo en el momento en que pienso "qué puede ser peor que esto", mirando al repollo, que iba en la bandeja como si fuera el sillón de la reina que nunca se peina, va el muy [CENSORED]brón y "se peina, se peina". Y ya saben lo que le pasó a la reina que se peinó. Que se cayó, que fue exactamente lo que hizo el hij[C E N SO R E D]ta del repollo gigante. Se cayó hacia atrás y salió rodando calle abajo, e Iria y yo nos quedamos de idiotas agarrando aún la bandeja de cartón y mirándonos.
-Tía, o repolo do carallo saíu voando!- me grita Iria, como si yo no me hubiera dado cuenta de la diferencia de peso de la [CENSORED]uta bandeja.
Miro hacia delante y veo a todos los jevis en la puerta del bar América mirándonos divertidos, muy entretenidos.
Iria sale corriendo a la caza y captura del Über-Repollo más über jamás creado por la Madre Naturaleza, y yo detrás de Iria, para evitar que acabara muriendo atropellada por el coche que acababa de empezar a dar bocinazos para que apartáramos aquel bicho tremendo del medio de la carretera. Se había empezado a formar un atasco y todo, y la loca de Iria, delante de tamaño Repollo, riéndose tanto que no tenía fuerzas ni para ir dándole chutes hasta la acera.
Los jevis aplaudían con entusiasmo, para mi pasmo.
Al final logramos pillar al Repollo Mutante, volver hacia delante y al recuperar la caja comprobamos que ya no era completamente redondeado, sino más bien aplatanado.
(VALE, SI, YA DEJO LAS RIMAS ESTÚPIDAS, YA)
Para más INRI, aún nos cayó bronca de la Tía Remedios por llegar tan tarde y con un Repollo que parecía un meteorito, que casi le salía humo y todo.
-Pero Tía Remedios- argumentó Iria, cuya bocaza superaba con creces la mía, y ya es decir- si aínda hai repolo para tres xeneracións!
Casi nos castigan sin salir, por contestar.
Y he dicho casi, porque al final salimos. Vaya si salimos. Había que presentarse en sociedad para evitar traumas post-Repollo.
Resultó ser que habíamos tenido más espectadores de los que habíamos visto y que lo del repollo fue recibido con vítores y aplausos, "qué huevos tenéis", etcétera. Las reinas del pueblo, vamos. La última vez que fui allá, hace unos dos o tres años, aún había gente que se acordaba del "Repolo do Carallo".
Comentario:
Jolines (o jopeta, según se mire), ahora mismo le has añadido diez puntos al post con tu comentario. Peazo comentario de texto de esos de sobresaliente en selectividad.
Tienes razón en lo de "so pena", es una expresión bastante arcáica. Igual sería mejor decir "a riesgo de" o un simple "o". Comerse el Repollo o morir de hambre. No sé. Creo que esa expresión se la oí unas cuantas veces a mi padre.
¿Y tú? ¿Para cuándo, un relato? Porque no me creo que no seas un master en el asunto, con lo que me acabas de escribir.Sólo con anécdotas de clase ya debes de tener para llenar tres volúmenes...
Tienes razón en lo de "so pena", es una expresión bastante arcáica. Igual sería mejor decir "a riesgo de" o un simple "o". Comerse el Repollo o morir de hambre. No sé. Creo que esa expresión se la oí unas cuantas veces a mi padre.
¿Y tú? ¿Para cuándo, un relato? Porque no me creo que no seas un master en el asunto, con lo que me acabas de escribir.Sólo con anécdotas de clase ya debes de tener para llenar tres volúmenes...
Comentario:
La costumbre de que en casa viene lo del nombre y la web por defecto...
Comentario:
Ayer vi de pasada que tenía retrasado (cómo no) varios posts tuyos, pero entre que el tiempo es limitado y que de reojo vi que era demasiado largo, no me atreví a aventurarme en este post. Craso error. No sabía que era un relato, también es verdad. (Si es que esa parte de tu comentario en la que me referías lo del relato, hablando del repollo, era esto, que será que sí. Y más hablando de un repollo tan magnífico). Es que al hablar de relato tiendo a confundirme, pienso en algo de ficción cuando no tiene por qué, como en este caso.
¿Críticas? Sólo le he encontrado un pero. Que utilizas dos veces una expresión que me resulta chocante por no utilizarla apenas: "so pena". El resto, genial. Tienes una narrativa muy ágil, una facilidad pasmosa para intercalar en un texto coloquial palabras de uso no demasiado común, lo cual la convierte en algo mucho más interesante. ¿Para cuándo un libro de memorias gallegas? (que me encanta que emplees expresiones autóctonas, así en breves dosis y leyéndolas se entienden). El caso es que me ha gustado y me ha entretenido mucho el relato.
¿Críticas? Sólo le he encontrado un pero. Que utilizas dos veces una expresión que me resulta chocante por no utilizarla apenas: "so pena". El resto, genial. Tienes una narrativa muy ágil, una facilidad pasmosa para intercalar en un texto coloquial palabras de uso no demasiado común, lo cual la convierte en algo mucho más interesante. ¿Para cuándo un libro de memorias gallegas? (que me encanta que emplees expresiones autóctonas, así en breves dosis y leyéndolas se entienden). El caso es que me ha gustado y me ha entretenido mucho el relato.





