Recuento de gestas, fazañas e otros menesteres vividos en la capital.
Ya estoy de vuelta.
Llevo algunos minutos con los ojos atascados en la ventanita en blanco...
Después de un rato de pasarme imágenes de multitudes aglomeradas en la Puerta del Sol; patos pululando por el Retiro en una tarde de pipas en un banco; manto interminable de ciclistas de todas las edades, sexos, tamaños y demás por Sagasta, un acordeonista en la plaza mayor echándole un mal de ojo a un camarero, de un montón de cosas que aún no acierto a recordar, de tan recientes como son... me he tomado otro café, a ver si me despejaba.
Y nada. Sigo sin saber cómo evitar que se me sigan atropellando las sensaciones y los paisajes.
Casi que voy a tener que ordenarlo.
Trofeos que me he traído de Madrid.
1. El recuerdo de la pedazo bandera de España de la plaza Colón.
No, no estoy insinuando que sea bueno ni malo, simplemente que me produjo un pequeño sobresalto cardíaco porque aquí, en Barcelona, colgar bandera española de semejantes dimensiones sería impensable (o un llamamiento a pirómanos/as). Esto dio para una discusión de tres cuartos de hora con Craig, acerca del patriotismo. Supongo que en la idea que tengo del patriotismo, yo, que fui educada en una escuela independentista y republicana hasta la médula (republicana opuesto a monárquica, no en base a la idea de republicanismo estadounidense, quiero decir) no entran banderas. Ni españolas, ni catalanas. Ni europeas. Claro que si hubiera que colgar alguna, la constitucionalmente correcta (al menos de momento) sería la española. No sé. El caso es que me chocó ver la bandera aquella allí en medio. Craig dijo que hacía tiempo que no veía una bandera tan grande en ningún país. Craig no ha ido a los Estados Unidos.
2. El cabreo por los Stradivarius que se mueren de pena tras una vitrina del Palacio Real. El cabreo por El Palacio Real todo él, de hecho.
Entramos allí a petición de una que aquí escribe, persona de gran cultura y conocimientos históricos, que se encontraba en fase tres de actividad renal (es decir, que me estaba meando desde hacía tres horas) Vamos, que no entré a propósito, entré como quien no quiere la cosa, y pensando, cándida de mí, que como el Palacio Real nos pertenece a las gentes españolas, pues qué menos que me dejen mear gratis. Y no, resulta que no. Resulta que todo a lo que tuve derecho fue a un descuento, y no por ser ciudadana española, pagar mis diezmos, ni nada eso, no. Por ser estudiante.
En fín. Después de visitar las letrinas (que debían de ser las de los presos, porque desde luego, de estilo Luis XV por los coj... Aquello no tenía nada que ver con los lujos que luego vi en la planta de arriba, ni con paredes cubiertas de porcelanas, ni pollas en vinagre, como dicen en mi pueblo.)
La historia es que le hice de guía a Craig, esquivando abuelas japonesas con cámaras über-vanguardistas, alemanes igual de mal vestidos que cuando vienen a Barcelona, inglesas desperdigadas y demás fauna planetaria por el camino. Decidí que aquella vez no pagaríamos a ningún guía y que, visto lo visto, yo tenía más que conocimientos suficientes para explicarle cuál era la sala donde el rey de turno se cepillaba a las concubinas, cuál era aquella donde la consorte discapacitada mental de turno se aburría y se aburría, a cuántos y cuántas indígenas mataron, robaron, extorsionaron, violaron y engañaron para conseguir tal o cual tapiz, y etcétera. A veces no podemos responder por nuestros ancestros, pero lo que está claro (y expuesto, además) es que un día fuímos los Estados Unidos. Igual no íbamos en tanque; igual íbamos a caballo, pero... vaya si fuimos.
Las cosas como sean, yo quería una foto al lado de Isabel la Católica y la tuve. La mujer tendría sus defectos, pero tenía las trompas bien puestas, y no puedo simplemente renegar de la historia de mi país sólo porque la mayoría de capítulos de ésta no me gustaran. Isabel la Católica no se crió ni en mi siglo ni en mi escuela, si no, otro gallo habría cantado. Pero el potencial lo tenía, todo hay que decirlo.
3. El vértigo perenne de la cruz del Valle de los Caídos. La intolerancia hacia algunas cosas que no tienen que ver sólo con Madrid.
Me enteré (demasiado tarde) de que resulta que no todo era valle, no. Cawen... me llegan a decir que tengo que montarme en un tren cremallera de esos, con el vértigo que tengo, e iba a dejar Fuencarral Rita la Alpinista. No te jo...
Pero había que subir a la cruz, claro. Llego arriba, me engancho literamente a la pared más alejada del vacío, y oigo una voz que me dice:
-¿Tú también tienes vértigo?
Me giro y veo a una mujer con la misma cara de pánico que yo, espalda enganchada a pared, postura de circunstancias.
Yo debía de tener esa cara blanca que se me pone en cuanto me subo a cualquier cosa (aunque sean unos tacones). El sitio me gustó y me disgustó a partes iguales. Me disgustó entrar en aquel increíble mausoleo, construído cuando la gente del pueblo no tenía ni una patata para comer, y me gustó mirar a derecha e izquierda, ver que nadie me miraba, y pegarle un pisotón a la tumba de Franco así, por encima del cordelito rojo, al susurro de "esta es por mi bisabuelo".
Con esto me he enterado de algo de mí misma que imaginaba pero no sabía a ciencia cierta: no puedo disfrutar de la grandeza ni de la inmensa belleza de algunos sitios, porque siempre me queda la amargura del precio que costaron. Me pasó exactamente lo mismo en el Palacio Real de Barcelona, en Notre-Dame de París, en la catedral de Santiago, en la Mezquita de Córdoba. No puedo, lo siento. Yo veía aquel palacio y pensaba en cuántas escuelas cabrían, y miraba el patio principal (que aquello no era un patio, era una plaza, ahora que lo pienso) y calculaba cuántas canchas de baloncesto se podrían poner. No me malinterpreten, que estas cosas no pasan sólo en Madrid. Las comento ahora con motivo de mi viaje, pero me dan rabia en todas partes, ojo con mezclar políticas con otras ideologías.
4. La magia de Chueca.
No lo hice queriendo, pero el hostal donde fuimos a parar resultó estar situado en medio de donde todo pasa. La primera noche tuve el gran privilegio de conocer a la Reina de las Nieves (nick que, al igual que el mío, le viene de su libro favorito de infancia), una mujer que también mantiene fuera, frente a si misma, a la niña que lleva dentro. Estuvimos casi toda la noche hablando y riéndonos e hizo que la noche mereciera la pena de verdad. Incluso me olvidé de encontrar un bar donde supieran qué leches era una Boldam. (parece mentira, parece mentira, parece mentira. En Chueca ¡no hay Boldams!) Ah... creo que también salí en "Esta noche Madrid", porque de hecho me enteré de que estábamos en Chueca porque encendí la tele (¡Yo! Las cosas que hace una cuando está fuera de su ambiente...) y evidentemente puse Telemadrid, qué leches, ya que estamos, y estaban dando el programa y vimos que estábamos cerca de allí, así que la primera cerveza nos la tomamos en la plaza, al lado (literalmente) de la parada de metro y al lado (literalmente) de donde el presentador de la coleta larga daba bocinazos para hacer que la gente saliera de casa.
La Reina de las Nieves fue, en verdad, el recuerdo que me llevo de esa noche y uno de los mejores de los cuatro días.
5. La incompetencia de las embajadas.
Esto no me lo llevo de Madrid, exactamente.
Más bien creo que ya llevaba el gafe desde aquí. Como dicen en los culebrones, "en capítulos anteriores..." íbamos a Madrid a por el certificado de no impedimento... certificado que sí obtuvimos... pero con el apellido de Craig mal escrito por todas partes. Resultado, hoy he llamado a la embajada otra vez y nos enviarán otro por correo, lo cual me ha hecho pensar...¿Para qué he ibas a Madrid, decías?
Ahhhh, para pasear por el Retiro. Para conocer gente fantástica. Para saludar a la Dama de Elche, preguntarle qué leches hace que no está en Elche, para saludar a la Cibeles y preguntarle cuánto chupan los leones por quinientos quilómetros (que digo yo que si no chupan mucho podría venir a visitarme alguna vez a Barcelona), para caminar, para asombrarme, para saber... Entonces vale. Lo doy por más que bien empleado.
6. Una estampa de la Virgen de los Dolores. No me pregunten cómo, pero debo de tener el mismo talento para conocer gente maravillosa como la Reina de las Nieves, que el que tengo para conocer a gente peculiar... como un señor que iba con nosotros en el tren de vuelta de El Escorial y me estuvo explicando que había visto a la Virgen, que le había hablado, que había gente que le notaba (a él) un olor especial, a flores, y otra gente que no (yo agnóstica y algo resfriada, se siente) y... como habélas háinas, que dicen precisamente en mi pueblo, estuve hablando con él, porque lo de la virgen no lo tengo nada claro, pero que hay gente especial, gente que es capaz de sentir cosas que otra gente no siente... me lo creo, en dosis adecuadas al caso. Y conservo la estampita, porque el hombre pasó mi prueba del algodón de "y-qué-opina-usted-de-los-curas" diciendo que había de todo, pero que la mayoría no le gustaba. Él, que "la Virgen" y que "Nuestro Señor". Pues eso me vale, me lo crea o no. Admiro mucho a la gente que tiene fe, sea en lo que sea, por el concepto de fe en si.
Craig ahora también tiene fe: fe en que yendo conmigo le puede pasar cualquier cosa, además de hacer el ridículo más espantoso en lo alto de una cruz delante de un buen centenar de personas.
7. También me traigo algo de envidia, por qué no decirlo. Envidia de calles limpias, aunque la mayoría estuviera en obras. Madrid es una ciudad mucho más limpia que Barcelona, por no hablar ya del agua del grifo, que sabía mucho mejor que cualquier agua de esas de manantial de marca. Y envidia de edificios preciosos. Vale, sí, aquí también tenemos edificios preciosos... pero allí es uno al lado del otro, y no hablo sólo del centro. Hablo de la ciudad en general, de la sensación de ir caminando entre monumentos arquitectónicos donde la gente hasta vive dentro, y todo. Espectacular.
8. Aprovechando que estaba en la capital y que estamos en el año que estamos, me compré una versión del Quijote (que ya me he acabado gracias al objetivo aún NO logrado de Iberia, que dicen que es la puntualidad, cagü[C E N S O R E D]menea) adaptada a mi nivel intelectual y de madurez general, titulado "Mortadelo de la Mancha". Supongo que se hacen una idea, ustedes que me empiezan a conocer...
En fin, ahora tengo tantas cosas por hacer que no tengo tiempo ni para enumerarlas. Todo empieza mañana y nada va a esperar a que mi cabeza vuelva de Madrid, donde flota todavía entre Góngoras, Larras, bares, plazas y glorietas.
Llevo algunos minutos con los ojos atascados en la ventanita en blanco...
Después de un rato de pasarme imágenes de multitudes aglomeradas en la Puerta del Sol; patos pululando por el Retiro en una tarde de pipas en un banco; manto interminable de ciclistas de todas las edades, sexos, tamaños y demás por Sagasta, un acordeonista en la plaza mayor echándole un mal de ojo a un camarero, de un montón de cosas que aún no acierto a recordar, de tan recientes como son... me he tomado otro café, a ver si me despejaba.
Y nada. Sigo sin saber cómo evitar que se me sigan atropellando las sensaciones y los paisajes.
Casi que voy a tener que ordenarlo.
Trofeos que me he traído de Madrid.
1. El recuerdo de la pedazo bandera de España de la plaza Colón.
No, no estoy insinuando que sea bueno ni malo, simplemente que me produjo un pequeño sobresalto cardíaco porque aquí, en Barcelona, colgar bandera española de semejantes dimensiones sería impensable (o un llamamiento a pirómanos/as). Esto dio para una discusión de tres cuartos de hora con Craig, acerca del patriotismo. Supongo que en la idea que tengo del patriotismo, yo, que fui educada en una escuela independentista y republicana hasta la médula (republicana opuesto a monárquica, no en base a la idea de republicanismo estadounidense, quiero decir) no entran banderas. Ni españolas, ni catalanas. Ni europeas. Claro que si hubiera que colgar alguna, la constitucionalmente correcta (al menos de momento) sería la española. No sé. El caso es que me chocó ver la bandera aquella allí en medio. Craig dijo que hacía tiempo que no veía una bandera tan grande en ningún país. Craig no ha ido a los Estados Unidos.
2. El cabreo por los Stradivarius que se mueren de pena tras una vitrina del Palacio Real. El cabreo por El Palacio Real todo él, de hecho.
Entramos allí a petición de una que aquí escribe, persona de gran cultura y conocimientos históricos, que se encontraba en fase tres de actividad renal (es decir, que me estaba meando desde hacía tres horas) Vamos, que no entré a propósito, entré como quien no quiere la cosa, y pensando, cándida de mí, que como el Palacio Real nos pertenece a las gentes españolas, pues qué menos que me dejen mear gratis. Y no, resulta que no. Resulta que todo a lo que tuve derecho fue a un descuento, y no por ser ciudadana española, pagar mis diezmos, ni nada eso, no. Por ser estudiante.
En fín. Después de visitar las letrinas (que debían de ser las de los presos, porque desde luego, de estilo Luis XV por los coj... Aquello no tenía nada que ver con los lujos que luego vi en la planta de arriba, ni con paredes cubiertas de porcelanas, ni pollas en vinagre, como dicen en mi pueblo.)
La historia es que le hice de guía a Craig, esquivando abuelas japonesas con cámaras über-vanguardistas, alemanes igual de mal vestidos que cuando vienen a Barcelona, inglesas desperdigadas y demás fauna planetaria por el camino. Decidí que aquella vez no pagaríamos a ningún guía y que, visto lo visto, yo tenía más que conocimientos suficientes para explicarle cuál era la sala donde el rey de turno se cepillaba a las concubinas, cuál era aquella donde la consorte discapacitada mental de turno se aburría y se aburría, a cuántos y cuántas indígenas mataron, robaron, extorsionaron, violaron y engañaron para conseguir tal o cual tapiz, y etcétera. A veces no podemos responder por nuestros ancestros, pero lo que está claro (y expuesto, además) es que un día fuímos los Estados Unidos. Igual no íbamos en tanque; igual íbamos a caballo, pero... vaya si fuimos.
Las cosas como sean, yo quería una foto al lado de Isabel la Católica y la tuve. La mujer tendría sus defectos, pero tenía las trompas bien puestas, y no puedo simplemente renegar de la historia de mi país sólo porque la mayoría de capítulos de ésta no me gustaran. Isabel la Católica no se crió ni en mi siglo ni en mi escuela, si no, otro gallo habría cantado. Pero el potencial lo tenía, todo hay que decirlo.
3. El vértigo perenne de la cruz del Valle de los Caídos. La intolerancia hacia algunas cosas que no tienen que ver sólo con Madrid.
Me enteré (demasiado tarde) de que resulta que no todo era valle, no. Cawen... me llegan a decir que tengo que montarme en un tren cremallera de esos, con el vértigo que tengo, e iba a dejar Fuencarral Rita la Alpinista. No te jo...
Pero había que subir a la cruz, claro. Llego arriba, me engancho literamente a la pared más alejada del vacío, y oigo una voz que me dice:
-¿Tú también tienes vértigo?
Me giro y veo a una mujer con la misma cara de pánico que yo, espalda enganchada a pared, postura de circunstancias.
Yo debía de tener esa cara blanca que se me pone en cuanto me subo a cualquier cosa (aunque sean unos tacones). El sitio me gustó y me disgustó a partes iguales. Me disgustó entrar en aquel increíble mausoleo, construído cuando la gente del pueblo no tenía ni una patata para comer, y me gustó mirar a derecha e izquierda, ver que nadie me miraba, y pegarle un pisotón a la tumba de Franco así, por encima del cordelito rojo, al susurro de "esta es por mi bisabuelo".
Con esto me he enterado de algo de mí misma que imaginaba pero no sabía a ciencia cierta: no puedo disfrutar de la grandeza ni de la inmensa belleza de algunos sitios, porque siempre me queda la amargura del precio que costaron. Me pasó exactamente lo mismo en el Palacio Real de Barcelona, en Notre-Dame de París, en la catedral de Santiago, en la Mezquita de Córdoba. No puedo, lo siento. Yo veía aquel palacio y pensaba en cuántas escuelas cabrían, y miraba el patio principal (que aquello no era un patio, era una plaza, ahora que lo pienso) y calculaba cuántas canchas de baloncesto se podrían poner. No me malinterpreten, que estas cosas no pasan sólo en Madrid. Las comento ahora con motivo de mi viaje, pero me dan rabia en todas partes, ojo con mezclar políticas con otras ideologías.
4. La magia de Chueca.
No lo hice queriendo, pero el hostal donde fuimos a parar resultó estar situado en medio de donde todo pasa. La primera noche tuve el gran privilegio de conocer a la Reina de las Nieves (nick que, al igual que el mío, le viene de su libro favorito de infancia), una mujer que también mantiene fuera, frente a si misma, a la niña que lleva dentro. Estuvimos casi toda la noche hablando y riéndonos e hizo que la noche mereciera la pena de verdad. Incluso me olvidé de encontrar un bar donde supieran qué leches era una Boldam. (parece mentira, parece mentira, parece mentira. En Chueca ¡no hay Boldams!) Ah... creo que también salí en "Esta noche Madrid", porque de hecho me enteré de que estábamos en Chueca porque encendí la tele (¡Yo! Las cosas que hace una cuando está fuera de su ambiente...) y evidentemente puse Telemadrid, qué leches, ya que estamos, y estaban dando el programa y vimos que estábamos cerca de allí, así que la primera cerveza nos la tomamos en la plaza, al lado (literalmente) de la parada de metro y al lado (literalmente) de donde el presentador de la coleta larga daba bocinazos para hacer que la gente saliera de casa.
La Reina de las Nieves fue, en verdad, el recuerdo que me llevo de esa noche y uno de los mejores de los cuatro días.
5. La incompetencia de las embajadas.
Esto no me lo llevo de Madrid, exactamente.
Más bien creo que ya llevaba el gafe desde aquí. Como dicen en los culebrones, "en capítulos anteriores..." íbamos a Madrid a por el certificado de no impedimento... certificado que sí obtuvimos... pero con el apellido de Craig mal escrito por todas partes. Resultado, hoy he llamado a la embajada otra vez y nos enviarán otro por correo, lo cual me ha hecho pensar...¿Para qué he ibas a Madrid, decías?
Ahhhh, para pasear por el Retiro. Para conocer gente fantástica. Para saludar a la Dama de Elche, preguntarle qué leches hace que no está en Elche, para saludar a la Cibeles y preguntarle cuánto chupan los leones por quinientos quilómetros (que digo yo que si no chupan mucho podría venir a visitarme alguna vez a Barcelona), para caminar, para asombrarme, para saber... Entonces vale. Lo doy por más que bien empleado.
6. Una estampa de la Virgen de los Dolores. No me pregunten cómo, pero debo de tener el mismo talento para conocer gente maravillosa como la Reina de las Nieves, que el que tengo para conocer a gente peculiar... como un señor que iba con nosotros en el tren de vuelta de El Escorial y me estuvo explicando que había visto a la Virgen, que le había hablado, que había gente que le notaba (a él) un olor especial, a flores, y otra gente que no (yo agnóstica y algo resfriada, se siente) y... como habélas háinas, que dicen precisamente en mi pueblo, estuve hablando con él, porque lo de la virgen no lo tengo nada claro, pero que hay gente especial, gente que es capaz de sentir cosas que otra gente no siente... me lo creo, en dosis adecuadas al caso. Y conservo la estampita, porque el hombre pasó mi prueba del algodón de "y-qué-opina-usted-de-los-curas" diciendo que había de todo, pero que la mayoría no le gustaba. Él, que "la Virgen" y que "Nuestro Señor". Pues eso me vale, me lo crea o no. Admiro mucho a la gente que tiene fe, sea en lo que sea, por el concepto de fe en si.
Craig ahora también tiene fe: fe en que yendo conmigo le puede pasar cualquier cosa, además de hacer el ridículo más espantoso en lo alto de una cruz delante de un buen centenar de personas.
7. También me traigo algo de envidia, por qué no decirlo. Envidia de calles limpias, aunque la mayoría estuviera en obras. Madrid es una ciudad mucho más limpia que Barcelona, por no hablar ya del agua del grifo, que sabía mucho mejor que cualquier agua de esas de manantial de marca. Y envidia de edificios preciosos. Vale, sí, aquí también tenemos edificios preciosos... pero allí es uno al lado del otro, y no hablo sólo del centro. Hablo de la ciudad en general, de la sensación de ir caminando entre monumentos arquitectónicos donde la gente hasta vive dentro, y todo. Espectacular.
8. Aprovechando que estaba en la capital y que estamos en el año que estamos, me compré una versión del Quijote (que ya me he acabado gracias al objetivo aún NO logrado de Iberia, que dicen que es la puntualidad, cagü[C E N S O R E D]menea) adaptada a mi nivel intelectual y de madurez general, titulado "Mortadelo de la Mancha". Supongo que se hacen una idea, ustedes que me empiezan a conocer...
En fin, ahora tengo tantas cosas por hacer que no tengo tiempo ni para enumerarlas. Todo empieza mañana y nada va a esperar a que mi cabeza vuelva de Madrid, donde flota todavía entre Góngoras, Larras, bares, plazas y glorietas.
Comentario:
Ofendida por la mofa que nuestra bandera, símbolo de nuestra patria , de nuestra España, de que ha sido objeto, no me queda mas remedio que opinar en este blog saliendo en defensa de la bandera de Colón.
En defensa de los miles de trabajadores a los que proporció el pan, esa bandera incapaz de ondear al viento por que pesa tanto que no hay viento huracanado que la levante, esa bandera ya símbolo de Madrid, que atrae el turismo de todas partes del mundo que incrédulos acuden a verla y agotan los carretes fotografiandola, y produce el aumento de las ventas de carretes de las tiendas colindantes, esa bandera que en tiempos de necesidad y carencia podría servir de infinito papel higiénico para cubrir las necesidades de todo el personal de Madrid, esa gran bandera, ejemplo de que aquí en España, hacemos las cosas a lo grande.
En defensa de los miles de trabajadores a los que proporció el pan, esa bandera incapaz de ondear al viento por que pesa tanto que no hay viento huracanado que la levante, esa bandera ya símbolo de Madrid, que atrae el turismo de todas partes del mundo que incrédulos acuden a verla y agotan los carretes fotografiandola, y produce el aumento de las ventas de carretes de las tiendas colindantes, esa bandera que en tiempos de necesidad y carencia podría servir de infinito papel higiénico para cubrir las necesidades de todo el personal de Madrid, esa gran bandera, ejemplo de que aquí en España, hacemos las cosas a lo grande.
Comentario:
Me ha gustado este post. Y si lo de las personas raras te mola, ya puedes volver a Madrid, que las hay a montones. Lo del tipo de la estampita no es nada, si yo te hablara de Estanislao... es un tipo que repartía octavillas en la universidad, en las que se proclamaba Presidente de España, Presidente de Iberia (no la compañía), Presidente de Europa, Presidente de la Confederación Mundial de Naciones... y El Único Hombre, entre otras cosas...
Lo que le hacía acreedor a todos esos títulos era que en las primeras elecciones había hecho campaña (supongo que campaña demente, pero eso no lo aclaraba) por la abstención, y entonces contaba las abstenciones (en cualquier elección) como votos para él.
Lo de que fuera El Único Hombre, eso no lo llegó a explicar, que yo recuerde.
Lamentablemente, un día repartió una octavilla donde explicaba sus razones para "dejar la política". Una pena.
Lo que le hacía acreedor a todos esos títulos era que en las primeras elecciones había hecho campaña (supongo que campaña demente, pero eso no lo aclaraba) por la abstención, y entonces contaba las abstenciones (en cualquier elección) como votos para él.
Lo de que fuera El Único Hombre, eso no lo llegó a explicar, que yo recuerde.
Lamentablemente, un día repartió una octavilla donde explicaba sus razones para "dejar la política". Una pena.
Comentario:
Has vuelto con ganas eh???.... pero muy bueno el post... te quedas con ganas de más...
Yo de madrid me quede, con el agobio de las gentes y la caló que hacía en todas las epocas que fui :-)
Saludos
Yo de madrid me quede, con el agobio de las gentes y la caló que hacía en todas las epocas que fui :-)
Saludos
Comentario:
Ahora mismo me voy, pero me ha gustado mucho el post y da para muchos comentarios, que luego te expondré. Bienvenida (al blog) ;-)





