Por una cabeza
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(Carlos Gardel. Por una cabeza. Instrumental)
Medianoche en el salón del dinero y el lujo.
Él, a juego con los millones etéreos que emanan de todos y cada uno de los poros de la piel de la gente presente. Esmoquin negro hecho a medida por sastre, pañuelo blanco, zapatos italianos, Patek Philippe mimándole la muñeca derecha. Y una copa de algún champagne de precio aberrante y exquisito estallido en los labios.
Él, aburrido de glamour, de bellezas incompletas, de gente de negocios que habla demasiado y orquestas de fondo casi todas las noches. De aquel gigantesco salón de puertas enormes, enormemente pesadas, y las pretendidas almas de la beneficencia que lo llenaban con vestidos carísimos y risas falsas.
Él, un ganador implacable de riquezas merecidas y cabezas cortadas sin piedad por el camino.
Él, hastío, sentado en una de las cien mesas redondas, envueltas de paredes de cortinas de terciopelo rojo, velas, luces, trajes, vestidos, guantes largos y camareros con pajarita.
Se gira en un momento y sus ojos le obligan hacia ella.
Ella, una desconocida vestida de negro, con cara de primer baile.
Ella, un cuello interminable cuya suavidad podía respirar desde su mesa.
Ella, una musa de largo jónico, elegancia dórica, facciones carolingias, ojos inmensos y pasos tristes. Se diría que está fuera de lugar, que alguien la puso allí para deslumbrar el salón.
Él es consciente de levantarse para dirigirse hacia una mujer de verdad por primera vez en su vida. Luego la conciencia de sus años vuela y se pierde entre todos los terciopelos, las gasas y las sedas.
Intenta trazar un plan a medida que sus ojos le rinden a los pies del hada recién aparecida.
Imposible hablar con ella: la perdería.
Porque ella no es como él. Es imposible. Ella es pura, clásica, de una divinidad involuntaria que la reviste de un ensueño infantil irresistible.
Ella, delante de él, se da cuenta de su presencia intencionada.
Él se ve, de repente, a si mismo por primera vez. Y descubre que se odia exactamente con la misma pasión con la que ha empezado ya a amarla. Se pregunta, en un segundo fugaz, si puede dejar de ser él para merecerla.
Y llega un violín, para rescatarle.
Empieza el tango.
Él, elegancia intimidatoria, deseado por muchas y envidiado por todos, le tiende la mano a aquella ninfa de perfección dolorosa e intenta no desmayarse al exhalar su perfume.
Ella le sigue, como hipnotizada, hasta el centro de la pista.
Se miran, claro. Es imposible no mirarse al bailar un tango. Es imposible no seguir mirándola para siempre al haberla visto una vez.
Y, mientras sus pies y piernas se entrelazan, sus rodillas se esquivan, sus mejillas, hombros y pechos se atraen y más de un centenar de personas hace un corro enorme en torno a aquella imagen celestial de pasos y giros, él sabe que por aquella cabeza bellísima y única, acaba de perder la suya propia.
Comentario:
Muy bonito!!!...
plas plas plas
Saludos
plas plas plas
Saludos
Comentario:
yo
Comentario:
quien no perderia la cabeza por la mujer que describes en este buen relato.





