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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
My beloved monster and me.

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(My beloved monster. Eels)

Hmmmm...
FffFffffffFffff....
No sé por dónde empezar. Hace tiempo que Sinclair me pasó el relevo del ahora ya archifamoso post de las cinco manías.
Y desde que leí que estaba "nominada", que llevo dándole vueltas.
No es que no se me ocurra ninguna, no.
Es que no me cabrían ni en tres blogs enteros de a 10MB el blog. Necesitaría, primero, inspiración suficiente como para crear tres URLs de esas. (Hablo como si supiera lo que estoy diciendo, y todo).
Todos/as tenemos nuestras manías, eso es de saber universal, claro. Lo mío roza el desdoblamiento de personalidad, sin embargo. Y no, no estoy intentando ningún "a mí a manías no me gana nadie", porque mi Sra. Madre seguro que me gana con diferencia... pero sí que es un mundo entero que llevo encima todo el día, todos los días.

My beloved monster and me
we go everywhere together...


En fin... siempre hay las manías clásicas, los pecadillos más frecuentes, de los que intentaré hacer memoria aquí.

COSAS POR EVITAR:

1. Antiaseveración paranoide de cosas irrelevantes.
No sé por qué, pero cuando alguien me explica algo que me resulta irritantemente trivial, supérfluo o simplemente estúpido, me da por contradecir a quien lo emite. Quizá es porque me aburro, y buscarle los tres pies al gato siempre es buen pasatiempo. Tengo que dejar de hacerlo, porque acabo enzarzándome en auténticos discursos de cuatro horas sobre cosas que no me ocupan ni un byte en la memoria. Me encanta, lo admito. Me encanta hablar, desde que tenía apenas un año y le repetía a mi padre "Tate queco" (estate quieto) cada vez que me hacía cosquillas, pero hablar sobre cosas que me la traen tal... es mal vicio. Y dice muy poco de mi persona. Lo bueno es que la gente se piensa que realmente les estaba escuchando.
(I'm a bitch, capítulo 394875287529).

2. Transtorno obsesivo-compulsivo culinario.
Cuando cocino, me lavo las manos una vez por minuto. Quizá una vez cada dos minutos, pero no menos. No sé por qué lo hago, es un acto compulsivo que me lleva a un gasto de tiempo, de jabón y de agua caliente innecesario. Visto en perspectiva, desde aquí, me recuerdo un poco a Jack Nicholson en As good as it gets, lo cual no me hace ni pizca de gracia, si consideramos que en esa película, Jack interpreta a un escritor loco con un T.O.C.
Claro que, dicho sea de paso, tampoco me gusta pisar las rayas entre baldosa y baldosa en la calle, y eso no significa nada. Vamos a sincerarnos: ¿Quién las pisa? Nadie, en su sano juicio las pisaría, pudiendo pisar dentro del cuadradito de la baldosa, que para eso se hizo, ¿no?
(No, no empiecen a sudar todavía; soy mucho más freak de lo que parezco)

3. Desorden crónico del comportamiento frente a cigarros mal apagados.
Me paso tres años estrujando una colilla contra el cenicero cada vez que acabo un cigarro. Y no sólo eso, no: además, odio, aborrezco y torturo verbalmente a la gente que no los apaga bien. Me molesta hasta límites insospechables (y digo insospechables porque fumo más de un paquete diario, que ya les gustaría a los obreros del puerto) el humo de una colilla agónica en un cenicero.

4. Psicosis borderline servilletera.
¿Saben esos servilleteros de plástico o de metal con un muellecito, figurantes en todo bar-restaurante-cafetería que se precie (excepto Starbucks)? Pues yo sí que sé. Sé que llego, me siento y lo primero que hago es sacar una servilletita del susodicho servilletero de turno y ponerme a sacarle brillo al ídem. No lo pienso. No me doy cuenta. La gente que va conmigo incluso intenta pararme, sin éxito, porque al cabo de un minuto estoy dale que te pego otra vez.
Cosas así son las que me frenan a la hora de ir a analizar mis sueños. Si mi conciencia es tan inconsciente, entiendan el miedo que me da ir a hurgar más allá.

5. Síndrome Higgins-Maëlstrom.
Dícese de comportamiento patológico que consiste en la incapacidad de ingerir cualquier tipo de comida bicolor y/o de cualquier otro modo heterogénea sin haberla homogeneizado primero con cuchara y/o cualquier otro instrumento de cubertería.
Así, soy incapaz de comerme un helado de dos bolas (aunque sea de cucurucho) sin haberlas mezclado y chafado previamente (gesta dificil, lo sé. Pueden imaginarse la de cucuruchos que me cargué antes de pillarle el truco).
Tampoco me puedo comer esas típicas (y exquisitas) mousses de chocolate con nata por encima, si no las revuelvo. No hablemos ya del típico desayuno australiano, que consiste en bol con cereales, fruta troceada por encima, leche por encima de la fruta, y yogur por encima de todo. Necesitaría un diazepan antes de ponerme frente al bol.
No como macedonia por motivos obvios, y lo que mucha gente considera una simple sopa con croutons, para mí es una pesadilla incomestible.
Los helados de tarrina, bien machacados, revueltos, y llanos. Nada de formitas ni leches.
(NOTA: Lo de Higgins-Maëlstrom es inventado, pero, ¿a que queda divino? Así nació la psicología moderna: Encuentren un nombre enrevesado a más no poder, y tendrán un nuevo caso de estudio. Pido disculpas a Higgins y a Maëlstrom por los inconvenientes que pueda haberles causado. Si es que existen, claro.)

Luego está lo de echarle agua fría al café, al té y a la sopa; lo de darle treinta y siete veces por segundo al icono de guardar de Word, lo de mirarme los pies siempre que salgo de casa para comprobar que llevo calzado de calle y no me he vuelto a dejar las alpargatas puestas; lo del tic del ojo (esa era broma, pero tenía que ponerla, tenía que ponerla) y lo de escribir frases ilegibles, de tan largas que se me acaban haciendo. Pero para todas esas, tengo motivos... ya sean irrazonables o absurdos.
En fin, más o menos, ya está.
Sé lo que estarán pensando: "Y ¿aún conseguiste casarte, y todo?" Pues sí. Se trata de sonreír mucho todo el día, y sobre todo, de esperar a que no mire nadie para echarle agua al café, abrillantar lo abrillantable y retirar croutons de la crema de noséquémanjarenitaliano que nos pusieron, entre los otros mil platos que tuve que ir modificando a mi gusto.

P.S. No sé a quién pasarle el relevo, porque parece que todo el mundo ya se ha confesado (al menos, los blogs que he leído) así que... quien quiera, que se apunte. Hay algo relajante e instructivo, en esto de autoanalizarse.
 
Comentario:
Y Craig sabia de tus paranoias, transtornos, desordenes, psicosis, sindromes y demas menudencias, antes de decir yes?

(no soporto los sevilleteros en que la primera servilleta esta mal puesta. voy sacando hasta que queda bien)
 
Comentario:
Bueno lo de echarle agua al cafe, siempre, siempre lo hace mi madre... y a una amiga suya le pone los nervios de punta...

Y lo de ligar sabores... ojo solo en el helado... tambien me pasa a mi...

En fin que al final no somos tan raros...

Saludos
No