Primer encuentro entre páginas con John Irving.
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(Rape me. Nirvana)
Recapitula, haz el favor. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Aquí: suite carísima de archiconocido hotel de Park Avenue, con vistas privilegiadas a Central Park, NY.
Suelo, para ser más conciso. Suelo de la maldita suite carísima de archiconocido hotel de Park Avenue, blá blá.
No, suelo exactamente no, para ser aún más conciso. Hay algo que se interpone entre el suelo y tu cuerpo.
Un stripper transexual y no precisamente como su madre lo trajo al mundo, aunque sí con la misma cantidad de ropa. Tumbado e immovilizado bajo tu persona.
Pero recapitula, haz el favor. ¿Cómo has llegado hasta aquí y en silla de ruedas?
Silla de ruedas: instrumento/medio de transporte cuya utilidad todo el mundo conoce, menos tú, imbécil, que te has dedicado a atribuírle una nueva durante estos últimos meses de rodaje. Vale, sí, siempre está bien meterse en el personaje, pero... ¿Quién coño te mandaba ir por Manhattan en silla de ruedas si tienes dos piernas que pueden hacerlo solas? ¿Método Stanislavsky? ¿Nos vamos a engañar, a estas alturas? Si hay alguna parte de tu cuerpo que necesita silla, con ruedas o sin ellas, es tu cabeza. Sin duda.
Pero recapitula, haz el favor. ¿Cómo has llegado hasta aquí en silla de ruedas y con ella/o?
Ella/o: Susodicho stripper transexual que bailaba en el club de Manhattan en el que os fuisteis a meter -¡de todos los que hay, precisamente aquél!- la silla de ruedas y tú. Podías haberla ignorado, podías haberte ido o mejor, podías no haber ni entrado. Pero entraste, tenías que entrar. Te invitaba el rótulo de colores que anunciaba el tipo de carne que allí se exponía y te obligaban los años de internado de niñas en que tu madre te aparcó y las miradas de las adolescentes que te hicieron crecer demasiado en todas las direcciones. Mientras tanto, tu asexualidad se entretiene, tu heterosexualidad se escandaliza y tu sexualidad se excita, al percibir un par de pezones turgentes de plástico auténtico.
Pero recapitula, haz el favor. ¿Cómo has llegado hasta aquí, en silla de ruedas, con ella/o y cantando?
Cantando: canciones, mientras el stripper de sexos eclécticos te la pone dura, a fuerza de movimientos estudiados para ponérsela dura hasta a una abuela de la Séptima Avenida, si se tercia. El stripper te la pone dura y tú te dejas, mientras cantas. Intentas despedirte en el vestíbulo pero el/lla quiere más. Te acompaña al bar del hotel, donde seguís cantando mientras estudias esa obra de cirugía impecable y seguís cantando y sigues mirando y seguís cantando, hasta meteros en el ascensor tras el segundo o tercer intento fallido de la noche de darle las buenas noches y cada uno a su cama.
Y así llegáis hasta esa maldita suite carísima del archiconocido hotel con vistas a Central Park de las que sólo has oído hablar, porque durante meses ni has descorrido las cortinas, siquiera.
Y él, o ella, o ello, se empieza a desnudar, y entonces reaccionas.
Recapitula: la culpa no fue del chachachá, imbécil.
Y cuando reaccionas le dices, con esa honestidad que no te caracteriza y que siempre llega demasiado tarde, que no te la quieres follar, que no te van las mujeres con pene. Pero él, ella y ello ya están en plástico picado, con un par de tetas tan duras que amenazan con sacarte los ojos si no huyes. Señala hacia tu entrepierna, como si no te hubieras dado cuenta de que hay algo de una protuberancia que no casa con tus negativas. Pero hasta tú, imbécil donde los haya, sabes la diferencia entre fantasear y hacer. Entre ver y tocar. Entre vagina y pene.
Lo que te falla, y muy vergonzosamente, además, es la que hay entre caminar y rodar. Entre cantar y dar las buenas noches. Entre el sí y el no.
Entonces (oh, sorpresa) te levantas de la silla de ruedas como Lázaro después de tres rayas, la fuerzas a que se vista, no quiere, forcejea, intenta violarte, rompéis una lámpara (carísima también, seguro), te destroza la camisa, vuela una metralla de botones por todas partes, te muerde el antebrazo, tiráis un chiffonier (dioses, dioses) y piensas que cuando un transexual quiere follar, es como un hombre. Y que ése en concreto ha entrenado más en el gimnasio de lo que ha bailado en los bares, así que al cuerno la politesse.
Bueno, no. Al cuerno todo tú, de tremendo derechazo del stripper transexual/luchador griego.
Pero recapitula, sigue recapitulando, casi llegamos.
Stripper transexual con las piernas abiertas y los tacones agujereando la moqueta, de pie, puro edificio de músculo con vistas estrambóticas a otra parte, si puede ser, frente a imbécil de turno (ese eres tú), sentado en el suelo sin haber visto el puño venir.
Te cuelas entre sus piernas hasta quedar detrás de él, ella y su Ello (por un fugaz segundo crees que le has rozado el miembro con la cabeza, al pasar. No lo pienses otra vez, es demasiado violento. Concéntrate.)
Una vez detrás, le haces aquella llave que aprendiste en otra película, hace tiempo, pequeño saltamontes, lo tumbas, lo dejas miembro abajo y te sientas encima de él, ella y toda la parafernalia del ello, immovilizándole los dos brazos contra la espalda. Immovilizando el ensemble.
Así has llegado hasta aquí. No, no pienses en cómo salir de ésta. Ésta te la mereces, porque de ésta aprenderás no meterte en otras.
(Dedicado a John Irving. No a modo de plagio, nunca me atrevería a plagiar a un genio. A modo de homenaje).
Comentario:
Llegaron los de seguridad del hotel y sacaron al travesti por las malas... El argumento no es mío (confesión), es de John Irving. Por eso lo he enlazado. El libro es una joya.
A.
A.
Comentario:
Vaya....no conocia esta faceta narrativa. Y la verdad, me ha encantado.
Nos contarás como se deshizo definitvamente del stripper?? ;)
Nos contarás como se deshizo definitvamente del stripper?? ;)





