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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
Lo que haga falta. (Recuerdo de A.G.)

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(K's Choice. Not an addict).

Ella llega a casa cerca de las doce, después de una película nerviosa en que ha dejado las palomitas para comerse las uñas, pensando en qué hará él mientras tanto, si ha sido buena idea dejarle solo.
–No pasa nada. Podrías confiar en mí, para variar. No saldré, no voy a hacer nada. De verdad. Me tratas como si fuera un adicto, joder. En serio, déjame. Puedo quedarme solo.
Ella llega a casa cerca de las doce, sin haberse enterado de cómo salió de casa por la tarde, cómo llegó al cine ni cómo acabó la película. Confusa, las palabras de él en los pocos momentos en que es él, se mezclan con el sinfín de subnormalidades que grita cuando no lo es, cuando se cree Lord Byron, dueño del mundo, inalcanzable e incomprendido.
Lleva un verano entero de esfuerzos intermitentes. Conoce el peligro de intentar ayudarle sin saber demasiado del tema. Conoce también el peligro de no ayudarle, porque es como no ayudarle a vivir y es como ayudarle a morir.
Al abrir la puerta ya sabe que él no está.
Luego va a su habitación. Su cama está vacía.
Luego va al salón, donde descubre tres latas de cerveza estáticas, a modo de recordatorio o de aviso.
No contesta al móvil.
Ya sabe lo que toca. Esperar.
Y espera, hasta que decide irse a la cama y hacer ver que duerme, por si llega él.
“Voto de confianza… No soy adicto…” y una mierda. Éste ha sido el último.
A las tres, y con los ojos más abiertos que tres horas antes, oye golpes. Golpes en la puerta de entrada, golpes por el pasillo, golpes contra los muebles. Y gritos. Gritos en ningún idioma, en una especie de dialecto universal de quienes viven en el cielo, de quienes son dioses por noches, de quienes pasan la vida entre vuelos magníficos en tecnicolor y la caída en picado que lleva a redescubrir las flores de la alfombra vieja de la habitación y saberse en la más trágica soledad.
Los gritos la fuerzan a levantarse. Él no se ha atrevido a entrar en su habitación, como si aquella pieza de la casa fuera una especie de santuario al que sólo tiene acceso si está sobrio.
–¡¿Dónde coño está mi dinero?! ¿Eh? ¿Eh? ¿Dónde has escondido mi dinero, puta?!!!!!– vocifera, bajo el marco de la puerta de su hermana mayor.
–Son las tres de la madrugada. ¿Para qué necesitas dinero ahora?–, le pregunta ella, con la mayor suavidad posible, pero ejercitando un tono explícito de autoridad para hacerle saber que no le tiene miedo.
–¡Para pagarle a los camellos de la entrada, que me están esperando, joder, joder, dame el puto dinero, hostia, que te mato!!–, sigue chillando él, mientras revuelve el piso entero tirando, destrozando y zarandeando botellas, botes, jarrones, cajones y estanterías.
Ése no es él, no es él, no es él, se repite ella, mientras cuenta hasta trece o quince y quince más, y sigue de pie, en camisón, inmóvil y frente a él, brazos cruzados y temidas y terribles ganas de llorar comprimidas en algún punto entre los ojos y el principio de la nariz.
–¿Qué has tomado? ¿Has tomado pastillas?–, le pregunta, con toda la calma que es capaz de fingir, y el corazón escapándosele por la espalda, donde él no pueda verlo huir.
–¿Y para qué coño iba a subir a buscar dinero si ya me hubiera comido las pastillas, imbécil, puta imbécil!!!!–, ladra él, llorando, al darse cuenta de que las palabras salen de algún sitio enorme de su cuerpo enorme postadolescente que él ni conoce, ni mucho menos controla. No quiere insultar a su hermana; nunca, en su sano juicio, le ha llamado nada más grave que tonta, jugando, cuando juegan, porque cuando él es él, juegan, hablan durante horas, se divierten, ven películas y hacen las cosas que hacen los hermanos que se quieren. Pero las palabras salen, mucho más fuertes e insultantes de lo que su boca puede soportar, y se odia. Se odia, pero ese primer hormigueo agradable de su cabeza que luego se volvió descontrol etílico se dispara y va a dar directamente en el corazón de ella, que huía, y ahora se disipa.
Ella lo abraza hacia su pecho. Le coge de la nuca y apoya la cabeza de él entre su cuello y su hombro derecho. En segundos, nota las lágrimas de él resbalándole cuello abajo, hacia el pecho.
Se está calmando, se va a calmar, se ha calmado. Por favor, por favor, por favor–, suplica ella, sin pensar a quién. Es un momento tan bueno como estúpido para creer en algún dios. Es un momento tan difícil como necesario para la fe.
–No has comprado nada todavía, ¿verdad? ¿No te han dado nada?–, le susurra ella, aún abrazada a la torre de músculos descontrolados.
Él explota otra vez. La aparta de un empujón. Comienza el segundo acto, con más gritos y más insultos, intercalados con halagos hacia el hecho de que ella es la única que sigue ahí, que no se ha rendido y que ha sabido entenderle. Te quieros entre putas, zorras y no puedo vivir sin tis.
El plan A no ha funcionado. Pasamos al plan B.
Ella vuelve a situarse frente a él, lo mira directamente a los ojos, que aquella misma tarde eran azules y ahora inyectados en sangre, rencores absurdos y pensamientos suicidas. Lo mira fijamente, sostiene esa mirada, y le pega una bofetada.
Tras el giro de cara de noventa grados, él arremete contra ella con el puño cerrado, que va a darle directamente a la cara.
Ella ya sabía a qué se exponía cuando le pidió que fuera a vivir allí. Ella ya sabía que habría algún momento así. Simplemente, no sabía cuándo, pero desde el suelo, piensa que ha estado esperando este momento durante meses, con resignación. Y aunque se pregunta cuántos puñetazos hacen falta para que él logre controlar a sus demonios hasta deshacerse de ellos, sabe que la posibilidad de que él supere todo eso compensa cualquier golpe.
–Igual en este momento te parece buena idea matarme–, dice ella, serenidad absoluta, levantándose y dirigiéndose hacia la puerta. –Desde mañana hasta que mueras, te estarás arrepintiendo, no obstante–. Dicho esto, cierra la puerta con llave, coge los tres juegos de llaves que tienen en el piso y los tira por la ventana del lavadero. Luego coge una silla del salón, atranca la puerta con ella y se sienta, a esperar.
A esperar a que él se calme, o la mate de verdad.
–Esta noche no vas a ninguna parte–, sentencia ella. Lo pronuncia con un tono de piedra milenaria que se ha mantenido en el mismo sitio durante siglos, y que ha observado, impertérrita, guerras, devastación, alegrías y tormentas a lo largo de los años, sin moverse de donde estaba. –Te puedes poner como te de la gana, me puedes matar… o puedes ir a lavarte la cara, tomarte un vaso de agua, y meterte en la cama a dormirla, que es mi consejo.
Él lleva un rato llorando, desconsolado, entre respiraciones sincopadas. Llora por tantas cosas que el ritmo de cada llanto se le enzarza con los otros y no consigue unificarlos.
–¡Me voy a matar! ¡Es lo que tengo que hacer, me tengo que matar, no merezco vivir, me voy a matar!–, chilla él, corriendo hacia el ventanal del salón.
Ella intenta ponerse de pie, pero las piernas le fallan y cae al suelo. Las piernas le fallan, pero la cabeza le dicta guerra y persistencia, y se levanta para ir tras él. Lo agarra de un brazo con la poca fuerza que le queda, cierra la mano y le rompe la nariz de un puñetazo.
–Hasta aquí. No más confianza. Se acabaron las hostias. Si quieres vivir aquí, vas a tener que ser persona. Y puedes amenazarme todo lo que quieras, pero reza por que no te oigan los vecinos, porque yo de la cárcel no te saco, te lo juro. Ni te iré a ver. Puede que te creas que tu vida ahora mismo es una mierda, y que te sientes como en una prisión, pero espérate a que te violen cinco tíos para contármelo. Eres un imbécil. Y con tu imbecilidad, me has convertido en una imbécil a mí también, por haberte creído y haberte dado el voto de confianza.
Él se echa a llorar con más fuerza, todavía.
–¡Yo sólo venía a por dinero para las pastillas, puta!–, le grita, sumido en esa posesión de alcohol mezclado con tantas sustancias pasadas que flotaban por sus venas, en espera del despertador.
Plan B, pasa al plan B. Aún no estás haciendo todo lo que puedes.
Ella piensa que es hora de demostrar la gravedad del asunto y la rabia contenida, y empieza a hacerle un resumen estentóreo de lo que piensa. Lo insulta y lo amenaza con la mano derecha cerrada y un jarrón en la izquierda, por si acaso.
–Y ahora–, dice, volviendo a su perfecta calma, tan bien fingida–, te vas a tomar esto. Si quieres pastillas, aquí tienes una buena.
Se la da porque sabe que puede. Sabe que él no ha tomado nada más que alcohol esa noche, porque se conoce sus caras de memoria, de corazón y de estómago comprimido durante aquella eternidad al lado de su hermano. Primero el rebelde, y luego el drogadicto de la familia. Le habían adjudicado la chapa antes ni de leer las cosas que él escribía, ni de escuchar lo que tenía que decir, ni de pasar con él más de cinco minutos indiferentes.
Ella no se siente culpable. Ella nunca pudo decir nada, mientras vivió allí. Pero ahora él está en su territorio, dentro de las cuatro paredes en que el bien y el mal quedaban definidos por las veinticuatro horas diarias de dedicación… hasta aquella noche, en que todo se rompió porque se relajó tres horas.
–¿No me dejas ir a comprar pastillas y me das esto!??? ¿Qué coño quieres, matarme?!–, chilla él.
Ella, de un empujón en los hombros, lo sienta en el sofá. Se va a la cocina, llena de agua un vaso, coge una pastilla y le tiende vaso y pastilla a su hermano.
–Hazme un acto de fe. Esto es mucho mejor que lo que te darían en una residencia, y sabes que puedo internarte si quiero. Sabes que puedo tener una sentencia de incapacidad con tu nombre en cuestión de días, y encerrarte donde me dé la gana, así que no hagas el imbécil, tómate esto y métete en la cama.
Él se toma la pastilla. Por un segundo, ella vuelve a verle tal como es cuando es él. Cándido, dulce, de una sensibilidad extrema y una timidez que lo reviste de una inocencia inverosímil. Pero sólo dura segundos, antes de que su otro yo lo ponga en pie y lo mande a forcejear en la puerta.
–No vas a salir; ya te lo he dicho. Puedes romper la puerta, claro. Y llamaré a la policía, les daré tu descripción, les diré que me has pegado, me has robado y mañana te despertarás en la cárcel sin hermana, sin casa y sin droga, hasta que decidas dejarte violar por los cinco tíos de antes para conseguirla. Realmente, ¿eso es lo que quieres de tu vida?
Él empieza a reírse. No es una risa histérica, ni absurda. Se ríe con ganas, por el ejemplo reincidente de su hermana. Luego la mira. Se acerca a ella, la acaricia, y se va a la cama.
Ella le sigue y se mete en la cama con él. Lo abraza fuerte y le dice:
–Mañana volveremos a hablar. Haremos lo que haga falta.
Lo que haga falta, piensa ella, es una frase infinita.

 
Comentario:
Me parece muy bueno este relato tuyo. Bueno, no lo dices, pero supongo que lo has escrito tú. Te felicito.
 
Comentario:
Casualmente he encontrado tu blog.
Este relato me ha dejado muy pensativa. He vivido el infierno de las drogas muy de cerca... y de mí han brotado las lagrimas.
No sé si es real, y si eres tu la hermana, si es asi, recibe un enorme abrazo.
 
Comentario:
(¿Por qué siempre se acaba el papel higiénico cuando más mocos y lágrimas tienes?)
Joder, yo es que a este paso no me voy a Australia ni de coña...
A.
 
Comentario:
Aldara, al leer esto se me pasan varias cosas por la cabeza...
La primera, es la imagen de unos ojos adolescentes azules y ensangrentados, pero aún así preciosos. Una mirada totalmente perdida pero sincera, de niño asustado. Una mirada que transmite tanto miedo que logra helar la sangre de cualquiera, miedo a la soledad tal vez? Unos ojos que rebosan lágrimas de desesperación. Una impotencia interna que no puede dominar, ni los impulsos físicos de agresividad, ni lo que escupe su boca sin pasar siquiera por su cerebro.
Si por la mañana logra recordar algo de lo sucedido la noche anterior se hundira en un mar de lágrimas incontrolables y una sensación de infelicidad absoluta por hacer sufrir al ser o seres que mas ama.
Tu te diste cuenta de la necesidad de ese adolescente, viste que necesitaba una hermana que lo quisiera y a la que el pudiera querer tb, esa amiga a la que le puede contar todo, con la que puede llorar y con la que puede compartir ilusiones y sus mayores secretos.
Aldara, tienes muchas virtudes, muchas mas de las que tu nunca podrás reconocer o ser consciente, y una es saber ver mas allá de las personas, que guardan dentro, que esconden y una vez detectas eso, haces algo mejor...Insistes en que las personas vean lo que tu ves y que crean en ello!!!!
Haces sentir a ese chico de la mirada perdida que es mucho mejor de lo que el cree o le han hecho creer durante toda su vida, le haces recapacitar sobre como vive y las cosas que hace, hasta que logras que esa persona gire y tenga la oportunidad de reconstuir su vida.
Lo siento, ahora mismo tengo la piel de gallina y podría seguir y seuir escribiendo sobre lo que me ha producido esta lectura, pero prefiero reservar esta charla para cuando estemos tu con tu kf americano grande y yo con mi coje lait! Te quiero Aldarita
No