L'appuntamento
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(L'appuntamento. Ocean's 12 OST).
Aquella mañana tenía una cita con mi nuevo cliente en su casa.
No me preguntaba, en el vuelo en jet privado desde Barcelona hasta un aeropuerto privado en medio de la Toscana, a qué venía tanto secretismo. Ya había hecho de intérprete de enlace antes, para celebridades y otros animales, y siempre actúan así para evitar leaks. Vamos, que a una le dé por empezar a cantar ópera a la prensa, por decirlo de alguna manera.
Tampoco me extrañó que "el cliente" quisiera conocerme antes de venir a Barcelona, porque si hay algo que he aprendido en esta profesión es que se aplican las mismas reglas que en Transporter:
1. Un trato es un trato (y me pagas el viaje y los gastos también, más la mitad por adelantado).
2. Las preguntas las hago yo (para luego poder traducirle las respuestas a quien toque, claro).
3. Tú conduce. No abras el paquete.
Pues así iba yo, sin darle demadiadas vueltas a la posible (y con toda seguridad ratificable) excentricidad de mi nuevo cliente, al entrar, en la limusina, a las propiedades desorbitadas del hombre misterioso.
El paisaje intimidaba -un poco-, debo decir. Pero no era la primera gran mansión en la que entraba y, con un poco de suerte, tampoco sería la última.
Después de haber cruzado los umbrales de aquel jardín interminable, y de ver bailar árboles y más árboles de todos los tipos de verde deslumbrante a través de la impoluta ventanilla del vehículo, el chófer paró. Deduje que habíamos llegado.
Lo primero que vi al salir del coche (después de un ficus que habría hecho las delicias de mi Sra. Madre) fue una puerta de dimensiones descomunales, abriéndose y dejando a merced de la luz del sol un recibidor que hacía, automáticamente, que te olvidaras de la absurdamente desproporcionada puerta que acababas de ver. Allí había maderas importadas del último rincón del mundo. Sedas naturales cubriendo ventanales púdicos, organzas vistiendo mármoles y un festival de materiales que quitaba el hipo, el sentido y las ganas de vivir para ver algo así y saber que nunca va a ser tuyo. Me puede la avaricia, pero sólo a veces.
Me recibió un individuo trajeadísimo, y pensé que sería él, pero no dije nada, porque si hay algo que tengo claro, es que en este oficio se aplican perfectamente las mismas reglas que para sobrevivir en Guinea en los años cincuenta que me dijo mi abuelo:
1. oír.
2. ver.
3. callar.
Y menos mal, porque el trajeadísimo sólo era una especie de P.A. (que no quiere decir Patán Androide, como mucha gente afirma, sino Personal Assistant) del cliente en cuestión.
El trajeadísimo me sacude la mano como si quisiera expurgar hasta la última mota de polvo de mi organismo y deduzco, así, que es suizo. No se me escapa ninguna. No he llegado hasta aquí porque sí.
El suizo trajeadísimo me observa-investiga-inspecciona y me dice, en un alemán casi francés, o en un inglés muy ruso, si quiero tomar algo.
Me lo dice con una mirada tan ejecutora, fría y despiadada que a punto estoy de retarlo y pedirle una Boldam. Pero no, porque si hay algo que tengo claro, es que en este oficio se aplican las mismas reglas que en todas las comidas familiares de mi vida:
1. No seas impertinente.
2. En casa ajena nunca se pide nada, aunque te lo ofrezcan.
Así, le digo que de l'eau minérale, bitte, en un intento nervioso y torpísimo de responderle en su misma mezcla lingüística conservando al mismo tiempo la politesse de no rechazar su ofrecimiento.
Y así, me indica que me siente en(o me pierda-dentro-de, más bien) un sofá que hay en una sala que se vislumbra en la lejanía, a la izquierda del magnífico vestíbulo coronado de una lámpara de la que podrían colgarse setenta y ocho gorilas de espalda plateada sin que el susodicho artilugio se inmutara, siquiera, y me dice que Míster no sé quién estará conmigo en unos minutos.
Y yo mordiéndome el labio inferior, "¡quién, quién! ¿Cómo me he podido perder el nombre? ¿Cómo? ¿Qué tipo de intérprete soy?"
Y me siento/pierdo en aquel armatoste tremebundo, incierto y mullido, y ensayo cuatro mil posiciones para que cuando llegue "el Míster" no vea a la patosa folclórica que en realidad llevo dentro, sino lo más sotisticado de mi ser. Porque si hay algo que sé sobre este oficio, es que se aplican las mismas reglas que en la guardería:
1. Los paletos no sobreviven.
2. Aprende a saber sentarte hasta en la superficie más inverosímil. Lo necesitarás.
Ahí estaba yo, con el culo más bajo que los pies, rezando Avemarías carentes del tercer verso, que nunca recuerdo, y diciéndome a mí misma que esto, total, sólo eran bienes materiales, que a todos y todas nos llega la muerte, y qué sé yo cuántas carajadas más, cuando de repente, oigo una voz en la distancia. Una voz que conozco más que de sobras. Una voz que derrocha confianza, familiaridad, simplicidad en las formas, los tonos, el timbre, la entonación, las cadencias y hasta los estornudos.
"Es él", intento decirme, sin poder procesarlo.
Y al levantar la vista está ahí, delante de mis rodillas inmovilizadas.
Es George Clooney en bambas. Es George Clooney en tejanos. Es George Clooney en persona.
Entonces intento levantarme mientras decido si tirármele al cuello no se considerará falta de profesionalidad dadas las circunstancias, o si tendré que pasar el resto de mi vida sin lavarme la mano que le tendí.
Pero algo frustró mi buena -y muy desesperada, entiéndanme- intención de readquirir mi postura vertical y con ella, mi dignidad: me empezó a sonar el teléfono.
Por algún motivo estúpido, no podía moverme, tenía que buscar el teléfono y apagarlo, o chillarle al auricular que una no se queda a solas en una sala (grande o pequeña, grande NI pequeña) con George Clooney todos los días. Y el teléfono, que ni dejaba de sonar ni aparecía por ninguna parte. Y yo allí, como un pasmarote, con George Clooney mirándome atónito y rebuscando en el bolso (yo, no George Clooney, faltaría más) entre mil setecientos millones de corotos, el puñetero teléfono.
Y claro, me he despertado.
Vamos que, como pille al degenerado/a la degenerada a quien se le ha ocurrido la cochinísima mala idea de llamarme por teléfono esta mañana, la carnicería de Darfur va a ser el festival del Happy Meal vegetariano, al lado de lo que le voy a hacer.
Comentario:
acabo de veure el link "estudia para los exámenes, sacarina" i m'ha fet gràcia. that's all. sobre el text. ahm. està bé. i tal.





