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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
introducciones
Aquí es donde se supone que lo más sensato es empezar como Rubianes: soy galaico-catalana. Gallega de nacimiento y de primeras palabras –que para concretar, fueron tacos, a causa de una peculiar tradición lingüística familiar. De obra también soy gallega; me voy dando cuenta a medida que me hago mayor: es como si tuviera un chip genético que me fuerza inconscientemente a ejercer de galega na emigración... pero en realidad, soy más de Barcelona que de mí misma. Más de Barcelona que de mis propias raíces. Más de Barcelona que la Pedrera. Qué puedo decir, Barcelona me pierde, me pierdo por Barcelona. (Lo último, en todos los sentidos. Algún día escribiré un libro que se titule “El insoportable no-sentido de la orientación”, cuyo capítulo primero tratará sobre mí y sobre las salidas de metro de Passeig de Gràcia. Norte, Diagonal; sur, Plaça Catalunya. Pueblerina, pueblerina, pueblerina. So cacho pueblerina.).
Bueno, en fin, que soy galaico-catalana. Soy un bocadillo de polbo á feira (pulpo, para quien malpiense) en pan con tomate. Barcelona está llena de bocadillos como yo, y también de bocadillos aún más variados y tapas de todos los sabores. Los hay de esqueixada al curry, de sopa de galets al chimichurri y de chile con ketchup. De todo, vamos.

Cuando tenía seis años era mucho más lista que ahora, porque sabía mucho menos pero lo aprovechaba mucho mejor. Además todo estaba más claro, porque no me gustaban los tíos más allá de la media hora del recreo, cuando jugábamos a la serie V y yo siempre era la jefa lagarto... (ahora me vuelve a venir el síndrome Manolito Gafotas, fíjense ustedes) pero ya en aquel entonces, para ser justa con la realidad, le añadía toques de culebrón sudamericano al juego, provocando una boda relámpago o muertes inesperadas seguidas de disgregación familiar de lunes a viernes con el niño que hacía de Donovan, que ahora es un cerebrito informático, pero que en aquella época era el hombre de mi vida.
Bien, da igual. Lo cierto es que tenía las cosas mucho más claras: odiaba ballet, profesora de ballet, niñas de ballet, edificio de clases de ballet, barrio de edificio de clases de ballet y vestuario de ballet incluidos. Mi único aliado los martes por la tarde (que era el momento crítico de la semana) era un árbol de la calle que había delante de la puerta de aquel sitio infernal, árbol al que me agarraba con todas mis fuerzas cada martes para no entrar. Por desgracia mi madre tenía más fuerza. Aún ahora estoy convencida que el árbol nos veía asomar por la esquina y se ponía a temblar: “ya vienen el par de locas esas a jugar a arrancar cebollas otra vez”. El árbol, todos los miércoles con agujetas, fijo.
Me chiflaban los Beatles y Simon & Garfunkel –me alegra acordarme de eso, es una de las pocas cosas que no han cambiado- y sobre todo, me chiflaba leer. Y escribir. Escribía con letra de zurda a quien su madre ha optado por obligarle a escribir con la derecha. Para quien aún no se lo haya figurado, mi madre es un personaje que va a salir bastante en este cuento. Y mi caligrafía tampoco ha cambiado, pero muy a mi pesar, porque sigo teniendo la misma letra torpe e inmadura de los cinco años.
No sé por qué explico todo esto. No sé si tiene mucho que ver, al menos no directamente, con el cuento en que se ha ido convirtiendo mi vida con el tiempo... aunque quizá sí que sea el principio de los tiempos del cuento, porque me pertenece. Al principio, primero, siempre voy yo. Ya no es una cuestión de egocentrismo, siquiera. Es como cuando en los aviones te dicen que primero te pongas tu máscara de aire, antes de intentar ayudar a nadie más, ni a niños o niñas siquiera. Y qué razón tienen. ¿Cómo vas a ayudar a nadie si te ahogas?
Tengo que agradecerle a mi madre precisamente, que fue mi profesora de primero de E.G.B., lo de acordarme de estas cosas. Los seis años marcaron mi vida, al acabar de aprender a leer y a escribir, que ahora son como aspirar y expirar. Los seis años marcaron mi vida también en otros aspectos. A los seis, y después de dos años de conflictos bélicos semanales a causa del dichoso ballet, mi madre se dio por vencida y me desapuntó. “Señoga, su hija nunca va a podeg levantag una piegna sin hasegle danio a nadie ni gompeg alguna cosa. Y aunque llegaga a haseglo, su cuegpo pagesegía el de un caballo. Es demasiado... gggande, paga seg una buena ballegina”. My charming ballet teacher. Se la sudaba que yo la estuviera oyendo desde el vestuario. Se la sudaba tres veces más aún, que yo en aquel momento me estuviera preguntando por qué me llamaba “grande” cuando en realidad quería decir torpe. O gorda. O las dos cosas. Aún recuerdo el olor de aquel sitio. Incluso el recuerdo de aquel olor me pone peor que el de los hospitales. Pues eso, mi madre me desapuntó de ballet, y lo anunció solemnemente un mediodía: “He decidido que no volverás a ballet”.
Juro que en aquel momento me empezó a hervir la sangre y tuve que controlar un arrebato desenfrenado que me dio, de ganas de pegarle un abrazo... arrebato que se disipó en menos de un segundo, justo cuando ella acabó la frase: “...y te he matriculado en el conservatorio de música, para que aprendas solfeo”.
También me gustaba viajar. Me encantaban los viajes largos, meterme en el coche con mis padres y rodar toda la noche. Viene a cuento, porque de no ser por eso creo que no me habrían pasado ni la mitad de cosas que me han pasado. ¿Culpa de mis padres? ¿Gracias a mis padres? No sé qué decir. Yo, sin duda, les daría las gracias, si supiera que fueron ellos los que marcaron mi instinto viajero-internacional. ( Escapista-cobarde, según ellos. Cuestión de desavenencia terminológica, supongo.) Pero no sé hasta qué punto no debería ya empezar a atribuirme a mí misma las culpas o los méritos de las cosas que me pasan. Quieras que no, son veintipico años.
Así que además de pan con tomate y pulpo a la gallega, en mi bocadillo también hay mucha música, escritura, lectura y viajes. Y efectos secundarios, como el tabaco, la curiosidad extrema por conocer cosas relativas a otras culturas, a otras maneras de ordenar las frases o de construir refranes, y las horas de todas las noches perdidas de sueño pero aprovechadas en uso y disfrute de innumerables CDs... Todo mezclado, sin prelación de fuentes, todo a borbotones, revuelto y revolucionado, ha continuado siendo el esqueleto de lo que a mí me gusta llamar, con un optimismo exagerado, mi vida. Si fuera más prudente le llamaría mis días, o mis años. Pero es que si fuera más prudente me habría empollado el papel de princesa, no el de bruja-ogro, claro, y el cuento ya no vendría a ídem.

No