Parfait Déglamour.
(Belle and Sebastian. The loneliness of the middle distance runner).
En aquel preciso instante el alarido telefónico me pilló tan desprevenida que mi reacción primera fue ir a abrir el microondas. Es por esa terriblemente desafortunada confluencia de factores insólitos(i.e., resaca, despiste general crónico, y hábitat natural de índice grotesco de contaminación acústica).
O igual porque simplemente, tenía la mente en blanco. Debería de habémelo pensado dos veces antes de contestar, porque, por la hora que era, sólo podía ser quien efectivamente resultó ser.
-Diga.
-¿Tú ya comes pescado fresco de vez en cuando, o vas a base de latas de atún y hamburguesas?
-Eh...¿eh? ¿Mamá? -digo yo, incorporándome de golpe en el sofá, pausando una película que estaba viendo por tercera vez consecutiva y apagando el cigarro, todo de golpe, en un gesto que habría dejado a la mismísima Velocidad de la Luz patidifusa y avergonzada.
-Que digo que si vas comprando pescado fresco de vez en cuando, porque con tanta lata de atún, en menos de una semana te ingresarán con escorbuto. -Pero por el amor de la Santa Compaña, ¿esta mujer en qué siglo nació? De verdad, ¿escorbuto en la era de la Playstation?...
Lo primero que sale de mi instinto primario en ese momento de sofá crónico, pijama, pelos retorcidos, ojeras gris oscuro, dolor de muela y un calcetín que se me ha debido de fugar del pie en una cabezadita es gritar ¡Pasapalabra! y colgar. Lástima que pa-sa-pa-la-bra tiene demasiadas sílabas para las pocas neuronas que se me han presentado hoy a trabajar. Estoy en servicios mínimos.
-Ah, sí, sí.... Pescado fresco, un día sí y otro no (arderé en el Infierno el día del Juicio Final, junto a Judas en persona, el gremio legal al completo y mi señora abuela, que miente siempre que le preguntan la edad), ¿Qué tal la semana santa? -medio farfullo yo, pensando en cómo montármelo para lograr la suficiente rapidez dialéctica para poder colgar.
-Pues podrás cambiar de tema y lo que quieras, pero nosotros nos hemos pasado la Semana Santa comiendo pescado -Ja. Donde dice "vigilia devota", dice "mariscada pantagruélica". Y ya sé lo que sigue. Lo que sigue es una lista exhaustiva de todo lo que ha ingerido durante los susodichos días, hasta el último chicle que se haya tragado por accidente. Recuento desmenuzado, dicho sea de paso, para el que no tengo estómago hallándome, como me hallo, en estado de cuarentena gástrica a causa de mi último flirteo con un tal Capitán Morgan y un brebaje tan delicioso como encefaloletal cuyo nombre francés sólo fui capaz de pronunciar antes del primer sorbo.
En medio de mi débacle linguistique tratando de recordar si era Amour Parfait, Parfait Amour o Coup de foudre -coup au foie, más bien- y con su recuento de percebes, nécoras, vieiras, navajas, bueyes y demás de fondo, al más puro estilo de los de San Ildefonso cantando el Gordo, logro darle caza en un silencio de semifusa, antes de que empiece con los postres, y emito un gruñido que ya entiende, y que en nuestro código de pragmática telefónica equivale a la archiconocida frase de Clark Gable, a saber: "Francamente, querida, eso... me trae sin cuidado".
-¿Y tú que has hecho? ¿Te lo has pasado bien? -dice cambiando de tercio, aunque en realidad yo sé y ella sabe que yo sé que en realidad ella no quiere saberlo y que ella sabe que yo no quiero que lo sepa.
-Sí, sí, me lo he pasado muy bien -miento yo. Mejor que Jesucristo, al menos.
En realidad, llegada a ese preciso momento de compás final de los diez días de intermedio menos coherentes de mi vida, no puedo hacer balance positivo del asunto. Logro contestar con bisílabos al resto de sus maternales intentos de hacerme cambiar de hábitos alimenticios y evitar hábilmente cualquier tipo de comentario o palabra que pudiera inducirla a desarrollar con más lujo de detalles sus teorías acerca de escorbutos, fiebres amarillas, negras, tifoideas y/o cualquier otro tipo de enfermedad o patología erradicada desde el Paleolítico superior, y finalmente nos despedimos.
Fin y cierre de una semana, santa o no, que se me ha hecho tan larga e inútil como esas tres horas para comer que te dan cuando trabajas en una oficina, que suponen quedarte luego hasta las ocho, cuando perfectamente te podrías comer lo que sea en un cuarto de hora y largarte antes a casa. Y aunque lo establecido es lo establecido, y que hablo desde el rincón más egoísta y egocéntrico de mi egoísmo egocentrista, a mí, ahora mismo, sí me viene de diez días.
Comentario:
Dile a tu madre que el atún esta mu bueno :-).... claro que una mariscada también :-D
Yo como en una hora y salgo casi a las 8 de la oficina de tos modos :-)
Saludos
Yo como en una hora y salgo casi a las 8 de la oficina de tos modos :-)
Saludos





