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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
Ssssssst...

(De nuevo, y tan elegante como inevitablemente, el insuperable Ol' Blue Eyes. Moon river).

He estado sentada un rato en el sofá, con las patas estiradas, los ojos en ninguna parte y la cabeza cerrada.
De repente he conseguido un silencio que me llegaba hasta el paladar, un silencio sobre el que la música me mecía en altos y bajos y he vuelto a tener trece años.
Siempre he dicho que no quiero volver a ser adolescente nunca más en la vida, porque eso supondría que alguna vez dejé de serlo... pero la realidad se impone, y me facilita, con los ojos en ninguna parte y la cabeza cerrada, soñar por un momento que vuelvo a ser una niña.
Que aún soy capaz de soñar con el príncipe azul sin haberme llevado ninguna patada que le ponga cláusulas restrictivas al caballero de las mallas de oro del momento. Que aún me escapo por la puerta de atrás cuando nadie se da cuenta, como hice durante un Agosto entero en Galicia, y que camino y camino hasta el prado en que me esperaba mi primer gran amor con sus grandes ojos azules de suevo impermeable e inmejorable.
... Que aún conservo esa ilusión naïve de dejarme llevar por el tinglado de Hollywood en que las frases salen perfectas, los besos siempre ocurren en un toldo bajo la lluvia, y las comisuras de las sonrisas no llevan restos de lágrimas pasadas. Que aún puedo soñar que soy Lauretta y le ruego a mi padre que me deje casarme con mi amado o me tiro al río. Que me como un cruasán y por una vez no es de la panadería de abajo, que estoy delante del escaparate de Tiffany's en Nueva York, con gafas de sol y después de una noche entera sin dormir. Que soy Dafne deseando desconvertirme de laurel y volver a correr por el monte, y dejar atrás, muy atrás, a todos los Apolos de mi historia.
Los dedos se me arquean instintivamente, estirándose y contrayéndose mientras las yemas les cuentan una historia de amor simple a las arrugas de la tela que cubre el sofá. Con los ojos cerrados, aún puedo creerme la ignorancia del que creía amor puro, el de los primeros temblores de piernas, el de la seguridad que trae consigo la inocencia. Con las piernas estiradas, blancas, negras y corcheas haciéndome cosquillas detrás de las orejas, la nuca inconsciente sobre un cojín y los codos casi ardiendo, he vuelto a ser pequeña durante un instante...
Un instante que podría haber sido un rato, o quizá un rato largo, o un Sueño de una Noche de Primavera... si no fuera porque el muy recontramaldito, cochino y apestoso perro de la vecina de arriba se ha puesto a ladrar como si acabara de ver al mismísimo Godzilla saliendo del agua del puerto.
Si yo lo intento, en serio. Yo también tengo mi corazoncito, pero en cuanto me relajo y bajo la guardia recibo señales que, divinas o no, me hacen pensar que ya iba bien siendo rancia como soy.
No