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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
Cocina Gallega.

(Bono & Frank Sinatra. I've got you under my skin).

I've got you under my skin
I've tried so not to give in...



-Deja de llorar. Ni que me fuera al otro confín del mundo.
Ella levanta la cara y me mira confusa. Es la primera vez que veo confusión de verdad en su cara.
Hace tiempo que ya ni me replica, cuando le digo que deje de llorar. Antes contestaba invariablemente uno de esos obligados "si no lloro".
Porque no llora. No de una manera obvia, ni inteligible. Llora de una manera que a veces creo que sólo veo yo.
A veces la oigo llorar rodeada de treinta profesores y profesoras que seguro que piensan que está sonriendo. La oigo desde aquí.
Cuando estuve en Londres, la vi llorar muchas veces. No me pregunten cómo. Sabía que estaba llorando. Cogía el teléfono, la llamaba.
-¿Estás llorando?
-Estoy resfriada.
Qué mal miente, por Dios. Es una de las peores mentirosas que he conocido en la vida. Y eso que es mujer, y que tiene cincuenta y algo. Pero conserva una enorme bolsa de transparencia emocional, en algunos aspectos, que adoro.
Mi madre nunca llora, a no ser que sepas verla llorar.
Claro que... si nos fiamos sólo de lo que se ve, tendríamos que considerar que somos enemigas, también. Nada más lejos de la realidad de fondo.
Hace tiempo que no me replica, tampoco, cuando le digo que sé exactamente lo que piensa y lo que siente.
Porque ha entendido que no es porque me crea omnisciente, sino porque soy lo más parecido a ella que un ser podrá nunca ser a otro ser. Por cultura o por natura; hace tiempo que tampoco replicamos al destino que nos toca: ni ella, ni yo.
¿Estaremos madurando?

-Necesito que me redactes unos informes -me dice, en uno de sus giros de ciento ochenta grados de perfección sin mácula.
Dios, cómo los voy a echar de menos. Ella y sus informes. No puedo ni apartar los ojos de sus palabras. Sabe que no cuela, y sabe que sé que sabe que no cuela. Sé que le da igual si cuela o no, porque no piensa ablandarse.
Porque mi madre nunca se ablanda, a no ser que sepas verla ablandarse. Si miras bien, si esperas años y años, puedes llegar a ver cómo se convierte en una burbuja de aire, en cojín, en piel de bebé, en algodón de azúcar.
Como el loco aquél en Mallrats, una película entera delante de un poster de 3D y no consigue ver el barco que había, hasta el final.
Y en ese momento me doy cuenta. Está empezando.
Está empezando lo segundo que dijo mi abuela.
Mi abuela se dedicó, en sus últimos años de vida, a hacerme una lista de cosas que me pasarían después de que ella muriera.
Yo, burlándome de sus creencias y de su fe sin cuestión, las llamaba "profecías". Ella me decía, con esa sonrisa franca de quien ya ha ido y viene de vuelta, que me riera, que tenía todo el derecho, en aquél momento de mi vida, a reírme, y que me acordaría cuando se hubiera ido.
La primera "profecía" se cumplió al cabo de muy poco de morir ella, y mi hermano, un extraño de toda la vida, se convirtió en mi mejor amigo. Y yo en su máxima adoradora.
La segunda venía a ser la ratificación de otra generación de mujeres gallegas en nuestra familia: que bajaríamos del burro cuando nos diéramos cuenta de la distancia que nos iba a separar. Como les pasó a ellas, antes de que yo naciera. Pero ¿cómo sabía ella que nos iba a separar una distancia? ¿Tan cantado estaba? ¿Resultaba tan obvio que al cabo de mil años conocería a un australiano?

Hace tiempo que no le replico -a mi madre-, porque sé que entiende muchísimas más cosas de las que admite entender y que por lo tanto sobran las réplicas. No lo sé por omnisciencia.
Lo sé porque ella soy más yo que ella, y ella es más yo que yo. Las dos lo sabemos, porque las diferencias que nos han hecho tan sumamente antagónicas son, precisamente, las cosas en las que somos más idénticas.
A veces es imposible poner tanta contradicción en orden. Hacer una lista o sistematizar nuestros choques frontales y nuestras identidades en un mismo esquema.
Pero está empezando. Lo noto por cómo me habla. Nunca me ha hablado así antes. Como si fuera adulta. Más allá de la testarudez, las diferencias, los desacuerdos. Como si fuera una mujer que ha elegido su destino.
Vaya, claro, para mí es obvio que soy una mujer que ha elegido su destino. De hecho, resulta de una obviedad general. Mucha gente incluso lo consideraría un hecho, así, a primera vista.
Para mi madre, hasta hace poco, esa obviedad era una película de Buñuel. Y a mi madre no le gustan los surrealismos ni las visiones oníricas. Le gustan las cosas claras e impolutas, directas y sin tonterías.
Esta noche me siento extraña. Algo ha cambiado. Esta noche estoy más orgullosa de ella que nunca. Es como si se hubiera destapado algo de golpe, algo que llevaba latiendo debajo de una tapa durante mucho tiempo, y acumulando presión.
¿Lo habrá notado ella también?
Sé que nunca lo sabré. Hay cosas para las que no existe un "nunca digas". Sé que no lo sabré nunca.
De alguna manera, esta noche ha sido mi madre más que en mis veintiocho años. Quizá porque la empiezo a ver con otros ojos. Quizá porque estoy dejando de verla como la mujer a la que pertenecía y he empezado a verla como la mujer en la que me convertiré.
Y no pienso que sea mala suerte, que empecemos a ver a la mujer que hay detrás de la hija o la madre precisamente ahora que me voy... porque sé, con la misma certeza y ceguedad con que la quiero, que todo está empezando porque me voy.
Que la escucharé más que nunca desde el momento en que no la oiga, y que ella pensará en mí más que en respirar.
Al escribir todo esto, pienso que si me lo contara otra persona lo calificaría de enfermizo. Como se trata de mí, me declaro enferma directamente y me ahorro las sutilezas. No enferma por estar tan sumamente unida a ella que ninguna de las dos se entera del percal, no: Enferma por no querer prescindir del percal.
Siempre he dicho, y sostengo, que hay percales necesarios porque, como decía mi abuela, para fregar a fondo la cocina, primero hay que ponerlo todo patas arriba. Y cuando una mujer gallega utiliza como ejemplo una cocina, es que la cosa va a misa. Eso no lo duden, porque la cocina es el alfa y el omega de la existencia gallega.

Y sé que sólo se equivocan en un 99,9% de veces... pero me guardo el cero coma uno, que me pertenece y que rompe con una de las máximas maternales, esa que nos repiten tan a menudo, que no nos daremos cuenta de nada hasta que no tengamos nuestra propia hija.
En eso se equivocó mi madre.
Sí me he dado cuenta.
Creo que por eso me siento extraña. Porque después de años de peleas e historias bastante tristes por fín podremos demostrarnos cuánto nos queremos, aunque tenga que ser desde los dos lados más opuestos y alejados el uno del otro del planeta.
Por mi madre me voy a donde haga falta. Como muestra, un billete.
 
Comentario:
No se me ocurre nada mas que...qué hermoso

Musus
 
Comentario:
quizá ya t eche de menos :)
 
Comentario:
En eso que escucharas mas a tu madre aunque no la oigas,... tienes toda la razón...

Se me ha puesto hasta un nudo en la garganta... quizás, pq me he parado a pensar en que si me tuviera que ir al otro lado del mundo, seguramente me la llevaría a ella también... no es tu caso...
Pero no creo que pudiera alejarme tanto de mi mayor confidente (si ni siquiera puedo pasar un día sin hablar con ella)... realmente es algo mu valiente lo que va a hacer...

Que tengas toda la suerte del mundo...
No