No, Donkey... we're not there yet.
(Daniel Powter. Bad day).
La canción de hoy se la dedico a Tintin, por eso de que los dos son canadienses, y porque me rescató (Tintin, no Daniel Powter) de un día terrible y se lo agradezco.
Merci beaucoup, si t'es en train de lire ça!
(Ouais, encore, encore, encore).
El estado actual de la situación es francamente triste de relatar, para qué engañarnos. Primero, porque, al igual que mi nuevo portátil, si me dejan en stand by durante demasiado tiempo, me congelo, y este stand by de eternidad caprichosa lleva durando demasiado (lo que me recuerda que tengo que llamar a la embajada e intentar parecer madura y no llorar, ni montar la de San Dios).
Además, hablando de portátiles, estoy acostumbrando a mis dedos a tactos nuevos -y mi corazón a sustos de órdago, de paso.
Ayer le escribí un über-post a Hans Magnus, en que incluía un cuentecillo jocoso acerca de la institución universitaria. Era una historia a lo Gaudeamus Igitur con algo de sorna que, después de releer, envié con gran satisfacción porque sabía que le gustaría.
Al aparecérseme la pantalla de mensaje enviado, cuál no sería mi sorpresa -y horror mayúsculo- al darme cuenta de que por algún desliz atroz de mis dedos de a metro y medio de largo la unidad, el mensaje no se había enviado únicamente a su destinatario seleccionado, sino también, y de modo tremendamente misterioso, a un profesor mío de la facultad.
Ah, horror. Profesor que, evidente y obviamente, entiende la lengua inglesa a la perfección, claro.
Daría lo que fuera por ver la cara del susodicho profesor al recibir ese mail. Soy así de masoquista.
Aprovecho para pedir disculpas por todas las faltas tipográficas que puedan encontrar a partir de ahora, pero les prometo que me iré acostumbrando.
Entiendan, eso sí, la causa de mi perpétua negativa a comprarme un teclado eléctrico como sustituto al piano.
La digitación me estropearía el encanto y el placer hedonista de la percusión de las yemas de los dedos al batir contra la madera lacada.
Y diría Be onde ponía F. La madera lacada... qué ansia, qué necesidad. A medida que voy tachando cosas de la lista, cada vez me acerco más a las octavas del Grotrian.
Luego tendré que pensar si, dadas las ciscunstancias geográficas -y mi nivel adquisitivo, of course- no tendré que conformarme con algún piano japonés o chino.
No, claro, no suenan igual. Es imposible que suenen igual. Pero beggers can't be choosers, y la idea de encargar un piano desde Australia a alguna nación de tradición instrumental de la Europa del Este se me antoja cara.
En fin... sea como fuere, aún no he llegado a ese punto, y mucho me temo que el decir "me acerco" es sólo una manera optimista de verlo.
¿Cosas por hacer? Ducharme, que lo necesito. Llorar menos y dormir más. Si me tengo que acostar con el sol, al menos que sea después de una noche de fiesta, no de llantos, recuerdos y añoranzas adelantadas.
Dejar de abandonarme a mil derivas absurdas.
Soñar en voz baja, de vez en cuando, y no a gritos, como de costumbre.
Despedirme hasta la próxima.





