La Antimedianaranja.
Aahh l'amour, l'amour... 
Aprovechando que sigo bajo los efectos de un montón de drogas legales con receta, seguiré escribiendo hoy sobre lo que no es B, sino no-A, o anti-A.
(Esto seguro que acabará en anti-audiencia, pero no puedo evitar no olvidarme de que empecé este blog de manera completamente egocéntrica. Este es mi mundo, et in dubio, yo soy su ombligo).
Para toda aquella gente que no haya gozado de la suerte de toparse, en su vida, con Barbara, les pondré en antecedentes: Barbara, cantante francesa de tiempo atemporal, sólo comparable a la Piaff, en mi humilde corazoncito musical. Desde que escuché "Göttingen", donde decía que las criaturas eran iguales en todo el mundo y ponía como ejemplo a las de Göttingen, Alemania, comparándolas con las francesas, que aquí una que escribe se cree todas sus letras.
Hay una canción en particular que he añadido a la banda sonora original de mi vida.
"Ma plus belle histoire d'amour".
Cuenta la historia de alguien precoz en esto de las andanzas amorosas, que un buen día baja del tren y descubre que hay otro que ha bajado de su tren particular al mismo tiempo y está allí, en la estación.
Cuenta que hizo un montón de borrones y cuentas nuevas antes de llegar a aquel preciso instante de decidir bajarse de todos los trenes, y que descubrió así su más bella historia de amor.
(Bueno esa es más o menos la historia, pero les invito a que la obtengan por cualquier medio que juzguen oportuno y que la lean mejor, despacio, que merece la pena).
En resumidas cuentas, no canta sólo acerca de lo inexplicable del sentimiento amoroso, sino también acerca de lo más práctico y básico. No basta con la persona adecuada. O, dicho de otro modo, entre las cualidades que definen a la persona adecuada como "adecuada", se encuentra la buena cronometración. Es decir, que esa persona se encuentre en la misma estación de su vida, en el mismo momento de su vida que nosotros de la nuestra.
De pequeña, una tía mía me decía que ya vería yo cuando me encontrara con mi "media naranja", a lo que evidentemente, yo salté con que qué era eso de la media naranja. Ella me dijo que tu media naranja era EL hombre de TU vida, que había una media naranja para cada media naranja, en el mundo, y que se trataba de encontrarla. Viene a cuento dejar por escrito que si algún día tengo descencencia y mi tía les va con esa historia o cualquier historia remotamente similar, la asesino fría y despiadadamente aunque me cueste la cárcel, la herencia y el odio de la familia entera. (Aldara dixit).
Yo era pequeña, como ya he dicho, y eran principios de los ochenta, una época en que España estaba tan ocupada creyéndose progre, que nadie tenía tiempo para cuestionarse ninguno de los cánones más "escondidos", estipulados por el franquismo o la Iglesia
A mí me quedó marcado lo que me dijo, porque durante muchos años, hasta mi primer desamor, tuve un dilema existencial tremendo: ¿Y si mi "media naranja" resultaba ser un chino? Aquel planteamiento me daba, de buenas a primeras, dos dolores de cabeza. Uno: si era chino, existía un porcentaje pornográficamente alto de que el susodicho estuviera en China, porcentaje directamente proporcional al de las posibilidades de que el susodicho y yo llegáramos a conocernos nunca, dada la distancia geográfica salvaje que separaba China de Ourense. Dos: si era chino, existía otro porcentaje alarmante de que el susodicho fuera diez palmos más bajito que yo, dato contra el cual ni mi imaginación ni mi buena voluntad podían luchar. Yo quería un tío alto. Eso lo tuve claro desde que salí del vientre de mi señora madre.
Así fue como desde aproximadamente mis seis años, hasta bien entrada la pubertad, cuando todas las niñas de mi quinta respondían "bailarina/actriz/cantante/diseñadora de moda/peluquera" cuando les preguntaban qué querían ser de mayores, yo respondía invariablemente "monja misionera".
Monja, para evitar pasarme el resto de mi vida llorando por un chino que en el mejor de los casos nunca iba a aparecer y, a quien en el peor (de los casos) pisaría antes de poder ver. Misionera porque siempre, desde que tengo uso de razón, he sentido una obsesión desbordada e incontrolada por viajar, lo cual no está reñido con la castidad.
Gracias a la vida, a las horas, los días, los años, un sinfín de litros de lágrimas perdidas en otro sinfín de disgustos, y muchas reflexiones más, me he ido dando cuenta de que afortunadamente, mi tía se equivocaba (en eso también ayudó bastante la observación de cerca de mi tío, la supuesta "media naranja" de mi tía que, vale decirlo, no es precisamente George Clooney).
Así, progresivamente, he ido haciendo balanza de hechos y características.
No "encontramos" al amor, ni el amor nos "encuentra". No es un encontrar extático, no es Vivien Leigh perdida entre la niebla buscando a Clark Gable. Es un construir progresivo y voluntario entre dos personas no demasiado incompatibles.
Claro que tiene que haber atracción primera, y claro que hay parámetros, porque si no ahora estaría yo remendándole los calcetines a mi amante de los quince años, que en aquel momento era un príncipe azul y ahora, un guardia civil. Pero hay un abismo de diferencia entre el enamoramiento y el amor y eso, ESO, no es una teoría mía producto del efecto de los analgésicos, no. Eso es un hecho tan claro como que la mayonesa no engorda, sino que engordas tú al comértela.
Me he enamorado un millón de veces de un millón de príncipes azules que no se encontraban en el mismo momento de sus vidas que yo de la mía. De la misma manera, un millón de hombres se han enamorado de mí a destiempo, como quien se baja del telesilla a mitad de pista, y todo queda en nada. No pasa del enamoramiento, porque el sentimiento no tiene ni una miserable maceta del todo a cien donde crecer y desarrollarse y lo que es más, dejar que esas dos personas crezcan y se desarrollen como entes individuales completos.
Pueden contar que, tras lo que yo llamo "la triatlón más grande de collejas, puñaladas traperas y patadas sentimentales jamás organizada", la teoría de mi tía pasó directa e inexorablemente a formar parte de la carpeta de mi cerebro donde tenía almacenados también los siguientes archivos:
-las listas de boda del Corte Inglés
- las películas de Conchita Velasco y Alfredo Landa
- las paredes empapeladas
- los tapetes de ganchillo para decorar televisores
-los armarios con puertas corredizas de espejo
- las cortinas de flores
- los flecos de las alfombras
- Bertín Osborne
- Los vermouths que llenaban el hueco que comprende el tiempo de las mañanas de los domingos después de misa y antes de la comida familiar en la que nadie te habla pero todos te exigen que estés en la mesa.
A los quince años, después de todas las vueltas que había llegado a darle al tema y después de que hasta en mis juegos, cuando jugábamos a "¿vale que tú eras la mamá y yo..."? Yo era la hermana policía (el papel de monja misionera me habría costado el suicidio social en primaria, compréndanme). Policía secreta que tenía que trabajar de noche y todo eso, y no me podía casar ni ser mamá. A piñón, me pasé la etapa más importante de mi desarrollo, pensando en un chino bajito.
Si piensan que exagero, plantéense, como yo he hecho ya, qué parte es coincidencia y que parte no lo es, de mis dos verdades vitales más absolutas, que son Craig, que mide casi dos metros (y cuya nacionalidad no dista en esceso de la frontera con China), y que vivo encima de un restaurante chino que, muy a mi pesar, es mi segunda casa.
Creer en medias naranjas es como creer en las ofertas de Telefónica. Seguro que hay alguna carpeta sobre ese tipo de manipulación católica que el bueno de Dan Brown, como es tan llanqui, no logró encontrar, o decidió ignorar, quizá en pro de conservar el espíritu jolibudiense de final feliz en el que vivimos sumidos y sumidas... al fin y al cabo, bien tenía el tío en mente que se hiciera una peli con su libro para cobrar más royalties, ¿no?.
Por el todo que me toca, que es mi capacidad de decidir, decido que no soy una mitad de fruta, ni una mitad de objeto, ni una mitad de nada. Soy yo completa, y tampoco quiero a nadie que sólo exista a medias. Quiero a alguien completo, quiero una naranja entera.
No necesito a nadie que me complete, porque para ir completándome ya están los años hasta que me muera completamente, los tropezones y todos los seres del reino animal, vegetal y artificial con los que mi ser interacciona. Todo va completando. Quiero a alguien que me expanda, una segunda opinión, otro par de ojos anexos, otro par de manos, otra persona.

Aprovechando que sigo bajo los efectos de un montón de drogas legales con receta, seguiré escribiendo hoy sobre lo que no es B, sino no-A, o anti-A.
(Esto seguro que acabará en anti-audiencia, pero no puedo evitar no olvidarme de que empecé este blog de manera completamente egocéntrica. Este es mi mundo, et in dubio, yo soy su ombligo).
Para toda aquella gente que no haya gozado de la suerte de toparse, en su vida, con Barbara, les pondré en antecedentes: Barbara, cantante francesa de tiempo atemporal, sólo comparable a la Piaff, en mi humilde corazoncito musical. Desde que escuché "Göttingen", donde decía que las criaturas eran iguales en todo el mundo y ponía como ejemplo a las de Göttingen, Alemania, comparándolas con las francesas, que aquí una que escribe se cree todas sus letras.
Hay una canción en particular que he añadido a la banda sonora original de mi vida.
"Ma plus belle histoire d'amour".
Cuenta la historia de alguien precoz en esto de las andanzas amorosas, que un buen día baja del tren y descubre que hay otro que ha bajado de su tren particular al mismo tiempo y está allí, en la estación.
Cuenta que hizo un montón de borrones y cuentas nuevas antes de llegar a aquel preciso instante de decidir bajarse de todos los trenes, y que descubrió así su más bella historia de amor.
(Bueno esa es más o menos la historia, pero les invito a que la obtengan por cualquier medio que juzguen oportuno y que la lean mejor, despacio, que merece la pena).
En resumidas cuentas, no canta sólo acerca de lo inexplicable del sentimiento amoroso, sino también acerca de lo más práctico y básico. No basta con la persona adecuada. O, dicho de otro modo, entre las cualidades que definen a la persona adecuada como "adecuada", se encuentra la buena cronometración. Es decir, que esa persona se encuentre en la misma estación de su vida, en el mismo momento de su vida que nosotros de la nuestra.
De pequeña, una tía mía me decía que ya vería yo cuando me encontrara con mi "media naranja", a lo que evidentemente, yo salté con que qué era eso de la media naranja. Ella me dijo que tu media naranja era EL hombre de TU vida, que había una media naranja para cada media naranja, en el mundo, y que se trataba de encontrarla. Viene a cuento dejar por escrito que si algún día tengo descencencia y mi tía les va con esa historia o cualquier historia remotamente similar, la asesino fría y despiadadamente aunque me cueste la cárcel, la herencia y el odio de la familia entera. (Aldara dixit).
Yo era pequeña, como ya he dicho, y eran principios de los ochenta, una época en que España estaba tan ocupada creyéndose progre, que nadie tenía tiempo para cuestionarse ninguno de los cánones más "escondidos", estipulados por el franquismo o la Iglesia
A mí me quedó marcado lo que me dijo, porque durante muchos años, hasta mi primer desamor, tuve un dilema existencial tremendo: ¿Y si mi "media naranja" resultaba ser un chino? Aquel planteamiento me daba, de buenas a primeras, dos dolores de cabeza. Uno: si era chino, existía un porcentaje pornográficamente alto de que el susodicho estuviera en China, porcentaje directamente proporcional al de las posibilidades de que el susodicho y yo llegáramos a conocernos nunca, dada la distancia geográfica salvaje que separaba China de Ourense. Dos: si era chino, existía otro porcentaje alarmante de que el susodicho fuera diez palmos más bajito que yo, dato contra el cual ni mi imaginación ni mi buena voluntad podían luchar. Yo quería un tío alto. Eso lo tuve claro desde que salí del vientre de mi señora madre.
Así fue como desde aproximadamente mis seis años, hasta bien entrada la pubertad, cuando todas las niñas de mi quinta respondían "bailarina/actriz/cantante/diseñadora de moda/peluquera" cuando les preguntaban qué querían ser de mayores, yo respondía invariablemente "monja misionera".
Monja, para evitar pasarme el resto de mi vida llorando por un chino que en el mejor de los casos nunca iba a aparecer y, a quien en el peor (de los casos) pisaría antes de poder ver. Misionera porque siempre, desde que tengo uso de razón, he sentido una obsesión desbordada e incontrolada por viajar, lo cual no está reñido con la castidad.
Gracias a la vida, a las horas, los días, los años, un sinfín de litros de lágrimas perdidas en otro sinfín de disgustos, y muchas reflexiones más, me he ido dando cuenta de que afortunadamente, mi tía se equivocaba (en eso también ayudó bastante la observación de cerca de mi tío, la supuesta "media naranja" de mi tía que, vale decirlo, no es precisamente George Clooney).
Así, progresivamente, he ido haciendo balanza de hechos y características.
No "encontramos" al amor, ni el amor nos "encuentra". No es un encontrar extático, no es Vivien Leigh perdida entre la niebla buscando a Clark Gable. Es un construir progresivo y voluntario entre dos personas no demasiado incompatibles.
Claro que tiene que haber atracción primera, y claro que hay parámetros, porque si no ahora estaría yo remendándole los calcetines a mi amante de los quince años, que en aquel momento era un príncipe azul y ahora, un guardia civil. Pero hay un abismo de diferencia entre el enamoramiento y el amor y eso, ESO, no es una teoría mía producto del efecto de los analgésicos, no. Eso es un hecho tan claro como que la mayonesa no engorda, sino que engordas tú al comértela.
Me he enamorado un millón de veces de un millón de príncipes azules que no se encontraban en el mismo momento de sus vidas que yo de la mía. De la misma manera, un millón de hombres se han enamorado de mí a destiempo, como quien se baja del telesilla a mitad de pista, y todo queda en nada. No pasa del enamoramiento, porque el sentimiento no tiene ni una miserable maceta del todo a cien donde crecer y desarrollarse y lo que es más, dejar que esas dos personas crezcan y se desarrollen como entes individuales completos.
Pueden contar que, tras lo que yo llamo "la triatlón más grande de collejas, puñaladas traperas y patadas sentimentales jamás organizada", la teoría de mi tía pasó directa e inexorablemente a formar parte de la carpeta de mi cerebro donde tenía almacenados también los siguientes archivos:
-las listas de boda del Corte Inglés
- las películas de Conchita Velasco y Alfredo Landa
- las paredes empapeladas
- los tapetes de ganchillo para decorar televisores
-los armarios con puertas corredizas de espejo
- las cortinas de flores
- los flecos de las alfombras
- Bertín Osborne
- Los vermouths que llenaban el hueco que comprende el tiempo de las mañanas de los domingos después de misa y antes de la comida familiar en la que nadie te habla pero todos te exigen que estés en la mesa.
A los quince años, después de todas las vueltas que había llegado a darle al tema y después de que hasta en mis juegos, cuando jugábamos a "¿vale que tú eras la mamá y yo..."? Yo era la hermana policía (el papel de monja misionera me habría costado el suicidio social en primaria, compréndanme). Policía secreta que tenía que trabajar de noche y todo eso, y no me podía casar ni ser mamá. A piñón, me pasé la etapa más importante de mi desarrollo, pensando en un chino bajito.
Si piensan que exagero, plantéense, como yo he hecho ya, qué parte es coincidencia y que parte no lo es, de mis dos verdades vitales más absolutas, que son Craig, que mide casi dos metros (y cuya nacionalidad no dista en esceso de la frontera con China), y que vivo encima de un restaurante chino que, muy a mi pesar, es mi segunda casa.
Creer en medias naranjas es como creer en las ofertas de Telefónica. Seguro que hay alguna carpeta sobre ese tipo de manipulación católica que el bueno de Dan Brown, como es tan llanqui, no logró encontrar, o decidió ignorar, quizá en pro de conservar el espíritu jolibudiense de final feliz en el que vivimos sumidos y sumidas... al fin y al cabo, bien tenía el tío en mente que se hiciera una peli con su libro para cobrar más royalties, ¿no?.
Por el todo que me toca, que es mi capacidad de decidir, decido que no soy una mitad de fruta, ni una mitad de objeto, ni una mitad de nada. Soy yo completa, y tampoco quiero a nadie que sólo exista a medias. Quiero a alguien completo, quiero una naranja entera.
No necesito a nadie que me complete, porque para ir completándome ya están los años hasta que me muera completamente, los tropezones y todos los seres del reino animal, vegetal y artificial con los que mi ser interacciona. Todo va completando. Quiero a alguien que me expanda, una segunda opinión, otro par de ojos anexos, otro par de manos, otra persona.
Comentario:
No dejais de sorprenderme. Y ello me gusta y me asusta a partes iguales.
Estaba preparando una larga y profunda reflexión sobre el amor, cuando vd. se me ha adelantado de forma brillante. ¿Coincidencia? Pues ahí va otra más: me hallo en el punto 6 de su lista de causas de mi desaparición. Habéis acertado de nuevo. ¿Otra? Vd. habla de su chino imaginario... ¿adivináis la nacionalidad de mi enamorada? Con la de mujeres que hay en el planeta, tuve que caer rendido a la dama de Shangai (¡es que encima es de allí mismo)Pero como viene siendo habitual, no soy correspondido.
Desde luego, ella desconoce mi linaje y bien que hago; lo cual me demuestra que mi personalidad no seduce ni a las nútrias. C'est la vie. Unas veces quieres tú, otras te quieren a ti. Lo dificil es coincidir, y nadie como vd. para describirlo: Hay que estar en la misma estación. Gracias.
Rumpelstinke
Estaba preparando una larga y profunda reflexión sobre el amor, cuando vd. se me ha adelantado de forma brillante. ¿Coincidencia? Pues ahí va otra más: me hallo en el punto 6 de su lista de causas de mi desaparición. Habéis acertado de nuevo. ¿Otra? Vd. habla de su chino imaginario... ¿adivináis la nacionalidad de mi enamorada? Con la de mujeres que hay en el planeta, tuve que caer rendido a la dama de Shangai (¡es que encima es de allí mismo)Pero como viene siendo habitual, no soy correspondido.
Desde luego, ella desconoce mi linaje y bien que hago; lo cual me demuestra que mi personalidad no seduce ni a las nútrias. C'est la vie. Unas veces quieres tú, otras te quieren a ti. Lo dificil es coincidir, y nadie como vd. para describirlo: Hay que estar en la misma estación. Gracias.
Rumpelstinke





