Como dos extraños (Milonga-tango, o viceversa. Según se mire)
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"Me acobardó la soledad
y el miedo enorme de morir lejos de ti...
¡Qué ganas tuve de llorar
sintiendo junto a mí
la burla de la realidad!"
Me quedo tan paralizada que no soy ni capaz de plantearme qué cochina coincidencia delegada del destino ha manipulado la historia para sentarme en esta consulta y verte ahí, en bata blanca, con un fonendoscopio y la sangre probablemente como la mía: helada.
Soy incapaz de pensar en nada ni de reaccionar ante ti, porque de repente me veo otra vez sentada en las escaleras del patio de abajo del colegio, en la mañana de un miércoles de mi vida que duró una semana entera.
Llorando, con un bocadillo en una mano (el del almuerzo) y toda mi rabia comprimida en la otra (la de tu hipocresía).
En aquél momento, la angustia de sentirme rechazada era mucho más fuerte que yo, que mi autoestima en proceso de cocción, que un examen final sin preparar, que cualquier otro razonamiento lógico que hubiera podido encontrar si no fuera porque el dramatismo y la magnitud de la tragedia me cegaban.
Yo te quería. No sabía amar porque apenas tenía quince o dieciséis años, pero sabía querer con todos los momentos, los sueños y los acordes tocados pensando en ti de los que era capaz.
Y te odiaba. Porque ya sabía odiar, por aquel entonces, con el ansia con que se odia a alguien que logra hacer que te sientas imbécil, alguien que te grita, a base de silencios que no te mereces, que estás perdiendo el tiempo.
"Y el corazón me suplicó
que te buscara y que le diera tu querer...
Me lo pedía el corazón
y entonces te busqué
creyéndote mi salvación..."
Habíamos sido compañeros de clase un par de años, quizá tres, y en aquel curso quiso el puro azar o el infalible destino que nos sentáramos uno al lado de la otra. A mí me daba igual dónde sentarme, puesto que no había nadie del colegio en aquella época que me mereciera una especial simpatía, y no hablo de chicos únicamente. Hablo de amistades en general.
Ya habíamos coincidido antes, en conversaciones, en algún chiste, en alguna sonrisa.
Yo era el patito feo oficial, porque las notas de mis exámenes no gustaban a nadie. Ni mis conocimientos musicales. Ni mis viajes al extranjero. Ni mis opiniones no escondidas acerca de temas tabúes, como la política, la lengua o la religión.
O el borreguismo.
A nadie de mi clase le gustaba verse descubierto por una niña repelente, y me dedicaron desde el principio todas las crueldades de las que sus mentes adolescentes eran capaces.
Él era uno de esos chicos que sacan buenas notas, que juegan en el equipo de baloncesto y que aún así conservan un pie en la tierra y no dejan de lado su humildad ni su sencillez. Él era un bien escaso en aquel lugar, las cosas como son. Escaso, por no decir inexistente.
Un día me olvidé el libro de matemáticas, y la profesora me dijo que arrimara mi mesa a la del susodicho, que no sólo compartió conmigo su libro, sino también sus conocimientos de matemáticas (a estas alturas de la película ya deben de saber lo nula que he sido, que soy y que seré en esta asignatura) y aquella fue una de las poquísimas clases de matemáticas que entendí a la perfección, en toda mi vida.
Como quiera que sea, al día siguiente él se olvidó su libro de inglés y tuve la oportunidad de devolverle el favor.
Después de aquel capítulo simbiótico hubo una especie de acuerdo tácito entre los dos, mediante el cual yo le ayudaba con el inglés y él a mí con las matemáticas, y así nos fuimos olvidando los libros cada día. Los profesores sonreían y nos consentían, porque éramos buenos estudiantes y nuestro comportamiento en clase era más que correcto.
Al cabo de un tiempo, aquella simbiosis se convirtió en una buena amistad, y empecé a pensar que mi teoría del Chino Medianaranja quizá fuera un tanto taxativa. Que quizá hubiera cosas de otra persona que me gustaran lo bastante como para aniquilar tópicos.
Así fue como mi cabeza y mi alma se colgaron perdidamente del chico. Más rápidamente de lo que yo era capaz de analizar. Como cuando alguien se pone al sol diez minutos y luego se da cuenta de que se ha quemado. Al llegar a casa.
Pensé, con gran alegría, que él era diferente al resto de personas de nuestro curso. Que era capaz de pensar por sí mismo, de conocerme por sí mismo, de no asustarse ante mis opiniones salvajes, de no dejar que nadie le dijera quién ni cómo era yo sin antes descubrirlo él solo. Después de tanta amistad, una tarde llegué a clase, lo descubrí sonriéndome y me atacó la sensación: te has enamorado de este individuo.
"Y ahora que estoy frente a ti
parecemos, ya ves, dos extraños...
Lección que por fin aprendí:
¡cómo cambian las cosas los años!
Angustia de saber muertas ya
la ilusión y la fe...
Perdón si me ves lagrimear...
¡Los recuerdos me han hecho mal!"
Por eso no soy capaz de tenerte en frente, aunque ahora resultes ser el médico y yo la paciente, ahora que el presente que nos toca en esta consulta es diferente del pasado que nos tocó en la escuela, en que tú fuiste el imbécil y yo, la víctima, y no pensar en todo lo que pasó. En nuestras conversaciones telefónicas diarias, nada más llegar a casa después de habernos visto durante todo el día. En los juegos, las bromas, las palabras. Lo que tú y yo compartíamos como compañeros, que el resto del mundo ignoraba, con toda la incompetencia emocional posible.
Ahora soy una mujer con una vida feliz, divertida y rica, y tú eres un médico en una consulta, con un fonendo (el de auscultarme) en una mano y siete quilos de nervios (los de volver a verme) comprimidos en la otra.
Un gesto de tu cara me devuelve el mal sabor del final de la historia. Un viernes por la noche, en la fiesta del colegio.
No hace falta que te lo explique, dado que estabas allá en tanto cuerpo y tanta alma como yo misma, pero no te lo estoy explicando, lo estoy reviviendo.
Revivo el recuerdo, y con él todos y cada uno de los sentimientos unidos. Mi memoria no es como la papelera de reciclaje de Windows. Mi memoria es capaz de abrir los archivos y ponerlos en perfecto funcionamiento pese a haberlos descartado hace años.
Y recuerdo, luchando por no acordarme, que estuvimos toda la noche bailando y hablando. Y que me diste un beso. Detrás de otro. Y que me dijiste algunas cosas que mi pesimismo se empeñaba en no creerse. Que habías ido siguiendo el mismo camino que yo durante aquellas clases juntos, aquellos meses. Que me habías dedicado tanto tiempo extraescolar como yo a ti, y los mismos pensamientos que yo a ti.
Y que acabé con mi pesimismo metido en el bolso y una sonrisa enorme dibujada en algún lugar recóndito, detrás del orgullo, para que no se viera demasiado.
“No puedo ni esperar a que llegue el lunes para volver a verte” no me sonaba al clásico y archiconocido “ya te llamaré”. Yo era tu amiga, tu compañera, tu cómplice. No tenías absolutamente ninguna necesidad (ni ningún derecho tampoco) de jugar conmigo. Pero en la historia te engañabas a ti mismo más que a mí, cosa que sólo he logrado comprender al cabo de años.
"Palideció la luz del sol
al escucharte fríamente conversar...
Fue tan distinto nuestro amor
y duele comprobar
que todo, todo terminó.
¡Qué gran error volverte a ver
para llevarme destrozado el corazón!
Son mil fantasmas, al volver
burlándose de mí,
las horas de ese muerto ayer..."
¿Qué cómo está mi corazón? No parecía importarte mucho cuando llegó aquél lunes y apenas mascullaste un “buenos días” y me ignoraste vilmente. Sí, ya sé que ahora te interesa, pero por otros motivos, y si no te importa, prefiero no darle el gusto a la Señora Doña Ironía de la vida de quitarme la camiseta y dejar que intentes curarme el corazón cuando un día me lo rompiste.
Tuve que hablar con un tercer amigo, uno que era tuyo y mío, uno que era de verdad, para enterarme de cuánto sentías por mí, y que eras incapaz de seguir conmigo por los comentarios que te habían hecho los demás. Me costó horrores creerme aquello.
No imaginaba cómo un ser humano al que consideraba inteligente era capaz de tanta gilipollez él sólo, hasta que nos encontramos tú y yo, otra vez solos, en aquella clase, haciéndole estadísticas al profesor de gimnasia, y me lo confirmaste.
"¡Qué ganas tuve de llorar
sintiendo junto a mí
la burla de la realidad!"
Aquella fue la primera vez en mi vida que de mi rabia no salieron gritos, sino palabras bien medidas para hacerte daño. A fin de cuentas, perdiste tú, porque seguías mirándome en la clase, por los pasillos, en los exámenes. Y juraría, si no fuera porque no quiero pecar de engreída, que veía tristeza y algo de arrepentimiento en aquellas miradas tan largas que me dedicabas, que hasta algún profesor te dijo en medio de clase que "deje de mirar a su compañera, que no lleva la respuesta escrita en la cara".
"Y ahora que estoy frente a ti
parecemos, ya ves, dos extraños...
Lección que por fin aprendí:
¡cómo cambian las cosas los años!
Angustia de saber muertas ya
la ilusión y la fe...
Perdón si me ves lagrimear...
¡Los recuerdos me han hecho mal!"
Siento sonar tan dura, en realidad sólo hay rencor en el recuerdo, no en la realidad. En la realidad hay un soplo sistólico. O diastólico. Eso es lo que he venido a mirar.
Por favor, llama a otro residente de cardio.
No, insisto, no es el rencor. Seguro que eres un médico estupendo; nunca he dudado de tu capacidad. Y me ha alegrado verte y saber que ninguno de los males que te deseé aquel fatídico lunes se han cumplido.
No es el rencor, y no es que no lo haya superado.
Es que un día me juré a mí misma que bajo ningún concepto, ni giro, ni vuelta, ni pirueta de la vida dejaría que volvieras a acercarte a mi corazón.
Comentario:
Genial.
Comentario:
¡Uff!... Sensacional.
Sé que es dificil de creer, pero hasta yo me he quedado sin palabras.
Sé que es dificil de creer, pero hasta yo me he quedado sin palabras.





