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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
Sweet ‘n’ lowdown
COSAS POR HACER:

1. Hablar de un tema que me está carcomiendo los sesos y el espíritu de un modo que juzgo casi hasta anormal.

Ayer fui a casa de mi amiga Sacarina, la dueña de Oscar, el conejo con problemas de identidad. Evidentemente, Oscar no se llama Oscar, ni Sacarina se llama Sacarina, lo que me lleva a escribir de lo que quería escribir. (Y creo que de momento no lo estoy llevando muy bien, que digamos. Un comienzo un tanto torpe).
“Sacarina” viene de que siempre me pide sacarina.
"Sacarina" viene de que hasta tengo una cestita en mi cocina con sobres de ídem para cuando viene.
Después de tres años y pico de amistad pura e íntima creo que puedo decir que Sacarina no concibe la vida sin ídem. Y no, no es ninguna obsesa de las dietas esnobistas, ni de los alimentos procesados, ni de nada de eso.
Sacarina es diabética.
Desde que debutó, hace aproximadamente tres años, ha sido un ejemplo de optimismo, fortaleza, perseverancia y buen humor no sólo para el resto de personas diabéticas, sino para cualquiera. Ha hecho algo mucho más grande que llegar a un sitio y multiplicar panes y peces. Se ha subido al escenario, se ha puesto su mejor sonrisa, esa sonrisa franca y transparente que la caracteriza, y ha convertido todos los tomates en claveles.
Ella no sabe nada de este blog, y prefiero que siga así, porque los ánimos o las collejas ya se los suministro yo en privado cuando ella los necesita, pero yo necesitaba publicar, para que quienquiera que pase por aquí se entere, algo sobre este tema.
¿Por qué precisamente ahora?
Porque ayer, al llegar a casa de Sacarina, había tres personas diabéticas con ella, montando las bases de un proyecto de ayuda y tuve ocasión de comprobar, aunque quizá con más intensidad que a lo largo de estos últimos años, lo fuerte y admirable que es esta mujer.
Y es que no todo el mundo se toma igual eso de que le digan, un día que parecía ser bueno, que resulta que tiene una enfermedad crónica. Que resulta que aunque tengas once, dieciséis o veinticuatro años, tu páncreas está atrofiado.
Tu páncreas está atrofiado y ya no va a producir más insulina en lo que te queda de vida, con lo que no podrás quemar los azúcares que entran, ni los hidratos que se convierten en azúcar, y te la tendrás que inyectar, pero midiendo todo al mililitro y haciendo así, manualmente, algo que el cuerpo de otras personas, las no diabéticas, las privilegiadas, hace automáticamente, sin ir arrastrando bolsos con bolígrafos, ni medidores de azúcar, ni pastillas, ni nada de nada.
El resto no tiene que preocuparse por nada de eso y tú sí, para el resto de tu vida, porque te ha tocado así y no busques culpables para desahogar tu frustración.
Claro que todo esto que acabo de decir, yo nunca me lo había planteado así. Quizá porque Sacarina tampoco, y me había hecho ver la enfermedad de otra manera, de una manera mucho menos negativa, más día a día que visto de un modo crónico “de ahora a la hora de nuestra muerte, amén”.
Durante tres años y pico nos “hemos” medido el peso, el azúcar, lo que comía, cuándo había que pincharse, cuándo salían instrumentos nuevos. La he visto en sus primeros meses, cuando se lo negaba, hasta caer en coma. La he visto después, en momentos de resignación y en momentos de desesperación, y la sigo viendo ahora, resucitando al más puro estilo Ave Fénix, sacando el máximo provecho de su experiencia y de sus conocimientos para educar y formar a criaturas diabéticas y facilitarles, así, una calidad de vida que de otro modo, teniendo que depender de alguien que les pinche y les controle, no disfrutarían.
He visto lo que está haciendo y he llorado. Unas cuantas veces. Y no soy persona dada al lagrimeo barato. Ni siquiera al caro.
Primero, de admiración, motivo que nunca me había hecho llorar antes. Luego de rabia, por quejarme tanto y ser tan sumamente cobarde con mis propias cosas, teniendo su ejemplo tan cerca. Después de emoción. Me siento tremendamente afortunada de tenerla al lado, de contar con la inspiración, la generosidad, el buen humor, las sonrisas que brinda a todas aquellas personas que se le acercan. Y henchida de orgullo de que diga “mi mejor amiga” cuando habla de mí. No es para menos.
Como decía antes, que ya me estoy poniendo tonta, no todo el mundo se lo toma como ella. Ayer tuve ocasión de comprobarlo, al ser la única no-diabética de la habitación donde transcurrió la escena.
Entre aquellas otras tres personas había un hombre de mi edad, veintipico, del que Sacarina ya me había hablado y al que ya había tenido ocasión de conocer anteriormente, aunque no tan a fondo como ayer. Empezamos a hablar de lo que suponía tener diabetes, de lo que habían sentido cuando debutaron y les diagnosticaron la enfermedad.
En ningún momento intenté hacerles ver que comprendía perfectamente lo que sentían, porque no es verdad. A mí no me han diagnosticado nunca diabetes ni ninguna enfermedad de por vida que conlleve lo que ésta conlleva, con lo que no iba a ir de lista. Por otra parte, he visto de sobras la vida que lleva Sacarina y, salvo los momentos en los que se tiene que pinchar (momentos en los que otra persona se enciende un cigarro, y otra persona va al lavabo, y otra se come un chicle, y otra se toma el antibiótico) lleva una vida normal.
Sí que tiene que cuidar su dieta (y quién no, Dioses, quién no), sí que puede tener complicaciones (y a mí me puede atropellar un autobús y dejarme paralítica, y otra persona se puede ahogar con una piel de manzana, y otra contraer gonorrea, y otra tuberculosis) y sí que debe suponer una auténtica lata tener que llevar tantos cacharros en la mochila. Pero no son dignos ni dignas de pena, ni de discriminación, ni de observación de lejos, ni nada de eso. Son personas que, para el día del Juicio Final, cuando todos y todas estiremos la pata (porque una de esas cosas que tiene la vida es que al final, seas diabética, sifilítica, bipolar, pelirrojo, musulmana, griego o profesora de inglés, te mueres. )ese día, esas personas, las diabéticas, podrán decirle a Caronte, o al perro, o gritarlo a las puertas del Hades, que vivieron con más intensidad, que se despertaron cada día del todo, al máximo, que fueron más allá de las superficialidades propias del resto.
Tampoco estoy diciendo con esto que envidie la situación, ni mucho menos. Sé lo que ha pasado y lo que pasa Sacarina, no soy idiota, pero creo que también soy suficientemente consciente y abierta de mente como para merecer un poco de respeto… que aquel hombre, aquel chico tan alto, tan guapo, tan perfecto y tan sumamente triste, compungido y enfadado por dentro, no me dio.
Quería decirle que no estaba en otro mundo, que no era de otro planeta (yo), que no era diabética pero que tampoco tenía que condenarme por no serlo. Me dijo que la única manera de apreciar la salud era perderla (gran verdad, indiscutible) y demostró un desprecio absoluto hacia la gente que adoptaba la postura “pobrecito” y hacia la de la postura “eso no es nada”. En realidad sentía desprecio por la gente diabética, por estar, de alguna manera, "tarada", y también contra la no diabética, por ser una pandilla de viles ignorantes que discriminaban a diestro y siniestro.
No había forma humana de hablar con él. Ni de ese tema, ni de ningún otro tema, dado que todos los temas llevaban a Roma.
No me malinterpreten: yo no estaba allí tirándome de los pelos, con gotas de sudor resbalándome por las sienes, pensando en algo que decirle que no le sentara mal. Como ya he dicho, no son dignos de discriminación, y de insultarle a compadecerle me parece que hay todo un mundo de posibilidades de trato, como por ejemplo, el de persona, que me parece el que más se ajusta al sentido común.
No es que no tuviera razón al quejarse; ignoro la discriminación y las collejas que se ha llevado el colectivo diabético hasta ahora (como él ignora las que me llevé yo por ser gallega, que otra persona se las lleva por llevar calcetines blancos, otra por bajita, otra por demasiado alta, otra por tener pecas. Ya ven). Pero quizá su reacción, su comportamiento hacia mí era el del perro que se ha llevado tantos palos que te muerde sólo por intentar acercarte.
Me habló de esperanza de vida, me habló de rechazos a nivel personal y profesional, me habló de tantas cosas que no podía rebatir porque eran verdad… pero me habló como si yo fuera culpable, por no ser diabética, y aunque en ese punto se equivocara, me dejó pensando.
Y he continuado pensando hasta hoy, y sigo pensando.
¿Cuánta gente no diabética tiene ni puñetera idea del tema, antes de discriminar o mirar de reojo, o por encima del hombro a una persona cuyo único crimen es tener un páncreas algo estropeado? ¿Es que su páncreas se mete con el resto de la humanidad? Acabáramos.
Dedico el post de hoy a intentar hacer reflexionar a todos los que NO hemos debutado. (Y me incluyo a mí misma, aunque ya lleve tiempo pensando).
Para empezar, (por empezar con algo) porque cualquier día podrían mirarse el azúcar, después de haberse pasado semanas bebiendo y meando como hinchas del Manchester United en el día de la final, y verse a trescientos. O a quinientos. O ni verse.
Para continuar, porque como ya dije hace poco en otro post, hay una diferencia abismal entre tener discapacidades mentales, tener el síndrome de Down o ser, llana y simplemente, subnormal.
Si alguien se ha sentido ofendido (u ofendida) con este post, puede que necesite reflexionar el doble.
 
Comentario:
¡¡Parece mentira la de gente consagrada a la autocompasión que hay!! Pero no se preocupe, afortunadamente el tiempo acaba por ponerles en su sitio.
Y por favor, ¡huya de la gente negativa! ¡Son lo peor! Es la primera manifestación de la mediocridad y a ella quieren arrastrarnos para sentirse menos desgraciados. Aunque algo me dice que vd. ya está vacunada contra ese mal. Deo gratias!
No