The One-woman Royal Philarmonic Orchestra.
Justo ahora, entre el segundo y el tercer café, trabajando en ese proyecto tan absurdo como desastrosamente inútil, para la universidad, me ha venido a la cabeza una tira
de Mafalda, en que un señor
(probablemente un vendedor de enciclopedias)llama a la puerta.
Mafalda le abre, y a la pregunta: "¿Está tu mamá?" Mafalda responde algo así como (no recuerdo las palabras exactas):
" ¿Cuál de ellas? ¿La que friega, plancha y cocina, la que nos educa, la que cuida de mi padre, la que va a la compra o la que se queja del sistema?"
Bueno, insisto en que no recuerdo exacta y concisamente todas las mamás que citó Mafalda en aquella tira. Lo que sí recuerdo es que me sentí profundamente identificada. (Con Mafalda, no con su multimamá)
Mi señora madre, la diplomática, también es una mujer orquesta. Ella las compone, ella las dirige, ella las interpreta.
No delega a nadie ni la performance del triángulo.
Aunque siempre ha habido entre nosotras un inexplicable y tremendamente salvaje vínculo de amor, nunca nos hemos llevado bien. Nuestra relación se basa en que yo la respeto, la admiro y la mataría cada cinco o diez minutos y ella me controla, me critica y se calcaría en mí para convertirme en ella cada aproximadamente tres segundos. Y lo más peculiar, dirán ustedes, es que esto no entra dentro del orden de los abusos psicológicos, sino que forma parte inalterable de las correlaciones generacionales del matriarcado gallego.
La familia gallega tradicional es como la manada de elefantes: las madres educan y exigen a las hijas, y permiten y consienten a los hijos. ¿Por qué? Quizá porque las hijas son las que llevarán toda la carga y la responsabilidad de la familia.
Un apunte antes de continuar: que explique aquí cómo funciona no quiere decir, ni mucho menos, que esté de acuerdo con todo. De hecho, muy posiblemente no esté de acuerdo ni con la mitad.
Mi bisabuela Dolores, aquella gran mujer eternamente descalza, al morir su propio hijo le dijo a mi abuela (su nuera): "Deixa de chorar, que tiveches moita sorte. Se chegas a morrer ti, a familia vai para o carallo. Morrendo el, aínda podedes continuar".
Como se lo cuento, de voz de mi propia abuela, que del propio shock de oir aquello, se le secaron las lágrimas de golpe.
Igual mi bisabuela tenía razón. Vamos, yo sé que le dolió la muerte inesperada de su hijo, claro, pero también sé que las mujeres gallegas, por encima de todos los calificativos que se merecen, son prácticas. Buscan la efectividad y el buen provecho de la vida a cada segundo.
Así ha sido como durante décadas (quizá doscientos años, más o menos) la mujer gallega administraba el dinero, educaba a las criaturas, trabajaba el campo y se ocupaba de la casa y de los asuntos con dios, mientras el hombre, en el mejor de los casos, ganaba dinero ( y sólo hacía eso: ganar dinero).
Mi bisabuela se crió con esas bases, como también lo hizo mi abuela, luego mi madre, y después yo. A ninguna de mis precedentes ha parecido importarle un carajo la liberación de la mujer, y es que ninguna de ellas tuvo necesidad, porque siempre fueron las jefas de su casa, e hicieron y deshicieron, y ordenaron hacer y deshacer como les dio la gana. (Siempre, eso sí, por el bien común).
Mi señora madre nació en una Galicia aún más franquista de lo que es hoy en día (las cosas han cambiado mucho allí, créanme). Se crió en una aldea, luego en una villa, y estudió en Ourense y en Lugo.
Un buen día, allá a finales de los sesenta dijo que se iba a Barcelona. Pueden calcular que en aquella época, ser mujer, gallega, joven, de pueblo y decir que te ibas a estudiar mil quilómetros lejos de casa era poco menos que ahora decirles a tus padres a los catorce años que estás embarazada, que el padre es traficante de armas en Uzbekistán y que os largáis para allá a vivir.
Pero mi abuelo le compró una maleta y le dijo que si realmente lo quería así, que era su vida.
Y así se vino mi madre con la maleta que más amor costó del mundo. al llegar, se puso inmediatamente a trabajar y a estudiar su segunda carrera. Eran tiempos difíciles (eso te lo dicen todos los padres, pero es que esta historia no me la han contado mis padres; me la contó mi abuela) y el carácter y la energía la llevaron dierctamente a los círculos de confabulación política más de moda y menos conocidos de Barcelona. Se reunía en subterráneos (cuya ubicación exacta no pienso destapar aquí) con muchos de los que ahora son políticos, y que en aquel tiempo acabaron en la cárcel en su mayoría. Corrió delante de los grises, con el anorak abierto porque "si te pillaban, te deshacías de él y todo lo que se llevaban de ti era eso: una chaqueta" (esto me lo explicó mi tío). Corrió también detrás de ellos. Y a los lados, tirándoles huevos. Corrió también después de dirigir la coral de su universidad cantando el himno gallego en gallego en medio de la plaza del Obradoiro con un guardia civil tembloroso diciéndole que "por favor, señorita, no me obligue".
Corrió en el equipo de atletismo, y corrió también en el de balonmano.
Se ha pasado la vida corriendo, desde aquellas corredoiras de su aldea natal, hasta.... ¿Hasta? Qué digo. Aún sigue corriendo.
No pretendo hacer aquí un segundo anuncio estúpido de coca-cola, no. De hecho, cuando he necesitado referencias, siempre me ha dicho que me las tengo que ganar yo solita, trabajando duro. Lo único que quiero es sentar los antecedentes de mi cruzada particular con ella. Desde mis primeras broncas con ella, cuando yo tenía seis años, hasta ahora, he intentado encontrar técnicas para intentar llevar mejor nuestro perpétuo choque frontal.
Y así es como he llegado a la conclusión de que mi madre es una trinidad, subdivisible en la mujer a la que no entiendo, la profesional a la que adoro, admiro e idolatro y la madre a la que amordazaría y ataría a una silla sólo para lograr que me escuchara e intentara conocerme, para variar.
Cómo explicarlo para que lo entiendan... Mi madre es capaz de llegar a Uzbekistán, asesinar fría y despiadadamente al dictador, cargarse a toda la plantilla del ejército llanqui, educar a la población en la no violencia, el respeto y la tolerancia, volver a casa, hacer la cena, poner tres lavadoras, corregir cien exámenes, plancharle la camisa del día siguiente a mi padre, bordar un mantel entero y llamarme por teléfono para preguntarme quién era ese tío con el que me ha visto una vecina por la calle.
Todo en el mismo día.
Mi madre es The Ultimate Replicant, lo juro.
Mi madre es capaz de publicar un libro sobre entrevistas con padres de alumnos y alumnas.
Mi madre es capaz de subir a Montserrat a pie, después de haber caminado hasta allí a pie, después de haber trabajado mil horas toda la semana.
Mi madre es capaz de ir a Galicia para un fin de semana de dos días. Mi madre es capaz de limpiar toda la casa como si hubiera llegado el Fin de los Días, sólo porque llega la señora de la limpieza y "mira cómo tengo la casa, qué va a decir la pobre mujer".
Mi madre es capaz de cualquier cosa por sacarme de quicio, y siempre, siempre, siempre lo consigue.
Mi madre no es capaz de convencerme de lo contrario cuando algo se me mete entre ceja y ceja, y he ahí la madre (perdonen las redundancias) del cordero de todos los males entre mi madre y yo.
Desde que ella nació hasta que yo aprendí a hablar, siempre se salió con la suya, porque lleva una vida ejemplar, tiene unas dotes de mando que ya le gustaría a Bush y una retórica y una facilidad para vender la moto que me río yo de Goebbels.
Con mi madre siempre salen las cosas malas y las cosas peores de mí. Lo malo es que yo no era cualquier alumna suya, aunque sí que fui su alumna, con lo que se le fueron a pique las técnicas educativas y lo peor, lo peor es que a cada palabra suya yo le voy buscando defectos y taras a la moto automáticamente.
Y luego, al final del día, me descubro a mí misma muchas veces pensando como ella, utilizando los mismísimos mecanismos lógicos de su mente de un modo completamente imprevisible, espontáneo y no deseado.
Y lo más trágico de la historia de mi vida es que las cosas me funcionan cuando lo hago, así que me veo obligada a admitir, aunque sólo sea por evitar que el orgullo me aplaste la inteligencia, que mi madre siempre tiene razón.
(Nooooo, no, y no. No siempre. No siempre).
de Mafalda, en que un señor
(probablemente un vendedor de enciclopedias)llama a la puerta.
Mafalda le abre, y a la pregunta: "¿Está tu mamá?" Mafalda responde algo así como (no recuerdo las palabras exactas):
" ¿Cuál de ellas? ¿La que friega, plancha y cocina, la que nos educa, la que cuida de mi padre, la que va a la compra o la que se queja del sistema?"

Bueno, insisto en que no recuerdo exacta y concisamente todas las mamás que citó Mafalda en aquella tira. Lo que sí recuerdo es que me sentí profundamente identificada. (Con Mafalda, no con su multimamá)
Mi señora madre, la diplomática, también es una mujer orquesta. Ella las compone, ella las dirige, ella las interpreta.
No delega a nadie ni la performance del triángulo.
Aunque siempre ha habido entre nosotras un inexplicable y tremendamente salvaje vínculo de amor, nunca nos hemos llevado bien. Nuestra relación se basa en que yo la respeto, la admiro y la mataría cada cinco o diez minutos y ella me controla, me critica y se calcaría en mí para convertirme en ella cada aproximadamente tres segundos. Y lo más peculiar, dirán ustedes, es que esto no entra dentro del orden de los abusos psicológicos, sino que forma parte inalterable de las correlaciones generacionales del matriarcado gallego.
La familia gallega tradicional es como la manada de elefantes: las madres educan y exigen a las hijas, y permiten y consienten a los hijos. ¿Por qué? Quizá porque las hijas son las que llevarán toda la carga y la responsabilidad de la familia.
Un apunte antes de continuar: que explique aquí cómo funciona no quiere decir, ni mucho menos, que esté de acuerdo con todo. De hecho, muy posiblemente no esté de acuerdo ni con la mitad.
Mi bisabuela Dolores, aquella gran mujer eternamente descalza, al morir su propio hijo le dijo a mi abuela (su nuera): "Deixa de chorar, que tiveches moita sorte. Se chegas a morrer ti, a familia vai para o carallo. Morrendo el, aínda podedes continuar".
Como se lo cuento, de voz de mi propia abuela, que del propio shock de oir aquello, se le secaron las lágrimas de golpe.
Igual mi bisabuela tenía razón. Vamos, yo sé que le dolió la muerte inesperada de su hijo, claro, pero también sé que las mujeres gallegas, por encima de todos los calificativos que se merecen, son prácticas. Buscan la efectividad y el buen provecho de la vida a cada segundo.
Así ha sido como durante décadas (quizá doscientos años, más o menos) la mujer gallega administraba el dinero, educaba a las criaturas, trabajaba el campo y se ocupaba de la casa y de los asuntos con dios, mientras el hombre, en el mejor de los casos, ganaba dinero ( y sólo hacía eso: ganar dinero).
Mi bisabuela se crió con esas bases, como también lo hizo mi abuela, luego mi madre, y después yo. A ninguna de mis precedentes ha parecido importarle un carajo la liberación de la mujer, y es que ninguna de ellas tuvo necesidad, porque siempre fueron las jefas de su casa, e hicieron y deshicieron, y ordenaron hacer y deshacer como les dio la gana. (Siempre, eso sí, por el bien común).
Mi señora madre nació en una Galicia aún más franquista de lo que es hoy en día (las cosas han cambiado mucho allí, créanme). Se crió en una aldea, luego en una villa, y estudió en Ourense y en Lugo.
Un buen día, allá a finales de los sesenta dijo que se iba a Barcelona. Pueden calcular que en aquella época, ser mujer, gallega, joven, de pueblo y decir que te ibas a estudiar mil quilómetros lejos de casa era poco menos que ahora decirles a tus padres a los catorce años que estás embarazada, que el padre es traficante de armas en Uzbekistán y que os largáis para allá a vivir.
Pero mi abuelo le compró una maleta y le dijo que si realmente lo quería así, que era su vida.
Y así se vino mi madre con la maleta que más amor costó del mundo. al llegar, se puso inmediatamente a trabajar y a estudiar su segunda carrera. Eran tiempos difíciles (eso te lo dicen todos los padres, pero es que esta historia no me la han contado mis padres; me la contó mi abuela) y el carácter y la energía la llevaron dierctamente a los círculos de confabulación política más de moda y menos conocidos de Barcelona. Se reunía en subterráneos (cuya ubicación exacta no pienso destapar aquí) con muchos de los que ahora son políticos, y que en aquel tiempo acabaron en la cárcel en su mayoría. Corrió delante de los grises, con el anorak abierto porque "si te pillaban, te deshacías de él y todo lo que se llevaban de ti era eso: una chaqueta" (esto me lo explicó mi tío). Corrió también detrás de ellos. Y a los lados, tirándoles huevos. Corrió también después de dirigir la coral de su universidad cantando el himno gallego en gallego en medio de la plaza del Obradoiro con un guardia civil tembloroso diciéndole que "por favor, señorita, no me obligue".
Corrió en el equipo de atletismo, y corrió también en el de balonmano.
Se ha pasado la vida corriendo, desde aquellas corredoiras de su aldea natal, hasta.... ¿Hasta? Qué digo. Aún sigue corriendo.
No pretendo hacer aquí un segundo anuncio estúpido de coca-cola, no. De hecho, cuando he necesitado referencias, siempre me ha dicho que me las tengo que ganar yo solita, trabajando duro. Lo único que quiero es sentar los antecedentes de mi cruzada particular con ella. Desde mis primeras broncas con ella, cuando yo tenía seis años, hasta ahora, he intentado encontrar técnicas para intentar llevar mejor nuestro perpétuo choque frontal.
Y así es como he llegado a la conclusión de que mi madre es una trinidad, subdivisible en la mujer a la que no entiendo, la profesional a la que adoro, admiro e idolatro y la madre a la que amordazaría y ataría a una silla sólo para lograr que me escuchara e intentara conocerme, para variar.
Cómo explicarlo para que lo entiendan... Mi madre es capaz de llegar a Uzbekistán, asesinar fría y despiadadamente al dictador, cargarse a toda la plantilla del ejército llanqui, educar a la población en la no violencia, el respeto y la tolerancia, volver a casa, hacer la cena, poner tres lavadoras, corregir cien exámenes, plancharle la camisa del día siguiente a mi padre, bordar un mantel entero y llamarme por teléfono para preguntarme quién era ese tío con el que me ha visto una vecina por la calle.
Todo en el mismo día.
Mi madre es The Ultimate Replicant, lo juro.
Mi madre es capaz de publicar un libro sobre entrevistas con padres de alumnos y alumnas.
Mi madre es capaz de subir a Montserrat a pie, después de haber caminado hasta allí a pie, después de haber trabajado mil horas toda la semana.
Mi madre es capaz de ir a Galicia para un fin de semana de dos días. Mi madre es capaz de limpiar toda la casa como si hubiera llegado el Fin de los Días, sólo porque llega la señora de la limpieza y "mira cómo tengo la casa, qué va a decir la pobre mujer".
Mi madre es capaz de cualquier cosa por sacarme de quicio, y siempre, siempre, siempre lo consigue.
Mi madre no es capaz de convencerme de lo contrario cuando algo se me mete entre ceja y ceja, y he ahí la madre (perdonen las redundancias) del cordero de todos los males entre mi madre y yo.
Desde que ella nació hasta que yo aprendí a hablar, siempre se salió con la suya, porque lleva una vida ejemplar, tiene unas dotes de mando que ya le gustaría a Bush y una retórica y una facilidad para vender la moto que me río yo de Goebbels.
Con mi madre siempre salen las cosas malas y las cosas peores de mí. Lo malo es que yo no era cualquier alumna suya, aunque sí que fui su alumna, con lo que se le fueron a pique las técnicas educativas y lo peor, lo peor es que a cada palabra suya yo le voy buscando defectos y taras a la moto automáticamente.
Y luego, al final del día, me descubro a mí misma muchas veces pensando como ella, utilizando los mismísimos mecanismos lógicos de su mente de un modo completamente imprevisible, espontáneo y no deseado.
Y lo más trágico de la historia de mi vida es que las cosas me funcionan cuando lo hago, así que me veo obligada a admitir, aunque sólo sea por evitar que el orgullo me aplaste la inteligencia, que mi madre siempre tiene razón.
(Nooooo, no, y no. No siempre. No siempre).
Comentario:
Hum... madres e hijas, qué le vamos a hacer... jejeje...
Gracias por leer, pero sobre todo, y de nuevo, por escribir!
Gracias por leer, pero sobre todo, y de nuevo, por escribir!
Comentario:
Hola Aldara!
Muchísimas gracias por pasarte por mi blog, por tu comentario, por agregarme al tuyo...(cuando empecé con esto no pensé que alguien leyera mis cosillas, utilizaba esto como desahogo)
La relación con mi madre es de amor/odio (más que odio incompatibilidad de caracteres)y ahora que he vuelto al nido más todavía. Como tú admiro a las mujeres de mi familia. Por cierto, yo tampoco quiero creer que siempre tenga razón, pero ella se empeña en acertar, en fin qué le vamos a hacer.
Besos y hasta pronto
Muchísimas gracias por pasarte por mi blog, por tu comentario, por agregarme al tuyo...(cuando empecé con esto no pensé que alguien leyera mis cosillas, utilizaba esto como desahogo)
La relación con mi madre es de amor/odio (más que odio incompatibilidad de caracteres)y ahora que he vuelto al nido más todavía. Como tú admiro a las mujeres de mi familia. Por cierto, yo tampoco quiero creer que siempre tenga razón, pero ella se empeña en acertar, en fin qué le vamos a hacer.
Besos y hasta pronto





