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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
Procrastination.
(Escuchando esa voz de garganta con arena, Adriana Varela, cantando "Garganta con arena".)
"Surf introspectivo" es como llamo a esos momentos (que suelen devenir horas) en que empiezo a pensar, y una idea me lleva a otra, como esos poderosos y tentadores links de internet, que llaman a quienquiera que entre a perderse entre los arrecifes de sus páginas.
Y empiezo pensando en trabajo, y acabo pensando en si será verdad que la musaraña es el mamífero más pequeño que existe en el planeta Tierra.
No puedo evitarlo.

Me he vuelto a poner, con toda la determinación y cabezonería del mundo, a hacer ese proyecto tan recondenadamente estúpido como carente de utilidad, para la universidad, y una página me ha llevado a otra, y así, he ido "surfeando" por el mundo del surf (no en vano se le llama "surfing the net" en inglés) hasta acabar mirando precios de vuelos a Bali y a Bangkok.

¿Cómo puedo desconcentrarme tan fácilmente, a mi edad?
Bien, es sencillo. Se trata de que a una le manden hacer cosas para la carrera que no tienen nada que ver con lo que una espera de ambas (de la carrera, y de sí misma). Entonces mi cabeza opta automáticamente por activar la función lúdica de la imaginación, probablemente para evadirse de una realidad más aburrida que las Variaciones Goldberg de Bach interpretadas por ese pesado de Gould, y es justo en ese programa de mi cerebro donde tengo almacenados todos los archivos de las cosas que quiero hacer cuando acabe la carrera, archivos que voy abriendo con esa función lúdica, y que mientras tanto imposibilitan que haga nada para la carrera con el fin de acabarla, con lo que todo este festival interior se convierte en un círculo vicioso: No puedo hacer nada de lo que tengo planeado hasta que acabe la carrera pero tampoco la acabaré porque pierdo soberanamente el tiempo pensando en las cosas que quiero hacer cuando la acabe.
Un desastre. Una tragedia vital.
Mi buen cibermentor me escribía el otro día acerca de la autocompasión. Ha llegado un momento en que creo que la estoy rozando, aunque soy demasiado crítica como para compadecerme de mí misma.
Generalmente guardo la compasión para las criaturas y las víctimas de catástrofes naturales (aunque viendo a los progenitores, a veces las dos cosas se mezclan, sin necesidad de que las susodichas criaturas vivan en zona de maremotos, precisamente).
No, creo que no me estoy compadeciendo de mí misma. Más bien estoy muy enfadada, por no ser capaz de centrarme y empezar a tachar cosas que me quedan por hacer. Lo que pasa es que el propio enfado no me deja pensar con claridad.
Y me pregunto: ¿De dónde saqué la voluntad el año pasado? Y me doy cuenta de que el año pasado me gustaban casi todas las asignaturas que hacía. El año pasado me pegué unas buenas juergas en cabina con una compañera, interpretando conferencias acerca del vínculo común existente entre el ADN humano y el del pez globo, los siete sistemas de seguridad anti-falsificación del euro, la atroz multiplicación de la cadena Starbucks por Europa, proyectos y gestiones varias para la entrada en la Unión Europea de los últimos países... El año pasado salía de clase con el dulcísimo y gratificante dolor de cabeza de quien ha hecho algo útil, algo que le llena.
Pensé que este año, al ser el último, haríamos cosas más interesantes todavía. (sigo sin aprender la lección: no pensar).
Pues resulta que no sólo no me parecen nada interesantes (por no expresarlo de otra manera, que requeriría un sinfín de palabrotas, juramentos y tacos varios) sino que además no les veo mucha relación con una licenciatura en traducción, sin entrar ya en la especialidad de interpretación.
Se supone que tengo que salir del sitio y estar bien preparada para meterme en una cabina, digamos, del Parlamento Europeo, colgarme los cascos y hacer esas cosas que hacen las intérpretes, simultáneas o consecutivas, y no, señoras y señores, porque resulta que después de hacer recuento, me he pasado más horas de la carrera corrigiendo originales con errores que traduciéndolos; la mayoría del resto de horas, haciendo un trabajo estúpido y sin sentido sobre terminología, rama a la cual YA SÉ que no me voy a dedicar, porque precisamente por eso escogí traducción y no filología... y de horas de cabina, que era a lo que yo iba... De eso casi ni me acuerdo. Recuerdo que se me dio bien, y que los profesores me felicitaban, así que al menos puedo decir que fui feliz mientras duró. Pero se acabó.
En mi título pondrá, con gran pompa y solemnidad, que soy especialista en Interpretación de Conferencias Internacionales, (grandes carcajadas que se me caen de los ojos resbalando por las mejillas tristemente sólo al escribir esto) pero aquí la menda no se ve con capacidad ni con horas de práctica suficientes ni para pillarle cuatro graznidos a un pitecantropus del fúmbol en una rueda de prensa, siquiera.
Otra semana que amenaza criminalmente con irse por el desagüe, otro montón de cosas por hacer que se acumulan en el terrorífico listado interminable de cosas por hacer.
Voy a hacer lo que hago siempre en estos casos de "Fatal error 11jpw45000000xhf": voy a darme una ducha, y a esperar el milagro de la llegada de la fuerza de voluntad.
Y ya lo decía el gran maestro Yoda: "Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes".
No