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COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
Tuesday, Tuesday...
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:

1. De severo caos y desorden, atribuíble a demasiados factores como para parame a enumerarlos por ocupar probablemente más de cuarenta gigas de memoria.

¿Por qué siempre digo Lunes cuando quiero decir Martes?

En realidad, los lunes no "trabajo" ni "tengo clase" (y lo pongo entre comillas porque soy lo común y muy vulgarmente denominado como "Pringada de la Vida", ya me entenderán.
Pero mis lunes ocurren los martes. Como hoy, por ejemplo. Me he levantado Antesdeayerday, dispuesta y preparada (después de cinco litros de café intravenoso y cuatro intramuscular, por si fallaba el primero) para ir a clase, ya que esta es mi Última Semana De Clase De La Carrera, pero al ir a buscar el tabaco, que, como ya dije, siempre anda cerca del ordenador, me he dado cuenta otra vez de las COSAS QUE TENGO POR HACER.

Me ha atacado otra vez ese sentimiento de


He abierto el Macrohard Word, que para mí es como tener que grabar un disco con Britney Spears, so pena de que maten a tu familia si no lo haces, y he hecho un acto intenso y salvaje de meditación transcendental para empezar a redactar las conclusiones de ese proyecto tan inútil como obscenamente absurdo y carente de utilidad alguna, para la universidad.
Y ahí estoy, en las "Further Notes", con esa quisquillosa barrita del cursor que tintinea incansablemente, como recordándome que tengo que seguir y que tengo que encontrar la mágica inspiración divina en menos de cuarenta y ocho horas para decir algo sobre la terminología surfístico-surfera y surferil que no duela de leer y que tenga cohesión, contexto, coherencia y co... co... lo que sea, pero por todos los dioses (Y Huey en cabeza, que es el del surf) que empiece por Co-, que si no, ni se lo leerán.
Y es que hay especímenes entre el personal docente que son de lo más IN. En lo que a corregir se refiere, funcionan por la máxima de que "Da igual las subnormalidades que digas, con tal de que las expreses de un modo que la comunidad humana de a pie sea incapaz de entender".
Porque una doctora es una doctora, y tiene una función definida.
Y una abogada, una abogada. Con otra función definida.
Y una carnicera. Y una peluquera. Y un masajista. Y una economista. Y un vendedor de enciclopedias. Pero las traductoras no somos nada, porque estamos por todas partes. O podríamos estarlo. O podríamos acabar siendo secretarias, que es lo más común, excluyendo a las veteranas de lo que yo llamo Fellatio pro Laboris(que ya explicaré otro día). Y así, nos vemos obligadas (y obligados, con perdón, Donjon, si me lees, pero es que esto de la traducción es como la anorexia: hay hombres, sí, pero muy pocos)... Nos vemos obligadas a crearnos todo un mundo de teoría traductológica y superprofunda, Multiterm en una mano, la otra mano en el corazón y al grito de "Ave Aeditoriales, desempleaturum te salutam".
Así fue como me presenté, al menos, al exámen de Esa Maravillosa Asignatura de Tercero, el año pasado, llamada Teoría de la Traducción. Con tan poca fe, que fui "porque mira". Y no es una manera de hablar, no. Calculo mucho este tipo de expresiones, por ese mandamiento que dice: "no pronunciarás expresiones hechas, en vano".
Me había acostado la noche anterior, después de haber visto el taco de hojas más aberrante que he visto en mi vida, desde que dejé Derecho, haber comprobado tres veces que aquellos eran los apuntes (y no una broma de mal gusto, aunque a mí, a efectos prácticos, me parecía lo mismo) y que yo los había ignorado vilmente durante un semestre entero (y dos años sabáticos previos) hasta aquél momento de conciencia súbita. Así que eché mano del tesón, de la perseverancia, la valentía y el instinto luchador que no me caracterizan y pensé: A Septiembre, señora. Mañana, duerme.
Comoquiera que fuera, al día siguiente se dieron una lista de coincidencias paranormales de esas que tiene la vida y no sólo me desperté pronto, sino que no logré ser consecuente y quedarme en casa, como tenía planeado, y me presenté en la universidad como quien enciende la tele sin mucho interés y requetezapea. Antes de darme ni cuenta ya tenía culo sobre pupitre y boli en la mano, y estaba destrozando a las Diosas Francesas de la Traducción y la Interpretación, a Reiss, Vermeer, Nida, Buddha y quienfuera que tuviera la mala suerte de figurar como ente teorizante en aquellas imprecisas fotocopias de aquel preciso examen.
Lo aprobé, no porque tuviera ni puñetera idea de teoría de la traducción, sino precisamente (redundancias varias) porque ni la tenía, ni la quería tener, y supongo que mi declaración por escrito acerca de mi desprecio por el tema fue tan rotundo y tajante que la catedrática (que es una mujer de armas tomar, con un currículum infinito y una experiencia idolatrable) se lo tomó con buen humor y decidió aprobarme sólo por tener una opinión del tema, que es más de lo que las/los allí asistentes suelen tener normalmente. (Bueno, así de útil vemos la asignatura, también vale decirlo).
Y es que a una le entran ganas de decir cosas, cuando tiene cien páginas para traducir para Antesdeayerday y te vienen con frasecitas de meditación profunda acerca de emisores, descodificaciones, procesos, y procesos traslaticios.
Nadie, de entre todas aquellas mentes excelsas de la Traductología que habían estado tan ocupadas publicando sus propios libros que no habían podido traducir ninguno, había mencionado la falta de tiempo real a la que someten al personal traductor, por no ponerme a hablar de la falta de sueldo real también, así que ninguna de aquellas teorías me servía, aunque se la hubiera sacado el mismísimo Joyce de la manga. Y bajo la rúbrica tácita "De perdida al río", dije la mía, porque no esperaba aprobar, pero sí al menos sentar precedente y aportar alguna página nueva a toda aquella récua (como dicen en mi pueblo) de libros polvorientos que nadie tiene tiempo de leerse si quiere, realmente, traducir.
¿Y para qué sirve la Traductología? Para rellenar huecos administrativos, no del saber. El saber de la traducción, el conocimiento "meta-traductor" se adquiere con la práctica, y en este oficio, porque es oficio de artesanía, aprendes tanto o más emborrachándote una noche con un escocés, dos australianas, un americano y una neozelandesa, que leyéndote esos libros polvorientos cuya única función es agredir contra la integridad física (y moral, que también la tienen) de las estanterías y alimentar a nuestra fauna autóctona de insectos.
Como muestra, un post.
Porque estoy aquí, teorizando sobre las teorías, en vez de hacer todas las traducciones que tengo por hacer. Y la barrita del cursor del word sigue tintineando cunningly, amenazándome con repetir curso si no digo algo de provecho antes del jueves.
Qué insoportable antilevedad, Dioses.
No