logotipo

img_google
COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
London Calling II (O: "De cómo inventé el Sideways Tango")
Si a alguien se le ocurre preguntarle a mi amiga Sacarina acerca de mi relación con las bebidas alcohólicas, ella dirá, muy repelentemente, que cada vez que salgo me bebo treinta y cinco cervezas.
Esto también se aplica a cuando salimos juntas, que casi tengo que llevar un cartel para justificarme:


Siempre dice lo mismo, no me pregunten por qué, y es una costumbre que tiene que me da ganas de matarla por algún método lento y doloroso, porque además de no ser verdad (es materialmente imposible, al menos para mí, beber tanto en tan poco tiempo, y aunque fuera posible me pasaría más rato haciendo alarde de mi función diurética tan bien desarrollada que realmente bebiendo. Sólo se me ocurre una manera: yéndome al baño con una caja de Boldam)... además de no ser verdad, me da mala reputación. (O muy buena, según en qué círculos).
En fin, que ni soy abstemia, ni alcohólica, porque como ya dije una vez, lo de los extremos absolutos nunca lo he visto claro. Lo que sí soy es gallega, innegablemente, y claro. De galga le viene al casto.

Sin más preámbulos, el incidente que tenía intención de narrar ocurrió en Londres, cuando llevábamos unos tres o cuatro meses allí. (Quizá ni eso, a juzgar por la carencia de resistencia etílica de la que hacía gala aquí, la que escribe).
De aquella vivíamos en la primera casa que compartíamos, en el Lado Oscuro de Notting Hill (llamado Ladbroke Grove), un sitio donde algunas noches hasta se podían oír disparos. De armas de verdad. No presuntos disparos, no: disparos que al día siguiente salían en los periódicos.
Era viernes, y yo llevaba unas sesenta horas de trabajo a la espalda, porque mi "jefa", manhattanoide podrida de dinero, tenía la filosofía de que "Full-time means All The Time", por mucho que yo le intentara explicar que en este nuestro mundo europeo civilizado "Jornada Completa" quiere decir treinta y nueve o cuarenta horas, no La Vida Entera. En fin, esto iba sólo para que se hagan una idea de mi agotamiento físico y psíquico de aquel viernes por la tarde.
Una de las personas con las que compartíamos piso era un escocés salvaje, gracioso, simpático y agradable como la madre que lo parió, que vivía en Londres por trabajo pero que tenía toda su vida y su novia en Glasgow.
Yo ya no me acordaba de que el escocés nos había dicho que aquel fin de semana venía Kate, su novia, a visitarlo, y que quería que saliéramos los cuatro. Llegué a casa y me encontré a Craig con una de esas sonrisas de oreja a oreja tan típicas de los viernes por la tarde en todo Londres, y con una botella (sí, sí, he dicho botella, no vaso) de vino, acompañado del Escocés y de su novia Kate, con la que hice buenas migas al momento.
Ni que decir tiene, me costaba horrores entenderles, porque el acento escocés requiere de tarjetas de descodificación aparte... quizá por eso bebí más tragos de los que me tocaban. Qué buen rollo, qué buen ambiente, y todo eso, y vamos a la City.
(La City, para quien no haya sufrido Londres, es el centro de la ciudad, no la ciudad entera. Me refiero a que ya estábamos dentro de Londres, pero la City sólo hacer referencia al centro).
Bueno, el caso es que salimos de casa contentísimos todos, Ecocés con botella de brebaje escocés imbebible llamado "Buckfast", presuntamente destilado por unos monjes de nosédónde, y yo preguntándome cuánto más tendríamos que caminar hasta la parada del autobús.
Sea como fuere, en la parada de autobús de los "dougs" nos estuvimos, y no les exagero, cerca de cincuenta y siete minutos, minuto arriba o abajo. Desde el minuto número tres yo empecé a sentir la urgente llamada de la Madre Naturaleza (qué quieren, después del equivalente a dos pintas y tres vasos de vino) así que imagínense mi tortura: no podía volver a casa porque estaba demasiado lejos y porque sin duda el dichoso autobús aprovecharía para pasar justo cuando yo estuviera en el baño. Tampoco podía aguantar ni un minuto más allí, sudando la gota gorda en un Ladbroke Grove bajo cero de pleno mes de Diciembre, que ya me empezaban a preguntar si no era demasiado joven para la menopausia. (Risas y más risas).
Hice lo que no hago nunca, a menos que sea una situación de desesperada urgencia de ésas que marcan el Fin de los Días: bajé del burro y propuse que cogiéramos un taxi. ¡Yo!
El trayecto en taxi desde Ladbroke Grove hasta la City duró tres terribles cuartos de hora que duraron cada uno siete años y nueve meses.
Cuando llegamos al "Night Club". (Es que en los países anglosajones no hay "discos", como decían en los libros de inglés que tan devotamente nos creíamos. Hay Night clubs)... cuando llegamos, había una cola of the Big Cup, así que le dije al segurata de tres metros cuadrados que era diabética y que realmente necesitaba ir al baño, aunque tuviera que volver a salir y hacer la cola (cosa que estaba dispuesta a hacer porque, en aquel momento de colapso renal, les juro que una hace la cola en pelota picada y bailando la Macarena, si es necesario.)
El segurata de tres metros cuadrados se lo tomó como si aquella fuera su oportunidad de ir al cielo y me dejó pasar. A mí y a los tres que veían conmigo.
Después de hacer el mayor sprint discotequero nunca visto, de haber pisado a un total de treinta y dos personas, haber propinado un total de unos diecisiete codazos, haberle arreado un bofetón tras mentarle a la madre a un imbécil que tuvo la mala idea de tocarme el culo (la población inglesa tiene muy mal beber, eso sí que lo sabrán), y haberme vengado de lo del Peñón de Gibraltar colándome en el baño, cumplí con mi deber de ser humano y me uní a mi grupo cual mujer nacida de nuevo, cual Ave Fénix autoresucitada de entre sus propias cenizas, blá blá.
Con tanta actividad nefrítica, tanta carrera y tanta historia, yo ya hacía rato que había puesto la pilota automática (sí, pilota, ¿o se creen que voy a dejar que me pilote un tío? Acabáramos) y ni me daba cuenta del cansancio que llevaba encima. Entonces los hombres se fueron al lavabo y nos quedamos Kate y yo en la barra.
And boy, the girl could drink!, que dirían algunos. La tía, sea por definición nacional, sea por puro vicio, no bebía: hacía desaparecer en cuestión de segundos. Era la Copperfield de las barras de bar, la tía. Y yo, en un intento muy torpe pero muy logrado de dejar el pabellón galaico-peninsular bien alto, mano a mano (o, debería decir, hígado a hígado) con ella.
Venga vino blanco, que tiene buen bajar.
Venga risas.
Venga apartar con todo el sarcasmo y la crueldad humana posibles a tropecientos mil pulpos imbéciles.
Y así transcurrió la noche, hasta que cerraron y nos fuímos a casa en un minicab. No sin antes haber ido yo al baño tres veces consecutivas, por si acaso.
Para ubicarnos: un minicab es un tío con su coche, que presuntamente no ha bebido y que te cobra por llevarte a donde quieras, porque no hay taxis disponibles.
Al minuto y medio de habernos subido, yo me dormí profundamente, y no desperté. Con que "no desperté" quiero decir que al llegar, el coche aparcó delante de nuestra casita y Craig me despertó, y me levanté pero no me desperté. Con tan mala suerte que al intentar salir del coche se dio la siguiente y muy desafortunada confluencia simultánea de hechos:
-Zapato derecho se lió, en su búsqueda inconsciente del exterior, con bolso, que yacía en suelo de coche.
-Zapato izquierdo, ya sobre el asfalto, decidió resbalar en suelo mojado. (Recuerden que hablamos de Londres. La lluvia no es un tópico, es una cruda y permanente realidad).
-Cuerpo ya incorporado decidió perder noción vertical.
Así fue como llegué hasta el otro lado de la calle en una precaria posición entre la horizontalidad surrealista y la verticalidad picassiana, haciendo una performance de esas que sólo se consiguen con ordenador y una especialista entrenada, y fui dando pasos de lado, en un intento más que fracasado de conseguir la verticalidad completa, ya que fui a caer dándome con la cabeza en todo el borde de la acera de enfrente.
Pude oir un "Plonk", opaco. Luego perdí el sentido.
Cuando lo recuperé, estaba en el baño de mi casa, y aprovechando la disponibilidad de infrastructuras (la ocasión la pintan calva) me deshice, vía oral, de todo el vino de la noche y de algunas cosas más, remontándome casi hasta la primera papilla que me dieron de pequeña.
Al despertarme al día siguiente me dolía la cabeza.
No, no se rían. No era de la resaca, por mucho que cueste de creer. Me lo confirmó Craig al abrir los ojos, verme y pegar un chillido de esos de rubia asustada en peli americana. (Los hombres a veces son tan cobardes... sin ánimo de ofender).
Con la sensibilidad y el tacto que le caracterizan, me vino a decir algo así como que parecía una mezcla entre Quasimodo y un freak raro en una fiesta de Halloween pasada de rosca.
Me fui a mirar al espejo y me volví a desmayar. Cuando recobré la conciencia, estaba acostada en la cama con un bistec a un lado de la cara y Craig soplándome el otro lado. (Ignoro con qué objetivo. Lo de soplar, quiero decir).
A buenas horas, mangas verdes... El bistec se pone antes.
El lunes siguiente, mi "jefa" me sometió a un interrogatorio de dos horas de preguntas tan incongruentes como incoherentes, con el teléfono en la mano a punto de llamar a la Metropolitan: "Ya sabes que aquí tienes una casa, y que no hace falta que sigas con él, bla bla."
Luego vino su marido: "Baby, ya sabes que hoy en día se puede hablar claro, sobre todo en este país, donde las mujeres han conseguido tantas cosas a lo largo de la historia, bla bla bla."
Luego se despertaron las criaturas (mis clientes reales): "Jo, qué fea estás, ¿qué te ha pasado?"
Y por fin, por fin pude explicar lo que me había pasado, sin que nadie diera por sentado lo que había pasado.
Moralejas:
1. Bebe a tu ritmo, y si puede ser, evita compañías escocesas para ello.
2. Despiértate antes de levantarte.
3. Las criaturas son la cosa más sabia de este nuestro Planeta Tierra.
 
Comentario:
¿Lo ven? ¿Ven hasta qué punto llega la repelencia de alguien que se supone que me quiere? Me siento como Manolito Gafotas con su mejor amigo, "el Ore" (de "Orejones"), cuando decía:
"El Ore es mi mejor amigo, pero es un cerdo traidor".
Yo también te quiero.
PS: Si no puedes vencer la tentación de volver a escribir, al menos escribe en castellano, que te entenderá más gente y podrán ver lo mal que me tratas! Jajajaja
A.
 
Comentario:
Si! Donde esta el tel´. de aludidos en esta nota?
Da igual...Puedo pometed y pometol que la gallega se bebe 35 cervezas por nuit!
jajajaja
Nena thanks per akest blog, a part que per a mi es un gust llegir akesta pag. De vegades puc llegir coses que no no acostumes a comentar, que no trasnmets en veu, així que cada puc tinc elplaer de coneixer mes coses sobre tu i cada cop (muy a mi pesar...) no tinc mes remei de estimar-te cada cop mes!
Ei! Ara he anat de rancia...en mi linia....Estimar-te es un plaer putot!
firmado
Sacarina, la de edulcorante party!
 
Comentario:
¿Qué le ha hecho pensar que al decir "niños" excluía a la niñas? Tengo pensado pronunciarme sobre el llamado "lenguaje políticamente correcto", el cual sea dicho de paso, no soporto. ¿A qué esa moda de decirlo ahora todo en masculino y femenino a la vez, no sea que se ofenda alguien? Toda la vida han habido médicos hombres y mujeres y siempre se les llamó médicos, por ejemplo. O bomberos, y ahora hay que decir también bomberas. Mientras se pierda el tiempo en detalles tontos, no se avanzará en lo realmente importante: que las personas sean tratadas como eso, personas. Al margen de su sexo o condición.
 
Comentario:
Criaturas, querido marqués. No digo "criaturas" a la ligera. Lo digo para incluir a niños Y a niñas, que también son sabias, en tanto que niñas, y que criaturas.
 
Comentario:
Veo que sus encuentros con la bebida son de lo más. Vd. no coge una borrachera, ¡hace películas! Le sugiero que en su próximo safari etílico lleve consigo una cámara de video, y en el más puro estilo "Dogma", plasme su curioso método de interacción con el entorno . Con su talento tendremos asegurado de lo mejorcito del cine independiente de este lado del planeta.
Y tiene toda la razón con respecto a los niños, son la sabiduría en carne y hueso (que no en persona. A eso se llega tras años de recibir "experiencias de la vida" en la misma mejilla. Y hay que ni así lo será nunca)
No