Clausura
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. De segunda fase de clausura. Me explico: de primera clausura todos estos días, en que he estado literalmente desconectada (lo cual incluye móviles, messengers y cualquier otro tipo de divertimento) del mundo que me rodeaba. Ahora puedo decir que prácticamente he acabado (al menos, las cosas que tenía por hacer) y estoy celebrando otra clausura. La de cerrar los libros, se entiende.
2. De profunda relajación, pensando en gran masa de pasta de cacao convirtiéndose progresivamente en chocolate, mezclándose en una gran pota con manteca de cacao, volviéndose, molécula tras molécula y hasta el último quark, de un brillante cremoso irresistible. (Atención. Consulte con su profesor/a antes de hacer esta traducción. Puede dejar secuelas de por vida)...y...
3. De profunda relajación, escuchando uno de mis conciertos favoritos para violoncello, el concierto en sol menor de Monn.
Monn era, para quien no tenga el placer de haberllo conocido (habla la que ya tocaba el piano para los grandes de la escuela de Viena. Ja.Ja. Qué gracia me hago, por Dios). Qué decía. Matthias Georg Monn. Era profe de música, además de músico. Y cura.
Ya en el barroco (y antes) tenían los músicos (he dicho los, sí, porque solían ser LOS y no LAS) Ya el en Barroco los músicos tenían que llevar una cruz que se ha ido pasando al más puro estilo carrera de relevos, de generación en generación, de un músico a otro. Si quieres vivir de la música, tienes que tener en cuenta quién te va a dar de comer, a la hora de la verdad:
1. La Iglesia.
2. Los Big Brothers. (id est, codearte con jefes de Estado y otros Padrinos varios)
3. La docencia.
No puedo evitarlo. Escucho ese violoncello amable, cargado de paciencia, con síncopas de verdadero Poena Sensus, del castigado en medio del Hades que tiene que subir la montaña con un piano a cuestas, sólo para volver a bajarla. Y me imagino al bueno de Matías (ese creo que no era su nombre real, era el artístico, rollo Lina Morgan, o algo así) Me lo imagino con el discípulo de turno, sentado a su lado, al teclado.
Y el mequetrefe de turno venga a repetir escalas, tan mal, que se diría que Euterpe libraba, aquel día en que el desgraciado discípulo tuvo a bien nacer. Y Good Old Matthias pensando, "joder. Tantos años de música, tanto talento, tantas sinfonías que compongo, para esto." Denigrante.
Y lo admiro; no puedo dejar de admirar a todas las personas, desde la primera hasta la última, en la historia de la humanidad, que dan clases de música.
Yo no sabría enseñar la música. No tengo una relación estable con ella. A veces la odio y otras, cuando pienso en ella, me odio a mí misma. Yo no sabría ni por dónde empezar a enseñar a alguien mi trocito de conocimiento musical. Yo mataría a quien fuera después del segundo bemol mal puesto, o la tercera cadencia demasiado corta, demasiado larga.
No sé quién me explicó un día una de esas leyendas urbanas que corrían por el conservatorio donde yo estudié música. (debo decir, a título informativo, que cualquier leyenda urbana que corriera por allí era siempre verdad, disregardless lo inverosímil que fuera) Nos dijeron, justo antes de entrar a un parcial de música de cámara, que el catedrático de ídem había suspendido a no sé quién por tocar mascando chicle. Y yo no me pude callar, no. Tuve que decir lo que me parecía. Me parecía magnífico.
¿Se imaginan a Pogorelich en medio de un extraordinario estudio chopiniano haciendo un pedazo de globo con un Boomer? Yo tampoco. Destrozaría el conjunto, la estética del ser humano fundido con el instrumento para crear música, en un todo. La persona, el instrumento, conjunto armónico.
¿La persona, el instrumento, y el puto chicle? Acabáramos. Tres es multitud.
Pero es radical, y en tanto que radical, no muy académico.
Yo no podría enseñarle la música a nadie.
Ni siquiera el "Cumpleaños Feliz".
Yo no podría compartirla, no podría explicarle a nadie "pon los dedos aquí, ponlos allá, no te saltes esta pausa, no dejes caer los hombros, los patos del zoo curvan los dedos mejor que tú, el crescendo no lo puso Beethoven ahí porque le sobrara tinta, haz el favor de demostrar en algún momento de las treinta pginas de sonata que tienes sangre dentro de las venas, y no PVC." Yo no podría. Y no es por falta de autoridad. Es porque me pertenece, es una historia que forma parte de mis historias, de mis tardes en el conservatorio y del sudor de mis propios dedos, y me daría tanto miedo ser demasiado exigente, como revivir mi propia falta de exigencia, en el momento en que debería haberla sacado de algún lado y seguir tocando.
Yo no podría enseñarle la música a nadie. Por eso, casi cada vez que escucho música clásica, barroca o romántica, acabo llorando. Hay días en que los violines me suenan a mil diablos unidos viniendo a recordarme lo que no fui capaz de hacer por orgullo, rebeldía, inmadurez y subnormalidad profunda y recalcitrante.
(Vaya. Lo que sí tengo es una poderosa capacidad de nublar la playa en el día más soleado. Aún estoy en el punto núm 3, que empezaba con..." de profunda relajación". Ja.)
4. De nervios causados por la previa relajación, por lo que se ve. En fín, Non bis in idem.
5. De indecisión.
Estos días no he escrito (aquí. No he escrito aquí. Fuera de aquí he llenado quilómetros de hojas, créanme, y no de chorradas sin organización, sino de chorradas organizadas.) Bueno, estos días no he escrito posts, pero me han venido unas cuantas ideas a la cabeza. Quería explicar algo más sobre el cacao y el chocolate, ya que me he acabado sumergiendo bastante en el tema y es extraordinario.
Y algo vergonzoso, por la parte que nos toca a los Cochinos Colonizadores de la Madre Patria. (Véanse Colón, Cortés, los Católicos, Carlos Quinto, Felipe segundo y un largo etcétera). Tenía pensado explicar algo más.
También quería componer un Cantar de Gesta acerca de mis exámenes. La historia no tiene desperdicio. Porque no me negarán que ya tiene delito que una persona de letras puras como yo, no sepa diferenciar un blefarospasmo de una cistotomía, ¿no? A mi raciocinio gracias que no se me dio por estudiar medicina, si no, acabaría extirpándole el bazo a una pobre criatura que venía por lo de las amígdalas.
"A callar. He dicho que extirpación, y extirpación. Que esto no es un restaurante a la carta, carajos".
COSAS POR HACER:
1. Dejar de cantar la canción del Colacao. Al principio a Craig le hacía gracia eso de "yo soy aquel negrito, del África tropical", ahora ya, como que le empieza a cansar un poco.
2. Pedir cita con la dentista.
3. Volver al mundo de los vivos.
4. Dejar de pensar en violoncellos. Y en las revisiones de exámenes también, si puede ser.
5. Echar una ojeada ahí fuera, a ver si ya es verano.
1. De segunda fase de clausura. Me explico: de primera clausura todos estos días, en que he estado literalmente desconectada (lo cual incluye móviles, messengers y cualquier otro tipo de divertimento) del mundo que me rodeaba. Ahora puedo decir que prácticamente he acabado (al menos, las cosas que tenía por hacer) y estoy celebrando otra clausura. La de cerrar los libros, se entiende.
2. De profunda relajación, pensando en gran masa de pasta de cacao convirtiéndose progresivamente en chocolate, mezclándose en una gran pota con manteca de cacao, volviéndose, molécula tras molécula y hasta el último quark, de un brillante cremoso irresistible. (Atención. Consulte con su profesor/a antes de hacer esta traducción. Puede dejar secuelas de por vida)...y...
3. De profunda relajación, escuchando uno de mis conciertos favoritos para violoncello, el concierto en sol menor de Monn.
Monn era, para quien no tenga el placer de haberllo conocido (habla la que ya tocaba el piano para los grandes de la escuela de Viena. Ja.Ja. Qué gracia me hago, por Dios). Qué decía. Matthias Georg Monn. Era profe de música, además de músico. Y cura.
Ya en el barroco (y antes) tenían los músicos (he dicho los, sí, porque solían ser LOS y no LAS) Ya el en Barroco los músicos tenían que llevar una cruz que se ha ido pasando al más puro estilo carrera de relevos, de generación en generación, de un músico a otro. Si quieres vivir de la música, tienes que tener en cuenta quién te va a dar de comer, a la hora de la verdad:
1. La Iglesia.
2. Los Big Brothers. (id est, codearte con jefes de Estado y otros Padrinos varios)
3. La docencia.
No puedo evitarlo. Escucho ese violoncello amable, cargado de paciencia, con síncopas de verdadero Poena Sensus, del castigado en medio del Hades que tiene que subir la montaña con un piano a cuestas, sólo para volver a bajarla. Y me imagino al bueno de Matías (ese creo que no era su nombre real, era el artístico, rollo Lina Morgan, o algo así) Me lo imagino con el discípulo de turno, sentado a su lado, al teclado.
Y el mequetrefe de turno venga a repetir escalas, tan mal, que se diría que Euterpe libraba, aquel día en que el desgraciado discípulo tuvo a bien nacer. Y Good Old Matthias pensando, "joder. Tantos años de música, tanto talento, tantas sinfonías que compongo, para esto." Denigrante.
Y lo admiro; no puedo dejar de admirar a todas las personas, desde la primera hasta la última, en la historia de la humanidad, que dan clases de música.
Yo no sabría enseñar la música. No tengo una relación estable con ella. A veces la odio y otras, cuando pienso en ella, me odio a mí misma. Yo no sabría ni por dónde empezar a enseñar a alguien mi trocito de conocimiento musical. Yo mataría a quien fuera después del segundo bemol mal puesto, o la tercera cadencia demasiado corta, demasiado larga.
No sé quién me explicó un día una de esas leyendas urbanas que corrían por el conservatorio donde yo estudié música. (debo decir, a título informativo, que cualquier leyenda urbana que corriera por allí era siempre verdad, disregardless lo inverosímil que fuera) Nos dijeron, justo antes de entrar a un parcial de música de cámara, que el catedrático de ídem había suspendido a no sé quién por tocar mascando chicle. Y yo no me pude callar, no. Tuve que decir lo que me parecía. Me parecía magnífico.
¿Se imaginan a Pogorelich en medio de un extraordinario estudio chopiniano haciendo un pedazo de globo con un Boomer? Yo tampoco. Destrozaría el conjunto, la estética del ser humano fundido con el instrumento para crear música, en un todo. La persona, el instrumento, conjunto armónico.
¿La persona, el instrumento, y el puto chicle? Acabáramos. Tres es multitud.
Pero es radical, y en tanto que radical, no muy académico.
Yo no podría enseñarle la música a nadie.
Ni siquiera el "Cumpleaños Feliz".
Yo no podría compartirla, no podría explicarle a nadie "pon los dedos aquí, ponlos allá, no te saltes esta pausa, no dejes caer los hombros, los patos del zoo curvan los dedos mejor que tú, el crescendo no lo puso Beethoven ahí porque le sobrara tinta, haz el favor de demostrar en algún momento de las treinta pginas de sonata que tienes sangre dentro de las venas, y no PVC." Yo no podría. Y no es por falta de autoridad. Es porque me pertenece, es una historia que forma parte de mis historias, de mis tardes en el conservatorio y del sudor de mis propios dedos, y me daría tanto miedo ser demasiado exigente, como revivir mi propia falta de exigencia, en el momento en que debería haberla sacado de algún lado y seguir tocando.
Yo no podría enseñarle la música a nadie. Por eso, casi cada vez que escucho música clásica, barroca o romántica, acabo llorando. Hay días en que los violines me suenan a mil diablos unidos viniendo a recordarme lo que no fui capaz de hacer por orgullo, rebeldía, inmadurez y subnormalidad profunda y recalcitrante.
(Vaya. Lo que sí tengo es una poderosa capacidad de nublar la playa en el día más soleado. Aún estoy en el punto núm 3, que empezaba con..." de profunda relajación". Ja.)
4. De nervios causados por la previa relajación, por lo que se ve. En fín, Non bis in idem.
5. De indecisión.
Estos días no he escrito (aquí. No he escrito aquí. Fuera de aquí he llenado quilómetros de hojas, créanme, y no de chorradas sin organización, sino de chorradas organizadas.) Bueno, estos días no he escrito posts, pero me han venido unas cuantas ideas a la cabeza. Quería explicar algo más sobre el cacao y el chocolate, ya que me he acabado sumergiendo bastante en el tema y es extraordinario.
Y algo vergonzoso, por la parte que nos toca a los Cochinos Colonizadores de la Madre Patria. (Véanse Colón, Cortés, los Católicos, Carlos Quinto, Felipe segundo y un largo etcétera). Tenía pensado explicar algo más.
También quería componer un Cantar de Gesta acerca de mis exámenes. La historia no tiene desperdicio. Porque no me negarán que ya tiene delito que una persona de letras puras como yo, no sepa diferenciar un blefarospasmo de una cistotomía, ¿no? A mi raciocinio gracias que no se me dio por estudiar medicina, si no, acabaría extirpándole el bazo a una pobre criatura que venía por lo de las amígdalas.
"A callar. He dicho que extirpación, y extirpación. Que esto no es un restaurante a la carta, carajos".
COSAS POR HACER:
1. Dejar de cantar la canción del Colacao. Al principio a Craig le hacía gracia eso de "yo soy aquel negrito, del África tropical", ahora ya, como que le empieza a cansar un poco.
2. Pedir cita con la dentista.
3. Volver al mundo de los vivos.
4. Dejar de pensar en violoncellos. Y en las revisiones de exámenes también, si puede ser.
5. Echar una ojeada ahí fuera, a ver si ya es verano.
Comentario:
Yo añadiría a tus cosas por hacer:
6. Llamar al pobre donjon, que lo tengo abandonado y ya al final ni me va a ajuntar ni nada.
7. Ir a probar el pinball tamaño XXL que tiene donjon en el comedor de su casa desde que se lo regaló su novia el día de su cumpleaños.
Un petonàs!
6. Llamar al pobre donjon, que lo tengo abandonado y ya al final ni me va a ajuntar ni nada.
7. Ir a probar el pinball tamaño XXL que tiene donjon en el comedor de su casa desde que se lo regaló su novia el día de su cumpleaños.
Un petonàs!





