Otro Gustave Flaubert, otra Louise Colet, otro siglo, otro mundo.
"...Je voudrais ne te causer que de la joie et t'entourer d'une félicité calme et continue pour te payer un peu de tout ce que tu m'as donné à pleines mains dans la générosité de ton amour..."
Uno.
Cuando tal, resulta que llevaban como quince minutos esperando en la calle, al lado de la parada de metro. Es imposible no darte cuenta de la gente que está en la calle esperado, cuando tú también esperas. Sobre todo si no eres de esa clase de gente que se dedica a jugar con el móvil cuando le toca esperar algo o a alguien.
De modo que llevaban allí unos quince minutos.
“Qué individuo tan extraño”, pensó ella. “Qué cara imposible y que físico impredecible”.
Él era algo así como una versión española (y mucho más joven) de Humphrey Bogart. Por el porte, la manera en que colocaba las piernas, allí de pie, como si la calle le perteneciera, pero sin pretensión fingida. Elegancia, de la que ya no hay.
Él la miró, y ella rebuscó en su cartera, para hacer ver que no veía.
“Tic tac, primera semana de clases y ya llego tarde”. Ella esperaba a sus recién estrenadas compañeras de universidad. Él esperaba con un cigarro en la mano.
Ella, para que pareciera que su rebusqueo en la cartera tenía objetivo, sacó el paquete de tabaco y el mechero. Porque sabía que era inevitable que se estuvieran viendo sin mirarse, y quedaba muy mal disimular sin discreción.
Entonces llegó la palabra.
-¿Me das fuego?- Era él, el chico de cara imposible y físico impredecible.
“Menuda originalidad”, pensó ella, riéndose por dentro, sabiendo que realmente él no quería hablar con ella, sino encender aquel dichoso cigarro que llevaba una hora manoseando.
-Toma.- dijo ella, tendiéndole el mechero. –Y… ¿vienes mucho por aquí?
-Estudio.-respondió él.
-Esa la iba a preguntar luego- dijo ella.
Y en aquel momento ya eran amigos, almas gemelas, camaradas, compinches, compañeros, pero no lo sabían. Faltaban otros quince minutos, para que llegaran las compañeras de ella y se dieran cuenta de que todos iban para el mismo edificio, la misma carrera y la misma clase.
Al cabo de tres meses eran una persona sola. Él y ella, ella y él. Siempre que alguien se encontraba con uno o con la otra solos, les preguntaban por el otro o la una, porque nadie los concebía ya por separado. Decir que eran “mejores amigos” sería hacerle un verdadero feo a la historia. Sería cortar y pegar de canciones adolescentes de plástico auténtico.
“Tic tac”, pensó ella un buen día, “¿Cuánto hace que le conozco? ¿Tres meses? ¿Mil años?” Ella le quería, pero aún le faltaban once meses de continuas líneas discontinuas para darse cuenta. Él también la quería, y la soñaba y la sufría en silencios o en metáforas, dependiendo del día. Él era un hombre sensible. Ella era ignorante en todos los sentidos.
“Tic tac, Navidad, ¿Qué voy a hacer sin él estas vacaciones?”
Es como cuando te acostumbras a tener riñones y un día, de repente, no funcionan. No lo vería durante dos semanas enteras que durarían siglos. No sabía estar sin él, verle cada día, llegar a casa y seguir hablando hasta el momento de irse a dormir. Lo único que hacían separados era poner el despertador para verse al día siguiente.
Aquella mañana fue extraña.
Ella pensó: “Qué voy a hacer sin él. Nada será divertido.” E inmediatamente le dijo:
-¿Qué voy a hacer sin ti?- y él la miró de reojo.
-¿Qué? ¿Ahora te vas a declarar, o algo así?- le dijo ella, medio en serio, medio casi también, aunque quisiera sonar a broma.
-Sí. Si no lo hago ahora, me voy a morir antes de año nuevo.-dijo él.
Lo que siguió fue una gran charla en que él le argumentó todos los motivos por los que se había enamorado de ella y ella se los rebatió, explicándole los suyos acerca de por qué era una mala idea. Seguramente no quería (ella) verse otra vez en el patio del colegio una mañana de miércoles con el bocadillo del almuerzo en una mano y el corazón roto en la otra. Pero ahora era diferente, ahora estaba en la universidad, ahora aún podía permitírselo mucho menos.
Segundos de dignidad, y volvió al ataque.
-¿Me quieres?- le preguntó él.
-Con locura- le respondió ella. –Si te pasara algo, me moriría.
-Ah- dijo él, bajando la cabeza, quizás del peso de sentimientos atropellados y amontonados en ella. Porque no olviden que era Humphrey Bogart, el hombre que sentía con la cabeza, pensaba con el corazón y actuaba con toda su persona hacia las cosas que le importaban de verdad.
Estuvieron desmenuzándolo todo durante dos horas y media, y no se vieron ni se llamaron más hasta después de vacaciones.
Otra vez en la misma parada de metro.
-¿Tienes fuego?
-No trabajo, estudio.
El segundo trimestre fue una mera prolongación, muy intensificada, del primero. La tensión crecía, ninguno de los dos quería hablar del tema pero ninguno de los dos podía evitar acabar hablando del tema.
Él sabía quererla, pero ella no había aprendido ni a quererse ni a dejarse querer.
Él le escribía cartas a lo Flaubert.
Ella leía, releía y se quedaba noches enteras contando los puntos del estucado de la pared de su habitación, pensando en cada palabra escrita, en cada frase dicha. Luego, delante de él, frivolizaba, con crueldad o con pánico, según se mire.
Todo el mundo en la universidad daba por sentado que estaban juntos, de tal manera que ya nadie murmuraba por los pasillos, siquiera.
Él y ella, sombra y zapato o bufanda y sombra, eternamente cosidos, se añoraban, caminando juntos por la calle, un día.
-Cógeme de la mano- le dijo ella.
-¿Por qué?- saltó él.
-Para fingir que estamos juntos- explicó ella.
-¿Para qué quieres fingirlo?- preguntó él, descolocado.
-Para que no sea verdad- respondió ella.
-Lo malo no es sólo que te engañes como una condenada. Lo malo es que en tu engaño, me haces sufrir a mí también- sentenció él.
Ella ya se había acostumbrado a aquellas sentencias algo recriminatorias, y se las consentía porque sabía que no venían del rencor, sino de algún sentimiento raro y humano que ella no acertaba a comprender.
Luego vino una especie de stand-by, porque la vida no es como las películas (aunque resulte estúpidamente obvio dejarlo por escrito) y en los intermedios no hay publicidad, hay épocas de stand-by.
Claro que estando como estaban, tanto el uno como la otra, cosidos y rematadamente locos, el stand-by no había de durar más de dos semanas.
Y ésta es la parte aburrida de la historia de un Flaubert y una Colet fuera de tiempo, de contexto, de sitio y de sí mismos.
Uno.
Cuando tal, resulta que llevaban como quince minutos esperando en la calle, al lado de la parada de metro. Es imposible no darte cuenta de la gente que está en la calle esperado, cuando tú también esperas. Sobre todo si no eres de esa clase de gente que se dedica a jugar con el móvil cuando le toca esperar algo o a alguien.
De modo que llevaban allí unos quince minutos.
“Qué individuo tan extraño”, pensó ella. “Qué cara imposible y que físico impredecible”.
Él era algo así como una versión española (y mucho más joven) de Humphrey Bogart. Por el porte, la manera en que colocaba las piernas, allí de pie, como si la calle le perteneciera, pero sin pretensión fingida. Elegancia, de la que ya no hay.
Él la miró, y ella rebuscó en su cartera, para hacer ver que no veía.
“Tic tac, primera semana de clases y ya llego tarde”. Ella esperaba a sus recién estrenadas compañeras de universidad. Él esperaba con un cigarro en la mano.
Ella, para que pareciera que su rebusqueo en la cartera tenía objetivo, sacó el paquete de tabaco y el mechero. Porque sabía que era inevitable que se estuvieran viendo sin mirarse, y quedaba muy mal disimular sin discreción.
Entonces llegó la palabra.
-¿Me das fuego?- Era él, el chico de cara imposible y físico impredecible.
“Menuda originalidad”, pensó ella, riéndose por dentro, sabiendo que realmente él no quería hablar con ella, sino encender aquel dichoso cigarro que llevaba una hora manoseando.
-Toma.- dijo ella, tendiéndole el mechero. –Y… ¿vienes mucho por aquí?
-Estudio.-respondió él.
-Esa la iba a preguntar luego- dijo ella.
Y en aquel momento ya eran amigos, almas gemelas, camaradas, compinches, compañeros, pero no lo sabían. Faltaban otros quince minutos, para que llegaran las compañeras de ella y se dieran cuenta de que todos iban para el mismo edificio, la misma carrera y la misma clase.
Al cabo de tres meses eran una persona sola. Él y ella, ella y él. Siempre que alguien se encontraba con uno o con la otra solos, les preguntaban por el otro o la una, porque nadie los concebía ya por separado. Decir que eran “mejores amigos” sería hacerle un verdadero feo a la historia. Sería cortar y pegar de canciones adolescentes de plástico auténtico.
“Tic tac”, pensó ella un buen día, “¿Cuánto hace que le conozco? ¿Tres meses? ¿Mil años?” Ella le quería, pero aún le faltaban once meses de continuas líneas discontinuas para darse cuenta. Él también la quería, y la soñaba y la sufría en silencios o en metáforas, dependiendo del día. Él era un hombre sensible. Ella era ignorante en todos los sentidos.
“Tic tac, Navidad, ¿Qué voy a hacer sin él estas vacaciones?”
Es como cuando te acostumbras a tener riñones y un día, de repente, no funcionan. No lo vería durante dos semanas enteras que durarían siglos. No sabía estar sin él, verle cada día, llegar a casa y seguir hablando hasta el momento de irse a dormir. Lo único que hacían separados era poner el despertador para verse al día siguiente.
Aquella mañana fue extraña.
Ella pensó: “Qué voy a hacer sin él. Nada será divertido.” E inmediatamente le dijo:
-¿Qué voy a hacer sin ti?- y él la miró de reojo.
-¿Qué? ¿Ahora te vas a declarar, o algo así?- le dijo ella, medio en serio, medio casi también, aunque quisiera sonar a broma.
-Sí. Si no lo hago ahora, me voy a morir antes de año nuevo.-dijo él.
Lo que siguió fue una gran charla en que él le argumentó todos los motivos por los que se había enamorado de ella y ella se los rebatió, explicándole los suyos acerca de por qué era una mala idea. Seguramente no quería (ella) verse otra vez en el patio del colegio una mañana de miércoles con el bocadillo del almuerzo en una mano y el corazón roto en la otra. Pero ahora era diferente, ahora estaba en la universidad, ahora aún podía permitírselo mucho menos.
Segundos de dignidad, y volvió al ataque.
-¿Me quieres?- le preguntó él.
-Con locura- le respondió ella. –Si te pasara algo, me moriría.
-Ah- dijo él, bajando la cabeza, quizás del peso de sentimientos atropellados y amontonados en ella. Porque no olviden que era Humphrey Bogart, el hombre que sentía con la cabeza, pensaba con el corazón y actuaba con toda su persona hacia las cosas que le importaban de verdad.
Estuvieron desmenuzándolo todo durante dos horas y media, y no se vieron ni se llamaron más hasta después de vacaciones.
Otra vez en la misma parada de metro.
-¿Tienes fuego?
-No trabajo, estudio.
El segundo trimestre fue una mera prolongación, muy intensificada, del primero. La tensión crecía, ninguno de los dos quería hablar del tema pero ninguno de los dos podía evitar acabar hablando del tema.
Él sabía quererla, pero ella no había aprendido ni a quererse ni a dejarse querer.
Él le escribía cartas a lo Flaubert.
Ella leía, releía y se quedaba noches enteras contando los puntos del estucado de la pared de su habitación, pensando en cada palabra escrita, en cada frase dicha. Luego, delante de él, frivolizaba, con crueldad o con pánico, según se mire.
Todo el mundo en la universidad daba por sentado que estaban juntos, de tal manera que ya nadie murmuraba por los pasillos, siquiera.
Él y ella, sombra y zapato o bufanda y sombra, eternamente cosidos, se añoraban, caminando juntos por la calle, un día.
-Cógeme de la mano- le dijo ella.
-¿Por qué?- saltó él.
-Para fingir que estamos juntos- explicó ella.
-¿Para qué quieres fingirlo?- preguntó él, descolocado.
-Para que no sea verdad- respondió ella.
-Lo malo no es sólo que te engañes como una condenada. Lo malo es que en tu engaño, me haces sufrir a mí también- sentenció él.
Ella ya se había acostumbrado a aquellas sentencias algo recriminatorias, y se las consentía porque sabía que no venían del rencor, sino de algún sentimiento raro y humano que ella no acertaba a comprender.
Luego vino una especie de stand-by, porque la vida no es como las películas (aunque resulte estúpidamente obvio dejarlo por escrito) y en los intermedios no hay publicidad, hay épocas de stand-by.
Claro que estando como estaban, tanto el uno como la otra, cosidos y rematadamente locos, el stand-by no había de durar más de dos semanas.
Y ésta es la parte aburrida de la historia de un Flaubert y una Colet fuera de tiempo, de contexto, de sitio y de sí mismos.
Comentario:
"Lo único que hacían separados era poner el despertador para verse al día siguiente"
Da gusto leer tus historias...Bueno, me voy a poner el despertador que mañana me toca madrugar.
Bona nit
Da gusto leer tus historias...Bueno, me voy a poner el despertador que mañana me toca madrugar.
Bona nit





